Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico

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1968: una mirada retrospectiva

No es habitual en el espacio de debate organizado por la revista Temas la celebración de efemérides. La sección “Controversia” y los dos volúmenes de Ultimo Jueves, el segundo de reciente publicación, indican que la brújula apunta hacia tópicos de presente confrontación en la sociedad, la cultura y el pensamiento cubanos.
Por supuesto, en su disposición de sujeto intelectual, Temas suele también dar cabida a la memoria crítica. Esta es la cita que reunió a más de cien ciudadanos interesados en pensar, a cuarenta años de distancia, un período de tiempo que fue constituyente de una cultura de significaciones y cambios nacionales y globales.
Ciertamente –afirmaba Rafael Hernández, en su papel de moderador– sería inabarcable un inventario de todos los hechos significativos acaecidos en 1968. No obstante, en una iniciativa de exploración que resultó motivadora, antes de presentar el panel y los temas que serían abordados, el público se apresuraba en tejer una suerte de encuesta que, a manera de puzzle, relacionaba eventos como: Doctrina McNamara, Mayo francés, Fuera de juego, Carlos Marighella y Panteras Negras con una columna paralela donde se exponían, entre otros, conceptos como revolución cultural, obra polémica, Pacto de Varsovia y guerrilla urbana.

La tragedia de Tlatelolco

Abría el panel la profesora mexicana Martagloria Morales, quien dirigió su análisis al impacto que tuvo el movimiento del 68 en la cultura política mexicana. Para ello, en apretados quince minutos, la politóloga situaba al público en el panorama internacional (la hegemonía norteamericana, la Nueva Izquierda opuesta a la URSS y su política internacionalizada a través de los partidos comunistas, la ola revolucionaria en el Tercer Mundo, los hippies, la revolución sexual, el rock y la minifalda). En tanto México, a punto de ser sede de los Juegos Olímpicos, sentiría el impacto de uno de los momentos más convulso de su historia reciente.
El joven público cubano se sorprendía al escuchar que una de las manifestaciones precedentes a la brutal represión en la Plaza de las Tres Culturas, la noche del 2 de octubre, fue convocada para conmemorar el 26 de julio, demostración de apoyo hacia la Revolución cubana y reflejo de su impronta en el imaginario latinoamericano.
Para Martagloria, Tlatelolco fue un punto de quiebre del sistema. Por una parte, expuso el agotamiento del modelo político autoritario y de su llamado “milagro económico”, por la otra daría paso a los movimientos sociales y a la guerrilla de la década de los setenta. No obstante, ese impulso antisistémico quedaría posteriormente cancelado en “la danza de los millones” de la democracia mexicana, cediendo ante una participación política encauzada en la vía electoral y que ha sido vaciada de contenido sustancialmente democratizador.
Respondiendo a las preguntas del público la profesora mexicana se refirió al 68 como un punto de giro estructurado por elementos de larga duración que señalan, en una trama global de crisis económica y política, la emergencia de nuevos actores sociales: los movimientos negros por los derechos civiles, el movimiento feminista y el movimiento estudiantil. El 68 significó así un rompimiento con el sistema de dominación mundial, que no se presentó sólo ante el mundo capitalista, sino también en el bloque comunista.

La Primavera de Praga

El periodista de Prensa Latina Manuel Yepe, quien en 1968 se desempeñaba como embajador de Cuba en Rumanía, examinaría los controvertidos eventos de la Primavera de Praga y la posición de Cuba ante la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia.
Los postulados reformistas de la Primavera fueron mayormente referidos como un intento de liberalización nacional, político y económico, pero –afirmaba el panelista– es preciso no desconocer las mediaciones de los medios de inteligencia occidentales.
Inicialmente expresado por la intelectualidad (Manifiesto de las 2000 palabras) el disenso checoslovaco obtuvo la anuencia de un sector de la clase política y fue presentado como un proceso de reformas destinado a producir un “socialismo con rostro humano”.
Las reformas enfatizaban en la participación popular e incluían enfoques que el modelo eurosoviético clasificaba como instrumentos de la democracia burguesa y, por tanto, tácitamente expresaban una potencial entrada de Checoslovaquia al eje capitalista. En la mañana del 20 de agosto la URSS capitaneó la invasión, el proceso de reformas fue cercenado, se destituyó a los líderes reformistas y se reimplantó el llamado socialismo real.
La noticia impactó a la sociedad cubana. Las emociones fueron diversas y contrapuestas; por una parte, no faltó la identificación con ciertas demandas nacionalistas y democratizadoras, por la otra, se recelaba las grietas contra la unidad del bloque socialista en tanto debilitaba el imprescindible muro de contención ante el imperialismo norteamericano. En palabras de Fidel –ampliamente citadas por Yepe– el gobierno cubano hizo una llamada a la unidad de los países socialistas y apoyó la invasión. Sin embargo, también haría públicas sus convicciones:

