Respetuosamente a Saramago

Francisco Rodés

Francisco Rodés

Con mucho respeto y la delicadeza que merece un hombre de la talla de José Saramago, Premio Nóbel Literatura y prestigioso representante de lo mejor de la izquierda intelectual europea, me atrevo a escribir estas líneas. Realmente, me sentí sorprendido por unas declaraciones suyas el pasado mes de junio, durante una visita a Cuba para presentar su libro El Evangelio según Jesucristo. En una entrevista al periódico mexicano La Jornada, el escritor portugués ofrece algunas inesperadas expresiones sobre su rechazo al concepto de utopía. Lo cito in extenso:

–¿Usted cree que habrá algo después de esta travesía en el desierto?

–La situación es muy grave, pero algo se puede hacer todavía. Ahora bien, sin utopías. He estado en Porto Alegre, en el Foro Social Mundial, y decidí llevar ahí algo que me preocupa desde hace años: la utopía. Si pudiera, borraría no sólo de los análisis, sino también de la mente de las personas, ese concepto. Lo que dije ahí no era una provocación. La utopía ha traído más daño a la izquierda que beneficio, porque no es algo que uno espere ver realizado en su vida, no; se pone en el futuro, en un lugar que no se sabe ni dónde ni cuándo será. Una utopía es un conjunto de articulaciones, necesidades, deseos, ilusiones, sueños. Si uno es conciente de que no lo puede realizar en el tiempo en que vive, ¿qué sentido tiene? ¿Cómo es que podemos tener la seguridad de que ciento cincuenta años después, cuando ninguno de los que ha construido esa utopía estará vivo, las personas tendrán algún interés en una utopía que no es suya, que pertenece al pasado?

Seguir hablando de utopía como instrumento, digamos del ideario, de la ideología de la izquierda, me parece un atentado contra la lógica y el sentido común. Eso lo tengo clarísimo…

Puedo proponer a todos una utopía ahora mismo, y esta se llama simplemente mañana, mañana, porque mañana todos podemos pensar que estaremos vivos aún, y lo que hayamos hecho hoy tendrá consecuencias. Por tanto, acabemos con las utopías, que no nos van a servir de nada. Abajo la utopía.1

La primera perplejidad que produce escuchar este decepcionante “abajo la utopía” se atenúa cuando pensamos que su autor es un hombre que participa en un evento densamente utópico como el Foro Social Mundial, al cual asisten los representantes de los sectores populares de todo el orbe con el lema de Otro Mundo es Posible, y en el cual se expresan los sueños de ecologistas, indígenas, estudiantes, mujeres, sin tierra y toda clase de marginados y excluidos del presente proyecto globalizador del mundo. A pesar de sus rotundas declaraciones, Saramago no es un cínico desencantado, sino está comprometido con los sueños de un mundo diferente.
Por otra parte, la utopía contra la cual se rebela es la que se proyecta más allá de las posibilidades inmediatas. El suyo es más bien un llamado al realismo histórico, a las acciones que pueden dar un resultado a corto o inmediato plazos. Aquellas cosas que podemos disfrutar mañana, que podemos alcanzar para nosotros y nuestros hijos, renunciando así al paraíso lejano y a las metas demasiado ambiciosas.
Es posible también que Saramago esté defraudado por la forma como la izquierda política ha abusado del lenguaje utópico. Tal vez el grado de manipulación puesto en práctica por los sistemas socialistas del Este europeo y su fracaso en crear ese paraíso prometido por sus consignas, constituya un ingrediente fundamental en esta devaluación del discurso utópico.
Aun así, tomando en su justo peso sus declaraciones, no puedo evitar el sentimiento de que el escritor –lo digo con toda reverencia– asume una crítica de la utopía susceptible de arrastrar aguas a favor de quienes proclaman el fin de toda utopía, el final de la historia, porque se ha alcanzado la meta soñada por Adam Smith, de que la mano invisible del mercado, sin el impedimento de los políticos, resolverá todos los problemas y contradicciones. Sólo hace falta resolver los problemas puntuales que se presenten en el camino.
Por esto quiero plantear, en esta modesta reflexión, la validez de seguir hablando de utopía en el mundo de hoy, y particularmente en nuestra Cuba, sin obviar las perspectivas aportadas por la fe cristiana. A mi juicio, se trata de un terreno en el que el diálogo entre creyentes y no creyentes puede ser muy provechoso, pues toca la posibilidad o no de construir un futuro para todos.

Irrenunciabilidad del lenguaje utópico

A diferencia de otras especies, el ser humano está constantemente creando cultura, transformando su mundo, moviéndose hacia nuevas formas de coexistencia. Organizadas en colectividades, otras especies pueden ser analizadas en el transcurso de cientos de años y siempre se comportarán de la misma forma, sean las hormigas o las colonias de chimpancés. La insatisfacción ante cada logro, el constante éxodo hacia nuevos espacios de realización, caracterizan al homo sapiens y lo hacen homo soñador. El arte, la política, la religión, recogen el testimonio de esta búsqueda infinita de plenitud, de relaciones armónicas con el entorno y sus congéneres. Muchas veces estos sueños no se articulan en programas precisos y concretos, sino en rebeldías e impulsos que chocan con la realidad y pretenden trascenderla. El teólogo brasileño Leonardo Boff lo expresa con claridad:
Por tanto la sociedad, para mantenerse y continuar desarrollándose, necesita un proyecto histórico y un horizonte utópico que contemplen estas dimensiones. Sin utopía y sin sueño colectivo una sociedad se duerme sobre sus laureles, o retrocede, o se deja dominar por los modelos de otras más fuertes. Es lo que los antropólogos llaman incorporación histórica de una sociedad en otra.

