Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico

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Identidad y cultura nacionales: historia y temas actuales

Este artículo es una versión revisada de la conferencia impartida por el autor a los miembros de la UJC del Ministerio de Relaciones Ex-teriores, con motivo del Día de la Cultura Nacional.

Agradezco mucho a los compañeros de la Unión de Jóvenes Comunistas esta invitación a una institución que admiro por la calidad y la dedicación revolucionaria de su trabajo. Ella me permite compartir con us- tedes ideas y problemas acerca de un asunto básico para la conciencia política y para la defensa y profundización del rumbo socialista de la revolución: el tema de la identidad y la cultura nacionales. Por ser tan importante, debemos comprenderlo en su complejidad, sin apelar a frases hechas ni a meras abstracciones, ni a simplificaciones como la de una historia de cubanos “buenos” y extranjeros “malos”. Avanzar en esa dirección puede ser muy útil para nuestro trabajo. Por consiguiente, priorizaré el análisis, la presentación de problemas y la expresión de criterios, aun-que me arriesgo a ser demasiado sintético y a simplificar a veces, por razón del tiempo de que disponemos.
Cuando me propusieron que hablara de identidad y cul-tura no pregunté si eran la identidad y la cultura nacionales, porque entre cubanos eso está sobrentendido, a no ser que se les ponga otro apellido. Pero las califiqué de “nacionales” en el título, y utilicé el plural para resaltar que se trata sólo de uno de los tipos de identidad y de cultura que existen, y también para aludir a lo específico de cada una de ellas.
Nación y nacionalismo siempre han sido dos conceptos bastante difíciles de definir. Me conformo aquí con proponer tres aspectos de un concepto general de nación que son útiles para entender lo que quiero plantear. Uno sería como lo más interno o subjetivo: el de las representaciones colectivas, es decir, la construcción ideológica de sen-timientos de pertenencia y de exclusividad respecto a la nación que hace una comunidad extensa, no fundada en vínculos de sangre o locales. A través de esas representaciones todos se reconocen, por ejemplo, cubanos, y confirman y deciden quiénes son cubanos y quiénes no. Otro aspecto es la existencia de un Estado que afirma su soberanía y su especificidad frente a todos los demás Estados, su poder propio y su unidad, y se reclama Estado nacional. Permítanme dejar a un lado, al definir, la cuestión de las naciones que forman parte con otras de un mismo Es-tado, y la de las que no cuentan con él. Este segundo as-pecto, entonces –la existencia de un Estado nacional–, es más visible y externo, puede decirse. En la realidad están íntimamente ligados ambos aspectos: el del Estado, poder soberano, unitario, educador y represivo, y el de las representaciones colectivas, construcciones de pertenencia y de exclusividad. Los separamos como un recurso del análisis. El tercer aspecto es el de la diversidad social que está contenida en toda nación, sea vista como comunidad imaginada o como Estado. La diversidad de clases sociales, de razas, de etnias, de regiones, de comunidades, de otros grupos, de culturas subalternas; es decir, la diversidad social que persiste frente a las tendencias unificantes, y es disminuida, canalizada o articulada, ocultada o reprimida, y en todo caso puesta bajo el control de la nación. La unidad nacional se consigue sobre autoidentidades co-lectivas y sobre el ejercicio del poder. También puede incluir la identificación de enemigos de la nación, un elemento que en ciertas circunstancias adquiere un peso crucial. Esto es para tratar por mi parte de ayudar un poco al con-cepto de nación, no para llegar hasta el final de la cuestión. Creo que se puede hablar de tres aspectos, no de tres cosas separadas, pero sí de tres aspectos. Y no en un or-den, pero estas representaciones colectivas serían como lo más interno quizá, por usar un término, una construcción ideológica de sentimientos de pertenencia. Esta construcción ideológica de sentimientos de pertenencia, es uno e los aspectos. Otro, la existencia de un Estado, de un Estado que alega su soberanía y diferencias frente a todos los demás Estados, su poder propio, y su unidad, sea federal o unitaria o como se quiera llamar, pero su unidad. Esta segunda cuestión entonces, si quieren, es lo más externo, o lo externo. En realidad, están íntimamente ligadas las dos, o sea, el Estado, poder soberano unitario educador represivo, las representaciones colectivas, construc- ciones ideológicas de sentimientos de pertenencia. Pero todavía hay otro aspecto que me parece fundamental tener en cuenta, porque ahí está, que es la diversidad social. La diversidad social que está contenida en la nación como comunidad imaginada o como Estado. La diversidad social de clases sociales, de razas, de etnias, de regiones, de comunidades, de culturas subalternas; o sea, la diversidad social que persiste y es disminuida, ocultada, o reprimida o canalizada pero en todos los casos puesta bajo las características fundamentales de la nación, externas e internas. Entonces, tenemos que para el problema que vemos cuando hablamos de nación, la unidad se va a conseguir sobre la diversidad social y sobre las culturas. La unidad se va a conseguir sobre una autoidentificación, y también esta va incluir por lo general, o muchas veces, la identificación de enemigos. La identificación de enemigos es un elemento que resulta principal.
Destaco dos rasgos de la cuestión nacional. Primero, lo nacional implica siempre una dimensión de clases. Existe una relación íntima entre la nación y las clases sociales contenidas en su ámbito, aunque muchas veces no se muestre o mencione: una de las funciones de la nación es ocultar la dominación de clase que se ejerce en el seno de cada sociedad. Pero he subrayado implica, porque la relación no se agota en el velado dominio clasista; lo nacional tiene otras dimensiones ajenas a la de clases, y es un error gra-ve reducir lo nacional a un artificio de la dominación de clase. Segundo, lo nacional se construye y existe en forma de complejos culturales y a través de expresiones culturales.1 La cultura nacional reú-ne entonces una rica diversidad de materiales y modos de ser, producida por los más variados grupos sociales, y los elabora y expresa a través de una acumulación cultural que contiene y aporta el sentido de esa cultura en cada época o coyuntura determinada. Los elementos particulares o parciales se inscriben en ella, e interaccionan con ella. La dominación social decide respecto a esos elementos, ordenando su presencia y lugar, su importancia o su olvido, su articulación dentro de un todo. La cultura nacional implica una cultura dominante dentro de una pluralidad cultural, y lo mismo sucede con la economía nacional y el Estado nacional. En la medida en que les es necesario, ellos subordinan a las demás formas culturales, a las economías domésticas y de los grupos sociales, y a la diversidad social.
No quiero concluir estas cuestiones conceptuales previas sin llamar la atención sobre un problema central cuando se trabaja con los temas de la nación. Las ideas que se ma-nejan y las realidades a las que se refieren esos temas per-tenecen a la época histórica de la generalización en el mun- do de las relaciones mercantiles y de las relaciones capitalistas en la economía, la sociedad, la política, la vida cotidiana y las elaboraciones ideales. Pero el colonialismo y el neocolonialismo han sido las formas fundamentales en el proceso de mundialización del capitalismo, y eso ha producido el predominio de ciertas áreas –llamadas sucesivamente “civilizadas”, “desarrolladas” o del “Primer Mundo”– sobre los demás países en el sistema mundial. Su do- minio ha asumido multitud de expresiones, desde las más brutales –el genocidio, el saqueo, la esclavización, la ocupación militar, la opresión directa, las guerras de rapiña, el control de los Estados y las economías, y otras– hasta las sutiles, como la subordinación de las instituciones y la vida de los países formalmente independientes, el uso de las lenguas, los conocimientos, las modas, los mapas, la imposición a escala mundial de creencias, artes, entretenimientos, o el carácter “mundial” que se da a sus intereses, propuestas y temas. El pensamiento social y político ha si-do hegemonizado por los centros del capitalismo mundial, a pesar de que la resistencia o la oposición a él ya cuentan con una maravillosa acumulación de ideas.