Porque lo que no cabría decir aquí es que en Checoslovaquia no se violó la soberanía del Estado checoslovaco, eso sería una ficción y una mentira. (…) La decisión en Checoslovaquia sólo se puede explicar desde un punto de vista político y no desde un punto de vista legal, visos de legalidad no tiene absolutamente ninguno (…) Nos preguntamos si acaso en el futuro las relaciones con los partidos comunistas se basarán en sus posiciones de principios o seguirán estando presididas por (…) la incondicionalidad, el satelitismo y el lacayismo, y se considerarán tan solo amigos aquellos que incondicionalmente aceptan todo y son incapaces de discrepar absolutamente de nada.1

Con todo, independientemente de las duras críticas, la alineación de Cuba con la decisión soviética significó un punto de viraje para sus relaciones, agrietadas desde la Crisis de Octubre. La isla comenzaría un proceso de acercamiento a la URSS sellado en el primer lustro de la década del setenta.

La microfracción

Microfracción fue el término con que la dirección de la Revolución cubana designó la maquinación fraccional que un grupo al interior del partido y el Estado llevó a cabo desde 1966 y que en 1968 fuera revelado, juzgado y sentenciado. Este delicado incidente de nuestra historia fue examinado por el reconocido cineasta Manuel Pérez.
A diferencia de Rusia, China o Vietnam, –recordaba el realizador de Páginas del diario de Mauricio– la conquista revolucionaria del poder en 1959 no fue dirigida por un partido. Las tres organizaciones fundamentales que desmantelaron el batistato e integraron el poder revolucionario, a saber, el Movimiento 26 de Julio (M-26-7), el Directorio Revolucionario (DR) y el Partido Socialista Popular (PSP) en un principio no compartían métodos y concepciones homogéneos. No fue hasta 1961 cuando la máxima dirección exhortó a que las organizaciones aportaran lo mejor de sí a la unidad revolucionaria.
Las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) fueron el primer órgano político de la dirección revolucionaria. A ella el M-26-7, además de los líderes de consistente apoyo popular, aportaba la experiencia adquirida en la conquista del poder, el DR cooperaba con sus cuadros jóvenes y el PSP –con décadas de experiencia partidista y educación en los principios del socialismo– debía jugar un rol esencial en la gestión política y administrativa.
Sin embargo, en un primer momento el proceso de fusión no se dio con el espíritu democrático y abierto que se requería. Un sector del PSP, personificado en Aníbal Escalante como uno de sus dirigentes, pensaba que si la Revolución transitaba desde la posición radical antimperialista hacia una revolución socialista, el poder revolucionario debía restructurarse con predominio de su partido, por ser este el que supuestamente tenían un conocimiento teórico y práctico sobre la transición al socialismo.
Aníbal Escalante, Secretario Organizador de las ORI, utilizó la influencia de su cargo para colocar en puestos claves, en detrimento de las otras dos organizaciones revolucionarias y de otros combatientes, a individuos que compartían su concepción sobre el socialismo que debía entronizarse en Cuba. Escalante abandonaba así el principio –explícitamente defendido por Fidel– de igualdad de derechos de participación en la política revolucionaria.
La crítica de Fidel al sectarismo (marzo de 1962) truncó la segregación al interior de las ORI. Sin embargo, Aníbal Escalante, quien destituido de su cargo había marchado a la URSS, regresó a Cuba en 1964 para capitanear un complot opuesto al camino independiente trazado por la Revolución. Recordemos que Cuba –afirmaba el panelista– se mantenía al margen del conflicto sinosoviético y que su internacionalismo en la América Latina objetaba la política soviética de “coexistencia pacífica”. Esta posición “hereje” y soberana fue asumida con recelo por cuadros que proyectaban a la Revolución cubana como copia fiel del socialismo esteuropeo.
Desde 1966 hasta su desmembramiento, el grupo fraccionario ejerció una constante labor proselitista al interior de organismos centrales del Ministerio del Interior, el Estado y el partido y mantenían comunicación con dispositivos políticos y de inteligencia de la RDA y la URSS. El objetivo de la microfracción –afirmaba Manuel Pérez– era forzar, o crear las condiciones para que Cuba fuera presionada, a un cambio de los derroteros de la política interna y externa del gobierno cubano y, por supuesto, era antagónico al pensamiento y la praxis revolucionaria de Fidel y el Che. En enero de 1968 Raúl Castro, en un pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, denunció públicamente la manifestación fraccionaria, y sus implicados fueron impugnados políticamente y posteriormente legalmente acusados y condenados según su grado participación delictiva.
Posteriormente Fidel, en el discurso del 13 de marzo de ese año, apuntaba: “la microfracción como fuerza política carecía de significación; como intención política, sus actos eran de carácter grave; y como corriente dentro del movimiento revolucionario, una corriente francamente reformista, reaccionaria y conservadora”.2 De hecho, el fenómeno microfraccional fue una de las primeras manifestaciones de disidencia política por vía pacífica contra la Revolución, aunque es preciso –advertía Manuel Pérez– considerar que entre los procesados (poco menos de cuarenta) no todos compartían las mismas motivaciones; mientras unos perseguían intereses y ambiciones personales, otros fueron impulsados por posiciones ideológicas que deben ser juzgadas en la compleja y universal trama política que envolvió aquella época.

