Comunidad en los Estados Unidos

Patrick Leet

La cultura de los Estados Unidos de América está hecha de una multitud de elementos. Aunque el inglés es la lengua más hablada, el país no tiene un idioma nacional oficial. Muchos de los artículos de uso diario como la ropa, los efectos electrónicos, los autos, las comidas, etc., proceden de otras zonas del mundo. Los campeonatos de fútbol y de béisbol movilizan un número mayor de personas que las elecciones presidenciales. Se planifica el esparcimiento y la mayoría tiene autos, incluidos los pobres. El tiempo robado a los seres queridos por otras distracciones se sustituye con “tiempo de más calidad” junto a ellos. En la mayoría de las grandes ciudades resulta posible encontrar restaurantes de comida africana, asiática, europea, latinoamericana. Algunos gastan miles de dólares al año en sus mascotas. En muchas escuelas secundarias públicas las drogas son más comunes que el alcohol o los cigarros. Las estrellas y las franjas de la bandera simbolizan, para algunos, unidad y patriotismo; para otros, encarnan vergüenza y repulsión. ¿Cómo es posible, en el interior de esa gran mezcolanza cultural, crear, identificar o, incluso, definir qué es comunidad?
Pese a esas aparentes contradicciones y retos culturales, hay norteamericanos que luchan diariamente para crear comunidad. Para algunos, la construcción de comunidad tiene que ver con el esfuerzo circunscrito a constituir una familia, un vecindario, una escuela o un trabajo más sólidos. Otros conciben las comunidades locales como los materiales para edificar un sistema político y económico nuevo y más justo, y como el primer paso necesario en el camino que conduce al cambio social. Este proceso de organización cotidiano se desarrolla en medio de los retos y presiones sutiles, pero omnipresentes, que impone siempre la cultura estadounidense.
Este artículo no pretende definir el concepto de comunidad en el contexto norteamericano. La existencia de una comunidad nacional en los Estados Unidos es un mito, pese a la ocasional aparición de calcomanías con banderas norteamericanas y el lema “United We Stand” (Nos Mantenemos Unidos), que han florecido después del 11 de septiembre del 2001; y, como sucede con todos los mitos, algunos creen en la existencia de una comunidad cultural en los Estados Unidos y otros no.
Sin embargo, hay un conjunto de rasgos culturales y una historia común que sí influyen en la manera como las personas se relacionan, se organizan y construyen comunidad en el nivel local en todo el país. Esos rasgos nacionales, que tienen un impacto sobre los intentos de formación de comunidad en los Estados Unidos e influyen en las relaciones de ese país con el resto del mundo, serán el tema de este artículo. Los valores culturales norteamericanos que inciden sobre la comunidad –como el olvido inducido del pasado, el individualismo y la fragmentación–, son retos que también se han visto obligadas a enfrentar las comunidades latinoamericanas en su proceso de organización, y que se analizarán también aquí. Por último, este artículo examinará la articulación de comunidades en torno a la rememoración de la historia y la organización para producir cambios. Ello incluye a quienes trabajan en los niveles local, nacional e internacional articulados con otros grupos, con el objetivo de producir una visión más justa de las interacciones humanas.

Borrar el pasado e individualizar la historia. Hacia el olvido nacional

En su corta pero atareada historia, los Estados Unidos han sido sobre todo un país de inmigrantes. Los primeros llegaron de Europa al “Nuevo Mundo”, sólo que este ya estaba poblado. El Día de Acción de Gracias (Thanksgiving Day) es el feriado estadounidense que conmemora el encuentro entre los habitantes originales y los recién llegados colonizadores, reunidos para compartir la cena. A los escolares de todo el país se les cuenta una y otra vez la historia de los primeros “peregrinos” que llegaron en sus barcos y dieron gracias a Dios por los abundantes alimentos que compartieron con ellos los nativos que les dieron la bienvenida.
Pero hay una historia escondida tras esa fábula idílica. Cuatrocientos años después de aquel encuentro, muchos de los norteamericanos nativos que lograron sobrevivir a la colonización estaban en prisión por oponerse al proceso, o se habían asimilado a la cultura de supremacía blanca, o intentaban encontrar vías que les permitieran mantener viva su cultura. Entretanto, el Día de Acción de Gracias se ha convertido en una de las mayores festividades del año; usualmente se pasa en familia, se mira el fútbol americano y se come pavo. Así, mientras el Día de Acción de Gracias es, para la mayoría de los norteamericanos, un momento dedicado a los seres queridos, a construir comunidad y afecto, esa celebración de la comunidad familiar está, desgraciadamente, maculada por una conmemoración que reescribe y altera los hechos del pasado.
El Día de Acción de Gracias permite entender las formas en que la cultura estadounidense reescribe y suprime su propia historia. Esa celebración nacional nos recuerda que quienes colonizan, vencen en las guerras y detentan el poder, escriben los libros de historia. Ellos deciden qué se enseña a los niños en las escuelas.
Son muchos los que han vivido capítulos de la historia norteamericana, han pasado casi sin dejar huella en los libros y difieren de las versiones oficiales; ese es el caso de los pueblos originales y su primer contacto con los colonizadores.
El mito de la existencia de una comunidad nacional en los Estados Unidos tiene como base, en buena medida, la capacidad para colonizar la historia misma. No existe una amplia difusión de versiones alternativas de la historia estadounidense, y el mito de la comunidad nacional y la formación de comunidades locales tiene que lidiar con la historia oficial antes de poder escribir su propia historia. Como parte de ese olvido inducido, se estimula a los estadounidenses originarios de Africa, Asia, Europa o América Latina a soltar las amarras que los vinculan a sus lugares de origen. ¿Qué implica esto? Teóricamente, conduce a ignorar la cultura de los antepasados y a cortar los lazos con todo lugar ubicado fuera de las fronteras de los Estados Unidos. En la práctica, los ejemplos abundan.
En las escuelas estadounidenses, a los niños que hablan otro idioma que no sea el inglés a menudo se les castiga, se les hace objeto de burlas o se les aísla del resto. Esta presión social informal puede ser bien vista, promovida o incluso respaldada por instituciones y políticas oficiales. De hecho, el estado de California aprobó una ley en 1998 (Proposition 227) que impone el inglés como lengua oficial en las aulas. Un maestro californiano no puede utilizar legalmente el español en sus clases, incluso si la mayoría o hasta la totalidad de sus alumnos habla español y no comprende el inglés. Desde el año 2000, más de tres millones de personas han cruzado la frontera entre México y los Estados Unidos, y muchas se han asentado en California. Esta “ilegalización” de otros idiomas se ha extendido a Arizona, Colorado, Massachussets y otros estados que han presentado o aprobado iniciativas similares.
El olvido también define la comunidad existente en las familias extendidas. En muchos hogares estadounidenses los abuelos hablan solamente una lengua que no es el inglés, sus hijos hablan dos idiomas, y los nietos sólo hablan inglés. Ante las dificultades de integrarse a una cultura distinta, a las familias provenientes de contextos culturales foráneos no les resulta fácil preservar su pasado. De hecho, es cada vez más frecuente, después del 11 de septiembre del 2001, ver banderas de los Estados Unidos en las ventanas de las tiendas, los autos y las casas de quienes emigraron en algún momento del Medio Oriente o Asia. Los colores de la bandera representan para muchos la manera de mostrar su lealtad y su apoyo al mito de la comunidad estadounidense, sobre todo porque viven en el seno de una cultura hostil a los inmigrantes, que agrede a todo el que se percibe como diferente.
El mito del estadounidense típico también es muy fuerte. Todos los presidentes norteamericanos y la mayoría de los ejecutivos de las grandes corporaciones han sido y son hombres blancos acaudalados. Como detentan el poder y tienen en sus manos la construcción del discurso oficial sobre la sociedad norteamericana, lo fabrican a su imagen y semejanza. En parte por esta razón, la mayoría de los programas de televisión y de las películas tienen como protagonistas a blancos, generalmente varones, que refuerzan los estereotipos raciales y de género. Los que no presentan a un hombre blanco en el papel protagónico, generalmente son considerados programas o películas de “negros” o “de mujeres”, lo cual reafirma que la norma es la cultura blanca masculina. El constante barraje cultural de estas imágenes es otro recordatorio a las comunidades de lo que se considera o no normal.

