Paradigmas bíblicos y educación popular, rencantarnos de las otras y los otros

Abel Moya

El niño del sendero miró hacia arriba y lanzó un grito:
–¡Mira, mamá, mira! ¡Una estrella fugaz!
La brillante estrella blanca recorrió el cielo
polvoriento de Illinois.
–Desea algo –le dijo su madre–. Desea algo.

Ray Bradbury

Pronunciar el mundo es transformarlo. Transformarlo para humanizarlo es, en síntesis, la obra del pedagogo brasileño Paulo Freire. Un clamor semejante encontramos en los textos bíblicos como resultado de las ansias de liberación que se perfilan a través de innumerables rostros y voces populares.

El propio Freire reconoce las raíces cristianas de la educación popular. La Biblia, tomada como un gran proceso pedagógico liberador, se convierte en herramienta para el presente pronunciamiento del mundo, tan necesario como urgente en medio de las actuales coyunturas.

A las y los cristianos comprometidos con la transformación-humanización de este mundo nuestro les resulta imprescindible rescatar a las y los protagonistas del caminar educativo popular en las Escrituras. Vivimos tiempos en que la Biblia aún se cuenta entre los instrumentos con los que se destruyen pueblos y culturas. En manos de quienes silencian y deshumanizan el mundo, la Palabra sofoca la lucha por la justicia y sabemos que esa palabra es falsa. La Palabra verdadera anuncia cielo nuevo y tierra nueva. No son limosnas, sino frutos de la resistencia comunitaria, que posee semblantes, clamores y actos concretos.

Desde esta perspectiva, una de las funciones de la teología es, precisamente, colaborar en la transformación-humanización del mundo, la sociedad, nuestras comunidades, quizás su razón fundamental. Al “hablar sobre Dios” (theo-logia) no pretendemos más que colocar una esperanza de vida allí donde el mundo, la sociedad y nuestras comunidades pierden sentido frente a las víctimas de la ambición, la exclusión y la opresión.

Comunicar esa esperanza se transforma, entonces, en un acto pedagógico en el que se pretende no sólo anunciar una “otra realidad posible”, sino también iluminar los caminos que conducen a ella. Es aquí donde teología y educación intercambian razones y fines. Es aquí donde lo popular irrumpe como alternativa frente al silenciamiento e invisibilización de los sectores a quienes ellas se dirigen. Y en esa relación recíproca, brotan nuevos significados que estimulan la resistencia.
Cuando hablamos de teología y educación popular nos referimos a uno de los caminos para la construcción de un mundo, una sociedad, diversas comunidades más justas y solidarias. La práctica teológica y educativa, desde esa óptica, impulsa relaciones de diálogo entre personas y grupos, con el objetivo de provocar el acercamiento, la concientización, la producción de conocimientos, sentidos, nuevos saberes, en ambientes de reciprocidad. Cultura de paz con justicia a partir del re-conocimiento entre sujetos plenos.

La persona vale por lo que sabe, por su capacidad de persuadir al otro para trabajar juntos, “pronunciar juntas/juntos el mundo”: transformarlo. Nuestros saberes nos hacen valiosos y no existen ignorantes o sabios absolutos, menos a la hora de humanizarnos, promover la justicia con misericordia, sólo posible con la participación de todos los seres humanos. En esta perspectiva, el gran problema de la educación popular es el del reconocimiento entre las personas: rencantarnos de la otra y el otro. Tal como cantamos en nuestras comunidades de fe: “No eres una isla, sola(o) tú no estás, tu alegría es mi placer, tu dolor mi sufrir. Nos necesitamos…”

Ese rencantamiento es uno de los procesos imprescindibles en la construcción de un mundo de justicia con misericordia, o lo que es lo mismo, nuevas relaciones fundadas en la pasión por la vida. En este punto, ya no podemos concebirnos sino en el amor gratuito, la escucha militante, el hacer para todas y todos. De este modo también se habla de Dios en las Escrituras, aunque en ocasiones pase inadvertido entre las imágenes de una divinidad más justiciera que justa y más celosa que amorosa.

De espaldas a la realidad de la inmensa mayoría de los seres humanos, ajenas a sus clamores y urgencias, la teología y la educación bancarias provocaron el desencantamiento socioeconómico y político-religioso en buena parte de la humanidad. Asistimos al advenimiento de un mundo insensibilizado, desencantado de la otra y el otro. Paradójicamente, resurgen oleadas de espiritualidad evasiva tras “divinidades” etéreas que persiguen el abandono del mundo, las sociedades, nuestras comunidades y sus conflictos. No importa lo brusco o ligero de las sensaciones, el desencantamiento demanda escapar, a toda costa, del espantoso panorama de lo real y sus complejidades.

