Por el camino de la mar

Guillermo Rodríguez Rivera

Creo que es en Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier, donde aparece por pri-mera vez (¿leyenda?, ¿presunción científica?) la imagen de Cuba surgiendo de las aguas del mar. Luego estará, como suave preámbulo, a las catastrofistas viñetas de Vista del amanecer en el trópico, de Guillermo Cabrera Infante. Y yo mismo, en uno de los poemas de El libro rojo, escribía sobre la isla

donde ella misma está atrapada
por las aguas del mar,
como una Atlántida de bajo precio.

Pero si esta isla vino a configurarse desde la mar, ¿somos lo que emergió, o apenas restos de lo hundido? Nueva Afrodita o Titanic avant la lettre, nuestro destino ha estado inquebrantablemente unido a ese “camino de la mar” por el cual, después, nos ha llegado todo lo que somos y, de algún modo, hemos venido todos los cubanos.
Los españoles empezaron a arribar en el primero de los viajes que el Almirante don Cristóbal Colón hizo al nuevo mundo que descubrió, buscando otro camino hacia Japón y China que obviara la ruta de Constantinopla, en poder de los turcos.
Crucero entre las dos Américas, llave del Golfo, Cuba se interpuso en el paso del viajero, que tropezó con ella el 27 de octubre de 1492.
“Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron”, dicen que dijo el genovés. ¿Estaría don Cristóbal –a la postre, fundador del turismo– “vendiéndoles” su hallazgo a los reyes de Castilla y Aragón y a los monjes de la Rábida patrocinadores de su viaje? No lo creo, pues Colón no pensó haber llegado a tierras desconocidas que ne-cesitaran promoción, sino haber arribado a Catay, que era el nombre dado a China.
En otro de sus viajes intentó bojear Cuba y establecer si era isla o continente. Pero se aburrió de bordear ese litoral que no se acaba nunca (después de todo, Cuba es una de las más largas islas del mundo) e interrumpió el bojeo dando por sentado que estaba en tierra continental. Por supuesto, de Asia. Años después, Américo Vespucio establecería que América era un continente desconocido por los europeos, y el marino Sebastián de Ocampo haría íntegramente el bojeo a Cuba, afirmando nuestra condición insular.
Cuando los españoles nos llegaron en los siguientes viajes de Colón o con Diego Velásquez, el primer gobernador de la isla, toparon con los más antiguos habitantes de esta tierra. Nuestros aborígenes (taínos, siboneyes y guanahatabeyes se llamaban en mis libros de educación primaria, cuando estudié en mi infancia Historia de Cuba) habían arribado a Cuba desde el sur, también por el camino de la mar, saltando de isla en isla por el cinturón de las Antillas. Eran de origen arahuaco y presumiblemente venían huyendo del pueblo guerrero que daría su nombre a nuestro mar y que proclamaba –con infalible tontería asociada siempre a la idea de superioridad nacional– que “sólo el caribe es hombre”. Pero los conquistadores españoles pensaban algo semejante de sí mismos, y encima tenían arcabuces.
Los caribes se afincaron en las Antillas menores hasta en Puerto Rico, pero nunca llegaron a tener núcleos de población estables en Cuba.
Nuestros indígenas no eran aztecas, mayas, quichés o incas, conformadores de grandes civilizaciones o, más exactamente, estaban en una fase mucho más primaria de su evolución.
Ya desde el principio del siglo XX, el sabio antropólogo Fernando Ortiz apuntaba lo incorrecto del término siboney para designar a nuestros aborígenes. Los nombres que la historia actual, apoyada en los hallazgos de la arqueología, da a sus culturas (mayarí, guayabo blanco, et al.) son ciertamente otros, pero para lo que me importa señalar aquí, eran hombres que vivían de la recolección, la caza, la pesca, la agricultura y, en los grupos más avanzados, hacían una elemental alfarería. Fueron incapaces de soportar las instituciones feudales que sus conquistadores les impusieron, haciéndolos saltar, sin transición, siglos de historia. Despeñándolos, más bien, sobre siglos de esta.
Los conquistadores españoles, a diferencia de los perseguidos protestantes que fueron a Norteamérica, no llegaban con sus familias a fundar y labrar haciendas que debían hacer prósperas, sino a enriquecerse rápidamente con el saqueo de los metales preciosos, muy escasos en Cuba.
Los indios les fueron asignados en una suerte de feudal “encomienda”, que paró por ser una esclavitud práctica, o incluso peor, pues los encomenderos disponían de unos hombres que nada les habían costado y que temían pudieran retirarles en cualquier momento: se trataba, entonces, de explotarlos al máximo en el menor tiempo posible.
Se calcula que a la llegada de los españoles el número de los aborígenes cubanos era de unos trescientos mil. Menos de cincuenta años después de iniciada la conquista, quedaban apenas cuatro mil, lo cual dará idea del devastador genocidio cometido.
Ese importante estudioso y noble hombre que es José Juan Arrom, ha trabajado profusamente en la indagación de la contribución indígena a nuestra cultura, pero creo que más allá de un puñado de palabras, de la herencia constructiva del “bohío” (que protegió el desamparo de los pobres del campo cubano hasta el mismo siglo XX) y el hábito de fumar –acaso la gran venganza de los indígenas cubanos contra sus esquilmadores del occidente blanco–, no se preserva mucho más de aquellos primeros pobladores de Cuba.
Todavía se pueden ver, por Baracoa o por Bayamo, ti-pos humanos que llevan en sí la impronta de nuestros in-dígenas. Pero los propios aborígenes desaparecieron bien pronto, devastados por una manera de vivir que no podían soportar, o disueltos cada vez más en mezcla con los conquistadores, que despojaron a los hombres autóctonos de sus mujeres y empezaron a poblar la isla de mestizos.
En la tercera década de nuestro siglo XIX, apenas dos hombres relevantes creían en la viabilidad de una Cuba independiente: el filósofo, profesor y sacerdote Félix Varela –hoy proclamado Siervo de Dios, como primer paso hacia una eventual canonización– y José María Heredia (primo del homónimo poeta parnasiano francés, quien nació después), tal vez el primer romántico de la lengua española. Pero hacia la mitad de ese propio siglo, la voluntad de solicitar reformas a una España incapaz de concederlas fue desapareciendo e hizo dominante la alternativa separatista. Los poetas comenzaron a impulsarla con los medios propios de su arte.
Hacia 1850 aparece un movimiento poético que se va a llamar siboneyismo. Lo fundan el bayamés José Fornaris y el tunero Juan Cristóbal Nápoles Fajardo. Es Fornaris –amigo personal de Carlos Manuel de Céspedes– quien denomina indirectamente la tendencia, con un libro que tituló Los cantos del siboney, pero es Nápoles Fajardo la voz más alta de esa línea de la poesía cubana. Se le nombró con un apodo insólito: “El Cucalambé”, para algunos, anagrama de “Cuba clamé”; para otros, fusión de cook (cocinero) y calembé, que era el taparrabos de nuestros indios. He pensado a veces que si Nápoles Fajardo hubiera sido colombiano costeño, la interpretación de su seudó-nimo sería mucho más fácil y, claro, mucho más obscena.
El fue el definitivo incorporador de la décima –la estrofa barroca que el rondeño Vicente Espinel fijó en 1591–, como instrumento de la poesía popular campesina de Cuba, aunque fuera también un poeta de sólida formación, que no ignoraba a los clásicos latinos ni, como se ve, la poesía española del Renacimiento y el Barroco.
El Cucalambé hizo a los cubanos ver la imagen de ese lejano y perdido antepasado que era el indio: lo hizo volver de las sombras para hacerlo dueño de un mundo donde España no existía, para colocarlo en el entorno de un paisaje que nada tenía que ver con el de la península, aunque construyera ese universo con la lengua de Castilla y la es-pinela andaluza:

