Un Frente Popular contra el neocolonialismo y la militarización en Haití. Entrevista con Camille Chalmers

Dick Emanuelsson

Puerto Príncipe poco a poco se levanta con grandes sacrificios de su gente noble y luchadora. Pasamos por un cementerio donde el buldócer saca ataúdes, tumba lápidas, mausoleos y pequeñas cruces que muestran que hasta en el lugar del eterno descanso hay diferencias de clases. Pero ante la furia de la Pacha Mama nadie se salva. ¿Terminó el 12 de enero del 2010 la dura lucha del pueblo haitiano por un nuevo futuro en el que no exista la esclavitud moderna? No, subraya Camille Chalmers, representante de la Plataforma para un Desarrollo Alternativo (PAPDA) y un veterano de la lucha política de los movimientos sociales haitianos. Con él conversamos una mañana sobre las perspectivas en la isla caribeña.

Primero que nada, muchas gracias, Camille, por recibirnos. Sabemos que el trabajo que hacen ustedes es muy valioso, pero cuéntanos a grandes rasgos, ¿cuándo fue fundada la organización, qué carácter tiene y cuál es la meta de PAPDA?

Muchas gracias, es un gran placer estar con usted. PAPDA es una coalición de organizaciones, movimientos y redes sociales cuyo objetivo principal es trabajar sobre las políticas públicas, no sólo para debatirlas, sino para difundir la información entre la población sobre el contenido y las consecuencias de esas políticas. Cuando nacimos en 1995, el enfoque principal era entender la globalización y cuáles serían las consecuencias para el país de los acuerdos internacionales, los compromisos con la Organización Mundial de Comercio (OMC), los tratados de libre comercio, etc. La idea era difundir y hacer entender el contenido de las políticas, criticarlas, pero también proponer alternativas construidas con la gente a partir de su experiencia, sus ensayos, sus fracasos, y también a partir de una red de economía solidaria con la que la gente trata de solucionar sus problemas cotidianos con una lógica que no es la lógica capitalista de acumulación que conocemos. O sea, que se trataba de promover un nuevo país a partir de la creatividad de su pueblo y oponiéndonos a la dominación imperialista y al control de los recursos haitianos por los intereses de la oligarquía local y el imperialismo.
Actualmente nos enfocamos en varias áreas temáticas: deuda externa, soberanía alimentaria, democracia participativa e integración, que son los cuatro ejes que trabajamos. En PAPDA hay movimientos feministas, ambientalistas, de jóvenes, de campesinos, que tratan de complementar sus visiones y sus propuestas para avanzar hacia un desarrollo participativo.
Es una lucha difícil, porque estamos en un país en el que desde inicios del siglo XX hay un proceso de control muy directo, muy pesado, del imperialismo, que ha incluido tres ocupaciones militares estadounidenses en 1915, 1994 y el 2004, y la ocupación actual, bajo el paraguas de Naciones Unidas, con la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH). Realmente, el imperialismo tiene aquí un peso muy importante, una presencia muy fuerte, que se tradujo desde los años ochenta en la imposición de las políticas neoliberales, que fueron muy destructivas para la economía haitiana: perdimos más de ochocientos mil empleos y se creó una nueva dependencia del mercado de los Estados Unidos, tanto que, por ejemplo, el 52% de la canasta alimenticia del país viene de allá, cuando son productos que el campesinado haitiano sabe producir. Pero ese campesinado ha sido expulsado del mercado por la liberalización y la penetración del mercado haitiano por las transnacionales.
El proyecto de los Estados Unidos se traduce en la voluntad de utilizar nuestra mano de obra barata, aprovechando las consecuencias de la pauperización de la que somos víctimas, y eso se lleva a cabo en las zonas francas, o sea, en las maquilas. Convertir el país en zonas francas, utilizando una mano de obra superexplotada, con condiciones infrahumanas de trabajo —como se hace en una zona de la frontera con República Dominicana, donde hay una empresa que exporta productos textiles hacia los Estados Unidos pagando salarios míseros— es el modelo que se quiere imponer a través de la destrucción de la producción agrícola, lo que genera un flujo migratorio importante hacia las ciudades de gente muy pobre que busca trabajo y no encuentra, y entonces está dispuesta a aceptar condiciones de trabajo terribles.
