Con la gente

Claudia Korol

Poriajhú

Caminos en la oscuridad

Chaco. Un galpón abandonado que fue en su tiempo una estación de ferrocarril, transformado ahora en teatro, sirve de escenario para un taller de Educación popular de una organización de campesinos pobres de la región. Durante dos días reflexionamos allí sobre su realidad, la práctica de organización y de lucha, las propuestas de trabajo. Compartiré aquí algunos pasajes de aquel encuentro, especialmente los que refuerzan la experiencia de que las “ideas vividas o revividas” suelen ser mucho más fuertes que aquellas que solo se nombran con palabras. Y que la práctica educativa que involucra no solo la razón, sino también los sentimientos, al ser humano íntegro en sus vivencias, resulta más eficaz que la que privilegia el adoctrinamiento o la transmisión dogmática de saberes. Sobre todo si de lo que se trata es del intento de transformar la vida y de cambiarnos a nosotros mismos, aventu-rándonos al desafío de ser artífices conscientes de nuestra propia historia personal y colectiva.

La salida de la casa

¿Qué significó para cada uno de los participantes llegar a aquel taller de dos días, en la ciudad, lejos de su tierra y de su familia? Intentar aproximarnos a “las cargas” con las que venimos al encuentro fue una forma de entrar al primer tema de debate: las dificultades para construir una organización de campesinos pobres, autónoma del Estado, de la Iglesia y de los partidos políticos. Una organización que defienda con autenticidad sus derechos y les ayude, sin remplazarlos, a luchar por ellos. Una organización que rescate su identidad campesina, que implica el amor a la tierra, una forma de estar en el mundo, un tipo de relación con la naturaleza y con la sociedad.
Cada uno relató “su historia”. Dejar el campo y la familia es más que una aventura. Es un auténtico sacrificio. A medida que salen los relatos se va creando un clima de confianza. Se comparte de este modo la exigencia que significó para cada compañero asumir esta decisión. Nos detenemos en una de las historias. La compañera que narra ahora casi dramatiza. Le propongo que la represente. La protagonista hace de ella misma, y otros compañeros se ofrecen para hacer de su marido y de sus hijos.
La escena comienza. La “gringa” continúa explicándole a su marido por qué tiene que ir al taller. (A los impro-visados actores y a los espectadores les cuesta un poco al comienzo superar la vergüenza de la actuación. Sin embargo, compruebo que es más fácil lograr el caldeamiento en estos grupos que en los predominantemente urbanos. Confirmo también que es más fácil para ellos representar sus experiencias de vida que abstraer conclusiones en la palabra escrita y aun en el relato oral.)
La protagonista, una mujer dura y decidida en la vida, le cuenta a su familia que se va a ir al taller. El marido se opone inmediatamente. “¿Para qué va a ir a un taller de educación, ella que no sabe ni leer ni escribir?” El marido golpeó de frente y en la herida. Pero ella tiene su decisión tomada. El insiste: “¿Quién se hará cargo del campo, del taller de ladrillos, de la crianza de los hijos?” Le dio el pie que ella esperaba. Una vez en la vida le tocará a él. No es tan grave. Ella lo hace todos los días. La gringa está decidida a irse a esa actividad. Habla con los cinco hijos. Las tres mujeres la apoyan. Los dos varones se oponen, le piden que se quede. (Si bien la compañera no había dicho previamente cuáles habían sido las reacciones de sus hijos, en este caso coinciden las posiciones asumidas por cada género).
El hombre que representa a su hijo más pequeño la conmueve. Quien asumió ese papel es un anciano que ya no puede casi oír lo que se habla. Ahora hace de un chico de siete años, retrasado mental (como consecuencia de los fórceps durante el parto, según explicó la madre). El anciano, es decir, el niño, le pregunta a la madre quién le dará sus remedios si ella se va. Ella reacciona como fiera herida. Ese hijo es su dolor. “Vos venís conmigo”, le dice, y lo abraza como alzándolo en sus fuertes brazos. Con él parte la gringa para el taller.
Con el niño llegó la gringa al taller, arrastrando también las peleas con su marido y sus otros hijos varones. Con el aliento de sus hijas mujeres. Allí interrumpimos la dramatización. El niño está nuevamente en sus brazos. Es difícil saber qué siente o piensa. Ella toma un mate, con su conflicto a cuestas. La pelea sigue adentro suyo. Y también sigue adentro de todas las mujeres que tuvieron que realizar hábiles estrategias para “dejar” a sus maridos, o incluso pelearse con ellos para venir. La lucha interna atraviesa también a los hombres, a quienes, identificados en primera instancia con los hijos varones y con el marido, les cuesta asumir por qué las mujeres, sus mujeres, deben salir de las casas.
El debate posterior es interesante. Mujeres y hombres analizan sus relaciones, cuestionan su machismo (el de los hombres y el de las mujeres). También rescatan modificaciones que fueron haciendo a partir de estas reflexiones colectivas. Uno de los campesinos jóvenes, dirigente de la organización, dice que lo más importante para él es que a este taller vino con su esposa. Lo considera un avance respecto al anterior. Varias mujeres fueron con sus hijos pequeños. Ser madres no puede ser un obstáculo para participar, para ser artífices de una obra colectiva. Salen las primeras propuestas. Los próximos talleres los haremos en el campo. En otros talleres le pediremos a alguna compañera que nos ayude a cuidar a los chicos. Y mientras tanto, entre todos encontraremos la manera de hacernos cargo de ellos en estos días. Vuelven a dispararse algunos desafíos: cuando llora un niño, la que se levanta casi siempre es la madre. ¿Por qué no se turnan también los padres en la tarea?