_Con un cocuyo en la mano
Y un gran tabaco en la boca,
Un indio, desde una roca,
Miraba al cielo cubano.
La noche, el monte y el llano
Con su negro manto viste,
Del viento al ligero embiste
Tiemblan el monte y las brumas,
Y susurran las yagrumas
Mientras él suspira triste._

Recrea la imagen de Hatuey, el mítico pero histórico cacique taíno, a quien los conquistadores quemaron en la hoguera por rebelde y que –cuenta fray Bartolomé de las Casas– rechazó la extremaunción o el bautismo (ya en su caso, eran iguales) cuando supo que era para enviarlo al mismo cielo al que irían sus crueles verdugos.
El Cucalambé fue, además, un reafirmador de la especi-ficidad del paisaje cubano, un alimentador de los mitos de una nación que estaba surgiendo y trataba de encontrarse y rencontrar su pasado, aunque fuera inventándolo. Después de todo, como decía Antonio Machado acerca de la verdad, ¿quién no sabe que también el pasado se inventa? ¿Acaso no siempre decimos que fuimos lo que hoy quisimos haber sido? ¿No es nuestra historia la que suponemos nos debió ser destinada? Imaginar un pasado, como un futuro, es el primer paso para merecerlo.
Mucho más importantes raíces de Cuba las constituirían los que, también “por el camino de la mar”, habían llegado para aniquilar y remplazar a aquellos pobres y sufridos primeros pobladores.
España es una raíz esencial para Cuba. Y decir España supone asumir una diversidad que, a la altura del siglo XVI, cuando se inicia la colonización de la isla, ha implicado históricamente a celtas, iberos, griegos, fenicios, latinos, visigodos, árabes. Ese cocktail, nunca del todo integrado, ha determinado la aparición de varias lenguas, varias culturas, varias naciones que el centralismo castellano –desde el siglo XV y hasta la dictadura de Francisco Franco– no ha conseguido doblegar.
Las culturas periféricas, que luego serían las dominantes en la conformación de la emigración española a Cuba (canarios, gallegos, asturianos) tienen muy poco peso en esos comienzos. Castellanos, andaluces, leoneses, extremeños, tienen una incidencia más relevante. Incluso, durante cierto tiempo, sólo castellanos y leoneses estaban autorizados a asentarse en Cuba.
La España que conquista a Cuba será marcada por una paradójica dualidad. La caracteriza la intolerancia, porque el humanismo erasmista y el pensamiento ilustrado del Re-nacimiento son fugaces en ella, sin poder de asentamiento en un país sin una verdadera burguesía, y reprimido por el afianzamiento de la Inquisición. Es la España que ha obligado a los judíos a convertirse al cristianismo o los ha expulsado de su territorio aniquilando el embrión del comercio y que, un siglo después, también expulsará a los moros.
Después de la derrota de los comuneros de Castilla en Villamar, la monarquía española pacta con los señores feudales, mientras la inglesa empieza a hacerlo cada vez más con su burguesía. Se inicia el claro retroceso que prolonga los valores medievales y generará la decadencia española desde la emblemática derrota de la Armada In- vencible, en el reinado de Felipe II. Son los hombres que han consumado, el mismo año del descubrimiento de Amé-rica, el proceso de reconquista con la toma de Granada por los Reyes Católicos.
España ha sido el único país euroccidental invadido y dominado por los árabes (al menos parcialmente) por más de siete siglos. La doctrina católica se convirtió así casi en equivalente de su identidad, sojuzgada por el invasor musulmán. Ser español era ser cristiano, y esa tajante identificación anula matices, mediaciones, y fortalece, desde entonces, aún más, el poder del clero.
Si este proceso histórico se convierte en tierra fértil para la intolerancia española, lo será asimismo para la tolerancia, porque, doctrina aparte, la presencia del árabe acostumbró a convivir con “el otro”, a saber que también era un ser humano.
Es pasmosamente diferente la imagen de los árabes en La chanson de Roland y en el Mío Cid o en el gran Romancero español que se recoge en el siglo XV. La irrealidad de los árabes de la epopeya francesa frente a la hu- manidad de los de la épica española, sólo cabe explicarla por el hecho de que mientras los de España formaban parte de la vida real del país, del otro lado de los Pirineos eran sólo imaginados.
La España que llega a América es una España sin abandonar aún una Edad Media que, sin embargo, habrá de prolongarse en ella; la España de hombres capaces de nombrar California a una de las tierras que encuentran, rememorando el mundo de los caballeros andantes; capaces de buscar El Dorado en los Andes, o la fuente de la eterna juventud en La Florida.
España es una sociedad en la que la figura del padre centra la familia. Sólo en Galicia, tierra de pescadores ausentes y de emigrantes, la madre –la mujer– ocupará un espacio semejante al hombre.
Apenas hay en España grandes poemas a la madre, mientras que Jorge Manrique escribe, en el siglo XV, las perdurables Coplas dedicadas a la muerte de su padre, cuya venerabilidad es infinitamente mayor en su poema que en la realidad. España es el único país del mundo his-pánico donde “me cago en tu padre” constituye un insulto que en los demás se reserva sólo a la madre.
Casi a la par con su llegada a Cuba y con la creciente eliminación de los aborígenes, los conquistadores españoles empiezan a introducir los negros esclavos, que constituirán la otra raíz esencial de lo cubano. Inicialmente llegaron para cumplir tareas domésticas, pero poco a poco se les confiarían los más rudos trabajos, en las planta-ciones, en el ingenio, y su importación se incrementaría enormemente.
Los africanos eran tan diferentes entre sí como podían serlo un andaluz y un vasco. Eran cazados en las costas africanas y traídos a Cuba como pura fuerza laboral. Podían proceder de cualquier región o estar arraigados en cualquier cultura, y llegaban sólo con sus cantos y con los dioses que albergaban en su cerebro y en su corazón. Ni su verdadero nombre les era permitido conservar.
Aproximadamente por la misma época en que los black muslims norteamericanos decidían adoptar un nombre árabe para sustituir el que el amo había dado a sus ancesros, y que el dirigente radical Malcolm Little resolvía el problema cambiando su apellido por una X, el mulato cubano Nicolás Guillén escribía:

