Lo popular en el horizonte de nuestra participación

_Mais fortes são os poderes do povo,
quando esses poderes
se forjam dia a dia,
no campo e na oficina,
no escritório e na escola,
com trabalho e ternura…_

Pedro Casaldáliga

n la antigüedad preindustrial, la posibilidad de participar en el destino común se regía según la pertenencia a los estamentos superiores de la sociedad, legitimados generalmente por la autoridad divina y beneficiados en lo económico. La democracia griega, patriarcal y androcéntrica, estableció la participación de toda persona libre. En la práctica socioeconómica y político-religiosa, ese principio se redujo en provecho de aquellos que se consideraban ciudadanos. Los varones descendientes de las familias honorables gozaban de todos los derechos de la ciudadanía; es decir, la estirpe masculina apoderada de fortuna, dueña de esclavas/os e instruida en la cultura de la polis. Esta era el espacio privilegiado de convivencia y relaciones humanas en el que se trazaban los lineamientos de las instituciones civiles, militares y religiosas, en otras palabras, el centro de la cultura hegemónica. En ese sentido, la deuda con las/os excluidos fue enorme, dado que la democracia griega había brotado de las luchas populares.
Durante la época de la República en la antigua Roma, el poder del Senado democratizó en parte el arcaico sistema monárquico que obstaculizaba la participación de los romanos. En sustitución del rey, los varones libres elegían anualmente a los pretores, quienes evitaban el peligro de la autocracia. En un inicio sólo los patricios, los miembros de la élite, podían ocupar las magistraturas. Más tarde, las luchas de la plebe, o sea, aquellos que no integraban la nobleza, conquistaron para un grupo de excluidos la posibilidad de participar en el Senado. Los plebeyos enriquecidos, empotrados en los escaños senatoriales, no representaron al pueblo romano. Las familias plebeyas pobres y el resto de la población humilde continuaron relegados, tras haber combatido con valentía por el reconocimiento de sus tribunos.
El Imperio romano facilitó la participación en Roma de quienes no habían nacido en ella, caso insólito en épocas anteriores. Batallar bajo el símbolo del águila constituyó una posibilidad de ganar ese favor de parte del emperador. Los soldados, reclutados en las zonas anexadas soñaban con obtener grandes victorias para entrar en la capital del Imperio y ser elogiados por su pontifex maximus, lo que en algunos casos significó el acceso a los rangos bajos de la jerarquía y, de este modo, influir en los destinos romanos. El apetito insaciable del Imperio por nuevas tierras y riquezas, si bien quebró las convenciones que impedían la participación de los extranjeros en la política imperial, nunca favoreció la participación del pueblo empobrecido, oprimido y marginado. Los extranjeros beneficiados por el emperador, cautivados por el poder romano, se convirtieron en adoradores del pater patriae y del injusto sistema que representaba. Nunca cumplieron el compromiso moral con sus compatriotas; por el contrario, favorecieron el agobio económico impuesto por el César.
En el ocaso de Roma, el cristianismo oficializado en nada transformó la situación del pueblo. Avalada por la autoridad imperial, la iglesia proporcionó formas de participación para ciertos desheredados, los cuales, investidos con la autoridad divina, silenciaron al pueblo al servir a los príncipes que les reconocieron. Apoyaron el exterminio de las demás religiones, la demolición de los templos que habían dado sentido al mundo greco-romano, el cierre de las escuelas esotéricas y la persecución de sus maestras/os. Las religiosidades populares fueron combatidas ferozmente y las/os desamparados de Oriente y Occidente se vieron obligados a confesar a Jesucristo según la ortodoxia de la iglesia triunfante. En lo adelante, la participación estaría constreñida por el hegemonismo político y religioso cristiano, en franca oposición al origen humilde de las/os fundadores del cristianismo.
Entrado el siglo XVI, varios movimientos de reforma, incluida la revolución ética y espiritual que impulsó Martín Lutero, motivaron nuevos modos de participación a partir de la crítica al sistema hegemónico. El aporte de los reformadores cristianos propició cierta apertura a la participación del pueblo en el destino común. Sin embargo, la Reforma tampoco viabilizó la participación plena de toda la ciudadanía. En los Estados protestantes se entronizaron nuevas jerarquías que desarrollaron nociones opresoras y excluyentes en contra de las/os más humildes, aquellos que vertieron su sangre en nombre de un nuevo modelo de iglesia.
En la medida en que declinó la cristiandad, la participación pasó a ser un derecho de todas las personas. Las revoluciones sociales, en especial las del siglo XX, proclamaron la participación del pueblo como principio de progreso y liberación; no obstante, muchas de las antiguas concepciones imperiales subsistieron y limitaron el ejercicio de la participación popular. En la crítica a los sistemas capitalista y socialista no faltan las demandas de mayores posibilidades de participación que generen justicia y dignidad. En ese sentido, resulta un tanto incoherente hablar de participación, como si las diversas corrientes de pensamiento y práctica social a lo largo de la historia la asumieran de la misma manera. Se debe especificar lo que entendemos por participación, para esclarecer el modelo de ser humano, sociedad y iglesia a que se aspira.
La participación es eje temático y metodológico de la labor de reflexión y formación socioteológica que desarrollamos en el Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr. Pero no se trata de una participación ingenua, inocente, huérfana. La nuestra es participación popular, que no sólo visibiliza a los sujetos que la ejercen, sino que también manifiesta la manera en que promovemos su ejercicio, los eventos que suscita, el horizonte que ansía.

El pueblo, lo popular…

La concepción popular es el fundamento de nuestro quehacer bíblico-teológico, de nuestra reflexión y participación en la sociedad y la iglesia. Esta concepción subvierte elementos claves como la interpretación de la Biblia y la realidad, el liderazgo, las nociones sobre lo social, lo eclesial, lo litúrgico, la comunicación, la educación en los espacios formativos comunitarios, las imágenes de Dios, de las mujeres y los hombres, de la comunidad de fe, etc. Lo popular, entonces, es un principio fundacional de nuestra manera de ser, relacionarnos e incidir en el contexto. Pero, ¿qué entendemos por popular? ¿En qué consiste la subversión que provoca la participación popular?