De este modo, se experimenta una humanidad en fuga que, con igual distanciamiento y superficialidad, presencia una nueva edición de los premios Grammy que un bombardeo sobre Gaza o Beirut. El desencantamiento inmuniza contra la indignación frente a la demagogia y el genocidio, cuando quedan pocos contrastes entre los efectos especiales de las superproducciones de Hollywood y la realidad de la guerra divulgada en vivo y en directo por las supercadenas de televisión. El desencantamiento hace del hombre una bestia y de Dios un absoluto desfigurado.
Rencantarse, rencantarnos de las otras y los otros, y de los nuevos sentidos y significados que nacen en procesos pedagógicos participativos promovidos por el quehacer bíblico-teológico popular, constituyen procesos urgentes en pos de la esperanza. ¿Cómo educar sin rencantar al ser humano con la vida? ¿Cómo “hablar sobre Dios” sin reconstruir el sentido de humanidad: ser, en relación solidaria con las otras y los otros? ¿De qué manera rencantar y reconstruir sin volver a atar los lazos desgarrados por siglos de teología y educación bancarias?
En lo que compete a la labor bíblico-teológica, como hemos dicho, es tarea primordial recuperar la voz de las y los excluidos y oprimidos en las Escrituras en aras de iluminar los rostros de las y los marginados de hoy. Si es popular y comunitaria, la teología trasciende a la muerte que, en más de una ocasión, ha sido consecuencia de chorros de tinta teológica indiferentes a las necesidades, sospechas y esperanzas del pueblo de Dios. Si se construye y reconstruye como consecuencia de procesos pedagógicos participativos, la teología es consecuente con el “decir sobre Dios” de Jesucristo, elaborado en plena interacción con el pueblo pobre.

Las Escrituras, interpretadas comunitariamente, presentan un Dios en continua relación pedagógica con su pueblo, que anuncia esperanza al rencantar a mujeres y hombres con su mundo, su sociedad, sus comunidades. Los evangelios, asumidos en comunidad, muestran a Jesús como un hombre humilde que “habla sobre Dios” de forma renovada al interactuar con los excluidos de su tiempo. El hizo lectura popular de las tradiciones israelitas al ser interpelado por las y los despreciados (Mc 7,24-30; 12,41-44; Lc 7,1-10; 7,36-50; 10,29-37; Jn 8,1-11).

De cierta manera, podemos afirmar que la novedad colocada por Jesús en la historia es también obra de sus seguidoras y seguidores; juntos, al desarrollar profundos procesos de hermenéutica popular, revelaron el rostro del Dios liberador, que opta por los pequeños y los promueve pese a las arbitrariedades de los grandes. En este sentido, el rencantamiento liberador acontece en el propio hecho de poder pronunciar-transformar la realidad a favor de quienes sufren, tras procesos de reflexión comunitaria sobre las coyunturas de exclusión-opresión en que están inmersos.

La mujer extranjera que rencantó a Jesús (Mt 15,21-28)

Cuando se leen los relatos del Nuevo Testamento, pareciera imposible apartar de Jesús la mirada para visualizar a los otros personajes de los textos. Cuanto dicen y hacen quienes rodean al Maestro nos llega a través del imaginario que sobre Jesús nos han transmitido las iglesias. En muchas ocasiones, estos preconceptos impiden rencantarnos de aquellas o aquellos otros protagonistas más cercanos a nosotros.

Por lo general, conocemos el final de la historia neotestamentaria al acercarnos a las Escrituras y la autoridad del personaje central: Jesús. Lo que sabemos por tradición sobre su vida, su muerte y su resurrección muchas veces entorpece el reconocimiento de otros protagonismos. Es importante advertir que no es Jesús el centro en todos los textos, no es quien siempre enseña, sana o libera en los evangelios. En ocasiones es él el liberado.