La victoria mayor del capitalismo es lograr que el co-lonizado consienta serlo, y que considere a la dominación que sufre como el único horizonte posible de vida cotidiana y cívica, al que deben sujetarse incluso sus proyectos. El colonialismo mental y de los sentimientos es una de las más graves y persistentes debilidades de nuestro campo –alguna vez le llamé “colonialismo mental de izquierda”–, y hoy constituye una de las fuerzas principales del sistema, frente a las contradicciones sin solución visible a que lo ha llevado su naturaleza actual.
El desarrollo del capitalismo y el imperialismo creó dos situaciones diferentes respecto a la cuestión nacional. A la mayor parte de los pueblos del mundo se les ha negado la autodeterminación y el Estado nacional, o se les ha limitado sensiblemente. Por eso, las representaciones nacionalistas y las luchas por la liberación nacional han sido el contenido de innumerables resistencias y rebeldías de los pueblos sometidos. En los centros del sistema, por el contrario, se formaron Estados muy fuertes que usufructuaron la nación y el nacionalismo, mientras viabilizaban el desarrollo del capitalismo y la opresión de clases en sus propios países, y las expansiones coloniales. La crítica radical y el socialismo europeos produjeron teorías e ideologías que condenaban a la nación, por burguesa, en nombre de las protestas y las luchas de clases anticapitalistas. Esas ideas –como las demás– también se extendieron por el mundo. La universalización del marxismo y del movimiento comunista confrontaron graves problemas cada vez que absolutizaron la confrontación clasista entre burgueses y proletarios –que además simplificaban– en los países que sufrían opresión colonial o neocolonial. Después la cuestión empeoró, cuando se abrió paso a la colaboración de organizaciones de izquierda con la burguesía de sus países, en nombre de “tareas” que llamaban nacionales, y que serían intermedias entre la situación feudal o semifeudal que erróneamente atribuían a los países llamados “subdesarrollados” –que en realidad lo son porque forman parte del sistema capitalista–, “tareas” que los volverían capaces de desarrollar un capitalismo “nacional”, y después pa-sar al socialismo. Todavía quedan remanentes intelectuales de las mezclas de sectarismo y reformismo que limitaron tanto el papel de la teoría revolucionaria durante gran parte del siglo XX.
Toda nación ya formada procede de una lenta acumulación cultural que se ha ido sedimentando en un período histórico más o menos largo. En Cuba, la identidad y la cultura nacionales siempre buscan su referente en la historia del país. Esto es normal en todas las naciones, pero mucho más en las que han tenido revoluciones en su origen y en su desarrollo. No sucede así en Brasil o el Canadá, comunidades nacionales que no son hijas de una gesta nacional revolucionaria. La acumulación histórica de la nación cubana registra eventos y acciones –la gesta revolucio- naria que creó la nación en el último tercio del siglo XIX, las dos revoluciones del siglo XX– y registra creaciones simbólicas como el patriotismo nacionalista, la negación del anexionismo a los Estados Unidos, la unión entre justicia social y libertad, la vocación republicana democrática, el antimperialismo, las ideas más contemporáneas de socialismo e internacionalismo.
En Cuba actual, la nación es un problema complejo, expreso o tácito, en las actitudes y las representaciones de miles de personas. La nación que vivimos hoy condiciona mucho la comprensión que tenemos y las valoraciones que hacemos de la historia nacional y de la identidad y la cultura nacionales. Siempre sucede así, pero sólo condiciona, porque en este campo es enorme el peso cultural de lo adquirido –y de las emociones y razonamientos que estimula–, hasta llegar a ser decisivo muchas veces, incluso enfrentándose a datos reales y tozudos. Por otra parte, los estudiosos suelen reunir datos o valoraciones de muy diversa procedencia para componer el cuadro del sentimiento nacional actual. Eso me parece muy positivo, aunque exige el trabajo de compulsar las fuentes y de interpretar el material. Ilustro la cuestión con un ejemplo valioso: respuestas de jóvenes habaneros, recogidas en una investigación reciente. Ellos dan muy alto valor a ser cubanos y a vivir en un país soberano, aprecian la educación y la salud, no brindan sus criterios políticos generales, no aprecian el discurso oficial ni el de los medios de comunica- ción, están insatisfechos por carencias materiales cotidianas o por falta de oportunidades profesionales, y admiran el nivel de consumo que existe en los Estados Unidos.
Pasemos a una selección de reflexiones acerca del proceso histórico de la identidad y la cultura cubanas. La acumulación de rasgos propios que mencioné antes sucedía durante doscientos cincuenta años a partir de la ocupación europea, en una colonia militar y de comunicaciones del imperio español, de economía hacendaria, aunque la del este de la isla complementaba con provecho a la economía de otras colonias europeas del Caribe. Con una ocupación relativa del territorio, varias etnias formaron lo que el an-tropólogo brasileño Darcy Ribeiro llamaba un pueblo nue- vo:2 sobrevivientes de los pobladores aruacos autóctonos más africanos traídos como esclavos, españoles –unos y otros pertenecían a varias etnias–, y las mezclas de todos ellos y sus descendientes. Predominaba la cultura criollo-hispana: más de 50% de blancos,3 el español como lengua egal y principal, poder del Estado colonial, Iglesia católica oficial. Pero lo que resultó fundamental para la formación de la identidad y la cultura cubanas fueron los ciento cincuenta años siguientes. Entre 1780 y 1930 entraron en Cuba un millón de esclavos africanos, más de ciento veinticinco mil chinos contratados y quizás un millón y medio de traba-jadores libres, de Europa, Haití y Jamaica. Primero se cuadriplicó la población en cincuenta años (1791-1841), de doscientos cincuenta mil a un millón de personas, y cambió la composición racial a un 58,5% de no blancos, entre ellos cuatrocientos cuarenta mil esclavos. Eso sucedió porque Cuba se convirtió en una de las colonias más ricas del mun-do, gran exportadora de azúcar y café. Fue su turno colonial de proveedora de productos básicos al capitalismo mundial, con una integración relativa al sistema bastante alta, lo cual creó una anomalía con relación a su metrópoli: la seguridad de la clase propietaria y el orden público dependían de España, pero la dinámica económica dependía de las relaciones con Europa y los Estados Unidos.
