Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico

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Capitalismo: en el comienzo de la segunda etapa de la crisis global

Tomado de América Latina en Movimiento, 11 de febrero del 2008.

La peste ya está aquí,
¿que hacer cuando llega la peste?

Homero

La recesión se ha instalado en el centro del imperio: el debate ahora gira en torno de su profundidad, duración y alcance mundial. La corte de admiradores derechistas o progresistas del capitalismo global que nos apabulló en los últimos años con sus reiteraciones acerca de la solidez del sistema, está ahora en pleno repliegue táctico; sus integrantes ya no niegan la crisis, pero intentan quitarle dramatismo, acortar sus raíces y amplitud. Algunos ensayan explicaciones anecdóticas. Otros la califican de “crisis cíclica”, es decir pasajera. La mayor parte se refugia en la explicación simplista que reduce el fenómeno a una gran perturbación financiera combinada con un brote pesimista de los consumidores norteamericanos provocado por los deudores morosos que no pagan sus créditos inmobiliarios… y por quienes les otorgaron préstamos de manera demasiado generosa. Según estos últimos, los problemas serán pronto superados gracias a las intervenciones de la Reserva Federal, la Casa Blanca y las autoridades políticas y monetarias de las otras grandes potencias. El mítico estandarte del poder invencible de los amos del sistema todavía flamea en las alturas, aunque se va deshilachando rápido al ritmo de los truenos globales.

Crédito, consumo y deudas

Al circunscribir la crisis al desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana y sus impactos colaterales en los Estados Unidos y el resto del mundo la “solución” aparece clara: alentar a los consumidores e inversionistas, subir el gasto público e inyectar liquidez en el mercado. Es lo que ahora están haciendo el gobierno de Bush y la Reserva Federal: el primero acaba de impulsar una rebaja de impuestos y un gasto estatal récord para 2009 de más de tres billones de dólares, y en consecuencia un déficit fiscal gigantesco, con lo que la deuda pública superará bien pronto los diez mil millones de dólares. Por supuesto, Bush lo hace desde la derecha: las reducciones fiscales beneficiarán básicamente a los ricos y a la clase media alta, el mayor gasto público privilegiará a las fuerzas armadas, que dispondrán del más alto volumen de fondos de toda la historia norteamericana: el gasto militar total de los Estados Unidos llegó en 2008 a cerca mil doscientos millones de dólares (si sumamos las erogaciones del Departamento de Defensa a las de los demás sectores del Estado). Según el proyecto de presupuesto enviado por Bush al Parlamento, en 2009 dicha cifra será mucho más alta. Por su parte, la Reserva Federal baja más y más la tasas de interés.
Lo que están haciendo ahora es una suerte de repetición, en condiciones infinitamente más graves, de lo que ya hicieron en el 2001: no tienen otro libreto. Pero en aquel momento la deuda pública norteamericana alcanzaba los cinco mil setecientos millones de dólares y ahora ronda los nueve mil doscientos millones, y si a la misma le sumamos las del resto de los sectores públicos y privados se llega a los cincuenta mil millones de dólares (equivalente al Producto Bruto Mundial). A ello es necesario agregar la acumulación de déficits fiscales y comerciales, y un volumen de gastos militares totales que podría llegar a representar en 2009 el 10 % del Producto Interno Bruto norteamericano.
En el 2001 la situación era difícil, pero existían márgenes económicos y políticos que le permitieron al poder (autoatentado terrorista mediante) salir de la recesión acelerando las tendencias dominantes del sistema: hipertrofia especulativa, concentración de ingresos, consumismo (con fuerte caída del ahorro personal), crecimiento de las deudas públicas y privadas y keynesianismo militar. Todos estos aspectos se exacerbaron al extremo en los últimos siete años, las aventuras coloniales en Eurasia terminaron empantanadas (el aparato militar aparece ahora como una pesada maquinaria tan sofisticada y cara como incompetente), mientras que el Estado y la población están abrumados por la deudas.
La recesión estadounidense es más una crisis de deuda que una depresión causada por el enfriamiento del consumo: la primera es el fundamento del segundo. La superdeuda estatal ha llegado a un punto que su expansión ha ingresado en un círculo vicioso que enlaza de manera perversa emisiones de títulos públicos y de dólares cada vez más depreciados. En caso contrario, el Estado debería frenar sus gastos y/o incrementar la recaudación fiscal, lo que hundiría a la economía en una recesión aún más profunda.
Por su parte, la población con ingresos medios y bajos ha sufrido las consecuencias del estancamiento (y del descenso en un importante sector) de los salarios reales. El ingreso familiar promedio es actualmente inferior al del año 2000.
Cuando se lanzó la burbuja inmobiliaria con una avalancha de créditos baratos se estaba al mismo tiempo restringiendo la solvencia a mediano plazo de una gran masa de deudores. La serpiente neoliberal terminó mordiendo su propia cola: a mediados del 2006 el mercado inmobiliario estaba saturado, los precios de las viviendas comenzaron a descender y en el 2007 estalló la morosidad. Lo que siguió es bien conocido.
En los años del auge, el tema del inminente agotamiento del crecimiento de la economía norteamericana sobrecargada de deudas había sido abiertamente ignorado o negado por periodistas, expertos, grandes empresarios y dirigentes políticos de la superpotencia. Los negocios prosperaban. ¿Quién se habría atrevido en ese período a decir que las grandes ganancias eran la base de un próximo desastre? Los pocos que se atrevieron fueron marginados o ridiculizados, calificados de catastrofistas, personas amargadas o amantes de los terremotos.
Pero si la derecha pretende hacer más de lo mismo, el progresismo imperial no va mucho más lejos. Joseph Stiglitz, expresión de ese sector, acaba de proponer una variante “popular” del remedio, orientada también a rehabilitar el consumo incrementando el gasto público y, en consecuencia, el déficit fiscal y la deuda. Según esa propuesta, no serían beneficiados los militares y los ricos, sino los desocupados y los programas de desarrollo de la infraestructura, del sector educativo, de salud, de ahorro de energía y de reducción de la contaminación ambiental.1 La aspirina progresista (incompatible con el actual sistema de poder estadounidense) y la repetición conservadora no son otra cosa que pequeños parches impotentes ante una realidad que los desborda.