La utopía es aquel conjunto de proyecciones, de imágenes, de valores y de grandes motivaciones que inspiran prácticas nuevas y confieren sentido a las luchas y a los sacrificios para perfeccionar la sociedad. Por la utopía se intenta ver más allá de la realidad dada, que nunca es dada, porque, en verdad, está siempre hecha a partir de potencialidades y virtualidades presentes en la historia.2

Las utopías han desempeñado un papel en el desarrollo histórico y movido el desarrollo a horizontes novedosos. Han creado nuevas relaciones sociales entre los seres humanos y ampliado los espacios de la libertad humana, aunque también –es cierto– en ocasiones han sido manipuladas por demagogos que han conducido a naciones enteras a guerras y proyectos descabellados. No puede negarse este lado negativo, el riesgo acompañante de toda experiencia humana.
Por otra parte, Franz Hinkelammert nos confirma la imposibilidad de escapar a este horizonte utópico:

Esto nos lleva a una primera conclusión: las utopías son condición humana. Ningún pensamiento humano se podrá poner jamás fuera del horizonte utópico. Aun cuando intencionalmente se pretende un pensamiento de un “realismo sin utopía”, de manera no intencional ese pensamiento reproduce sus propios horizontes utópicos. Luego, la discusión sobre si hay que tener utopía o no, no tiene objeto. Lo que hay que discutir, en cambio, es la necesidad de una relación realista con la utopía y sus horizontes. La negación de la utopía nunca es realista.3

Resulta muy interesante su análisis sobre el uso del lenguaje utópico por parte de los poderes dominantes en el mundo de hoy, que han aprendido a proyectar en sus discursos los sueños más acariciados por la humanidad, aunque la práctica diste mucho de ellos. En este sentido, viene a la mente la anécdota que refiere François Houtart sobre su visita al Banco Mundial, en cuyo vestíbulo se lee en letras doradas: “Tenemos un sueño: un mundo sin pobreza”. Y comenta que tuvo ganas de escribir debajo: “Gracias al Banco Mundial sigue siendo un sueño”.
La esencia de esta cooptación del lenguaje utópico por los poderes dominantes es la creación de una utopía conservadora. Sigue diciendo Hinkelammert:

La utopía es transformada en la ideología secularizada de una sociedad entera. De la “esencia de la utopía” como la crítica de las condiciones presentes y la esperanza de un mundo mejor, se pasa a la utopía como afirmación y celebración ciega de las condiciones presentes, siendo esta afirmación la garantía de un mundo mejor. De la utopía crítica se pasa a la utopía conservadora.4

De manera especial, esto se cumple a partir de la caída del campo socialista, que produce una euforia triunfalista en la cual se proclama el triunfo de un sistema de libre mercado sobre una economía planificada estatalmente y la instauración de los países occidentales como modelos de sociedades victoriosas, una meta a alcanzar por todos los países en vías de desarrollo.
La imagen seductora de una sociedad de consumo que satisface los gustos más diversos, y que asciende en una escala infinita de necesidades y placeres, se proyecta sobre el mundo gracias al fantástico desarrollo de las comunicaciones. Pero paralelamente a esta visión del paraíso terrenal, se levantan más altos que el muro de Berlín los muros que dividen fronteras del Sur, y se les cierra el camino a los pobres inmigrantes atraídos por la utopía de este cielo en la tierra. El mensaje está claro: hay una vida mejor, pero no es para todos. Sólo para los privilegiados. Para el resto de la humanidad hay un destino: el de los perritos en espera de que caigan las migajas de la mesa. La utopía se torna un espejismo:

De allí que las sociedades que se legitiman mediante utopías conservadoras sean expresamente antiutópicas. La utopía conservadora siempre se hace presente en nombre del realismo. En consecuencia, niega de manera enfática su carácter utópico. Por esa razón, la utopía conservadora ve a la utopía de modo tan despectivo. Dado que ella se considera realista, ve a la utopía sólo en aquellos que la critican. Se siente puro realismo, sin ninguna utopía, aunque se considere a sí misma el milenio realizado en esta tierra, como ocurrió sobre todo en el caso del nazismo, y ahora con el neoliberalismo.5

Resumiendo a Hinkelammert, en el mundo de hoy el discurso de los sectores dominantes se caracteriza por la ambivalencia. A la vez que emplean las imágenes más bellamente utópicas para describir su oferta a la humanidad, estigmatizan todas las propuestas de cambiar las relaciones injustas u opuestas a sus programas de implantación de prácticas económicas perjudiciales a los sectores mas empobrecidos. Para esta estrategia desorientadora, recurren a satanizar la utopía y a responsabilizarla de todos los males sociales.

