Ni calco, ni copia, ni dogma

Joel Suárez

En esa época vivía y trabajaba en Holguín. Era el año 1990. Mantenía relación con las organizaciones ecuménicas en las que militaba y con la actividad del Consejo Ecuménico de Cuba. Seguía de cerca lo que pasaba en el Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr –fundado tres años antes por mi Iglesia Bautista Ebenezer de Marianao y sus pastores–, sus propósitos y primeras actividades, todo muy marcado por el ambiente y el espíritu del proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, que, en particular, era un momento oportuno para evaluar y remontar las tensiones, discriminaciones y desencuentros en las relaciones entre los creyentes religiosos y la Revolución, entre las iglesias, otras confesiones religiosas y el Estado.
Hasta aquí habíamos llegado tras un largo proceso signado por el testimonio de muchos creyentes que optaron por permanecer en esta tierra, fieles a su Dios y fieles a su pueblo y a su patria. A ello se sumaba –y era a veces de las pocas cosas a las que asirnos– el reconocimiento de que en Fidel teníamos un aliado. Su visión y el testimonio de sus criterios y su actuación en estos asuntos eran claros desde los primeros días de la Revolución y en sus pronunciamientos en encuentros con los cristianos latinoamericanos en diversos momentos.
Queríamos algún cambio, y muchos, entre ellos mi mamá, cifraban sus esperanzas en su intervención. Pero también sabíamos, al igual que él, que era necesario trabajar y educar para el cambio a muchos compatriotas revolucionarios, al liderazgo de la Revolución y a miles de creyentes y líderes religiosos, que siendo todos cubanos, de uno u otro lado, tenían experiencias traumáticas por esos conflictos. Y porque todo ello coexistía con fundamentalismos en ambos lados, alimentados por una educación cristiana alienante y una enseñanza del marxismo-leninismo manualesca y dogmática. Así lo reconoció Fidel en el primer encuentro que sostuvo a fines de 1984 con catorce líderes del Consejo Ecuménico de Cuba, del que tuve noticias por mi padre, uno de los presentes.
Luego, en 1985, llegó el libro Fidel y la religión, fruto de su extenso diálogo con el fraile dominico Frei Betto. Fue como aire fresco para muchos que a causa de la fe y convencidos de que esta Revolución también era nuestra, nos empeñamos contra viento y marea en encarnar en nuestra vida los valores del Evangelio y de la Revolución. Pero también para muchos cubanos y cubanas que –siendo este un país de una profunda religiosidad– tuvieron que esconder sus santos dentro de un clóset, esto es, vivir la difícil experiencia de negar su fe para sortear discriminaciones.
Pero ese aire fresco no alcanzó al Tercer Congreso del Partido Comunista, ni trajo –como más tarde reconocería el propio Fidel– los cambios necesarios y esperados en la política con relación a las iglesias, otras confesiones religiosas y a los creyentes. Sin embargo ciertas afirmaciones del propio Congreso y algunos eventos indicaban que íbamos por buen camino, y la actuación de Monseñor, como cariñosamente le llamaban sus compañeros al Dr. José Felipe Carneado, era loable y en correspondencia con su estatura humana e intelectual.
En marzo de 1990 Fidel visitó Brasil para participar en la toma de posesión del presidente Collor de Mello. El mundo y algunos amigos empezaban a cambiar. Ese era el trasfondo del entusiasta y carismático encuentro que sostuvo con teólogos de la liberación, militantes de las comunidades eclesiales de base y de las pastorales de las iglesias brasileñas que tanto habían contribuido a la creación del Movimiento Sin Tierra (MST), la Central Única de los Trabajadores (CUT) y el propio Partido de los Trabajadores (PT).
La entrañable amiga Davina Da Silva le preguntó a Fidel por qué en Cuba los cristianos no podían ser miembros del Partido. Fidel, fiel a sus convicciones, aprendizajes y aportes en estos asuntos, repasó la historia, las causas y los conflictos, y ante un auditorio que vibraba entre mística y revolución, que le despertó añoranza por una iglesia que no tuvo, añadió hacia el final de su intervención: “Les voy a decir con toda franqueza, creo que si tuviéramos personas como ustedes allí (en Cuba), estarían hace rato en nuestro Partido”.
Muchos de los que habíamos vivido por nuestras opciones bajo el fuego cruzado de las jerarquías eclesiásticas y las filas de la Revolución –como aseverara el propio Fidel– miramos con alegría el reportaje del evento, pero recibimos con sorpresa y algo de disgusto la frase de Fidel. No obstante, rápidamente descubrimos en ella una oportunidad y la mano de Dios.
Fui uno de los tantos que levantaron el teléfono para llamar a mi padre, el Reverendo Raúl Suárez, en ese entonces presidente del Consejo Ecuménico de Cuba. Mi madre con su insistencia, y una vieja máquina Underwood, fueron testigos de los varios intentos de lo que finalmente resultó ser una carta de invitación a Fidel a encontrarse con líderes de iglesias evangélicas cubanas y de su movimiento ecuménico.