Amnesia nacional y olvido internacional

Esta amnesia nacional ha intentado también pasar por alto las numerosas victorias obtenidas por las luchas sociales, el movimiento obrero y las organizaciones comunitarias en los Estados Unidos. A pesar de la derogación de derechos civiles y de derechos de los inmigrantes, como consecuencia de la aprobación de la Ley Patriótica de los Estados Unidos de América (USA Patriot Act) en octubre del 2001, la mayoría de los norteamericanos disfruta de una enorme cantidad de libertades, sobre todo si se compara su situación con la que impera en otros lugares del planeta. Las libertades que no han sido derogadas se ganaron en una prolongada historia de lucha protagonizada por organizaciones obreras, movimientos de liberación, grupos de derechos civiles, activistas contra la guerra, grupos dedicados a la organización comunitaria y otros movimientos. Muchas de las personas que militan hoy en organizaciones en los Estados Unidos se consideran herederas de esa larga y compleja historia. Se han movido para dar forma a un sentido de comunidad que trasciende el tiempo y el espacio. Y aunque esto es, en cierta forma, otro mito, también ha tenido que enfrenar los retos de la reinvención de la historia.
La amnesia histórica en la que se sustenta el mito de la comunidad nacional también preside las relaciones del gobierno de los Estados Unidos con otros países. Del mismo modo que los mitos de la comunidad nacional determinan hasta cierto punto las relaciones entre las personas, las relaciones entre las naciones dependen en alguna medida de las características de los pueblos implicados. El olvido individual favorece el olvido nacional.
Las políticas de inmigración actuales no podrían ponerse en práctica si la comunidad nacional de los Estados Unidos no hubiera olvidado su propio pasado. Si al pueblo estadounidense se le alentara a recordar sus orígenes, es muy probable que estuviera más consciente y tuviera opiniones más firmes sobre la política migratoria y la política exterior de su país.
Por ejemplo, cientos de miles de personas procedentes de México arriesgan cada año sus vidas intentando cruzar hacia los Estados Unidos. En ese intento se topan con una frontera militarizada, custodiada por helicópteros y alta tecnología militar. Si se recordara la historia real, se entendería que la mayoría regresa a territorios que antaño pertenecieron a México. Los estados norteamericanos de Texas, Arizona, Nuevo México, Oklahoma, Wyoming, Colorado, Kansas, Nevada, Utah y California están ubicados en tierras que formaron parte total o parcialmente de México en otra época. Dolores Huerta, una mexicana que se unió a César Chávez para formar un sindicato de trabajadores agrícolas, dice con frecuencia: “Nosotros no cruzamos la frontera: la frontera nos cruzó a nosotros.”
Las políticas migratorias de los Estados Unidos no suelen dar facilidades a los inmigrantes, sobre todo a los provenientes de países del Sur. Cuba, sin embargo, es una excepción tajante a esa regla. Tanto en términos de política como prácticos, sólo la inmigración cubana en gran escala resulta bien recibida. Igualmente, a diferencia de lo que sucede con cualquier otro país del mundo, los Estados Unidos mantienen viva la historia y la tensión que ha existido entre los dos países desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. En este caso no se ha olvidado el pasado.
En un contexto comunitario, esta historia ha tenido un impacto tremendo en la configuración de las relaciones humanas entre los cubanos de Cuba y los que viven en los Estados Unidos, ya que a ambos se les recuerda constantemente esa historia.
A diferencia de lo que ocurre en el caso cubano, la historia de las relaciones de los Estados Unidos con los países del resto de América Latina es ignorada o eliminada en las versiones oficiales de la historia. La guerra de los contras en Nicaragua en los años ochenta, la invasión a Granada en 1983 y a Panamá en 1989, por sólo mencionar algunos casos, también han sido eliminadas del registro histórico. No forman parte de la memoria de la comunidad nacional.
La mayor parte de los ciudadanos de los Estados Unidos también cree que los sucesos del 11 de septiembre del 2001 constituyeron la primera tragedia de su tipo ocurrida en el mundo. No tienen idea de que el 11 de septiembre de 1973, edificios y personas fueron bombardeados por aviones en Santiago de Chile, en el curso del golpe militar que, con apoyo de la CIA, depuso mediante la violencia al presidente Salvador Allende, que había sido democráticamente electo. Como la historia de los Estados Unidos es continuamente eliminada, resulta mucho más fácil engañar a su pueblo con respecto a sus relaciones actuales con otros países del mundo.
Ello es cierto en lo que toca a la “comunidad internacional” en la actualidad. Mientras los Estados Unidos continúan sus agresiones contra Iraq, se eliminan algunos detalles de este capítulo de la historia. A los ciudadanos estadounidenses no se les recuerda que Saddam Hussein llegó al poder con la anuencia de los Estados Unidos y el dinero de los contribuyentes norteamericanos. Los talibanes también tomaron el poder en Afganistán con ayuda de los Estados Unidos durante la Guerra Fría.
En mayo del 2001, los talibanes recibieron 43 millones de dólares del gobierno norteamericano. Por supuesto, es de sumo interés para los Estados Unidos reescribir, borrar o ignorar la historia, para impedir que estos hechos salgan a la luz.
Si el mito de la comunidad en los Estados Unidos tuviera como base el contexto histórico y la rememoración del pasado, las relaciones internacionales de ese país serían completamente distintas. Una comunidad nacional basada en los valores antes mencionados ha permitido el desarrollo de una política exterior cuya única base es una memoria de muy corto alcance.