Recesión e inflación

Ahora que la recesión ha llegado al centro de la economía mundial, sus autoridades entran en pánico, perciben que sus acciones son ineficaces o incluso contraproducentes. Medidas antirrecesivas como los recortes fiscales en curso, las drásticas bajas de la tasa de interés o el incremento del gasto público traerán más déficits y deudas, y si llegan a tener algún éxito, aunque sea mediocre, alentarán la inflación; en ambos casos impulsarán la depreciación internacional del dólar. La recesión y la inflación llegan juntas porque la crisis financiera converge con la crisis energética, que hace subir el precio del petróleo arrastrando hacia arriba a un amplio abanico de materias primas. Los costos de producción aumentan no sólo cuando crece la economía mundial y, en consecuencia, la demanda de esos productos, sino también cuando la misma se estanca e incluso cuando decae. Es así porque la extracción petrolera global está llegando a su máximo nivel y, detrás de ella, la de otros recursos energéticos no renovables como el carbón y el uranio, que se encaminan hacia la misma situación a más largo plazo, pero antes de mediados del siglo XXI.2 Y, como sabemos, el remplazo del petróleo por los biocombustibles lleva al rápido encarecimiento generalizado de los precios de la producción agrícola, en especial la de alimentos.
En síntesis, las autoridades norteamericanas saben que si tratan de revertir la recesión reanimando el mercado alentarán la inflación y la caída del dólar, lo que terminará por traer más recesión, pero que si buscan frenar la inflación enfriando la economía profundizarían la recesión: un callejón sin salida.
Algunos expertos, por ahora discretos, empiezan a ilusionarse con la posibilidad de un estancamiento prolongado pero ordenado, sin estallidos sociales ni crisis institucionales graves. El modelo sería el Japón de los años noventa. Olvidan que se trataba de una potencia de segundo orden, que dispuso en ese momento de dos tablas de salvación externas que suavizaron su aterrizaje: en primer lugar, las burbujas de prosperidad de Asia Oriental, que le dieron aire hasta la crisis de 1997, y, sobre todo, los Estados Unidos, su principal cliente comercial, cuyo mercado absorbió exportaciones e inversiones japonesas. Pero los Estados Unidos son demasiado grandes, no existe una tabla de salvación externa a su medida, el resto del mundo venía amortiguando sus desajustes fiscales y comerciales acumulando montañas de papeles dolarizados que cada día valen menos. Esa capacidad está casi agotada.