En los mismos ciento cincuenta años de recepción con-tinua de fuerza de trabajo (1780-1930) creció el volumen físico de la exportación de azúcar, de un promedio anual de 7 600 toneladas métricas en 1780-1784 a 4 925 000 toneladas métricas en 1925-1929.4 Cuba se había especializado a lo largo de ese camino: el azúcar era cruda y las refinerías estaban en los Estados Unidos; desde 1877 iba a ese país más del 80% del azúcar exportado. La inmigración fue decisiva en la composición plurirracial del pueblo cubano, y para su configuración general actual. La historia económica forjó el modelo de integración subordinada al capitalismo mundial, con su complejo de insuficiencias que llaman “subdesarrollo”, y fue uno de los aspectos básicos de la relación neocolonial con los Estados Unidos, que existió desde fines del siglo XIX hasta el triunfo de la Revolución. Las relaciones principales de la economía, del poder sobre el trabajo, el capital y la tierra, de la reproducción de la vida de los grandes grupos sociales, formaron un mundo social muy complicado, que es incomprensible para los esquemas simplificadores. Con ser tan intensos, esos procesos no constituyen, sin embargo, el centro de la formación de la identidad y la cultura cubanas, sino sus condicionantes. El primer dinamismo económico fue formidable, creó una sociedad sumamente contradictoria, que estaba en la punta de los avances tecnológicos y de la organización empresarial, con formas urbanas de vida moderna y una cultura de élites muy sofisticada, occidental y capitalista, con sus pensadores que hoy siguen siendo famosos y celebrados en Cuba. Pero, a la vez, constituía un sistema terrible de explotación, deculturación y humillación de la fuerza de trabajo fundamental, que era esclava; los propietarios tenían conciencia de que todo su bienestar y su cultura descansaban en esa iniquidad, y los intelectuales también la tenían. Los criollos estaban alcanzando su identidad propia, pero durante todo el siglo XIX las clases altas renunciaron a ser clase nacional y promover la independencia del país, motivadas por el afán de lucro y el interés de mantener su dominio sobre las personas y su preeminencia social. Cuando España logró controlar a fondo el país, desde la década de 1830 en adelante, prefirieron someterse a ella, a cambio de que garantizara su propiedad y su seguridad burguesas. A mi juicio, es un error considerarlas predecesoras de la na-ción cubana. La identidad nacional no era completable para ellos, que sólo aspiraron primero a ser súbditos en vez de colonos, después a obtener reformas, y por último a un régimen autonómico, pero siempre dentro de la condición colonial. Su identidad social era clara: cubano es solamente el criollo blanco. El negro no deberá tener acceso a la ciudadanía.
El racismo antinegro fue impuesto desde el inicio del siglo XIX, de todas las formas posibles, incluida la legal, con una dura prohibición del matrimonio interracial y la existencia de dos registros civiles basados sobre una clasificación racial, que duraron la mayor parte del siglo. Los no blancos libres fueron perdiendo una parte del lugar so-cial que habían alcanzado, por las nuevas necesidades de un régimen económico y social con esclavitud masiva; el ápice de ese proceso fue la brutal represión de 1844. La nueva masa de esclavos confrontó la peor situación, estrujada hasta la muerte en el trabajo productivo y rebajada totalmente en la condición servil, despojada de su cultura y marcada con un estigma de inferioridad. Los elementos y los complejos culturales de procedencia africana quedaron señalados como bárbaros y despreciables. Viviendo en una sociedad con estas características, los no blancos fueron muy influidos por la necesidad de autosubestimarse, y de considerar que debían hacer esfuerzos y asumir determinados comportamientos y formas de pensar y sentir, para ir superando su condición humana incompleta. Los “blancos” fueron convocados al racismo de diversa manera, según su situación económica y social, pero sembrando siempre en ellos la idea de su superioridad “natural”; esto beneficiaba a la dominación, porque dividía a los pobres y confundía respecto a las verdaderas líneas de división social.
Para los individuos cultos de clases altas y medias era muy difícil ser occidental, leer a Rousseau y pensar que los negros eran seres inferiores por naturaleza, de modo que apelaron al interés económico, al “miedo a Haití” y a formas de odio y prejuicios diversos. Por otra parte, las mu-jeres no blancas eran imprescindibles en un país con altas tasas de masculinidad, y negros y mulatos desempeñaban la mayoría de los oficios y artesanías; además, el avance de la mecanización azucarera y otros factores trajeron ca-da vez más necesidad de trabajo físico pagado a personas libres. El conjunto era muy incongruente, pero funcionó, y Cuba fue un país de castas durante la mayor parte del siglo XIX. La socialización del racismo lo convirtió en un hecho cultural, impuesto o compartido por la sociedad; fue uno de los elementos de la primera configuración cultural del país, y sus efectos han llegado hasta hoy.
No existió una cultura cubana a lo largo del siglo XIX. Coexistieron culturas que se relacionaban cada vez más, aunque con contradicciones, que en algunos casos eran realmente graves. En un país colonial, y con una economía subordinada al exterior, esa situación pudo haberse hecho per- manente, y registrar sólo lentas evoluciones y reacomodos. Pero en el caso cubano la situación fue transformada radicalmente por las re-voluciones sucedidas entre 1868 y 1898. Ellas comenzaron en la zona este y central del país, no en el centro económico, que se había desarro-llado en el occidente.5 La opresión colonial fue la causa, y los iniciadores fueron grupos interclasistas regionales, en los que predominó la representación de la independencia nacional y la creación de una república que aboliera las exacciones de la metrópoli y los abusos del poder. La abolición de la esclavitud se fue imponiendo en los primeros años de la guerra, como una condición sin la cual el movimiento y el proyecto no serían revolucionarios, ni tendrían éxito. La clase dominante de Occidente no apoyó la insurrec- ción, o estuvo en contra. Los humildes de las regiones en conflicto participaron en gran número en ella. Pero la gue-rra no pudo ser a escala nacional, y terminó agotándose. Una paz sin independencia la terminó en 1878.
Sin embargo, fue esa revolución independentista y abolicionista la que puso en un terreno práctico la viabilidad de una nación cubana. Hasta entonces, las ideas y las re-presentaciones de una comunidad de tanto alcance no es-taban presentes, eran muy parciales o débiles, o constituían abstracciones utilizadas con fines menos ambiciosos. To-davía se necesitaron tres décadas de una enorme densidad de acontecimientos para que triunfara a escala mayoritaria la idea nacional en esta colonia. Pero lo decisivo fue que de 1868 en adelante surgió una nueva identidad en la isla, que no se veía a sí misma procedente de una etnia, raza, clase social o religión: el cubano. Su razón de ser era po-lítica, su vehículo una guerra revolucionaria que desarrollaba nuevas capacidades y seguridad en sí mismas en las personas, que brindaba vivencias y experiencias de luchar y sufrir juntas, de mantener sus convicciones y desarrollar nuevas relaciones interpersonales e instituciones. Es unalástima que no se preste suficiente atención a las formas prácticas en que eso sucedió, y las tremendas dificultades que debió superar para lograrse.
Surgió un complejo simbólico para vivir la condición de revolucionario cubano, que era extraño al mundo colonial del que procedía. Una bandera republicana y un himno guerrero nacieron y se bautizaron con sangre, y quedaron afirmados a tal grado que nunca han cambiado, hasta el día de hoy. Se estableció una ciudadanía y se juró una Constitución, y el lenguaje de los insurrectos –los mambises– produjo hasta nuevas denominaciones geográficas. Existió una democracia militar rural, y se lograron grandes avances en las relaciones interraciales. Surgió una epopeya nacional, consistente en numerosos hechos de armas, heroísmos, sacrificios, actitudes, persistencia. La gente común tuvo mucho más espacio en el campo de la revolución que el que había gozado nunca antes en la isla, y con su conducta se fue ga-nando un papel cada vez más protagónico. La Protesta de Baraguá tuvo un significado incomparablemente más trascendente que el hecho mismo de aquel 15 de marzo, porque indicaba lo que se había avanzado en la composición y el alcance popular de la revolución, y en intransigencia y determinación de lograr sus objetivos. Aunque no se obtuvo la victoria, la identidad cubana quedó instalada perennemente, como un polo atractivo y una opción para el fu- turo de la isla.
