Acercamiento teológico y pastoral a los aspectos fundamentales del culto pentecostal

Introducción

En este ensayo ofreceremos no sólo una descripción de algunos aspectos fundamentales del culto pentecostal, sino también algunas reflexiones desde la teología y la pastoral, deseando que puedan ser útiles a las iglesias pentecostales para formular una comprensión de lo que constituye su experiencia central: su espiritualidad. Se puede afirmar con toda certeza que el culto pentecostal es clave para analizar y comprender esta experiencia, porque en el pentecostalismo la vida y el culto están íntimamente ligados.

Para un hermano o hermana pentecostal, la adoración a Dios es una experiencia que se inicia el día de su conversión y continúa a lo largo de una vida totalmente consagrada al Señor, diariamente, en la constante comunicación con Dios, mediante la oración, la alabanza y la lectura de su Palabra. La vida es tema litúrgico constante. Se le rinde culto a Dios en el templo, en la casa, en la calle, en la escuela, en el trabajo. En las intercesiones se clama por los cuerpos enfermos, por los parientes o vecinos, por los problemas, las tareas, compromisos y desafíos.

El culto, no importa dónde se realice, es un espacio en el que se recrea y fortalece la fe. Se valora mucho el encuentro entre los hermanos y hermanas, quienes comparten en un ambiente de gran fraternidad alabanzas, testimonios, sanidades y el mensaje de parte de Dios ofrecido a la comunidad a través de quienes predican su Palabra.

Las formas de adoración en el pentecostalismo son resultado de la vivencia del Espíritu. Por esto se ha identificado a las iglesias pentecostales como las comunidades del Espíritu. El Espíritu habilita, el Espíritu consuela y libera, el Espíritu educa y recuerda todo lo que la comunidad debe saber. Es el Espíritu el que hace liberar las más profundas y sinceras emociones e involucra a las personas, en una experiencia de adoración con todos los sentidos, con toda “la mente y el corazón”, tal como exige el mismo Dios.

Aspectos fundamentales de la espiritualidad pentecostal

Nueva vida en Cristo: liberación y salvación Todo hermano o hermana pentecostal hablará de sí mismo como de una nueva criatura: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co 5,17). La conversión de una criatura vieja a una criatura nueva se consigue por la fe en Jesús como único y suficiente salvador (en esto se insiste), y también mediante la acción del Espíritu que hace posible la transformación profunda de la persona.

De la conversión se dice que es un encuentro personal con Jesús, el cual suele ser profundo y dramático como el encuentro del propio Pablo (Hch 9,1-9). El cambio o la transformación que se opera en las personas a partir de este encuentro con Jesús es verdaderamente asombroso, y les ha ocurrido a miles de personas en el seno del pentecostalismo, muchas veces temerarias y enemigas de la fe, igual que Pablo.

La condición pasada (condición pecadora) es percibida como oscuridad, esclavitud, inconsciencia. Siempre se recuerda que “el Señor tuvo misericordia de mí y me sacó de las tinieblas a la luz”; y que “antes, en la vieja vida, éramos esclavos del pecado, pero el Señor nos ha liberado”. Por eso se canta con mucho gozo: libre, tú me hiciste libre, oh mi buen Señor// rotas fueron las cadenas que estaban atando a mi corazón. La nueva condición, en cambio, es percibida como una hechura nueva, una resurrección con Cristo, vida de luz, estado espiritual que iguala con los ángeles celestiales. Por eso nunca se olvida el momento de la conversión.

También se percibe la condición pasada como un estado de inferioridad de la persona, causada no siempre por el propio pecado, sino también por las fuerzas del mal presentes en el mundo que afligen el alma y limitan su condición humana. Así, por ejemplo, se menciona la inconsciencia –“Antes yo no sabía lo que hacía, pero el Señor me abrió los ojos y me dio la oportunidad de servirle sólo a El”– la mala vida de parientes cercanos, el descarrío de los hijos, situaciones conflictivas en el hogar, desempleo, pobreza extrema, rupturas familiares, etc. Son situaciones que hacen sentir la fragilidad y la debilidad humanas y llevan finalmente a la persona a un encuentro dramático con Jesús.

