La estrategia política del imperialismo

Fernando Martínez Heredia

Vengo de Cuba, pero no hablaré nada de Cuba, me toca hablar de la estrategia política del imperialismo. No voy a referirme mucho a los sucesos, a las noticias, sino a las características y a los problemas de este aspecto de la acción imperialista, porque el propósito de nuestro seminario es trabajar con los problemas, con los modos de identificarlos, entenderlos y enfrentarlos. Cuando decimos “estrategia política del imperialismo” estamos dividiendo nuestro tema, una práctica que es necesaria en todo estudio; aquí se analizarán la estrategia económica del imperialismo, la estrategia con los medios de comunicación, la estrategia militar, la estrategia internacional; esos son los temas generales. Pero no olvidamos que en la realidad no sucede así, los aspectos no existen ni funcionan separados. Para ganar objetivos económicos los imperialistas emprenden acciones militares y políticas, para ganar objetivos políticos realizan acciones económicas, para mantener engañado a todo el mundo utilizan sus medios de comunicación, con el objetivo de lograr que uno esté de acuerdo con su estrategia militar, política o económica, a partir de lo que se aprende y desaprende en los medios de comunicación. Es decir, en el estudio separamos por aspectos, en la realidad todo esto hay que componerlo otra vez.

Como a mi me toca el primer aspecto, les ruego que tengan muy en cuenta todo esto. Al analizar y debatir los siguientes, ustedes tendrán siempre la posibilidad de comprobar qué me faltó decir, cómo se ve un fenómeno desde otro ángulo, o en qué me equivoqué. Para estudiar hay que ir por partes. Los mexicanos, que también saben ser simpáticos, dicen: “vamos por partes, como dijo el descuartizador”.

Los que explican algo a los demás siempre tienen una posición, su posición. Los que dicen no tener ninguna, o están ocultando su posición para influir mejor en los demás, o adquirieron una enfermedad profesional: la de creer realmente que no tienen una posición. No saben que la tienen. Por eso a veces hay quien es un seguidor del imperialismo, pero no lo sabe. Yo tengo una posición anticapitalista. No es lo mismo que ser opuesto al neoliberalismo, una palabra que tiene a mi juicio dos significados: a) identifica a la ideología predominante en el campo capitalista en la actualidad, con su pretensión de ser un nuevo liberalismo que proclama la soberanía del mercado, la competencia y el éxito, cuando en realidad hoy la demanda, la oferta, el consumo, la producción, la inversión, el crédito, el fracaso y el éxito de individuos, grupos sociales y países están férreamente sujetados por el sistema de dominación supercentralizado y parasitario en que se ha convertido el capitalismo; y b) la política económica y social despiadada que se ejerce contra los pueblos en nombre de supuestas leyes económicas inexorables, sin las cuales supuestamente ningún país puede sobrevivir.

Las realidades que vivimos son muy diferentes, y hasta opuestas, a lo que proclama la ideología neoliberal. Pero ella es una realidad, existe y goza de una enorme influencia, más aún por la larga etapa de derrota y defensiva que hemos atravesado. Por consiguiente, la lucha principal no debe establecerse contra el neoliberalismo, que es una parte o una forma, sino contra el sistema en su conjunto, que es el capitalismo. Pero es muy importante comprender la capacidad movilizadora y concientizadora que tiene el combate contra el neoliberalismo, porque se ha vuelto un enemigo visible y nadie que avance un poco y sea una persona decente puede defenderlo. Y sin comenzar a avanzar y a reunir fuerzas no iremos a ninguna parte. Por tanto, sigue siendo muy importante denunciar al neoliberalismo y unir en la lucha contra él a todos los que estén dispuestos a participar, aunque no reconozcan la naturaleza completa del sistema, o todavía no estén dispuestos a combatirla. Así sabremos también distinguir por dónde vamos, con quién estamos, qué etapa estamos viviendo, sin creernos sabios, ni infalibles, pero con una idea clara de nuestros objetivos y del movimiento en su conjunto.

El imperialismo es nuestro enemigo principal, es la forma de desarrollo que asumió el capitalismo mundial desde hace más de un siglo, y a través de ella fue incorporando a su dominación –dentro de las enormes diferencias de cada una– a las regiones y países, a escala mundial. Es un grave error no advertir que cada país tiene su capitalismo, el propio. Sin embargo, el imperialismo –como capitalismo mundial– tiene un peso inmenso en cada país, resulta determinante para gran parte de la vida de cada sociedad, y es muy influyente o condiciona buena parte de lo demás. No podemos perder de vista cómo es y cómo funciona el imperialismo en general, cómo ha neocolonizado a la mayor parte del planeta y lo ha saqueado y esquilmado, de manera diferente a la forma colonial, y entonces investigar y conocer cómo lo hace específicamente en cada país, qué busca, cómo actúa, que facilidades encuentra y qué dificultades confronta.

Cuando consideramos a la América Latina y el Caribe como un conjunto, la cuestión se hace más complicada. Aunque en ciertos aspectos esenciales –y en muchos otros– nuestro continente es una entidad real, a la vez encierra enormes diversidades. Cada país tiene sus estructuras y su historia propia, su composición poblacional y sus formas de organizacion social específicas, su acumulación cultural, sus ideas acerca de las cosas y de los caminos. El Estado nacional es la concreción más visible y trascendente de cada país. Está muy ligado a la fundación de entidades independientes en las comarcas coloniales que Europa implantó en América, en su mayor parte desde hace unos ciento ochenta años. Ese es un lapso histórico mucho más prolongado, respecto al colonialismo, que los de los Estados de Asia y Africa, aunque en varias áreas del llamado Tercer Mundo existieron entidades estatales desde antes de que las hubiera en Europa, o coincidentes en el tiempo con la formación de los Estados europeos. A través de historias muy ricas y diferentes se fueron plasmando culturas nacionales en aquellos Estados, que se especificaron en exclusivismos nacionales, y hasta se opusieron en numerosas ocasiones. Hoy somos latinoamericanos desde nuestras pertenencias a una nación determinada. Pero tiene un valor tremendo el hecho histórico de que estas entidades nacionales nacieron de revoluciones anticoloniales, y en ellas fueron muy importantes las ideas y las acciones de carácter continental americano. Es decir, la partera fue la revolución, no la evolución. Los venezolanos pelearon en Ayacucho, y tanto Bolívar como Hidalgo o Martí consideraban que estaban emprendiendo una lucha continental. Esa es una herencia invaluable que está a nuestro favor.

