La cuestión racial en Cuba y este número de Caminos

Fernando Martínez Heredia

Las razas son construcciones sociales que identifican o marcan a grupos humanos respecto a otros grupos, en dependencia de relaciones que sostienen entre sí; construcciones elaboradas en un medio específico, históricamente determinable, en íntimos nexos con las relaciones sociales, las clases sociales y las acumulaciones culturales de la sociedad de que se trate. Eso son las razas, y no lo que parecen ser: clasificaciones de los grupos humanos y pretensiones de que sus miembros pueden ser valorados a partir de ciertos rasgos congénitos que portan, de manera que unos resulten rebajados o elevados frente a los otros, por causas “naturales” e irremediables. El orden verdadero es este: las ideas que se tienen sobre las razas son las que les dan significado al color de la piel, los tipos de facciones y de cabellos y otros rasgos marcantes; no son estos los que tienen un significado por sí. Porque ya está decidido quién es uno, su familia y su raza de pertenencia, es por lo que puede reconocerse y establecerse quiénes son los otros.
Es imprescindible entender que esas creencias pertinaces son fruto de construcciones sociales, pero aún más imperioso es entender que esas creencias son realidades, con graves consecuencias prácticas. Decir “no hay razas” es una proposición científica correcta, pero no es el final de nada; es apenas una de las formas de convocar a los comportamientos, sentimientos, saberes y acciones sociales que acaben con los racismos y sus fuentes de existencia.
En Cuba, las construcciones raciales y sus efectos han impactado en la vida de las personas, han desempeñado papeles sociales muy importantes durante largos períodos históricos y conservan más peso de lo que parece, hasta el día de hoy. Una estrategia antirracista cubana está obligada a conocer las raíces y el movimiento histórico de nuestras construcciones raciales. En nuestro caso, esa historia arroja una luz muy fuerte sobre características y matices que inciden en la situación actual y revela potencialidades para emprender actuaciones eficaces.
Puede afirmarse que la composición que llamamos racial de la población cubana actual se plasmó entre fines del siglo xviii y las primeras décadas del xx. Antes, la colonia de Cuba había sido sobre todo un país de comunicaciones y servicios, plaza militar, con alta tasa de urbanización, criollo-hispana su cultura dominante. Hace unos doscientos veinte años, poco más de la mitad de sus habitantes eran blancos, un tercio eran esclavos de origen africano –criollos o de nación– y el sexto restante eran personas “de color” libres; el mestizaje era una realidad de la convivencia social. De la población autóctona quedaban pocas huellas.
Medio siglo después, una grandiosa expansión de la producción y exportación de azúcar y café, y la importación masiva de esclavos, habían cambiado a fondo al país. Cuba se convirtió en una de las colonias más ricas del mundo, se relacionó con los centros del capitalismo y fueron muy importantes la cultura empresarial y las innovaciones tecnológicas. Esa modernidad plena en el siglo xix se logró mediante la más despiadada explotación, dominio y desgaste de un millón de africanos y sus descendientes, y más de ciento veinticinco mil sirvientes chinos contratados a partir de 1847. El censo de 1841 registraba cuatrocientos treintiocho mil esclavos y solo 41,2 % de blancos, en una población de un millón de personas.
El racismo antinegro resultó necesario para la dominación, fue impuesto por todos los medios y asumido por la sociedad. Un país tremendamente contradictorio, combinó los consumos más refinados de productos e ideas modernas por minorías que a la vez despreciaban, temían, exprimían y humillaban a los esclavos y hacían retroceder la situación social de la gente de color libre que, sin embargo, desarrollaba la mayor parte de los oficios indispensables a aquella sociedad afluente. Un país siempre exigente de hombres para el trabajo, donde el mestizaje crecía sin remedio mientras se marcaba a los no blancos y se mantenía una división por castas. Un país con una clase dominante que se sentía superior a los pobres de España y a su propio gobierno, pero que nunca quiso ser independiente por temor a perder sus esclavos, su dinero y su poder. Por eso, a la brutal ola represiva racista del “año del cuero” (1844) pudo seguir la política cínicamente llamada de “buen trato” al esclavo; a pesar del boato y la pretendida nobleza de blancos ricos, y de ser una mulata la heroína literaria del siglo xix. “Blanquear a Cuba” fue un grito de alarma primero, para resolver “el problema negro”, y una táctica dentro del paso al capitalismo pleno en la última parte del siglo. La inmigración creciente de España y las Canarias se volvió una masa inmensa en el primer cuarto del siglo xx.