La coyuntura actual está marcada por el terremoto del 12 de enero del 2010 y es una oportunidad para cambiar muchas cosas en el país, para tomar conciencia de la violencia de las políticas dominantes y tratar de articular otra relación con el Estado, otro proyecto de país. Pero también hay una ofensiva muy fuerte de los Estados Unidos, de otras potencias, para aprovechar lo ocurrido el 12 de enero e impulsar cambios estructurales, que han encontrado una resistencia muy fuerte. La privatización de las empresas públicas, el desmantelamiento del sector social, la privatización de la educación y la salud, el desmantelamiento del sector agrícola, que está totalmente marginado. Ese sector no recibe inversiones: tiene menos del 6% del presupuesto estatal, cuando el 50% de la población vive de la tierra y suministra el 52% de los alimentos.
Estamos luchando con los campesinos, los trabajadores de la ciudad, las mujeres, para cambiar la situación y entrar realmente en un proceso de redefinición, porque no aceptamos el proyecto de reconstrucción definido por las potencias —implementado con el Banco Mundial a través de mecanismos institucionales que son anticonstitucionales, inaceptables— mediante el cual el país pierde toda soberanía y el pueblo haitiano queda totalmente fuera de la escena. Queremos construir otro proceso participativo, que conlleve cambios estructurales que puedan romper con la tradición de dependencia, exclusión, romper con la tradición de un modelo vuelto hacia el exterior que invierte solamente en las exportaciones, y en que el mercado local no se considera base del desarrollo nacional.
Esta lucha nos llevó a definir un proceso de construcción de una asamblea popular que queremos realizar en los próximos meses para dar una respuesta colectiva a la situación, una respuesta a la vez política y técnica que delinee los grandes rasgos del país que queremos construir: un país para todos y todas, un país que rompa con la dominación, un país libre y autónomo que se reconcilie con la lógica de los fundadores de la patria cuando se alzaron contra la esclavitud; y que declare que todos los hombres y las mujeres son iguales sobre la tierra.
En el 2010, cuando se cumple el bicentenario de las independencias de la América Latina, es muy importante que retomemos esa tradición de rebeldía, de lucha, de no aceptación de la indignidad y el sometimiento, de reconectar a Haití realmente con el proceso de movilización y de lucha latinoamericano, porque una de las respuestas de los imperios a la revolución antiesclavista de inicios del siglo XIX fue aislar totalmente al país, y todavía no hemos salido del aislamiento. Hay que invertir mucho para reconectarnos con los pueblos de la América Latina.
El 12 de enero, a pesar de la inmensa tragedia, vimos una movilización maravillosa de la ciudadanía mundial, sobre todo a nivel del Caribe. Esa ciudadanía se movilizó mucho para ayudar a Haití, para ofrecer su solidaridad. Podemos subrayar el comportamiento ejemplar, magnífico y extraordinario del pueblo cubano, del venezolano, del ALBA como espacio de integración alternativa, pero también de los pueblos de Puerto Rico, de Santa Lucía, de Trinidad, de Barbados, que han estado de manera increíble al lado de Haití, entendiendo que no sólo está en juego el destino del pueblo haitiano. La América Latina quiere tener la posibilidad de construir nuevas relaciones solidarias que escapen de la lógica del mercado y que rompan con la lógica de la dominación imperialista.

Después del terremoto llegó el primer avión con ayuda, procedente de Venezuela. Media hora después venían los cubanos, o sea, todo el campo del ALBA. Mientras, los norteamericanos enviaron quince mil marines. ¿Dónde está el pueblo organizado de Haití? Y los que no están organizados, ¿cómo podrían involucrarse en ese trabajo tan importante de crear un nuevo Haití?