Ingrediente crítico de la utopía

Otra reflexión que me provoca la definición de utopía como “crítica de las presentes condiciones y la esperanza de un mundo mejor”, tiene que ver con la crítica al presente, fundamental para autenticar la utopía y para que no se quede en un mero discurso propagandístico. Boff se refiere a este aspecto:

En primer lugar, funciona como crítica de las realizaciones del presente; no son la perfección acabada, siempre pueden ser mejoradas. Por tanto, la utopía relativiza, desfataliza y desabsolutiza las mejores realizaciones históricas, que siempre podrán ser perfeccionadas.6

Los cristianos decimos que ninguna realización humana es el Reino de Dios, el cual siempre trasciende todos los logros humanos. Siempre hay un más allá que supera el presente, una plenitud desafiante que sirve de aguijón ante el acomodamiento y la fosilización.
Quisiera aventurar algunas inquietudes respecto a nuestra gran utopía cubana, la que ha mantenido erguida una sociedad frente a la más poderosa oposición que haya enfrentado gobierno alguno en la América Latina. No puede negarse que el factor de confrontación influye de manera determinante en el desenvolvimiento de la vida ciudadana. En un país sobremanera hostigado, no puede esperarse que todas las cosas se manejen con la serenidad deseable.
Sin embargo, considerando la importancia de este ingrediente de crítica, inherente a toda utopía, me preocupa que no se hayan desarrollado todavía los mecanismos para la realización de una crítica constructiva en nuestro quehacer nacional. El discurso público desplegado por los medios es exclusivamente apologético y triunfalista. Resulta frecuente el comentario popular en el sentido de que nuestra prensa es especialista en la crítica de los males del mundo, pero bastante ciega para analizar nuestros propios problemas internos.
Debemos desarrollar más nuestra capacidad crítica. Aprender que señalar nuestros males no es otorgar la razón al enemigo ni crear fisuras en nuestra unidad, sino dar pie a la honestidad, al diálogo fecundo que sin dudas redundará en una mayor conciencia social e integridad de las nuevas generaciones. Donde escasea la crítica, florece el autoritarismo. Las discusiones, los distintos puntos de vistas contrastados públicamente, ayudan a pensar y a tener más arraigada la conciencia social.

Realismo y utopía

El problema de la relación entre utopía y realidad es inquietante, porque en ocasiones el fracaso en la implementación de los sueños ha tenido que ver con la falta de realismo histórico. Así se ha ido generalizando el escepticismo referido a la utopía, como una fantasía que choca con la realidad y sin posibilidades de realización. Para Boff, el problema radica en la reducción a que ha sido sometida la realidad. Experimentamos la realidad sólo en la experiencia inmediata, física, que tenemos de ella:

Necesitamos, pues, ampliar nuestro concepto de realidad. A la realidad pertenece lo posible, aquello que todavía no existe y que puede llegar a ser. Por eso la realidad se presenta siempre como algo abierto, algo hecho y todavía por hacer. La realidad es mayor que lo dado. Incluye una promesa, un proyecto latente, una virtualidad escondida, un mensaje que quiere comunicarse.

Esa apertura a las potencialidades latentes en la realidad es la función de la utopía, su capacidad profética. De acuerdo con Boff, la utopía se ha de buscar, pues, no fuera de la realidad, sino en sus virtualidades latentes:

La utopía y la imaginación viven de lo potencial y de lo posible. A través de ellas observamos lo dado y distinguimos las virtualidades que tiene dentro. Con la imaginación y la fantasía proyectamos su eventual realización en el futuro. Nace así la utopía: una imagen todavía no realizada, pero posible, presente dentro de la realidad y proyectada hacia delante, en el futuro. Por eso la utopía, la fantasía y la imaginación no se oponen a la realidad. Son parte de ella, su mejor parte. La imaginación, enseñaba el filósofo francés Gastón Bachelard, no proporciona sólo una imagen de la realidad, es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad. La imaginación ve la realidad grávida de posibilidades, que proporcionan nuevas imágenes de ella.7

Jesús habló de “las señales de los tiempos”, que no son sino los indicios de la historia discernidos por los profetas y soñadores, y que los hombres y mujeres sencillos abrazan ofreciendo la fuerza transformadora.
No obstante, el desarrollo es conflictivo. Hay una resistencia natural a los cambios; los poderes existentes responden con saña a cualquier intento de desalojarlos. Como dijera Martín Luther King, la libertad siempre es costosa. Hermosas y prometedoras esperanzas se destrozan con increíble crueldad. Muchas veces las listas de mártires, particularmente en nuestro subcontinente latinoamericano, son tan largas que surge la pregunta: ¿adónde vamos si lo mejor de nuestra gente se inmola sin resultados aparentes?

