El aporte del Che a la formación política de militantes

Claudia Korol

Quiero agradecer a la Escuela Florestan Fernandes y al Movimiento Sin Tierra de Brasil la posibilidad de participar en este seminario sobre el legado del Che Guevara.
Estas notas son para reflexionar sobre los aportes que podemos tomar del Che a la hora de pensar en la formación política de los militantes. Para mí es una gran alegría poder participar de este diálogo con compañeros y compañeras que en toda la América Latina van rehaciendo los sueños de humanizar nuestra existencia, creando experiencias de resistencia anticapitalista, antimperialista, antipatriarcal, anticolonial, y forjando poderes populares que vayan haciendo verdad la posibilidad de que la historia, como memoria y como proyecto, sea asumida por los pueblos en lucha, por los pueblos en marcha. Compañeros y compañeras que se plantean humanizar la vida sobre la base de la batalla continua contra la explotación capitalista, la enajenación y todas las dominaciones; buscando adelantar en nuestra manera de vivir, de organizarnos, de relacionarnos, la creación de hombres nuevos y nuevas mujeres, revolucionados una y otra vez por la experiencia colectiva.
Para contribuir a estos esfuerzos podemos acudir a la ayuda del Che, un compañero que vivió la maravillosa experiencia de ser parte de un proyecto de revolución socialista en nuestra América Latina, la Revolución cubana, y de teorizar desde la práctica de la misma. Un compañero que, en el proceso de esa revolución, buscó permanentemente realizar, desde su propia vida, al hombre nuevo que proclamó como meta fundamental en todos sus mensajes.
Nos acercamos al Che para dialogar con él, con sus múltiples aportes, sin reverencias que resultan tan lejanas a su propio estilo. Lo hacemos para aprender, para buscar pistas, intentando no congelar sus ideas, cuidando no volverlas nuevos dogmas, para que nos ayuden a caminar el nuevo tiempo. Sabiendo que el conocimiento siempre es un proceso abierto, inacabado, y que el conocimiento que quiere ser revolucionario debe una y otra vez revolucionarse a sí mismo.
Quiero invitarlos e invitarlas a que pensemos la experiencia sistematizada por el Che sobre la formación política de militantes populares, para poder pensar nuestra experiencia actual. Es decir, desde nuestras prácticas, intentamos dialogar con el Che, sabiendo que lo que hacemos es, fundamentalmente, dialogar con la experiencia de la Revolución cubana, donde el Che dejó –como afirmó en su carta de despedida a Fidel y al pueblo cubano– lo más puro de sus esperanzas de constructor y lo más querido de sus seres queridos.
En los escritos que vamos a trabajar del Che, él se refiere a dos momentos históricos, a dos contextos diferentes: la formación de militantes en el marco de la lucha por la conquista del poder político por las fuerzas revolucionarias y la etapa que sucede a la misma, de transición hacia el socialismo. Si bien hay elementos comunes en estos dos momentos, también existen diferencias que surgen de las tareas planteadas en cada etapa y que se relacionan con el contexto nacional e internacional en que se desarrollaron. Por tanto, es necesario considerar que dialogamos con otra experiencia, realizada en un contexto latinoamericano y mundial distinto en muchos sentidos al actual, y que, sin embargo, puede aportar significativamente a nuestras búsquedas.
Dialogamos con la experiencia de la Revolución cubana en una situación privilegiada: cuando esta cumple cincuenta años. Cuando no sólo pudo superar los difíciles momentos en los que el pueblo revolucionario y revolucionado tenía que resolver simultáneamente las tareas de liberación nacional y de creación socialista; sino cuando su vitalidad confirma que logró enfrentar con éxito cinco décadas de hostilidad, de agresiones, de invasiones, de atentados realizados por la principal potencia imperialista.
Esto habla de los militantes revolucionarios que se han formado en Cuba. Habla de la calidad de la experiencia de la que intentamos aprender. Aquella que, además de ser tan cercana y entrañable, por ser latinoamericana y caribeña, por ser nuestra, ha sido capaz de luchar contra sus propios límites, en el límite de sus propias fuerzas. Y ha podido volverse un ejemplo, como pueblo combatiente, para todos los pueblos de la América Latina que consideren que es posible realizar su historia sin subordinarse a los mandatos imperialistas, o al pensamiento único impuesto por el capital mundial.
También es necesario precisar que dialogamos con aquella experiencia desde múltiples experiencias que se expresan en las luchas de las organizaciones de las que provienen las y los estudiantes de este curso de la América Latina. Experiencias de nuestros movimientos populares, de nuestras organizaciones revolucionarias que han sabido multiplicarse en distintas modalidades de comprensión de la lucha.