La conversión, entonces, realiza una liberación y una nueva creación, por eso se identifica también con la salvación (ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús). Pero esa liberación-salvación que se recibe se probará constantemente en la vida diaria.

Cuando se opera una transformación radical de la vida de la persona, esta se consagra por entero a Dios, y a partir de ese momento se entabla una encarnizada lucha con las fuerzas del mal que siguen halándola hacia la condición pasada. El Espíritu de Dios es el instrumento que le permitirá ganar su batalla diaria: la lucha es individual, pero la victoria se celebra en comunidad.

En la nueva vida que comienza, la persona se incorpora a una comunidad que la recibe con gozo, la acompaña y protege. Esa comunidad es, además, la vara que mide el grado de crecimiento espiritual que va alcanzando en su nueva vida. En esa comunidad la persona tiene que dar evidencias concretas de esa novedad de vida: rechazo absoluto a las “cosas viejas” (el viejo hombre), fraternidad, solidaridad, amor por el hermano y hermana, adoración profunda y respeto por todo aquello que es objeto de su fe.

Esta constatación se realiza principalmente en la experiencia testimonial a través del culto. Por eso, asistir al culto es condición obligatoria para la pertenencia al cuerpo de Cristo. “No dejen de congregarse como muchos tienen por costumbre” (Hch 10,25). El que deja de asistir al culto o de participar visiblemente en la celebración de su fe (mediante el testimonio y los diversos ministerios), dará muestras de enfriamiento espiritual o “descarrío”. Esa señal es suficiente para que la comunidad de fe se ponga sobre aviso en relación con lo que le pueda estar ocurriendo a la persona.

Liberación de la exclusión

Para los pentecostales, el Espíritu que descendió en Pentecostés para llenarlo todo, y a todos y a todas, es un regalo de Dios para liberar de temores, ataduras, enfermedades, fuerzas diabólicas, opresión, sufrimientos, limitaciones humanas y discriminaciones. De esta forma, Dios se muestra solidario con la debilidad humana.

El Espíritu es, en esta dinámica, el instrumento que une la vida propia con la vida de Dios, y en esa unión está la liberación. Por eso, se buscará con insistencia y esmerada dedicación.

La persona, investida de la gracia que el Espíritu Santo le confiere, empieza a participar activamente en la comunidad, se hace útil y sirve a los propósitos divinos en la diversidad de ministerios. Esta participación es de una importancia vital, porque contribuye a una reconstrucción de la persona en el plano individual y social.

Quien viene marcado por la experiencia de la exclusión y la marginalidad social, quien ha sido sólo un número en largas filas de espera de la escuela, el hospital, los centros de beneficencia, deja de ser un rostro desdibujado en la multitud, sin nombre, y se vuelve ahora una persona importante, para Dios primeramente, y también para sus hermanos y hermanas de fe, quienes a diario le dan muestras de esta nueva realidad en su vida. En la dinámica del Espíritu y en la experiencia comunitaria renacen sus esperanzas, y un renovado gusto por la vida comienza a motivarlo hacia la superación personal y espiritual.

El culto pentecostal: fiesta de comunión

El carácter festivo es otro aspecto vital en la adoración pentecostal. El culto y la vida toda son un himno de alegría por el perdón, la salvación, el Espíritu de Dios que se recibe y la novedad de vida que se inaugura a partir de la conversión. Por eso el culto es una experiencia gozosa y festiva en la que las tristezas y quebrantos se transforman en risa santa. El culto es una fiesta porque el Cristo vivo está en medio de la comunidad que ha resucitado juntamente con El, acompañándola, sanándola, restaurando sus vidas, enseñándola. Y como dijo el mismo Jesús, en su presencia no cabe hacer ayuno, sino sólo hacer fiesta (Lc 5,34).