La violencia en la utopía de Saramago

Saramago nos entrega en la novela El Evangelio según Jesucristo una ingeniosa perspectiva de la vida de Jesús presentada como el drama de un hijo de una familia de Nazareth enfrentado a un destino trágico.
Jesús sufre la suerte de ser escogido por un dios maquiavélico que lo convierte en un sorprendente hacedor de milagros que atrae a la multitud, para luego conducirlo, como cumpliendo un fatídico oráculo, a la muerte. Este es el camino seleccionado por este dios egocéntrico, quien ha decidido que con un mártir como bandera puede extender su reino por toda la tierra. Por supuesto, el lector se identifica con este Jesús condenado por su Padre a una muerte cruel, y rechaza a este dios con delirios de grandeza:

–Y, ¿cuál es el papel que me has dado en tu plan?

–El de mártir, hijo mío, el de víctima, que es lo mejor que hay para difundir una creencia y enfervorizar una fe.8

¿Es legítimo leer esta versión de Saramago como un reflejo de su rechazo a todo sacrificio en nombre de una utopía? Se trata de una pregunta abierta. No quiero forzar el texto, pero indudablemente hay un contraste entre el camino que quiere seguir el Jesús de Saramago, sin otras pretensiones que vivir su vida en la mayor paz posible, aceptando las condiciones y posibilidades que se le ofrecían en la colonia romana del siglo i, y el dios perturbador y ambicioso de poder universal, quien estropea groseramente su tranquilidad. Al menos, respiramos el mismo talante de repudio hacia lo trascendente, hacia los sueños utópicos, que ciertamente producen mártires. ¿Y no es cierto que los mártires han sido las banderas que han arrastrado a pueblos en sus luchas?
Por otra parte, no olvidamos a los primeros cristianos: “la sangre de los mártires es semilla de la Iglesia”. Es un hecho histórico que el camino de la libertad se ha abierto sólo con sacrificios de vidas muy valiosas. Es parte del realismo en el que se mueven las utopías.
De acuerdo con esta novela, la constatación de Saramago de los frutos de las utopías es tan sólo un vasto campo donde reinan el dolor y la muerte. El diálogo entre el hijo y el padre continúa con una pregunta de Jesús:

–Entonces, dime, en nombre de todo lo que dices ser, cómo será el futuro después de mi muerte, qué habrá en él que no habría si yo no hubiera aceptado sacrificarme a tu insatisfacción, a ese deseo de reinar sobre más gente y más países.

Contesta Dios:

–Para empezar por alguien a quien tú conoces y amas, el pescador Simón, a quien llamarás Pedro, será, como tú, crucificado, pero cabeza abajo, y crucificado será también Andrés.9

Y continúa una lista de tres páginas del libro con los nombres y las formas más crueles y truculentas de muerte de los seguidores de Jesús. Pero no es más que el preámbulo de los cientos de sacrificios humanos causados más tarde por la propia Iglesia, una vez convertida en la institución oficial del imperio. A estos continúan las guerras de religión por el surgimiento del Islam, y después las sangrientas cruzadas por la reconquista de los lugares sagrados de la Palestina; en fin, una historia de muerte y destrucción, consecuencia de seguir una utopía sin contrapartida positiva. Se está ante la visión de Saramago, que, sin lugar a dudas, estimula un escepticismo sobre la marcha de la historia.
Evidentemente, para nuestro autor la violencia endémica que ha padecido la humanidad tiene su origen en las utopías, lo cual no es un hecho comprobado históricamente. René Girard ha explorado con erudición la génesis de la violencia en la historia humana, y no defiende esta tesis.10 Pudiéramos pensar que, en ocasiones, las ambiciones de poder y riqueza, la exacerbación del nacionalismo y el orgullo de raza han levantado la bandera de falsas utopías para justificar sus guerras de agresión y sus limpiezas de sangre. En realidad, detrás de cada conflicto se esconden miserias humanas que para nada se relacionan con la utopía sobre un mundo mejor.
La historia humana es como un río que busca su camino en medio de obstáculos que algunas veces detienen su marcha y hasta la hacen retroceder. Entonces acumula energías hasta que sus aguas se desbordan con fuerza y violencia. Desde luego, esta violencia no es imputable a la malignidad de las aguas, sino a los impedimentos que pretenden detener su curso.

Alejo Carpentier: una perspectiva diferente

Este realismo sin esperanza contrasta con el de un escritor latinoamericano, Alejo Carpentier, en su obra El Siglo de las Luces. En esta novela de ambiente caribeño se recoge la historia del impacto de la Revolución francesa en las colonias galas. En lugar de luces para los pueblos oprimidos, fue una pesada niebla avasalladora de amargura y frustración.
Sin embargo, el saldo final no es el desencanto. Detengámonos en una de las páginas más luminosas del texto, en el que uno de sus protagonistas, Esteban, está a punto de abandonar la posesión francesa. Escribe el autor:

Cuando Esteban, después de su angustiada espera en el depresivo y sórdido ambiente de Cayena –mundo cuya historia toda no era sino una sucesión de rapiñas, epidemias, matanzas, destierros, agonías colectivas– se encontró en las calles de Paramaribo, tuvo la impresión de haber caído en una ciudad pintada y adornada para una gran fiesta.11