Hoy en el campo de las resistencias indígenas, campesinas, negras, obreras, estudiantiles, feministas, de las diversidades sexuales, de todo tipo de fuerzas populares, hay espacio para algunos movimientos que vienen siendo escuela de movimientos –como el MST de Brasil–, para fuerzas políticas que intentan desafiar las lógicas meramente electoralistas y transformarse en herramientas políticas del pueblo –como los procesos de construcción de partidos revolucionarios que se intentan en Venezuela, en El Salvador o en Bolivia–; para las insurgencias armadas que no aceptan la orden de rendición y sostienen un horizonte de demandas populares con dignidad, enfrentando no sólo las fuerzas militares locales sino al ejército norteamericano que las sostiene, como en el caso de Colombia; y para una multitud de pueblos que reúnen su posibilidad de identidad con la defensa del territorio y el cuidado de la naturaleza, como los pueblos originarios de Ecuador, Bolivia, los pueblos mapuche, guaraní y otros que rehacen la historia de la América Latina desde las raíces de la misma.
Entonces, cuando leemos estas citas de textos del Che, repito, no buscamos en ellas verdades reveladas. La propuesta es dialogar con ellas, interpelarlas desde nuestra propia experiencia, tratar de reflexionar posteriormente sobre algunos de los que fueron núcleos del pensamiento y la práctica del Che en lo que se refiere a la formación de los militantes revolucionarios.
Los textos que compartimos nos llevan a reflexionar sobre algunos ejes:

1. La concepción del Che sobre el factor subjetivo en la lucha revolucionaria y en la construcción socialista.
2. El concepto del Che de hombre nuevo y las exigencias que plantea en la formación política.
3. La relación teoría-práctica en la formación de los militantes populares.
4. El papel del trabajo voluntario en la batalla contra la enajenación capitalista.
5. El debate marxista y la lucha contra el dogmatismo.
6. El lugar del amor y del humanismo en la formación de los y las militantes.
7. El internacionalismo revolucionario.

El punto de partida es el concepto que elaboró el Che para entender las condiciones subjetivas en un proceso revolucionario. Las definía como “la conciencia sobre la necesidad del cambio y sobre la posibilidad del cambio revolucionario”.
Subrayaba la necesidad de aportar a crear la “conciencia” en “el pueblo” de que “el cambio revolucionario no sólo es necesario, sino que es posible”. Este es el papel que entendía que tenían las fuerzas revolucionarias y socialistas. Creía que la guerrilla, desarrollada en determinadas condiciones históricas, podía ayudar a crear esas condiciones subjetivas.
Quiero subrayar, en este tema, la palabra conciencia y la palabra pueblo. La primera, porque el Che no creía en revoluciones que nacieran mágicamente de un golpe de suerte, ni en un proyecto socialista que se pudiera desarrollar sin el factor consciente. No creía tampoco que los cambios estructurales se tradujeran mecánicamente en una nueva conciencia social. Se oponía a las concepciones economicistas y mecanicistas de la relación entre estructura y superestructura, predominantes en una versión del marxismo en su tiempo con la cual el Che polemizó centralmente, considerando que eran fuente de quietismo y reformismo.
Quiero llamar la atención también sobre el hecho de que el Che se refería no sólo a la conciencia de las fuerzas revolucionarias, sino a la conciencia del pueblo. Es decir, no trataba de crear una “secta consciente”, sino que creía que los grupos revolucionarios organizados tenían que encontrar los mejores caminos para aportar a crear esa conciencia en el pueblo, o en amplias franjas del mismo.
La formación política no está dirigida a crear “especialistas en teoría revolucionaria”, sino a que los y las militantes populares puedan conocer y recrear la teoría revolucionaria, en diálogo con la experiencia popular; de manera que esa teoría-práctica, esa praxis histórica, sea más eficaz para alcanzar los objetivos de transformación que se propone. Para que, al crear la conciencia sobre la posibilidad de los cambios revolucionarios, pueda “experimentar los caminos que hagan real esa posibilidad”.
Se nos plantea, entonces, el debate sobre cómo aportar, desde las fuerzas revolucionarias, a formar actualmente la conciencia sobre la necesidad y sobre la posibilidad del cambio revolucionario. Cómo hacer real esa posibilidad. Y pensar juntos y juntas qué tipo de militantes necesitamos formar para realizar esta tarea, sabiendo que una gran parte de nuestra militancia, forjada en la resistencia a las políticas neoliberales, sufre el impacto de las condiciones en las que desarrollan sus luchas.
La “cultura de sobrevivencia” característica de muchos de nuestros movimientos –no porque así lo elegimos, sino porque son las circunstancias en las que se formaron las organizaciones en esta etapa de resistencias anticapitalistas marcadas por el enfrentamiento a las lógicas neoliberales de exclusión social, sobrexplotación y precarización del trabajo y de la vida– se refuerza con el impacto de la “cultura posmoderna”, que promueve el pragmatismo, el activismo cortoplacista, el inmediatismo, la superficialidad, la banalización cultural, la dificultad para relacionarse con el compañero o la compañera, los vínculos efímeros, la búsqueda de resultados fáciles.
