Privatizaciones y relaciones de género

Katja Strobel

Lo público y lo privado en el neoliberalismo

Se negocia de nuevo el límite entre lo público y lo privado. Cuando se habla de privatización se entiende lo privado generalmente en el sentido de economía privada, mercado, ánimo de lucro. Pero existe también otra área de lo privado: la esfera privada, la familia, etc. Esta área representa un sector bastante grande, pero en buena medida ignorado en términos económicos: la economía del sustento no remunerado, a la que corresponden cerca de dos tercios del trabajo realizado a nivel mundial. El 80 % del trabajo no remunerado en el sector del cuidado y la asistencia es asumido por mujeres. De esta manera, el trabajo está efectivamente privatizado, aunque en un sentido muy diferente a lo que significa la privatización, por ejemplo, en el contexto las empresas.
Un ejemplo evidente de esta privatización es el cuidado de los niños pequeños en los estados capitalistas y la transformación que la transición de 1989-90 le impuso a este sector en la antigua RDA tras el recorte drástico de las posibilidades de ese cuidado.
El uso dominante del término “público” en la sociedad actual de la República Federal Alemana proviene de la relación entre lo público y lo privado, según la definiera el estado de bienestar tradicional. Esa relación, que se negocia una y otra vez, representa una estructura social hegemónica que reprodujo y reproduce desde hace décadas la estabilidad relativa de una estructura social capitalista específica sobre la base de un orden de género jerárquico.

Las relaciones de género en el fordismo

Desde los años cincuenta hasta los setenta del siglo pasado, el apogeo del fordismo, la forma de producción capitalista se caracterizó por la extrema división del trabajo, la producción industrializada en gran escala y las racionalizaciones, pero también por reglamentaciones políticas de lo anterior. A la vez, se desarrolló un nuevo “ser humano” compatible con ese sistema: el trabajador que recibía un “salario familiar” y que se consideraba el proveedor. Con esto podía mantener a un “ama de casa propia”. Como forma de vida hegemónica, este nuevo tipo de ser humano se convirtió en la base de todos los estados de bienestar europeos.

Nuevas relaciones en el posfordimo: desarrollos ambivalentes de las mujeres

El modelo fordista ya no existe. En el contexto de la crisis del petróleo y de la economía de los años setenta, el fordismo se diluyó a causa de la falta de mano de obra, que exigía el aumento del trabajo remunerado de las mujeres. Por otra parte, la segunda ola del movimiento feminista en el seno del movimiento estudiantil del 1968 contribuyó a la dilución del concepto de “proveedor”.
Las consecuencias son ambivalentes: la integración de las mujeres al mercado laboral les posibilita, por un lado, independencia económica y, así, el aseguramiento de su existencia. Por otro lado, se cuestiona con justicia esa independencia, porque a partir del momento en que terminó la existencia de un solo salario familiar, bajó el nivel salarial y las mujeres asumieron sobre todo los puestos de trabajo flexibles de tiempo parcial. Por un lado, eso se podía –y aún se puede– combinar mejor con la responsabilidad continua de las mujeres en los trabajos educativos y de cuidado de la familia; por otro lado, no se considera el salario de las mujeres como el salario principal, sino como un salario complementario que no garantiza la existencia. El hecho de que cada vez hay más mujeres “proveedoras” o madres solteras no ha tenido efecto alguno ni en las políticas del mercado laboral ni en los salarios. En resumen, asistimos a una precarización: una desaparición de los puestos de trabajos vitalicios y seguros, que se transforman en puestos de trabajo “flexibles” e inseguros (en términos de seguros de enfermedad, desempleo, pensiones), y un aumento de los trabajos de media jornada con pocas seguridades, con el fin de reducir los gastos de las empresas.
Además, se expande el sector de los trabajos precarios por cuenta propia. Eso significa también responsabilidad propia ante los riesgos planteados por la salud, la edad, etc. Estas tendencias también afectan gravemente las posibilidades de organización sindical.

