Podemos transformar el curso de la historia

François Houtart

Señora y señores delegados, queridos amigos:

El mundo requiere alternativas y no sólo regulaciones. No es suficiente con rehabilitar un sistema, se trata de transformarlo. Es un deber moral, y para comprenderlo, adoptar el punto de vista de las víctimas permite a la vez hacer una constatación y expresar una convicción. La constatación es que las crisis en su conjunto, la financiera, la alimentaria, la energética, la hídrica, la climática, la social, provienen de una causa común, y la convicción es que podemos transformar el curso de la historia.

La constatación

Cuando 850 millones de seres humanos viven por debajo de la línea de pobreza, y el número aumenta; cuando cada veinticuatro horas decenas de millares de personas mueren de hambre; cuando desaparecen día tras día etnias, modos de vida, culturas, y se pone en peligro el patrimonio de la humanidad; cuando el clima se deteriora y surge la pregunta de si vale la pena vivir en Nueva Orleans, en El Salvador, en el Sahel, en las islas del Pacífico, en Asia Central y en la orilla de los océanos, no podemos hablar sólo de crisis financiera.
Las consecuencias sociales de esta crisis ya se sienten más allá de las fronteras de su propio origen: desempleo, vida costosa, exclusión de los más pobres, vulnerabilidad de las clases medias y ampliación, con el tiempo, del listado de las víctimas. Seamos claros: no se trata solamente de un accidente en el recorrido o de un abuso cometido por algunos actores económicos que requieren ser sancionados. Estamos frente a una lógica que atraviesa toda la historia económica de los últimos dos siglos. De crisis a regulaciones, de desregulaciones a crisis; el decursar de los hechos responde siempre a la presión de las tasas de ganancia: en aumento se desregula, en disminución se regula, pero siempre a favor de la acumulación del capital, que se define como el motor del crecimiento.
Lo que se vive hoy en día no es algo nuevo. No es la primera crisis del sistema financiero y según algunos no será la última. Sin embargo, la burbuja financiera creada durante los últimos decenios, gracias entre otras cosas al desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, ha sobredimensionado todos los datos del problema. La economía se ha vuelto cada vez más virtual y las diferencias de ingresos han aumentado exageradamente. Para acelerar las tasas de ganancia, una arquitectura compleja de productos derivados ha sido puesta en marcha y la especulación se ha instalado como un modo de operación del sistema económico. Lo nuevo es que todos los desequilibrios que se viven hoy en el mundo convergen en una misma lógica.
La crisis alimentaria es un ejemplo. El aumento de los precios no fue en primer lugar el fruto de la disminución de la producción, sino más bien el resultado de una combinación entre la disminución de los stock, las maniobras especulativas y la extensión de la producción de agrocarburantes. La vida de las personas ha sido sometida por la obtención de ganancias. Las cifras de la bolsa de Chicago así lo ilustran.
Por su parte, la crisis energética va mucho más allá de la explosión coyuntural de los precios del petróleo. Señala el fin del ciclo de la energía fósil barata (petróleo y gas), ya que su mantenimiento a un precio inferior provocó la utilización desmedida de energía, a favor de un modo de crecimiento acelerado que permitió una rápida acumulación de capital a corto y mediano plazo. La sobrexplotación de los recursos naturales y la liberalización de los intercambios, especialmente desde los años setenta, multiplicó el transporte de las mercancías y fomentó los medios de movilidad individual, sin considerar las consecuencias climáticas y sociales. La utilización de derivados del petróleo como fertilizantes y pesticidas se generalizó en el marco de una agricultura productivista. El modo de vida de las clases superiores y medias se construyó sobre el derroche energético. En esta área también se privilegió el valor de cambio sobre el valor de uso.
Ante esta crisis que amenaza hoy con perjudicar seriamente la acumulación del capital, aparece la urgencia de buscar soluciones. Sin embargo, según esa perspectiva, las soluciones deben respetar la lógica de base: mantener el nivel de las tasas de ganancia, sin tomar en cuenta las externalidades, que no entran en el cálculo del capital y debe ser solventadas por las colectividades y los individuos. Es el caso de los agrocarburantes y sus consecuencias ecológicas: la destrucción, por el monocultivo, de la biodiversidad, los suelos y las aguas subterráneas, y sus consecuencias sociales: la expulsión de millones de campesinos que van a poblar los cinturones de miseria de las ciudades y a empeorar la presión migratoria.
La crisis climática (de la que la opinión pública mundial no ha tomado conciencia en toda su gravedad) es, según el Grupo Internacional de Expertos del Clima (GIEC), resultado de la actividad humana. Nicolas Stern, antiguo colaborador del Banco Mundial, no vacila en afirmar que “los cambios climáticos son el mayor fracaso de la historia de la economía de mercado”. En efecto, tanto aquí como en el caso anterior, la lógica del capital no reconoce las “externalidades”, menos cuando estas empiezan a reducir las tasas de ganancia.
La era neoliberal, que hizo crecer las tasas de ganancias, incidió igualmente en el incremento de la emisión de gases de efecto invernadero y del calentamiento climático. Tanto el incremento de la utilización de materias primas y del uso de los transportes como la desregulación de las medidas de protección del ambiente aumentaron las devastaciones climáticas y disminuyeron el potencial de regeneración de la naturaleza. Si nada se hace en un futuro cercano, entre el 20% y el 30% de todas las especies vivas podrían desaparecer en el próximo cuarto de siglo. El nivel y la acidez de los mares aumentará peligrosamente y se registrarán entre ciento cincuenta y doscientos millones de refugiados climáticos a partir de la primera mitad del siglo XXI.
La crisis social se ubica en ese contexto. Resulta más provechoso para la acumulación privada a corto y mediano plazos desarrollar al máximo el 20% de la población mundial –capaz de consumir bienes y servicios con alto nivel de valor agregado– en lugar de responder a las necesidades de base de los que tienen un poder adquisitivo reducido o nulo. En efecto, estos últimos son incapaces de producir valor agregado, tienen poca capacidad de consumo y son tan sólo una multitud inútil, a lo sumo susceptible de ser objeto de políticas asistenciales. El fenómeno se ha acentuado con el predominio del capital financiero. Una vez más, la lógica de la acumulación se ha impuesto a las necesidades de los seres humanos.
Todo este conjunto de disfuncionamientos desemboca en una verdadera crisis de la civilización que se caracteriza por el riesgo de la extinción del ser vivo y el agotamiento del planeta, lo cual significa una crisis de sentido. Entonces, ¿podemos hablar de regulaciones? Sí, siempre que constituyan etapas de una transformación radical y permitan una salida a la crisis que no sea la guerra. No, si sólo prolongan una lógica destructiva de la vida. La humanidad que renuncia a la razón y abandona la ética pierde el derecho a existir.