Esta es la descripción sucinta de dos escenarios. Cayena, territorio perteneciente a Francia y escenario de la llegada de la resaca de la Revolución de 1789, con sus impresionantes deportaciones, ejecuciones en la guillotina, brutalidades incontables –una verdadera pesadilla a la sombra de la bandera tricolor de la Revolución francesa– y la apacible Paramaribo, con su aire culto y de pacífica tolerancia holandesa, donde todo transcurría como si se viviera en una eterna bienaventuranza.
Como parte de su ardid para escapar definitivamente de la colonia francesa, Esteban tendría que distribuir copias del Decreto de Pluvioso del Año II, un manifiesto contra la esclavitud humana traducido al holandés en su nuevo territorio de asilo. Sin embargo, estaba tan decepcionado de todo lo vivido que ya había escogido el lugar donde arrojaría los papeles, bien atados a piedras grandes, para que desaparecieran para siempre en las honduras del río.
Pero tuvo la necesidad de pasar por el hospital para ver a cierta persona, y en ese lugar presenció la escena más insólita. Numerosos esclavos esperaban en la fila de la sala del cirujano para que, con las técnicas médicas más actualizadas, fueran cercenados manos, pies y brazos, según el delito cometido, fuera haber levantado su mano contra el amo o tratado de escapar. Esta visión le dio tanto horror e ira que corrió exclamando: “somos las peores bestias de la creación”.
Ya en el río, a bordo del buque desde donde iba a lanzar los bultos de los impresos subversivos, y al ver acercarse una canoa pesquera en la que remaban hombres negros, cambió repentinamente de parecer y les arrojó la carga con este mensaje: “Lean esto –les gritó. Y si no saben leer, busquen a uno que se los lea”, feliz de no haber tirado al fondo del río la traducción holandesa del Decreto de Pluvioso Año II.
Para mí, este incidente encierra el mensaje central en la historia de Carpentier, en la que es ciertamente difícil discernir un nudo dramático. Estamos ante la opción, a pesar de las más decepcionantes experiencias, de la utopía, del cambio. La Revolución francesa fue, innegablemente, un episodio muy sangriento. Se dice que por las calles de París corría la sangre como agua. Una revolución que terminó tragándose a sus propios autores y, finalmente, llevando a Napoleón Bonaparte a convertirse en el nuevo tirano de Europa. Los escépticos dirán que constituyó una página más en la historia de las utopías humanas, que terminan en el fracaso. Sin embargo, marcó un hito en la historia. La puerta de una nueva era se abrió al mundo, todos los derechos humanos expresados en constituciones y en la voluntad de los pueblos y sectores marginados y discriminados se nutren de ella.
El mensaje de esta épica revolucionaria pasó a la conciencia del mundo. Puede decirse que fue como los torrenciales vendavales tropicales, con sus visibles efectos a veces perjudiciales, como las inundaciones, pero que traen las beneficiosas aguas que no sólo producen daño, sino que penetrando las capas de la tierra se filtran a las profundidades en los grandes reservorios subterráneos y van escondidamente a alimentar fuentes y manantiales. Así son las utopías: arrastran implacablemente, destruyen a veces; pero dejan un mensaje que cala en la conciencia humana, un mensaje que nos hace ser inconformes con toda opresión e injusticia.

La utopía y los paradigmas

A estas alturas, conviene subrayar la diferencia entre utopía y paradigma, porque pudieran confundirse. Los paradigmas son los modelos, las formas concretas que asumen las utopías en determinado momento de la historia. Para toda acción humana concertada se requiere cierto planeamiento, un programa de acciones determinado por la necesidad y la posibilidad. A esto llamamos paradigma. Constituyen la concreción histórica de los sueños más acariciados. Estos paradigmas históricos acercan las utopías, pero no deben confundirse con ellas.
Siguiendo con los pasos en el escenario propuesto por Saramago, viene muy al caso referirse a un incidente que recoge el Evangelio, y que puede arrojar luz sobre el tema que estamos tratando:

Al oír Juan en la cárcel los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos a preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id y haced saber a Juan las cosas que oís y véis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado el que no halle tropiezo en mí.12
Sabido es que Juan anduvo anunciando el comienzo de una nueva era, el tiempo mesiánico, cuando todos los caminos torcidos se enderezarían y se establecería un nuevo orden en la tierra. Era un predicador de la utopía del Reino de Dios anunciada antes por los profetas, el mundo de justicia y paz añorado por todos. Este reino irrumpiría –según Juan– como un fuego que abrasara todo lo malo, como un hacha que cortara todo árbol podrido. Pero la proclamada crisis no se producía. El Mesías andaba mansamente sobre la tierra, y lo peor de todo es que Herodes, el tirano corrupto, había encerrado a Juan en la cárcel, donde esperaba su ejecución.
No resulta extraño que los muros de la cárcel hayan inquietado al insigne predicador del reino mesiánico. Las dudas le corroían en su soledad. Nada de lo que anunciaba se estaba cumpliendo. Todo lo contrario: el malvado se pavoneaba en su trono, mientras el profeta se podría en cautiverio. Las condiciones del mundo no sugerían ningún drástico cambio. El paradigma de Juan entró en crisis. Por eso no le quedó otra alternativa sino enviar sus preguntas al mismo Jesús.
Es interesante que la respuesta de Jesús no consistió en un discurso ni en una exhortación religiosa. El mal es una realidad tan innegable que las palabras no sirven para interpretarlo racionalmente. Sólo había una respuesta posible: mostrar los hechos que estaban ocurriendo, en sí mismos una respuesta. Para Jesús, lo importante son los seres humanos, las víctimas que sufren en este mundo. Por ello se limitó a invitar a los mensajeros de Juan a ver y oír el testimonio de los enfermos y de los pobres que estaban siendo restaurados a una nueva vida.
Es como si le dijera a Juan: “Sí, es cierto que estás en la prisión y que el malvado Herodes está en el trono y que el mundo sigue dominado por el poderoso imperio romano, pero una cosa es cierta: a pesar de todo, ha entrado en el mundo la semilla de la resurrección, de la transformación de una realidad de muerte a una realidad de vida. Tu paradigma de cambio e instauración violenta no ha funcionado, pero la utopía del Reino sigue vigente. La semilla está sembrada en la tierra, callada y oportunamente dará su fruto”.
El paradigma de Juan era apocalíptico; el de Jesús, realista, aun cuando le costó la vida. Ambos eran utopías de un mundo nuevo; ambos radicales. Juan se concentraba en la ira contra el mal; Jesús en el amor a las víctimas del mal, en la compasión. Juan se fijaba en lo grandioso; Jesús habla de la semilla pequeña que produce mucho fruto.