Antes de responder estas preguntas resulta importante abordar qué entendemos por pueblo, ya que lo popular se deriva del concepto de pueblo, de la idea que tenemos sobre lo que el pueblo significa. En ese sentido, hay que reconocer que esta palabra posee numerosas acepciones. Según los diccionarios, es “ciudad o villa. Población de menor categoría. Conjunto de personas de un lugar, región o país. Gente común y humilde de una población. Nación con gobierno independiente”. No es difícil percatarse de que algunos de esos significados son contradictorios.
Si el pueblo es el conjunto de personas que vive en una nación, una ciudad o una villa, no puede ser al mismo tiempo la parte “común y humilde”. ¿Son todas/os los habitantes o un número determinado de ellas/os? ¿Representan la elite o constituyen los sectores menos favorecidos? Según determinados intereses, énfasis y perspectivas, convendrá utilizar una de las muchas acepciones de la palabra. Por lo que tampoco es complicado apreciar que lo relativo al pueblo lleva implícito determinadas relaciones de poder y posee un marcado carácter político.
Si bien no podemos renunciar al sentido geográfico de la palabra “pueblo”, tampoco podemos ignorar su trasfondo ideológico y su connotación política. Entonces nos preguntamos: ¿somos pueblo todas/os los cubanos? En su significado territorial, evidentemente lo somos, pero en su sentido político-ideológico, económico, socio-histórico, no todas/os somos pueblo. En el discurso tradicional escuchamos frases como “sensibilizar al pueblo”, “convocar, escuchar y educar al pueblo”. No hay duda de que existe la idea de un pueblo y un no-pueblo, o al menos una parte del pueblo que se comprende al margen de la mayoría y siente la necesidad de sensibilizar, convocar, escuchar y educar al resto, a aquellas/os que considera pueblo. Percibir esta situación es vital a la hora de abordar las diversas nociones y modelos de participación que hallamos en nuestro contexto, los cuales revelan relaciones desiguales de poder, así como exigencias y resistencias de diversa índole.
En las iglesias tropezamos con un escenario semejante. Las letanías comunitarias lo expresan con claridad. Pueblo son aquellas/os presididos, no las/os presidentes, es decir, las/os dirigidos en el culto por las/os dirigentes del culto. En las iglesias suele existir la noción de que el pueblo son todas/os aquellos que no toman parte directamente en el gobierno de la comunidad. En las comunidades reformadas, el pueblo (las/os miembros de la iglesia: la asamblea de creyentes) elige una reducida fracción para que lo represente en un cuerpo de gobierno presidido regularmente por una/un pastor. El pueblo, entonces, es concebido como la mayoría representada en la instancia superior de poder. La/el pastor y el cuerpo gobernante de la comunidad no siempre se reconocen y actúan como pueblo, sino como dirigentes del pueblo, de la asamblea de seguidoras/es de Jesucristo; como si el hecho de dirigir a quienes integran la congregación de alguna forma los apartara de ellas/os. Cierto es que, como en la sociedad secular, quienes son catalogadas/os pueblo pueden postular y definitivamente eligen a sus dirigentes. Pero una vez consumado el proceso, es fácil diferenciar a unas/os de otras/os, al pueblo de quienes lo presiden.
En la Biblia, por lo general, la palabra “pueblo” designa a la mayoría empobrecida, oprimida y excluida por quienes no son pueblo, es decir, por las/os gobernantes. Algunos de ellos procedieron del pueblo, mas, establecidos en el gobierno, experimentaron un proceso de separación que muchas veces desembocó en arbitrariedades, crueldades e injusticias de todo tipo, cuya víctima inmediata fue el pueblo del que surgieron. Las Escrituras también entienden al pueblo de otras maneras. En el Antiguo Testamento, “pueblo de Dios” designa a aquellas/os que optan por mantenerse fieles a la voluntad divina. Es todo Israel, mientras no practique idolatrías y no viole la Ley divina. En cambio, la expresión “pueblos de la tierra” designa a las naciones del mundo, “idólatras, heréticas y enemigas”. El Nuevo Testamento comprende al “pueblo de Dios” como todas/os los que aceptan a Jesucristo, independientemente de su origen. Más o menos estrecha y cerrada, la idea bíblica de “pueblo de Dios” también lleva implícita concepciones político-ideológicas y supone la existencia de contrarios, de un no-pueblo o antipueblo que hay que superar y rendir a toda costa.
Ahora bien, existe una diferencia notable entre los conceptos bíblicos de “pueblo” y “pueblo de Dios”. Mientras el primero remite a una condición determinada por la pobreza, la opresión y la exclusión, el segundo refiere a un estado de autoridad moral, de disciplina espiritual, de relación especial con lo divino. Del pueblo sólo es posible evadirse mediante escaladas políticas, económicas, bélicas. Del pueblo de Dios sólo separa la infidelidad. En este sentido, pueblo de Dios se muestra como una especie de asociación fundada en un pacto, mientras pueblo aparece como una fatalidad con base en relaciones socioeconómicas desiguales e injustas. Detrás de estas nociones emergen diversas concepciones políticas e ideológicas. Con respecto a aquello que aparta a una persona o un grupo de la asociación pueblo de Dios, podríamos preguntarnos: ¿quién o quiénes determinan lo que constituye infidelidad? ¿Quién o quiénes intervienen en la elaboración de las leyes y juzgan a las/os “infieles”? ¿Es todo el pueblo de Dios o una fracción de élite? En este último caso, respondiendo al carácter político e ideológico, tendríamos un nuevo pueblo y un no-pueblo o antipueblo al interior de la asociación pueblo de Dios, es decir, una parte dominada por el criterio y la autoridad de la parte dominante.
No pocas veces, en el discurso tradicional de los medios de comunicación se sustituye la expresión “pueblo” por la palabra “masa”, o “las masas”, bajo cierta noción de diversidad en el sector dirigido, presidido y orientado. Esa denominación no esconde su origen en una determinada construcción político-ideológica que distingue al pueblo como la porción de la sociedad que debe moldearse, modelarse, según el criterio de un grupo de élite. A esa porción se destinan los llamados medios masivos de comunicación, cuya tarea es informar, instruir, entretener a “las masas”. Por lo general, lo único que tienen de masivo esos medios es el hecho de llegar a la inmensa mayoría de la población. Las estrategias de programación, los énfasis político-ideológicos, el lenguaje, los procesos de evaluación de su eficacia, entre otros asuntos, son determinados por la elite, aun cuando existan diversos recursos para conocer las opiniones, necesidades y perspectivas de “las masas”. Habría que preguntar: ¿cuál es el lugar de las masas en los medios masivos? ¿Quiénes determinan ese lugar y acotan la participación del pueblo? ¿Qué tiene de masiva o popular la cultura que promueven estos medios? ¿Quiénes deben aportar lo que de masivo o popular han de contener y promover?