Una convicción

Desde luego, el lenguaje apocalíptico no es portador de acciones. Pero una constatación de la realidad puede llevarnos a reaccionar. La búsqueda y la puesta en marcha de alternativas es posible, pero no sin condiciones. Suponen, en primer lugar, una visión a largo plazo, la utopía necesaria; después, medidas concretas, escalonadas en el tiempo, y finalmente, actores sociales portadores de proyectos en el marco de un combate cuya dureza será proporcional al rechazo del cambio.
La visión de largo plazo se puede articular alrededor de unos ejes mayores. En primer lugar, un uso renovable y racional de los recursos naturales, lo que supone otra filosofía de la relación con la naturaleza: no más explotación sin límites de una materia, el objeto en este caso de la ganancia, sino el respeto de lo que es fuente de vida. Las sociedades del socialismo llamado real poco innovaron en este terreno.
En segundo lugar, privilegiar el valor de uso sobre el valor de cambio, lo que significa otra definición de la economía: no más producción de un valor agregado, fuente de acumulación privada, sino la actividad que garantice las bases de la vida material, cultural y espiritual de todos los seres humanos en todo el mundo. Las consecuencias lógicas son considerables. Desde ese momento, el mercado serviría de regulador entre la oferta y la demanda, en vez de incrementar las tasas de ganancias de una minoría. El derroche de materias primas y energía, la destrucción de la biodiversidad y la atmósfera, pueden ser enfrentadas, si se toman en consideración las “externalidades” ecológicas y sociales.
Las prioridades de la producción de bienes y servicios cambian de lógica.
Un tercer eje es la generalización de la democracia, no aplicada sólo al sector político a favor de una democracia participativa, sino también al sistema económico, en todas las instituciones, y entre los hombres y las mujeres. De ello se deriva necesariamente una concepción participativa del Estado, así como una reivindicación de los derechos humanos en todas sus dimensiones individuales y colectivas. La subjetividad vuelve a encontrar un lugar.
Finalmente, el principio de multiculturalidad viene a complementar estos tres ejes. Se trata de permitirles a todos los saberes –aun los tradicionales–, a todas las filosofías y las culturas, a todas las fuerzas morales y espirituales capaces de promover la ética necesaria, participar en la construcción de alternativas, quebrando así el monopolio de la occidentalización. Entre las religiones, la sabiduría del hinduismo en su relación con la naturaleza, la compasión del budismo en sus relaciones humanas, la búsqueda permanente de la utopía del judaísmo, la sed de justicia de la corriente profética del islamismo, las fuerzas emancipadoras de una teología de la liberación en el cristianismo, el respeto de las fuentes de vida en el concepto de la madre tierra de los pueblos autóctonos de la América Latina, el sentido de solidaridad expresado en las religiones de Africa constituyen las contribuciones potenciales importantes en el marco de una tolerancia mutua garantizada por la imparcialidad de la sociedad política.