Dentro de cada entidad nacional siempre hay clases y grupos sociales, existen numerosas diversidades de origen y tipos diferentes, que tienen sus identidades, motivaciones, intereses y demandas, aunque hayan sido más o menos unificados por la nación. Sus miembros se reconocen como pobladores de una comunidad, o como trabajadores asalariados, mujeres, campesinos, pueblos originarios, negros, jóvenes, desempleados. Hay líneas de confluencia que acercan a los grupos, frente a enemigos o desgracias comunes, y otras líneas que los separan. Dentro de gran parte de los países del continente hay diferencias regionales de diverso tipo, que pueden llegar a ser muy profundas. Los latinoamericanos y caribeños portamos un gran número de especificidades. Tenemos muchas cosas comunes y muchas que no lo son, y cuando decimos “latinoamericanos” tenemos razón, pero si no profundizamos en el mar de cuestiones concretas nos podemos equivocar. Para cada caso hay que tener en cuenta y llegar a entender cómo es cada caso, y cómo se dan en él las cuestiones generales.
Por otra parte, la lucha está obligada a ser internacional para tener opciones de victoria. Por eso nos sentimos tan felices cuando nos reunimos, y nos vamos acercando y conociéndonos. Recuerdo a un revolucionario guatemalteco, Luis Augusto Turcios Lima, hablando en una reunión de activistas del Tercer Mundo, la Conferencia Tricontinental, celebrada en La Habana en enero de 1966. Turcios decía que la mejor manera de ser solidarios con Vietnam en Guatemala era hacer la revolución en Guatemala. Hoy hemos escuchado a Celeste, que es brasileña, saludar el trigésimo aniversario de la victoria del pueblo de Vietnam. Hemos avanzado mucho, en experiencias y en conciencia, ligando la solidaridad con los luchan en cualquier parte del mundo con nuestros propios esfuerzos y luchas. Pero debemos estar muy conscientes de que el imperialismo también ha avanzado mucho, que constituye un sistema agresivo y criminal a escala mundial, que a la vez trata de hacernos pensar igual en todas partes del mundo, de hacer homogéneo el pensamiento, la opinión pública y una parte de los sentimientos de las personas, y restablecer el consenso a su dominación.

La mundialización imperialista tiene que ser combatida por una mundialización internacionalista, pero sólo será efectiva si la hacemos a la manera nuestra. Si asumimos las formas de organización, de hacer política, de tratar a los compañeros, de hacer primar los intereses personales y de grupos que tienen ellos, si aceptamos las formas de pensar de ellos, sus instrumentos conceptuales y sus creencias, el lenguaje de ellos, no podremos avanzar, porque no lograremos ser independientes, ser nosotros, sino una extensión del cuerpo de la dominación que intenta enfrentársele. El lenguaje también forma parte de la guerra imperialista. Cada vez que utilizamos la forma de comunicar de ellos estamos corriendo un riesgo. A veces llamamos a las personas “capital humano”. ¿Cómo va a ser capital una persona? O se acepta que ha habido un problema humanitario terrible en Nueva Orleans. No, no hubo ningún problema humanitario, los pobres murieron allí porque eran pobres. Se usa la palabra “humanitario” hasta para invadir países y asesinar en masa a la gente, en “intervenciones humanitarias”.

Hice una introducción muy larga, pero todos advertimos la complejidad del tema que vamos a estudiar y debatir. En esta hermosa escuela, levantada con trabajo voluntario, nos hemos reunido compañeras y compañeros de tantos lugares porque estamos invirtiendo en la formación, que es una actividad estratégica. De inmediato paso al tema. Lo expondré en dos niveles que son complementarios. Uno se refiere a los hechos actuales y las tendencias, y el otro se refiere a la estrategia en un plano más general y más a mediano y largo plazo. En la práctica, esos dos niveles vienen juntos siempre: los separo para la exposición. Insisto en que hablo en general de la América Latina, esto hay que traducirlo también a las situaciones específicas.

Quisiera apuntar siete grupos de problemas, sin entrar en detalles.

Uno: el imperialismo norteamericano mantiene la gran ofensiva mundial que desató a partir del 11 de septiembre del 2001, pero se cuida de no abrir más frentes de guerra. Presiona y amenaza, pero no tiene suficientes instrumentos propios para hacer la guerra a la vez en varios lugares, por las características de su tipo de dominación interna. Esa insuficiencia suya puede ser importante para el debate que haremos del aspecto militar, pero no solamente: su importancia general ante un crecimiento de la autonomía de algunos países latinoamericanos es incuestionable.

Dos: el imperialismo ha sufrido desgaste en su ofensiva mundial. El principal se lo ha ocasionado la resistencia heroica del pueblo iraquí. Hace cuatro años no parecía haber posibilidad alguna de resistir una agresión directa imperialista, y este cambio es muy importante. En el 2003, la invasión a Irak, según la CNN, eran unos paisajes rojos de bombardeo aéreo a lo lejos, una visión a la vez aterradora y abstracta, todo rojo. Muchos creían que los Estados Unidos estaban destruyendo a Irak desde el aire. La idea de que puede destruirse un país desde el aire sin dificultad, si se tiene la aviación de guerra más grande del mundo, es falsa. Se demostró que es imposible destruir ningún país desde el aire, y mucho menos se puede destruir la voluntad de luchar de un pueblo desde el aire. Esta vez estaban obligados a ocupar el territorio, y entonces se vino abajo toda la mentira acumulada en los medios acerca de Irak. ¿Cómo explicar la base social, la capacidad operativa, el heroísmo de masas, la rebeldía nacional, la eficacia de la resistencia popular, que no ha dado un día de tregua al ocupante y lo tiene empantanado? Debemos estudiar también esta experiencia, para sacar provecho de ella. La cuota diaria de sangre norteamericana ha ido metiendo en un callejón sin salida al grupo de Bush, y ya erosiona su predominio político interno. Irak muestra los límites de la capacidad ofensiva del imperialismo y el éxito que puede alcanzar quien es capaz de enfrentarlo con decisión, principios y una buena estrategia.