Aunque el concepto de “masa” en la Biblia en relación con el pueblo no es explícito, encontramos nociones afines. Se hace evidente, por ejemplo, en el período de reconstrucción de la nación judía, encabezado por el sacerdote Esdras y el legislador Nehemías. Allí el pueblo, la fracción sometida al criterio de los reconstructores, es manipulada como una masa a la que se niega la posibilidad de participación popular y que debe escuchar, aceptar y asimilar los planes de la élite. Así lo cuenta el libro de Nehemías 8,1-12:1

1Entonces se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, y dijeron al escriba Esdras que trajera el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había dado a Israel. 2El primer día del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo la Ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender. 3Desde el alba hasta el mediodía, leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la Ley.
4Y el escriba Esdras estaba sobre un estrado de madera que habían levantado para esa ocasión, y junto a él estaban, a su derecha, Matatías, Sema, Anías, Urías, Hilcías y Maasías; y a su mano izquierda, Pedaías, Misael, Malquías, Hasum, Hasbadana, Zacarías y Mesulam. 5Abrió, pues, Esdras el libro ante los ojos de todo el pueblo –pues estaba más alto que todo el pueblo–; y cuando lo abrió, el pueblo entero estuvo atento. 6Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo, alzando sus manos, respondió: “¡Amén! ¡Amén!”; y se humillaron, adorando a Jehová rostro en tierra.
7Los levitas Jesúa, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetai, Hodías, Maasías, Kelita, Azarías, Jozabed, Hanán y Pelaía, hacían entender al pueblo la Ley, mientras el pueblo se mantenía atento en su lugar. 8Y leían claramente en el libro de la Ley de Dios, y explicaban su sentido, de modo que entendieran la lectura.
9Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras y los levitas que hacían entender al pueblo dijeron a todo el pueblo: “Hoy es día consagrado a Jehová, nuestro Dios; no os entristezcáis ni lloréis”; pues todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la Ley. 10Luego les dijo: “Id, comed alimentos grasos, bebed vino dulce y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque este es día consagrado a nuestro Señor. No os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza”.
11También los levitas calmaban a todo el pueblo, diciendo: “Callad, porque es día santo; no os entristezcáis”.
12Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, a obsequiar porciones y a gozar de gran alegría, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado.

Ciertos elementos de la narración bíblica hacen pensar que aquellas/os catalogados como “masa” se mostraron inconformes (Neh 8,9.11). Por otra parte, la élite no consideró “masa” a la totalidad de la población, hubo excluidas/os y condenadas/os por los reconstructores, quienes determinaron que algunas/os representaban un peligro para la masa judía, en especial, para sus proyectos de restauración. Al respecto cuenta el libro de Esdras 10,1-14:

1Mientras oraba Esdras y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se reunió en torno a él una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños; y el pueblo lloraba amargamente. 2Entonces Secanías hijo de Jehiel, de los hijos de Elam, tomó la palabra y dijo a Esdras: “Nosotros hemos pecado contra nuestro Dios, pues tomamos mujeres extranjeras de los pueblos de la tierra; pero a pesar de esto, aún hay esperanza para Israel. 3Ahora, pues, hagamos pacto con nuestro Dios de despedir a todas las mujeres y los nacidos de ellas, según el consejo de mi señor y de los que temen el mandamiento de nuestro Dios. ¡Que se haga conforme a la Ley! 4Levántate, porque esta es tu obligación, y nosotros estaremos contigo. ¡Anímate y pon manos a la obra!”.
5Entonces se levantó Esdras e hizo jurar a los principales sacerdotes y los levitas, y a todo Israel, que harían conforme a esto; y ellos lo juraron […] 9Así todos los hombres de Judá y de Benjamín se reunieron en Jerusalén dentro de los tres días, a los veinte días del mes, que era el noveno mes; y se sentó todo el pueblo en la plaza de la casa de Dios, temblando con motivo de aquel asunto, y a causa de la lluvia. 10Entonces se levantó el sacerdote Esdras y les dijo:
“Vosotros habéis pecado, por cuanto tomasteis mujeres extranjeras, aumentando así el pecado de Israel. 11Ahora, pues, dad gloria a Jehová, Dios de vuestros padres, haced su voluntad y apartaos de los pueblos de las tierras y de las mujeres extranjeras.”
12Toda la asamblea respondió en alta voz: “Hágase conforme a lo que has dicho. 13Pero el pueblo es muy numeroso y estamos en tiempo de lluvias; además no podemos permanecer en la calle, ni es cuestión de un día ni de dos, pues somos muchos los que hemos pecado en esto. 14Que sean nuestros jefes los que se queden en lugar de toda la congregación, y vengan en fechas determinadas todos aquellos que en nuestras ciudades hayan tomado mujeres extranjeras, acompañados de los ancianos y los jueces de cada ciudad, hasta que apartemos de nosotros el ardor de la ira de nuestro Dios a causa de esto.”

Frente al desafío del texto bíblico debemos preguntarnos: ¿cuán masiva fue la maniobra de los reconstructores? ¿Cuán masivas fueron sus intenciones? En la noción de “pueblo”, como en la de “masa”, laten determinadas concepciones hegemónicas; se trata de una clasificación elaborada por la élite, está muy lejos de comprender a toda la población que no forma parte de la ella, supone silenciamientos, invisibilizaciones y exclusiones de diversa índole.
Otra pregunta resulta vital en medio de nuestra actualidad social y eclesial, respecto de lo político e ideológico en relación con la noción de pueblo: ¿hasta qué punto todas/os los cubanos nos sentimos “pueblo”? Cuando lanzamos esta interrogante durante un curso de Lectura Popular de la Biblia muchas/os endurecieron el rostro. No pocas personas identificaron actitudes, incluso estrategias, para desligarse del pueblo, de lo popular. Esto verifica que la noción de “pueblo” como sector marginal, vulgar, inculto, inseguro, inescrupuloso, relegado, en buen cubano: chabacano, haragán y mediocre, es una idea aún instalada en el imaginario público. Del mismo modo, lo popular se suele comprender como informal, rústico, incierto, incluso a veces como algo ingenuo, inmaduro y marginal.