Pero antes había sucedido el evento fundamental por el cual somos cubanos y existe el país que conocemos: las revoluciones radicales de 1868-1878 y de 1895-1898. Su importancia es primordial para el tema que trato. A diferencia de los otros dos países americanos de gran esclavitud en el siglo xix –los Estados Unidos y Brasil–, el único que era una colonia vivió el final de la esclavitud envuelto en una guerra revolucionaria de independencia abolicionista, que marcó la autoidentificación de los negros y mulatos respecto a la relación entre la libertad y la dignidad personal, y la existencia de una república independiente, y que dejó una secuela formidable de nacionalismo separatista. La Revolución del 95 fue mucho más profunda y general, y resultó decisiva respecto a la construcción de razas, porque en aquella guerra tremenda participaron masivamente los no blancos, que desarrollaron una alta conciencia de sus derechos a la igualdad cívica y la ciudadanía, como parte de la lucha por una república democrática y soberana.
El orden posrevolucionario elaborado desde el inicio de la ocupación norteamericana y plasmado en el Estado-nación de 1902, significó una nueva etapa en la construcción de razas en Cuba, que registró notables avances para los no blancos, pero mantuvo en gran medida el racismo como componente establecido de la vida social y la cultura cubana generalizadas en el siglo anterior. El sistema capitalista neocolonial liberal que se impuso consumó la situación muy desventajosa en lo material y en las oportunidades de ascenso social para la mayoría de los no blancos y también para grandes contingentes de blancos pobres. Ese orden social no fue modificado por la nueva gran expansión de la exportación azucarera que se produjo después de 1910 y que proporcionó al país un extraordinario crecimiento económico.
Tuvo que venir la crisis política, económica y social de la primera República, y la Revolución del 30, para que aquella construcción racial fuera conmovida y reformada. Toda revolución verdadera deja huellas profundas en el pueblo que la realiza y exige cambios profundos respecto al orden anterior, para que sea posible rehacer la convivencia social y el consenso con la dominación. En la segunda república burguesa neocolonial, los no blancos encontraron más oportunidades en trabajos e instituciones, tuvieron mejor representación política y social, fueron más incluidos en el discurso democrático nacional y se asociaron más. Pero en su contra se mantuvieron las condiciones de desventaja acumuladas y la intangibilidad del orden económico en lo fundamental, numerosas formas de discriminación racial y la acumulación cultural racista previa, un aspecto que es imprescindible tener siempre en cuenta al considerar este problema. Por otra parte, atendiendo a los censos de 1899 y 1953, separados por medio siglo, la proporción de los no blancos bajó de un tercio a un cuarto de la población. La inmigración –hasta 1930–, las diferencias en las tasas de reproducción por razas y el paso silencioso de la “línea del color” pudieran ser sus causas principales.
La gran revolución socialista de liberación nacional que triunfó en 1959 –el evento trascendental que sigue determinando la vida cubana hasta hoy– transformó profundamente a las personas, sus relaciones, las instituciones, el país y la vida espiritual de los cubanos. Sus formidables impactos alteraron a fondo las condiciones de vida, relaciones e ideas asociadas a las razas, y desprestigiaron, atacaron e hicieron retroceder mucho al racismo. Es desde esa revolución que pueden ser considerados los cambios en las condiciones de producción de la construcción de razas y las construcciones raciales mismas elaboradas durante este ya largo período de más de cuarenta años.