Tres: el imperialismo norteamericano es el principal, y sigue predominando sobre los Estados de Europa, incluso sobre la Unión Europea, el órgano de integración más avanzado del mundo. Y predomina sobre Japón. Los Estados Unidos ejercen una infuencia decisiva y somete en cuestiones fundamentales a los demás países que han desarrollado la forma imperialista de capitalismo. ¿Quiere eso decir que no hay entre ellos diferencias y tensiones? Claro que sí las hay, por intereses y por otras razones que no son sólo económicas, pero la tendencia principal es la aceptación de esa posición subalterna. A pesar de las relaciones económicas notables que sostiene Europa con la América Latina y el Caribe, y de su política exterior activa hacia países de la región, en todas las cuestiones que podían implicar enfrentamiento se ha allanado ante Estados Unidos, e incluso ha sido cómplice suyo. La subordinación se puede comprobar en temas muy concretos, como son la imposición de los intereses norteamericanos en el Oriente Medio, o el voto a remolque de los Estados Unidos en cuestiones que van contra los intereses europeos. Si hace sesenta años podía discutirse acerca de la influencia británica en el intervencionismo norteamericano hacia Irán, hoy es obvio que los europeos son conducidos por los Estados Unidos en ese caso.

Cuatro: el problema de neocolonizar Europa oriental. La incorporación de esta región al capitalismo mundial sigue siendo problemática, quince años después. En vez de aquel sueño de “pasar al capitalismo y todos felices”, se ha cumplido la pesadilla de un terrible desastre social en numerosos aspectos, aunque con un mundo político que remeda a Occidente en cuanto a usos, disputas y alternancia de partidos en el gobierno. Rusia sigue siendo una potencia militar enorme, con armas nucleares y un campo de influencia, pero a pesar de sus vastos recursos está lejos de tener un desarrollo armónico capitalista y un orden político y social de “país desarrollado”. Varios Estados de su antiguo campo hoy combinan la pertenencia a la Unión Europea con la subordinación a los Estados Unidos. El este de Europa es un campo en el que los imperialismos norteamericano, alemán y francés pueden llegar a tener oposición y conflictos.

Cinco: el formidable crecimiento de China como potencia económica –el mayor en el mundo actual– y los dilemas del imperialismo frente a ella. ¿Hasta dónde contribuir al desarrollo de China, y que esto se convierta después en un gravísimo problema estratégico? Hoy los im- perialistas priorizan sus intereses económicos a corto plazo, de lucro y de equilibrios financieros. China crece a tasas gigantescas y sostenidas, sin “recalentamiento”, multiplica sus importaciones de minerales, alimentos y petróleo, y estimula el alza de los precios de las materias primas. Supongo, sin embargo, que los imperialistas que posean una visión de más largo plazo ya estén angustiados. Porque China tiene una gran cultura propia, un Estado independiente y fortísimo, una unidad política y un proyecto. No hay que ser muy sagaz para prever un futuro de duras contradicciones y grandes retos para el imperialismo. La región del Extremo Oriente en su conjunto, que ganó espacios muy notables en el sistema económico mundial capitalista en el último medio siglo, también puede convertirse en un campo de competencia y contradicciones.

No abordo aquí la cuestión de la gran revolución de liberación nacional y socialista que triunfó en China hace cincuentiséis años, y en qué consiste el régimen social y político de China actual; no está en nuestro estudio de hoy. Como ustedes ven, tenemos problemas como para dormir poco por la noche, estudiándolos.

En este punto llamo la atención también sobre un grupo de países a los que se les comenzó a llamar “de los veinte”, a raíz de la reunión de la OMC en Cancún. Allí actuó un movimiento de Estados frente a las tendencias de control total imperialista del comercio internacional y de las relaciones económicas, pero también se hizo visible la emergencia de varios países fuertes del llamado Tercer Mundo, que ofrecen una cierta alternativa en el mundo actual, de autonomía respecto a los poderes centrales imperialistas y de alianzas para otros países menos fuertes que han emprendido caminos propios o de liberación. China, India, Sudáfrica, están entre ellos, la lista podría crecer; otros pueden ser factores positivos en foros internacionales. Sin duda, coyunturas diferentes producirán actitudes diferentes en este campo, pero tampoco es incierto que son actores relevantes en la situación actual, que debemos tener en cuenta en la estrategia nuestra.

Seis: el bloque de poder de los Estados Unidos se vió reforzado por el triunfo de Bush en las elecciones de noviembre pasado. El grupo que está en el gobierno de los Estados Unidos es oligárquico y aventurero, ejerce el poder político e ideológico, y controla una parte del poder económico. Pero el éxito electoral del grupo de Bush –o en el que Bush es la figura en el proscenio– no impide el recorte de autonomía de su segundo período, por razones de la política interna, y recibió un golpe duro con el ciclón de Nueva Orleans, que afectó el prestigio del presidente. En esas condiciones, es previsible que aumente el rechazo a la permanencia de las tropas en Iraq, y que confluyan contra el grupo de Bush intereses electorales de políticos de ambos partidos, con inconformidad y repudios sociales. Quiero destacar, sin embargo, dos cuestiones de más largo plazo, propiciadas por el trágico y oscuro suceso del 11 de septiembre del 2001. La primera, la implantación de la ideología de “la lucha contra el terrorismo”, un gran éxito de la dominación, al ocupar el espacio ideológico que había quedado vacío desde el fin de la bipolaridad –el de “la lucha contra el comunismo”– y desde que cesó la posibilidad de plantear una disminución de la desigualdad brutal y permanente entre los países del sistema capitalista mundial sin abolir ese sistema: el de “la lucha por el desarrollo”. En el primer caso se logró resignificar al “enemigo” de una manera muy conveniente para los intereses inmediatos y globales del sistema; en el segundo se enfrenta mediante el miedo y la coacción una consecuencia de la naturaleza actual del capitalismo, un tema importante sobre el cual diré algo después.