La primera revolución dejó la herencia de una leyenda mambisa que era narrada y cantada por las inspiraciones populares, y por una literatura y unas artes que se reclamaban cubanas. Los relatos y las representaciones partían de asuntos propios –y no de las imágenes extranjeras usuales en las piezas cívicas anteriores a 1868–, y estimulaban el fervor patriótico y la emulación en la nueva generación. También aportó una cohorte de revolucionarios profesionales que mantenían la llama conspirativa, y varios miles de veteranos con mucha experiencia acumulada. El campo político independentista cubano de los años ochenta-noventa resistió con éxito dos grandes desafíos: a) el primer sistema político implantado en el país, que incluía partidos políticos, libertad de expresión y una supuesta asimilación a provincia española –reformulación de la hegemonía que buscaba evitar otra revolución–; bajo ese sistema se desarrolló un partido antirrevolucionario del país, el Liberal Autonomista; y b) la implantación del capitalismo pleno con el final de la esclavitud, la centralización de la industria azucarera y el auge de la relación económica neocolonial con los Estados Unidos sin dejar de ser colonia de España. Los patriotas llegaron a construir su propio partido, el Revolucionario Cubano, y la nueva conspiración independentista fue interracial. En polémica ideológica con el autonomismo, propusieron una identidad cubana revolucionaria radical, cuyo centro era la acción política insurgente y la independencia absoluta del país. Lanzaban de ese modo también una propuesta de unificación cultural a la sociedad colonial y de hondas divisiones raciales: la patria y la revolución como común denominador.
La grandeza de la obra, el apostolado y el proyecto de José Martí lo ratifican como un individuo excepcional, pero su existencia no fue un milagro. El mayor de los cubanos apareció tempranamente, pero en circunstancias en que era posible y necesario. No alcanza el tiempo aquí para hablar de Martí, y prefiero no hacerlo mal por la premura.6
La Revolución del 95 es el evento supremo en la creación de la nación y la identidad nacionales cubanas. A la vez, sobredeterminó el momento de la cristalización de la cultura cubana, en cuanto cultura nacional, dándole una impronta revolucionaria. El pueblo de Cuba quebrantó el orden vigente y se lanzó a una guerra irregular revolucionaria, en pos de su autodeterminación nacional y la creación de una república soberana y democrática. La movilización se tornó permanente y la gente arrostró todos los riesgos y sacrificios por el ideal patriótico, incluida una terrible devastación del país y el holocausto provocado por el ge-nocidio colonialista de 1896-1897, guerra total que practicó la concentración de poblaciones y ocasionó el grueso de las bajas cubanas: casi un quinto de la población de la isla murió en aquella contienda. En la guerra popular participaron más de cincuenta mil combatientes, y cerca de dos-cientos cincuenta mil ciudadanos vivieron en los territorios rurales liberados o en conflicto, bajo la ley y con un registro civil cubanos.7 El Ejército Libertador fue la institución cubana más grande y poderosa que hasta entonces había existido, el núcleo político militar de la revolución, y la República en Armas creada por la insurrección tuvo un gobierno permanente, un ordenamiento constitucional y le-gal abundante, un orden civil local y regional que funcionó en todo el país. Tres veces los combatientes eligieron asambleas de representantes a escala nacional. Los revolucionarios pelearon y prestaron servicios a lo largo de to-do el país, y en buena medida rompieron la costumbre de vivir en la zona en que se nacía y el consecuente regionalismo,8 y adquirieron y trasmitieron visiones y experiencias realmente nacionales. La estrategia de las operaciones mi-litares fue nacional y su instrumento fue en buena medida homogeneizado, y la organización de la vida y las actividades cubanas tuvo una base territorial.
Una gran parte de los hombres del pueblo practicaron actividades cívicas por vez primera en el campo de la Re-volución, y con ellos miles de mujeres; ellas actuaron en las tareas organizadas, y cierto número también como combatientes. Los insurrectos aprendieron ideales y valores pa-trióticos y revolucionarios, practicaron conductas altruistas, anudaron relaciones interpersonales nuevas, desarrollaron numerosas capacidades y ganaron autoestima y experiencias que enriquecieron sus vidas de modo extraordinario. La abnegación, la entereza, el sacrificio, el heroísmo, la in-ventiva, la tenacidad, la agonía de sobrevivir, se volvieron cotidianos, y esas actividades tremendas y situaciones límites crearon personas capaces de formar una comunidad nacional de un carácter muy específico. A pesar de que en el campo mambí se mantuvieron en gran medida diferencias por la procedencia social y la formación cultural, y el racismo perdió terreno pero siguió presente, aquellos que habían vivido en castas separadas por barreras sociales, o permanecido alejados a causa de la posición o el prestigio social, compartieron las pruebas supremas bajo el gigantesco nivelador de la guerra revolucionaria. La Revolución del 95 le dio voz y ciudadanía a un sinnúmero de personas humildes que nunca las habían tenido, ni las habrían conseguido a través de una evolución del país.
La conciencia política fue la forma de conciencia social decisiva y principal en la plasmación de la sociedad en una nación, y nunca ha cedido esa primacía. La nación se ori-ginó en una gesta popular revolucionaria organizada políticamente, que ensayó su Estado republicano en la manigua, y la vertiente más radical del independentismo produjo la ideología mambisa, un cuerpo ideal que sería de enorme importancia durante el siglo XX. Además, a los ojos de to-dos, el esfuerzo había sido victorioso; al inicio de 1898, España sólo podía negociar su salida de Cuba. Y después de la guerra, la única política práctica viable sería la que se declarase continuación y consecuencia de la revolución.9 Cuba tendría un sistema político republicano democrático. La formidable acumulación cultural resultante de la condensación de los elementos nacionales que se produjo en la Revolución del 95 marcó a Cuba hasta el día de hoy.