La ilusión del desacople

En la última reunión de Davos se discutió mucho acerca del posible “desacople” entre los Estados Unidos y las otras potencias industriales, que tomarían de ese modo distancia del naufragio de su hermano mayor.
Hasta hoy, la globalización era presentada por la propaganda neoliberal como una trama de la que nadie podía escapar. Ahora, sin mayores explicaciones, se afirma lo contrario: la red global permitiría, al parecer, salir del desastre a una amplia variedad de países, dirigentes y comunicadores de algunas economías desarrolladas. Incluso en numerosos países periféricos los medios de comunicación locales tratan de tranquilizar a sus poblaciones explicándoles que gracias al nivel de sus reservas (dolarizadas), la naturaleza de sus exportaciones, su ubicación geográfica u otra bendición del destino, esa nación no será afectada por la recesión estadounidense (o lo será muy poco).
Pero resulta que –para desgracia de los neoliberales– los neoliberales tenían razón: las interdependencias económicas mundiales son tan densas que, como estamos comprobando a diario, no hay manera de desconectar los sacudones estadounidenses (bancarios, bursátiles, etc.) del funcionamiento financiero internacional. La burbuja inmobiliaria norteamericana fue la vanguardia de una variada serie de burbujas similares en distintos lugares del planeta: países como España, Inglaterra, Holanda, Australia, Irlanda, Nueva Zelandia fueron parte activa de la fiesta. En España ya comenzó el desinfle. Recientemente Carlos March, cabeza de uno de los grupos financieros decisivos de ese país, declaró que “la crisis inmobiliaria [española] va a durar mucho tiempo, al menos tres años”.3 Además, numerosos bancos europeos y asiáticos son golpeados por la desvalorización de títulos norteamericanos apoyados en deudas hipotecarias de alto riesgo que compraron a manos llenas en pleno auge especulativo. La recesión estadounidense ya afecta a Japón, estrechamente asociado a la superpotencia en los niveles comercial, financiero, político-militar, etc. Japón y los Estados Unidos compran el grueso de las exportaciones industriales de China, columna vertebral de su prosperidad económica, que por otra parte acumula más de mil cuatrocientos millones de dólares y papeles dolarizados en sus reservas y es atravesada por varias burbujas (bursátil, inmobiliaria, etc.).4
Mucho más fuertes aún son las interconexiones entre la Unión Europea y los Estados Unidos… lo que no le impidió al presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, declarar (a comienzos de febrero de 2008 y sin que se le mueva un solo músculo de la cara) que “en Europa no hay riesgo de recesión al contrario que en los Estados Unidos”.5
Estas interrelaciones planetarias del capitalismo han sido a veces explicadas en términos de “estafa” de la superpotencia al resto del mundo, que durante un largo período le ha estado suministrando bienes y capitales a cambios de papeles de valor decreciente. Ello le permitió al imperio consumir y hacer guerras muy por encima de sus posibilidades productivas. Es lo que acaba de afirmar George Soros:6 lo que durante muchos años era presentado como un argumento “antimperialista”, “desde la izquierda”, ha sido ahora asumido por el personaje-paradigma de la especulación financiera mundial. Según él, la actual crisis, “la más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”, marcaría el fin del reinado del dólar, la recesión en el mundo desarrollado y el ascenso de naciones como China, India y algunos países exportadores de petróleo. En síntesis, los Estados Unidos, y posiblemente una parte de Europa, habrían llegado a su ocaso, pero el capitalismo global quedaría a salvo gracias a la inyección de sangre joven proveniente de la periferia… lo que les permitiría a Soros y sus colegas continuar de manera renovada sus ingeniosos negocios.