Es evidente que hay que salir de la crisis actual. Para entender lo que pasó el 12 de enero hay que cuestionar las estructuras de la sociedad. La dimensión de la catástrofe se explica no sólo por el terremoto, sino fundamentalmente por las estructuras sociales, la explotación, la polarización de las políticas estatales contra el pueblo de Haití.
Son tres elementos. El primero es que a partir de 1925 comenzó un proceso de hiperconcentración alrededor de Puerto Príncipe —y eso fue una decisión de los ocupantes estadounidenses porque, por supuesto, es mucho más fácil controlar un país desde un punto— que trajo como consecuencia la parálisis de las energías y del dinamismo económico y social del resto del país. Es una hiperconcentración económica, política, que también explica la dimensión de la catástrofe.
El segundo elemento es el tipo de Estado que se construyó a partir de 1915. Es un Estado que, en ausencia de políticas sociales, funciona mediante la violencia contra el pueblo a través de las Fuerzas Armadas. Es una ceguera total: no ve ni escucha nada, está sordo y ciego. A pesar de que había una explosión migratoria hacia Puerto Príncipe, el Estado nunca articuló una respuesta en términos de políticas sociales de vivienda.
El tercer elemento es un modelo económico cuyo centro son las exportaciones. Esto trae como consecuencia una pobreza masiva en los campos, y los campesinos que no pueden vivir de sus tierras vienen a la ciudad con la esperanza de encontrar trabajo y no lo encuentran, porque el modelo de las maquilas no puede resolver la demanda de trabajo. Así es que hay una masa enorme de desempleados, una masa enorme de hambrientos y una masa enorme de gente que no tiene acceso a los servicios básicos y nutre las treintinueve favelas que teníamos antes del 12 de enero. Entonces, para salir de esta crisis hay que responder a esos elementos estructurales.
Uno de los elementos que privilegiamos es una ruptura en el tema de la propiedad, porque aquí hace falta una reforma agraria ya que, a raíz de la crisis agrícola, tenemos un problema con la tenencia de la tierra: los campesinos no tienen acceso a la tierra.
La Constitución de 1987 tiene un apartado que posibilita la realización de una reforma agraria, y es absolutamente imprescindible una reforma agraria integral que conlleve cambios estructurales en la distribución de la riqueza y en la organización del territorio. Esta última tiene que implementarse mediante una reforma urbana en la que el Estado juegue un rol de regulador y organizador del espacio urbano y haga una “zonificación” racional para lograr una gestión que respete los derechos básicos de la gente: la vivienda, la comida y la educación.
Así que para avanzar no sólo hacen falta cambios estructurales, sino también la construcción de nuevas fuerzas políticas y sociales, porque una de las tragedias del país es que tenemos una clase política completamente sumisa a la lógica imperial, insertada en el proyecto de dominación y sin una visión real de nación. Mira más a Washington que hacia el interior del país. Hay que favorecer el surgimiento de una nueva clase política que tenga una nueva articulación con el pueblo.
Por eso es clave nuestra propuesta de construcción de una asamblea popular. Ese espacio permitirá avanzar no solamente hacia el consenso sobre una nueva visión de país, sino hacia un proyecto nacional alternativo que rompa con lo que ha existido; un proyecto nacional sobre la base de valores, principios, experiencias que pongan al pueblo en el centro de las preocupaciones políticas.
También creemos que se trata de un proceso de reflexión sobre el proyecto alternativo, de rehacer el terreno propicio para el surgimiento de nuevas fuerzas sociales y políticas en ruptura con la clase política tradicional. No sabemos qué perfil tendrán estas fuerzas políticas, por supuesto. Nuestro mandato es crear ese espacio de encuentro, intercambio, redescubrimiento, cuestionamiento y autocrítica que permitirá superar la enorme atomización del sector político y social, que fue una de las respuestas del imperio frente a la movilización popular de 1986.
En 1986, a raíz de la caída de la dictadura de Jean Claude Duvalier, nació un movimiento social potente, muy fuerte y presente en todo el territorio. Para desarticularlo, el imperio actuó de múltiples formas. Aristide incentivó divisiones al crear proyectos de desarrollo con una enorme atomización, lo que dificultó mucho el logro de una unidad estratégica hacia objetivos centrales. Con esta asamblea tratamos de revertir esa situación. Estamos avanzando en la construcción de asambleas regionales, en cada departamento, cuyos resultados serán analizados en la asamblea popular nacional.

