La república de Fulanito y Menganita

Hiram Hernández

El cronista que narra los acontecimientos, sin distinción entre los grandes y pequeños, tiene en cuenta, al hacerlo, la siguiente verdad: de todo lo que sucedió alguna vez, nada debe considerarse perdido para la Historia.
Walter Benjamin

“Sobre el concepto de historia”

En este local, el profesor Jorge Luis Acanda ofició como presentador de un libro en
torno a la figura de Antonio Gramsci. En su oratoria, Acanda expuso una ingeniosa tipología de las presentaciones, donde diferenciaba a los disertantes en “omniscientes”, “egocéntricos” y “motivantes”. En síntesis, “omnisciente” es el presentador que habla del libro como si el auditorio ya lo hubiera leído, “egocéntrico” quien expone su apropiación del texto como si fuera la única válida y, finalmente, el presentador “motivante” cumple con acierto su función al despertar interés en el auditorio y proponer claves facilitadoras para la apropiación de la obra en sí y de la obra en el contexto intelectual e histórico en que se inserta.
Se trata de no asumir la llegada del nuevo libro como un evento aislado, sino como intervención que aspira a sacudir el escenario cultural que lo antecede.
Comparto con varias generaciones de cubanos el crecer oyendo el nombre de Raúl Roa enlazado a su alto cargo en el gobierno y la “dignidad” como su calificativo de valor humano. Fue en las lecturas universitarias de Historia de Cuba y en mis primeros pasos como profesor de Filosofía que conocí a quien hoy considero el más chispeante ensayista político del siglo XX cubano.
Recuerdo el día en que estreché la mano de Julio César Guanche y lo convertí en mi amigo a primera vista. Había escuchado su nombre en boca de una colega de cátedra que me preguntaba, en voz baja, si me había leído cierto ensayo sobre Mella; al leer el texto comprendí que se trataba de la búsqueda de una complicidad que aconseja no mencionar santo si se habla de herejes y hacerlo a media voz si se trata de herejías. Mas, ¿qué herejía podía contener el ensayo de un joven militante sobre una de las figuras del panteón comunista cubano?
Un tiempo después, el compilador y prologuista de este libro, entonces director de la Editorial de Ciencias Sociales, entró en mi oficina frotándose las manos porque llevaba consigo la autorización para publicar, por primera vez en Cuba, los Apuntes críticos a la economía política. En una moto soviética salí para el Centro de Estudios Che Guevara donde Aleida me entregó el inédito que hoy con suerte tenemos en el librero de nuestras casas.
Problematizar el final feliz de esta anécdota puede revelar algunas de las peripecias del espacio editorial cubano: 1) muchos santos de la tradición revolucionaria son herejes para quienes prefieren los homenajes al destape de preguntas que suponen “citar plenamente el pasado en cada uno de sus momentos”; 2) un considerable número de publicaciones son el resultado de las cotidianas escaramuzas libradas por editores y revisteros motivados por la pasión de contribuir a nuestro crecimiento como ciudadanos y país; 3) cuando las escaramuzas son ganadas por el mejor argumento, queda sobreponerse a la limitación de las tiradas, la baja calidad de la impresión y los escasos recursos de divulgación; 4) una sociedad supera su infancia civil solo si su memoria histórica, puesta al día, forma parte de las ideas que nos aclaran hacia dónde queremos ir y cómo hacerlo.
“Salir de la minoría de edad” es expresión conocida desde que Immanuel Kant definió la Ilustración como atreverse a pensar y servirse del propio entendimiento en condiciones de libertad para hacer uso público de la razón. La llamada “libertad de pluma” recorre la modernidad distinguiendo entre súbdito y ciudadano, pues afirmar que todo está dicho o imaginar un fin de la historia equivale a situarse en un antes o un después, pero no en el ciudadano como ser capaz de construir sus derechos. Es apenas un principio de las cosas, y también una tarea infinita en la que si no se avanza se retrocede, porque todo lo ganado deberá volverse a ganar cada día.