_¿Sabéis mi otro apellido, el que me viene
De aquella tierra enorme, el apellido
Sangriento y capturado, que pasó sobre el mar
Entre cadenas, que pasó entre cadenas sobre el mar?
¡Ah, no podéis recordarlo!
Lo habéis disuelto en tinta inmemorial.
Lo habéis robado a un pobre negro indefenso_

_[ … ]
Yo soy también el nieto,
Biznieto,
Tataranieto de un esclavo._

Ningunos dioses más aptos para sobrevivir en las condiciones de la esclavitud que los del perfectamente estructurado panteón yorubá, traídos al occidente cubano por negros procedentes de Nigeria, del mismo modo que los llevaron al nordeste del Brasil. Esa perfecta síntesis religiosa sobrevivirá en Cuba, primero enmascarándose en las imágenes y en los atributos de los santos católicos, y al ca-bo fundiéndose con ellos en proceso de aculturación, que Fernando Ortiz llamó, más apropiadamente, de transculturación. Muchos cubanos de hoy veneran en Santa Bárbara el poder de Changó, y en Obbatalá, los atributos de la Virgen de las Mercedes.
En la familia negra la madre es la figura central, y creo que en el cubano ha predominado esa opción por sobre el paternocentrismo español. Desde José Martí y Julián del Casal, nuestra poesía ha preferido exaltar la figura materna que, asimismo, ha nutrido profusamente esa alma de la sensibilidad cubana que es nuestra música popular. Aunque, ciertamente, el propio Martí, hijo de valenciano y ca-naria, también reverencia en sus versos al padre:

_Si quieren que de este mundo
Lleve una memoria grata,
Llevaré, padre profundo,
Tu cabellera de plata._