Pero la realidad es menos simple: el mercado norteamericano ha sido el espacio decisivo para la colocación de mercancías y excedentes de capitales del resto del mundo. Gracias a su capacidad de absorción (apuntalada por el conjunto del capitalismo global) las burguesías de Europa, Asia y de otros continentes pudieron realizar operaciones especulativas, inversiones productivas y exportaciones sin las cuales su prosperidad habría sido imposible. A partir de la crisis crónica de sobreproducción mundial (con centro en las naciones desarrolladas) iniciada a fines de los años sesenta, la economía estadounidense, crecientemente parasitaria, fue el principal sostén de la demanda global. Las clases dirigentes de China, India, Japón o Europa no fueron estafadas ni coaccionadas para que le cedieran bienes y capitales a la superpotencia, sólo estaban sosteniendo a su principal cliente con créditos y precios accesibles.
Se trata de una trama internacional muy compleja en cuya cúspide se encuentran las elites dirigentes de los Estados Unidos y numerosos países ricos y pobres, mientras que en la base se agolpan los excluidos y trabajadores superexplotados de la periferia y una creciente masa de empobrecidos de las naciones industrializadas. El resquebrajamiento de ese pilar central hace ahora tambalear al sistema mundial.
El discurso acerca del ascenso del capitalismo periférico en tanto futuro líder del mundo aparece como el componente tragicómico de la ilusión del desacople. Los dirigentes chinos, por ejemplo, proseguirían su enriquecimiento vertiginoso (tal vez un poco más suave), aunque no se sabe muy bien como lo harían si se hunden los mercados norteamericano y japonés.
India y Brasil marcharían por un camino similar con sus burguesías transnacionalizadas, tal vez haciendo negocios Sur-Sur, y tras ellos una variada serie de países subdesarrollados. La sombra de la recesión cubriría a las llamadas economías desarrolladas (grosso modo encuadradas en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), que representaron en el 2007 casi el 70 % de las importaciones mundiales, mientras numerosos países del resto del mundo, vaya uno a saber gracias a qué milagro, se salvarían del desastre. No olvidemos que los más dinámicos y grandes de esos países basan su crecimiento en la expansión de sus exportaciones… preferentemente dirigidas hacia las naciones ricas.
La fábula no sólo es inconsistente desde el ángulo del comercio internacional; lo es también (mucho más) cuando enfocamos la composición y comportamiento de estas burguesías periféricas, transnacionalizadas, hundidas hasta el cuello en las burbujas financieras globales, buena parte de ellas atrapadas por la cultura del corto plazo (el estilo de vida de los especuladores), educadas en la rapiña y la superexplotación de sus propios países. Mundializan sus excedentes financieros ante la “estrechez relativa” de sus mercados locales e incluso regionales (desde el punto de vista de sus expectativas de altas ganancias), o bien empujados por la “necesidad” de extender sus intereses al interior de tramas empresarias globales de las que forman parte, o incluso, a veces, ante la posibilidad de abastecer a las clases privilegiadas de sus propios países a partir de firmas o marcas extranjeras “de prestigio”. Tres ejemplos recientes llegados desde China ilustran bien esta realidad: el primero de ellos se refiere a la suspensión el martes 22 de enero del 2008 de la cotización de la acción del Bank of China (el segundo banco de China) en la bolsa de Shanghai cuando este informó haber perdido unos ocho mil millones de dólares en sus títulos ligados a préstamos hipotecarios norteamericanos de riesgo (subprimes). El segundo es la compra realizada por Aluminium Corp. of China (Chinalco) de una participación en la empresa minera anglo-australiana Río Tinto por una suma próxima a los catorce mil millones de dólares.7 El tercer ejemplo es la reciente “adquisición de lujo” por parte del grupo Longhai, de la ciudad de Quingdao, del viñedo francés de Chateau Latour-Laguens. La empresa china aprovechó la marca francesa para rebautizar “Latour-Laguens International Wine Co” a su rama importadora de bebidas que vende a los nuevos ricos de su mercado interno vinos australianos, italianos y sudafricanos.8
Estas burguesías son la antítesis viviente de lo que los optimistas del desacople y de la recomposición periférica del capitalismo pueden imaginar como clases dirigentes medianamente estables y portadoras de proyectos productivos y comerciales autónomos (“nacionales”) de largo plazo.