Consecuencias de las políticas del mercado laboral actual

La política del mercado laboral se concentra actualmente en Alemania en obligar a todos los que son capaces de trabajar a asumir cualquier trabajo, sin tener en cuenta su formación profesional, para reducir los gastos estatales en asistencia social y mejorar la estadística del desempleo. Esa política no responde la pregunta de quién asume entonces el trabajo reproductivo realizado sin remuneración. A causa de la disminución de la seguridad social, crece el cuidado en el seno de la familia. El aumento de los hogares para el cuidado de niños no pasa de la pura retórica: en realidad no se dispone de recursos para ello y, al contrario, se cortan cada vez más fondos de esa actividad. De esta manera, la responsabilidad por la educación y el cuidado de los menores sigue en manos de las mujeres en el occidente de Alemania, y en el este, las mujeres la vuelven a asumir. Se observa una tendencia a la refamiliarización. Solamente las personas con sueldos altos tienen la posibilidad de pasar el cuidado de los niños a personas de baja remuneración, que generalmente también son mujeres.
Además, las actividades reproductivas se están convirtiendo cada vez más en mercancía, aunque eso tiene sus límites: primero, un trabajo pagado por minuto baja la calidad del cuidado. Y además, solamente un círculo de personas con recursos adecuados puede permitirse el “lujo” de emplear a alguien. Las relaciones entre lo público y lo privado y la división del trabajo entre público y privado cambian continuamente.

La génesis del homo economicus

El modelo neoliberal de la adaptación autónoma que forma parte de la lógica del mercado se caracteriza con fuerza por su huella de género. Eso se hace evidente en la génesis del homo economicus y se manifiesta en las políticas neoliberales.
En el siglo XVIII, en el contexto de la Ilustración, el ideal masculino del guerrero se convirtió en forma “civilizada” de competencia económica con división del trabajo, especialización, etc. Anteriormente, el lugar de la economía se ubicaba en lo privado. La imposición del principio de la competencia hizo desaparecer la cooperación en el mercado; una creciente polarización de los sectores privado y público forzó el destierro de las mujeres al sector privado. La base ideológica de ese desarrollo era la idea de que el mercado, con su principio racional y egoísta de maximización de las ganancias, pertenece al ámbito masculino, mientras que el cuidado altruista y emocional corresponde a lo femenino. El fundamento de este orden de género es el homo economicus. La economía privada del sustento se encuentra más allá del horizonte económico, por eso el discurso económico reproduce una y otra vez el orden de género, mientras que aparentemente lo niega.
Además, durante la Ilustración la teoría del contrato social se convirtió en el fundamento de la fundación de los estados nacionales europeos. Su punto de partida era una imagen humana individualista: cada persona compite con las demás en su relación con la propiedad individual, y su capacidad de actuar se configura en competencia con el prójimo.
Fueron temas de justicia los que impulsaron la regulación social. Pero en las reflexiones morales y filosóficas no se tuvo en cuenta el hecho de que cada persona necesita de ayuda y cuidados en las diferentes etapas de vida.
Así, se legitima mutuamente la exclusión de un sector específico de la existencia humana de los discursos sobre una regulación justa, es decir, exitosa, de la sociedad, y se reafirma la heterosexualidad jerárquica.

El espacio público en retirada

Esfera privada, propiedad privada, economía privada… paradojas de la socialización neoliberal y el cierre de espacios para las políticas feministas.
Entonces, el límite entre lo público y lo privado no queda muy claro. Según la interpretación moderna, el límite separa la política de la economía, y también la casa de la empresa. El mercado ocupa una posición especial: Estado, arte, medios de comunicación se definen como públicos, mientras que lo privado se refiere a lo personal: matrimonio, familia, relaciones de amistad. Desde la perspectiva del Estado, el mercado se entiende como privado, pero desde la perspectiva de la economía de sustento no remunerado, como público.
El ideal típico del liberalismo es pensar lo privado como complemento de lo público, más allá de lo político. Pero las esferas no se pueden separar tan nítidamente, sino que hay que considerarlas en conjunto. Lo privado es siempre la otra cara de lo público y está siempre conectado con él de forma asimétrica. La interpretación de las necesidades y la negociación de la división del trabajo desempeñan un papel importante en la totalidad.
La privatización significa la retirada de la responsabilidad estatal. En consecuencia, los problemas sociales se interpretan como individuales, como algo que no es necesario discutir políticamente. La responsabilidad se individualiza cada vez más: lo privado recibe –bajo el amparo ideológico de la “libertad personal” y la “autonomía”– una valorización enorme, y se considera la garantía y el lugar privilegiado de las decisiones de las vidas individuales. Para la mayoría de las personas, parejas y familias constituye una sobrexigencia.

Retirada del Estado y destematización de la responsabilidad

El neoliberalismo no significa solamente la retirada del Estado, sino la economización de todas las esferas de la vida; así, la presión por la eficiencia pasa también a la esfera social, sobre todo en los sectores que no generan lucro. Tradicionalmente, son los sectores con poca o ninguna remuneración asumidos por las mujeres: cuidado de los niños, preocupación por los ancianos, tareas domésticas, educación, etc. El Estado ya no se considera responsable de esos sectores. Intercalado en la retórica de que “ya no hay recursos” y la lógica del mercado, que exige que también el Estado funcione según el criterio del lucro, no solamente se deslegitima la responsabilidad social en estos ámbitos, sino que se vuelve cada vez más difícil discutirla.