En el español predomina una tendencia a la magnificación, a la exageración, a lo hiperbólico, que sólo parcialmente el cubano ha aceptado.
La hipérbole española es la antigua Numancia, que prefiere entregarse a las llamas antes que a Escipión; es el em-perador Carlos –al cabo, mas I de España que V de Ale- mania–, asegurando que en sus dominios nunca se pone el sol; el grito de “¡Vivan las caenas!”, con el cual los españoles manifiestan su preferencia por el despotismo nada ilustrado de Fernando VII, y no por el liberalismo de José Bonaparte; es Sagasta prometiendo conservar el dominio español sobre Cuba “hasta el último hombre y la última peseta”; es la II República Española haciendo una imposible guerra convencional contra el ejercito franquista, apoyado por Alemania e Italia, sólo porque la legalidad es-taba de su lado; es Luis de Góngora construyendo los monumentos verbales de sus grandes poemas culteranos; es Francisco de Quevedo realizando sus textos con un idioma al que retuerce hasta extraerle sus posibilidades extremas.
La exageración está en ese español de voluntad indoblegable que proclama que hará lo que le dé “su real gana”, que no es la gana cierta, la existente, sino la de condición regia, tan absoluta e imposible de contradecir como la del monarca.
El cubano, por regla general, moderará esa exagerada aspiración. No puede asumirla seriamente. La exageración es en él eso que el lenguaje popular ha denominado en Cu-ba la “palucha”, el “aguaje”, un alarde no completamente creído ni por el mismo que lo usa, porque es una parodia, una carnavalización transgresora de la hipérbole española.
El alarde, el “aguaje”, llevan en sí su propia burla, los elementos para su descrédito, pues su propio empleador no se los toma plenamente en serio.
El cubano no pretende hacer su “real gana”, sino sólo evadir la gana opresiva del otro. Quiere –para ponerlo en sus términos más populares– “que no me jodan”.
Tal vez ahí incida el realismo del negro africano, su sentido de lo inmanente, frente al trascendentalismo español. El negro conoce mejor –ha sufrido más– las limitaciones impuestas por la vida a los deseos del hombre: es mucho más experto en valorar eso que un novelista cubano llamó “las impurezas de la realidad”.
Acaso por esa viva conciencia de lo inmanente, del peso de la inmediatez de la vida, el negro desarrolle un sentido colectivo que lo convierte, como dice Ortiz, en “el más gregario de todos los seres humanos”. A diferencia del español, el negro no existe sino en su colectividad. Su cultivo de la música reafirma ese gregarismo, que tiene como primera exigencia la realización de la comunicación. Esa voluntad se manifiesta en el canto del negro, que crea un diálogo en el cual el solista y su coro se acicatean mutuamente, procurando que la otra parte dé más de sí. Lo mismo ocurre con la fiesta, donde el canto y la danza constituyen medios de disfrutar del encuentro con los demás, la interacción de todos sus participantes, su comunicación, que es el sentido último de ese rito profano. La moral del cubano va a estar doblemente custodiada por las concepciones del blanco español y del negro africano porque, en cierto sentido, ellas se comunican.
Hemos descrito a España como un Estado multinacional y multicultural. No hay que olvidar que la España del sur tiene en los norteafricanos un componente decisivo de su etnicidad y su cultura.
El poeta León Felipe, al amparo del pesimismo traído por los años que siguieron a la derrota militar de la República española, escribió desolados versos sobre el individualismo español:

_Aquí no hay bandos,
aquí no hay bandos,
ni rojos
ni blancos
ni egregios
ni plebeyos…
Aquí no hay más que átomos,
átomos que se muerden._

Es importante marcar esa diferencia, seguramente subrayada por los peculiares procesos históricos de los diversos pueblos que constituyen españoles y africanos, aunque los dos grandes polos coincidan en sólo interesarse por respetar los valladares que sus sociedades –tal vez sería más exacto decir “sus grupos de convivencia”– reconocen y respetan.
El español practicó en Cuba –y en todas partes– el sexo interracial, pero nunca se sintió íntimamente culpable por ello. Tenía, en primer término, como católico, el gran resguardo que la confesión concede. Cualquier culpa podía ser graciosamente perdonada por el sacerdote y por los rezos de penitencia o las limosnas que él imponía. El español protegía a su querida –india o negra– y a sus bastardos mestizos. Hasta se enorgullecía de ellos, siempre que ese orgullo no trastornara su lugar en la sociedad. Su fariseísmo tenía que ver con la percepción del otro. Es Bernarda Alba gritando al final de la tragedia de García Lorca, por supuesto para los otros y no para sí: “¡Mi hija ha muerto virgen!”
El evangélico anglosajón, más responsable ante su propia conciencia, también practicó el sexo interracial, aunque seguramente menos que el católico español, por ser, además, un hombre no entrenado en convivir con otras razas. Por ambos motivos tratará de ocultarlo de todos y hasta de sí mismo. Ese es su fariseísmo, más absoluto que el otro.
Mientras el catolicismo español divide tajantemente el mundo en lo bueno y lo malo, el negro es un pagano que se acerca más al modo de ver el mundo propio de los an-tiguos griegos que al del moralismo judío. Los dioses del negro son magnificaciones de las grandes fuerzas naturales y humanas, capaces de hacer tanto el bien como el mal, y cuya superioridad no emana de un designio moral, sino de su poder y de su eternidad.
Se dice que un gran cubano no nacido en Cuba pero que llegó a ser el general en jefe del Ejército Libertador en las guerras de independencia, el dominicano Máximo Gó-mez, expresó que “el cubano no llega o se pasa”. Acaso Gómez tenía la distancia y la proximidad necesarias para conocer al cubano. Acaso en esa observación suya estén manifestándose las dos contradictorias raíces esenciales del cubano que, sin embargo, él ha sabido integrar armoniosa e imperceptiblemente en su identidad.
Si se habla del sentido de magnificencia en el conquistador español y de su prepotencia, el negro esclavo africano está en sus antípodas. Hombre sometido a leyes que él no hizo, sino que más bien se hicieron contra él, será siempre capaz de una aparente humildad, de “dar el rodeo”, de no enfrentar lo que sabe que no puede vencer. Prefirió casi siempre evitar los obstáculos interpuestos en su camino, a menos que la batalla fuera inevitable.
Don Antonio Machado incluyó en sus “Proverbios y cantares” un poema que identificó como “conversación de gitanos”. Pueblo pobre, reprimido, también obligado a “dar la vuelta”, a nunca ir por el centro:

Para rodear
toma la calle de en medio;
nunca llegarás.
De igual modo, el negro aprendió en la cotidianidad aquella máxima que Bertolt Brecht puso en boca de Galileo Galilei: “A la vista de obstáculos, la distancia más corta entre dos puntos es la línea sinuosa”.
Todavía hoy, cuando a un cubano se le pregunta cómo le va, puede responder: “Ahí, escapando”.
El escritor y profesor cubano Iván de la Nuez, en un libro editado en España bajo el título de La balsa perpetua, remite este término a una significación demasiado reciente. Pero ese escape indefinido y metafórico, esa extraña fuga que acaso provenga de la jerga de referencia de los esclavos, creo que tiene un significado más vasto y su uso abarca un tiempo mucho más dilatado.
Cabría hablar, parodiando al sabio maestro Ernst Robert Curtius, del “tópico” del “negro perdido” (o “escapado”) en la música popular cubana. Está en los versos del texto de “Mama Inés”, del maestro Eliseo Grenet:

_Pero Belén, Belén, Belén,
¿a dónde estabas metía
que en to’ Jesús María
yo te buscá y no te encontrá?_

O en la famosa rumba que no estoy seguro si Ignacio Piñeiro compuso o tomó del folklore:

_¿Dónde estabas anoche
que bien que te busqué?
Recorrí La Habana
y no te encontré._

O, para acabar con la muestra, en el “¿Dónde estabas tú?”, que Benny Moré interpreta por los años cincuenta:

_¿Dónde tú estabas, José Inés,
que te estuve buscando y no te hallé?
Te llevaste los cueros, el quinto y el tres
y por tu culpa suspendimo’ el bembé._

Personaje perdido, desaparecido, que tal vez teme aparecer o piensa que estará mejor sin hacerse visible.
“Escapar” es tratar de sobrevivir, es evadir esos obstácu-los que nos han colocado en el camino, es hacer malabares para sobrellevar una existencia llena de problemas, que ha sido demasiado constante en la historia del cubano.
El español radicado en Cuba, asimismo, debió acostumbrarse a “rodear” y, mucho más que él, las sucesivas generaciones de blancos criollos. Claro, su “rodeo” no era de la misma calidad que el del negro esclavo o incluso li-bre, pero también ellos debían sortear los conflictos que la intransigencia de la metrópoli les creaba. “Se acata, pero no se cumple” fue muchas, demasiadas veces, la regla de oro del habitante de la isla ante los decretos del gobierno español. Las órdenes de la monarquía eran (qué remedio) formalmente aceptadas, pero cada cual se permitía incumplirlas cuando ellas iban –demasiado a menudo ocurría– en detrimento del propio interés.
Fernando Ortiz ha dicho que Cuba es un ajiaco. El ajiaco es, en efecto, nuestro plato nacional, aunque a la hora de festejar, el cubano piense más en el lechón asado, el arroz y los frijoles (negros o colorados, según la región del país), la yuca y los plátanos fritos. El ajiaco es más pobre y más popular. Es una versión tropical (no sólo de Cuba: bajo el nombre de “sancocho” se come también, que yo sepa, en Venezuela y en República Dominicana) de la “olla podrida” castellana, que los franceses llamaban potpourri. Como en ella, en el ajiaco caben innumerables frutos de la zona, algunos de los cuales los cubanos llamamos viandas: yuca, malanga, plátano, calabaza, mazorcas de maíz tierno, cocidos con carnes de cerdo, de gallina, tasajo, y el ají, vegetal que, según Ortiz, da nombre al guiso, sazonado con sal, cebollas y ajos.
Hay ajiacos más pobres y más ricos, más ortodoxos y más heterodoxos, pero la heterodoxia parece ser la perspectiva que rige al ajiaco. Cualquiera puede añadir su propia contribución al cocido, porque él será capaz de integrar cada componente a su sabor total. Puede aparecer en el caldo una col, un tomate, una acelga, pero el ajiaco seguirá siendo ajiaco.
Esos dos componentes que hemos presentado, el blanco español y el negro africano, han conformado el sabor esencial de nuestro ajiaco que, para merecer la metáfora, ha sa-bido asimilar además a chinos cantoneses, sirio-libaneses, franceses, haitianos, judíos centroeuropeos, indios mayas, yucatecos, jamaicanos, venezolanos, dominicanos, nortea-mericanos y, en los últimos tiempos, hasta rusos, ucranianos, búlgaros, checos y rumanos, pero siempre integrados al sabor ya hecho de la isla.
Cuba es un tipo de sociedad abierta que en menos de una generación convierte en cubano (lo “aplatana”, se dice en el país) al extranjero que se integra a ella. Nada que ver con lo que ocurre en las antiguas colonias anglosajonas, donde cada etnia vive separada de las otras y sus miembros se casan entre sí.
Acaso por ello, y por ser la isla un natural cruce de ca-minos, el cubano ha sido un pueblo para el cual resulta fa-miliar lo internacional y que ha tenido, por ejemplo, líderes extranjeros con quienes fue capaz de arriesgarse en duras batallas y también respetó y admiró más que a muchos cu-banos de nacimiento. Seguramente son Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara las figuras cimeras en este orden, pero ahí están también los generales extranjeros de nuestro Ejército Libertador.
José Martí dejó una lección imborrable con su valoración de lo español. Pese a haber convocado y dirigido la última guerra contra el dominio de España en Cuba, fue capaz de escribir:

_Para Aragón, en España,
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña._