En otra ocasión hicimos un ejercicio alrededor del término “popular”. Colocamos un grupo de diez palabras e invitamos a las/os participantes a escoger las que según ellos y ellas tenían mayor relación con la palabra “popular”. Las seleccionadas fueron lenguaje, celebración, tradición, imaginación, diversión y organización, mientras quedaban fuera otras palabras como investigación, autoridad, enseñanza y diálogo. Preguntamos las causas de la selección y el grupo respondió que las primeras eran las que más se correspondían con la cotidianidad de la gente. Nos resultó interesante el hecho de que la palabra “organización” se hubiera relacionado con “lo popular” e indagamos en ello. Una integrante del grupo dijo que el pueblo era capaz de organizarse para alcanzar diversas metas. A partir de su intervención, abrimos el debate sobre dos nuevas palabras que consideramos claves: capacidad y meta. Como resultado, las palabras investigación, autoridad, enseñanza y diálogo calificaron en torno a la idea de “lo popular”.
Las narraciones sobre las matriarcas y los patriarcas bíblicos y, principalmente, los relatos sobre el éxodo de Egipto a Canaán, nos hablan de la formación del pueblo de Israel. Más que una constitución accidental, la Biblia lo entiende como un proceso de participación popular, de identificación e integración política, espiritual y económica. En un principio, el pueblo parecía más bien una “masa” de oprimidas/os por el sistema totalitario y despótico del faraón de Egipto. Paulatinamente, el pueblo comenzó a mostrarse como legítimo pueblo, o sea, un asociación de personas unidas por compromisos solidarios, por una historia común de enfrentamiento a las injusticias de los poderosos, por continuos procesos de evaluación crítica de sus acciones, por una profunda confianza en que sus estrategias de sobrevivencia, en medio del desierto, los conducirían a un futuro más digno.
El pueblo de Israel, según la historia bíblica, aprende a ser pueblo, a participar popularmente, a diseñar comunitariamente sus itinerarios emancipadores, a dialogar sobre el sentido de la justicia, la fe, la esperanza, a colaborar para subsistir frente a las amenazas, a solidarizarse con la/el extraño que busca horizontes semejantes, a contraer alianzas que posibiliten la vida, a concientizar su mundo, a advertir sus fortalezas y debilidades, a rectificar sus errores y a celebrar sus aciertos. Lo popular aquí no es una consecuencia negativa de la opresión y la marginación sufrida bajo el régimen abusivo y dictatorial. Lo popular es resultado de una manera especial de interpretar el mundo y la historia desde posiciones antihegemónicas; una forma peculiar de ser, relacionarse y actuar en la vida por la vida, la justicia y la dignidad. Es la manera en que el pueblo organizado, consciente y comprometido con su liberación sacude siglos de silenciamiento e invisibilización por parte de las élites hegemónicas y participa para transformar su contexto.
Nuestro concepto de “pueblo” tiene que ver, en gran medida, con la idea desarrollada en los relatos del éxodo bíblico, no se corresponde con la noción de “masa” o la idea de “pueblo” comprendido exclusivamente como la mayoría sufriente y condenada. El biblista Pablo Richard nos recuerda que “El sujeto-individuo dice: ‘Si no hay para todos, que por lo menos haya para mí’. El sujeto-comunidad dice: ‘Si hay para todos, entonces hay para mí’.”2
Esta idea, surgida de la experiencia de fe y de la reflexión bíblico-teológica en la América Latina y el Caribe, nutre de manera especial nuestro concepto de “pueblo”.
Para nosotras/os, “pueblo” es, principalmente, una asociación de personas o sujetos-comunidad que aunados por semejantes ansias de justicia y dignidad se comprometen y luchan por alcanzar su liberación, o sea, la liberación de cuanto limita su ser como sujetos comunitarios, participativos. Esta noción la encontramos en el sentido de comunidad propuesto por Jesús de Nazaret a sus seguidoras/es, la reconocemos en los primeros días de la iglesia, en disímiles movimientos sociales a lo largo de la historia y en la concepción popular de diversas comunidades cristianas.
El pueblo, según lo entendemos, no es una quimera; es una construcción histórica colectiva basada en la solidaridad, a cargo de aquellas/os que concientizan el mundo, personal y comunitariamente, analizan, reflexionan, asumen toda la riqueza de su diversidad con espíritu celebrativo, establecen alternativas, delinean estrategias, transforman la realidad con sentido de justicia y dignidad. Lo popular es el modo en que el pueblo se construye a sí mismo, deconstruye y reconstruye su contexto, define sus objetivos emancipadores, enfrenta a sus adversarios e interviene en el parto de un mundo nuevo. Constituirse “pueblo”, entonces, equivale a aprender a ser sujetos-comunidad; aquellas/os que, como Paulo Freire, afirman: “No soy si tú no eres y, sobre todo, no soy si te prohíbo ser”.3
La noción de “lo popular” como modo en que la asociación de sujetos-comunidad se constituye pueblo, impacta de manera especial la idea de participación; primero, en sus objetivos, luego en su desarrollo. La participación, bajo nuestra noción de lo popular, deja de ser un divertimento para entretener a aquellas/os que viven en la periferia, los alrededores de la sociedad, la política, la economía, la religión. La participación se constituye en instrumento para que el pueblo reclame su lugar, contribuya con sus sentimientos, saberes y experiencias a la transformación de la realidad para hacerla más humana.
La participación popular y antihegemónica sirve al pueblo como herramienta para concientizarse y concientizar el mundo. Es en ese camino que el pueblo se construye a sí mismo como pueblo, o sea, que la referida “masa” se constituye como sujeto-comunidad, protagonista con sentido de justicia y dignidad. No es un camino impuesto por élite alguna; el propio ejercicio de la participación popular sugiere inaugurar una caminata distinta sobre una ruta promisoria, un camino que ha surgido como necesidad para vivir con esperanza en la vida.