Para que podamos valorar la fiesta como experiencia cristiana, pensemos en el sentido teológico del descanso de Dios como fiesta. La fiesta, fest, es un concepto alemán que proviene del término latino feraie o feria, que alude a los días en los que no se ejerce ninguna ocupación. Esa es la idea del descanso sabático. La legislación sacerdotal del Código de la Alianza implica que, con su trabajo, el ser humano imita la actividad del Dios Creador. Con el tiempo libre o reposo en el séptimo día, imita la feria o reposo sagrado de Dios (Ex 31,13).

La principal característica de la feria de Dios es la libertad y la soltura del que sabe recrearse contemplando con admiración y regocijo, aceptando que la vida es un don y una gracia y vale la pena vivirla (Gn 1,31; 2,1-3). En la opinión del filósofo Otto Fiedrich Bollnow, esa es la esencia del espíritu festivo: “El temple anímico de la fiesta es un flotar libre. Abunda la risa, la naturalidad, la expresión libre; estallan los colores brillantes, el baile. La alegría de vivir alcanza su grado máximo”.

De acuerdo con esta descripción del espíritu festivo, Dios es el primero en festejar y recrearse deleitosamente en el día de su reposo, y como creador del descanso, la feria, les ofrece a los seres humanos la posibilidad de redimir el desgaste de la vida mediante la experiencia festiva y gozosa de quienes entran en su reposo.

El gozo y la alegría relacionados con el culto tienen un gran sentido para la gente sufrida de nuestros pueblos que han perdido en la complicada trama de sus vidas los motivos para celebrar y hacer fiesta. La opresión en el trabajo, la enajenación del tiempo libre, la exclusión, la soledad, la miseria, la insolidaridad, el individualismo, marchitan la esperanza de los pobres; la alegría se ausenta; la posibilidad de estar en fiesta y recrearse es lejana.

En el culto pentecostal, como comunidad que celebra al Jesús resucitado y hace fiesta en su presencia, la gente recupera el espíritu festivo que ha perdido. Esto es posible gracias a la acción de su Espíritu. El Espíritu de Dios convierte el culto en una fiesta. En ella reina la alegría, hay música y danza espiritual, abundan los abrazos y gestos humanos alegres, la intercesión mueve a la solidaridad y provoca muestras de cariño, la proclamación reanima la esperanza, se oyen Aleluyas, ofrendar es un acontecimiento feliz porque hasta el más humilde y pobre puede entregar sus dones. El afecto y la ternura se comparten, se suelta la lengua, se desatan las inhibiciones, las emociones se liberan, los sentimientos afloran, los sentidos se llenan del poder del Espíritu, todo se vuelve fiesta. Es una fiesta que reúne a los pobres, una fiesta que celebra el amor, la justicia, la paz, la hermandad, la solidaridad. Y esta experiencia particular de fe, alegría y comunión, les permite a las personas enfrentar las asperezas de lo cotidiano con fuerzas y energías renovadas.

Pero hay algo más que es importante destacar, y es que en esta fiesta cada uno y cada una es importante. En esta fiesta el “yo personal”, tradicionalmente olvidado, recupera su importancia. Ahora cada quien puede disfrutar de un nombre, una identidad y una fraternidad que lo dignifica frente al mundo. Ello se vive en el culto a través de la alta participación del pueblo en el desarrollo del mismo, pero también a través de la libertad que el Espíritu otorga para adorar a Dios con todos los sentidos.

Hay un momento muy especial cuando es posible apreciar la realización simbólica del “yo personal” en el culto pentecostal: se trata de las oraciones al unísono y en voz alta que tanta extrañeza les causan a algunas personas.

Ese es uno de los momentos del culto en el que la persona se realiza en la compañía de otros. Todos hacen una oración a la vez y crean entre todos un ambiente que resguarda la intimidad de cada uno y cada una, pero al mismo tiempo mantiene la grata compañía de los otros. Litúrgicamente hablando, tal vez parezca un desorden, pero al valorarlo desde la perspectiva de la participación popular, que es tan importante en el culto pentecostal, resulta un gesto litúrgico con mucho sentido en la dinámica del grupo.