El individualismo

Al tiempo que se ignora con frecuencia la existencia de un pasado colectivo, se ensalza una historia individualizada de los Estados Unidos. Ello es especialmente cierto en lo que respecta a la constitución de la familia típica norteamericana. A diferencia de lo que sucede en muchas otras culturas, las familias estadounidenses comienzan a fracturarse y sus miembros se independizan relativamente temprano. Con frecuencia, los hijos abandonan el hogar para trabajar o estudiar antes de cumplir los veinte años.
La historia también ha sufrido ese proceso de individualización. La mayoría de los niños norteamericanos es capaz de recitar los nombres de un puñado de hombres que formaron parte de los primeros gobiernos después de que el país se independizara de Inglaterra. Ese es el punto de partida de una ética individual que tiñe todos los episodios de la historia de los Estados Unidos.
El expansionismo norteamericano hacia el Oeste y el Sur se sustentó en esa ética individual. El gobierno de los Estados Unidos les repartió pequeñas parcelas de tierra a los colonos, a quienes el espíritu de conquista de nuevos territorios impulsó rápidamente a abandonar sus lugares de origen para avanzar desde las costas del Atlántico hasta las del Pacífico. Se consideraba un destino. En la actualidad, los niños estadounidenses juegan a “los vaqueros y los indios”, en una recreación de esa idealizada colonización de la América del Norte. La historia oficial de los Estados Unidos, cuya base son los guerreros heroicos y los expresidentes, es una vasta galería de hombres blancos ya fallecidos. La inmensa mayoría de los que protagonizaron esa historia ha sido eliminada de ella.
La historia contemporánea también abunda en héroes de la cultura popular que son ensalzados de manera individual. Se deifica o vilipendia en tanto individuos a famosos actores, músicos, atletas y políticos. Los periódicos y la televisión están repletos de logros o fracasos individuales, escándalos sexuales que involucran a personajes de la política, marcas personales de atletas, chismes sobre las estrellas de cine, etc. Babe Ruth, Mónica Lewinsky, Michael Jordan, Madonna, Richard Nixon, Charlie Chaplin, Brittney Spears y muchos otros son celebrados por su individualismo.
Incluso el nacimiento del rock and roll se asienta en el individualismo. Esa forma musical tan norteamericana surgió en los años sesenta y rindió tributo a una constelación de estrellas del rock. La larga tradición del blues y de otros géneros nacidos en las comunidades negras es un componente fundamental del rock and roll; sin embargo, ese elemento se suele pasar por alto. Las estrellas del rock acumularon fama y fortuna a costa de las comunidades olvidadas que les antecedieron.
Se ensalza a las personalidades individuales casi con el mismo encarnizamiento con que se ignora el contexto social. Se olvidan las ideas políticas de Charlie Chaplin. El rostro de Michael Jordan vende zapatos, perros calientes, cereales, autos. No se pone en tela de juicio un sistema político en el que prosperó Richard Nixon. Lo que triunfa es un culto de la cultura de masas a la celebridad individual. Incluso un acontecimiento de tanta significación histórica como la visita del Papa a Cuba, en 1998, quedó opacado en la prensa norteamericana por una tal Mónica, que hacía su práctica preprofesional en Washington D.C. Esa individualización de la cultura estadounidense tiene un profundo impacto en la reformulación de la historia.
Quizás el ejemplo más evidente es el de los movimientos sociales estadounidenses. En la mayoría de las escuelas públicas de los Estados Unidos se explica el movimiento en pro de los derechos civiles mediante la mención a Martin Luther King Jr., Rosa Parks y, algunas veces, Malcolm X. Se recuerda a los individuos, pero se olvida el tejido social y los movimientos de los que surgieron.
Miles de personas, muchas de las cuales sufrieron condenas de prisión, organizaron junto a Rosa Parks el boicot a los ómnibus en Montgomery, Alabama. Estudiantes negros del Sur se sentaron en las cafeterías “sólo para blancos”. Más de 50 000 personas participaron en marchas y protestas en ciudades de todo el Sur y más de 3 600 de ellas fueron a prisión. Más de 200 000 personas –que eran sólo una parte de un movimiento que cobraba fuerzas en todo el país– escucharon a Martin Luther King Jr. en 1967. Malcolm X fue una amenaza para los poderosos porque lideraba un movimiento. Tras su muerte, su rostro ha aparecido en sellos postales. Se le puede celebrar y aislar de las masas que lo apoyaban, para borrar de esta forma la esencia de ese movimiento, de modo que deje de constituir un peligro.
En las clases de ciencias, a los niños se les enseña que las ramas, las hojas y los frutos de una planta no pueden sobrevivir sin sus raíces. Son las raíces las que absorben de la tierra los nutrientes que alimentan a las partes visibles de la planta. En las clases de estudios sociales y de historia no aparecen las raíces que nutren a los frutos de los movimientos sociales. Del mismo modo que la planta muere al perder la conexión con la tierra, la base de sustentación de los líderes se ha borrado de los libros de historia, en un intento por aniquilar a los movimientos mismos. Los líderes flotan en la historia, individualizados y separados de sus comunidades.
No es casual que se presente a los dirigentes de los movimientos sociales cortados de sus comunidades. Los movimientos de los que surgieron son más fáciles de controlar si se les convierte en historias individuales. Como dijera George Orwell: “Quien controla el pasado, controla el presente. Quien controla el presente, controla el futuro”. La reformulación de la historia de los movimientos sociales como una sucesión de personalidades es un medio para alejar a las luchas populares actuales de sus referentes históricos. Se impide así la posible trasmisión de experiencias y el aprendizaje que ellas brindarían. Con los años, se han perfeccionado los mecanismos del Estado para controlar tales movimientos, sobre todo gracias a los avances tecnológicos. Por otro lado, se ha borrado la historia de los movimientos mismos, se han cortado sus raíces y se han secuestrado del presente todas las lecciones del pasado y las pautas para el futuro. Las comunidades norteamericanas que buscan en la actualidad soluciones a sus problemas, se ven con frecuencia forzadas a empezar de cero.