La participación popular y antihegemónica provoca una subversión en todos los ámbitos y dimensiones de la existencia humana, en todo lo que los seres humanos experimentan, piensan y construyen, debido a que revela un giro en torno a las relaciones de poder. Ya vimos que la noción tradicional de “pueblo” y “lo popular” responde a determinadas concepciones político-ideológicas, y que detrás de ella existen relaciones de poder desiguales e injustas, elitistas y hegemónicas. La participación popular también responde a conceptos e intenciones político-ideológicas concretas: que el pueblo recupere el sentido de sujeto-comunidad arrebatado por la élite, la cual considera y determina en la sociedad a expensas y en contra suya. Ahora bien, la manera en que el pueblo lo hace, el talante de lo popular antihegemónico como práctica liberadora cierra el paso a nuevas escaladas antipopulares, anticomunitarias; es una apuesta por el definitivo empoderamiento del pueblo.
Está claro que los artificios del antipueblo, de la élite hegemónica, generan, según Paulo Freire, “Hombres que están simplemente en el mundo y no con el mundo y con los otros. Hombres espectadores y no recreadores del mundo.”4 La élite se alimenta del letargo de esa fracción alienada, en ocasiones apática y pesimista. Es resultado de las estrategias de dominación de la élite que obstaculiza la participación popular; sin embargo, no deja de ser “pueblo”.
Ya hemos dicho que el pueblo es una construcción, un proceso. Nadie nace sujeto-comunidad; los hombres y las mujeres se constituyen como sujetos comunitarios en la acción de participar popularmente, de concientizarse y concientizar su mundo frente a la opresión, la exclusión, el chantaje, el empobrecimiento, el silenciamiento y la invisibilización de que son objeto por parte de la élite. Ese proceso en el cual los seres humanos se constituyen en “pueblo” es un movimiento contra “algo” para alcanzar justicia, dignidad y felicidad. Ese “algo” es la negación de su humanidad impuesta por la élite.
Muchos hombres y muchas mujeres aún no emprenden la marcha que les conduce a constituirse en “pueblo”, o experimentan retrocesos en el camino. Jadean, víctimas de los sistemas opresivos, incluso reproducen su lógica y se apegan a la élite deshumanizadora. Carecen de herramientas para enfrentar ese “algo” contra lo que se hace necesario luchar, que les liquida como seres humanos. Aun así no podemos dejar de reconocerlas/os “pueblo”, pues en ellas/os late, como en todo ser humano, la semilla del sujeto-comunidad, la necesidad de participar popularmente. Por esto es tan importante la dimensión pedagógica. El sujeto-individuo es una construcción siniestra que la élite impone, es el ser deshumanizado que debe ser deconstruido y transformado por el pueblo participante. Sólo mediante una educación que impulse los valores humanos, “la liberación auténtica, que es la humanización en proceso…”,5 germina la semilla del sujeto-comunidad.
Cuando lo popular antihegemónico impulsa la participación, permite a todo el pueblo descubrir que nunca fue “masa”, que jamás fue fracción mediocre, condenada eternamente al infortunio; que sólo vivió, parafraseando a Martin Luther King, una etapa sorda al “clarín de la conciencia”, lapso superado en la práctica participativa concientizadora. La militancia que promueve lo popular antihegemónico, al invitar a todo el pueblo a ejercitar su humanidad, genera una resistencia considerablemente poderosa.
La presencia de esa resistencia en la sociedad y en la iglesia perturba las estrategias de la élite, desenmascara al sujeto-individuo, recupera a muchas y a muchos para el trabajo de recreación del mundo. Como planteamos, este movimiento contra la deshumanización y por la vida tiene que ser asumido como evento educativo-emancipador, como un proceso de Educación popular.

La realidad y la Educación popular

En los procesos de Lectura Popular de la Biblia experimentamos la realidad como “punto de partida”; he ahí el primer desafío para la participación popular. La realidad no es lo que debería ser. La realidad es compleja, en muchas ocasiones es dramática y dolorosa. El pueblo está acostumbrado a escuchar de sus líderes políticos y religiosos todo lo que la realidad tendría que ser: un campo para la cooperación, el altruismo, la solidaridad, la inclusión, la vida. Sin embargo, el espejismo se rompe tan pronto salimos a la calle y nos empujan en una parada de ómnibus, nos cobran de más en el mercado, nos miente algún empleado público, sorprendemos a nuestros líderes en algún acto de corrupción, incumplimos con nuestros propios compromisos, etc.
La realidad es una interrelación de corrientes muy diversas, es un campo de coyunturas, interconexiones, circunstancias múltiples. Algunas resultan placenteras y enriquecedoras, otras son incómodas y opresoras; sin embargo, la realidad resulta ineludible y constituye el lugar desde donde el pueblo participa y se constituye en “pueblo”. Todo lo que de beneficioso e infructuoso presenta la realidad es clave para el proceso de participación popular. Si la realidad no fustiga y, al mismo tiempo, estimula, si no frena y, al mismo tiempo, demanda, ¿cómo llega el ser humano a constituirse en sujeto analítico, crítico, participativo y transformador? Las situaciones de injusticia y desesperanza exigen abrir los ojos. Las experiencias de exclusión y empobrecimiento generan incomodidad. El pueblo siente que algo debe cambiar con urgencia, aunque necesite tiempo para identificar qué es lo que debe ser cambiado y la mejor manera de motivarlo. La realidad produce diversos procesos de búsqueda, y en la búsqueda el pueblo comienza a descubrirse “pueblo”, a comprender y transformar el mundo.
Es cierto que la realidad, por sí sola, no genera un salto del sujeto-individuo al sujeto-comunidad, a un pueblo concientizado. La realidad es un proceso. La realidad actual es el resultado de un largo proceso de luchas, avances, retrocesos, resistencias, rendiciones, incertidumbres, certezas. La realidad es posible gracias a innumerables modificaciones sociales, económicas, políticas, religiosas, culturales a lo largo de la historia, es hija del cambio. Como vimos al abordar la democracia griega, la república romana, el imperio, la cristiandad, etc., estos cambios no siempre favorecieron al pueblo. La élite lo estafó repetidas veces, consciente de que sin él no podía ejecutar sus reformas socioeconómicas y políticas. Lo enroló en oscuros procesos de cambio de la realidad en los que llovieron promesas de mejoras y reivindicaciones. Alcanzadas las metas, la élite olvidó sus compromisos con el pueblo, lo traicionó y rechazó. La realidad continuó modificándose en contra del pueblo, lo cual provocó múltiples decepciones y desesperanzas, nuevas represiones y marginaciones.