¡Utopías, sólo utopías!

Pero el mundo necesita utopías, a condición de que estas se traduzcan en la práctica. Cada uno de los principios mencionados es susceptible de aplicaciones concretas; de hecho, ya han sido objeto de propuestas por parte de numerosos movimientos sociales y organizaciones políticas. La nueva relación con la naturaleza significa la recuperación por los Estados de la soberanía sobre los recursos naturales y la no apropiación privada; el cese del monocultivo y la revalorización de la agricultura campesina; la ratificación y la intensificación de las medidas de Kyoto y de Bali sobre el clima.
Privilegiar el valor de uso conlleva la no mercantilización de los elementos indispensables para la vida: las semillas, el agua, la salud, la educación; el restablecimiento de los servicios públicos; la abolición de los paraísos fiscales; la supresión del secreto bancario; la anulación de las deudas odiosas de los Estados del Sur; el establecimiento de acuerdos regionales, no sobre la base de la competitividad sino de la complementariedad y la solidaridad; la creación de monedas regionales; el establecimiento de multipolaridades y muchas otras medidas. La crisis financiera constituye una ocasión única de poner en práctica estas medidas.
Democratizar las sociedades pasa por la organización de la participación local, desde la gestión de las materias económicas hasta la reforma de las Naciones Unidas. La multiculturalidad se expresa por la abolición de las patentes sobre el saber, por la liberación de la ciencia del dominio de los poderes económicos, por la supresión de los monopolios de la información, por el establecimiento de la libertad religiosa.
¿Pero quién será el portador de este proyecto? Es verdad que la genialidad del capitalismo es que transforma en oportunidades sus propias contradicciones. How global warming can make you wealthy?, (¿Cómo puede el calentamiento global hacerle rico?) se podía leer en una publicidad de US Today a inicios del 2007.
¿El capitalismo podría llegar a renunciar a sus propios principios? Es evidente que no: sólo una nueva correlación de fuerzas lo logrará, lo que no excluye que actores económicos contemporáneos se adhieran. Pero una cosa es clara: el nuevo actor histórico portador de proyectos alternativos es plural hoy. Son los obreros, los campesinos sin tierra, los pueblos indígenas, las mujeres víctimas de las privatizaciones, los pobres de las ciudades, los militantes ecologistas, los emigrantes, los intelectuales vinculados a movimientos sociales: su conciencia de ser actor colectivo empieza a emerger. La convergencia de sus organizaciones está apenas empezando y a menudo faltan todavía relaciones políticas. Algunos Estados, especialmente en la América Latina, han creado ya condiciones para que las alternativas nazcan. La duración y la intensidad de las luchas de estos actores sociales dependerán de la rigidez del sistema vigente y de la intransigencia de sus protagonistas.
Ofrézcanles entonces, en las Naciones Unidas, un espacio para que se puedan expresar y presenten sus alternativas. Eso será su contribución a la inversión del curso de la historia, indispensable para que el género humano vuelva a encontrar un espacio de vida y pueda, de esta manera, reconstruir la esperanza.

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