Dimensiones de la privatización y sus implicaciones para las relaciones de género

Las privatizaciones constituyen la estrategia general de las transformaciones neoliberales. Existen cinco dimensiones de la privatización:

Transferencia de bienes comunes a propiedades privadas
Se privatizan o se les imponen contratos empresariales basados en el derecho privado a los bienes comunes.
En muy pocos años, estas tendencias llevan a descentralizaciones o dispersiones. Además, se da una tendencia contraria de concentración en los inversionistas institucionales como seguros, fondos de inversión y bancos.
Se producen alianzas con consultorías de empresas y de política y con asesorías financieras para obtener el mayor provecho posible, lo que supone costos enormes para el sector público.

Desmontaje del Estado

El desmontaje del Estado está acompañado por su redefinición como empresa y la privatización de tareas estatales. Consecuencias de ello son, por ejemplo, las reducciones del personal en el área del servicio público. Así, se pierden puestos de trabajo en un sector en el cual las diferencias salariales de género no son tan extremas y que cuenta con ciertos programas para la promoción de las mujeres. Ideales de gestación pública remplazan el liderazgo político, de manera que se despolitiza y se desdemocratiza las instituciones políticas. La base de legitimación del sector público se erosiona cada vez más.

Desregulación de la economía

Las desregulaciones de las relaciones de trabajo favorecen sobre todo a las empresas. Ello afecta, por ejemplo, la protección contra el despido, la continuidad salarial en caso de enfermedad, las seguridades solidarias en caso de enfermedad y desempleo. Se deshacen las llamadas “relaciones laborales normales”, lo que desde una perspectiva feminista tiene –como mencionamos antes– consecuencias ambivalentes. Por un lado, se integran las reivindicaciones del movimiento feminista, como la creciente integración de mujeres al trabajo remunerado y la compatibilidad entre el trabajo fuera de casa y las responsabilidades familiares. Por otro lado, estas tendencias se ven amenazadas por la precarización en estos sectores: el aumento de los trabajos de tiempo parcial sin seguros ni salarios suficientes para garantizar la existencia, y la creciente informalidad del trabajo, afectan sobre todo a las mujeres. Observamos una feminización ambivalente del trabajo: por un lado, los límites de género se hicieron más flexibles; tanto los hombres como las mujeres están obligados a asumir un trabajo remunerado. Teóricamente, todos tienen acceso a cualquier tipo de trabajo. Pero también podemos observar una refundación de la segregación de género: hay una creciente tendencia a la separación de un mercado laboral central, masculino, caracterizado por trabajos de tiempo completo y buenos salarios y un mercado laboral informal, precario y femenino.
La creciente heterogeneidad de las relaciones laborales dificulta cada vez más la articulación de reivindicaciones como la igualdad de derechos y de salarios, y el control de su cumplimiento. Se necesitan más informaciones y tecnologías nuevas para identificar la discriminación individual.

La privatización como individualización y la redefinición de la responsabilidad pública

Como antes mencionamos, se carga a las familias cada vez más el trabajo reproductivo no remunerado. Tareas que antes asumía el estado se privatizan, sea en forma de asumirlas en la familia o por la compra de servicios correspondientes en el mercado. Ello significa un peso múltiple para las familias: precarización, desempleo, relaciones íntimas sobrecargadas e incremento del trabajo reproductivo. Se individualiza la responsabilidad y es cada vez más difícil debatirlo públicamente.
Los conflictos sociales se redefinen como asuntos privados y se ubican fuera de la responsabilidad política. Y el campo de la acción política y democrática imita su actuación en lo privado y lo público. Esto afecta sobre todo a las políticas de género, porque el discurso de “igualdad de oportunidades” y de la “responsabilidad propia” encubre las diferencias de género. Las disparidades de género se transforman así en un problema individual. Frente a eso, la articulación de una política feminista resulta difícil, porque la base para una intervención política equilibrada consiste en reconocer una relación social como pública.