Ahora bien, la perspectiva desde la cual se reconoce, analiza, reflexiona e interpreta la realidad como proceso, resulta vital para lograr grandes descubrimientos y nuevas movilizaciones por la justicia y la dignidad; como indica Helio Gallardo: “…yo puedo conocer este conjunto articulado y, por tanto, estoy en condiciones de orientar adecuadamente mi comportamiento en él”.6 Por muy mal que le haya ido al pueblo arrastrado por la élite, silenciado e invisibilizado por ella, siempre existen posibilidades de recuperar la esperanza. Y la esperanza se recupera cuando el pueblo constata que la realidad debe continuar transformándose, que él puede y debe participar popularmente para lograrlo. Cuando el pueblo se vuelca a la participación popular se descubre protagonista de la transformación de la realidad; de ese modo, el contexto se trasfigura en beneficio de sus intereses.
La élite hegemónica no siempre mantuvo un mismo concepto sobre la realidad. En ocasiones, la realidad ha sido entendida como un “eterno inalterable”. No vale la pena participar para modificarla, porque desde los orígenes de la vida humana la realidad es como se presenta. Bajo esta idea la élite persigue que el pueblo se conforme y asegure la perdurabilidad del status quo. En muchas ocasiones la élite religiosa sirvió a la élite política al justificar y difundir esa noción sobre la realidad. Ante ella, el pueblo sufre enormes frustraciones. Muchas/os sienten que la realidad cambia, se agudizan las condiciones de pobreza, opresión y marginación, les cuesta dejar de pensar cómo revertir tal situación y, al mismo tiempo, retroceden y se inclinan ante la idea de lo “eterno inalterable”. Algunas/os llegan a asegurar que las sensaciones de empeoramiento de la realidad responden a la incapacidad del pueblo para adaptarse a ella; determinan incluso que si los seres humanos llegan a acomodarse a las condiciones que la realidad impone, sobrevendrá una existencia feliz y próspera. Sin embargo, toda adaptación, todo acomodo a las condiciones que la realidad presenta atentan contra la participación popular.
Existe otro concepto elitista sobre la realidad que es aún más hiriente y asfixiante. Contrario a lo anterior, se promulga que la realidad es el producto de múltiples transformaciones resultantes de diversas contradicciones, mas esta inestabilidad de la realidad no es eterna. Los seres humanos buscan prosperidad y felicidad, participan de modo violento para alcanzarlas y, de esa forma, modifican la realidad continuamente, lo que hace que se acerquen cada vez más a la consecución de sus anhelos. Una vez lograda la prosperidad y la felicidad anheladas, las mujeres y los hombres cesan de participar y, por consiguiente, la realidad se convierte en un “eterno estable”. La élite hegemónica asegura que la humanidad ha alcanzado ya ese estado de satisfacción, de hartura material y espiritual; por tanto, las mujeres y los hombres han llegado al fin de la historia; la realidad ha dejado de ser transformable y perturbadora para convertirse en algo irreversible e inquebrantable. Ante esas suposiciones el pueblo reacciona.
Algunas/os consideran que la historia se detuvo gracias al éxito elitista, y que las insatisfacciones e infelicidades que aún existen son producto del desconocimiento sobre el alcance de ese éxito, cuestión que se resuelve con información e instrucción. Las mujeres y los hombres deben conocer lo alcanzado por la élite y calificarse en las nuevas posibilidades tecnológicas obtenidas en las batallas por conseguir prosperidad ilimitada. Sin embargo, mientras más se informa e instruye el pueblo, más crece su insatisfacción, se acrecienta la sensación de vivir una realidad injusta cuyos cambios se aceleran empeorando su situación. Aumenta la convicción de que lo “eterno estable” es una farsa, que la parada de la historia es una ficción devastadora. Aparece, entonces, la indignación frente a las víctimas de la ideología hegemónica, la cual “…asevera que no hay otra alternativa y exige una cadena interminable de sacrificios a los pobres y a la creación. Promete la falacia de salvar el mundo mediante la creación de riqueza y prosperidad, se atribuye la soberanía sobre la vida y reclama una lealtad que equivale a idolatría”.7
Las ideas sobre la realidad que frenan la participación popular, o sea, la posibilidad de transformación de la realidad a favor del pueblo, no logran eliminar los anhelos populares de vida, esperanza y felicidad. Mientras el pueblo sueñe con una vida decorosa, la historia continúa, la realidad se transfigura, la participación popular aproxima la justicia. En este sentido, Martin Luther King dijo: “Lo único que hallamos cuando atravesamos estas llanuras mortales es la existencia; pero la existencia es la desnuda estructura a cuyo alrededor debe ser creada toda la vida. Una fecunda y dichosa existencia no es algo que usted se encuentre; es algo que usted hace”.8 El pueblo percibe que la realidad es un proceso de transformación constante y que debe intervenir en ese proceso para acometer un jalón por la justicia, la dignidad y la felicidad que no le regalará nadie; o sea, como afirma Sergio Arce: “La libertad no pertenece al mundo de lo dado, sino de lo conquistado”.9 Hay que edificar la vida que sentimos y consideramos merecer, hay que transformar las condiciones históricas concretas como parte de ese proceso de construcción o creación de vida digna, liberada. La realidad, problematizada en el proceso de participación popular, aporta diversas pistas a la transformación emancipadora.
En la Biblia se considera la realidad de muchas maneras. No existe una sola noción sobre lo real. Hay sectores que la entienden como lo “eterno inalterable” dado por Dios; otros como aquello inestable que es transformado hacia su definitiva estabilidad, el “reino definitivo de Dios”, y algunas/os la comprenden como lo que siempre puede modificarse en aras de alcanzar mejores condiciones de vida, un “reino de Dios en recreación” constante. Detrás de estas nociones hay diversas ideas sobre Dios y el papel de los seres humanos, el pueblo y la élite, así como múltiples concepciones políticas e ideológicas que las alimentan.