II
Guanche declara que el objetivo de este compendio es “recolocar a Roa en la discusión sobre el presente y el futuro de Cuba”; interés que, advierte, es compartido por proyectos editoriales recientes. Ello, sin embargo, no es redundante, pues este volumen, a la vez que incluye una mayoría de textos no publicados durante décadas, propone su lectura en el marco de la tradición republicana, reivindicando para Cuba un proyecto republicano y socialista.
El índice temático presenta con suficiencia y claridad los itinerarios para que la sabiduría y la experiencia de la tradición revolucionaria, la de Roa en particular, sean no solo actuales, sino actuantes. Su prólogo trasciende el mero convencer a los convencidos para sacudir los baúles polvorientos de loas, cultismos y sentido común despolitizados.
Aquí se compendia un sostenido diálogo de Guanche con la tradición revolucionaria cubana, del que ya tenemos antecedente en un conjunto de artículos como “La libertad como destino. El republicanismo socialista de Raúl Roa” y también sus ensayos sobre Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras y Eduardo Chibás, los cuales nos permiten, como oímos decir en las guaguas, “avanzar hacia el fondo”, esto es, que nuestras miradas a los de atrás nos impulsen a dar un paso hacia adelante para que quepamos todos.
Ese carácter revolucionario se expresa aquí, más allá de una imagen hermosa de lo que el mundo debería ser, en la disposición a seguir pensando y reflexionando; porque solo desde esa condición es legítimo hablar de la vida de nosotros.
En este camino, puesto que el presentador puede exponer posibles claves para reconocer los valores de la obra en su contexto, me valgo de dos preguntas: 1) ¿qué es lo que en la sociedad cubana actual otorga sentido a la reflexión intelectual?; 2) ¿cómo articular los sentimientos de pertenencia a nuestra sociedad con la razón de darnos en ella una vida de libertad y justicia?

III
En su Tractatus, el filósofo austriaco Wittgenstein sentencia:
“sentimos que, incluso si todas nuestras posibles preguntas científicas fueran respondidas, nuestros problemas vitales ni siquiera habrían sido rozados”.
La cita puede parecer lejana, pero no su vigencia en el campo académico cubano, donde son más abundantes las simplificaciones del pasado, las podas a las teorías socialistas y las bonachonas valoraciones de las políticas en curso que los análisis dispuestos a tomar en serio cómo ese conjunto afecta la vida que los cubanos tienen.
Una crítica superadora de esta situación podría comenzar por deshacernos del choteo que llama “ingenuo” al estudiante, académico e intelectual que pretende investigar “por la libre” temas tenidos por “políticamente complicados”, “mejor no te metas” y “solo para autorizados”. La autocensura es obstáculo moral y toca al ejercicio ético-político socializar el valor cívico de pensar y hablar sin hipocresía.
Las revueltas estudiantiles de 1968 demostraron que la universidad separada de la política es una gran mentira, como también que la política separada de la reflexión intelectual no puede entregarnos una verdad. Ambas ideas están contenidas en este libro, pero hay una tercera no menos importante: si la política, la universidad y la reflexión intelectual no se vivifican con las astucias de los oprimidos, no se podrá aspirar a mover algo de lugar.
“Cuando la crítica de la crisis ‘convoca’ a la crisis de la crítica es el momento de redefinir el campo mismo del debate”. Lo que puede ganar la sociedad cubana de sus académicos e intelectuales no se resuelve en el campo de su elección entre “dócil o disidente” o en el “dime que te diré” de la ciudad letrada, sino en lo que hace su opinión publicada para vigorizar la opinión pública; en lo que hace para dar fuerza intelectual al saber social y fuerza social al saber intelectual. Esto es, en definitiva, empoderar las condiciones en que fulanito y menganita acceden a pensar y crear nuevas ideas y prácticas para mejorar sus vidas juntos.