Se necesita un cambio de perspectiva, una mirada más sensible sobre la experiencia comunitaria que late detrás de la letra impresa. Con esos ojos aprehendieron la realidad la mayoría de los escritores de los textos bíblicos, y con ojos semejantes fueron leídas sus obras en las comunidades de fe originarias.
La mujer cananea no sólo es la protagonista en Mt 15, 21-28, sino que en ella encontramos características de una auténtica educadora popular. Es mujer, es decir, degradada al peldaño más bajo de la sociedad patriarcal que la rodea. Es extranjera, considerada impura, sin autoridad para emitir criterios, sospechosa de contaminar a los hijos de Israel. Pese a todo, despunta la magnitud de su fe, su esperanza en una transformación radical a favor de las y los excluidos (v 27). Osada, audaz, resuelta a no dejarse intimidar por juicios discriminatorios (vv 22.25.27). Humilde, perspicaz, reconoce las limitaciones a las que la condena la cultura en que vive, pero no se deja apabullar por los hombres ni pierde su sensibilidad ni su confianza en el futuro. Insiste en hallar justicia pese a las adversidades. Es madre, es decir, paradigma del amor y la misericordia.
¿Cómo se muestra Jesús? En buena parte del texto, él es la imagen de un educador bancario. Imbuido de múltiples prejuicios discriminatorios pretende rechazar, junto a sus discípulos, a la mujer extranjera (v 24). Utiliza los términos tradicionales para justificar su actitud (v 26), legitimada por las prescripciones judías respecto al trato de las y los paganos. En él prima la doctrina sobre las exigencias de la vida, la letra que mata al espíritu.

La excluida se consagra como educadora popular al rencantar a Jesús con las y los excluidos de su tiempo (v 27). Pudo replicar con diversos argumentos, incluso optar por el silencio en señal de desaprobación. Sin embargo, utiliza los términos de Jesús para hacerlo concientizar la posibilidad de pronunciar el mundo, transformarlo como verdadero Mesías (Hijo de David, v 22). Por un instante, la cananea deja a un lado su angustia personal (la hija endemoniada) y se interesa en sanar a Jesús del demonio del exclusivismo. En sus palabras hay un deseo de exorcizar a los judíos del lastre del fanatismo que desencanta al ser humano de la humanidad de la que son parte.

Ella impulsa un proceso educativo liberador que abre nuevos caminos en el ministerio del Maestro. La mujer sabe que en el “darse”, recibirá la gracia de la curación de su hija. El texto apunta a las relaciones recíprocas, el intercambio de saberes indispensable en un genuino proceso de educación popular. Jesús logra pronunciar el mundo al sobreponer la vida a la doctrina (v 28).

Desde el punto de vista teológico, aún hoy la afirmación de Jesús: “¡Mujer, grande es tu fe!”, es un escándalo. Indiscutiblemente, la religión de la cananea no era la misma que la de Jesús. La heterodoxia cananea chocaba con el estricto monoteísmo y la ortodoxia judía. La fe de ella no era la fe en Yahvé; no obstante, él exclama “¡grande es tu fe!”. Pudo haber dicho: “Mujer, no me importan tu fe ni tu procedencia. Me identifico con lo que has dicho”. Pero no son esas sus palabras: él se ha rencantado de la diferente; le interesa toda ella, su origen, su fe, su espiritualidad.

Desde el punto de vista educativo popular, la sentencia de Jesús es el verdadero milagro que espanta el demonio de la exclusión, el elitismo hiriente, los abismos entre disímiles saberes. Jesús se abre y nos abre a la experiencia de la o el diferente; junto a ella pronuncia y nos convoca a pronunciar la realidad, es decir, transformarla. La experiencia con la mujer extranjera abrió la posibilidad de otro mundo más humano. El texto afirma que ese otro mundo es posible: la hija se sana (v 28). Esto interpela a los y las educadores populares del presente. Resalta la esperanza que brota de la vida que hay en el texto, mas el relato exige un profundo examen de conciencia sobre lo que hacemos y la manera como lo hacemos.
La curación de la hija de la cananea fue el fruto de un proceso pedagógico popular, del rencantamiento con el mundo. Cabe preguntarnos: ¿Quiénes son las y los cananeos en nuestro aquí y ahora? ¿Cómo respondemos ante sus reclamos? ¿De qué demonios pueden exorcizarnos? ¿Cuán urgente resulta que pronunciemos el mundo para la liberación de las y los otros? ¿De qué manera están relacionadas nuestra íntima y personal liberación con la de todas y todos los que nos rodean?

El día en que Yahvé aprendió a rencantarse (Gn 18,16-33)

Sin duda, Gn 18,16-33 es fruto de la reflexión popular en pos del rencantamiento con el mundo, la sociedad, nuestras comunidades, para poder transformarlas. Nos introduce en el proceso educativo liberador que acontece entre Dios (Yahvé) y su pueblo. Aquí el sujeto del acto formativo no es sólo Yahvé, quien comparte dicho papel con Abraham, hasta el punto de rencantarse al aprender misericordia como lógica de la auténtica justicia.