La pelea interna

La dificultad de participación no es solo la que surge en la vida cotidiana. La pelea tiene otros ingredientes. Está el miedo. Está la desconfianza. Está el egoísmo. Está el discurso del “no te metás”. Todos reconocen estar sujetos a esa batalla interna. Tratamos entonces de representarla.
Un joven actúa como protagonista. Se sienta en el escenario improvisado, y uno a uno van pasando frente a él sus compañeros, dándole argumentos a favor y en contra de asumir un compromiso. El joven los escucha a todos. A veces se entusiasma con alguno. Siente miedo con otro. Trata de discutir con el de más allá. Pregunta, si alguno le llama la atención. Termina la dramatización. El joven no decidió qué hacer. “Esas dudas las hemos tenido todos”, reflexionan sus compañeros.

La oscuridad

El camino es difícil. Tratamos de identificar los obstáculos con los que se encuentran. Al tema de los problemas para la integración de la mujer, y a la crítica al machismo, le sigue una discusión sobre la juventud. “Los jóvenes no se interesan por nada”, parece ser la protesta generalizada, especialmente de las mujeres. “Los invitamos a nuestras reuniones y no vienen.” “Son individualistas.” Y siguen los lamentos. Le pido su opinión a un joven. “Los jóvenes estamos en la oscuridad”, ofrece como pista.
¿Quién quiere probar a andar en la oscuridad?, les pregunto. La mujer que más había protestado se ofrece para hacerlo. Le tapo los ojos con una bufanda. Luego cambiamos las sillas de lugar. Le pido que intente caminar. Está paralizada. Prueba con temor a dar algún paso. Lo hace a tientas, con las manos extendidas. Trata, insegura, de dar el segundo. ¿Quién quiere ayudarla?, pregunto. El joven que había hablado antes se ofrece. La guía con la voz. Le sugiero que la tome de la mano. Ahora todos ven que la mujer camina con mayor seguridad. También ven la emoción en los ojos brillantes del joven que la ayuda. Es una emoción contagiosa. Habla desde adentro de cada uno de nosotros.
Le saco la bufanda de los ojos, y la mujer exclama: “¡Todos estamos en la oscuridad! ¡Yo vivo en la oscuridad!” Cuenta el miedo que sintió. El miedo que paraliza. El temor ante lo desconocido. El alivio cuando el joven comenzó a ayudarla. Este, a su vez, dice lo que le pasó. Se sintió bien ayudando a otra persona. Hasta ese momento no sabía que podía hacerlo. El grupo trata de seguir quitándose las vendas de los ojos. La oscuridad es la pobreza. La oscuridad es la ignorancia. La oscuridad es por causa de nuestra desunión. La oscuridad es por la represión. ¿Quién nos dará una mano para caminar, a pesar de la oscuridad, o para salir de ella?, se preguntan.