Sobre el papel de Jean-Bertrand Aristide, ¿cuáles son esas fuerzas y cuál es el papel de Aristide hoy en día? Fue secuestrado, sacado del país de forma humillante, muy parecido al presidente de Honduras. ¿Qué fuerzas y qué estructuras han surgido de la vieja dictadura de Duvalier o de sus herederos?

Sí, es muy importante reflexionar seriamente para hacer un balance, del papel político de Aristide, quien surgió como auténtico representante de un movimiento popular que cuestiona radicalmente el sistema de dominación. Incluso desarrolló un discurso muy adecuado al lenguaje popular, hizo un trabajo de educación importante. Eso llevó a las elecciones democráticas de diciembre de 1990. Pero, a partir de los primeros meses fue posible darse cuenta de que la enorme movilización alrededor del personaje de Aristide no tenía un proyecto. Había mucha confusión, mucha indecisión y muchas vacilaciones sobre el contenido del proyecto.
A pesar de eso se empezaron a hacer algunos cambios significativos y la respuesta fue el golpe de estado de 1991. Fue un golpe muy duro, demoledor, cuyo objetivo central era la aniquilación del movimiento popular. Hubo matanzas, masacres, destrucción de la infraestructura de las cooperativas que nos había costado veinte o treinta años construir. Hubo una violencia enorme contra las fuerzas populares, para sacar al actor popular del escenario político.
Después de tres años de exilio, Aristide regresa con otra visión, otro contenido político, otro proyecto. Incluso los Estados Unidos imponen un ajuste estructural con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, etc. Cuando regresa Aristide, lo hace con una correlación de fuerzas totalmente distinta a la que existía antes del golpe, porque se había logrado desarticular a los movimientos sociales, se había logrado sacar del país a los dirigentes de los movimientos populares dándoles visa de residencia en los Estados Unidos. Fue toda una estrategia muy perniciosa que debilitó mucho el movimiento social y popular. Por eso, a su regreso, Aristide se encuentra casi solo frente al imperio y a la oligarquía.
Hay que ver que los tres períodos de Aristide —febrero de 1991-septiembre del mismo año, 1994-1996 y 2001-2003— son momentos distintos en los que la correlación de fuerzas fue diferente. El también cometió muchos errores. Incluso se distanció del proyecto popular y trató de negociar, de esconderse. Tuvo una estrategia bastante confusa frente al imperialismo. Por ejemplo, le cortaron el financiamiento entre el 2002 y el 2003, pero nunca llamó a movilizarse contra eso, nunca denunció el hecho de que se producía un embargo financiero, frente a lo cual era muy importante no sólo responder políticamente con la movilización popular, sino también articular nuevos funcionamientos del Estado. Y era la ocasión, la oportunidad y el espacio para hacer cambios en el Estado de modo que sus aparatos funcionaran más cerca del pueblo, mucho más cerca de las condiciones de vida del pueblo.
Fueron momentos de mucha confusión, y en el período 2003-2004, Aristide se separó progresivamente de sus bases sociales. La primera separación fue con los barrios populares cuando se produjo el asesinato de Amiot Metayer, un líder popular de Gonaive. La percepción general de la gente fue que Aristide había intervenido, como parte de una negociación con la OEA y con la ONU o con los Estados Unidos, y había entregado a uno de sus partidarios. Eso creó una crisis de confianza entre él y los barrios populares. Y los barrios populares eran uno de los elementos claves de su base social.
También se separó de los estudiantes, y el movimiento estudiantil siempre había sentido simpatía por Aristide. Empezó a atacar de frente a la Universidad, tratando de destruir la autonomía universitaria. Así que fueron muchos errores estratégicos, muchos errores en términos de comunicación; y, al mismo tiempo, el imperio y la oligarquía, que siempre soñaron con controlar el movimiento político en Haití, montaron un frente, el Grupo de los 184, controlado por la oligarquía, que se presentó como líder de la democracia frente a Aristide. Aprovechando todos esos errores, toda esa separación con la base social de Aristide, se instauró una situación política de mucha confusión que concluyó con un segundo golpe de estado en el 2004.
Así que es muy importante hacer una revisión de ese período y, sobre todo, luchar contra el hecho de utilizar a Aristide como elemento de dispersión del movimiento social, porque tenemos gente fiel a Aristide que dice que fue electo dos veces y que seguía una línea antimperialista. Pero, al mismo tiempo, hay muchos argumentos que atestiguan que él estaba aplicando el plan imperialista. Incluso, por ejemplo, hizo todas las reformas financieras, la liberalización comercial y la apertura del mercado haitiano, que fue clave para la destrucción de la economía campesina. Es un balance bastante polémico y muy difícil de hacer, y es un elemento que tenemos que superar para construir una nueva unidad estratégica que rearticule los espacios de los movimientos sociales y populares. Ese es uno de los desafíos que vamos a tratar de resolver en la construcción de la asamblea.