Hipertrofia financiera global y desaceleración productiva

Para entender lo que está ocurriendo es necesario reflexionar acerca del período de “más de sesenta años de duración” que nos propone George Soros, aunque no debería ser visto como un único ciclo ascendente del crédito, sino más bien como la sucesión de dos períodos, uno ascendente entre el fin de la Segunda Guerra Mundial (aproximadamente) y el final de los años sesenta o el comienzo de los setenta, y otro descendente desde ese punto de inflexión hasta la actualidad.
La era de oro del mundo capitalista reconstituido con centro en el imperio norteamericano y el dólar como moneda universal, basada en la intervención económica del Estado, que combinaba según los casos keynesianismo civil y militar tal vez dio sus primeros pasos hacia 1939 en los Estados Unidos. En ese momento, el keynesianismo militar logró allí el despegue, que se transformó en una prolongada prosperidad que se está acabando ahora. El inicio también puede localizarse hacia finales de los años cuarenta, cuando los capitalismos recompuestos de Europa Occidental y Japón se incorporaron a la ola norteamericana.
El dinamismo productivo del sistema comenzó a decaer globalmente a fines de los años sesenta, y luego se expresó como una crisis de sobreproducción crónica que se prolonga hasta hoy.9 Una de sus manifestaciones más evidentes fue la declinación en el largo plazo de la tasa de crecimiento de la economía mundial, en la cual el rol negativo principal fue protagonizado por las naciones de alto desarrollo. La economía global creció a una tasa anual promedio de 4,9 % entre 1950 y 1973; 3,4 % entre 1974 y 1979; 3,3 % en la década de los ochenta; y 2,3 % en la de los noventa. La década actual, que comenzó con un pequeño enfriamiento, continuó con la expansión burbujeante de la era Bush para concluir con una recesión (o estancamiento) que anuncia ser prolongada. La desaceleración económica internacional engendró una vía de escape para las rentabilidades productivas en baja: la expansión financiera. Un buen ejemplo de ello es la contraposición entre la reducción de la tasa de crecimiento de la economía mundial y el crecimiento veloz de los negocios con productos financieros derivados que ingresaron en el período de la especulación desenfrenada hacia comienzos de la década actual. Según el Banco de Basilea, a mediados del año 2000 los derivados representaban aproximadamente el doble del Producto Bruto Mundial, hacia mediados del 2006 eran ocho veces superiores, y diez veces un año después: sumaban unos quinientos diez mil millones de dólares. Si a esta cifra le agregamos el resto del empapelamiento (acciones, deudas públicas, etc.) nos estaríamos aproximando al billón de dólares (veinte veces el Producto Bruto Mundial).
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Nos encontramos ahora en el espacio de saturación de la hipertrofia especulativa que podrá tal vez prolongarse un poco más, pero que de manera irresistible va ingresando en una zona de múltiples turbulencias donde algunas burbujas se desinflan y otras se expanden rápidamente en medio de un desorden financiero generalizado. Debemos tener presente que lo que se está tambaleando es el mayor globo financiero de la historia del capitalismo.