Comunidad en el nivel mundial: separaciones y divisiones. Divisiones y barreras en los Estados Unidos

La cultura del individualismo y el olvido inducido deben su supervivencia a la separación entre los seres humanos, otro elemento crucial de la comunidad estadounidense. Existen divisiones en todos los sectores de la vida norteamericana. En muchos casos, esas separaciones son elementos de la vida cultural que han tenido un gran impacto en la creación de comunidad:
El barrio: El espacio geográfico en que habitan las personas se consideraba central en una época, en los Estados Unidos, para el concepto de comunidad. En la actualidad, los parques y los espacios públicos están siendo remplazados por proyectos inmobiliarios que promueven una huida suburbana hacia comunidades de acceso restringido. Los residentes pagan una tarifa para mantener primorosamente arregladas las áreas comunes para su admiración y disfrute pero, por lo común, no para reunirse con los vecinos o para que jueguen los niños. Los muros que circundan esos vecindarios también son barreras para mantener aisladas a las personas. De hecho, esos barrios están diseñados para los autos, no para las personas. Para muchos, el día típico comienza con la salida del vecindario en auto, sin tener contacto alguno con un vecino. El regreso del trabajo es igual, ya que las personas pueden llegar a sus casas sin tener ningún contacto humano con quienes viven en las casas vecinas. Los apartamentos a menudo se construyen de manera similar. Está tan arraigada la idea del aislamiento que, en su propaganda, algunas de estas comunidades garantizan máxima privacidad y prometen un “escape” del mundo exterior. Aunque la privacidad y la posibilidad de huir del mundo no son malas en sí mismas, cuando el contacto humano entre vecinos es nulo o muy limitado, no hay muchas posibilidades de creación de comunidad.
El trabajo: El sentido de una comunidad nucleada en torno al lugar de trabajo también se ha hecho menos común, en especial en las últimas décadas. El concepto de un centro de trabajo estable ha sido reemplazado por el de múltiples empleos sucesivos. Las fusiones corporativas y los recortes de personal han desplazado a miles de trabajadores, a medida que las fábricas cierran y se trasladan a otras partes del mundo. Las cada vez más importantes “agencias temporales” –empresas a través de las cuales se contratan trabajadores, usualmente para empleos de corta duración y sin beneficios sociales– sustituyen a muchos empleos tradicionales y minan la estabilidad. La “cultura de cubículo” que propugnan las empresas estadounidenses, tiende a atomizar cualquier posible comunidad. A medida que la economía se ha hecho más “eficiente”, la comunidad básica que se nuclea en torno a los centros de trabajo –los sindicatos– ha sufrido grandes embates. Pese a que muchos de los derechos que los sindicatos conquistaron para los trabajadores estadounidenses con su sangre y su sudor aún se mantienen en pie, la comunidad sindical ha sido eliminada de muchos centros de trabajo.
La escuela: Las escuelas han sufrido cambios similares. Las tendencias hacia el empleo de pruebas más estandarizadas, mayor eficiencia y productividad y un incremento de la seguridad a consecuencia de los incidentes de violencia escolar que han ocurrido, las han convertido en lugares menos susceptibles de formar real comunidad que lo que fueran antaño. La reducción de los fondos públicos en los niveles local y nacional ha obligado a algunas escuelas a adoptar decisiones drásticas: cerrar determinados programas como los de arte y deportes después de las horas de clases, o ha forzado a los alumnos a pagar esas prestaciones de su bolsillo (“pagar por jugar”). La mentalidad cada vez más mercantilista que orienta el sistema escolar no favorece los intentos por establecer una comunidad en las escuelas.
La Iglesia: La gran variedad de expresiones religiosas y espirituales de los Estados Unidos tiene también una historia de luces y sombras. Muchas iglesias han luchado activamente en pro de la justicia y la formación de comunidad, pero otras no. Personalidades religiosas y políticos han utilizado con frecuencia la religión para tratar de lograr que se acepten programas políticos que sólo buscan dividir a las comunidades. Las posiciones de muchas iglesias sobre determinados asuntos –la homosexualidad, los derechos de la mujer, etc.– dividen a las personas. En fecha muy cercana, la administración de Bush hijo ha invocado el nombre de Dios en apoyo a la guerra contra el terrorismo, lo cual ha encolerizado a muchos círculos religiosos del país.
El transporte: A diferencia de lo que sucede en muchos otros países del mundo, los Estados Unidos no le conceden prioridad al transporte público. La utilización colectiva que se hace cotidianamente de espacios públicos como el transporte, desempeña un papel en la formación de comunidad. La mayoría de los estadounidenses se desplaza en autos al trabajo y, generalmente, solos. Es muy común ver, en un día normal, a decenas de miles de personas que, cada una en su auto, entran y salen de cualquier ciudad importante. La industria automotriz y la del petróleo han contribuido de manera decisiva a la dependencia de los autos que padecen los estadounidenses, porque perciben cualquier otra forma de transporte como una amenaza a sus ganancias.
El consumo: El pasatiempo favorito de los estadounidenses ha pasado a ser de “algo que hacemos” a “algo que somos”. Muchos dirían que somos sobre todo consumidores y sólo en segundo término ciudadanos. Se promueve en todas partes la participación en el mercado, al mismo tiempo que se desestimula la participación en el gobierno o, inclusive, en la comunidad. Cada día, el estadounidense medio se topa con millares de imágenes que lo alientan a comprar, comprar y comprar, y no ve ni una sola que lo anime a participar en algún tipo de esfuerzo comunitario o proceso social o de toma de decisiones en el nivel gubernamental. Los espacios públicos se diseñan de manera que se facilite el consumo, no la formación de comunidad. De hecho, la interacción humana, que es un punto de partida para la formación de comunidad, se percibe con frecuencia como un mal necesario y un obstáculo al consumo continuo. Hay numerosos ejemplos. En muchas áreas comerciales es ilegal deambular sin comprar. La mayoría de los restaurantes tiene como meta hacer entrar al cliente, sentarlo a la mesa y hacerlo salir lo antes posible. Incluso algunas tiendas de víveres están equipadas ya con máquinas en las que se realiza la compra, se paga y se regresa al auto sin hablar o siquiera interactuar con otro ser humano. El uso de Internet es un nuevo factor de la disminución de la interacción humana, ya que ahora se puede comprar on-line desde carros y casas, hasta pizzas.

Vinculaciones con América Latina

Pese a esas divisiones y barreras, los estadounidenses están muy relacionados con personas que viven en otras partes del mundo, especialmente en América Latina. La influencia de la(s) cultura(s) latina(s) en los Estados Unidos se aprecia en todas partes: en la música, el lenguaje, la comida, etc. Mucho menos obvios son los vínculos de los estadounidenses con los latinoamericanos.
Cotidianamente, los norteamericanos visten ropas o comen alimentos producidos por sus vecinos del sur. De hecho, incluso son trabajadores agrícolas latinos quienes cosechan las frutas y vegetales de uso más común que se cultivan en estados como California y Washington. Las conexiones y el solapamiento no pueden pasarse por alto. Sin embargo, del mismo modo que a las personas que residen en los Estados Unidos se les induce a olvidar de dónde provienen, también se les estimula a no reflexionar sobre quién fabrica sus ropas o recoge sus frutas.
Estas separaciones se mantienen en el nivel internacional para evitar la formación de un sentimiento de comunidad que trascienda las fronteras. Cada mañana, al vestirse y tomar café, el estadounidense medio no piensa en las condiciones de vida y trabajo del cafetalero nicaragüense o del trabajador textil mexicano que producen esos artículos. La única conexión que se establece entre ambos tiene como base el móvil de la ganancia vinculado a la producción y el consumo, y no tiene nada que ver con la humanidad de ninguno de los implicados. Se les mantiene separados como seres humanos y no se les permite establecer vínculos, construir relaciones, o sentar las bases de una eventual comunidad.
Los engranajes y mecanismos que nos separan de aquellos a quienes nos unen lo que comemos y lo que vestimos diariamente, también pretenden redefinir nuestra identidad, como se señaló antes. Se nos define a partir de la manera en que encajamos en un modelo económico, no a partir de la forma en que podemos convertirnos en seres más plenamente humanos.
Lo mismo es cierto en el caso de buena parte de América Latina. La única diferencia es que los latinoamericanos, en lugar de aparecer a los ojos estadounidenses como consumidores, son percibidos como productores para los mercados norteamericanos. La deshumanización, en este caso, convierte a las personas en engranajes que producen para el norte. Tanto a los consumidores como a los productores se les niega su condición humana. Se les niega la oportunidad de interactuar, de comunicarse y de formar una red comunitaria informal que trascienda las fronteras que los separan.
¿Por qué? Como se señaló antes, la interacción humana es el primer paso hacia la formación de comunidad. Y en el proceso de formación de comunidad, las personas se reúnen y comienzan a organizarse para cambiar y mejorar sus condiciones de vida. Ese proceso se convierte en la base de la lucha social colectiva. Los participantes se transforman en seres humanos más plenos y, de esa forma, dejan de ser engranajes de una maquinaria de producción y consumo. El actual sistema económico necesita productores y consumidores deshumanizados para sobrevivir y busca vías para perpetuarse. La comunidad misma pronto se convierte en blanco de ataques.