A continuación la nación debió vencer dos grandes de-safíos. El primero y más peligroso fue la invasión y ocupación del país por los Estados Unidos, en el segundo semestre de 1898. Vino a impedir que Cuba fuera un Estado soberano y quedarse con el mayor dominio sobre el país que fuera posible, a viabilizar así el control neocolonial y tener manos libres para explotar sus recursos y sus bienes, y a cerrar el paso a que el pueblo cubano obtuviera frutos sociales de su revolución y dejar intangible el or-den burgués liberal en cuanto a la tierra, las relaciones la- borales y las cuestiones esenciales de la política y la economía. Los combatientes y el pueblo levantaron frente al poder norteamericano de ocupación una excepcional campaña cívica popular, de1898 a1902, que expandió a todas las áreas urbanas y a gran parte de las instituciones el al-cance y los símbolos de la Revolución del 95, le impidió a los Estados Unidos ser todopoderoso, y aseguró la inevitabilidad del establecimiento de la república. La identidad nacional se consolidó entonces en la calle y a través de la gente, con un mar de acciones patrióticas que identificaban claramente las aspiraciones del país, y no mediante maniobras palaciegas y cónclaves de notables. No es cierto que el advenimiento de la república sea simplemente un evento detestable y la fecha de un despojo, aunque los Estados Unidos impusieron la Enmienda Platt y recortaron mucho la soberanía cubana, con la complicidad de la burguesía de Cuba. Tres años y medio de guerra y casi cuatro de ocupación extranjera tuvieron como protagonista al pueblo de Cuba, que aprendió a actuar y dar todos sus esfuerzos para lograr su patria, y logró un primer avance de contenido y consecuencias extraordinarios.10
Durante el siglo XIX, muchos cubanos sentían gran admiración por los Estados Unidos, una república atractiva, moderna, poderosa, y con la que se tenían relaciones intensas y antiguas; mientras, sufrían de España su combinación de opresión, saqueo y abusos con fuerte retraso político y económico. La variante de la anexión a los Estados Unidos generó ideas, maniobras y algunos movimientos entre sectores de la clase dominante de Cuba, sobre todo a mediados de siglo, y también hubo anexionistas cubanos con motivaciones más avanzadas y no esclavistas. En el último tercio del siglo, el vecino se tornó decisivo para la economía exportadora de Cuba, mientras España, que al fin avanzaba algo, no quería conceder más que mezquinas reformas. Que la metrópoli asegurara un orden con fuerza de trabajo muy controlada y explotada, y permitiera relaciones económicas privilegiadas con los Estados Unidos, eran dos objetivos básicos de los burgueses de Cuba. Mientras, pugnaban vertientes disímiles respecto al carácter que tendría la comunidad nacional.11 El independentismo había superado las tentaciones anexionistas durante la primera revolución, y el patriotismo martiano fue tajante en el rechazo público a que los Estados Unidos tuvieran un papel en la independencia cubana.12 Al final del siglo, con el país destruido, diezmado y ocupa-do militarmente, el cubano tuvo fuerzas para rechazar la anexión y exigir la independencia, porque ya tenía suficiente conciencia política y disposición de lucha para ir más allá de reconocerse como miembro de una comunidad y sujeto de un complejo cultural, ya se sentía ciudadano de su nación.
Si no encontró base la idea de la anexión en aquella si-tuación de 1898-1902, cuando el colonialismo y las “misiones civilizadoras” eran lo más usual en el mundo, se pue- de comprender que nunca más esa idea haya encontrado suelo entre nosotros. Ese fue otro logro de la gesta revolucionaria nacional. Durante el siglo XX se reprodujo la atracción norteamericana de manera sostenida, pero el nacionalismo cubano fue siempre eficaz en disminuirla, y en combatir las renovaciones de la relación neocolonial. En el primer cuarto del siglo se combinó mucho la admiración a la civilización material y aspectos del modo de vida norteamericanos con el rechazo a sus imposiciones abiertas o disimuladas al Estado cubano y el recorte de su so-beranía, y a la acción del capital yanqui, a pesar del gran dinamismo económico que se vivió, con sus secuelas de empleo, ingresos, negocios, servicios y mayores expectativas. La creencia en que los Estados Unidos habían de-sempeñado un papel importante en el logro de la indepen- dencia convivía con su más enfática negación.
Estos eventos tuvieron dos consecuencias trascendentes. Una fue el sentimiento de la frustración de la nación, que tuvo un lugar privilegiado en el imaginario nacional. Convertido en un saber popular, se expresaba en decires, versos y canciones, pero también en la prosa periodística, en las memorias de mambises, en la tribuna radical y en textos más ambiciosos.13 En cuanto a las causas de esa frustración, los cubanos diferían: unos la achacaban a la intervención norteamericana y sus secuelas, otros a la in-capacidad del cubano para el gobierno propio. La misma persona podía creer en una causa primero y en la otra después, o en las dos. Pero esa inconformidad ciertamente generalizada fue siempre una descalificación parcial del sistema vigente –que se hacía en nombre de la revolución independentista, sus ideales y sus mártires–, y un acicate para la resistencia. Relacionada con el sentimiento de frustración, la visión de la nación como un proyecto, no como algo ya conseguido, fue la segunda consecuencia. Esta se convirtió en un elemento central de la cultura política cubana. La nación como proyecto le quitaba espacio al nacionalismo conservador, porque iba siempre contra la ce- lebración vacía del pasado, y su propuesta era “completar” la revolución, conquistando soberanía, libertad y democracia verdaderas, igualdad, justicia social y racial, a lo que incorporaba demandas más concretas.14 Podía funcionar como valor y refugio, promovía esperanzas, señalaba rumbos y llamaba a la acción, y demostró su fuerza cuando el país entró en revolución, en los años treinta y en los cincuenta. Bajo el poder revolucionario, la idea de la nación como proyecto no ha desaparecido, y es sumamente útil como vehículo legitimador del carácter de proceso de re-voluciones sucesivas que es vital para que exista realmen-te la transición socialista.
El segundo desafío fue la gran ola inmigratoria. Para la reconstrucción del país, pero sobre todo para la segunda gran expansión exportadora de azúcar, Cuba recibió entre el fin de la guerra y 1930 más de un millón y cuarto de in-migrantes, número sólo superado en la América Latina de ese período por Argentina y Brasil. Vinieron más españoles a Cuba después de 1898 que durante la época colonial. Y también unos cuatrocientos mil caribeños, en su mayoría haitianos y jamaicanos.15 El crecimiento de la población había sido más moderado en la segunda mitad del XIX, pero el genocidio postrero del colonialismo la hizo incluso retroceder.16 El enorme torrente de inmigrantes –en su mayoría jóvenes– contribuyó a que Cuba tuviese casi cuatro millones de habitantes en 1931; de ellos, el 21,5% no había nacido en la isla. La nueva nación los recibió sin desnaturalizarse ni enfrentar consecuencias permanentes; no se formaron segmentos fuertes que levantaran barreras sociales ni tuvieran expresiones políticas. Cuba asimiló aquella masa y la fue introduciendo en su cultura nacional. Con esos contingentes y el crecimiento vegetativo del período quedó formada la composición plurirracial que existe hasta hoy, y se completó la formación del pueblo cubano. Claro que las identidades originarias han dejado múltiples marcas en ese conjunto, pero ellas están sometidas al fortísimo complejo que las unifica o reúne, a un grado mucho mayor que numerosas poblaciones de formación análoga. La reivindicación de ciertas procedencias étnicas o geográficas en los años recientes –curiosamente sesgada– es siempre interesante, aunque a veces tiene motivaciones espurias, pero las identidades a las que se refieren son ciertamente subalternas respecto a la nacional.
Con el advenimiento de la república que no había querido, la burguesía de Cuba accedió por primera vez a un poder económico y político reunidos. Pero sólo lo logró con grandes limitaciones. Debió someterse a una subordinación casi completa a los Estados Unidos, que completó el modelo y el dogal neocolonial en los años siguientes. También estuvo obligada a transar con el gran evento histórico que le había dado esa oportunidad, a la vez que trataba de desmontarlo totalmente y de usufructuar parcialmente sus símbolos y su ideología. Y tuvo que aceptar que el personal político determinante de la nueva nación proviniera de las filas de la Revolución del 95, desde el período de la intervención y a lo largo de los treinta años de la primera república burguesa neocolonial. Al ser inevitables la nación y la república cubanas, era imposible reformular la hegemonía burguesa sin negociar con hombres de la revolución. Tampoco pudo la burguesía cubana expropiarle al pueblo el complejo simbólico revolucio- nario, que permaneció como un territorio en disputa.