Martí siempre alimentó esa apertura de Cuba al resto del mundo, convencido, como decía, de que “patria es humanidad”.
Quizás ello explique por qué Cuba acogió siempre del mejor modo a los inmigrantes españoles, a pesar de su lar-ga lucha por la independencia. He leído opiniones sobre la simpatía de Cuba hacia los españoles, y a veces se atribuye maliciosamente a que en la actualidad llegan con dinero, como turistas o empresarios.
Pero desde los inicios mismos de la República venían españoles sin recursos o con muy pocos. El gallego emigrante fue, junto al negro cubano y la mulata, personaje esencial de nuestro teatro vernáculo. A veces las clases ri-cas se burlaban de él, pero fue siempre capaz de encontrar un hogar, respeto y amistad en su nuevo país de elec- ción. Un extranjero que vivió en Cuba la llamó “país de poca memoria”. Tal vez ello haya sido así, pero en esa ausencia del recuerdo va incluida, sobre todo, la ausencia de rencor.
El cubano ha preferido siempre el arreglo, el entendimiento en la solución de sus más graves conflictos, cuando arreglo y entendimiento han sido posibles. Fue exhaustivo el esfuerzo para lograr de España la razonable mejoría del gobierno de la isla. Pero cuando el separatismo se desen-cadenó, Cuba libró, sola, la más larga guerra de independencia de todos los pueblos de América. Martí se encargó de invocarla en su momento colocándole todos los apellidos que su humanismo y su capacidad para interpretar y a la vez educar a los cubanos le conferían: la llamó “necesaria”, “breve”, “sin odios”.
Actuando desde el influjo de estas dos raíces, el cubano ha desarrollado un peculiar sentido del honor. Lo puede arrastrar el sentido español del honor, que sin dudas está en su cultura, pero hay algo de él que no logra digerir puramente ni a largo plazo y no es este sentido del honor para todas las facetas de la vida o, por lo menos, no lo es para todas las facetas de su vida.
El sentido de la inmanencia propio del negro va a controlar, a desolemnizar la pompa dogmática e intransigente del sentido del honor español.
No voy a hacer referencia aquí a los héroes cubanos: son tantos y tan indiscutibles que puedo ahorrarme párrafos superfluos. Se dice que el general Antonio Maceo tenía, al morir en combate, veintiséis heridas en su cuerpo. Todo cubano siente, desde algún lugar de sí, ese reclamo de honor insuflado por el mulato Maceo, ese hombre al que creció oyendo llamar el Titán de Bronce. Pero aquel viejo “que no me jodan”, alimentado por muchos años de frustraciones, viene también desde algún lugar de su conciencia para contribuir a la formación de su ética, una ética no únicamente de tiempos de guerra.
El culto a la madre, santificado por la cultura africana, hace que ser “buen hijo” sea un timbre de honor para el hombre de Cuba y, consecuentemente, ser considerado “buen padre”. Sindo Garay definía a un amigo como “padre de oro y marido de cobre”. Esa doble metáfora representa una norma ética del hombre de Cuba. El padre debe ser del mejor, del más precioso e inquebrantable de los metales. El marido es otra cosa, porque el cubano es, muy frecuentemente, mujeriego. Lo admite y, si no le causa pro-blemas, hasta lo reivindica como blasón. Ello, en fin de cuentas, cimenta su fama de “cabrón de la vida”, que es una suerte de envés del “comemierda”.
“Comemierda” –lo pongo en el modo en el que él lo di-ce, y que resulta muy grosero para un extranjero– es acaso lo peor que, para sí mismo, pueda ser considerado un cubano. En cierto sentido, el “comemierda” se parece al looser norteamericano, pero en el fondo es muy diferente, porque winner y looser tienen una significación competitiva en una sociedad en la cual la competencia llega hasta la masturbación. Son, por ello, categorías relativas.
Muchos loosers norteamericanos son personas brillantes y respetabilísimas que, simplemente, han decidido ac-tuar al margen de unas reglas del juego que desprecian. El “comemierda” es un “perdedor” no por sus defectos intrínsecos, sino por ser manipulado, porque alguien lo usa para su beneficio. El “comemierda” no lo es esencialmente, sino que “lo cogen de comemierda”. Hay un error en su apreciación, una tonta ingenuidad en la conducta que el otro le induce a ejercer o que el otro utiliza para aprovecharse de ella. Ser “cogido de comemierda” implica una derrota que daña hondamente la autoestima del cubano.
Tal vez a ello se deba que en Cuba ha sido prácticamente imposible asumir una jefatura o mantenerla sin “marchar delante”, sin asumir el mayor riesgo en la lucha, pues el “canalla rumbero”, el “cabrón de la vida” que es o quiere ser el hombre de Cuba, el hombre hondamente disfrutador de los placeres de la existencia, no va a permitir que “lo coja de comemierda” quien no esté dispuesto a hacer los mismos sacrificios, a pasar por los mismos trabajos que le pide.
En su libro Mea Cuba (Barcelona, Edit. Planeta, 1992), Guillermo Cabrera Infante discurre sobre el suicidio como ideología política en Cuba. Para él, es imposible comprender la historia cubana sin aceptar a la vez el valor central que en ella tiene el suicidio.
La idea original no es suya, por cierto. Se la escuché ar-gumentada, aunque no exactamente así, en La Habana de los años sesenta, a un cubano de talento que en verdad es-cribió muy poco: Javier de Varona. Como hombre de humor y como suicida lo califica Cabrera Infante. En efecto, Javier se suicidó en 1970, pero GCI no se refiere a él, en cambio, como contribuyente fundamental a las ideas manejadas en su ensayo.
El suicidio en Mea Cuba es como un fatum, como un mecanismo casi fascinante y delirante que puede englobar a suicidas tan diferentes como Haydée Santamaría, asaltante al Cuartel Moncada y luego fundadora y presidenta de la Casa de las Américas, y a Carlos Prío Socarrás, el presidente constitucional derrocado por el golpe de estado comandado por Fulgencio Batista en 1952.
Por supuesto que han existido en Cuba, y es presumible que existan siempre, suicidas motivados por las más diversas causas. No falta, sin embargo, un grano de certeza en la globalizadora apreciación: todos los líderes raigales de los cubanos han tenido que realizar, para asumir a conducción de ellos o mantenerla, actos que han implicado un muy al-to peligro para sus vidas, aunque ese riesgo no siempre concluyera en la muerte.