¿Cuáles son las perspectivas de ese movimiento popular?

Son buenas. Creo que después del 12 de enero hay un cambio en la conciencia de muchos actores político-sociales en torno a su comportamiento y su manera de funcionar. Muchos han tomado conciencia sobre la necesidad de una nueva unidad.
Creo que comenzó a partir del 31 de marzo, cuando el gobierno presentó un plan confeccionado por el imperialismo sin ninguna participación popular, sin ninguna consulta, con una inclusión mínima de la gente, y eso condujo a la adopción de una ley de emergencia, con la que se crea un organismo llamado Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití (CIRH), espacio controlado totalmente por actores extranjeros: el Banco Mundial, Clinton, representantes del Banco Interamericano de Desarrollo, etc. No solamente el contenido de ese plan, también el proceso que llevó a la adopción de esa ley provocó mucha indignación. La gente está muy indignada y rechaza la posición del parlamento, todo el proceso de corrupción que ha llevado a la adopción de esa ley y la CIRH, que vacía la soberanía popular, la soberanía del Estado y elimina las decisiones estatales básicas. Existen las bases para crear un gran frente popular opuesto a esta nueva forma de colonialismo, y creo que se pueden utilizar muchos elementos culturales para crear un Frente Amplio de Resistencia que frene ese proyecto, y al mismo tiempo erigir una nueva visión de país.

¿Cómo analiza PAPDA la conferencia organizada por la ONU en los Estados Unidos, la llamada Conferencia de Donantes? Ya el nombre es un poco humillante, ¿no? Pero, ¿cuál es la posición de PAPDA? ¿Qué conclusiones ha sacado de esa conferencia?