No alcanza el tiempo para exponer el tema de la identidad y la cultura nacionales durante el siglo XX como lo he hecho hasta aquí, es decir, de manera muy sintética pe-ro muy cuidadosa. Me conformo entonces con algunas alusiones y comentarios, que buscan ante todo llamar la atención sobre algunos de los aspectos que considero de mayor importancia.
El nacionalismo fue la ideología más fuerte y extendida, y el denominador común de las representaciones cubanas. Sin embargo, su naturaleza y sus funciones tienen una historia y unos cambios a lo largo del siglo, que es necesario conocer. En los años de posrevolución y de la primera república convivían el patriotismo y el orgullo de ser cubano con la frustración republicana, la decisión de no ser absorbidos por los Estados Unidos con la creencia en la incapacidad de los cubanos para ejercer el autogobierno, la gran participación en la política electoral con el desprecio hacia ella, el racismo con la esperanza en la educación como el vehículo regenerador de la sociedad cubana y del mejoramiento de las personas. Los ejercicios políticos de la ciudadanía y la exigencia de que el sistema fuera democrático obtuvieron una inmensa simpatía y par-ticipación popular. En general, las prácticas ciudadanas fue-ron maestras para completar el carácter de cubanas que las masas subalternas de la brutal sociedad de Cuba del siglo XIX habían asumido con su participación protagónica en la acción revolucionaria. Al calor del nacionalismo se amplió mucho el número de activistas sociales, y también de inte-lectuales, que incluían ahora a veteranos, maestros, muchos activistas y líderes de sindicatos y de organizaciones de la sociedad civil, formadores de opinión, e incluso ciertos servidores públicos honestos o hábiles. A pesar de la falta de cambios notables en el sistema social a favor de los humildes, estos se elevaron y se tornaron más capaces de tener conciencia y visiones más amplias y profundas, y de reclamar sus derechos y luchar por ellos y por su bienestar.
Las relaciones entre el patriotismo nacional y las ideas y los movimientos por la justicia social y la justicia racial no estuvieron exentas de tensiones y de contradicciones. La defensa de la nación frente al peligro de intervención imperialista fue considerada un valor superior a las demandas sociales y raciales, y esto fue manipulado hábilmente por los que ejercían la dominación. Los movimientos de trabajadores aliaron muchas veces las experiencias y los lazos interpersonales creados en la gran revolución con la organización y las luchas por sus demandas. Pero sus vertientes más radicales fueron cada vez más influidas por las representaciones e identidades de carácter obrero, y por la ideología anarcosindicalista, o de sindicalismo revolucionario. Para esta, la revolución nacional ha-bía sido muy importante, pero muy limitada frente al nuevo objetivo de la liberación total de los trabajadores y el socialismo, con su escala internacional; la violencia era válida y podía ser necesaria, pero con otros fines. El poder ofreció y hasta organizó espacios de reformismo para el movimiento obrero, pero en otro sentido se benefició con la separación entre los radicales obreros y el patriotismo nacionalista, al lograr que se viera a aquellos como “ácratas”, enemigos de la nación o al menos culpables de atraer con sus desórdenes a los potenciales interventores.
Algo parecido sucedió frente a la pretensión de organizar políticamente las demandas de justicia racial. El independentismo que desembocó en la gesta plurirracial de la Revolución del 95 –en la cual fue muy notable el protagonismo de negros y mulatos–, y el nuevo orden republicano, viabilizaron una nueva construcción social de las razas y del racismo.17 En las nuevas condiciones, las luchas contra el racismo y por la justicia racial continuaron, con nuevas características. Pero la actividad del Partido Indepen- dientes de Color desembocó en la gran represión de 1912, en la que miles de no blancos fueron asesinados por el ejér-cito de la república –sobre todo en Oriente–, en medio del silencio o la aprobación de una sociedad por la cual habían luchado muchas de las víctimas en 1895-1898. He analizado estos hechos,18 pero aquí quisiera agregar otro al complejo encadenamiento de factores que examiné, y es el de la gran represión como un paso criminal dirigido a reforzar la unidad cultural del país, esto es, lograr la “cultura nacional” mediante la eliminación de toda tendencia a “federalizarla” desde el ángulo racial, e inducir mediante la matanza el miedo a cualquier futuro intento.
La Revolución del 30 es, de las cuatro revoluciones cubanas, la que ha sido menos incorporada a la comprensión del proceso histórico nacional. Ella aportó, entre otros lo-gros y cambios notables que no puedo tratar aquí, una pro-funda transformación ideológica. Me limito a apuntar que el pueblo cubano adquirió la autoconfianza en que podía gobernar su país sin tutela alguna, y al desarrollar acciones colectivas de gran envergadura y eliminar el sistema político de la primera república, modernizó y dio nuevos contenidos al nacionalismo, hizo que se arraigaran en el país el antimperialismo y las ideas de justicia social y socialistas, y exigió una institucionalidad que garantizara la profundización de la democracia y un sistema político más avanzado, amplios derechos sociales y más intervención estatal en los problemas sociales y económicos. La iden-tidad nacional se reafirmó, la cultura nacional se tornó más inclusiva y se produjo un importante desarrollo de la cultura política. Los objetivos más radicales de la revolución no se cumplieron, y la segunda república puede, con to-da justicia, calificarse también de burguesa neocolonial, porque mantuvo en lo esencial esos rasgos de la dominación, no permitió modificaciones de fondo de la situación, y trató de desmontar las luchas de clases y el antimperialismo, y de lograr que toda actividad, incluso de protesta, fuera funcional al sistema.19 Pero la revolución del siglo XX había sido vivida y soñada, y la nación siguió viéndose como un proyecto a completar, ahora más ambicioso.
La revolución socialista de liberación nacional que triunfó en 1959 ha sido el evento más trascendente de la historia contemporánea cubana. Ella es la creadora del medio en que nos movemos, y suele ser el canon de interpretación del proceso de la identidad y la cultura nacionales. Renuncio a abordar su transcurso respecto al tema que tratamos, pero confío en que se extienda cada vez más la necesidad de conocer este y los demás aspectos del proceso revolucionario. Para ser breve, transcribo una síntesis que elaboré hace diez años:
1) en Cuba, en el curso del siglo XX la consumación de la nación-Estado soberana, y de las representaciones más radicales de liberación producidas o concebibles en su marco, se fue condicionando recíprocamente a la nece-sidad de transformaciones sociales básicas propias de una revolución anticapitalista y socialista;
2) la revolución iniciada en 1953 triunfó y encontró su eficacia para sobrevivir, ser viable y afirmarse, a partir de constituir el vehículo idóneo para la realización práctica de lo que planteo en 1. La participación masiva, organizada y duradera de la mayoría de la población fue lo que permitió consumar con éxito los cambios revolucionarios. La conciencia nacional, y las representaciones radicales de evolución popular armada y de antimperialismo asocia-das a ella, fueron el campo ideológico decisivo para el triunfo y el fortalecimiento de la revolución; pero ella sólo consiguió arraigo, masividad y permanencia asociándo-se íntimamente a la ideología de justicia social converti-da en socialismo, y fundiéndose con ella en el curso del proceso; y
3) el régimen social y la forma de gobierno vigentes en Cuba desde entonces se han mantenido –a través de circunstancias muy diversas y durante un período prolongado– como consecuencia de la gran cohesión social que ha existido, cuya base es el modo de vida de redistribución sistemática de la riqueza social y de tendencia dominante igualitarista que desplegó la revolución, y en los vínculos establecidos entre la sociedad y el poder político como garante de ese modo de vida y portador del proyecto social nacional, que siempre se siguió percibiendo como en curso y por realizar. La idea de nación de los cubanos de hoy tiene contenidos mucho más ricos y complejos que las de los tiempos previos a la revolución.