En las condiciones actuales, crear conciencia sobre la necesidad y la posibilidad de los cambios revolucionarios “significa luchar contra la naturalización de todas las opresiones”. Dar batalla contra las distintas formas mediante las cuales el poder intenta justificar y legitimar la dominación de clase, de género, de etnia, e introyectarlas en las propias clases y grupos oprimidos, para que estos mismos sean factores de reproducción de las mismas.
Tratamos de desnaturalizar estas opresiones, desde relaciones de fuerzas adversas, en condiciones en que el poder cuenta con poderosos recursos de comunicación y de manipulación no sólo de las ideas, sino también de sentimientos y del sentido común popular.
El monopolio de los grandes medios de comunicación, el clientelismo, el fetichismo de la representación parlamentaria como expresión superior de la democracia, el control del sistema de educación público y privado son apenas algunos de los recursos empleados desde el poder que se complementan con la represión, el control de la vida cotidiana y la sistemática fragmentación del movimiento popular tendiente a que el mismo no pueda constituirse en la historia como sujeto.
Crear conciencia de que el cambio revolucionario es posible es parte de las tareas tendientes a constituir al pueblo como sujeto, protagonista de los cambios culturales, políticos, sociales que implican forjar un poder popular; y se relaciona íntimamente con la concepción del Che sobre el sujeto revolucionario: el pueblo en lucha, el pueblo en marcha, organizado, con conciencia histórica de sus ansias de libertad y del camino elegido para realizarlas.
En un contexto en el que la ofensiva neoliberal ha avanzado en iniciativas tendientes a la división de las organizaciones populares, en la cooptación de amplias franjas de lo que fueron los movimientos de resistencia, en el convencimiento a militantes de larga trayectoria revolucionaria de que es necesario aceptar los “cambios posibles” que maquillan pero no eliminan la dominación, y que no es posible, precisamente, aspirar a una transformación profunda de nuestras sociedades en un sentido anticapitalista, antipatriarcal, anticolonial, antimperialista, es imprescindible pensar en procesos sostenidos y lo más sistemáticos posibles de formación de militantes, que encuentren los caminos más directos y más eficaces de diálogo con el pueblo, que avancen hacia lo que el Che llama en alguno de sus textos “comunión con el pueblo”.
Enfatizar sobre el lugar de la subjetividad en la historia y en la práctica política es aportar a formar movimientos populares que se constituyan como sujetos colectivos con conciencia histórica, que abracen memoria, transformación de la realidad inmediata en que viven y proyectos de cambios estratégicos en dirección al socialismo.
Para este objetivo, el camino transitado por la Revolución cubana y por el Che como parte de la misma es el de “aprender y enseñar en esa comunión con el pueblo”. Aprender y enseñar. “Esta es la propuesta metodológica fundamental”. Aprender de los campesinos y enseñar a los campesinos y campesinas. Aprender de los trabajadores y enseñar a los trabajadores y las trabajadoras. Aprender y enseñar en un diálogo fértil, creativo, en el que “no sólo se transmiten conocimientos del mundo, sino que se crean colectivamente nuevos saberes”; se recrean proyectos de transformación social, y se forjan valores, convicciones, a través de la “pedagogía del ejemplo”, una herramienta fundamental para crear la conciencia de que el cambio es posible.
El núcleo central de la concepción del Che sobre la formación política es la creación del hombre nuevo (vale llamar la atención que no se refirió el Che a la nueva mujer). Su idea de hombre nuevo es la de “ir forjando en el proceso de lucha, un nuevo tipo de ser humano” que se despoje de todo lo que la cultura capitalista va modelando para manipular la subjetividad popular. Consumismo, corrupción, competencia, son actitudes de un modelo de hombres y mujeres adecuados/as y funcionales para la reproducción de un sistema que tiene como célula de su existencia la mercancía, y como centro el mercado.
Crear un sistema político y social nuevo, avanzar hacia el “socialismo, donde el centro sea el ser humano”, es decir, humanizar al sistema político, económico, social, colocando a los seres humanos en su centro, y no la producción de mercancías, no la reproducción del capital, no la ganancia capitalista sobre la base de la explotación del pueblo, requiere a su vez que los seres humanos empeñados en crearlo, organizados en movimientos populares, en sujetos colectivos, puedan mostrar tanto individualmente como colectivamente –en los vínculos que forjan en sus organizaciones–, que es posible no sólo proclamar, sino vivir los nuevos valores.
La formación de militantes, que se realiza no sólo en los momentos de educación específicos, sino en el conjunto de la vida de una organización, tiene que ir ayudando al nacimiento de esos hombres nuevos y esas nuevas mujeres que desarrollen en el pueblo la pedagogía del ejemplo.
No se trata sólo de la disposición a dar la vida generosamente, como lo han hecho tantas generaciones de combatientes. Se trata de vivir y de crear cotidianamente los fundamentos de una vida forjada en nuevos valores, en nuevos vínculos: de solidaridad, de comprensión, de ayuda mutua, de humildad, de unidad, de alegría, de amor. De dureza en el combate y de ternura en la construcción colectiva.