Es innegable que la etapa abierta con la crisis de inicios de los noventa ha tenido repercusiones, entre otras, en el campo racial. Frente a las complejas realidades actuales no es posible salir del paso creyendo que la Revolución liquidó los problemas asociados a la composición y relaciones raciales y que hoy solo se trata de “eliminar rezagos del pasado”; ni tampoco asumir de manera superficial los problemas emergentes en el campo racial asociados a los cambios sociales de los últimos diez años mediante catarsis periódicas y expresiones rituales de disgusto o de protesta.
La cuestión de las relaciones y representaciones raciales, y sus implicaciones para la vida de los cubanos y nuestros ideales de justicia social, han ido saliendo a la luz y ubicándose en la agenda de hoy. Eso no es algo indeseable o perjudicial; al contrario, salimos ganando siempre que identificamos nosotros mismos nuestros problemas, los abordamos y profundizamos en ellos con honestidad y valentía desarmantes de las confusiones y los usos perversos, y convocamos a todos a participar en su análisis, sus mejores soluciones y la implementación de ellas. Este número de Caminos es un intento de colaborar en la tarea impostergable de tratar seriamente el problema.
Desde la comprensión expresada aquí, hemos escogido un objetivo que nos parece muy conveniente y factible: ofrecer elementos para la identificación, los análisis y la elaboración de criterios, respecto al largo camino de la cuestión en nuestra historia, nuestra composición como pueblo y nuestra cultura. Solo uno de los textos expone resultados de una investigación actual, pero entendemos que el conjunto de trabajos que presentamos ayuda a iluminar los hechos de hoy y a hacerles preguntas atinentes que permitan ir mucho más allá de lo fenoménico. Paso a hacer algunos comentarios sobre cada uno de los textos, tanto con el fin de apoyar la introducción a su lectura como para expresar en esta síntesis lo que creo significan como pluralidad articulada.
El descollante historiador cubano Manuel Moreno Fraginals –fallecido el año pasado– inicia el número con “Aportes culturales y deculturación”. El trabajo de Moreno es una tesis brillante que sitúa, con un análisis marxista de clases y claridad pedagógica, lo esencial de la construcción de raza y racismo en el siglo xix cubano. Tiene un enorme valor conceptual, aunque desgraciadamente su concepto “deculturación” apenas es utilizado ni sometido a crítica en Cuba. Frente a los lugares comunes, el silencio o la disminución del alcance devastador de aquella terrible institución desarrollada por el capitalismo temprano en la Isla, Moreno ofrece un análisis riguroso y descarnado, que constituye a la vez una denuncia muy enérgica del hecho histórico de la esclavitud en la Cuba del siglo xix. El conocimiento que ofrece –y el que brinda el capítulo I del tomo II de su El ingenio, y las obras de otros historiadores– debería ser común dentro de nuestros sistemas de enseñanza, divulgación y formación ideológica.
La historiadora cubana Ada Ferrer –quien ha vivido en los Estados Unidos desde que tenía un año de edad– publicó en 1999 su libro Insurgent Cuba. Race, Nation and Revolution, 1868-1898, una investigación historiográfica muy sólida y bien documentada acerca de la participación de negros y mulatos en las revoluciones independentistas y sus implicaciones en la formación de la nación y en las construcciones raciales. Publicamos aquí dos fragmentos –la “Introducción” y el “Epílogo y prólogo”–, que permiten acercarnos a la riqueza de los juicios e ideas de la autora, expuestos en la obra a partir del análisis de una gran masa de actuaciones, hechos, percepciones y conceptos de los participantes en las revoluciones cubanas del siglo xix. Esperamos que esta sea una primicia respecto a la futura publicación del libro para el lector cubano, lo que vendría a enriquecer las interpretaciones revolucionarias de nuestra historia.