La segunda cuestión es que el régimen norteamericano ha eliminado mediaciones en la hegemonía política burguesa interna. Como ustedes recuerdan, la hegemonía en un sistema de dominación implica que la clase dominante dirige, no se basa en la represión a los que protestan –aunque jamás prescinde de ella–; la dominación trata de lograr el consentimiento de los dominados y ser reconocida como depositaria del interés general, de conducir a la sociedad. No se afirma oficialmente que una minoría controla férreamente el poder y lo ejerce en todas las cuestiones esenciales, ni que unas personas sean inferiores y otras superiores, “por naturaleza”. Todas las constituciones modernas dicen que la soberanía reside en el pueblo, y declaran que todas las personas son iguales ante la ley. Pero recuerdo una encuesta del diario Folha de Sao Paulo, hace quince años, acerca de los candidatos presidenciales. Muchos respondieron: “Lula no puede ser presidente”. Y a: “¿Por qué?”, respondían: “porque no es doctor”. No se puede ser presidente si no se es doctor; esa es una creencia popular que ayuda a que los dominados consientan el poder de la clase dominante en un momento dado. En otro momento ya no es así. Es decir, la hegemonía también modifica sus elementos a través del tiempo, es necesario reformularla para que siga siendo efectiva, cada vez que el pueblo se rebela y hace avanzar las sociedades, o cuando cambian condicionantes importantes de la dominación por otras razones. Lo esencial para la clase dominante es no perder su poder, aunque para ello cambien las instituciones, las leyes, o se cambie de gobierno y de gobernante.

La reducción de libertades ciudadanas y el control descarado de actividades personales con fines represivos puede atemorizar a la población y hacer más fácil el dominio, pero rompe con los modos de ser hegemónico en los Estados Unidos. Esa es una debilidad perspectiva para la dominación. Es cierto que la clase dominante aprovecha el tremendo subdesarrollo político de su pueblo, que es fácilmente manipulable, ignora prácticamente todo lo que no le den a consumir los medios del sistema, y mantiene creencias chovinistas y racistas. Cuando Europa sufre un desastre natural, nadie verá a los soldados con sus fusiles, disparándole al pueblo, mientras el presidente sigue de vacaciones. Los activistas que organizan protestas y rechazan las acciones del sistema en los Estados Unidos son realmente gente maravillosa, pero su incidencia real es pequeña, lo cual es una desgracia para la resistencia y las protestas en todo el mundo. Quizás el gobierno actual confronte un fuerte desgaste interno para noviembre del 2006, pero todavía es improbable que sobrevenga una crisis del consenso interno como la de fines de los años sesenta e inicios de los setenta. Creo que tendrán que avanzar mucho la resistencia y la rebeldía eficaces en el mundo antes de que llegue esa crisis. Sin embargo, es obvia la importancia de conocer también los adversarios que tiene el grupo de Bush dentro de las propias clases dominantes de los Estados Unidos, y la de analizar sistemáticamente la situación interna de ese país.

Siete: desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos afirmaron su lugar dominante en la América latina, frente a otros intereses imperialistas, y en estos sesenta años les ha impuesto esa preponderancia. El saqueo de los recursos, las relaciones económicas neocoloniales, el tributo inmenso que pagamos cada año, no se deben solamente a relaciones económicas capitalistas entre los Estados Unidos y la América Latina. Ellas están sobredeterminadas por el control extraeconómico que ejerce ese país sobre la mayoría de los países de nuestro continente. La fuerza de los Estados Unidos nos hace sufrir, pero también sufrimos a causa de sus debilidades respecto a japoneses y europeos en cuanto a competitividad y algunos otros aspectos económicos, porque ellos utilizan presiones de todo tipo para conseguir sus objetivos económicos, y no dudan en amenazar, hacer campañas de desprestigio, agredir, organizar subversiones contra gobiernos, o utilizarlos contra sus propios pueblos, asesinar dignatarios y usar la fuerza militar si les es necesario. Claro que todo esto no lo hacen solamente en pos de objetivos económicos. En realidad se trata de un sistema de dominación más integral. En la América Latina y el Caribe hemos vivido la implantación progresiva del dominio neocolonizador de los Estados Unidos, a lo largo de una historia de más de un siglo, y otro medio siglo de apogeo neocolonial y resistencias notables –una de ellas victoriosa, la cubana–; en la actualidad están chocando el proceso de recolonización mediante el cual el imperialismo en parte deja atrás su propio neocolonialismo, y procesos de resistencia y de conciencia antimperialistas que se extienden en la región.

Mi tema es la estrategia política, ya se verán los demás aspectos. Pero no puedo evitar mencionar al menos la formidable estrategia cultural imperialista, que aporta una fuerza tremenda a su acción y su dominación en este continente. Más allá de que un país como Argentina pudo llegar a tener un presidente sostenedor de las “relaciones carnales” con los Estados Unidos, y de que el pueblo boliviano –que sabe expresarse en quechua, aymara o guaraní– tuvo que expulsar en el 2003 a un presidente que era un experto hablando inglés. Debemos tener muy en cuenta la profundidad, alcance y diversidad de la influencia cultural norteamericana en nuestra región.

No voy a entrar mucho en las cuestiones latinoamericanas, porque ellas serán el centro y el contenido de todo el seminario. Compañeras y compañeros de más de diez países presentarán sus experiencias nacionales y sus ideas, y entre todos vamos a combinar el análisis de los aspectos del imperialismo con los de cada caso, a tratar de obtener síntesis e instrumentos, y hacernos nuevas y mejores preguntas. Ahora sólo haré algunos comentarios sobre temas que deseo proponer a la consideración de ustedes.

Ante todo, dos elementos actuales de la acción imperialista hacia la América Latina: el dúo “comercio-seguridad”, es decir, relaciones económicas y construcción de una red de intervencionismo militar, ambas con el fin de controlar los recursos y los países, y de impedir las protestas y rebeldías; y el intento de profundizar y consolidar el dominio neocolonial que se ejerce a través de pactos bilaterales mediante un pacto continental, el ALCA. El primero marcha sin mucho ruido, en países escogidos; el segundo prácticamente ha fracasado, ante un arco de resistencias que reúne intereses y posiciones diversas. Esto último es beneficioso para el avance de las relaciones entre los latinoamericanos frente a las pretensiones imperialistas, pero no es conveniente olvidar que los pactos bilaterales han sido y siguen siendo fundamentales para la dominación norteamericana.