Diferentes métodos, países distintos… Un mismo objetivo

La ofensiva contra las comunidades no es un fenómeno nuevo. La maquinaria reacciona cuando las personas construyen vínculos entre sí y comienzan a cuestionar su papel de consumidores o productores. En América Latina, esa reacción a menudo ha adoptado una forma violenta de la cual el Estado ha sido el ejecutor. Esa violencia ha amenazado a las familias, los estudiantes, los obreros, los religiosos, los campesinos y a cualquier otro grupo que haya nucleado un gran número de personas con el objetivo de oponerse a la injusticia.
En América Central, las comunidades de base, los grupos de activistas campesinos, los estudiantes y los movimientos obreros fueron blanco de esta violencia en los años setenta y ochenta. Las tremendas injusticias existentes, unidas a la gran popularidad de esos grupos, evidenciaron que no bastaba con hacer blanco de asesinatos selectivos a los líderes de los movimientos. Las comunidades se convirtieron en el blanco elegido. La esperanza de la represión era que, una vez desaparecido el tejido social que los sustentaba, los movimientos mismos morirían. Para lograr ese objetivo se desarraigó, destruyó y desplazó a las comunidades. Un aspecto clave de la represión fue el concepto de “tierra arrasada”, cuya meta era destruir por completo todo lo que fuera capaz de sustentar la vida en las zonas en conflicto.
Comunidades enteras fueron literalmente reducidas a cenizas. La destrucción de las casas, los animales, las cosechas, los bosques, tenía como objetivo eliminar la amenaza potencial que representan las comunidades. Se usaron tácticas horrendas contra los líderes, como los asesinatos públicos, las violaciones y las torturas. Pero, lejos de limitarse a ellas, la represión también aniquiló a las comunidades que habían producido a esos líderes. Si sólo se mata a las personas, sus ideas pueden sobrevivir. Pero al destruir a las comunidades que produjeron esas ideas, se priva a estas últimas del sustento necesario para seguir vivas.
En la práctica, en el terreno humano, el impacto fue tremendo. En Guatemala, doscientas mil personas fueron asesinadas o desaparecidas y más de dos millones resultaron desplazadas. Especialmente castigadas fueron las comunidades indígenas, cuya historia de lucha tiene ya más de quinientos años. La organización de comunidades en El Salvador también fue blanco de la represión; se asesinó a miles de personas, una de cada cinco fue desplazada a otro lugar del país y más del diez por ciento de la población total emigró en el momento más crítico del conflicto. Las comunidades nicaragüenses se habían unido a finales de los setenta y principios de los ochenta para hacer triunfar una revolución popular cuyo resultado fue que la agresión contra ese país se incrementara. Como era de esperar, los primeros blancos de esa agresión fueron las comunidades, que eran las bases de la revolución nicaragüense.
La política de tierra arrasada devino la clave para la destrucción de las comunidades centroamericanas. En los países de América del Sur, el blanco principal de la represión fueron los líderes de las comunidades. En varios países sudamericanos, como Argentina y Chile, los años setenta y ochenta fueron testigos de comunidades desgarradas por el terror. El asesinato selectivo y las desapariciones se hicieron comunes, y las comunidades familiares, estudiantiles, laborales, artísticas, musicales, todas las que cuestionaban el régimen existente, llegaron a temer por sus vidas. Tanto la resistencia como la violencia adoptaron formas diferentes en Sudamérica y en América Central. Pero el objetivo de desintegrar las comunidades era el mismo.
Colombia es un ejemplo actual de agresión a comunidades ya frágiles. La prolongada violencia imperante en ese país ha sido responsable de la muerte de líderes de grupos políticos, obreros, campesinos, indígenas y otros. Son comunes las masacres, sobre todo en las comunidades rurales que reclaman sus derechos. Los programas de fumigación –aviones que rocían veneno sobre las plantaciones de coca– destruyen también las comunidades colombianas. La fumigación aérea, al igual que la política de tierra arrasada que se empleó en América Central, hace invivibles las áreas donde se aplica e impide que las personas se asienten o establezcan relaciones. También es necesario tener en cuenta los efectos devastadores que las décadas de una brutal guerra civil han provocado a las comunidades. Todos estos factores han producido una población de desplazados internos de cerca de un millón y medio de personas.
En todos los casos mencionados, los Estados Unidos han desempeñado un papel importante. Los brutales asesinatos y desapariciones de cientos de miles de personas en América Central, en los años setenta y ochenta, fueron pagados o apoyados por el gobierno de los Estados Unidos. En Guatemala, cuyo gobierno contaba con todo el apoyo norteamericano, el número de muertos alcanzó una cifra superior a la de todos los demás países. La represión salvadoreña costó alrededor de un millón de dólares diarios, desembolsados por los Estados Unidos. Los contras, financiados, entrenados y dirigidos por los Estados Unidos, derrocaron la revolución nicaragüense. La dictadura argentina que estuvo en el poder desde 1976 hasta 1983 es responsable de treinta mil muertes y desapariciones, con completo conocimiento y apoyo de los Estados Unidos. El 11 de septiembre de 1973 es una fecha de duelo en la historia de Chile, ya que ese día un golpe de Estado militar respaldado por la CIA derrocó al gobierno democráticamente electo de Salvador Allende. Tanto las administraciones republicanas como las demócratas de los últimos años han apoyado el financiamiento de la escalada de violencia militar y de los programas de fumigación en Colombia. La ayuda norteamericana a Colombia alcanza ya la cifra de varios miles de millones de dólares.