Por diversas razones, a algunas personas se les hace difícil orar en público. Pero al crearse una situación comunitaria en la que cada quien tiene la misma oportunidad de dirigirse a Dios en público y en voz alta, sin que su oración sea escuchada por todos, se desinhiben y participan, con la certeza de que con su oración contribuyen al desarrollo del momento litúrgico.

Es una forma distinta de la meditación personal y silenciosa, que a veces se utiliza en algunos cultos, especialmente en los momentos de confesión. Ofrece casi las mismas posibilidades de contribución personal y comunitaria al desarrollo del culto, sólo que es una innovación y exige una mayor entrega, en el sentido de que las personas se arriesgan a salir de su intimidad celosamente resguardada y se abren a la posibilidad de descubrir su fragilidad humana ante los demás.

La experiencia de Dios en el pueblo pentecostal No somos de este mundo
La separación del mundo y la absoluta entrega a Dios es la nota característica de la espiritualidad pentecostal. Quiero apuntar aquí algunas cosas que nos ayudarán a comprender la perspectiva pentecostal sobre este aspecto distintivo.

La comunidad apostólica que el pentecostalismo busca restaurar se impuso también una distancia frente al mundo, porque la segunda venida de Cristo se esperaba para un futuro muy próximo, lo que suponía que había que estar preparados y santificados para el gran momento. La segunda venida marcó el desarrollo histórico de la comunidad apostólica e impuso un comportamiento comunitario de rigurosa entrega a Dios. El pentecostalismo vive pendiente también de la segunda venida de Cristo, de ahí la constante preocupación por la predicación y la necesidad de mantenerse apartados del mundo, a la espera del gran acontecimiento.

Pero aparte del componente doctrinal, que ciertamente es determinante, existe además una clave sociológica para analizar esta característica distintiva, y es que la gente pentecostal, pobre en su mayoría, necesitada de Dios en más de una forma, ha aprendido a confiar en que Dios actúa en su vida diaria y se puede, por tanto, depender de El. En realidad, en este mundo de creciente miseria y marginalidad social, en el que no es posible obtener ni los más elementales medios de vida, a estas personas sólo les queda su fe para sobrevivir.

Por otra parte, la separación del mundo ha sido interpretada por algunos sociólogos de la religión como una protesta simbólica hacia el mundo que los ha excluido y marginado: “Cuando yo estaba en el mundo no era feliz”, es una expresión que se escucha a menudo en los testimonios de los nuevos convertidos. “Este mundo nada ofrece, Cristo ofrece salvación”, es otra expresión muy escuchada. El mundo se considera malo porque no contribuye al bienestar, la felicidad y la realización personal de los pobres. De ahí el rechazo categórico a todo aquello que proviene del mundo: vicios, bailes, modas, etc.

Podría argumentarse, en contra de esta “protesta simbólica”, que carece de una lectura política de la maldad del mundo. Es cierto, pero no debemos olvidar que el pueblo pentecostal proviene fundamentalmente de los estratos sociales más bajos y no conoce categorías de análisis de la realidad ni cosa que se le parezca, de manera que la lectura que hace del mundo carece del ingrediente político. Y, por otra parte, es un movimiento muy marcado por el fundamentalismo religioso heredado de las misiones extranjeras, que en la mayoría de los casos le dio origen. Aun así, hay quienes opinan que la lectura no es del todo ingenua, pues establece una diferencia: “No somos de este mundo” (Jn 17,14-16), y busca una confrontación: “No temáis, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Vencer el mundo mediante una vida nueva

En la vida nueva las personas logran prosperar en más de un sentido. Primero, porque aprenden una nueva forma de socializarse que las realza como personas, y en esa experiencia se sienten crecer. Los testimonios en ese sentido abundan: “Yo no le importaba a nadie”; “yo estaba perdido, la gente me rechazaba”; “yo peleaba mucho, pero ahora me llevo muy bien con mis vecinos y amigos”; “yo no sabía leer y ahora leo la Palabra de Dios”, etc.