Enfrentados a esa dominación, me parece de extraordinaria importancia la relación que se ha establecido entre Cuba y Venezuela. Dos países latinoamericanos han podido, en un tiempo brevísimo, dar un salto inmenso en sus vínculos bilaterales. Si miramos los nexos de Cuba durante el casi medio siglo del poder revolucionario con los tres países mayores de la región, México, Brasil y Argentina, que poseen industria, agricultura y recursos muy notables, el saldo ha sido muy diferente. También son muy diferentes las historias de las relaciones cubanas con cada uno de ellos, pero puede decirse que los vínculos económicos no han tenido gran peso. Hace menos de diez años los intercambios entre Cuba y Venezuela eran sumamente modestos, pero hoy ambos países se complementan a un grado altísimo en cuanto a servicios sociales y abastecimiento de combustibles, se han asociado en numerosos campos productivos y de servicios, han forjado una ejemplar alianza política, avanzan por un camino de proyectos conjuntos e integración creciente, y actúan de conjunto en la solidaridad con otros pueblos y países de este continente. Dos poderes populares, soberanos y realmente independientes de los Estados Unidos, que ponen el bienestar, los intereses y los proyectos de sus pueblos en el lugar central de su actuación, han tenido fuerzas y voluntad política para forjar esa unión y hacer una gran propuesta a toda la América Latina y el Caribe, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), a pesar de sus insuficiencias y del gigantesco enemigo imperialista.

Pienso que este nuevo tipo de integración, que tiene su centro en los aspectos sociales y en el interés popular, y es ajena al dominio de los Estados Unidos y del sistema económico del capitalismo mundial, constituye la alternativa de integración que es factible para la América latina. Ya es el polo más atractivo de las esperanzas y las simpatías de este continente, y el que propone alianzas eficaces a países que buscan salir de la situación de crisis y avanzar con autonomía. De ningún modo sustituye ni condiciona el protagonismo que deben tener la conciencia y la acción organizada a favor de la liberación en cada país, pero sin duda les aporta confianza en sus propias identidades y certezas de que es posible luchar con éxito y cambiar sus sociedades, y encontrar hermanos que ya se han fortalecido, para trabajar juntos en las tareas formidables que exigen esos cambios y el enfrentamiento al enemigo común. Una verdadera integración latinoamericana y caribeña es posible, los que más han avanzado por ese camino son dos países con poderes populares. Opino que mientras más protagonismo popular exista en cada país que se integre, será más real y fuerte esta integración de nuevo tipo, y tendrá más posibilidades de cumplir sus objetivos.

Otras dos cuestiones importantes. Primera, la tendencia a que las protestas populares lleguen a ser determinantes frente a los malos gobiernos. En este inicio de siglo ellas han sido capaces de derribarlos en Argentina, Bolivia y Ecuador. En Venezuela, la rebeldía popular que inundó las calles fue decisiva contra el golpe contrarrevolucionario de abril del 2002. En otros países, las protestas populares constituyen un arma de presión muy importante. En todo caso, evidencian que ya no es posible gobernar sin correr el riesgo de enfrentar formas de acción política populares que no dependen del sistema político e institucional establecido. Segunda, dentro del cauce legal electoral han sucedido hechos muy importantes, como el triunfo del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil en el 2002, y el del Encuentro Progresista-Frente Amplio en Uruguay, a inicios del 2005. En Bolivia, lo más probable es que Evo Morales gane en las elecciones de diciembre, y en varios países se espera el triunfo de candidatos progresistas o se ha ido estableciendo una presencia real de fuerzas políticas y sociales opuestas al sistema, total o parcialmente. Es innegable que las llamadas democracias de las dos últimas décadas, fallidas en casi todo menos la alternancia electoral y crecimientos insuficientes del estado de derecho, están respetando los resultados comiciales dentro de sus sistemas electorales. Qué sucede y qué no sucede después de esas victorias de los votantes populares será un tema para los debates que tendremos, y más aquí en Brasil.

Movimientos populares organizados y combativos, y acciones “espontáneas” de masas,1 están hoy en el centro de las ideas acerca de las actividades masivas contra la dominación. Al mismo tiempo, la revolución bolivariana combina enormes simpatías, un líder extraordinariamente carismático, un poder estatal con enormes recursos, que está impulsando una gigantesca multiplicación de los servicios sociales y una ideología antimperialista que proclama que la única salida es un socialismo del siglo XXI. En la década pasada, la Revolución cubana nunca dejó de recibir solidaridad y admiración, ni de ser un referente ejemplar de justicia social, soberanía nacional e internaciona- lismo; en esta década desarrolla una ofensiva nacional de rescate y profundización de su sociedad de transición socialista, y una internacionalista a favor de los desvalidos, a partir de las capacidades que posee en cuanto a servicios básicos. Más de veinticinco mil profesionales de la salud trabajan como internacionalistas. Ambas batallas refuerzan el prestigio y el atractivo del socialismo, que tiene como vehículo a un poder muy fuerte y muy estructurado. Cuba y Venezuela están emprendiendo juntas campañas de ayuda social a los desvalidos de la América Latina, y Venezuela establece acuerdos económicos con gobiernos, que tienen efectos muy positivos para los países en cuestión, como son el abastecimiento de combustibles y los pedidos a los astilleros en Argentina, o la gran refinería de petróleo que se abrirá en el nordeste de Brasil. El conjunto resulta muy complejo, y nos exige a todos análisis más profundos.

Se ha programado discutir en otros momentos de este seminario problemas tan cruciales como los de que la política popular sea capaz de sostenerse en el tiempo, ser sistemática y responder a una estrategia; que toda su actividad y la conciencia de ella estén al servicio de un proyecto de cambios radicales de la sociedad y las personas; y que sea capaz de involucrar cada vez más no sólo a más gente, sino a las actividades, los sentimientos, las ideas y la vida entera de cada uno. Me limito a señalar en mi tema –la estrategia política actual del imperialismo– que las fuertes debilidades de las expresiones populares en cuanto a conciencia, organización, autonomía respecto al sistema de dominación, estrategia y otros aspectos, las profundas limitaciones en la plasmación de la fuerza social en fuerza política, más la poca eficiencia, la falta de radicalidad, los errores, los vicios y el escaso prestigio de numerosos partidos políticos identificados con las causas populares, suman un conjunto de debilidades que está formando parte de la fuerza del imperialismo. Esto no es retórica; la debilidad nuestra forma parte de la fuerza del imperialismo, ante todo porque en la actualidad necesita como nunca esa debilidad nuestra. Apuntaré las dos razones que me llevan a hacer esa afirmación.