Podría ser Carlos Manuel de Céspedes, quien, en pugna con la cámara de representantes de la República en armas (que lo había destituido del cargo de presidente) asumió permanecer en la manigua sin ninguna protección y allí fue muerto por las tropas españolas; podría ser el arrojo sin límites del mayor general Ignacio Agramonte, un joven y rico abogado de Camagüey quien renunció a su fortuna, al ejercicio su profesión y al amor compartido, para luchar por la independencia de Cuba, por la cual murió en plena juventud; podría ser el genio de José Martí, cuyo sentido del deber lo condujo a combatir, sin experiencia ni aptitudes bélicas, en una guerra convocada por él, y quien murió en el campo de batalla menos de dos meses después de haber regresado a Cuba; podrían ser la huelga de hambre de Julio Antonio Mella o la desatendida tuberculosis de Rubén Martínez Villena, el poeta que organizó la huelga general obrera que determinó la caída del régimen de Gerardo Machado; podría ser Antonio Guiteras, clandestino, perseguido, tratando de mantener hasta su asesinato una revolución ya perdida; podría ser Eduardo Chibás, virtual presidente del país en unas elecciones que habrían de efectuarse un año después, disparándose un balazo tras una transmisión radial, cuando no pudo mostrar las pruebas de la malversación de un ministro.
Fidel Castro era un desconocido para las grandes mayorías del país cuando encabezó el asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. Se le conocía en los predios universitarios y en las filas del partido de Chibás, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) en La Habana, en el que militaba. Yo vivía en Santiago de Cuba cuando ocurrió la acción. Iba a cumplir diez años y recuerdo que muy pocos santiagueros sabían a derechas quién era Fidel Castro. Iba a aspirar a un acta de representante a la cámara por la provincia de La Habana, en las elecciones que el golpe de estado de Batista frustró tras la muerte de Chibás y, sin dudas, porque se había producido la muerte de Chibás.
Los líderes de la oposición a Batista (electoralistas o partidarios de la acción armada para derrocarlo) se llamaban entonces Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, ambos ex presidentes; Aureliano Sánchez Arango, el ex mi-nistro acusado por Chibás y combatiente en los tiempos de la Revolución del 30; los chibasistas Emilio Millo Ochoa, Roberto Agramonte, Carlos Márquez Sterling y José Pardo Llada, este último, comentarista de la más oída hora radial informativa y política de Cuba. En un plazo de poco más de tres años, los que median entre el asalto al Moncada y el desembarco del yate Granma en las costas cubanas, Fidel Castro se convirtió en el mayor líder de la oposición cubana, porque demostró que estaba dispuesto a morir en la empresa de derrocar a Batista: el 1ro. de enero de 1959, su primacía era indiscutida e indiscutible.
Mientras los líderes políticos tradicionales participaban en elecciones en las que los burlaban o para las que se tramitaban, pregonaban batallas que no daban, o traficaban armas costosísimas que les ocupaban o les robaban impunemente, la mayoría de la juventud cubana, que ansiaba la caída del régimen de Batista, decidió seguir a Fidel Castro, a José Antonio Echeverría, a Frank País, única manera de no dejarse “coger de come-mierda” y de, a la inversa, arriesgar la vida con líderes que habían probado estar dispuestos a entregar las suyas. Sólo en ese sentido, el suicidio constituye no una ideología política en Cuba, sino un arma posible de esas ideolo-gías, que da respuesta a las exigencias de la identidad del cubano. Lo he dicho: precisamente por tener una altísima estima del disfrute de la única oportunidad de vivir que se le concede al hombre, el de Cuba le exige, a quien le pide a renunciar a ese disfrute, a esa única posibilidad, una ac-titud análoga y hasta superior de renuncia y de sacrificio. Porque el cubano tiene sus héroes de la guerra y del combate, pero también los del disfrute y los de la fiesta.
Y no quisiera concluir este capítulo sin hacer mención a uno de los mayores en ese imaginario popular que el hombre de Cuba valora tanto: Benny Moré.
Un gran conocedor de ese espíritu de la sensibilidad cubana que es nuestra música popular, Odilio Urfé, hijo de músico y músico él mismo, me dijo en algún momento que Benny Moré no era el cantante más venerado por el pueblo cubano únicamente por ser el mejor cantante de la historia del país.
Lo era, ciertamente. Culminó una tradición de cantadores que tiene, antes de él, cimas como Miguel Matamoros, Pablo Quevedo, Abelardo Barroso, Miguelito Valdés, y una tradición orquestal que él supo tomar de su director y maestro, Dámaso Pérez Prado, para lograr que el jazz band creado en Norteamérica y alimentado por la percusión cubana –mezcla ya hecha por Chano Pozo y Dizzie Gillespie– fuera capaz de interpretar todos los géneros de nuestra música popular.
Era un campesino pobre que cortaba caña en los centrales azucareros de Camagüey. Llegó a La Habana y em-pezó a cantar por los bares de la capital, donde un día lo encontró Miguel Matamoros y le ofreció un puesto de cantante en su conjunto. Fue a México con Miguel, y allí cantó con las orquestas de Rafael de Paz, Mariano Mercerón y, sobre todo, con la de Pérez Prado, que estaba lanzando el mambo al mercado musical. México era entonces el gran centro de difusión musical en Hispanoamérica. Después de su rica experiencia, Benny volvió a Cuba y formó su propia orquesta –la “tribu”, la llamaba, reforzando ese sentido gregario que el negro africano insufló al cubano–, y dominó el panorama de la música po-pular del país hasta su temprana muerte, ocurrida en 1963.