En segundo lugar, en la nueva vida se abandonan los vicios que daban por resultado una afectación económica, con lo que se contribuye a la prosperidad material, lo cual es percibido como una bendición. En tercer término, las personas sienten que el mundo con todos sus atractivos (fiestas, tabaquismo, alcohol, modas) no puede sustituir el placer que se obtiene mediante la celebración de la fe en la comunidad. Hay testimonios también en ese sentido: “El mundo cree que nosotros no nos gozamos”; “el mundo piensa que nosotros no hacemos fiesta”; “la fiesta del mundo es engañosa, esta es la verdadera fiesta” (en referencia al culto, del cual se disfruta tanto).

En la nueva vida se experimenta también un nuevo valor del cuerpo humano, porque ahora es “templo y morada del Espíritu Santo” y, por tanto, hay que cuidarlo. Orar por los enfermos puede ser, en este sentido, no sólo la imitación de una práctica del pasado, sino un signo real y concreto de que nuestros cuerpos rechazados, desechados por el mundo, son importantes para Dios. La oración por los enfermos es uno de los gestos más nobles de los que se disfrutan en la nueva vida, en primer lugar porque las personas reciben sanidad, y también porque esta va acompañada de la ternura, la compresión y el cariño que ningún centro de salud en este mundo deshumanizado es capaz de ofrecer.

Hay personas tan necesitadas de ese toque de ternura que a menudo solicitan la oración por alguna dolencia, sobre todo porque en ese momento reciben gratuitamente una dosis de cariño por parte de Dios, que pasa sus manos sanadoras por su cuerpo doliente; del líder eclesial o pastor que hace la oración, quien a menudo las abraza también haciéndolas sentir estimadas; y de la comunidad, que se acerca para preguntar o las visita en sus casas para animarlas y acompañarlas en su aflicción.

Vencer al mundo, según esta perspectiva, significa poder valorar altamente todo lo bueno y significativo que la novedad de vida aporta a las personas, y no necesitar ya ninguna otra cosa. En ese sentido, sólo pueden vencer al mundo aquellas personas para quienes esta novedad de vida significa una redención y una liberación verdaderas. Teniendo claridad sobre este valor, se luchará con afán contra las tentaciones que ofrece el mundo y se logrará la victoria, una vez que se establezca la radical diferencia: “No somos del mundo”, sino que pertenecemos a una sociedad celestial en la que se ensayan formas de vida basadas en el amor, la fraternidad, la solidaridad.

Este es nuestro culto racional

Según los consejos del Apóstol Pablo, el culto a Dios es el que hacemos con nuestros cuerpos, es decir con nuestro ser, nuestros sentidos, nuestro esfuerzo de fidelidad, nuestras vivencias, nuestro compromiso, nuestra entrega personal en la vida diaria: “Así que hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, consagrada y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer” (Rm 12,1). Ello significa que nuestra entrega personal en la vida diaria, en adoración y servicio, será la ofrenda perfecta para hacer la paz con Dios.

La racionalidad (o verdad) que el apóstol propone se opone a la racionalidad o verdad del culto judío institucionalizado. Aquel culto, basado en la ley de los hombres, excluyente y discriminatorio, pierde su vigencia ante la Ley del Espíritu, que es inclusiva y liberadora. Por eso el culto “verdadero” no se podrá experimentar mediante esquemas que impidan la participación popular y nieguen la integralidad de la persona. El cuerpo como modelo de adoración sí ofrece esa posibilidad.

Adorando desde lo profundo con nuestro cuerpo vivo La perspectiva del cuerpo como modelo de adoración establece una estrecha relación entre el culto y la vida, y tiene a su vez grandes implicaciones pastorales, principalmente para el pueblo pentecostal:

a) Partir del cuerpo para los procesos de adoración es partir de la experiencia de vida de los adorantes.