La primera es la naturaleza actual del imperialismo. Una época prolongada lo ha ido conduciendo a un grado formidable de centralización del capital y a la conversión de las finanzas en un campo especulativo y parasitario, dedicado al saqueo y a los negocios sucios, más que a ser palanca impulsora del modo de producción; el poder político y militar, que es indispensable para el desarrollo del capitalismo, se ha centralizado también a tal grado que los Estados Unidos aspiran a ser un imperio que domine al mundo entero. Ese tipo de desarrollo del sistema ha ampliado y profundizado la expoliación y subordinación de la mayor parte de los países, y la devastación del planeta. La nueva fase del imperialismo ha acabado con una gran parte de su atractivo y de sus propias fuerzas. La libre competencia y la iniciativa al alcance de muchos han desaparecido, los límites a la explotación de la fuerza de trabajo y los mecanismos macroeconómicos y de políticas sociales que hacían cierta redistribución de la renta se han ido aboliendo en beneficio del desenfreno de la ganancia, y las ideologías del progreso y del desarrollo fueron a la bancarrota. La reorganización neocolonial del sistema mundial, conseguida hace apenas medio siglo, sufre hoy una crisis con los avances de la recolonización, y del descarte de países y regiones abandonados a su suerte. La misma democracia de tipo capitalista, que tuvo una construcción tan difícil durante el siglo y medio que siguió a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, se ha desgastado en sólo medio siglo; la conservatización de la política y la ideología del liberalismo le están quitando sus bases y reduciendo su ámbito.

La naturaleza actual del capitalismo es más excluyente; le resulta sobrante una parte de la población mundial, cientos de millones de personas. Abandonar su cultura, su país, sus familias, es el camino que ven ante sí decenas de millones de los individuos más activos del que ya ni siquiera llaman “Tercer Mundo”. Pero los que otrora molieron las vidas de decenas de millones de inmigrantes ya no necesitan moler estos cuerpos, y la inmigración es convertida, descaradamente, en un “problema de seguridad”. Una parte de los trabajadores del mundo son material sobrante para el capitalismo, y ya no hay más ciclos de auge y de depresión en cuanto al desempleo. El desempleo actual llegó para quedarse. En cuanto a los países, los engendros malignos del lenguaje “técnico”, como el de “riesgo- país”, y las consignas vacías como la de “crecimiento con equidad”, han cedido el lugar a clasificaciones como la de “país fracasado”, que puede ser tutelado por el nuevo colonialismo.

Esas características esenciales del capitalismo actual conllevan la pérdida de la promesa, que constituía uno de los elementos centrales de su atractivo y su capacidad de conducción. La hegemonía burguesa pierde terreno y tiene que recurrir a acciones a las que aludiré antes de terminar. Elementos principales para que el imperialismo haya podido entrar de lleno en esta nueva fase suya son la drástica disminución de las luchas de clases y de liberación a escala mundial en las últimas décadas, el infame final de los regímenes, llamados socialistas, de la URSS y sus aliados, el consecuente decaimiento y desprestigio de las organizaciones y las ideas del socialismo en el mundo, más la tendencia al cierre de las posibilidades de autonomía y proyectos propios en la mayoría de los países del mundo. Si aumentara la conciencia y la actividad organizada y efectiva de los opuestos al sistema, ellas irían contrapesando esos factores que lo favorecen, y sacarían provecho de un deterioro de la dominación que el capitalismo no puede evitar, porque procede de su propia naturaleza actual.

El pensamiento revolucionario de Europa y de América planteó desde hace dos siglos la necesidad de la actuación para cambiar los datos del problema del poder y la permanencia de la dominación. Marx elaboró una sólida teoría de la formación social capitalista, su origen y sus tendencias, pero aclaró siempre que esas tendencias nunca producirían su caída, que sólo la revolución contra el conjunto del orden vigente sería capaz de acabar con la dominación capitalista y de formar personas libres y creadoras de sociedades superiores. Para el imperialismo es vital que olvidemos la historia de las ideas, los movimientos y las luchas por la liberación. Y por aquí llegamos a la segunda razón de la afirmación de que nuestras debilidades forman parte de la fuerza del imperialismo actual.

La cultura de liberación adquirida en el siglo pasado fue enorme. Cientos de millones de personas conocieron la posibilidad de vivir sin el capitalismo, otros cientos de millones aprendieron a identificar sus comunidades nacionales a través de una conciencia nacional, y se tornaron capaces de fundar docenas de países en donde hubo colonias y de lanzarse a la conquista de la soberanía plena en las neocolonias; gran parte de ellos militaron en movimientos y poderes nacionales populares o los apoyaron. La idea de que el socialismo es la solución frente a los males del capitalismo y la vía para cambios sociales y personales decisivos para la liberación encarnó a escala mundial, como poder o como promesa. La ciudadanía plena, el estado de derecho y sistemas políticos más o menos democráticos fueron conquistados o se convirtieron en exigencias generalizadas en todas las regiones del planeta. Millones adquirieron conciencia de género, y su acción y su influencia han logrado enormes avances en este campo, que es vital. Los trabajadores rurales y los campesinos se organizaron, y también fueron un núcleo principal de combatientes de numerosas revoluciones de liberación. Los sindicatos alcanzaron en el siglo XX su plenitud de fuerzas y eficacia en la obtención de sus demandas. Gran número de pueblos han redescubierto y reivindicado sus identidades y sus maneras de vivir. El racismo, que comenzó el siglo triunfante a escala universal, fue obligado a retroceder mucho y fue descalificado. En la segunda mitad del siglo se fue levantando la defensa del medio natural, que ya ha obtenido la comprensión de que el ser humano no puede tener el objetivo de “dominar a la naturaleza”, sino el de vivir en ella.