La desconfianza

Al menos ellos ya marchan de la mano. Pero no fue sencillo comenzar a hacerlo. Relatan los inicios de la organización. El dirigente los visitaba casa por casa. Al principio, la mayoría lo rechazaba. Cuentan entre risas las distintas formas que asumió ese rechazo. Quien no le interesaba. Quien tenía miedo. Quien se escondía cuando lo veía llegar. Hasta que no sintieron en carne propia el peligro del despojo de sus tierras, de la baja del precio de la cosecha, de la falta de apoyo ante una inundación que destruyó sus cultivos, no se decidieron a hablarle.
Dramatizamos esa escena. El protagonista va casa por casa. Una mujer que lo observa le dice a quién representa ser su marido: “¿Qué propuesta nos puede hacer este hombre, si es tan pobre como nosotros? Mirá cómo va vestido.” Otra mujer lo ve llegar y sale al camino para decirle que su marido no está en la casa. Luego vuelve a la casa y le dice al marido que quien pasó era un vagabundo. Otro hombre lo escucha con desconfianza. “¿Cuáles serán sus verdaderas intenciones?” “¿Para quién trabaja?”
Ahí detenemos la escena para realizar un cambio de roles. El campesino desconfiado pasa a ser el dirigente, y este asume el lugar del campesino. Buena oportunidad para desquitarse de las agresiones, descalificaciones y desaires recibidos. Asume el rol con entusiasmo. Pasa a la ofensiva. Descarga un arsenal de argumentos en contra del dirigente. Le dice cuántas veces lo engañaron, prometiéndole cosas que nunca cumplieron. Le asegura que él ya no cree en los políticos. Le confiesa que tiene miedo a meterse en problemas. Conoce muchos que decían lo mismo y que ya no están. El que asumió su rol pasa de la desconfianza a una búsqueda difícil de fundamentos para persuadir al otro de la necesidad de trabajar juntos, de pensar una salida colectiva, de vencer el egoísmo y al temor. No le es fácil. No tiene nada para prometer, nada para ofrecer, más que un camino de lucha, sin resultados a la vista.

Poriajhú

Poriajhú significa pobre en guaraní. Ese es el nombre de la organización. Discutimos ahora: ¿por qué somos poriajhú? Cada uno busca en su historia personal. Identifican hacia atrás a sus padres, a sus abuelos, a sus bisabuelos. Nadie nació rico en su familia. Siempre se deslomaron trabajando, y solo reprodujeron pobreza. Pero están los que se enriquecieron en el Chaco con su trabajo.
Representamos el recorrido de una planta de algodón, la producción principal de la región. Un campesino sos-tiene en sus manos la semilla. Le pregunto: ¿quiénes nos venden y fijan el precio de las semillas? Observamos la tierra en la que cae la semilla sembrada. Le pregunto: ¿quiénes poseen la mayor parte de las tierras del Chaco? La semilla está en la tierra. Necesita abonos, fertilizantes. Necesita herramientas, tractores. Le pregunto al campesino: ¿quiénes son los dueños de los agroquímicos y de los medios de producción? La planta floreció. Las manos del campesino la cosechan. Esas mismas manos las llevan al intermediario. Le pregunto: ¿quién fija el precio del algodón? Les pido que se detengan en la escena de la venta de su cosecha y de la pelea con el intermediario. Que la representen en detalle. El intermediario rebaja el precio argumentando que la planta es de mala calidad, como consecuencia de las inundaciones. No hay opciones. La planta sigue su camino alejándose del campesino. Se convierte en tela, en camisa. Le pregunto a todos ahora: ¿bajó el precio de la camisa o de la tela por la rebaja en el pago al cosechero? Responden que no. El cosechero quedó más pobre, alguien se enriqueció.