En la historia de Cuba, las formaciones económicas, el Estado y sus instrumentos han incidido de diversas mane-ras sobre los componentes sociales –clases, géneros, regiones, etnias, razas– constituyentes de la diversidad íntima de la sociedad; también lo hicieron las tres revoluciones anteriores. Sólo una cuarta revolución que lanzó y asumió a la vez un proyecto de liberación total –nacional, económica, de justicia social, de todas las opresiones y domi-naciones– pudo alcanzar transformaciones y efectos tan trascendentes y prolongados. La sociedad cubana obtuvo enormes adelantos en todo este período contemporáneo, que no es posible desvalorizar. La nación liberada se abroqueló en la unión de sus ciudadanos y en el poder revolucionario para resistir y actuar, pero a la vez ha ido des- cubriendo su diversidad y creando procesos liberadores en la sociedad. En unos campos y formas se avanzó más, en otros menos, pero el saldo ha sido una multiplicación de los descubrimientos sociales, y –algo muy importante– también de los descubridores.20
Quisiera terminar esta intervención tan extensa con una breve reflexión acerca de la situación actual.
La ofensiva en curso, de redistribución socialista y so-lidaria de la riqueza y de las oportunidades, mediante instrumentos y prácticas diversas, y el principio de fortalecer el poder del Estado sobre los recursos financieros, ratifican el carácter de transición socialista del proceso cu- bano actual. La defensa sin concesiones de la soberanía frente a los Estados Unidos permanece siempre unida a la justicia social socialista, y eso fortalece la confianza y el apoyo populares. Juntos, la nación y el socialismo siguen siendo poderosos. Por otra parte, la vinculación íntima y creciente con Venezuela brinda muy positivos resultados a ambos países, y demuestra que un salto tan extraordinario y súbito de las relaciones ha sido factible porque los dos tienen poderes populares. El ALBA avanza como una alternativa de independencia y viabilidad para una parte de los países de la América Latina y el Caribe, y Venezuela y Cuba muestran a todos que la integración de la región es posible si se cambian los datos del problema, sobre todo en dos sentidos: a) autonomía real respecto a los Estados Unidos y los instrumentos del sistema imperialista, rescate de la soberanía sobre los recursos, las políticas económicas y las decisiones fundamentales; b) poner a las accio- nes sociales que beneficien a los pueblos en el centro de las políticas integracionistas, y conseguir la fuerza decisiva del apoyo y la participación populares para librar las batallas que serán ineludibles. Para conseguir resultados liberadores y de desarrollo en la economía y en la sociedad en la América Latina es imprescindible una nueva política que convoque a los pueblos y les brinde real espacio y poder, y que controle y auspicie los procesos económicos y sociales.
La coyuntura macroeconómica cubana ha mejorado, y su eventual desarrollo puede ser la base para que la política cubana obtenga más grados de libertad y una profundización del socialismo. El internacionalismo, que ha sido vivido por los cubanos a un grado muy intenso y sostenido, como pocos pueblos en el mundo, encuentra nuevos espacios en el marco de la propuesta integracionista regional. Las relaciones efectivas con numerosos países crecen, y su amplitud y diversidad fortalecen la posición cubana. El país cuenta con un sólido prestigio internacional. Hoy la identidad y la cultura nacionales no tienen que ser, como sucedió a inicios de los años noventa, un refugio frente al cuadro gravísimo de una formidable precariedad de la vida material, las dificultades de la sobrevi- vencia y el gran desprestigio sufrido por el socialismo.
Bien. Pero, ¿qué son hoy la identidad y la cultura nacionales, qué expresan, qué funciones tienen y qué pueden llegar a ser? La conciencia política sigue teniendo un gran peso en la sociedad, y la identidad nacional mantiene sus contenidos patrióticos y socialistas, por lo cual sigue siendo, a mi juicio, la fuerza espiritual básica de la revolución y del país. La situación es más favorable que la vivida en medio de la crisis de los años noventa, cuando las frustraciones y el desgaste del discurso concurrían para disminuir el orgullo de ser cubano, y una corriente había intentado reducir el ámbito de lo cubano a lo nacional, en detrimento del socialismo. Pero sería muy perjudicial no ver las debilidades ni percibir el asedio que sufren. El apoliticismo es una realidad instalada entre nosotros con alguna extensión, y la conservatización del pensamiento y los sentimientos –“una reacción del campo espiritual que amenaza envolver a la producción cultural y la vida cotidiana”, le llamé hace doce años– no ha cedido, sino que convive con las acciones políticas, socialistas e internacionalistas que dinamizan la vida cívica. A la vez estamos –como todos los pueblos del mundo, aunque en mejor situación relativa– sometidos a la guerra cultural del capitalismo, que apela cada vez más a la homogeneización y desnacionalización de los grupos sociales más significativos de cada país del mundo “subdesarrollado”, a controlar los consumos, la información, la opinión, los temas, el gusto, las ideas y las creencias, a prevenir las rebeldías e igualar los sueños. Esta guerra cultural pretende obtener el consenso a la dominación del capitalismo, sobre todo en el modo de vida y la aceptación de valores, y no en las ideologías políticas más directas o inmediatas.
La cultura cubana es un teatro de pertenencia nacional más abierto que la identidad, y eso es una característica, no una debilidad. La extraordinaria acumulación cultural que posee el país, los altísimos niveles de instrucción general y especializada, la necesidad y el interés de consumir productos culturales de la mayoría de los cubanos, la insólita riqueza de las artes, la capacidad de comunicarse con otras culturas del mundo, configuran un medio cultural poderoso y muy definido en su carácter nacional. La cultura puede ser un vehículo y un arma formidable para enfrentar la guerra cultural imperialista, y sobre todo un campo de creación que vaya más allá de lo que está acotado y parece seguro. Porque no creo que baste la especificidad y la exclusividad –“ser cubano”– para salir adelan- te, ni creo que sea suficiente resistir para conseguir una resistencia efectiva, tratando de mantener una plaza fuerte incontaminada, algo que es, por demás, obviamente imposible.
Debemos, entonces, trabajar arduamente con la cultura y la identidad cubanas, no considerarlas algo dado, ni algo “bueno” por sí. Estamos obligados a la intencionalidad, lo que no es igual ni significa manipulación o coyunda, que en estos asuntos es inútil o es contraproducente. Es imprescindible comprender profunda y seriamente lo esencial, las características y las funciones de la identidad y la cultura nacionales, y las potencialidades, insuficiencias y problemas asociados a ellas; vivirlas, pero tam- bién debatirlas, para poder utilizarlas. Es indispensable que la concepción del socialismo vuelva a formar parte de la cultura política, un socialismo que esté a la altura de nuestras necesidades, y de las realidades, los proyectos y los sueños del siglo XXI, para que sea capaz de reforzar e iluminar mejor la identidad nacional, y de ayudarnos a ela-borar nuestro proyecto. Es necesario que lo político sea con-siderado como parte de la cultura del país, y no la cultura un “frente” que se atiende políticamente. No lo digo por hacer juegos de palabras, sino porque lo político y la práctica política tienen que estar en el centro de la vida. Es im-prescindible para que un país como Cuba sobreviva y con- tinúe siendo lo que es, y no sea abandonado al supuesto “libre juego de las leyes de la economía”, una opción que sería suicida. Pero para desempeñar ese papel central, la política tiene que desarrollarse, y volverse capaz de animar y conducir la vida social y las motivaciones y los in-tereses y valores de los individuos.