Toda esa extraordinaria cultura acumulada –experiencias, ideas, sentimientos–, es potencialmente antimperialista y anticapitalista. Después del gran desprestigio que significó la matanza de la Primera Guerra Mundial, ellos sufrieron las consecuencias del triunfo bolchevique, la mayor crisis económica mundial de su sistema y el crecimiento de la conciencia y la acción nacionalistas de los pueblos. Apelaron al fascismo, a las represiones y al proteccionismo, y desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. De esta emergieron la gran ola que acabó con el colonialismo, el ápice del prestigio del socialismo y la conversión de la URSS en una gran potencia, y las exigencias de democracia y de reformas sociales a escala mundial. En la segunda mitad del siglo se hicieron fuertes los logros que acabo de mencionar, mientras que el neocolonialismo, la democracia representativa y la centralización capitalista han dado los frutos que todos conocemos. Una vez escribí que si la promesa socialista ha registrado inmensos fracasos, el capitalismo ya ni siquiera puede hacer promesas. El imperialismo se ve obligado a fomentar y mantener nuestra debilidad como parte de su estrategia política. En la América Latina esta cuestión tiene su especificidad con respecto a las otras regiones del mundo que fue colonizado y neocolonizado, por ser el continente que alberga una mayor cantidad de contradicciones con el dominio del capitalismo. Nuestro potencial subversivo frente al sistema puede ser mayor que el de las otras regiones de lo que llamaban Tercer Mundo.

A riesgo de salir un poco de mi tema hacia los que vendrán, quisiera apuntar un hecho procedente de la cultura acumulada frente al sistema de dominación, que resulta contradictorio en sus consecuencias. No he hecho la crítica de los grandes errores y las caídas y malas acciones presentes en la historia de nuestro campo –de las cuales he escrito lo que he podido–, porque tienen su lugar en este seminario. Pero ellas han sido experiencias que pesan entre las motivaciones de quienes hoy protestan, resisten o luchan, pero expresan poco aprecio por las organizaciones políticas. “Partido” no es una palabra atractiva, eso es lógico, pero no podemos arriesgarnos a perder de vista una necesidad que a mi juico llega a ser decisiva cuando se avanza: la necesidad de una nueva política y de organizaciones políticas nuevas. Me permito, sin embargo, dudar de que sea el descrédito acumulado la razón suficiente de ese poco aprecio, si atiendo a dos cuestiones, una circunstancial y otra más honda. La primera es que la mayoría de los que hoy luchan son, o jóvenes que no vivieron ni sufrieron las décadas terribles y amargas en que se sucedieron las grandes represiones y la caída del llamado socialismo de la URSS y su campo de influencia, o los sobrevivientes de ambas, que supieron combatir o estar lejos del fango en que se hundieron otros. La segunda cuestión es que desde hace más de un siglo, prácticamente todos los que han llevado a la práctica sus ideales y su necesidad de enfrentarse a la opresión han formado organizaciones y han pasado al terreno de lo político.

Quisiera dejar planteada la cuestión en un plano que pueda ayudar al análisis y el debate. ¿Se habrá ido quedando atrás lo político en la evolución reciente de la América Latina? A lo largo del siglo XX, las repúblicas formadas de la independencia vivieron todas las ideologías del mundo moderno y sus criaturas políticas; varias revoluciones realmente profundas, las luchas de infinidad de movimientos populares y el despliegue de una compleja sociedad civil; un formidable proceso de urbanización; Estados que reorganizaron –más o menos a fondo– la organización social dominante, fueron fuertes y modernizadores y han declinado en la etapa reciente; el peso creciente, hasta tornarse dominación sistemática de los Estados Unidos, con su influencia fascinante y nefasta; democratizaciones y dictaduras que fueron cambiando su sentido, pero no abrieron paso a formas de convivencia social superiores, excepto en Cuba. La tremenda incongruencia entre el carácter de las formaciones económicas y las ambiciones de los proyectos políticos se muestra en la situación actual de miseria generalizada, economías subordinadas y ajenas a las necesidades de los pueblos, y sistemas políticos democráticos que no resuelven ningún problema esencial. ¿No estaremos confundiendo quedarse atrás con no hacer falta? Si se quiere cambiar la iniquidad vigente, es imposible sujetarse a las reglas del juego y seguir haciendo la misma política, pero para lograr cambios profundos es imprescindible actuar en la dimensión política. Los que dominan en cada país y el imperialismo siguen haciendo su política, pero tienen menos posibilidades de reformularla en busca de hegemonía que nosotros para revolucionar el mundo de la política y de las sociedades.

Termino con el último punto que cabe en el tiempo disponible. Hoy funcionan dos lógicas a escala mundial en la estrategia política imperialista. Una es la del terror y la otra es la cultural. Digo el terror para ser exacto. El terrorismo en todas sus variantes verbales ha sido el barraje ideológico al que nos han sometido. ¿Recuerdan que al exponer el sexto grupo de problemas les prometí que relacionaría a la “lucha contra el terrorismo” con la naturaleza actual del capitalismo? El miedo al terrorismo es divulgado y consumido a escala de un mundo en el cual el hambre y las enfermedades curables matan diariamente a una multitud de niños y adultos. Mientras, la lógica del terror apela a la guerra –sea sucia, abierta o incluso “preventiva”–, la intervención violenta, la amenaza de guerra o de agresión “limitada”, los atentados terroristas, los sabotajes, las conspiraciones, dondequiera que esas acciones favorecen a los intereses imperialistas. Utilizan muchos medios además de los bombardeos masivos a poblaciones civiles, la ocupación militar de países, los asesinatos, la violación de las normas legales, su internacional de prisiones clandestinas y torturas. Las presiones, los chantajes, las imposiciones, la mostración de la fuerza, son otras formas de violencia empleadas sistemáticamente por esta estrategia imperialista. Hacen apelaciones descaradas a la superioridad militar y técnica como una cualidad política, a las operaciones limitadas con pocos riesgos para los agresores. Está bien, por ejemplo, bombardear un país y cometer crímenes impunes contra la población civil si se arriesgan pocas bajas. Se demanda obedecer y apoyar las orientaciones y dictados imperialistas o enfrentarse a las represalias.