¿Qué imagen de Dios nos regala el texto? Yahvé es Dios porque sabe compartir con su pueblo la importante tarea de impartir justicia (v 17), porque recorre con la humanidad los senderos de la participación solidaria y la cooperación mutua (v 19), porque reconoce la necesidad del diálogo en la construcción de una nueva sociedad y no minimiza el juicio humano, porque hace diagnóstico de la realidad en contacto directo con sus actores (v 21).

En el texto, Yahvé no es el poseedor de toda la verdad, esto es, una verdad absoluta, empaquetada, lista para ser distribuida y acogida sin la más mínima posibilidad de ser enriquecida y transformada. No es Dios el propietario de la justicia, es decir, una “justicia infinita”, terminada, lista para ser impartida sin miramientos. Dios aprende con Abraham que ese sentido de la verdad y la justicia desencanta al ser humano con su mundo y es un fraude y un atropello a su dignidad. Yahvé reconoce, en un auténtico proceso educativo liberador, que la verdad y la justicia se construyen en el debate popular, que al descubrir los matices de la realidad introduce el sentido de la misericordia y sensibiliza la justicia con la situación de las y los excluidos.

Abraham representa al sector del pueblo que emerge del anonimato, al que ha sido condenado por quienes ejercen el poder con impiedad. Abraham protesta contra la falta de solidaridad y el verticalismo en la toma de decisiones. Enseña a Dios desde su experiencia, en legítima celebración de la vida (v 25). En su clamor descubrimos el de todas y todos los marginados. Abraham libera a Yahvé de actuar como los poderosos que luchan entre sí sin la menor preocupación por las víctimas.
El texto no se hace eco de un pacifismo evasivo. Abraham no le pide a Yahvé que deje impune los delitos de quienes pisotean la vida y la esperanza. Interpela a Dios para que ejerza justicia, no sin antes reflexionar comunitariamente sobre sus consecuencias.

Desde el punto de vista teológico, el texto representa una herramienta para la crítica frente a las teologías que hacen de las mujeres y los hombres receptores pasivos de la “voluntad de Dios”, tantas veces manipulada desde el poder para desencantar y silenciar a las mayorías. Desde el punto de vista pedagógico liberador, el texto se vuelve un paradigma en medio de los esfuerzos por devolverle al pueblo el protagonismo y la palabra, tanto en la sociedad como en las iglesias. Estimula la crítica humanizadora y la reflexión para hacer de cada ser humano un agente del re-encantamiento, de la transformación social y eclesial.
Este relato coloca varios desafíos a la hora de llevar adelante nuestras prácticas educativas. ¿Qué retos presenta la imagen de un Dios que aprende del ser humano a la hora de planificar, monitorear y evaluar nuestras experiencias? ¿Cómo introducimos la lógica de la misericordia en los procesos formativos en que participamos? ¿En qué medida somos como Abraham y Yahvé en nuestras luchas por la justicia?

Rencantarse, rencantarnos: fruto del diálogo y la participación popular

“Decir sobre Dios” sin rencantarnos de la otra o el otro, sin hallar esperanza en medio del mundo, la sociedad, nuestras comunidades, equivale a hablar de un dios que no es el Dios liberador presente en las Escrituras. Aprender a teologizar es aprender a encontrar la esperanza dialogando, participando, sufriendo, celebrando con quienes nos rodean y teologizan desde sus propias experiencias.

Las Escrituras enseñan a superar el desencantamiento que es fruto de teologías y procesos educativos bancarios, al servicio de las elites conservadoras que sacan provecho de un ser humano cada vez más apartado de lo humano y cercano a la bestia. La Biblia, releída en su sentido liberador, devuelve la utopía desmembrada por dichas elites, al revelarnos que el rencantamiento es un proceso pedagógico participativo en el que de a poco reconocemos la capacidad de sanarnos los unos a los otros. Cooperar, aprender, reflexionar, debatir, solidarizarnos, acompañarnos, son actos de interacción comunitaria en los que no sólo hallamos nuevos significados para vivir mejor, aun en medio de las dificultades, sino que también representan posibilidades de superar dichos problemas.