La primera palabra

Se pasa a una nueva escena. El gobierno manda a la policía a desalojar las tierras del campesino para entregarlas a un latifundista de la región. El hombre no quiere ser desalojado. Tiene mujer que atender, niños que alimentar. Le pido que piense en voz alta qué siente ante el anuncio de desalojo. “La tierra es lo único que tengo para vivir. Si la pierdo, quedaré en la miseria, como le pasó al Ramón. Además, la tierra la heredé de mis bisabuelos. No seré yo quien la pierda. Preferible es perder la vida. Podría ir a hablar con aquel hombre que me anunció hace unos meses que se venía el problema con las tierras. Entonces no me pareció bien meterme en líos. Pero ya veo que igual me voy a meter. Y antes que hacerlo solo…” Le pregunto al cosechero: ¿Quién te defiende? ¿Algún juez? ¿Algún diputado? Nadie. Ningún canal de televisión, ninguna radio, ningún diario se hizo eco de su conflicto.
Terminamos esa dramatización con un nuevo silencio. Uno de los compañeros reflexiona después. “Al campesino le cuesta decir la primera palabra.” Había estado callado hasta ahora. Los campesinos comentan: vieron la cara del poder. Son los dueños de las tierras, de los medios de producción, de la comercialización. Son los que le fijan los precios al algodón. Son los que tienen a su disposición la policía, y también el poder legislativo, el ejecutivo y judicial. Tienen los medios de comunicación inclusive.
Un “anciano” del grupo hace un relato sobre cómo se formó la organización, cómo fueron los primeros tiempos. Hasta llegar a su “bautismo”, en una lucha por la tierra. De la pelea individual pasaron a acciones colectivas. El grupo quiere mirarse en ese momento. Hacemos una escena final. Los campesinos que antes se escondían de sí mismos ahora están unidos. Chocan con la policía, con los legisladores, con el gobierno provincial. Acampan frente a la municipalidad. Es solo una imagen breve la que realizan de esta lucha, que les devuelve un estado de ánimo de pelea, de autoestima. Reconocen los avances que realizaron a pesar de la dureza del camino.

Abriendo senderos

Empiezan a discutir propuestas para romper la oscuridad. Se plantean hacer planes de alfabetización, actividades culturales con los jóvenes, economías colectivas de subsistencia, organizar la defensa de sus tierras y de sus pro-ductos. Elaboran un programa que explica los motivos de su lucha, y una declaración de principios que explica quiénes son y qué quieren.
El taller está terminando. Saben, y lo dicen, que el camino que se proponen no será fácil de recorrer. Re-cuerdan a muchos hermanos suyos que ya no están. Se plantean intentar caminar con todos ellos. Llevarlos en la memoria. Dicen sus nombres. Los llaman sus mártires.
Saben que para andar el camino hace falta mucha más fuerza colectiva. Muchos de sus hermanos están al costado. Desanimados, temerosos, indiferentes, por las propias y complejas contingencias de la lucha. Se plantean atraer a la mayor parte hacia el camino. Aprender de la historia. Abrir nuevos senderos.
Hay un brillo distinto en sus ojos. Un entusiasmo reconquistado. Se sacan una foto junto a su bandera, que tiene en el centro una planta de algodón, la riqueza del Chaco, lo que ellos producen cuando reproducen su po-breza.
Les propongo una dramatización final. La vuelta. La misma mujer que protagonizó su salida de la casa repre-senta el retorno. Va con su hijo enfermo de una mano. Se acercan al escenario los que hicieron de sus hijos. Por un momento se produce desconcierto. El campesino que había representado a su marido ahora no está. Tuvo que salir a hacer unas compras. En ese instante se mezclan la realidad y la representación. ¿Es que el marido puede no estar en la casa a su regreso? Salimos rápidamente a cortar el estupor. Pido que otro compañero haga de marido.
Comienza la escena. La mujer tiene en los ojos esa nueva luz que ha visto. Está feliz de la experiencia. Intenta compartirla con su marido, que sigue enojado y no la escucha. Con sus hijos, a quienes aparentemente no les interesa lo que ella vivió. Ella se enoja también con su familia. Pero luego se detiene, prepara unos mates y comienza a preguntarles cómo pasaron esos días. El clima se relaja. La escena termina. “La lucha empieza en nuestras propias casas”, opinan. “Tenemos que compartir el proyecto que proponemos, en primer lugar, con nuestras familias”.
Estamos haciendo la evaluación del taller cuando, externamente, un hecho vuelve a conmovernos. Dos policías de investigaciones del Chaco ingresan al galpón y piden que se identifique la coordinadora. Que explique para qué está y hasta cuándo se queda. Es un golpe de realismo que completa el diagnóstico sobre las posibles dificultades. Cuando ellos se retiran, bromeamos. Algunos aseguran que eran actores que contratamos para darles la última lección. Les decimos que no, que precisamente esas son las lecciones que se encarga de dar la vida. Y reflexionamos juntos. Todavía nos quedan varios dolores antes de que todos tengamos derecho a la luz y a la vida.
El regreso a Buenos Aires es, para mí, un choque de realidades. Vuelvo con dolor por lo que vi y viví. Vuelvo en mi propia oscuridad, que me impide ver claramente el camino a recorrer. Vuelvo también con alegría, porque en este esfuerzo de hormiguitas que estamos realizando pudimos atrevernos a integrar en una experiencia concreta la búsqueda de la Educación popular y el aporte de las primeras nociones que voy adquiriendo de psicodrama. Creo que hay una nueva puerta abierta, en una vinculación más profunda de la experiencia de la Educación popular y del psicodrama pedagógico. Y que por esa puerta es posible que logremos mayores éxitos en la comprensión del mundo, y sobre todo en la eficacia para cambiarlo con nuestra acción y en nuestra lucha cotidiana.

