Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico

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De mi abuelo “francés de Francia” (Segunda descarga familiar)

Este poema forma parte del libro Eshu (Oriki a mí mismo) y otras descargas, que Rogelio Martínez Furé publicara en 2007 a través de la Editorial Letras Cubanas. Tomado de Caminos, no. 47, enero-marzo de 2008, pp. 5-9.

A Rogelio Fouré

I

Mi bisabuelo materno
permanece en la familia
cabalgando sobre el tiempo.

Llegó muy joven de Europa
en busca de fortuna y aventuras.
Mediaba el siglo diecinueve.

Que su padre era “francés
de Francia”
siempre decía Abuelo.
Desde niño me intrigaba
esa expresión:
¿Acaso era posible
ser francés
sin ser de Francia?

Mucho tiempo después
lo comprendí:
Su padre no era
del Caribe negrero
ni de la Luisiana
racista.

No era del frío Canadá
ni de la Córcega insumisa.
Era “francés de Francia”.
Nacido en el Hexágono
continental… y punto.

“Tenía el cabello muy fino.
Castaño claro, casi rubio.
Ojos pequeños pero azules
como cielo en agosto”.

“Orejas y nariz «francesas»,
como yo”, repetía.

(Grandes, supongo,
al ver de nuevo años después
una amarillenta foto
de Abuelo).

“Tenía la piel de ese color
desvaído
que adquieren muchos franceses
en los trópicos”.
“Se llamaba Pierre Fouré.
Y no Furé,
como mal escribieron los gallegos”, insistía,
con cierto orgullo en la voz.
Quizás vestigio de esa fatuidad
que padecen
muchos hijos e hijas
de “la dulce Francia”.

Abuelo era mulato
“blanconazo”.
Nació en “tiempos d’España”.
Allá por Bolondrón.

Su madre
mulata cubana
murió cuando era niño.
Su padre lo crió.

Pero todos los sueños
de fortuna y aventuras
que abrigaba el francés telegrafista
terminaron de repente
una mañana.
Ikú, el Hombre-del-Garrote,
le asestó un certero golpe.
Y quedó tendido en el suelo
con la mirada azul
fija en el techo.

Mientras apretaba
suavemente
la mano del hijo,
se le escapó el Emí.
Sin pronunciar palabra.

Solo un breve suspiro
fue su despedida.

Doce años tan solo
tenía Abuelo
cuando murió el padre.
Doce años,
un mulatico huérfano
en Cuba colonial.

“Desde esa mañana
todavía me pregunto”, decía Abuelo,
“¿para quién sería
su último pensamiento?...
¿Mi madre…
a la que quiso tanto?
¿Para mí...
su único hijo?
¿O para esa tierra
lejana
que siempre mencionaba
con nostalgia…?”

II

Frère Jacques
Frère Jacques
Dormez-vous?
Dormez-vous?...
Una voz infantil se pierde
entre lavandas.
Mirada azul en mar
de lavandas.

Madre pregunta:
“¡Pierre! ¡Pierrot!
¿Dormez-uous?
¿Dormez-vous… au clair de la lune…?”

Niño responde:
“Non, maman.
Je rêve…
Je rêve…”

Y sigue hojeando
un libro de viajes
con hermosos grabados
de negras y mulatas
que se pavonean
por las calles
habaneras.
Y damas en quitrines
con rostros más blancos
que antiguas muñecas
japonesas.

“Non, maman. Je rêve… Je rêve…”

Y se pierde su voz
entre lavandas.

III

¡Libertá no viene,
caña no hay!

La furia de Ogún incendia todo el país.
De uno a otro extremo, incendia todo el país.
A lo largo y estrecho, incendia todo el país.

¡Libertá no viene,
caña no hay!

Ogún pincha corta mata.
Ogún corta pincha mata.
Ogún mata mata mata.

Yo men va.
Yo men va.
Yo men va
con lo mambise.

Cantan los cautivos liberados.
Aunque mi mamá no quiera.
Yo men va
con lo mambise.

Es eco en pueblos y ciudades.

Cuando venga lo Maceo,
yo men va
con lo mambise.

Repite la Isla en coro.
Yo men va.
Yo men va.
Yo men va
con lo mambise.

El machete en guerra grita:

Allá en la loma
con ta’ Maceo
yo vo’a peleá.

La furia de Ogún incendia todo el país.
De uno a otro extremo, incendia todo el país.
A lo largo y estrecho, incendia todo el país.

IV

El carretón avanza.
Dando tumbos, avanza.
Por el polvoriento camino, avanza.