Nuevas jerarquías entre las mujeres

Se puede observar un incremento de las migrantes y las mujeres con baja calificación profesional en los empleos mal pagados y precarios, que son generalmente trabajos reproductivos, como el trabajo doméstico en hogares privados. En cambio, las mujeres con alta calificación tienen la posibilidad de liberarse de los trabajos domésticos, educativos y de cuidados para ejercer trabajos de alta calificación, socialmente muy reconocidos y con buenos salarios, aunque limitados por el famoso glass ceiling.1 Además, la mujer migrante tiene que preocuparse de que alguien (generalmente también una mujer) sustituya su papel de madre en el cuidado de los hijos que ha dejado en su país de origen. Son obvias las nuevas estrategias de jerarquización. Las diferencias económicas y de clase entre mujeres se hacen más evidentes y la segregación laboral sexual se funde con categorías culturales y étnicas.

Política feminista de izquierda y previsión de asistencia social

La discusión sobre las necesidades y las tareas sociales necesarias

En primer lugar, hay que decir que lo que se entiende por previsión de asistencia social pública no significa automáticamente beneficios estatales. Más bien pensamos en conceptos más amplios de lo público y de la solidaridad, que no se corresponden con la comprensión dominante y la existencia real de los Estados capitalistas, sino que tiene que ver con la comunidad.
Las siguientes preguntas abiertas apuntan al surgimiento de oportunidades para políticas feministas en pro de una previsión de asistencia social pública:
¿Cómo pueden los conflictos por los bienes comunes abrir espacios de discusión? ¿Dónde se puede debatir sobre las diferentes necesidades y dialogar entre los diferentes grupos sociales? Lo importante es que se adquiera una perspectiva global. Hay que entender las interacciones entre las formas hegemónicas de interpretación de necesidades y de organización social.
El debate sobre las tareas sociales necesarias tiene que cuestionar las esferas privada y pública y las responsabilidades correspondientes.
La pregunta por la calidad de vida, que debe ser accesible para todos los seres humanos, es un punto de partida adecuado para definir las tareas sociales necesarias.

Constitución capitalista de todos los procesos sociales

Es importante estar conscientes de la constitución capitalista de todos los procesos sociales para no perderse en luchas particulares. Las formas y los sectores de responsabilidad social tienen que negociarse una y otra vez. Debería ser posible experimentar y desarrollar alternativas al estado de bienestar capitalista. Si tomamos en serio las exigencias de los términos “responsabilidad pública” y “bienes comunes”, entonces se trata de reformar a fondo todos los procesos de reproducción y producción.

Inclusión de la reproducción social en las luchas contra la privatización

Posiblemente las luchas contra la privatización se conviertan en un espacio importante para discutir de forma colectiva la cuestión de la reproducción social, por ejemplo, la organización empresarial de las tareas del cuidado de los y las trabajadoras.
Al mismo tiempo, la posición personal respecto a las relaciones de género de las y los sindicalistas, representantes de comité de empresa y trabajadores, y la organización de la reproducción social podrían producir conflictos en las luchas contra la privatización.

Cuestionar la tesis sobre el aseguramiento de la existencia mediante el trabajo remunerado regular

Las luchas contra la privatización constituyen una oportunidad para definir intereses comunes en forma de derechos sociales, que no dependen del trabajo remunerado. A eso tiende el debate sobre los derechos sociales globales, que discute los derechos globales a la educación, el agua, la alimentación y la libertad de acción, a lo cual, desde una perspectiva feminista, hay que agregar también el derecho al sustento.

Lucha contra las nuevas jerarquías entre las mujeres

Para hacer algo en contra de las nuevas jerarquías aparecidas entre las mujeres hay que discutir públicamente las condiciones de la reproducción. En vez de buscar soluciones privadas “entre mujeres”, que refuerzan jerarquías sociales y étnicas, hay que exigirles responsabilidad a los hombres y a las comunidades, incluido el Estado.

Capacidad de actuar-colectividad-organización

Resulta necesario desarrollar espacios que permitan integrar las diferentes formas de vida, ideas y alternativas individuales, y a partir de ahí discutirlas, intercambiarlas y relacionarlas con pensamientos colectivos y formas colectivas de autorganización. Así, se pueden crear espacios independientes y accesibles para la satisfacción de necesidades. Algunos ejemplos de ello son el Electric Crisis Committee, en el contexto del foro contra la privatización de Johannesburgo (Sudáfrica) o las organizaciones de “microempresarios” en el Almacén Kreuzberg de Berlín. Esos microempresarios –personas de escasos recursos que trabajan en condiciones precarias– colectivizan tanto las ganancias como las pérdidas y los riesgos.

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Notas:

1—En español, techo de cristal, esto es, que no se ve. El término se emplea para enfatizar que las mujeres solamente llegan a un cierto nivel en los puestos de trabajos, mientras que los más altos continúan siendo ocupados por hombres, aun cuando los discursos no expliciten esos límites (N. de los E.).

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