Educación popular y psicodrama: un feliz encuentro

Primer escenario

Un grupo de militantes sindicales, miembros de la comisión directiva y del cuerpo de delegados de un importante sindicato de la Argentina, participan de un taller de Educación popular que trata, como uno de sus temas, “los cambios en la subjetividad del movimiento obrero”. Tras el título complicado se encierran algunas preguntas sencillas: ¿Cómo estamos? ¿Cómo inciden las transformaciones producidas en el mundo del trabajo en nuestra realidad cotidiana? ¿Cómo afectan nuestra capacidad de lucha y de organización colectiva?
El debate se va animando a medida que se produce el caldeamiento, iniciado cuando todos escuchan en silencio la canción de Teresa Parodi ¿Dónde están mis compañeros? La música y la poesía crean un clima de intimidad.
¿Dónde están mis compañeros?
No puedo cantar si no tengo su fuego.
¿Dónde están mis compañeros?
No puedo soñar si no sueño con ellos.
Canta Teresa Parodi, cantante folklórica muy popular en la Argentina.
Cada uno va nombrando lo que le evoca la canción: los compañeros desaparecidos, los asesinados; pero también los desocupados, los que se cansaron de luchar, los que ya no van a las convocatorias del sindicato porque piensan que no vale la pena, los que creen que algo habría que hacer pero quedaron paralizados por el terror.
La segunda ronda va buscando el corazón de cada uno: ¿Dónde estamos nosotros? ¿Qué nos está pasando? ¿Qué dificultades tenemos? ¿Cómo nos sentimos?
El tema se va circunscribiendo a un problema principal: la desocupación. No hay prácticamente familia de los trabajadores de ese sindicato que no tenga algún desocupado.
El sindicato está preparando una fiesta por sus cincuenta años de existencia. Para muchos esa fiesta significa la confirmación de que ya no son parte de esa “gran familia” que representaba para ellos la pertenencia a la empresa estatal. El secretario general del sindicato se siente obligado a explicar que la fiesta es también parte de la lucha. Es una forma de unir a los compañeros, es una manera de rencontrar a la familia que pretenden desintegrar.
Algunos delegados, uno en especial, lo enfrentan. No es con fiestas con las que recuperaremos el trabajo. Hay que encontrar nuevas medidas de lucha, propone. El debate amenaza en convertir el encuentro en una nueva asamblea.
No es solo perder el trabajo, me intenta explicar un joven a mí, que no pertenezco a esa realidad. Es también sentirte fuera de la familia. La palabra familia comienza a crecer. Le pido que trate de representarlo.
La sugerencia despierta resistencias. Algunas bromas. Es la primera vez que recurren a otras formas de comunicación en ese grupo. Sin embargo, el joven está decidido a explicarse mejor. Propone una escena.
El resto de los compañeros integra una familia que come un asado un domingo cualquiera en el patio de su casa. Son todos trabajadores, hijos de, mujeres de, jubilados de… esa empresa. Y comentan los preparativos del sindicato para la fiesta. El joven llega a la casa con la noticia de que está desocupado.
La escena comienza. Las resistencias y los nervios se vuelcan en el clima de la escena. Se hacen bromas entre ellos. Se pasan el vino. Pinchan un chorizo y ensucian el vestido de una mujer. Ella se enoja. Era el vestido que tenía para la fiesta. Ahora no va a poder ir. Con el vestido sucio y sin zapatos, no puede presentarse. Su marido —quien asume ese rol es el secretario general del sindicato— le dice: “¿Y para qué querías ir? Si esas fiestas no sirven para nada…”
Uno de los delegados que había sostenido la posición contraria a la fiesta empieza a defender tímidamente la idea. “No, tampoco se puede decir que no sirva para nada. Al menos es una manera de participar. No es la mejor, pero es una manera”, sostiene este “hermano”. “No sirve para nada”, insiste el hombre porfiado. “Son formas de distraernos que inventan los burócratas sindicales.”
El hermano sigue discutiendo: “La dirección de nuestro sindicato es combativa. Bastante trabajo nos costó ganársela a la burocracia.” El hombre, compenetrado con el discurso, replica: “Pero estas direcciones sindicales, por más combativas que empiecen, al poco tiempo se burocratizan”. El “abuelo” de la familia sale a apoyarlo. “Sindicatos de verdad, y luchas de verdad, eran las nuestras, las de los anarquistas. ¿A ver si se atreverían a pasarnos por encima como nos están pasando ahora?”
El joven que propuso la escena está silencioso. No logra decir nada. Mira a uno y a otro. Le pido que diga lo que está pensando. Empieza a hablar mirando al piso: “¿Cómo les digo que me echaron? Justo ahora. Mi vieja se muere. Y ella se preocupa por la mancha de grasa. ¿Cómo les digo? Van a pensar que soy un tarado, un inútil. Y la verdad es que soy un tarado, un inútil. No sirvo para nada. Y ahora si se lo digo, encima les arruino la fiesta.” Se calla. La escena sigue.
La madre le dice: “Qué raro que estés tan callado hoy. ¿Perdió Boca?”1 “No, nada que ver”, le responde el joven.
En la esquina de la mesa, el debate continúa entre los dos hermanos.
Le propongo al secretario del sindicato que salga de la escena y que continúe con su rol otro de los compañeros. Después realizan un cambio de roles entre los dos que en ese momento son hermanos, de manera que el delegado queda en una posición en la que tiene que volver a sostener las posiciones de no participar. Lo hace de una manera diferente. Propone que se discuta qué se va a decir en la fiesta. Cómo se van a hacer las invitaciones. Que figure un lema en la cabecera del acto denunciando la política de desocupaciones de la empresa. Informa que ahora viene una nueva tanda de despedidos. Plantea salir a los medios de comunicación con esa denuncia, junto con la invitación al acto.
El joven se anima a hablar: “Los despidos ya están. Hoy me llegó el telegrama”, informa en voz baja a la familia, que queda en silencio. “Dicen que son cincuenta en esta tanda.” “¿Ya avisaste al sindicato?”, le pregunta el abuelo. “No. Me enteré el viernes.” “Tendrías que haber ido corriendo. ¿Cuántos muchachos más estarán como vos, encerrados en sus casas? Hay que ir a buscarlos.” Se anima el abuelo, recordando viejos tiempos.