Forjar los vínculos que permitan construir proyectos colectivos revolucionarios, no sólo por su carácter anticapitalista y antimperialista, sino también por una manera de relacionar la estrategia general con las modificaciones necesarias en la vida cotidiana.
El hombre nuevo y la nueva mujer, que se van forjando en el fragor de las luchas populares, tienden a ir comprendiendo cada vez mejor el sentido general de su intervención social y, al mismo tiempo, van avanzando en su propia transformación como individuos, en sus gestos, actitudes y actos.
En la batalla por el hombre nuevo cobra un papel destacado del esfuerzo político, teórico y personal del Che, el tema del trabajo voluntario.
El Che no sólo ve el trabajo voluntario como una manera de desarrollar la solidaridad. Cuando promueve con tanta energía el trabajo voluntario, lo hace también como parte de una reflexión teórica.
Lo concibe, fundamentalmente, como una batalla contra la enajenación que supone, en el capitalismo, la venta de la fuerza de trabajo. La enajenación que es consecuencia de la explotación del trabajo y de su transformación en mercancía.
Lo central que investiga el Che es la “posibilidad de que el trabajo pierda el carácter de mercancía que tiene en el capitalismo”, carácter por el cual el hombre y la mujer son enajenados y, en consecuencia, no se reconocen en el producto de su actividad. Un tipo de trabajo que no sea mercancía es el que intenta promover el Che, cuando en el contexto del proyecto socialista va primero a la zafra o a la construcción, intentando también superar las concepciones de división del trabajo que colocan a un grupo de personas en el ámbito del trabajo intelectual y a la mayoría en la esfera del trabajo manual.
Podemos pensar entonces cómo recrear aquella búsqueda en el contexto actual de nuestras organizaciones, que intentan de diferentes maneras sobrevivir con el trabajo colectivo: en los asentamientos campesinos, en las comunidades indígenas, en las empresas recuperadas, en las experiencias productivas del movimiento piquetero. Pensar cómo interrelacionar la parte del trabajo colectivo que necesariamente se vuelve mercancía en el mercado capitalista con la parte que se transforma en proyecto popular, es tal vez un desafío no sólo práctico y cotidiano en nuestros movimientos, sino también teórico, en la perspectiva de seguir desarrollando el pensamiento revolucionario.
La creación del hombre nuevo y de la nueva mujer, en las búsquedas del Che, tuvo dos momentos fundamentales:

1. En las experiencias de trabajo voluntario.
2. En las experiencias de internacionalismo proletario.

El internacionalismo proletario es un eje fundante del marxismo. Es proclamado ya en el Manifiesto comunista, que cierra su proclama con el conocido llamamiento: “Proletarios del mundo, uníos”.1
El Che retoma el concepto teórico de la lucha comunista como una lucha de carácter mundial, y trata de crear una concreta actitud internacionalista, como parte de la educación no sólo de las fuerzas revolucionarias, sino de todo el pueblo de Cuba.
Piensa el internacionalismo proletario desde el lugar concreto de la América Latina. Señala con claridad en el “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”:

En definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial. La finalidad estratégica de esa lucha debe ser la destrucción del imperialismo. La participación que nos toca a nosotros, los explotados y atrasados del mundo, es la de eliminar las bases de sustentación del imperialismo: nuestros pueblos oprimidos, de donde extraen capitales, materias primas, técnicos y obreros baratos y a donde exportan nuevos capitales –instrumentos de dominación–, armas y toda clase de artículos, sumiéndonos en una dependencia absoluta. El elemento fundamental de esa finalidad estratégica será, entonces, la liberación real de los pueblos; liberación que se producirá a través de la lucha armada, en la mayoría de los casos, y que tendrá, en América, casi indefectiblemente, la propiedad de convertirse en una revolución socialista. Al enfocar la destrucción del imperialismo, hay que identificar a su cabeza, la que no es otra que los Estados Unidos de Norteamérica.

El Che habla del internacionalismo proletario, en el siglo XX, como parte de las luchas antimperialistas de los pueblos oprimidos de los tres continentes (por ello su mensaje a la unidad de los pueblos a través de la Tricontinental). Y está pensando el internacionalismo proletario como una dimensión concreta de la batalla por el socialismo. Trata de promover esa posición política y, sobre todo, esa práctica, como conciencia no sólo de las fuerzas de vanguardia, sino como voluntad de los pueblos en lucha.
Podríamos cuestionar tal vez que la idea de que “la actividad del revolucionario no tiene fin, salvo que el socialismo se logre en escala mundial”,2 encierra todavía una concepción de socialismo –antesala del comunismo– como fin de la historia. Podríamos argumentar que aun si el socialismo se lograra a escala mundial, esto no sería el final de las tareas de los revolucionarios y revolucionarias, sino apenas el comienzo de una nueva manera de inventar las relaciones humanas.