Estamos muy tristes ante todo eso y sentimos mucha indignación frente a ese proceso. Durante los últimos años —desde el 2005— han tenido lugar muchas conferencias de donantes sobre Haití y, por supuesto, no han tenido ningún resultado para el pueblo de Haití. Se anuncian miles de millones de dólares disponibles, se celebra la seudogenerosidad de la llamada comunidad internacional.
Primero, hay que decir que esos anuncios no se traducen en desembolsos reales. El ejemplo más reciente es abril del 2009. Se hizo una gran conferencia en Washington con la presencia de Bill Clinton, Ban Ki-moon, el Banco Mundial, y prometieron cuatrocientos millones de dólares. El 12 de enero se habían desembolsado solamente setentidós millones de esos cuatrocientos. Así que es una cosa de pantalla, mediática, que no se traduce en realidad.
Segundo, aun cuando se traduzca, los fondos desembolsados se consumen con una lógica de ayuda pública tradicional, que tiene efectos negativos para el desarrollo de un país. La prensa se hizo mucho eco de los dos mil cuatrocientos millones de dólares donados por el gobierno de los Estados Unidos al Congreso de Haití, pero no dice que de esos dos mil cuatrocientos millones de dólares, ya un tercio fue consumido por el ejército de los Estados Unidos en su intervención “humanitaria” después del 12 de enero. Es decir, realmente hay toda una manipulación y la gente no conoce la realidad y piensa que hay mucha plata disponible, lo que no es cierto.
Lo mismo sucedió cuando Nicolas Sarkozy vino y anunció trescientos cuarentiséis millones de euros, pero eso incluía la cancelación de la deuda y otros fondos ya disponibles. La disponibilidad real era de ciento cuarenta millones de euros, así que fue una manipulación muy fea de los datos para crear la sensación de que hay mucha generosidad, cuando de hecho ocurre lo contrario.
Es Haití el que transfiere su riqueza hacia los Estados Unidos, es Haití el que transfiere capitales y riquezas a los países del Norte. Para dar un ejemplo concreto: hay un estudio reciente que calcula la contribución de los haitianos migrantes a los Estados Unidos al producto interno bruto de ese país en veintiún mil millones de dólares al año. Los impuestos pagados al Estado federal por los haitianos que residen en los Estados Unidos son más de siete mil millones de dólares al año. Dos mil cuatrocientos millones en diez años no es nada en comparación con esto. Hay que desmistificar lo que anuncian y proclaman los medios. Son los países del Sur los que financian, los que transfieren riqueza a los países del Norte a través del mecanismo del servicio de la deuda, de la repatriación de ganancias de las transnacionales, del injusto comercio desigual y de la fuga de cerebros. Haití en una de las víctimas de eso. El 75% de los graduados universitarios vive fuera de la nación. La catástrofe del 12 de enero fue una ocasión para que Canadá, Francia y los Estados Unidos captaran todavía más personal calificado del país. Hay un proceso hemorrágico de los recursos, de la riqueza, que imposibilita el desarrollo sostenible a largo plazo.

A las 2:30 pm tengo una entrevista con un médico haitiano graduado en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM).

De Cuba.

Antes del terremoto, por lo que veía en Telesur, los cubanos se encargaban de casi el 70% de la salud pública. ¿Es cierta esa cifra?

No tengo la cifra exacta, pero es cierto que la contribución de la misión cubana es esencial y realmente es una solidaridad maravillosa, que tiene un efecto de suma importancia para el pueblo de Haití. Siempre utilizo ese ejemplo cuando presentan a Haití como un país violento. La brigada médica cubana, que tiene entre cuatrocientos y ochocientos médicos, vive de forma permanente en Haití, está totalmente integrada a las comunidades rurales. Nunca, desde 1998 cuando llegaron, se ha producido un incidente de violencia, nunca han sido atacados, nada. Una inmersión total en el pueblo, incluso en el 2006, cuando subió al poder el gobierno ilegal impuesto por los Estados Unidos y cortaron el financiamiento, las comunidades locales se encargaron de atender a los médicos cubanos durante seis meses. Es realmente una solidaridad maravillosa, una hermandad con mucha ternura, una presencia de mucha calidad.
Para nosotros, es el ejemplo que demuestra la posibilidad de otra cooperación, la posibilidad de otro tipo de relación respetuosa, con su impacto sobre un aspecto esencial en la vida: la salud. Así que saludamos esa cooperación y para nosotros es una cosa fundamental. Incluso, muchos responsables del gobierno reconocen que la cooperación real que existe con Haití es la cubana y la venezolana. Lo demás no es cooperación.
Después del terremoto, también Cuba, con el apoyo de Venezuela, tuvo una presencia masiva muy importante. Ahora se calcula que hay mil trescientos médicos cubanos, con un apoyo material, técnico, psicosocial maravilloso y único, y es muy significativo, si consideramos que Cuba también es un país con dificultades. Lo que está dando a Haití es realmente lo esencial, y pienso que a través de esa cooperación se pueden crear muchas cosas.
Lo desafortunado aquí es que no tenemos un gobierno que tenga un proyecto popular, un proyecto de cambio real, no se utiliza totalmente ese aporte para cambiar el sistema de salud haitiano. Entonces, estamos en una situación en la que hay dos sistemas paralelos: el sistema de salud de Haití, dominado por la oligarquía, por médicos que cobran precios muy elevados, a veces tres mil gourdes por consultas de diez a quince minutos.