“En la fiesta del sindicato tenemos que poner los nombres de los nuevos despedidos, nuestros hijos, y comprometernos a no dejar la lucha hasta que se reincopore al último”, dice la madre.
“¿Y cómo le sacarás la grasa al vestido?”, le pregunta su marido.
Todos se ríen y es el cierre de la escena.
Fue mucho lo que pasó adentro de cada uno de los participantes. Después lo comentan conmovidos. La actuación los ayudó a “verse”, a re-conocerse, a encontrar nuevos códigos de comunicación entre ellos, que rompieron los prestablecidos con que se incomunicaban. Pudieron escucharse, no tan atravesados por los prejuicios.
El secretario general del sindicato vivió ese momento como una reparación. “¡Qué alivio descansar por un momento del rol de convencer a todos!”, expresa.
El joven dice que logró compartir su miedo, y que se dio cuenta de que si en algún momento le sucede (la amenaza de despidos sigue sobre la cabeza de todos ellos), tal vez pueda reaccionar rápidamente, sin sentirse disminuido.
El delegado sindical que asumió el lugar de defensa de la iniciativa que antes cuestionaba aseguró que ahora tiene una visión más amplia de los pro y contra de esa actividad. Pero sobre todo, que le gustó tener que convencer a alguien de algo, porque siempre se había encerrado en una posición escéptica y algo paralizante.
La mujer dijo que no hizo ni más ni menos que lo que hace todos los días en su casa: servir la comida, enojarse con todos y después aflojar. Que le hubiera gustado un cambio de roles.
El debate siguió por otros carriles, con lectura de materiales y elaboración de propuestas. Pero pasados varios meses de aquel taller, los compañeros siguen recordando el asado imaginario que compartimos aquella vez.
Segundo escenario
Un grupo de estudiantes universitarios de Mendoza desarrolla un taller para analizar la situación existente en el movimiento estudiantil de su ciudad después de las luchas contra el recorte educativo. Están muy contentos con los resultados, con el nivel de movilización, con las nuevas organizaciones que se formaron, con el clima que quedó; pero registran dificultades para dar continuidad a su actividad. Plantean que el problema más complejo es el de la división de los que participaron en aquella “movida” a la hora de encarar nuevas acciones.
Nos preguntamos qué situaciones dificultan la unidad, tratando de mirarnos a nosotros mismos. A medida que van surgiendo respuestas, intentamos representarlas con mímica en pequeñas escenas.
Una chica dice: “A mí lo que más me frena es el escepticismo que me transmitieron mis padres, que en otros tiempos lucharon y ahora ya no creen en esto”. ¿Cómo representaría eso? Propone dos escenas.
En la primera pasa la madre, caminando sola en una marcha, con la bufanda como bandera en la mano. Ella está en su vientre. El resto la mira pasar, pero no se suma.
En la segunda escena, ella marcha junto a otros estudiantes y la madre pasa en coche, con la bufanda al cuello, y toca bocina molesta porque los jóvenes interrumpieron el tránsito. No repara siquiera que entre esos jóvenes marcha su hija. Ella trata de saludarla, pero la madre no la ve.
Le pido a la hija que, por un momento, se coloque en el coche y haga de madre. Se pone la bufanda —la bandera— al cuello. Le pido que piense en voz alta: “Ahí va mi hija, seguramente. Pero prefiero no verla. Me da miedo que sufra lo que nosotros sufrimos. No quiero que pase por lo mismo. Tengo miedo”.
Después vuelve a ser la hija. Hace desde ese lugar un soliloquio. “Tengo derecho a intentarlo. Me duele que no me vea. Pero el mundo no se puede detener porque ella se quedó parada. Cómo me gustaría que viniera conmigo. ¿Se dará cuenta de que estoy llevando su misma bandera?” La “madre” en la escena se quita la bufanda y se la da a la hija. Las dos se abrazan conmovidas.
Continúan las explicaciones. “A mí lo que me frena es la desconfianza en todos los políticos. No le creo a ninguno. Y tengo miedo que me usen”, asegura un chico.
Le pido que arme la escena. Otro, de político, se sube arriba de un banquito y habla para un montón de chicos que, sentados en el piso, no lo miran ni lo oyen. Siempre con mímica, el joven que planteó el tema hace gestos de que no entiende lo que está diciendo el otro, y le da la espalda
Le propongo que haga un único gesto, como para modificar un poco la situación. Se acerca al que habla y lo baja del banquito.
Siguen las explicaciones.
Una chica dice ahora: “Yo lo que siento es que la universidad no nos prepara para entender lo que pasa en la realidad. Nos llenamos de lecturas, pero no sabemos interpretar lo que sucede a nuestro alrededor, y nos volvemos insensibles a eso.” Organiza la escena.
Está leyendo. A sus espaldas suceden cosas. Hay gente que se mueve, que trabaja, que juega, que se moviliza. Pero ella no lo ve. Está de espaldas a la realidad, y su frente también está tapado por una enorme pila de libros. Algunos se acercan a ella para llamarla, para invitarla a participar, pero ella no puede escucharlos. Está muy ocupada.
Continúan los comentarios, las explicaciones, y en el escenario improvisado se siguen sucediendo escenas. El miedo. El dogmatismo de quienes creen que tienen la única verdad. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace. La pérdida de solidaridades. La debilidad del compromiso. El individualismo.
Finalmente les pido que todos dramaticen su escena simultáneamente.
Se constituye una gran escena en la que el escepticismo, la desconfianza, el dogmatismo y todo los otros fenómenos se superponen, se chocan, se potencian. Pero donde también algunos que están marchando logran mover al que está tras los libros; explicarle las razones de su movimiento a la madre que desde el coche percibe que entre los que andan por allí está su hija; un dirigente sobre un banquito