Por otro lado, ese rencantamiento nos permite liberarnos del “imperio” del texto bíblico en detrimento de la cotidianidad, y quizás hallemos aquí la mayor contribución de este “decir sobre Dios” popular y liberador. En tal sentido, rencantarnos de las y los otros motiva también acoger el primado de la vida sobre la doctrina, de los seres humanos que caminan con nosotros sobre quienes vivieron los tiempos bíblicos, y que en el desencantamiento con el mundo aprendimos a sobredimensionar, a la vez que rechazamos nuestra realidad y sus actores.

Al rencantarnos con el mundo y la sociedad, en el trabajo comunitario, la atención recae sobre la vida, donde no ha dejado de hablar el Dios liberador.

La Biblia se supedita a la vida; es luz para iluminarla y no antifaz con el que dejar de contemplarla, ciegos ante sus exigencias. De cierta forma, el desencantamiento entre las y los cristianos provocó nuevos fariseísmos desde los que sólo es legitimo reflexionar y actuar al encontrar justificación bíblica. Rencantados con la humanidad denunciamos cuanto intente minimizar a las mujeres y los hombres, no porque la Biblia lo diga, sino porque es hacer justicia.
Al rencantarse con la comunidad, las teólogas y los teólogos y educadores populares puntualizan lo que no puede faltar para que la Biblia recobre su originario sentido liberador:

· El proceso de interpretación de los textos sagrados debe ser comunitario, nunca privativo de una elite académica; por tanto, debe estar mediado por el diálogo e intercambio de saberes entre teólogas y teólogos, biblistas profesionales y el resto del pueblo de fe.
· El proceso de interpretación bíblica debe partir de la vida cotidiana para que se entre a los textos sagrados con las inquietudes que surgen de la realidad donde Dios habla a las comunidades de fe.
· Los textos bíblicos no son recetas para solucionar los conflictos de la realidad; más bien aportan luces para enfrentarlos con esperanza.
· El fin del estudio de la Biblia no puede reducirse al perfeccionamiento exegético que en muchas ocasiones desencanta a la mayoría de quienes conforman las comunidades, sino al mejoramiento de la realidad cotidiana con la que nos rencantamos reflexionando, comprendiéndonos y comprometiéndonos unos con otros.
· La Biblia es el testimonio del caminar del pueblo de Dios, no un ídolo objeto de adoración. La inmensa mayoría de los textos bíblicos fueron escritos no para que sepamos más sobre las obras de Dios en el pasado, sino para que logremos identificar los signos liberadores de Dios en nuestro presente.
· El saber teológico y los objetivos de nuestro quehacer educativo se alcanzan a través de la construcción colectiva del conocimiento, posible mediante diversos procesos de hermenéutica comunitaria en los que prima la horizontalidad en la relación dialógica y reflexiva.

De esta forma, las comunidades de fe se apropian del “poder decir”, en sus circunstancias específicas, que quiere el Señor de nosotros. Recuperan así la Biblia que les fue arrebatada por jerarquías al margen de sus clamores, y rescata los rostros y voces populares, proféticos y revolucionarios, que son el corazón de las Escrituras.

Rencantado como la mujer cananea, Jesús, Abraham, Yahvé, en diálogo y consenso, el pueblo de Dios vuelve a pronunciarse con sentido y significado eclesiológico, cristológico y misiológico, restituido en su calidad de comunidad solidaria, abierta al cambio, sensible ante los saberes y clamores de las y los otros. Sabe que su “decir sobre Dios” no es teología hecha, un conjunto de verdades decoradas, empapeladas y exhibidas en las vidrieras del shopping center de las fórmulas salvíficas. Su “hablar de Dios” es y será teología en marcha, con todos los riesgos de mostrarse siempre inconclusa; de la que nadie podrá pronunciar la última sílaba, por vergüenza de quedar en ridículo ante la propia comunidad que la elabora.

Por otro lado, la teología popular no será nunca, como pudiera pensarse, teología del “todo vale”: nada más lejos del Evangelio. Sin embargo, es teología en la que todos participan, todos intervienen. No quiere decir teología que satisface a cuantos se acercan y contribuyen, todo lo contrario del sentido de la revelación dada a las y los humildes. No obstante, es teología abierta, rencantada, perfectible, comunitaria.

El compromiso de las teólogas y los teólogos y educadores populares con las comunidades a las que pertenecen y con las que realizan su labor pasa por la conciencia de estar siempre en camino. Miran con confianza el porvenir, aguzan los oídos y escuchan con entusiasmo, porque saben que en esta caminata, parafraseando al poeta, “hicieron que al mundo le nacieran labios”.

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