¿Cien dólares?

Sí, un escándalo, y eso no es accesible para la gente. Y el otro es el sistema cubano, que funciona, pero no hay una integración real de los dos sistemas. Y eso es un problema grave y muy importante ante el cual el movimiento social y popular debe ser más proactivo para tratar de conectar esos dos sistemas y lograr una transformación global del sistema de salud en Haití.

¿El aporte que dan Cuba y Venezuela para graduar y enseñar a haitianos Medicina u otras profesiones también es parte de las contribuciones a esta nueva estructura del país?

Sí, es cierto que la contribución de Cuba en la formación de técnicos y profesionales universitarios es esencial. Tenemos un déficit en la educación superior, porque el Banco Mundial dice que el Estado no tiene que invertir en este nivel. Y por más de quince años no se ha invertido ni un centavo en la educación superior, mientras la demanda crece muchísimo. Hay más de sesenticinco mil graduados de bachillerato por año y la universidad pública sólo puede acoger a mil quinientas personas. Es un déficit enorme y la contribución de Cuba es esencial en ese sentido. Y no solamente la cooperación con Cuba en el campo de la salud y la alfabetización. También con Venezuela en la cuestión de la electricidad, de los productos petroleros. Así que realmente es una cooperación muy fraternal, muy solidaria y muestra que en la América Latina hay países que no solamente creen en la alternativa socialista, sino que la construyen.
Para nosotros, la Revolución cubana, por supuesto, es un ejemplo de que el internacionalismo es una línea de trabajo permanente. Cuba hace un aporte a los pueblos en muchos campos esenciales y lo va a seguir haciendo, porque es un elemento básico, estructural y fundamental de la Revolución cubana.
También la revolución bolivariana retoma esa tradición de hermandad, a la que se agrega la particular relación que existe entre Haití y Venezuela. ¿Sabes que Bolívar recibió una ayuda estratégica cuando vino que permitió lanzar las luchas por la independencia en el continente? Así que realmente es una gran lástima que la presencia latinoamericana masiva que está en Haití sea en la MINUSTAH, cuando la presencia latinoamericana debe ser de solidaridad entre los pueblos, una presencia que se conecte con la visión internacionalista de los primeros fundadores de la nación haitiana, que sabían claramente que el destino de la revolución antiesclavista haitiana debía crear mecanismos solidarios más amplios y de participación de más pueblos en la emancipación.
Un artículo de la Constitución haitiana decía: “Todo ciudadano del mundo que está dispuesto a luchar contra la esclavitud puede tener la nacionalidad haitiana”. Era una visión muy avanzada y Dessalines, por ejemplo, aprobó un decreto mediante el cual se le entregaban cuarenta gourdes per capita a cada capitán de barco que llevara a Haití negros de otros países liberados de la esclavitud. Era una visión internacionalista muy interesante, y no solamente de internacionalismo, sino de continuidad de la lucha de los indígenas masacrados en Haití. Por ejemplo, Dessalines llamó inca a su ejército; tenía una clara visión de la necesaria continuidad de la lucha de los indígenas y de los negros africanos.
Hay que retomar esas visiones, esos valores que se están materializando un poco a través del ALBA, ese espacio solidario en el que ya existe y continúa creándose una nueva fraternidad entre los pueblos del continente.

Y el actual presidente de Haití, ¿continuará esa posición sumisa ante un neocolonialismo y un imperialismo que actúa de forma abierta con la Cuarta Flota, con nuevas bases militares en Colombia, Costa Rica, Panamá, Honduras?