Como la realidad “es lo que es”, o mejor dicho, “lo que está siendo” y no “lo que debería ser”, las mujeres y los hombres de fe sienten necesidad de participar desde lo que creen, desde sus imaginarios sobre lo divino y lo humano, sobre su comunidad y la sociedad en general. A la imagen de un Dios fatal e inconmovible, de unos seres humanos cautivos de sus designios, corresponde la idea de la realidad como “eterno inalterable”, noción que impone la élite hegemónica contra el pueblo en proceso de construcción de sí mismo. La idea de un Dios proveedor e imparcial en su justicia, de una humanidad predestinada a realizar su proyecto, es fundamento de la noción de la realidad como “lo provisorio”, que devendrá un estado definitivo de prosperidad y bienestar. Esa concepción no deja de servir a la élite que manipula las coyunturas y circunstancias presentes, estafa al pueblo con sus promesas de realización futura y consuma sus propósitos de control y dominio hegemónico. La idea de un Dios dialogante y participativo, de una humanidad en continuo proceso de recrearse como pueblo y recrear el mundo, alimenta la noción de la realidad como “construcción colectiva”, presta siempre a ser transformada en beneficio popular. Bajo este aserto ya no hay futuros implacables que determinan las acciones presentes, sino todo lo contrario, el análisis de las coyunturas actuales, la reflexión sobre la práctica cotidiana, sobre los niveles de integración y participación popular, antihegemónica y transformadora, delinean los horizontes futuros, jamás estáticos e imperfectibles.
Los profetas bíblicos del siglo VIII a.C. son un ejemplo del pueblo que toma la realidad como punto de arranque, denuncia las injusticias e indignidades y procura su transformación participando a favor de las víctimas de la élite. No es algo que se demanda para un mañana lejano y apartado, es algo que se procura para “el aquí y el ahora” de las/os que sufren y anhelan justicia. Jesús de Nazaret también parte de la cruda realidad del pueblo, que es su propia realidad, para producir un cambio que posibilite decoro y bienestar. Si bien habla del reino de Dios como algo que aún no está instalado en la realidad, también habla de reino de Dios como lo que ya existe en el proceso de concientización del mundo que experimentan sus seguidoras/es (Lc 17,20-21). El reino, por consiguiente, no es un hecho que irrumpirá caído del cielo, sino que es un proceso que fluye desde la tierra, un proceso de transformación constante de la realidad impulsado por la participación popular. No es algo para vivir mañana, es algo para ir viviendo, construyendo, recreando “aquí y ahora” con optimismo.
No se puede perder de vista que la realidad posee varias dimensiones interrelacionadas: la realidad personal y comunitaria, la realidad familiar y social, la realidad nacional e internacional, la realidad económica, política y religiosa, etc.
Estas dimensiones son aspectos de una amplia y compleja situación real, la cual, como proceso, nos condiciona en gran medida.
Múltiples realidades provocan énfasis diversos en la lucha de los pueblos, en sus procesos de participación popular, en su concientización. El denominador común es el esfuerzo por la justicia y la dignidad, pero no se pueden obviar las diferencias, las múltiples coyunturas, sujetos comunitarios e incluso élites.
La realidad es la fuente primaria de conocimiento, pero esta no genera transformaciones por sí misma. Son las mujeres y los hombres que participan popularmente quienes generan el cambio, el pueblo organizado y comprometido que escucha los clamores de justicia, que fija la mirada sobre las víctimas de la élite hegemónica, que reflexiona y se inserta en su contexto con talante emancipador. Su resistencia trastorna el status quo, crea nuevas realidades, favorables a la liberación de las/os empobrecidos, oprimidos y excluidos del sistema. Por ello, en los procesos de Lectura Popular de la Biblia decimos que la realidad es también el “punto de llegada”. La realidad actual desafía al pueblo para que trabaje en pos de la humanización que se constituye en un proceso de Educación popular.
La Educación popular, como plantea Carlos Núñez Hurtado, “…es un proceso de formación y capacitación que se da dentro de una perspectiva política de clase y que forma parte o se vincula a la acción organizada del pueblo… en orden a lograr el objetivo de construir una sociedad nueva, de acuerdo a sus intereses”.10 La Educación popular aporta al pueblo un modo revolucionario de reconocimiento de la realidad, para que la transforme participando de manera militante. Lo popular marca el rumbo y trastorna los entramados antipopulares y hegemónicos en pos de lograr un ser humano concientizado, comprometido con la justicia y la dignidad de las/os empobrecidos, oprimidos y excluidos; sujeto de la nueva sociedad, la nueva iglesia fundada en la participación popular que crea y recrea continuamente mejores condiciones de vida y felicidad.
La Educación popular surge como necesidad frente a la educación bancaria (hegemónica) y no se agota en determinados períodos de asimilación de contenidos para el conocimiento y la transformación de la realidad. Es parte de la militancia sostenida del pueblo y de sus luchas por cambiar el mundo. Es filosofía del cambio constante en el continuo proceso de recreación del pueblo. De ahí que no se pueda negar la Educación popular como eje del ser humano que participa de manera liberadora; la comunidad, la iglesia, la sociedad que se oponen al hegemonismo en defensa de la justicia. Las ideas, nociones y conceptos, las vivencias, experiencias y prácticas populares, no pueden desarrollarse sino en procesos de Educación popular que las convierta en elementos transformadores de la realidad de manera emancipadora. En dichos procesos resuena el “clarín de la conciencia” que devuelve al pueblo el decoro arrebatado por las élites antipopulares e impulsa las modificaciones necesarias en las diferentes dimensiones de la existencia humana.
No es la educación, sino su carácter popular, lo que proporciona liberación. Lo popular en la práctica educativa concreta dinamiza la participación a partir de las urgencias del pueblo, sazona los métodos de aprendizaje y la construcción colectiva de las estrategias emancipadoras. Lo popular instala al pueblo en el centro de toda reflexión y toda acción pedagógicas para cambiar el mundo, lo que asegura que el cambio sea auténtica transformación y que, por tanto, surjan mejores coyunturas para nuevas caminatas liberadoras. Lo popular hace de la educación y de la participación del pueblo procesos siempre vigentes para la plena e inagotable realización de lo humano.
En las sociedades contemporáneas, como en las preindustriales, la subversión que provoca lo popular perturba a las élites controladoras. Dado su carácter desafiante y subversivo, y su amplísima heterogeneidad de sentidos, lo popular, o se ha proscrito o se ha asumido de manera desfigurada. Tanto en la antigua Grecia como en Roma, lo popular tendió siempre a diluir el sostén ideológico y religioso de las jerarquías. En la cristiandad sacudió el andamiaje dogmático que alimentaba una iglesia monolítica y excluyente. En las modernas sociedades industriales impulsó la democratización de los medios de producción y, en la hora presente, interpela al poder del Estado para que supere sus propios engendros económicos y financieros, al tiempo que moviliza al pueblo para que recupere su lugar histórico.