El segundo acto

La primera etapa de la larga crisis-decadencia global iniciada hace casi cuarenta años concluyó cuando la expansión financiera agotó su rol amortiguador para convertirse en lo contrario. Si antes era el pilar del consumismo y de la supervivencia concentradora de las grandes empresas, ahora constituye el centro de la recesión.
El punto de inicio del nuevo período suele ser situado en el 2007, cuando estalló la burbuja inmobiliaria norteamericana, aunque con una visión más amplia deberíamos ubicarlo en el 2001, en el momento en que la amenaza de recesión en los Estados Unidos fue “eludida” gracias a la loca fuga hacia adelante de las peores tendencias del sistema: militarismo, especulación, concentración de ingresos, corrupción institucional. Ese hecho sobredeterminó la marcha del mundo, no en la dirección que pretendían los halcones de la Casa Blanca (instalación del dominio imperial por muchas décadas) sino en sentido opuesto: se aceleró la decadencia. Al comienzo predominó una apariencia engañosa de prosperidad impuesta por la maquinaria mediática occidental: las economías desarrolladas tenían altas tasas de crecimiento; China, India y otras “naciones emergentes” expandían como nunca sus estructuras capitalistas… pero la base del boom era una especulación financiera sin frenos y con una esperanza de vida muy acotada. Para entender mejor lo que ahora está ocurriendo debe ampliarse el espacio de la crisis financiera para incluir “otras crisis” que convergen con ella. En primer lugar, la crisis energética, que está expresando el fin de la era del petróleo barato (el comienzo del estancamiento de la extracción seguido a más largo plazo por su descenso) introduciendo un sólido bloqueo inflacionario a las políticas antirrecesivas.
Dicha crisis debe ser incluida en la bicentenaria historia del capitalismo industrial (basado en los recursos energéticos no renovables) cuyo funcionamiento expansivo hubiera sido imposible si no se independizaba de los límites y ritmos de la reproducción de los recursos energéticos renovables, abaratando y sometiendo a su dinámica las nuevas fuentes de energía que aparecían como reservas infinitamente grandes, siempre disponibles. Eso fue posible gracias a una serie de proezas tecnológicas, trágicas a largo plazo, que conformaron un mecanismo de depredación que no se podía prolongar indefinidamente.
El estallido de la crisis energética coloca ahora al capitalismo ante un callejón sin salida, por lo menos a mediano plazo, tiempo más que suficiente como para que el desorden depresivo del sistema termine por producir daños irreversibles que impidan su recomposición bajo condiciones civilizadas. Esto significa que la futura supervivencia de la civilización burguesa debe ser asociada con el ascenso de formas de barbarie nunca antes vistas. El parche de los biocombustibles como remplazante a escala planetaria esclarece bien esta afirmación con sus secuelas de destrucción del recurso agrícola básico, la tierra cultivable, y de encarecimiento de los alimentos con los que compite en la ocupación de ese recurso.
Este proceso depredador en su etapa de gran aceleración y control general del planeta experimenta actualmente un enorme salto cualitativo al convertirse en motor del fenómeno de cambio climático que amenaza a la humanidad. Su mitigación está obligada a recorrer el mismo sendero que el de la solución de la crisis energética: la reducción y rediseño del consumo de energía a gran escala, lo que implica la transformación radical del sistema productivo, ahora impulsado por la lógica de la rentabilidad capitalista (el poscapitalismo ridiculizado en la era neoliberal entra en escena).
Otra crisis decisiva es la del centro del mundo, esto es, los Estados Unidos. La declinación del imperio no es sólo económica o institucional, sino también militar. Su complejo industrial-militar en la cúspide de su despliegue económico y tecnológico demuestra su incompetencia en el terreno concreto de la guerra, de manera directa en Irak y Afganistán e indirecta en la reciente invasión israelí a El Líbano. Esta crisis de la tecnología y del despilfarro militar modernos puede ser enfocada como el más reciente eslabón de una secuencia iniciada hacia fines del siglo XIX de militarización de la ciencia y la tecnología y de concentración industrial en el objetivo bélico, que atravesó dos guerras mundiales calientes y una fría hasta llegar a la degradación actual.
El hecho sorprendente es la convergencia histórica de todas las crisis señaladas, que aparece como el encuentro de varios ciclos de diferente duración, si pensamos en un ciclo de los recursos energéticos no renovables (desde el carbón hasta el petróleo, que despega a fines del siglo XVIII) cuyo punto de inflexión hacia abajo coincide con puntos similares en los otros ciclos: el financiero y el militar-industrial, nacidos a fines del siglo XIX. Pero la reflexión se simplifica cuando visualizamos tres ciclos paralelos que despegan aproximadamente en el mismo momento, si en el caso de la energía nos limitamos al del petróleo. En este último caso, podemos referirnos a componentes de un solo ciclo de algo más de un siglo de antigüedad marcado por el desarrollo cada vez más rápido e intenso del parasitismo (principalmente financiero y militar) y de la depredación del ecosistema.