El 2 de abril, alrededor de las seis de la tarde, setenticuatro hermanos y hermanas entramos en el Consejo de Estado. Fuimos cordialmente recibidos por sus trabajadores, algunos de los cuales vienen desde los días de la Sierra Maestra con Fidel. Nos brindaron café y un refresco de horchata de ajonjolí, resultado de las búsquedas y obsesiones de Fidel por una alimentación sana.
Nadie podía esconder su exaltación, ni detrás de las plegarias que elevaban, mientras nos dirigíamos al salón donde se reúne el Consejo de Ministros. Yo caminaba cerca de mi padre, respetando el espacio que indicaba la ocasión para líderes históricos del movimiento ecuménico cubano. El fue llamado al interior del salón y en breve regresó en compañía de Fidel. El asombro fue grande y el entusiasmo mayor: tener por primera vez a pocos metros a un hombre de la estatura física y moral de Fidel te movía el piso. Consciente de que había que manejar los sentimientos y las emociones ante la responsabilidad del momento y con la historia que nos precedía, me fui al final de la hilera y allí dejé escapar las lágrimas que la emoción provocaba.
Los que cupieron se sentaron alrededor de una larga mesa. Otros, en sillas a espaldas de mi padre y de otros directivos del Consejo, quedaron sentados frente a Fidel y a un pequeño grupo de sus colaboradores y dirigentes del Partido. Quedé del lado de la mesa en que estaba Fidel, por lo que me resultaba difícil verlo.
Mi padre puso la Biblia sobre la mesa. Se dirigió a Fidel, explicó que en esta hora de definiciones para el país, los allí reunidos –un grupo muy heterogéneo– coincidían en su solidaridad con nuestro pueblo, en el amor por la patria cubana y en el reconocimiento de lo que ha significado la Revolución cubana para nuestra gente. Añadió que la situación del país en ese momento no nos era ajena, y que la convocatoria al IV Congreso del Partido y el llamado a la unidad nacional ofrecían una oportunidad para que la Revolución eliminara todo tipo de discriminación religiosa. Y continuó: “A nosotros, los cristianos cubanos, cuando le oímos allá en su encuentro con los hermanos en Brasil… nos dejó una pequeña preocupación, y usted nos ha dado esta oportunidad abierta, franca de tratar estos asuntos… cuando usted dijo ‘sí tuviéramos personas…’”. Fidel lo interrumpió: “Tienes toda la razón, antes que termines te digo que tienes toda la razón”. Y entre risas, aplausos, emociones y recuerdos Fidel continúo: “Yo debía haber pensado en ustedes, yo tengo que rectificar”. Todos aplaudimos, y la risa colmada de emoción inundó la sala. “Es justísimo, fíjate” –dijo Fidel dirigiéndose a mi padre–, “en realidad gente como ustedes claro que tenían que estar en el Partido”. En ese instante recordé, cuando siendo muy, muy pequeño, viajé junto a mi madre en una chispita por los campos del Camagüey al encuentro de mi padre en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Había heridas que en ese momento empezaban a sanar.
Mi padre continuó mencionando los cambios que nosotros esperábamos para el país y para la vida de los creyentes y las iglesias en su suprema aspiración y compromiso de servir a nuestro pueblo, limitados por incomprensiones y discriminaciones abiertas y sutiles. Expresó nuestra confianza en Dios y en nuestro pueblo y en su creativa capacidad para vencer las dificultades. Y como buen pastor terminó diciendo: “Que la Revolución sepa que en esta hora que está viviendo nos tiene… en nuestras iglesias. Cuando estamos en nuestros cultos de adoración a Dios, nuestros hermanos oran por usted para que Dios le dé sabiduría, para que usted sea cada día más justo, más consecuente con sus principios revolucionarios… Por todo esto, nos sentimos agradecidos a Dios y a usted por estar aquí y por este encuentro”.
Fidel, cuyo rostro revelaba lo que su corazón sentía, respondió: “Tus palabras me han emocionado mucho… porque hay algo que es clave en todos y es la honestidad y la sinceridad. Y esas cosas no se pueden simular, esas cosas se sienten o no se sienten, ni el mejor actor del mundo es capaz de simular la sinceridad. Eso se ve en ustedes, en todos. Cuando los fui saludando uno por uno, escuché muchas frases amables, generosas: Dios te bendiga, oramos por ti… con gran espontaneidad y mucha sinceridad… Pero entre los ruegos que tú ibas a hacer te faltó uno” –dijo dirigiéndose a mi padre–: “rogabas para que tuviera sabiduría, fuera cada vez más justo, es muy correcto. [Pero] para que no me pasen cosas como la del otro día, pudiste haber añadido: para que no meta el delicado pie algunas veces. Vean cuánto necesitamos nosotros de sabiduría y de comprensión, de sentido de la justicia y de cuidado para no cometer errores; pero no hay mal que por bien no venga.”