La ofensiva revolucionaria

Es conocido que antes de 1959 la economía cubana se caracterizaba por su base agrícola y que su escaso desarrollo industrial se concentraba en la rama azucarera. Sabemos de la crisis estructural de la economía cubana y de su patológica dependencia al mercado norteamericano, mercado que al triunfar la Revolución desapareció y seguidamente, y hasta el presente, se convirtió en el arma contrarrevolucionaria más agresiva.
Sin embargo, a pesar de su impacto directo y cotidiano, existe carencia y demanda de un saber crítico y sistematizado sobre las diversas estrategias económicas implementadas por la Revolución para mejorar la situación socioeconómica de la sociedad cubana. En tal sentido, tocaba al economista e investigador Omar Everleny Pérez auscultar uno de los eventos más complejos de nuestra historia económica: la ofensiva revolucionaria.
Las demandas sociales incitadas por el proyecto revolucionario exigían una estrategia que acelerara nuestro desarrollo económico. En síntesis, se requería eliminar el modelo monocultivador y monoexportador cubano, diversificar la economía y dar paso a la industrialización. Sin embargo, muy pronto se hacía patente la frustración de la llamada estrategia de industrialización acelerada. Un sinnúmero de factores –mencionaba Everleny– atentaban contra este propósito: falta de personal capacitado, necesidad de materias primas importadas, ausencia de base estadística contable e insuficiencias de la estructura productiva.
A la altura de 1962-63, sobre la base de lo convenido comercialmente con la URSS, se asumió una estrategia basada en la agricultura que reconsideraba la rama azucarera como el elemento clave del desarrollo cubano. Se adoptó una “estrategia de desarrollo desequilibrado” –afirmó el panelista–, es decir, rotundo predominio de un sector llamado a solucionar los problemas inmediatos, y que en el futuro permitiría la deseada diversificación e independencia. Todo esto en un contexto que equívocamente identificaba el socialismo con la estatalización de la propiedad, concepción impedida de encontrar otras alternativas a la contenida en la relación propiedad estatal vs propiedad privada. Precisamente, la ofensiva revolucionaria como parte de ese proceso se refiere a la forma en que se implementó de forma expedita la nacionalización estatal o estatalización de la propiedad, especialmente en el comercio.
Con el propósito de incrementar el volumen de exportación y equilibrar la balanza de pago, la sociedad cubana fue convocada por la dirección de la Revolución a realizar un esfuerzo laboral. El pueblo llano respondió movilizándose y asumiendo las tareas agrícolas como demostración de su irrestricto apoyo al proyecto revolucionario y a sus líderes. Sin embargo, el grupo social, ya minoritario, de propietarios y trabajadores del sector privado o “por cuenta propia” no se movilizó y continuó su quehacer comercial como mero “observador” del entusiasmo popular. Esta situación, sin dudas, creó malestar, al tiempo que hacía latentes las desigualdades en medio de un contexto de equidad distributiva y gratuidades.
Como indicara el panelista, el anuncio público de la ofensiva fue el discurso de Fidel el 13 de marzo de 1968 en la histórica escalinata de la Universidad de la Habana:

Subsiste todavía una verdadera nata de privilegiados, que medra del trabajo de los demás y vive considerablemente mejor que los demás, viendo trabajar a los demás. Holgazanes, en perfectas condiciones físicas, que montan un timbiriche, un negocito cualquiera, para ganar 50 pesos todos los días, violando la ley y violando la higiene, violándolo todo, mientras ven pasar los camiones de mujeres a trabajar al Cordón de La Habana o a recoger tomate en Güines o en cualquier parte (APLAUSOS).3

Fidel informaba los datos provenientes de una investigación realizada por el PCC y los CDR en varios municipios de la capital, con una muestra seleccionada que no abarcaba a la totalidad del universo existente. El estudio en los bares privados, por ejemplo, revelaba que el 72 % de sus propietarios mantenían una posición contraria al proceso revolucionario y que el 66 % de la clientela que frecuentaba los bares privados eran elementos antisociales. Asimismo se hacía referencia a la dudosa procedencia de los insumos, la falta de higiene y el mal servicio brindado a la población. Finalmente las recomendaciones de la investigación apuntaban categóricamente a la intervención y cierre de todos los negocios privados.
Ciertamente, como apuntaba Fidel, “no se hizo en Cuba una revolución para establecer el derecho al comercio”.4 La Revolución cubana, en declarado carácter socialista y en expresión firmemente anticapitalista, abarca procesos, y dimensiones orientados a superar el valor absoluto del mercado. Sin embargo, –concluyó el panelista– es preciso buscar alternativas que solucionen la persistencia de dificultades y molestias relacionadas con la oferta de productos, la calidad de los servicios, la atención al público y el desvío de insumos estatales.
La transición socialista implica, entre otros tantos procesos, un cambio radical en la forma en que nos apropiamos del espacio y sentido del mercado. Lo cual –parafraseando al último de los panelista– merece una revalorización de la asignatura cubana de socialización de la propiedad.
Rafael Hernández daba término al debate no sin antes recordar que aquel año fue nombrado en Cuba con el sobrenombre de quien apenas unos meses atrás había muerto en Bolivia. Para aquellos –decía Rafael– que no vivieron el 68, los que conocen al Che por los libros y que a coro quieren ser como él es trascendental comprender cómo todos los eventos a los que se ha hecho referencia fueron vividos por la sociedad cubana marcados por el luto y la vergüenza. La vergüenza de una existencia cotidiana y fútil cuando había que construir el comunismo y faltaba tanto por hacer.
En la medida en que la historia reciente se someta a debate riguroso y público, nuestra cultura de la política revolucionaria se irá despejando de la costra dogmática y burocrática que ha intentado convertir en tabú temas que pertenecen a una sociedad que, precisamente gracias a su pensamiento crítico, alcanza hoy a celebrar, pese a agresiones externas y errores internos, los cincuenta años de su Revolución.

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Notas:

1—Fidel Castro: Análisis de los acontecimientos de Checoslovaquia, La Habana, Ediciones CDR, n. 16, 23 de agosto de 1968.
2—Fidel Castro: Discurso pronunciado en el acto conmemorativo del XI Aniversario de la Acción del 13 de marzo de 1957, efectuado en la escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1968. Departamento de versiones taquigráficas del gobierno revolucionario. Ver www.cuba.cu/gobierno/discursos/
3—Id.
4—Id.

Última modificación: 20 de abril de 2012 a las 17:28
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