Finalmente, la mayoría se encuentra en un abrazo.
Terminó la escena. Hay un clima de entusiasmo.
El final es discutido. Demasiado optimista, dicen algunos. El final, sostienen otros, es la representación de nuestros deseos, no de la realidad. Los deseos nuestros también son parte de la realidad, retrucan. Al final todas las bufandas fueron banderas, sostiene otro.
A veces hace bien representar nuestros sueños. Vivirlos un poquito nos permite creer que son posibles.
El taller continúa con el debate sobre los caminos para acercar nuestros sueños. Animarnos a soñar nos permite plantearnos mayores desafíos. Vivir los sueños nos ayudó a seguir soñando.
Tercer escenario
En el campo de Pampa Napenay —un remoto lugar del interior del país— un grupo de campesinos discute el tema del derecho a la tierra.
Una mujer muy joven cuenta que fue despojada de su pequeña porción de tierra por un terrateniente de la zona que engañó a su madre, y como es analfabeta (subraya este dato), le hizo firmar la entrega de todas sus tierras al mismo. La hija y su hermano resistieron la medida. Fueron desalojados por la policía, les quemaron la casa y la llevaron presa. Cuando salió en libertad, volvió a la tierra y se sentó sobre los escombros, afirmando que de allí no se movería.
Varias veces fue presa. Varias veces volvió a la tierra. Durmió sin techo a campo abierto con el hermano. Recibió la solidaridad de la organización a la que pertenece. Y ahora logró recuperarla.
Representamos la escena.