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Notas

1—“Se trata de representaciones colectivas, de símbolos y elaboración de códigos, de construcción social de realidades. Así se forma la nación, asume sus contradicciones, evoluciona, resiste o lucha, re-cibe impactos externos (…) Además, aunque lo permanente es rasgo dominante en este tema, cada nación tiene historia, cambian elementos de lo nacional en el decurso histórico, y los valores que se les da.” (F. Martínez Heredia: “En el horno de los noventa: identidad y so-ciedad en la Cuba actual”, en El corrimiento hacia el rojo, Letras Cu-banas, La Habana, 2002, p. 70).
2—Darcy Ribeiro: Configuraciones histórico-culturales de los pueblos americanos (con un estudio introductorio de Ramón de Armas), en Pensamiento Crítico n. 51, La Habana, abril de 1971, pp. 4-75.
3—Utilizo las convenciones “blancos”, “negros” y “no blancos” para denotar a los grupos humanos que se autorreconocían como ta-les e identificaban y clasificaban a los demás según ciertos rasgos bio-lógicos secundarios, y que entonces contaban también con el ordena- miento legal para certificar esas identificaciones, con consecuencias que afectaban profundamente la vida y los derechos de los implicados.
4—Cálculo del autor sobre la base de los datos de Manuel Moreno Fraginals: El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1978, t. III, pp. 39 y 43. El aumento del volumen del producto es un típico recurso de las eco-nomías coloniales exportadoras para enfrentar sus problemas e in-suficiencias. Después de 1930 esa opción terminó, la exportación ca- yó casi a la mitad durante quince años y se recuperó en los siguientes quince, pero a promedios ligeramente mayores que el de 1925-1929; mientras, la población del país había crecido al doble.
5—Ver Juan Pérez de la Riva: “Una isla con dos historias”, en El barracón y otros ensayos, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 75-89.
6—Me he acercado a Martí, por ejemplo, en “Nuestra América. Presente y proyecto de la América Latina”, en El corrimiento hacia el rojo, pp. 138-157, y en “Visión de la historia de José Martí”, en Revista del Caribe n. 43, Santiago de Cuba, 2004, pp. 16-20.
7—La guerra popular que había proclamado su ideología en el Ma-nifiesto de Montecristi (25 de marzo de 1895) llegó a perforar la división y el enfrentamiento entre españoles y cubanos, a pesar de la guerra total colonialista. Unos dos mil combatientes del Ejército Libertador eran peninsulares o canarios.
8—La tarde del combate de Mal Tiempo, el Regimiento “Céspedes” fue a la carga a los gritos de “¡Arriba Oriente!”, “¡Viva Maceo!” Al final de la guerra había soldados orientales enterrados en todas las provincias de Cuba. Jefes, oficiales y soldados de todas las provincias compartieron los trabajos y la muerte con compañeros de zonas muy alejadas de las propias.
9—“La juventud no llegará mañana a la vida pública desde las au-las, las fincas o los talleres: llegará desde la manigua”, escribe un ene-migo de la revolución, Eliseo Giberga, en 1897, en un libro muy lú- cido en el que reclama que la burguesía de Cuba comprenda el triunfo inevitable de la guerra del pueblo cubano y dedique sus esfuerzos a desmontar la revolución, reconociendo a los no blancos la plena ciu-dadanía y tratando de lograr un arreglo político que impida una re-volución social (Apuntes sobre la cuestión de Cuba, publicado bajo el seudónimo “Un autonomista”, sin datos editoriales, 268 pp.)
10—Para una argumentación más amplia de este criterio, ver F. Martínez Heredia: “El pueblo de Cuba y el 20 de Mayo”, en La Ga-ceta de Cuba n. 3, La Habana, mayo-junio 2002, pp. 3-7.
11—Uno de los líderes del Partido Liberal Autonomista declaró en público que él no concebía la existencia de Cuba como pueblo ci-vilizado si no era en íntimas relaciones con los Estados Unidos.
12—Sabemos que toda la obra de Martí estaba encaminada a ob-tener la independencia de Cuba, tanto de España como de los Estados Unidos, y además, a que la revolución cubana fuera el inicio de una segunda independencia continental que iría contra la expansión imperialista norteamericana y favorecería transformaciones políticas y sociales profundas en la América Latina y el Caribe. La posición radical de Antonio Maceo contra toda intervención norteamericana en Cuba también es conocida.
13—“La república cubana / tiene tres inconvenientes / que no es libre, independiente / ni tampoco soberana”, decía la vieja cuarteta. Los maestros enseñaban la clave “A Martí”, quizá el más famoso tex-to breve de la frustración, pero también la clave “A Maceo”: “Si Ma-ceo volviera a vivir / y a su noble patria contemplara / de seguro la vergüenza lo matara / y volvería a morir”.
14—A mediados del siglo XX se le había incorporado otra propuesta: “completar” los objetivos y los ideales de la Revolución del 30, que eran en parte nuevos respecto a la propuesta de 1895. Pero en vez de negar una a la otra, solía reunírseles. Un buen ejemplo es La Historia me absolverá, la famosa defensa de Fidel, en 1953.
15—Ver Leví Marrero: Geografía de Cuba, ALFA, La Habana, 1955, pp. 145-155.
16—Juan Pérez de la Riva y Blanca Morejón calcularon la pérdida demográfica bruta durante la Revolución del 95 en trescientas ochentisiete mil personas, para un cálculo de población total de un millón novecientas sesenta mil, sobre la base del crecimiento estimado de la población registrada en el Censo de 1887. El Censo de 1899 registró a un millón quinientas setenta y dos mil setecientas noventisiete personas, casi sesenta mil menos que el de doce años antes. (“Población, Guerra de Independencia e inmigración en el siglo XX”).
17—Ver F. Martínez Heredia: “Nacionalismo, razas y clases en la Revolución del 95 y la Primera República cubana”, en Olga Portuondo y Michael Zeuske (coords.): Ciudadanos en la nación, Fritz Thyssen Stiftung y Oficina del Conservador de la Ciudad, Santiago de Cuba, 2002, pp. 118-147.
18—Entre otros textos, en el Prólogo a Serafín Portuondo Linares: Los Independientes de Color, Editorial Caminos, La Habana, 2002.
19—Ver F. Martínez Heredia: “Nacionalizando la nación. Reformulación de la hegemonía en la segunda república cubana”, en Pensamiento y tradiciones populares: estudios de identidad cultural cubana y latinoamericana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2000, pp. 29-50.
20—Tomado de F. Martínez Heredia: “Nación y sociedad en Cu-ba”, en Contracorriente n. 2, La Habana, octubre-diciembre de 1995.

Última modificación: 5 de junio de 2012 a las 13:06
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