Los paradigmas cambian, las utopías no

Los paradigmas pueden resultar errados, pueden fallar los modelos que pretenden crear un mundo mejor, pero la utopía no muere, porque es inherente a la condición humana. Los paradigmas cambian por otros que responden con mayor eficacia a la realidad histórica.
Quisiera ilustrarlo con la experiencia que ha vivido mi generación. Recuerdo los convulsos años sesenta y setenta, cuando una ola revolucionaria recorría la América Latina. Parecía que el triunfo del socialismo estaba a la vuelta de la esquina. Los grupos guerrilleros en las montañas, las células de acción en las ciudades, los sectores populares, desencantados de las promesas de la Alianza para el Progreso, abrazaban las ideas radicales. Se pensaba que se podía reproducir el modelo de la toma del poder, la implantación de la dictadura del proletariado y las consiguientes fórmulas económico-sociales. Los héroes del momento eran el Che Guevara, y para los cristianos, de modo particular, el sacerdote guerrillero Camilo Torres. La mística revolucionaria movilizaba a miles de jóvenes militantes en todo el continente. Pero la contraofensiva no se dejó esperar. Golpes de estado, instauración de regímenes militares, torturas y desaparecidos. La historia se conoce. La última derrota fue la revolución sandinista, en 1990. Hasta la Teología de la Liberación fue reprimida por los militares y desautorizada por la alta jerarquía religiosa. Sobrevino una época de depresión, de desmovilización y crisis ideológica. Muchos luchadores se refugiaron en la vida privada, en la tranquilidad descomprometida, o se convirtieron en empresarios.
Actualmente vivimos otro momento esperanzador. Lo sentí cuando viajaba de Venezuela hacia Cuba en un avión lleno de gente humilde, un puente aéreo por medio del cual miles de personas, en su mayoría mayores, venían a operarse de la vista en hospitales cubanos. Se notaba a las claras: era la primera vez que subían a un avión y estaban muy emocionados. Formaban parte de lo que se ha llamado la “Misión Milagro”, apelativo con un fuerte sabor bíblico. En aquel momento habían sido operadas diez mil personas; cuando escribo estas páginas ya pasan de cien mil. Y se prevé que llegarán al millón, no sólo de Venezuela, sino de otros países latinoamericanos. Personas pobres, muchos indígenas: en otros tiempos hubiera sido una verdadera utopía pensar en una operación como esta, pero ahora obtienen gratuitamente este beneficio. También se logró alfabetizar a más de un millón de venezolanos.
Salud y educación como un derecho para todos son, sin dudas, la garantía de contar con el favor popular. Cuando veía a estos felices campesinos, y lo que significaban políticamente estos programas sociales, me decía: lo que no pudieron lograr los guerrilleros lo está logrando el nuevo ejército de médicos y maestros, convertidos en misioneros para los excluidos de la tierra. ¿No es acaso que un nuevo paradigma está en marcha? Ya no hay fusiles; sólo medicinas y libros. ¿Por qué los medios de difusión occidentales no dan a conocer estas hazañas? Se trata de mera propaganda política, es lo más que dicen. Si así fuera, bendita la propaganda que sirve para dar vista a los ciegos y educación a los analfabetos. No es extraño que los poderes económicos dominantes en nuestro mundo sientan preocupación por lo que está ocurriendo.
En aquel momento, en el avión, recordé el texto de Mateo: “Digan a Juan lo que ven y lo que oyen”. Un nuevo paradigma se percibe en el horizonte latinoamericano. Desde los desheredados y marginados de siempre, una nueva esperanza se levanta. Porque los paradigmas cambian, pero las utopías no mueren.

