Freire y Cuba hoy

Esther Pérez

Me toca presentar Pedagogía de la autonomía y otros textos de Paulo Freire. Me han pedido, además, que haga énfasis en la importancia que este libro y, en general, la Educación popular pueden tener en Cuba hoy. Subrayo el “puede”, porque que la tenga o no va a depender del uso que hagamos de ella. No somos Nabucodonosor, y no hay nada escrito en la pared.
Primero, felicitar la aparición de este libro. La editorial Caminos le da continuidad con él al empeño de publicar en Cuba la obra de Freire, que comenzó el año pasado con Pedagogía del oprimido, un libro que nos debíamos desde hace muchos años. Los dos textos de Freire que incluye este volumen son textos de madurez, en los que amplía, pule, perfecciona los destellos de aquel texto fundacional que aún hoy nos sigue dando sorpresas al releerlo. Incluye también la única entrevista cubana a Freire, que, por una feliz casualidad, le hicimos Fernando Martínez Heredia y yo en circunstancias simpáticas que he contado en otra parte.
Ahora, ¿para qué nos sirve? ¿Para qué nos sirven hoy los textos de Freire? ¿Para qué nos sirve en Cuba hoy su pedagogía dialógica?
Creo que para responder esas preguntas primero tenemos que estar claros de lo que Freire hizo y lo que no hizo. La más importante de sus intuiciones, a mi juicio, es que, a partir de la independencia relativa de los campos que forman la llamada superestructura, es posible adelantar en el terreno de la educación, como en otros, en una praxis liberadora más allá de lo que las llamadas “condiciones objetivas” parecen dar de sí. Esto es, es posible construir una educación más inclusiva, más democrática, más liberadora de todas las opresiones, más justa y más hermosa, más del futuro, de lo que las relaciones sociales realmente existentes en una sociedad parecen permitir.
Si eso es así, la educación de la sociedad comunista (que es como le llamo yo a esa sociedad donde los problemas que existan —y sin duda existirán— sean problemas humanos, y no los creados por la opresión y la desigualdad) puede empezar a construirse y aplicarse en un Brasil desigual como pocos, en una Guinea Bissau recién liberada y con un terrible lastre colonial, en la Cuba de la crisis económica y de una transición socialista que carece de un modo de producción socialista y se debate entre el mercado y la utopía.
Ese es el legado de Freire. Pero no nos legó un mapa claro para hacerlo. No nos dejó una didáctica, un currículo, una metodología universal. En cada caso concreto, tenemos que diseñar nuestro propio camino, encontrar la manera de no hacer de la Educación Popular una capilla, un sancta sanctorum que supuestamente nos hace puros, sino una espuela constante para arriesgarnos, para convertir las preguntas que nos hace la realidad en acto educativo en el que todos aprendemos.
Hace poco vi Abracadabra, la última obra de La Colmenita. Creo que todos los que la hayan visto concordarán conmigo en que tiene dos temas principales. Uno son los Cinco, esos hombres comunes y corrientes que, por saber asumir su circunstancia hasta las últimas consecuencias, se volvieron ya para siempre hombres extraordinarios. El otro es una interrogación sobre la educación. ¿Educar qué, para qué, cómo, con qué instrumentos? Ahí está una de las pistas de lo que puede hacer la Educación popular en Cuba hoy: educar los sentimientos, los gustos, educar para la vida hermosa y con sentido. Educar no para la repetición encartonada, sino para que la gente anhele la justicia, para que sienta y sea capaz de actuar.
Las otras pistas están a nuestro alrededor, a veces gritándonos a la cara, otras susurrando. Hay que atreverse a oír esas voces, y a transformarlas en una educación que deseche la complacencia. Cada uno de nosotros vive hoy una pugna tremenda entre lo que para simplificar llamaré los valores del mercado y los sentidos parcialmente construidos de otro mundo posible. Ambos habitan entre nosotros, y se enfrentan en nuestras mentes y nuestros corazones. Los de todos.
Hoy estamos llamados a construir una economía que le permita la subsistencia a una islita pequeñita, sin grandes recursos naturales, con un enemigo poderosísimo a las puertas y caballos de Troya de varios tipos en su interior. La Educación popular puede ser una de las armas, en un terreno específico, para que ese empeño necesario no signifique la pérdida de los atisbos de futuro que hemos logrado concretar y soñar. Puede serlo, repito. Depende de que sepamos mezclar osadía y responsabilidad, ganas y trabajo duro. Depende de nosotros.

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