“Martí y las razas” fue una conferencia de 1941 que Fernando Ortiz publicó como folleto. Es una excelente muestra del tratamiento de uno de los problemas centrales del país durante la época republicana. Por su asunto y la posición del autor, el texto tiene gran actualidad y resulta muy positivo para nuestras necesidades e ideas actuales, a la vez que expone profundamente su tema central: la posición que elaboró Martí respecto a las razas y el racismo, siempre con el norte puesto en la revolución de liberación nacional y justicia social. Esa posición martiana ha sido tratada de manera polémica en los últimos años por historiadores foráneos. La de Ortiz es una buena respuesta cubana de hace sesentiún años, que no estaba al alcance del público. Al publicar este trabajo tan procedente y valioso –cuando estamos entre los aniversarios de la república burguesa neocolonial y del nacimiento de Martí– rendimos también homenaje al científico social y pensador que tanto laboró por una integración racial con justicia de los cubanos.
“Política, campesinos y pueblo de color: ‘la guerra de razas’ de 1912 en Cuba reconsiderada”, del historiador Louis A. Pérez Jr., aparece aquí por primera vez en español. A partir de un pormenorizado y sugerente análisis de las estructuras sociales y las actividades económicas en la región oriental de Cuba de inicios del siglo a 1912, Pérez desarrolla el único estudio –que yo conozca– sobre la gran matanza de 1912, a la cual trata de comprender en relación con la represión burguesa contra el campesinado oriental para favorecer el control latifundista de la tierra por parte de las compañías imperialistas y cubanas. Louis A. Pérez, profesor en la Universidad de Carolina del Norte, es uno de los más destacados historiadores sobre Cuba en el extranjero, con una vastísima obra publicada. Este texto salió hace dieciséis años en los Estados Unidos. Al traducirlo y publicarlo, además de llenar esa ausencia, Caminos recuerda con emoción, en su noventa aniversario, a los miles de mártires que ocasionó aquella matanza.
Agradecemos a Ada y a Lou la gentileza con que nos allegaron y cedieron sus respectivos trabajos.
La investigadora Ana Cairo Ballester entregó a Caminos su ensayo “Lydia Cabrera: praxis vanguardista y justicia cultural”. Se trata de un estudio muy sugerente y fundamentado acerca de una autora importante para el conocimiento social y del componente de origen africano en la cultura y la sociedad cubanas. Además de analizar su vida y su obra, Ana sitúa a Lydia Cabrera en la evolución histórica y las corrientes del abordaje de este tema por parte de estudiosos cubanos. Ana Cairo es una especialista prestigiosa por sus estudios de la época republicana; acaba de publicar el libro 20 de Mayo, ¿fecha gloriosa?
El sexto trabajo que presentamos, “Identidad racial de «gente sin historia»”, es un artículo redactado para Caminos a partir de elementos centrales de una investigación psicológica realizada hace un año, con un grupo de personas –creyentes y no creyentes de religiones de origen africano– que se autoidentifican como negros. Sus autoras, Yesenia Selier y Penélope Hernández, acaban de graduarse con esa tesis. El tema tan apasionante que desarrollaron en su monografía –muy rico en su material de entrevistas, pero también en la propuesta de un concepto como el de identidad negativa– pone el dedo en una de las llagas de esta cuestión, desde la subjetividad de personas implicadas. Y además nos llena de esperanza, al ver a jóvenes que producen análisis científicos sociales de alta calidad, sobre este y otros problemas actuales de nuestra sociedad.
La parte monográfica de este número se completa con textos de Antonio Maceo y un poema de Nicolás Guillén. Maceo es una de las principales personalidades de nuestra historia, y en varios sentidos es un símbolo de la gesta nacional y del carácter y la composición del pueblo cubano. Los documentos suyos que publicamos son solo una ilustración de cómo el revolucionario radical enfrentó los problemas asociados a las razas y el racismo dentro del propio campo insurreccional, mientras luchaba por la libertad y la justicia. En el año del centenario del poeta, la elegía El apellido (1951-1953) nos ofrece otra forma muy rica de expresión de las múltiples voces que pueblan nuestro país. Guillén expuso en prosa y en discursos sus criterios e ideas sobre cuestiones raciales, pero es lógico que participe con su instrumento mayor, la poesía.
Esperamos que esta sección del presente número contribuya a nuestros intercambios y conocimientos sobre este tema.

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