febrero del 2008

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Notas:

1—Joseph Stiglitz: “How to Stop the Downturn”, New York Times, 23 de enero del 2008.
2—Según dos estudios recientes del Energy Watch Group, la cima de la producción económicamente viable de carbón, de mantenerse el actual ritmo de crecimiento de la extracción, se produciría en torno al año 2025 (Energy Watch Group: “Coal: Resources and Future Production”, marzo del 2007) y la del uranio diez años más tarde (EnergyWatch Group: “Uranium Resources and Nuclear Energy”, diciembre del 2006). En este último caso, a partir de esa primera cima los incrementos en la producción (siguiendo el ritmo actual) podrían prolongarse tres décadas más, pero con un ascenso exponencial de los costos.
3—“Según sus cuentas, tomando en consideración que en estos momentos se están construyendo en cualquiera de sus fases alrededor de un millón trescientas mil viviendas en España, y que la demanda se sitúa entre trescientas mil y cuatrocientas mil unidades, lo lógico es que ese stock de viviendas no se liquide hasta pasados tres años. Carlos March, admitió, durante la presentación de los resultados del banco, que la situación es ‘preocupante’, por lo que no será fácil recuperar niveles de actividad ‘aceptables’. El representante de una de las fortunas mayores e históricas del país ha sido tajante con la actual crisis, que vive en sus propias carnes. Corporación Financiera Alba, el brazo inversionista cotizado de la familia March, acumula una caída en bolsa del 33% en los últimos ocho meses”. Cotizalia, 5 de febrero del 2008.
4—“Los precios de los inmuebles en China crecen imparables, situándose por encima del 8 % interanual. De nada han servido las medidas dispuestas por el gobierno del país para intentar detener la escalada de precios…  El incremento de un 8,2 % se convierte en un 10 % en las ciudades donde la especulación inmobiliaria se hace más notoria, y la tendencia se está generalizando por todo el país… Quienes verdaderamente están haciendo su agosto de esta situación son los bancos y entidades financieras que conceden los créditos hipotecarios. Tal es el auge de las hipotecas que incluso se ha comenzado a popularizar una expresión entre los ciudadanos chinos: ‘esclavos de las hipotecas’”. Programa Inmobiliario, “Se infla la burbuja inmobiliaria en China”, 3 de octubre del 2007, http://www.programainmobiliario.tv/detalle.php?id=264.
5—“No habrá recesión en Europa”, www.adnmundo.com, 4 de febrero del 2008.
6—Según Soros nos encontraríamos ante “el fin de una era de expansión del crédito fundada en el dólar como moneda de reserva internacional… un boom que ha durado más de sesenta años (y que) le ha permitido a los Estados Unidos absorber el ahorro del resto del mundo y consumir más de lo que producía”. George Soros: “The Worst Market Crisis in 60 years”, Financial Times, 22 de enero del 2008.
7—“Why Chinalco’s Buying Into Rio Tinto”, Business Week, 5 de febrero del 2008.
8—“Viñedos de Francia para los nuevos ricos de China”, Clarin-iEco, 10 de febrero del 2008.
9—Jorge Beinstein: “La larga crisis de la economía global”, Corregidor, Buenos Aires, 2000.

Última modificación: 20 de abril de 2012 a las 17:09
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