Sin embargo, necesitamos una vez más contextualizar al Che, que en aquella etapa, cuando realizaba sus esfuerzos internacionalistas primero en el Congo y después en Bolivia, polemizaba con las deformaciones que había en el llamado “campo socialista” en relación con el internacionalismo, con su congelamiento en pos de cálculos nacionales o de intereses de bloques, y específicamente con las difíciles condiciones que se planteaban para los pueblos que intentaban enfrentarse al imperialismo norteamericano, como era el caso de Cuba o de Vietnam.
Cuando pensamos hoy en el internacionalismo de las fuerzas revolucionarias, necesitamos hacerlo en las condiciones concretas de la mundialización capitalista del siglo XXI. Ello significa la necesidad de formar militantes populares que no sólo “sientan el golpe dado a cualquier hombre o mujer en cualquier rincón del planeta como propio”. Que comprendan también que la única manera de vencer a un capitalismo que se ha globalizado a partir del descalabro del llamado “socialismo real” (tanto por la desintegración de la experiencia del Este europeo, y en particular la experiencia soviética, como por el rumbo de predominio de relaciones capitalistas en China), y que ha formado un comando único y creado instituciones políticas, económicas y militares que pretenden administrar este gobierno mundial, es ir forjando una unidad intensa de los movimientos revolucionarios y populares.
En el caso de nuestro continente, se nos plantean como desafíos fundamentales las batallas por la descolonización de la América Latina, es decir, la continuidad de las resistencias contra el modo en que en la América Latina se impusieron y se siguen reproduciendo el capitalismo, el patriarcado, el racismo, entramados en las relaciones imperialistas de dominación.
Es un modo de comprensión del internacionalismo que recupera del Che y la Revolución cubana la voluntad y la decisión de articular las fuerzas revolucionarias del mundo, partiendo de una posición clara, que no es geográfica, sino política: miramos nuestras luchas, nuestras iniciativas, desde la América Latina y desde el Sur. Desde los pueblos saqueados, esclavizados, sometidos, de la América Latina, Asia y Africa. Y buscamos desafiar la integración colonizadora, como el ALCA o los Tratados de Libre Comercio con los Estados Unidos y Europa, creando nuestros propios instrumentos.
Es en esta perspectiva que se inscriben los esfuerzos que desarrollan los movimientos revolucionarios y populares que están impulsando una dimensión propia del ALBA y, sobre todo, la práctica continua de solidaridad internacionalista de los pueblos, de la que son hoy ejemplo la Revolución cubana y la Revolución bolivariana de Venezuela.
Esto requiere formar militantes que trasciendan las lógicas locales y aun las regionales, para asumir las dimensiones que, partiendo de las mismas, se conecten con las dimensiones nacionales, continentales y mundiales.
Esto obliga, en el contexto actual, a realizar un conjunto de tareas indelegables. Necesitamos mirar de manera autocrítica nuestros límites en la solidaridad internacional: hoy una parte de los ejércitos de la América Latina están aplastando al pueblo de Haití en el marco de la intervención de la MINUSTAH, sin que sea suficiente la respuesta y el rechazo de nuestros movimientos a esa presencia que rompe con el derecho a la autodeterminación de los pueblos, promovida por gobiernos que se autoproclaman “progresistas”, y hasta “defensores de los derechos humanos”.
Hoy Colombia sigue siendo el laboratorio donde el imperialismo yanqui, en sociedad con el gobierno fascista de Alvaro Uribe, viene provocando más crímenes que los que se realizaron en las dictaduras de los setenta en la América Latina. Sin embargo, todavía permitimos que estos gobiernos de la América Latina que se dicen democráticos mantengan relaciones diplomáticas sin cuestionar esas violaciones brutales a los derechos humanos.
Colombia es el escenario cuidado por el imperialismo como plataforma desde la cual amenaza a los procesos populares de Venezuela, Bolivia, Ecuador. El asesinato del comandante de las FARC Raúl Reyes en territorio ecuatoriano es una muestra de los crímenes que pueden realizar el imperialismo y sus gobiernos serviles en el continente, sin importarles incluso avasallar el territorio geográfico y la autodeterminación política de otros países.
La situación de Colombia es una verdadera encrucijada para la América Latina. Se vuelve imprescindible avanzar en un frente común de los pueblos en solidaridad con el pueblo de Colombia, con sus organizaciones populares, que vienen siendo exterminadas, y para que se abra un camino de paz con justicia social, que nunca podrá encaminarse sobre la base de la exigencia de la rendición de las fuerzas insurgentes. Cuando rendimos homenaje al Che, cuando intentamos pensar con el Che nuestros desafíos actuales, no podemos obviar lo que significa apoyar al movimiento que en Colombia enfrenta al fascismo desde diferentes formas de lucha. Camilo Torres, Manuel Marulanda, son nombres en los que resumimos muchas vidas entregadas en las batallas por abrir camino a las revoluciones en nuestro continente. Junto a ellos los nombres de Jaime Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo, líderes de la Unión Patriótica, fuerza política que intentó un camino de solución política del conflicto y que fue exterminada salvajemente: cuatro mil compañeros asesinados y asesinadas. Para que no olvidemos, cuando buscamos caminos de paz, a quiénes estamos enfrentando. Para que exijamos y creemos garantías para que la paz sea sinónimo de avances en las luchas por la libertad, por la justicia, por todos los derechos sociales y políticos del pueblo colombiano.