Están ella y el hermano sentados sobre los escombros. Aparecen el terrateniente, con el juez y la policía, a desalojarla. Ella se abraza a su hermano. Le dice: “De acá me sacan muerta solamente.” El hermano menor se aprieta junto a ella. El terrateniente la amenaza. Ella decide abrazarse a la tierra y, si es necesario, morir con ella.
Una mujer gorda representa a la tierra. La joven la abraza con desesperación. Le habla: “Nadie nos va a se-parar. Aquí nací. Aquí crecí. Sos mía. Sin vos yo no existo. No soy nadie.”
El terrateniente trata de tironear de la tierra.
La mujer-tierra también abraza a la joven. Le pido que le diga lo que siente. “Yo también quiero estar con vos. Vos me cuidaste, me sembraste, me regaste. Vos estuviste cuidando siempre de mí. Yo a ese tipo ni lo conozco. Pero sé que él me mandó quemar. El no me quiere. Yo me quedo con vos.”
El pacto está sellado. Ni la policía, ni el juez, ni el terrateniente, aunque forcejean, logran separarlas.
La escena terminó.
“La tierra es nuestra. Nosotros la trabajamos”, afirman varios campesinos. “Defendemos nuestros derechos. Cuando nos engañan es por nuestra ignorancia.”
Decidimos entre todos que la primer palabra que aprenderemos a escribir, en la campaña de alfabetización que está organizando el movimiento, es TIERRA.
Tres escenarios y una sola búsqueda
La Educación popular es una herramienta que se va construyendo y reconstruyendo, de la misma manera que lo hacen los movimientos populares. En esta nueva etapa de impulso de la misma, los intentos de aproximación con el psicodrama pedagógico van en búsqueda del encuentro más poderoso entre conciencia y sentimientos, entre teoría y práctica.
La revalorización de la subjetividad, como un factor esencial de la transformación social, obliga a la indagación en diversos campos que favorezcan la creatividad y la posibilidad de acortar las distancias entre las numerosas fragmentaciones que nos impone la cultura dominante de la posmodernidad. Aprender enseñando y enseñar aprendiendo es una de las claves de la Educación popular. El saber no está depositado en un grupo social y la ignorancia en otro. De lo que se trata es de un dinámico intercambio de saberes de unos y otros, que permitan, sobre todo, generar un proceso de construcción colectiva de conocimientos y sentimientos, que hagan sólida la interpretación de la realidad, y más activa y efectiva su transformación.
Como alumna de psicodrama, me animé a dar algunos pasos que comparto con estas notas, que me dieron, sobre todo, más confianza para seguir caminando.

Notas

  • Los dos trabajos que recogemos aquí, de una querida amiga y colaboradora habitual de nuestra revista, son relatorías de trabajo de Educación popular y psicodrama pedagógico, presentadas en el Instituto de Psicodrama J. L. Moreno de Buenos Aires.

1 Equipo de fútbol muy popular de la Argentina.
sigue hablando solo para nadie.

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