Los Estados Unidos tienen grandes intereses económicos en todos los países antes mencionados. La formación de comunidades que alcancen la dimensión de un movimiento nacional constituiría una amenaza para esos intereses. Por tanto, los Estados Unidos apoyan a los elementos que, desde el interior de esas sociedades, se dan a la tarea de destruir sus comunidades y preservar los intereses norteamericanos.
Al tiempo que el gobierno de los Estados Unidos apoya esas tácticas violentas en el extranjero, en su propio territorio las estrategias que emplea suelen ser muy distintas. Las últimas décadas han sido testigos de ciertos niveles de coerción contra las comunidades en los propios Estados Unidos, con el fin de controlarlas; pero no se ha producido nada parecido a la violencia desatada por el Estado en América Latina. Otras formas de control reemplazan en los Estados Unidos la violencia física de los escuadrones de la muerte, las desapariciones, la política de tierra arrasada, las violaciones, las torturas, las fumigaciones y otros horrores semejantes.
La estrategia que más se utiliza con las personas que residen en los Estados Unidos es la conquista de la mente, en lugar de una violencia estatal generalizada. Los periódicos sustituyen a las armas; los noticieros de televisión a los helicópteros. La colonización de la psicología y de la cultura hace menos necesarios los escuadrones de la muerte. Si se entrena, distrae y domestica a las personas de modo adecuado, no hace tanta falta asesinarlas o desaparecerlas. Cuando los individuos se mantienen aislados unos de otros psicológica y culturalmente, la necesidad de dividirlos por la fuerza no resulta tan imperiosa.
No obstante, en los Estados Unidos reina una forma de violencia intitucionalizada y apoyada por el Estado. La población penal norteamericana es mayor y representa un porcentaje del total más elevado que en ningún otro país del mundo. La mayoría de los convictos son pobres y un enorme porcentaje son negros y latinos. Los Estados Unidos, incluso, han convertido en una industria el encarcelamiento de su población. Pequeños pueblos y ciudades de todo el país se disputan el derecho a construir centros penitenciarios en sus alrededores, ya que atraen inversiones y son fuentes de empleo. Los estados negocian con las compañías que construyen prisiones con el objetivo de venderles el trabajo barato, dócil y no sindicalizado de los presos a las corporaciones. ¿Por qué ir hasta El Salvador a buscarlo, si los presos de California están mucho más cerca? El encarcelamiento masivo de negros, latinos y personas provenientes de comunidades pobres es una excepción a la ausencia de violencia estatal.
El Estado ejerce también la violencia cuando los estadounidenses presentan una resistencia efectiva. De manera general, los millones de formaciones locales que constituyen la mayoría de las comunidades en los Estados Unidos nunca se ven enfrentadas a esta violencia. Sin embargo, cuando un grupo comienza a desarrollar un programa más amplio y a construir poder para combatir la injusticia, se convierte en blanco de ataques que trascienden el simple control psicológico. En la historia estadounidense más reciente, innumerables comunidades han sido víctimas de la violencia desatada por el Estado, desde el movimiento de los Panteras Negras, las organizaciones estudiantiles y el movimiento por los derechos civiles, hasta los ambientalistas radicales y las actuales comunidades de inmigrantes. Muchos de esos grupos se han visto sometidos al acoso, el encarcelamiento injustificado e incluso el asesinato selectivo, ordenados por el gobierno estadounidense. En los Estados Unidos, como en cualquier otro país del mundo, si una comunidad se atiene a las reglas dictadas por quienes detentan el poder, no se verá amenazada. En el mismo instante en que comienza a desafiar esas reglas y, por tanto, a convertirse en una amenaza para el sistema, será blanco de ataques.
Los ejemplos anteriores permiten ilustrar que el Estado apoya o desestimula la idea de comunidad según sea o no funcional a la estructura de poder existente. En todos los ámbitos de los Estados Unidos –centros de trabajo, escuelas, barrios, etc.– funcionan mecanismos bien engrasados que estimulan a las personas a seguir lo establecido. La combinación de esas presiones sociales que actúan desde edades tempranas sirven para colonizar el concepto mismo de comunidad. Los seres humanos, cuando la sociedad les ha enseñado qué deben pensar, se comportan como animales amaestrados que siguen ciertas rutinas. Si en el universo mental de una cultura sólo existe un número limitado de formas de definir comunidad, las personas se autocontrolan. Un sistema que tiene como base la violencia ejercida por el Estado resulta menos necesario, siempre que exista un sistema de propaganda sólido. Como señaló J. M. Servan en 1767:

Un déspota estúpido puede reducir a sus esclavos con cadenas de hierro; pero un verdadero político los ata más firmemente con la cadena de sus propias ideas […] La desesperación y el tiempo corroen las cadenas de hierro y de acero, pero se estrellan contra el encadenamiento habitual de las ideas y sólo consiguen hacerlo aún más sólido. En la blanda materia del cerebro se asientan los cimientos inconmovibles del más fuerte imperio.

Recordar, unir y construir

Pese a los muchos desafíos antes descritos, los intentos de los Estados Unidos por colonizar a su pueblo no siempre se ven coronados por el éxito: los norteamericanos intentan establecer vínculos entre sí. La idea de una comunidad centrada en el ser humano está demasiado arraigada y es demasiado formidable como para que se haya logrado eliminarla por completo. Las comunidades que comprenden a cabalidad que los seres humanos deben ayudarse unos a otros en vez de funcionar como los engranajes deshumanizados de una maquinaria, constituyen los elementos con los que se construye la resistencia. Y se resiste. Al organizarse en el nivel local por una variedad de razones, las personas construyen comunidad, así como las bases de algo mayor. Entonces… ¿dónde y cómo están surgiendo estas comunidades en los Estados Unidos?
Los barrios: En los intentos por preservar la más obvia de las comunidades, el barrio, las personas, descubren formas de encontrarse. En la variante más común, estas comunidades están compuestas por vecinos que establecen vínculos sociales informales: comparten los espacios públicos, se saludan diariamente, sus hijos juegan juntos, etc. En otros casos, se trata de un esfuerzo más consciente para resolver problemas de la comunidad. Pese a los obstáculos, algunas comunidades locales, cuya base son los barrios, tienen una visión más vasta de los cambios necesarios. ACORN (The Association of Community Organizations for Reform Now! (¡Asociación de Organizaciones Comunitarias para el cambio ya!), por ejemplo, es una organización presente en más de cuarenta ciudades de todo el país, y moviliza a personas de ingresos bajos y medios para hacer frente a los problemas que aquejan a sus barrios. Al unirse, ganan fuerza y pueden construir una comunidad para luchar en pro de objetivos comunes: mejores viviendas, escuelas, empleos, parques, calles, etc. La organización cuenta con capítulos locales en toda la nación y se dedica también a temas nacionales que tienen un impacto sobre los estadounidenses de bajos ingresos.
La familia: Para algunos, la comunidad más importante que existe es la familia, y para muchos sigue siendo una prioridad a pesar de los retos que enfrenta en una cultura que estimula el individualismo. Ello es especialmente cierto para aquellos cuyo contacto con la cultura norteamericana hegemónica ha sido más breve y menos intenso. Del mismo modo que los grupos culturales intentan mantener su lengua, su religión, su manera de vestir, etc., la estructura familiar se convierte en un baluarte de la mayor importancia frente a la cultura imperante en el país. Sometidas a la presión de la asimilación, muchas familias se vuelcan hacia adentro en busca de apoyo psicológico, emocional, económico y de otro tipo. El apoyo mutuo que se prestan los miembros de una familia, a veces de distintas generaciones, resulta muy importante para el desarrollo de las relaciones en el seno de la comunidad familiar.
El centro de trabajo: Aunque el movimiento sindical se ha debilitado como resultado, entre otras cosas, de la erosión sufrida por la comunidad laboral, todavía existen comunidades de trabajadores. Cuando se vinculan las luchas de las organizaciones comunitarias y de diferentes sindicatos locales, ambas resultan fortalecidas por ese esfuerzo común. Jobs with Justice (Empleos con justicia) es uno de los grupos que se dedica a favorecer las coaliciones entre diferentes sectores de la sociedad. Por ejemplo, si un sindicato de trabajadores de limpieza se organiza para renegociar los términos de su contrato de trabajo, Jobs with Justice les pide a sus miembros, pertenecientes a otros sindicatos y organizaciones comunitarias, que escriban cartas, hagan llamadas telefónicas y organicen protestas en apoyo a los trabajadores de limpieza que se organizan. La idea central consiste en recrear una cultura de la clase obrera, en la cual trabajadores de distintos sectores se apoyen mutuamente y reciban el respaldo de una comunidad más amplia en sus luchas.
La escuela: Pese a que en los Estados Unidos las escuelas son a menudo un instrumento para domesticar a las personas, constituyen también el germen de una nueva forma de pensar. Los padres luchan por mejorar la calidad de la educación. Los interesados en el deporte o las artes se unen para luchar porque se mantengan esos programas sin costo adicional. Los defensores de la educación batallan por el mantenimiento de una enseñanza pública de calidad, en medio de la avalancha de padres adinerados que envían a sus hijos a las escuelas privadas. Quienes intentan impedir la privatización de las escuelas tienen mucho que aprender de algunos países de América Central y del Sur, donde también se ha combatido la privatización de la enseñanza. Los sistemas escolares, desde Filadelfia en Pensilvania hasta Little Rock en Arkansas, luchan contra la privatización de las escuelas, y las comunidades resisten.
Los estudiantes también se organizan para tratar de oponerse a lo que no les gusta en las aulas. En muchos casos, la organización iniciada por los estudiantes en el ámbito de las escuelas articula comunidades que trascienden las demandas inmediatas. Muchos estudiantes participaron en las protestas contra la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, Washington, en noviembre de 1999. Existe también una agrupación nacional de estudiantes llamada USAS (United Students Against Sweatshops/ Estudiantes Unidos contra las Maquilas), que trabaja la temática de las violaciones laborales que se cometen en las fábricas de América Latina y Asia. Aunque no constituyen una comunidad territorial, esos estudiantes intentan poner al descubierto las realidades de las violaciones de los derechos de los trabajadores más allá de las fronteras estadounidenses y devolverle su carácter humano a los vínculos con otros pueblos. Las escuelas también son el humus de las nuevas protestas contra la guerra. En marzo del 2003, cientos de miles de estudiantes de más de trecientas escuelas de todo el país marcharon desde sus respectivos centros para protestar masivamente contra las agresiones de los Estados Unidos contra Iraq. Nuevamente, aunque no se trata de comunidades territoriales, estos ejemplos revelan que las escuelas sirven como vehículo para que la gente se encuentre, forme comunidades y combata la injusticia.
La Iglesia: Muchas iglesias han sido también puntos de encuentro de comunidades. Para algunos, especialmente los ancianos, la comunidad eclesial representa una oportunidad de escapar de la casa y participar en actividades sociales. Para otros, la Iglesia es una comunidad que intenta redefinir un sistema de valores, y, sobre todo, una fe religiosa en una sociedad que perciben como carente de esos valores. Algunos más conciben las iglesias como lugares donde reunirse para debatir problemas de alcance local, nacional o internacional, empleando los textos bíblicos para orientarse en la lucha por los cambios. Muchas iglesias tratan de satisfacer todas estas expectativas, lo que ayuda a entender por qué la Iglesia es una de las instituciones más sólidas en los Estados Unidos. Aunque los políticos y otras fuerzas poderosas que operan en el seno de la sociedad estadounidense la utilizan para justificar desde políticas locales impopulares hasta la guerra, la Iglesia tiene una historia vinculada a la resistencia popular. En los años ochenta, por ejemplo, un liderazgo importante surgido en las iglesias de todo el país, que representaba a todo el espectro político, contribuyó a presionar al gobierno para que cambiara su actuación en América Central. Este movimiento no se ha extinguido: muchas iglesias han permanecido activas, en los niveles local, regional y nacional, en la oposición a las agresiones norteamericanas a otros lugares del mundo.