En lo que respecta al proceso revolucionario cubano que desembocó en el triunfo popular de enero de 1959, es innegable que abrió para nuestro pueblo nuevas perspectivas de participación y, por tanto, posibilidades inéditas de realización de lo humano en nuestro contexto. Ahora bien, como proceso histórico, condicionado por la cultura hegemónica de la que somos hijas/os, nuestra epopeya no ha estado exenta de intromisiones elitistas que atentan contra la participación popular. Hay que reconocer que el carácter popular ha sido lo revolucionario de nuestro proceso y lo que ha convertido a la Revolución cubana en referente de las luchas emancipadoras en nuestro continente. No sólo es todo lo que se ha transformado, sino la manera en que se ha hecho, lo que despierta admiración y garantiza la sobrevivencia del proceso: lo popular en el horizonte.
No obstante, como la epopeya humana se resume, en gran medida, en el enfrentamiento entre lo popular y lo hegemónico, y no estamos exentas/os de atentar contra el carácter emancipador de nuestra proeza, se debe garantizar que no venza la perspectiva elitista ni se liquiden las posibilidades de participación popular, aun en las más difíciles circunstancias. No hacerlo podría abortar la gesta del pueblo cubano y su capacidad de impulsar procesos populares antihegemónicos, incluso más allá de nuestras fronteras. El riquísimo proceso de constitución de nuestro pueblo requiere un tratamiento mucho más extenso y númerosas páginas, lo que hace imposible que abordemos, en tan corto espacio, las diferentes facetas en las que diversos hegemonismos han provocado incisiones en nuestro proceso popular revolucionario.
De cualquier modo, reiteremos la importancia de asegurar lo popular en el horizonte de nuestra caminata como pueblo. El diálogo popular y la construcción colectiva del diseño del modelo social, la participación en su implementación, evaluación y recreación constantes, la crítica y la legitimidad del sujeto crítico, el liderazgo participativo, la escucha militante del clamor de las/os menos favorecidos, la socialización de las estrategias políticas y económicas, son algunas claves para la caminata liberadora del pueblo cubano en el presente.
Otro elemento no menos importante para que lo popular perdure en el horizonte de todos los pueblos es la urgencia de que la práctica educativa popular desenmascare una forma de “participación” histórica, promovida por la élite, al margen de la justicia y la dignidad. Es un modelo de “participación” acrítica, reduccionista, oportunista, sacrificial, herética y hegemónica que intenta encadenar las miras del pueblo a los fines de la batalla, mientras le prohíbe interesarse por el desarrollo del proceso. Se ha expresado de diversas maneras, lo mismo mediante la brutal pax de Roma que a través de la cínica pax de Washington. Este modelo estimula hoy “la cultura del consumismo desenfrenado, la avaricia y el egoísmo competitivos del sistema de mercado mundial neoliberal y cualquier otro sistema que sostenga que no existen alternativas… la acumulación incontrolada de riquezas y el crecimiento sin límite que ya han costado la vida de millones de personas y han destruido gran parte de la creación de Dios”.11 Por consiguiente, precisa ser sometido a debate popular, desenmascarado y denunciado como estrategia histórica de opresión y exterminio.
En el cumplimiento de esta tarea es que la Educación popular revela su carácter profético, y se hace evidente la necesidad de insertar esa práctica y ese carácter en la experiencia educativa de los pueblos. Las posibilidades de sobrevivencia del ser humano dependen de una nueva manera de construir y socializar el conocimiento. Por tanto, la Educación popular, enraizada en la participación popular y antihegemónica, resulta elemento clave para la seguridad de la humanidad.
Como ha sucedido desde la antigüedad, lo popular promueve hoy el cambio sociohistórico y cultural. La participación popular dará la estocada definitiva al actual modelo hegemónico y trastornará la cultura androcéntrica, elitista, racista, academicista, adultocéntrica, homofóbica e imperialista, de manera que los paradigmas proscritos signen las nuevas proezas humanas. Los movimientos y organizaciones populares tendrán que establecer alianzas de carácter antihegemónico para impedir que, consumado el viraje histórico, lo popular salga del horizonte y nuevas jerarquías se instalen con sus estrategias de dominación. La participación popular habrá de imponerse en el diseño de esa otra sociedad que lo popular ha comenzado a hacer visible.

Notas:

1—Las citas bíblicas corresponden a la versión Reina-Valera 1995, una de las traducciones más leídas en las iglesias cubanas.
2—Pablo Richard: “¿Cuál es el sujeto capaz de construir ‘otro mundo’?”, en Dom Demetrio Valentini (et al): ¿Es posible otro mundo? Reflexiones desde la fe cristiana, Indo-American Press Service Limitada, Bogotá, 2004, p. 24
3—Paulo Freire: Pedagogía de la esperanza, Ed. Siglo XXI, México DF, 1993, p. 95.
4—Paulo Freire: Pedagogía del oprimido, Ed. Siglo XXI, México DF, 1977, p. 78.
5—Ibid., p. 84.
6—Helio Gallardo: Fundamentos de formación política. Análisis de coyuntura, Ed. DEI, San José, 1990, p. 14.
7—Covenanting for Justice in the Economy and the Earth. ‘The Accra Confession’. 24th General Council. World Alliance of Reformed Churches, Accra, Ghana, 2004, en Document GC 23-e., WARC, Ginebra, 2004, p. 2.
8—Martin Luther King: Adónde vamos: ¿Caos o comunidad?, Aymá Sociedad Anónima Editora, Barcelona, 1968, p. 34.
9—Sergio Arce: Teología sistemática. Prolegómenos, Consejo Latinoamericano de Iglesias, Quito, 2002, p. 110.
10—Carlos Núñez: Educar para transformar, transformar para educar. Una perspectiva dialéctica y liberadora de la educación y comunicación popular, Ed. Caminos, La Habana, 2006, pp. 76-77.
11—Covenanting for Justice in the Economy and the Earth…, p. 3.

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