Lo grande y lo pequeño en la utopía

Ahora me permito cambiar un poco de escenario para observar otros significados de la utopía que tienen que ver directamente con la vida de los cubanos de hoy.
La historia no se detiene, y en Cuba han pasado muchos años desde los tiempos de la épica revolucionaria de los años sesenta y setenta. Aunque aún se despliega un discurso cargado de consignas heroicas que resuenan en distintos ámbitos, en el lenguaje de la calle, en lo que se habla en los hogares y los círculos íntimos aparecen otras preocupaciones y temas. Y esto tiene una explicación parcial en el contexto que la familia cubana vive bajo la presión de los tiempos difíciles posteriores a la caída del bloque socialista, con consecuencias comparables a un devastador terremoto, unido al recrudecimiento de la hostilidad de las últimas administraciones norteamericanas. Es, sencillamente, el reto de sobrevivir en medio de muchas limitaciones y estrecheces. Se emplea una enorme energía en inventar cada día una solución para los problemas cotidianos. La expresión “no es fácil”, recoge este sentir popular ante dificultades abrumadoras.
Por otra parte, está el amargor de haber trabajado duramente más de treinta años con la idea de estar construyendo una nueva sociedad que tomaba como modelo un conjunto de países socialistas que, de pronto, se derrumbaron como un castillo de naipes y crearon una inquietante incertidumbre sobre la meta a la cual ahora nos dirigimos. Es precisamente el desafío norteamericano el que ha tensado las fibras de la resistencia a toda costa, aun careciendo de las fórmulas precisas para salir adelante.
Pero el sentimiento de resistencia no puede llenar totalmente la vida espiritual de las gentes. Hay necesidad de realizar sueños personales, de cumplir con satisfacción una vocación, de mejorar las condiciones de vida, de disfrutar de un tiempo de ocio. Preguntamos: ¿Cómo se vive la utopía en estos tiempos? ¿Cómo se realizan los sueños?
Es pertinente aclarar que no estamos hablando de las virtudes de los cubanos de hoy, forjadas en la fragua de la sociedad socialista, entre las cuales sobresalen su extraordinaria solidaridad humana, su sensibilidad al sufrimiento de los demás, su desinterés y cordialidad. Aludo a la esfera de los sueños, en la cual se ha producido un repliegue hacia lo inmediato y familiar. Pudiéramos señalar que ha habido una contracción de la utopía al territorio de lo cotidiano.
Ya lo he abordado en otro artículo que comentaba el filme de Fernando Pérez Suite Habana, que recoge la vida diaria de un puñado de cubanos sencillos. Como aquel que deja su profesión de arquitecto para trabajar manualmente por cuenta propia para asegurar que su hijo, un niño con el síndrome de Down, tenga un futuro de autorrealización, y el otro que trabaja duramente como zapatero con la aspiración de estrenar un nuevo traje en un baile sabatino. Hay también un médico que se desdobla como payaso para divertir a los niños en sus horas libres, su verdadera vocación. No menos notable es el joven que de día es ayudante de albañil y de noche un célebre bailarín de ballet cuyo sueño es reconstruir el hogar de su madre. Otro añora la reunificación de su familia; en fin, son personajes que viven por sus sueños, porque

¿Qué sería del ser humano si no tuviese utopías, sueños, deseos, fantasías e imaginaciones sobre sí mismo, su familia, sus hijos y sus hijas, su profesión, su ciudad, su país, el planeta Tierra y la vida más allá de la vida?…Sería apático, amorfo, resignado, desalentado, un semimuerto caminando por ahí. La utopía le hace irradiar, crear, proyectar y tener un fuego interior.13

No creo que exista una contradicción entre los sueños personales y la gran utopía social. El tejido social se anuda y fortalece con los pequeños logros de las vidas que conforman el conjunto. El heroísmo anónimo por realizar metas familiares es una riqueza que engrandece la comunidad y abre pequeñas brechas hacia el futuro de todos. La creatividad, la imaginación, el florecimiento de dones artísticos de diversa índole han sido provocados por la búsqueda de soluciones económicas. No hay divorcio entre la necesidad de atender la vida cotidiana y los sueños mayores.

El águila y la gallina

Leonardo Boff ha trabajado esta idea en la reflexión que provoca la sugestiva metáfora de James Aggrey del águila y la gallina, que resumiré como sigue:

Un campesino fue a la selva cercana en busca de un ave salvaje que pudiera criar en su finca. Encontró un aguilucho y lo puso en el gallinero. El pájaro aprendió a comer maíz igual que las gallinas y a escarbar en el suelo. Un día vino un naturalista a visitar al campesino, y observó al animal. Le dijo al campesino que el ave era un águila. Pero este le contestó que no, que ya había adquirido todas las costumbres de la gallina y que ya no era águila. Decidieron hacer una prueba, y el naturalista la levantó en alto y la estimuló a volar, pero el águila se fijaba más en el suelo donde picoteaban las demás aves.
El naturalista quiso hacer una segunda prueba y al otro día subieron a la azotea de la casa, con el mismo propósito, pero el águila seguía mirando hacia el corral, y no extendió sus alas. Parecía que el campesino tenía razón. Pero el naturalista insistió, y al otro día salieron de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, a lo alto de una montaña. Allí el naturalista la sujetó firmemente en dirección al sol, para que sus ojos pudieran ver la claridad y se llenaran de la inmensidad del horizonte. Entonces el águila abrió sus potentes alas, lanzó su típico “kau-kau”, y comenzó a volar hacia las alturas, cada vez más alto… hasta confundirse con el azul del firmamento.