Nuestros cuerpos lloran, son felices, sufren castraciones, limitaciones, tragedias, son cuerpos que muestran signos de vida o de muerte. Nuestro cuerpo vivo, aquel del cual habla el apóstol, es el ser humano que vive realidades concretas, que se ubica en una historia particular, se encarna en una cultura de sufrimiento y opresión, se acerca a Dios con humildad, en reconocimiento de sus limitaciones; es el que sueña con un mundo mejor, construye esperanzas, asume compromisos, enfrenta peligros, se solidariza en la adversidad, cree en la actuación de Dios en el mundo. Según esto, nuestro cuerpo vivo, nuestro ser, es el que establece el tiempo litúrgico, se encarna en la historia y la cultura propias, toma el pulso de la celebración de fe marcando el ritmo y moviendo hacia las acciones y compromisos.

En la experiencia pentecostal esto es una realidad. En un programa de radio en el que se entrevistaba a algunos líderes religiosos, un hermano llamó por teléfono y pidió que se hiciera oración por él, porque ese día asistiría a una importante entrevista para un trabajo. El quería que Dios lo ayudara a salir de la prueba, pues necesitaba el trabajo. El pondría su mejor empeño, pero confiaba en que Dios lo animaría de una forma especial. Durante el desarrollo del programa, muchas otras personas llamaron solicitando también la oración por diversos motivos. Al final de la entrevista, los pastores hicieron una fervorosa oración a favor de todas las personas, con sus nombres y apellidos, y por cada uno de los motivos expuestos. Eso es liturgia en el sentido que señala Pablo, es decir, servicio a Dios, culto a su nombre y su poder, invocación de su presencia y compañía en la vida diaria.

b) El cuerpo como modelo de adoración refiere además a una dimensión personal, individual, que es también muy importante en la experiencia pentecostal. Nuestro cuerpo vivo experimenta un sentido de pertenencia, tiene nombre, por lo cual no pasa desapercibido.

De ahí se desprende la importancia que se le da a la persona en el culto pentecostal, en el que el ser humano, no importa cuán humilde o indocto sea, puede participar y hacerse notar en la comunidad mediante el don del Espíritu
Santo.

c) Y por otra parte, y esto también es muy importante, en el pentecostalismo nuestro cuerpo vivo es un templo en el que se reverencia a Dios día y noche, por las calles, en el hogar, la escuela, el trabajo. Los espacios, lugares, tiempos específicos y cualquier otra limitación de tipo físico desaparecen como mediación. Según esto, el ser humano es capaz de acceder a Dios directamente, en una relación constante mediante la oración y la adoración fervorosa y el testimonio evangélico en la comunidad.

Jesús ya se lo había dicho a la mujer samaritana: “Dios es Espíritu y todos los que adoran, en Espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn 4,21-24). “El Día vendrá, y ya es la hora… dice Jesús… cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad” (Jn 4,23).

A manera de conclusión

El cuerpo como punto de partida para la adoración representa la posibilidad de un modelo menos estructurado para el culto, no necesariamente sin rito, pero sí más libre y de mayor acceso a la participación. No es que se menosprecien las formas más estructuradas y elaboradas, sino que nos ayuda a valorar otra lógica litúrgica. A partir de esta otra lógica es posible dar lugar a lo que el sentimiento o el corazón, y no sólo la razón, pueden aportar para que la experiencia de adoración produzca verdadero gozo cristiano.

A partir de la experiencia pentecostal se ha comprobado que hay en las personas una necesidad creciente de expresar su espiritualidad en la integralidad de la mente y el corazón (el cuerpo). En ese sentido tendríamos que valorar las manifestaciones de gozo y alegría en el Espíritu, así como las oraciones al unísono en voz alta, las lenguas angelicales y otras expresiones corporales, como el lenguaje simbólico a través del cual el sentimiento y el corazón se expresan en el culto.

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