Las culturas y las identidades: Del mismo modo que las familias que se sienten amenazadas se vuelcan hacia adentro y, de este modo, se fortalecen, las culturas de las cuales proceden esas familias tienden a hacer lo mismo. La mayoría de los grupos culturales o identitarios que se ponen en contacto con la cultura hegemónica de los Estados Unidos, aprenden rápidamente a defenderse. Los grupos de inmigrantes forman rápidamente comunidades en los Estados Unidos para ayudarse a sobrevivir, tanto económica como culturalmente. Desde las comunidades hmong y somalí de Minnesota, hasta los puertorriqueños de Nueva York o los mexicanos del oeste de los Estados Unidos, todos luchan por preservar un sentido de integridad cultural. A los inmigrantes más recientes en este país de inmigrantes se les dice que deben olvidar de dónde proceden, negar su lengua y desterrar las prácticas culturales que puedan sentirse inclinados a mantener. La lucha por la comunidad en este ámbito es la lucha por preservar su lengua y su cultura, y por mantenerse unidos a un pasado que se debe evocar, no olvidar. Y la lucha está viva. Algunos deciden mantener su nombre en lugar de cambiarlo por otro de sonido más norteamericano; otros continúan comiendo y vistiendo de una forma que recuerda su historia individual. Las comunidades también luchan para construir y preservar un sistema de apoyo cultural. Cualquier ciudad importante de los Estados Unidos tiene periódicos, ingredientes culinarios, clubes nocturnos, música, eventos culturales y una larga serie de ofertas que constituyen la infraestructura de la comunidad cultural.
Otros grupos se organizan en torno a una identidad común amenazada. Ello incluye desde los que se reúnen convocados por su identidad sexual o racial, hasta grupos de mujeres y comunidades indígenas, étnicas y lingüísticas. Estos diversos grupos son un ejemplo del fenómeno del multiculturalismo en los Estados Unidos. Aunque todas las luchas individuales son válidas, las comunidades que se agrupan en tomo a un tema único corren el peligro de dividir a comunidades oprimidas mucho más amplias y enfrentarse unas a otras, lo que las divide, las atomiza y les impide unirse, y perpetúa el sistema de opresión en el que viven. Son muchos, sin embargo, los que intentan articular a quienes luchan por diferentes reivindicaciones específicas.
El consumo: También en tomo al pasatiempo favorito de los estadounidenses, el consumo, se consigue crear comunidad. Aunque los hábitos de consumo imperantes en los Estados Unidos han convertido por lo general a los norteamericanos en engranajes que consumen como parte de una maquinaria, algunos han descubierto la posibilidad de unirse para desmontar ese sistema deshumanizante. Los trabajadores luchan mediante boicots, huelgas y protestas cuyo objetivo es transformar los hábitos de consumo en instrumentos de cambio. La simple consigna de no comprar los productos de determinadas compañías puede aglutinar a una comunidad en apoyo a una causa común. Hay también algunos esfuerzos dirigidos a humanizar el consumo mismo. Este método demostró su eficacia en la lucha para presionar al gobierno de los Estados Unidos a retirar su apoyo al gobierno del apartheid de Sudáfrica. La organización de movimientos masivos de abstención de consumo ha demostrado ser una táctica efectiva desde el boicot a los ómnibus en Montgomery, Alabama, en los 60, hasta el de los viñedos californianos en apoyo a la organización de los trabajadores agrícolas. Actualmente se desarrollan en todo el país campañas locales y nacionales contra los productos y compañías que explotan a sus trabajadores.
El ámbito internacional: Existen también grupos que intentan develar el costado humano de los sistemas internacionales injustos. Grupos de estadounidenses se unen para oponerse a los roles deshumanizantes de productor o consumidor es que se les enseña a aceptar. Grupos como CBLOC (The Cross Border Labor Organizing Coalition/ Coalición internacional de organización de los trabajadores) de Portland, Oregón, se dedican a establecer vínculos entre los norteamericanos y los movimientos de trabajadores de las maquilas latinoamericanas. En respuesta a los llamados de la solidaridad internacional, los ciudadanos estadounidenses presionan a las compañías que violan los derechos humanos en fábricas norteamericanas asentadas en países latinoamericanos. Si la compañía Target viola los derechos de sus trabajadores en El Salvador y estos se organizan en un sindicato, los estadounidenses organizan, por ejemplo, piquetes, protestas o manifestaciones en los establecimientos de Target en todo el país. Otro grupo dedicado a establecer vínculos solidarios en la escala internacional es Witness for Peace (Acción Permanente por la Paz), que pretende crear lazos con otros países afectados por políticas norteamericanas. Al facilitar el viaje de ciudadanos de los Estados Unidos a países como Colombia, Nicaragua, México y Cuba, es más fácil mostrar el impacto directo de las políticas norteamericanas sobre los pueblos de esos países. Revelando el “rostro humano” de la injusticia internacional y acercando a las personas, esos grupos contribuyen a crear vínculos y comunidad por encima de las fronteras y, eventualmente, a producir cambios en los propios Estados Unidos.
La formación de comunidad en el nivel local en los Estados Unidos enfrenta muchos retos. El aislamiento, el olvido inducido, el individualismo y una cultura que define a las personas como consumidores, son todos obstáculos al libre encuentro entre las personas para participar en una comunidad. Pero esos valores no son más que eso: retos. Mediante la rememoración de la historia, el establecimiento de vínculos verdaderamente humanos y la búsqueda de unión, algunos estadounidenses están sentando bases comunitarias.
En el ámbito internacional los retos son similares. Los ciudadanos de los Estados Unidos están muy fragmentados, pero su desinformación con respecto a lo que sucede más allá de sus fronteras es aún mayor. En su condición de analista político, Noam Chomsky señaló en cierta ocasión: “Creo que podemos sentirnos bastante seguros de que si la población de los Estados Unidos tuviera la menor idea de lo que se hace en su nombre, quedaría absolutamente espantada”.
La tarea de quienes, en los Estados Unidos, intentan fomentar una comunidad que trascienda las fronteras consiste en garantizar que los norteamericanos conozcan por qué deberían sentirse “absolutamente espantados”, para usar las palabras de Chomsky. Mediante el estudio de su historia, los estadounidenses podrían comprender mejor el papel que su gobierno ha desempeñado en la creación del actual orden mundial. A la educación y el crecimiento de la conciencia sigue la acción. Y si bien ese proceso se desarrolla cotidianamente, aún no es suficiente, y la resistencia de base, asentada en las comunidades, debe continuar.
Y continuará. A medida que la actual administración de los Estados Unidos se torna cada vez más agresiva, las comunidades se unen. En todo el continente europeo se ha levantado un movimiento de oposición a la guerra. El 15 de febrero del 2003, antes de que comenzaran los ataques contra Iraq, millones y millones de personas se reunieron en muchas ciudades de Europa, Asia, Africa y América Latina para protestar contra la agresión de los Estados Unidos a ese país árabe. En América Latina se han sumado a este movimiento los que ya se oponían al modelo económico neoliberal. En La Habana, una comunidad continental se ha reunido en los últimos dos años para expresar su repudio al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Esas personas se reúnen para resistir activamente las políticas agresivas de los Estados Unidos, pero también para establecer vínculos y realizar una labor más unitaria. El resultado de esos esfuerzos se produce en la escala local, en la misma medida en que las comunidades se articulan para preservar lo que tienen y luchar por una vida mejor.
Las mismas tendencias se observan en los Estados Unidos. Dadas la coyuntura internacional y la situación actual, no hay otra salida. De hecho, muchos dirían que la administración Bush está contribuyendo a la formación de comunidad. Del mismo modo que los ataques del 11 de septiembre del 2001 produjeron una violenta reacción por parte del gobierno norteamericano –una reacción que no ha hecho más que aumentar–, esa misma violencia ha impulsado a las personas a unirse. En los Estados Unidos, muchos grupos, desde agrupaciones por el derecho al aborto hasta ambientalistas, pasando por grupos religiosos y otros interesados en la educación, la salud pública y los derechos civiles, están viendo retroceder las conquistas en pro de las cuales se organizan. Su respuesta es formar comunidades para buscar la solución a sus problemas.
Sea en la escala local, nacional o internacional, la vida sigue su curso. Y no la vida en un sentido abstracto o científico, sino una búsqueda de vida que conduce directamente a la comunidad. En medio de estos desafíos –desde los conflictos internacionales hasta las barreras y el aislamiento, el olvido de la historia, los intentos de domesticación de los seres humanos– las personas buscan un sostén para la vida que sólo puede hallarse en comunidad. En esta coyuntura de la historia humana, ahora más que nunca, el pueblo de los Estados Unidos necesita buscar imperiosa y sistemáticamente soluciones comunes, colectivas, a sus problemas, y ellas están íntimamente relacionadas con la idea de comunidad. ¡Que la búsqueda continúe!

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