La soberanía de los Estados como principio del derecho internacional, enunciada en tiempos de la Revolución francesa, sólo se universalizó en el último medio siglo. Su realidad siempre ha sido recortada, agredida o ha vivido en riesgo en Asia, Africa y la América Latina. Pero hoy el principio mismo está en decadencia. Mientras crecen las violaciones de la soberanía de esos Estados, se le exige a la mayoría de los países que “practiquen la democracia, respeten los derechos humanos y luchen contra la corrupción y el terrorismo”. La exigencia, claro está, es para los otros, la mayoría de los países, ellos mismos no se la hacen nunca, ni hacen caso cuando se les reclama. Es un gran retroceso la desvalorización de la soberanía, que tanta sangre y sacrificios ha costado; se acepta en muchos medios políticos, de comunicación, intelectuales –y les parece hasta de sentido común a muchos–, que la soberanía es secundaria frente a aquellas exigencias. Y lo fundamental es que el imperialismo es juez y parte; es a la vez quien exige, mide y define la democracia, los derechos humanos, la corrupción y el terrorismo, y es quien absuelve o condena a cada país. El Diálogo Interamericano, esa asociación de personas decentes, declaró hace dos meses que Venezuela y Haití difícilmente califican hoy como democracias. Como ven ustedes, ellos deciden qué es la democracia, quién la tiene y quién no; no se trata de Bush: estoy hablando de gente decente dentro del sistema. Después de un siglo de ocupaciones militares imperialistas, asesinatos de decenas de miles de haitianos, imposición de décadas de dictadura y ocupación extranjera actual, se descubre que Haití no es democrático. Venezuela ha emprendido un camino de liberación y levanta triunfante su soberanía y una revolución que está poniendo la riqueza al servicio del pueblo: por eso ya no es democrática.

La otra estrategia imperialista es la guerra cultural a escala mundial. En mi opinión, es más importante que la del terror, aunque las dos se combinan muy bien para funcionar mejor. La guerra cultural se propone impedir la formación de voluntades, identidades y pensamientos opuestos a la dominación; su objetivo es gobernar todo el mundo de la conciencia de los seres humanos en aquellos aspectos que resulten necesarios para el sistema de dominación. Entre los principios fundamentales de esa guerra cultural están la eliminación del pasado y del futuro, esto es, la exclusión de la memoria y de los proyectos, la trivialización de las situaciones, eventos y valores que les conviene descartar, y el determinismo económico más grosero. Me cito, para ahorrar tiempo:

La cultura del capitalismo desarrollado ha desplegado una combinación de gran madurez para integrar o neutralizar retos pasados, un control cualitativamente superior de la producción y el consumo culturales y un verdadero programa de dominación cultural. Así disimula con eficacia los callejones sin salida a los que está llevando a las personas a escala mundial, y al planeta, por su propia naturaleza económica (…) les ofrece hoy a todos los países –aunque en distintos grados y formas– una instancia decisiva de homogeneización. Ella consiste en numerosos rasgos ideológicos y espirituales que restablecen a nivel ideal la fractura cada vez más profunda existente entre la vida de las clases dominantes y medias de los países centrales y la de las mayorías en el resto del mundo. La producción cultural de homogeneización conforma todo un sistema mundial dirigido a la neutralización, a la canalización y manipulación del potencial de rebeldía que está contenido en los avances obtenidos por la humanidad, como la creciente conciencia de tolerancia –política, étnica, racial, de género, etc.–, la exigencia de formas democráticas de gobierno de las sociedades, el rechazo a la miseria –que la considera como un hecho social y no natural–, la conciencia ecológica y otros. El objetivo de esa verdadera guerra cultural es que aquellos logros no se vuelvan contra el dominio del capitalismo, que no se haga resistencia a sus actuaciones económicas, ideológicas y político-militares-represivas, y que todos aceptemos que la riqueza y las diversidades humanas sólo caben y pueden existir en una vida cotidiana y una vida ciudadana regidas por el capitalismo.2

La guerra cultural moviliza formidables instrumentos y recursos, y tiene legiones de trabajadores a su servicio, aunque la multiplicación fundamental de su influencia se hace de forma indirecta. Ejerce controles de tipo totalitario sobre la información, la formación de opinión publica, y hasta la formación de una parte de los sentimientos, de manera que reduce a las personas a público consumidor. Recurre a ocultar hechos, a mentiras más o menos burdas o refinadas y argumentos falsos, pero también apela a brindar una masa de datos en que se mezcla lo importante con lo trivial e incluso a crear opinión alrededor de ciertos aspectos de problemas reales, que son seleccionados de una manera controlada y manipuladora. Libra una guerra del lenguaje que trata de proveernos a todos de palabras claves para denotar y calificar, de modo que sea imposible pensar con autonomía respecto a la dominación. “Globalización”, “humanitario”, “terrorismo”, “lucha contra la pobreza”, “corrupción”, “flexibilización”, “fracaso-éxito”, “deuda social”, son algunos términos de esa neolengua. La guerra cultural intenta lograr que todos en el mundo acepten como hechos naturales la desigualdad, la ventaja y los abusos que resultan escandalosos o visibles, sin entrar a percibir las relaciones fundamentales de explotación, saqueo, opresión y manipulación sobre las que se basa y reproduce el sistema.

Se terminó mi tiempo, pero, por fortuna, apenas estamos comenzando. Gracias.

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Notas:

1 No puedo evitar esta única nota al pie, por tratarse de un asunto muy atinente a lo político y a nuestra formación. Antonio Gramsci usó esas comillas en uno de los tantos textos suyos que resultan tan valiosos para guiar los análisis, al escribir sobre el movimiento obrero de Turín en 1919. Sugiero leer el breve acápite “Pasado y presente. Espontaneidad y dirección conciente”, en Quaderni dei carcere, Einaudi Editore, Torino, 1977, t. I, ps. 330-331. Los Cuadernos… han sido publicados en español por Ediciones Era, de México.
2 Fernando Martínez Heredia: “En el horno de los 90. Identidad y sociedad en la Cuba actual”, La Gaceta de Cuba, no. 5, La Habana, septiembre-octubre de 1998.

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