Derrotar el Plan Colombia no sólo es tarea de los sectores populares colombianos. Es tarea de nuestros pueblos exigirles a los gobiernos latinoamericanos la condena abierta a los crímenes cotidianos que se realizan en ese país; poner en discusión el tipo de relaciones que existen entre nuestros países y el gobierno colombiano, que se coloca en el papel de cabeza de playa del Pentágono para la instrucción de militares, de fuerzas represivas, de legisladores, de jueces, que desde toda la América Latina van a recibir en Colombia “lecciones de contrainsurgencia”, de persecución de la sociedad civil, de violación a los derechos humanos, de dominación de todos los niveles de la vida cotidiana, y de naturalización del genocidio.
En el Cono Sur, los yanquis tenían otra base que consideraban propia y segura en Paraguay. La derrota del Partido Colorado es un gran avance no sólo para el pueblo paraguayo, que es quien ha realizado este tremendo esfuerzo que generó un cambio en las relaciones de fuerzas del país. Es una posibilidad y una esperanza para todos los procesos de lucha del sur del continente. Pero no podemos olvidar que allí tenemos la Triple Frontera, en la que una y otra vez el imperialismo llama la atención sobre la necesidad de establecer mecanismos interfronterizos, en los que se habilite su monitoreo –en coordinación con las fuerzas represivas de los tres países– sobre la población civil, en nombre de la “lucha contra el terrorismo”, de “la lucha contra el narcotráfico” o, como sucede ahora, de la “lucha contra la trata de personas”. Son mecanismos de lucha contra los pueblos, de búsqueda de intervención militar norteamericana directa y, en definitiva, de intento de control de las riquezas del Acuífero Guaraní, de los ríos de la región, de la energía, de la biodiversidad, etc. El Plan Paraguay, continuidad del Plan Colombia e incluso del Operativo Cóndor en el Cono Sur, es una amenaza para toda la región; y derrotarlo implica apoyar con solidaridad internacionalista a las fuerzas populares que en Paraguay intentan abrir un camino que termine con décadas de destrucción, represión y subordinación al imperialismo y a los proyectos políticos regionales de dominación. Para que el proyecto popular en Paraguay pueda avanzar, una vez más, no puede quedar librado a sus propias fuerzas. Requiere de nosotros y nosotras, movimientos populares del Sur, contribuir a recuperar la soberanía energética. Para que recuperando la soberanía energética, el pueblo paraguayo pueda avanzar hacia la reforma agraria y la lucha por la justicia, por una democratización auténtica de la vida del país. Es necesaria toda la solidaridad para que el gobierno de Fernando Lugo pueda superar los condicionamientos que le impone el mismo sistema de alianzas que permitió la derrota del Partido Colorado, y avance en dirección a cumplir con las esperanzas que el pueblo paraguayo depositó en su triunfo.
En el día de ayer, las organizaciones populares de Argentina sufrimos un duro revés. La Corte Suprema de Injusticia, en consonancia con la voluntad política del gobierno de Cristina Kirchner, decidió la extradición de seis campesinos paraguayos para su país, donde son requeridos por la justicia, que sigue controlada por los sectores continuistas del estrosnismo. Toda la movilización que desarrollamos fue insuficiente para torcer la determinación política del gobierno, que días antes negó el refugio a los compañeros. En la movilización realizada en rechazo a la extradición de los compañeros paraguayos fueron detenidos diez compañeros. Quisiéramos que se conozca también esta “cara” del gobierno que pretende erigirse como “líder de los derechos humanos en la región”. Demandamos que los derechos humanos sean para todos, y no sólo para los socios del poder, y pedimos que se desarrolle también en este plano toda la solidaridad para que, sorteando las trampas jurídicas de una justicia corrupta, tanto estos campesinos como los miles de luchadores paraguayos que están en las cárceles o se encuentran procesados se puedan integrar plenamente a las batallas por la creación de un proyecto popular en su país.