A partir de ahí muchos de los presentes, entre ellos algunos que siempre han juntado sin dificultad sus convicciones cristianas y revolucionarias, hablaron desde su corazón sobre los cambios necesarios en el país y en la cuestión religiosa. Fidel intervenía a ratos.
Mi padre me había pedido que para este encuentro me cortara el pelo y dejara algunos elementos de mi indumentaria. Pero yo no podía, ni siquiera por la etiqueta que demandaba la ocasión, dejar en casa la estampa que hasta hoy me acompaña. Como presumíamos, casi a la llegada Fidel había pedido permiso para filmar la reunión, y luego, para transmitirla íntegramente por la televisión. Conmovido por la intervención de un viejo militante cristiano y revolucionario, dijo: “A mí me gustaría que mucha gente escuchara cosas como las que ustedes están diciendo aquí, porque sería magnifico, nos ayudaría mucho.” Y dando una indicación a unos de sus colaboradores, apuntó: “¡Qué bueno sería que pudiera la población oír lo que ellos han dicho! ¿Qué creen? ¿Nos autorizan a nosotros?” Y así sucedió.
Consciente de que el calco y la copia habían provocado desviaciones, empobrecimientos y problemas entre nosotros, con el Llamamiento al IV Congreso del Partido en mis manos, convencido de que la convocatoria al debate popular representaba una oportunidad excepcional, con temor y temblor, pedí la palabra. Traté de ubicar uno de los campos que –con incidencia en la cultura política, las representaciones y el sentido común de los cubanos y cubanas– ha estado entre las causas raigales de las incomprensiones hacia los creyentes, y que no sólo ha sido perjudicial en la cuestión religiosa: el marxismo-leninismo que nuestro sistema de enseñanza diseminó por todo el país, un tema delicado. “No soy católico y no conozco el catecismo pero si hay algo similar, me parece, son las clases de marxismo…” y me aventuré en una caracterización del marxismo-leninismo que por muchos años había sido consumido acríticamente en la isla. Fidel me escuchaba de pie, muy cerca, apoyado en el espaldar de la silla que estaba a mi lado. “Y eso está entronizado en la mente de muchos compañeros humildes, honestos, militantes. Hay gente que no conoce de la iglesia y te repiten la frasecita, la oración, el esquemita: la religión es el opio del pueblo. Yo creo que el documento del Partido –el Llamamiento al IV Congreso– hace un llamado, y para nosotros es urgente rebuscar y revivir la tradición creadora del pensamiento revolucionario cubano; nosotros creemos que es de urgencia, porque notamos una dicotomía, una diferencia a veces hasta antagónica, entre la belleza, la creatividad, la dialéctica, la osadía del pensamiento suyo, del Che, de compañeros de la Revolución, y el escolasticismo de la enseñanza política que se da en nuestras aulas… pero el Partido tiene que trabajar en esa dirección hasta la base, porque esa mentalidad es la que hace reaccionar a la gente cuando se encuentra con un cristiano…
y entre los errores que hay que rectificar uno es el campo de las ciencias sociales, hay que rescatar la creatividad de pensamiento nuestro desde Varela, Martí,… gente que inclusive fue cristiana …y unirlo con un marxismo creativo, no la escolástica esa que hemos recibido… de manuales de la época de los años cuarenta”.
Yo deseaba quedar bien conmigo mismo, con mi conciencia y con los compañeros y las compañeras marxistas revolucionarios y cristianos revolucionarios que me habían ayudado en mi formación. No esperaba tal o más cual respuesta de Fidel: su vida, sus convicciones y su pensamiento siempre fueron una herejía. Pero una opinión que secundara lo que le había expresado no era desestimable.
“Tú dijiste una cosa, lo de la escolástica, dogma, como se puede llamar también… yo a veces me he preguntado si en ocasiones hemos convertido el marxismo en una religión, lo peor de una religión, y cuando lo digo delante de ustedes no lo estoy diciendo en el menor sentido peyorativo para las cosas de la religión…Lo hemos convertido, podemos decir esto, en una creencia dogmática, por eso de que le hemos dado cierto carácter religioso… Si lo haces una creencia, es una religión, no es una ciencia política, no es una doctrina política” –y poniéndome la mano sobre el hombro, como un padre cómplice con su hijo, continuó–: “Y entonces él le llamó escolasticismo al tipo de enseñanza dogmática. ¿No es eso lo que tú querías decir?”

***

En el IV Congreso del PCC, celebrado en 1991, se decidió retirar el ateísmo como condición de militancia. En la reforma constitucional de 1992 se recuperó el carácter laico del Estado cubano, al eliminar toda referencia al marxismo-leninismo como ideología del Estado. Se enfatizó en el texto constitucional la libertad de creencia y de culto, y apareció la condena a toda discriminación que tuviera como base la confesión religiosa. Esto, junto a las reformas introducidas en el sistema electoral, garantizaron una pluralidad más amplia en la composición de los órganos deliberativos del Estado en sus diferentes niveles.

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