Y James Aggrey concluye:

¡Hermanos y hermanas, compatriotas! ¡Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios! Pero ha habido personas que nos hicieron pensar como gallinas. Y muchos piensan que, efectivamente, somos gallinas. Pero somos águilas. Por eso, compañeros y compañeras, abramos las alas y volemos. Volemos como las águilas. Jamás nos contentemos con los granos que para escarbar nos arrojaron a los pies.14

Según Boff, todos tenemos una dimensión gallina y una dimensión águila dentro de nosotros:

La dimensión gallina es el sistema social imperante, nuestra situación existencial, nuestra vida cotidiana, los hábitos establecidos y el horizonte de nuestras preocupaciones.

Y la dimensión águila:

Los sueños, los proyectos, los anhelos, los ideales y las utopías que, aunque frustrados, nunca mueren dentro de nosotros, porque siempre vuelven a resucitar.15

Para Boff, ambos elementos son parte de la realidad no sólo de los individuos, sino de toda la vida del planeta. Se trata de dimensiones inseparables. Una protege y defiende la vida inmediata, responde a necesidades del contexto; la otra extiende su mirada a lo lejos. Todos llevamos dentro ambas cosas.
De una manera singular, esto lo vemos expresado en los cubanos y cubanas de hoy. Muchas veces predomina la dimensión gallina, con sus sueños de bajo vuelo: hombres y mujeres que viven en el espacio de la sobrevivencia cotidiana solucionando las necesidades inmediatas. Pareciera que la única utopía es lograr una vida mejor para su familia. Sin embargo, esas mismas personas van a cumplir tareas en otros países, como las decenas de millares de médicos, enfermeros y maestros que se trasladan a lugares donde se ponen en contacto con las miserias de otros pueblos. Se despierta en ellos el águila, y se les levanta el espíritu de solidaridad y compasión por el que sufre, lo cual les hace capaces de vivir y resistir en las condiciones más adversas y dar todo su esfuerzo por mitigar el dolor de los demás. Es la vieja utopía latente en sus espíritus, que extiende sus alas al horizonte.
Esta es la realidad de los cubanos de hoy, con las dimensiones de gallina y de águila en sus cabezas.

Conclusión

No puedo sino dar un gran no al gran José Saramago, porque las utopías todavía nos serán muy necesarias. No hay muerte de las utopías, no importa cuánto se haya fallado. Al menos en esta parte del mundo, los pueblos siguen soñando con otro mundo posible, un mundo donde quepan todas y todos.
La historia nos ha enseñado que las utopías tienen que articularse a acciones viables y sabias. Indudablemente, las estructuras mundiales de dominación se han endurecido, y no podemos tener la ingenuidad de otros tiempos y lanzarnos a suicidios colectivos. Los cambios requeridos para salvar el planeta de la autodestrucción demandan la acción concertada y sabia de quienes sienten esta preocupación. Pero todavía es posible hacer muchas cosas, y de hecho hay foros mundiales de los pueblos que están impactando a la opinión mundial. Hay sectores humildes de pobladores, indígenas y mujeres, que se organizan y actúan en el mismo sendero por un mundo mejor. También están los activistas verdes que luchan por rescatar de la voracidad del mercado la tierra y los mares, su flora y su fauna.
Particularmente en la América Latina y el Caribe, la mayor fuerza utópica consiste en lo que llamamos comunidades solidarias: son los sectores sociales bien unidos, que actúan por iniciativa propia, inspirados en sus historias pasadas, en sus mitos y religiones, y que defienden su derecho a la vida, a un futuro mejor. Muchas veces se trata de pequeños grupos, como las comunidades eclesiales de base, en las que se ayuda a los más vulnerables, de tal modo que las personas se sientan conectadas con algo más grande que ellas que les brinde apoyo y esperanza.
Los sueños utópicos los alimentan también artistas y poetas que cantan las esperanzas de los humildes. Pero los sueños habitan en todas las cabezas y alimentan todo esfuerzo hacia un mundo más humano.

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Notas:

1—La Jornada Digital, México DF, 21 de junio del 2005.
2—Leonardo Boff: El despertar del águila, Trotta, Madrid, 2000, p. 102.
3—Franz Hinkelammert, Ensayos, Editorial Caminos, La Habana, 1999. p. 208.
4—Ibid., p. 204.
5—Ibid. , p. 205.
6—Ibid, p. 102.
7—Id.
8—José Saramago: El Evangelio según Jesucristo, Editorial de Arte y Literatura, La Habana, 2004, p. 269.
9—Ibid., p. 270.
10—René Girard: Violence and the Sacred, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1977.
11—Alejo Carpentier: El Siglo de las Luces, Casa de Las Américas, La Habana, 1987.
12—Mateo 11,2-6.
13—Leonardo Boff: op. cit., p. 115.
14—Ibid., p. 45.
15—Ibid., p. 46.

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