Ser internacionalistas nos exige, en las condiciones concretas de criminalización de los movimientos revolucionarios y populares, ser más solidarios en la lucha por la libertad de los presos y presas políticas de la América Latina, y coordinar esfuerzos para enfrentar la criminalización de los movimientos populares y la judicialización de la protesta social, mecanismos represivos con los que se sostiene el control sobre la población dentro de los marcos “permitidos” por el sistema. La criminalización del Movimiento Sin Tierra, del MAB,3 del Movimiento de Mujeres Campesinas del Brasil, la persecución al pueblo mapuche en Chile y Argentina, la criminalización de los sectores populares en México, en Perú, los miles de luchadores y luchadoras sociales procesados en toda la América Latina, dan cuenta de esta modalidad de control que han desarrollado los gobiernos del continente para evitar ser desbordados por las demandas de los movimientos populares. En camino a superar la fragmentación de las resistencias a estas políticas, sería muy importante desarrollar acciones coordinadas a nivel continental para denunciar estas políticas, y desarrollar una solidaridad efectiva con todos los perseguidos y perseguidas por el poder.
Cuando el Che habló de crear dos, tres, muchos Vietnam, estaba pensando en los caminos para que se pudieran multiplicar los frentes de lucha contra el imperialismo, de modo que este no pudiera concentrar todo su poder de fuego en Vietnam. Pensaba también en la necesidad de que Cuba no fuera el único territorio libre de América, sino el primero. Que Cuba fuera la primera de muchas revoluciones socialistas en la América Latina y en el Tercer Mundo.
Hoy sentimos que existe una posibilidad nueva, en la actual coyuntura latinoamericana, de romper la lógica que durante décadas mantuvo el bloqueo sobre la experiencia socialista cubana. Esta posibilidad nos obliga a sostener una firme solidaridad con el pueblo que ha estado asediado y sigue siendo asediado por el imperialismo; fundamentalmente por una razón: por lo que significa su ejemplo.
Si Cuba hoy no está sola, si en el “eje del mal” dibujado por el gobierno norteamericano se encuentran también Venezuela y Bolivia –junto a todos los que desafíen su política de saqueo y agresión a nuestros pueblos–, intentando abrir caminos a lo que llaman el socialismo del siglo XX, es parte de nuestros esfuerzos internacionalistas forjar desde los movimientos populares una malla de defensa de estos procesos populares. La solidaridad irrestricta con la Revolución cubana y con los procesos democráticos populares de Venezuela y Bolivia, que intentan ser destruidos desde adentro por los sectores oligárquicos, y desde afuera por la abierta intervención imperialista, es una tarea fundamental que necesitamos impulsar como posibilidad de que crezcan en la América Latina la conciencia y las prácticas antimperialistas.
Esto cobra más urgencia, y tiene más posibilidades en este momento de crisis del capitalismo central, cuando este exhibe la caída de muchos de sus mitos y tiene que reajustar rápidamente sus modalidades de administración, buscando, como siempre, descargar los costos principales de la crisis sobre los pueblos de los países subordinados. Este es un espacio de oportunidad para los gobiernos que intenten políticas de autodeterminación, de mayor independencia, y también para articular la unidad latinoamericana mediante un conjunto de instrumentos como los que hoy promueven especialmente los gobiernos que impulsan el ALBA.
Cuando nos relacionamos con estos procesos, que recolocan en el horizonte del continente la opción socialista, necesitamos –siguiendo el ejemplo del Che–, hacerlo de manera no apologética. Sabiendo que en cada uno de estos procesos están en juego distintas fuerzas e intereses, incluso dentro del campo de las izquierdas.
Si el Che se permitió polemizar con las experiencias que en su tiempo se realizaron en nombre del socialismo, aun en momentos de enorme prestigio de las mismas, debido, en el caso de la experiencia soviética, a su papel en la derrota del nazismo, y en el caso de China a la gigantesca obra política que había significado esa revolución del siglo XX; si aun así el Che pensó que no había mejor manera de aportar al socialismo y al marxismo que reuniendo la solidaridad internacionalista con la franca crítica a las experiencias del socialismo y del marxismo existentes, para contribuir a revolucionarlos una y otra vez, esto se vuelve especialmente necesario en nuestro tiempo.
Hoy se vuelve a poner en debate, después de dos décadas de proclamado el fin de la historia y el triunfo del capitalismo, el proyecto socialista. Cuando se cumplen veinte años de la caída del Muro de Berlín, cincuenta años de la Revolución cubana y treinta años de la Revolución sandinista, es imprescindible construir colectivamente una mirada crítica que nos permita evaluar serenamente las lecciones tan disímiles que surgen de cada uno de esos procesos. Analizar cómo en las experiencias del Este europeo los pueblos fueron enajenados del protagonismo en los proyectos socialistas. Analizar cómo un proceso que tuvo la vitalidad de la experiencia sandinista puede estar atravesado actualmente por hechos alarmantes de corrupción, de autoritarismo, de persecución a las disidencias. Necesitamos aprender del socialismo que se realizó como experimento en el siglo XX para poder pensar el socialismo en nuestro siglo XXI, escapando de cualquier atajo dogmático que, aunque afirme creencias cristalizadas en teorías que se suponen científicas, puede significar simplemente volver a callejones sin salida.