Es una historia bastante deplorable, triste, porque René Preval fue electo en el 2006 a partir del supuesto de que era el único de los treintiocho candidatos que podía llevar a cabo un proyecto de resistencia frente a la MINUSTAH y frente al proyecto de recolonización. Incluso, en las elecciones la gente decía “Abajo la MINUSTAH, Viva Preval”. Pero cuando subió al poder asumió una agenda totalmente distinta. Al inicio, parecía acercarse mucho al ALBA, hasta participó directamente en algunas cumbres del ALBA.

Aquí también llegó Chávez y el pueblo corrió para recibirlo.

Sí, Chávez fue recibido triunfalmente, con una movilización masiva, aunque se anunció sólo con cuatro horas de anticipación. La gente no lo sabía, pero se dio una manifestación enorme. Cuando Clinton viene aquí, nadie sale.
Y si al inicio Preval parecía estar en una dinámica de resistencia, muy rápidamente, a partir del acuerdo con la MINUSTAH, de las operaciones contra los barrios populares que fueron verdaderas masacres, se fue alejando de la dinámica popular. Eso lo confirmó con más claridad con su postura en el debate del 2009 sobre el salario mínimo, pues se opuso de manera tajante a un aumento totalmente normal, incluso tardío, porque el último fue en el 2003. Hasta el 2009 no hubo ningún incremento salarial a pesar del alza de los precios del 2008, así que era necesario. Pero él se opuso y se alió a ocho dueños de maquilas contra toda la opinión pública. Así se definió cada vez más en ese campo de la oligarquía tradicional, se definió cada vez más en ese campo del imperialismo y, a pesar de que mantiene relaciones con Chávez y Cuba, su política concreta está cada vez más marcada por la dominación del imperio y la aplicación de las políticas del Fondo Monetario Internacional.
Pero el pueblo de Haití es un pueblo que tiene mucha fuerza cultural, es un pueblo que tiene mucha resistencia y que siempre ha sabido oponerse a los planes de dominación con múltiples estrategias, bastante sorprendentes. Estoy seguro de que en esta coyuntura vamos a resistir, habrá un nuevo despertar de la resistencia popular, nuevas formas organizativas, porque lo que está en juego es la dignidad del pueblo de Haití, su existencia como pueblo independiente y autónomo. Y creo que el pueblo haitiano no va a aceptar esa humillación.

No es una casualidad que el pueblo haitiano fuera el primero en liberarse del colonialismo en este continente.

Yo quiero agregar que todo el proceso de instrumentalización de la crisis haitiana por el imperialismo es una vergüenza total que hay que denunciar. Llegaron aquí ciento veintiséis barcos y, de los cuatro más grandes, el único que era un barco hospital era el US Comfort. Los otros tres eran barcos de guerra, de ataque incluso, con armas nucleares. Es totalmente inaceptable, indignante, y es muy importante que los pueblos del mundo sepan que la respuesta de los Estados Unidos a la crisis en Haití fue con armas nucleares. Por supuesto, eso no fue ninguna ayuda concreta al pueblo haitiano, sino que obstaculizó la llegada de otras ayudas más efectivas debido al control del aeropuerto. Se dilató dos días el arribo de un barco hospital, de un avión hospital que venía de Francia, se dilató la llegada de aviones de Venezuela, de Cuba, de CARICOM, lo que se tradujo en muertes, tragedias humanas y heridos que perecieron por esa presencia militar.
Es muy importante saber que el pueblo de Haití no va a aceptar la creación de nuevas bases militares norteamericanas aquí. Denunciamos esa militarización, esa instrumentalización de la crisis haitiana. Queremos que la lucha del pueblo de Haití sea un ejemplo para la de todos los pueblos del mundo.
Aprovecho para saludar al pueblo de Honduras, que padece una dictadura militar. Estamos con ustedes, con el pueblo de Honduras en esa lucha contra el saqueo y la militarización y contra todo lo que se está haciendo: el asesinato de mucha gente, de periodistas, para desarticular las luchas populares. Pero sabemos que el pueblo de Honduras tiene la fuerza para resistir y ganar ese combate.

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