Benny fue siempre Benny. Siendo el mejor cantante del país y artista exclusivo de la RCA Victor –entonces la ma-yor disquera norteamericana– nunca tuvo mucho dinero. Construyó su casa, que era el ideal del cubano popular que siempre fue. Nada de salones para imitar los de las mansiones de las clases ricas, nada de lujos que sólo se exhibían para competir con los de los blancos “de plata”. La casa del artista era un pequeño chalet en un reparto de La Habana, y tenía un platanal en el jardín, acaso como recuerdo al guajirito pobre y negro de Santa Isabel de las La-jas al que el genio de Matamoros descubrió cantando en los bares habaneros. En esa casa vivían su última mujer y sus hijas, pero buena parte de su dinero se iba en sus juergas, en el ron bebido sin descanso, en la mariguana que fu-maba y en darle dinero a cualquier amigo necesitado que llegara a pedirle.
Como tenía la mejor orquesta y era el mejor cantante del país, los contratos le llovían, ya que todo baile donde tocara el Benny tenía el éxito asegurado: los cubanos son pavorosamente fieles a quien los hace bailar, al que les ani-ma esa circunstancia casi sagrada que es la fiesta. Pero él firmaba un contrato y luego, si no quería o tenía algo que le importara más, no iba a cantar ni llevaba su orquesta a tocar. Se hizo proverbial su impuntualidad, su informalidad. Estaba anunciado en un baile y no llegaba. En uno de sus más famosos sones, una inspiración suya comenta risueñamente esa fama: “decían que yo no venía y aquí usted me ve”. Los empresarios inescrupulosos explotaban ese “prestigio”: anunciaban a Benny Moré y su Banda Gigante en un baile para el que no lo habían contratado, el lugar se repletaba de bailadores y la lógica ausencia del músico quedaba explicada por su fama, que exoneraba al empresario fraudulento.
En una ocasión, en Caracas, un empresario eludió pagar el contrato ya cumplido, y aunque Benny fue a verlo en varias oportunidades más, el sujeto le dijo que no podía pagar, que no iba a pagar. Para su sorpresa, Benny desenvolvió un diario que llevaba bajo el brazo y extrajo de él una cabilla. Encaró al empresario blandiendo el trozo de hierro: “lo mío te lo regalo, pero el dinero de los muchachos me lo tienes que pagar”. El empresario caraqueño lo pagó todo.
Otra vez llegó a un baile organizado para asistentes ricos y blancos, pero una multitud de cubanos pobres, blancos, negros y mestizos, estaba en la calle para oír desde allí a su músico. En un momento de la fiesta, ante los airados patrocinadores, Benny salió a cantar y a tocar para el público que no podía pagar o no dejaban entrar al salón.
Una noche, en el aristocrático teatro América, en el centro de La Habana, cantó un bolero. Al terminar, dijo: “Este bolero me quedó desafinado, porque hoy me estrené unos dientes postizos. Y a mí me dicen el Bárbaro del Ritmo porque no desafino nunca. Con permiso”. En la propia escena, de frente al atónito y refinado público, se sacó la pró-tesis dental. Claro que, al minuto de volver a cantar, ya nadie se preocupaba por el incidente.
Al Benny lo contrataban siempre porque, hiciera lo que hiciera, era el mejor. El no respetaba las jerarquías, sino que esas jerarquías lo respetaban a él.
Fue el mejor cantante de Cuba, a pesar de competir con una pléyade de grandes cantadores de nuestra música popular. Sus tiempos son los mismos de Celia Cruz, esa extraordinaria intérprete del son, la guaracha y el afro, aunque nunca fue de igual rango en el bolero, que Benny dominaba como un maestro.
En los inicios de su apogeo, Celia grabó un número de Lino Frías, pianista de la Sonora Matancera, el conjunto con el que ella cantaba: “Mata siguaraya”. A Benny se le ocurrió también cantarlo y grabarlo. Un poco después, Ce-lia lo encontró en México y le dijo: “Acabaste con mi ‘Si-guaraya’. Después de ti, nadie la puede cantar”. Benny, amigo y caballero, nunca volvió a cantar otro número del repertorio de Celia.
Benny era eso que los yanquis llaman un self-made man, muy inteligente y con intuición de sobra, aunque sin educación musical que no fuera la empírica, y muy escasa instrucción general. Pero ahora que lo escribo, reparo en que no era exactamente así. Nadie se hace totalmente a sí mismo y mucho menos puede representar los valores de una importantísima zona de la sociedad sólo a través de sí mismo. Esa desaforada visión individualista ignora que el hombre (mucho más el artista) se hace de la tradición, de los valores acarreados consigo, de lo que su entorno y, por supuesto, su percepción de ese entorno le comunican como valores moldeados y modificados por su talento. Benny respetaba los valores que había arrastrado con él hasta el éxito, gustaran o no gustaran.
Simpatizó con la Revolución que ya era declaradamente socialista desde dos años antes de él morir. Teniendo todas las posibilidades para ello, nunca abandonó Cuba. Pero lo recuerdo “choteando” al mexicano Alfonso Arau –luego exitoso director de cine en Hollywood por su versión de Como agua para chocolate (la novela de Laura Esquivel), entonces director y presentador en la televisión cubana– al ofrecerle, al estilo soviético, un ramo de flores en un programa, cuando en Cuba las flores sólo se regalaban a las mujeres. “Aquí lo han cambiado todo”, le dijo el Benny entre risas y ante el embarazo de Arau. O en los tiempos en que era más recalcitrante la propaganda atea en Cuba, anunciar que la siguiente canción era para un amigo suyo y, enseguida, mirar con todo respeto hacia el cielo, y decir: “Camilo, allá va eso”. El bolero era una ofren-da religiosa al desaparecido comandante Camilo Cienfuegos, quien fue su amigo personal. Benny, claro, estaba ha- blando con el alma inmortal del amigo muerto.
Cuando murió –por ahí debe de andar el noticiero ICAIC que Santiago Alvarez dedicó a su entierro en Santa Isabel de las Lajas–, le hicieron ante la tumba el ritual del palo monte.
Benny, el guajiro pobre y negro, que ascendió por su talento hasta ser el mejor cantante de la historia de un país de cantantes, y que respetó siempre sus valores de origen, resultó por ello entre nosotros un héroe popular. Representó como nadie el alma de la fiesta cubana, pero fue tam-bién buen amigo, buen hijo, buen padre y mujeriego: una síntesis de lo que el cubano del pueblo querría ser y podía llegar a ser.

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