Che decía que junto con la creación de un pensamiento más profundo y más completo del marxismo era necesario también, para construir el socialismo, avanzar en el dominio de la técnica. Hoy podemos decir que esto es imprescindible, no sólo para la etapa de transición socialista, sino para enfrentar los desafíos actuales de los movimientos populares. Es necesario, entonces, incluir en los procesos de formación política la capacitación técnica que permita actuar con mayor eficacia en diferentes planos de la acción política y cultural; y prepararse de manera integral, en diálogo con las ciencias sociales, para asumir el conjunto de los debates de nuestro tiempo.
Esto nos pone frente al debate de las consecuencias del avance científico técnico que está siendo utilizado para la destrucción de la naturaleza, y que amenaza con la destrucción de la humanidad. No se trata solamente, entonces, de seguir el camino abierto por los países más desarrollados, sino de cuestionar el concepto de desarrollo que queremos, para la creación de experiencias de poder popular o de proyectos socialistas. Por ello, nuestros procesos de formación no pueden ser solamente momentos esporádicos de discusión de algunas categorías marxistas, sino que tienen que inscribirse en procesos sistemáticos de enseñanza aprendizaje, en el que los y las militantes vayamos abriendo camino para nuestra propia ubicación en la historia, como sujetos críticos, enriqueciendo así las posibilidades de interpretación y de interpelación de la realidad que queremos cambiar con nuestra lucha.
El marxismo y el socialismo en la América Latina, recuperando el consejo de José Carlos Mariátegui, no pueden ser calco ni copia, sino creación heroica de los pueblos. Pensar el marxismo y el socialismo en la América Latina como parte de los procesos de formación de militantes populares, es una tarea gigantesca, que requiere de algo en lo que el Che siempre insistió, exigió y ejerció con su ejemplo: el estudio. Estudiar a los pensadores y pensadoras marxistas, desde nuestras experiencias de lucha, sabiendo que, en nuestro continente, el pensamiento revolucionario tiene también signos provenientes de diferentes experiencias y creencias. En el diálogo del marxismo latinoamericano, necesitamos aproximarnos a quienes, como Camilo Torres, hicieron desde sus creencias religiosas una opción definitiva por los pobres. Necesitamos aproximarnos a quienes, como Flora Tristán, abrieron rumbos para el encuentro de feminismo y marxismo. Necesitamos aproximarnos a quienes, como Luis Carlos Prestes, llegaron al marxismo desde las filas de los militares nacionalistas. Necesitamos aproximarnos a quienes, como Paulo Freire, pensaron al mundo desde la pedagogía de los oprimidos. En fin, necesitamos en nuestra experiencia tanto las ideas de los clásicos marxistas europeos, asiáticos, africanos, latinoamericanos, como la experiencia que surge de la resistencia de Bartolina Sisa, Tupac Amaru, Lautaro, Caupolicán. Necesitamos nutrirnos del legado de Sandino, Zapata, Farabundo Martí, José Martí. De la reflexión de los primeros marxistas latinoamericanos: Julio Antonio Mella, José Carlos Mariátegui… Necesitamos a Salvador Allende, a Florestan Fernandes, a Carlos Marighella, a Tania, a Robi Santucho, a Gladys Marín, al Che, a Ramona… Cada cual alumbra tramos de la historia. Pero necesitamos también junto a ellos y a ellas, la trama de las experiencias anónimas que recupera el imaginario de resistencia indígena, negra, feminista, popular.
El marxismo, el proyecto socialista, la revolución, tendrán que ser conjugados en nuestro continente en clave de descolonización cultural. Tendrán que afirmarse en sus raíces y, para eso, tendrán que sacudirse de las incrustaciones eurocéntricas que lo han mutilado y que dificultaron su siembra y sobre todo la multiplicación de sus frutos.
La formación de militantes populares, de revolucionarios y revolucionarias, con el apoyo del Che, tendrá que realizarse no sólo como un ejercicio de pensamiento, sino también como un proceso de forja de valores y de actitudes, de puesta en juego de todas las dimensiones pedagógicas que nos permitan involucrarnos por completo en la aventura de la transformación social, para aprender a poner –como el Che– el cuerpo todo, la vida toda, en la realización de nuestras convicciones, como una manera cotidiana de rehacer el mundo y de rehacernos en la lucha que –ya sabemos– no tiene punto final, porque como dijo Roque Dalton, “los muertos están cada día más indóciles”.

Notas:

1 Finaliza el Manifiesto comunista: “Resumiendo: los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante. En todos estos movimientos se ponen de relieve el régimen de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos progresiva que revista, como la cuestión fundamental que se ventila. Finalmente, los comunistas laboran por llegar a la unión y la inteligencia de los partidos democráticos de todos los países. Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
2 El socialismo y el hombre en Cuba.
3 Es el movimiento que agrupa a los campesinos afectados, generalmente con la pérdida de sus tierras, por la construcción de presas en Brasil (N. de los E.).

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