Las manos –casi de niño–
de Abuelo sostienen
las riendas
de un mulo
más hueso y pellejo
que animal.

La cabeza del “francés
de Francia” reposa
en el regazo de Yansa.
Una sábana que fuera
blanca
cubre el cuerpo frío.
A veces Afeefé
levanta curiosa
un extremo de la tela
y contempla los ojos
azules del muerto
que su hijo olvidó cerrar.

En lo alto del cielo
luminoso de agosto
nueve auras planean… planean… planean… planean…

Güeile, jee, Güeile.
Branco malo.
Güeile, jee, Güeile.
Topa, negro, mata.
Güeile, jee, Güeile.
Topa, chino, mata.
Güeile, jee, Güeile.
Topa, perro, mata.
Güeile, jee, Güeile.
Topa, mulo, mata. Güeile, jee, Güeile.
Topa, branco… deja.
Güeile, jee, Güeile.

El canto de Afeefé salta
de caña en caña quemada.
De choza en choza quemada.
De vida en vida quemada.

El carretón avanza.
Dando tumbos, avanza.
Por el polvoriento camino, avanza.
Por cañaverales y cejas de monte
sumidos en el silencio,
el carretón y su muerte, avanza.

A veces Abuelo se escondía
entre los matorrales
al sentir acercarse
caballos de soldados españoles
que rastreaban mambises.

Apretaba temeroso
los belfos del viejo mulo
para que no resoplara.
Luego, seguía su camino.

Sabía que si lo encontraban
los soldados
en medio del monte
sin salvoconducto,
lo tomarían por insurrecto
–o uno de sus simpatizantes–
y lo colgarían de una guásima.

Si descubrían el cadáver
de un blanco: ¡peor!
Jamás creerían que era su padre.
¡Y también terminaría
colgado de una rama
como un fruto!

Espeso silencio de mediodía.
Calor de agosto.
Auras que planean
atraídas por olor a Muerte.
Carretón que avanza…
Avanza…
Avanza…
Hacia el pueblo
donde siempre quiso
ser sepultado el padre
de mi abuelo:
“En tierra cristiana…
y entre amigos”.

¡Cumpliría su deseo,
a pesar de los godos!

Afeefé levanta de nuevo
un extremo de la sábana
que fuera blanca.
Juega aburrida
con el cabello –casi rubio–
del francés.
Ahora parece paja
requemada.

Yansa la aparta
con un gesto.
Contempla
largamente
el rostro lívido…

Luego, se baña
satisfecha
en las aguas azules
de sus ojos.

V

Olor a Muerte invade todo.
Algunos negros libertos
y Abuelo
cavaron de prisa
una tumba
en el pequeño cementerio.
Bajo la triste mirada
del cura del pueblo.
Amigo de su padre,
a pesar de ciertas ideas
“algo herejes” del franchute.

Le cerró los ojos
a duras penas.
Alisó el cabello
del difunto.
Colocó un pequeño
crucifijo entre sus manos.
Y rezó una oración
de despedida.

Luego le musitó
muy quedo:
“Ahora podrás, Amigo,
volver a tu Francia querida”.

Cuando la tierra
colorada y seca
cubrió el burdo
cajón de pinotea,
Abuelo comprendió
que estaba solo.
Solo en el mundo.

Él, casi un niño.
Pobre, huérfano y mulato.
En una colonia española
enferma de injusticias
y racismo.

Cerca, Yansa, Afeefé
y las palmas susurraban:

Allá en la loma
con ta’ Maceo
yo vo’a peleá.

Yo men va.
Yo men va.
Yo men va
con lo mambise.

La furia de Ogún incendiaba todo el país.
De uno a otro extremo, incendiaba todo el país.
A lo largo y estrecho, incendiaba todo el país.

¡Libertá no viene,
caña no hay!

VI

Un repentino aguacero
comienza a borrar
lentamente
el nombre escrito
en la improvisada cruz.
De ese “francés de Francia”
que solo nos legó
un apellido galo que hoy
ya se diluye en nuestra sangre.

PD.: Entre las ruinas del viejo cementerio
se oye una voz infantil que canta:

Frère Jacques
Frère Jacques,
Dormez-vous?
Dormez-vous?...

Madre pregunta:
“¡Pierre! ¡Pierrot!,
¿dormez-vous?
¿Dormez-vous… au clair de la lune…?”

Niño responde
mientras se pierde su voz
entre un mar de lavandas
y ceibas umbrosas:

“Non, maman.
Je rêve…
Je rêve…”

Última modificación: 20 de noviembre de 2012 a las 12:39
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