IV
“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como fue en concreto, sino más bien adueñarse de un recuerdo semejante al que brilla en un instante de peligro”.
Walter Benjamin define el peligro cuando la tradición es “rescatada” por el historiador neutral para verificar “científicamente” que lo que se quiso ya se logró o pertenece al sibilino territorio de las utopías. Se amenaza así tanto a la tradición como a quienes la reciben, y no hay otro camino que arrancar la historia al conformismo.
El peligro es expuesto por Guanche con todas sus letras: “ni siquiera los seguidores incondicionales de la Revolución cubana mencionan a la Isla cuando hablan del ‘socialismo del siglo XXI’”; y a reglón seguido explica: “las prácticas políticas vigentes en Cuba pertenecen al universo de avances y retrocesos del siglo XX”.
¿De qué manera Roa, pensador y político perteneciente a la pasada centuria y del que este volumen compendia textos escritos entre 1935 y 1958, puede inspirar un socialismo fundado en la libertad y la justicia?
Thomas Paine, en su polémica con los conservadores, insistía en “el derecho de los vivos a prevalecer sobre la autoridad de los muertos”, lo que no le impedía insistir en los clásicos principios republicanos: 1) los seres humanos deben coexistir en asociación política si pretenden realizarse a plenitud; 2) un hombre honrado posee como atributo la virtud cívica; 3) un sistema político es legítimo y deseable en la medida que sus ciudadanos participan responsablemente en la vida de su comunidad; 4) la mala política solo se dirime con buena política. La obra de Paine expresa su vocación democrática cuando traduce el lenguaje de la ciencia política a la voz y las pasiones del hombre de la calle.
Liberalismo y republicanismo modernos compartieron el interés de someter al déspota y sus secuaces al imperio de la ley, pero mientras el primero interpretó la libertad como no interferencia estatal en el mercado, el segundo proyectó un sistema constitucional para que la participación y la virtud ciudadana actuaran como dogal de la perversidad política. Finalmente, la hegemonía liberal logró constreñir las definiciones democráticas republicanas y silenciar sus principios igualitarios.
No fue hasta mediados del siglo XX que la historiografía norteamericana comenzó una lectura retrospectiva de su revolución y origen institucional en clave republicana. Despertaba así un dispositivo crítico que revindicaba, frente al individualismo liberal, el nacionalismo conservador y el pragmatismo político, el compromiso con una vida cívica activa, la justicia igualitaria y la construcción plural y patriótica del bien común.
En Cuba, un análisis similar podría revelar el republicanismo que enfrentó al rey español y arengó un ejército semidesnudo con la promesa de una república independiente, sin esclavos ni súbditos. Las lecturas republicanas de pensadores como Félix Várela, José de la Luz y Caballero, José Martí y Manuel Sanguily están abiertas. En este volumen tiene la palabra la soberanía cívica que Roa contrapuso a la arbitrariedad imperialista y vernácula.
En el pensamiento político contemporáneo, el debate entre posiciones liberales y republicanas es lenguaje universal, pero lo que hace este libro es tan auténtico y pertinente como situar el republicanismo de Roa en una polémica en dos frentes a la vez: contra el capitalismo declarado e inconsciente y contra el socialismo histórico incrustado en nuestra institucionalidad y cultura de la política.
Leer a Roa desde el republicanismo no es hacer vagar un espectro, sino nombrar el ideal democrático con las convicciones que propugnan su cumplimiento. El republicanismo, afirma Guanche, se presenta para el futuro de Cuba con una certeza: “no se llega a la democracia a través del socialismo, sino que solo se puede alcanzar el socialismo a través de la democracia”.
Ese ideal republicano interpela el presente porque el futuro de Cuba no comienza un día después del bloqueo o en la vida de los hijos de nuestros hijos, sino en el momento en que cada problema es mejor planteado; cuando se subordina la economía y la política a la democracia; cuando nos aclaramos el itinerario a seguir; cuando se delibera sobre cómo tratarnos unos a otros, cómo extirparnos la dominación de clase, color, sexo, edad.

V
Este libro llega con buen tiempo. Esclarece que no hay profecía sobre lo que hay que hacer, ni modelo que podamos copiar, ni vanguardia que pueda chapearnos el camino, sino que se trata de reinventar la política para que se parezca al sentido de pertenencia que obtenemos cuando participamos en la constitución del lugar donde queremos estar.
Este libro debería llegar “para impedir a tiempo”, porque recibimos señales en sentido contrario: ciudadanos convocados a realizar actos de repudio; obstrucción de los espacios de debate intelectual; la policía del pensamiento merodea; y cuando parecía que por fin se desbloqueaba, Internet sigue siendo un recurso escaso. No me refiero solo a la persistente necesidad de multiplicar panes y peces, sino a las torpes hechicerías que nos indignan.
Este libro llega para que podamos ser históricamente, parafraseando a Roa, para estar contra lo que es pero está superado y junto a lo que quiere ser y supera.
En el estante lo podemos colocar entre los libros que, desde la escuela de Marx, desgarran el velo de cosificación y afirman el derecho a no ser ninguneado por patrón ni funcionario; entre los libertarios que apuestan “por el derecho al pan y el derecho al canto”; entre el pensamiento mestizo, que remueve la “costra tenaz del coloniaje” e inserta nuestras repúblicas en el mundo desde la toma de conciencia de lo que realmente somos.
Una alternativa sería dejarlo a la mano. Una profesora de Literatura llevaba el Fausto de Goethe a todas sus clases, lo abría en una página al azar y leía algún fragmento para que las metáforas motivaran el nuevo contenido. Como este es un libro sobre la democracia, podemos jugar seriamente a ser más libres con él. En todo caso, la democracia, como la libertad, no es algo que podamos guardar en un estante, sino derecho que debemos reconquistar cada día.
La Revolución cubana, la herejía del siglo XX americano, destronó la propiedad colonial, alfabetizó a los humillados, blasfemó de los patricios y calibanizó su intelectualidad. A esa inteligencia de todos sería absurdo pedirle que razone tanto como quiera, pero pida permiso para hablar, participar y vivir.
En la república de fulanito y menganita, sobre la que Roa y Guanche dialogan, ningún inquisidor
podrá censurar nuestro santo derecho a la democracia. Por lo pronto, ya podemos contar con más de seiscientas páginas para afirmarla con buenos argumentos.

La Habana, junio de 2011

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