Un libro contra el entusiasmo

Julio César Guanche

No hay nada más práctico que una buena teoría. El lector cubano tiene ante sí, con la segunda edición de esta obra, una compleja edificación de un discurso teórico para una práctica de izquierda. Ciertamente, la aparición en Cuba de Elogio de la diversidad, de Héctor Díaz-Polanco, es ganancia en términos netos. Estamos ante una actualización crítica del discurso sobre la diversidad, así como ante una puesta al día –muy completa– en la filosofía política de nuestro tiempo. De hecho, se cuentan con los dedos de una mano los libros que, recorriendo la bibliografía de este, pueden encontrarse en el país, de autores como John Rawls, Charles Taylor, Benedict Anderson, Isaiah Berlin, Alex Callinicos, Ronald Dworkin, Terry Eagleton, Jurgen Habermas, Toni Negri, entre muchos otros, inéditos en la isla. Sin embargo, el mérito de Díaz-Polanco no es resumir un arsenal de ideas en un español conciso, sino encarar una estrategia de intervención cultural de índole revolucionaria. A lo largo de poco más de doscientas páginas, se discuten, limpios de polvo y paja, contenidos para una necesaria reconstrucción del discurso socialista sobre bases revolucionarias. No sin irresponsabilidad, intento el malabarismo de glosarlos aquí.

I

Una región del pensamiento de izquierda levantó por décadas su voz al cielo denunciando el demonio de la globalización como instrumento de la uniformidad cultural.
Un territorio del discurso del socialismo histórico arrastró juntas las ideas de desigualdad y de diversidad y, en su argumentación sobre la vida futura, las colocó en el museo de las antigüedades, al lado de la rueca y el hacha de bronce. El porvenir del socialismo sería el reino feliz de la igualdad y la uniformidad.
Un contingente de la izquierda pensó que bastaba con anunciar la justicia para que la libertad viniese tras ella, a remolque de la historia.

II

El claustro del pensamiento liberal hizo desaparecer el concepto de capitalismo y dejó, sobrevolando sobre las ideologías y las formaciones sociales específicas, el de globalización, venido al mundo, aseguraba, de la mano de “la ciencia” y “la técnica”.
Una legión del pensamiento liberal aseguró que el concepto de multiculturalismo era el cauce del hecho individual, social, cultural de la diversidad.
Una zona del liberalismo aseguró haber conseguido, al fin, la construcción de un pensamiento que reconcilia en su seno la libertad con la justicia.

III

Para desprenderse del hedor de la izquierda “paleolítica”, un continente de la izquierda protagoniza una rendición con olor a santidad: explica la globalización como “hecho inevitable”, se aggiorna como multicultural y construye una teoría de la diferencia infinitesimal, indiferenciada –sobre todo– respecto al enfoque de clase.
Elogio de la diversidad es un antídoto para las intoxicaciones inveteradas de esa izquierda que, a la altura del siglo XXI, conserva todavía muchas de las maneras de su antigua esterilidad, así como contra los espectros que recorren el mundo; es, al mismo tiempo, la diestra y la siniestra de sí mismos.

IV

El libro es una columna edificada a partir de una serie de advertencias. Si se ha de discutir con el pensamiento adverso, entonces ha de hacerse con sus resultados de mayor elaboración. La profundidad de un análisis marxista hoy sigue estando en relación con el rigor con que se comprenda la formación específica del capitalismo presente. El marxismo ha de argumentar filosóficamente sobre la justicia y no darla como hecho supuesto en su programa político, como si se tratase de un significado unívoco, que sólo es necesario “llevar a la práctica”. A la “globalización” no le interesa tanto regimentar la uniformidad cultural –ni tampoco “producir” diferencias–, como instrumentar las existentes en función de la única uniformación que le es imprescindible: la del dominio del capital. El universalismo abstracto es un férreo valladar contra la diversidad. Los derechos humanos, o son totales, o no son: resultan apenas un arma política o un programa muy incompleto para dar cuenta de la necesidad humana de pan y de libertad.

V

El libro atraviesa un vasto campo minado de problemas. Constituye una crítica exhaustiva del pensamiento liberal, a partir del eje de la diversidad. Se integra a una corriente que, desde el marxismo, ha puesto en solfa ya no el contractualismo kantiano, sino también el último monumento teórico producido por el pensamiento liberal: el llamado “liberalismo igualitario”, con su sede primigenia en Teoría de la justicia, de John Rawls, aunque se remonte a Kant y a Stuart Mill.
Un libro sobre la diversidad no puede ser unidimensional. Díaz-Polanco no da la impresión de emprender una crítica conociendo de antemano los detalles minuciosos de la conclusión. La argumentación crece, se complejiza y en el camino construye sus consecuencias. Díaz-Polanco “dialoga”. En la obra de Hardt y Negri –específicamente en Imperio y multitud. Guerra y democracia en la era del imperio–, encuentra zonas que son afines a su argumentación sobre la etnofagia del imperio. Analiza con mesura la cuestión del “estado nación” y sugiere no confundir procesos en curso con realidades ya verificadas, en lo que respecta, por ejemplo, a la “extinción” del estado nación en el contexto de la globalización. La idea de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, o la más tradicional de “tomar el poder para cambiar el mundo” encuentran aquí, en su espejo, un matiz iluminador: se ha de “tomar el mundo para cambiar el poder”, lo que retoma una tesis de raíz gramsciana: si la revolución es, ante todo, un proceso social, no hay posibilidad exitosa de construcciones socialistas a posteriori de “la toma del poder”; esa posibilidad radica en tomar el conjunto de la sociedad, edificar una alternativa material de sociabilidad que el poder político correspondiente contribuya a reproducir, pero que, en sí mismo, será incapaz de crear: la “invención” está constituida por una serie de conquistas relacionadas unas con otras que integran los contenidos –existentes al mismo tiempo como realidad y como prefiguraciones– de la sociedad que se pretende construir.
Por su mesura y dialogicidad, este libro es un elogio radical a la diversidad.

VI

Cuando Rawls publicó Teoría de la justicia en 1971, la democracia liberal sufría una enorme pérdida de popularidad a manos del marxismo, el estructuralismo, la insurgencia del 68, las guerrillas latinoamericanas y la guerra de Vietnam. En ese vacío, Rawls hizo el papel del héroe trágico, al reivindicar el valor de tal armazón ideológica. Con el tiempo, al profesor de Harvard le imputaron ser el arquitecto de la reconstrucción teórica del estado de bienestar. De hecho, cierta zona del propio liberalismo ha reputado el pensamiento de Rawls de socializante, de “traidor a la causa” –sobre todo al Rawls de Liberalismo político–, pues arguye que su doctrina termina atentando contra el “derecho de propiedad de uno sobre su persona y los resultados de su trabajo”, pilares de la racionalidad capitalista y de toda la modernidad liberal.
Respecto a las ideas del anticapitalismo, Díaz-Polanco escribe en una situación acaso similar. Elogio de la diversidad es como la clásica mosca en la sopa. El relato del ingenuo que advierte sobre la desnudez del rey. La deriva socialdemócrata del ideal socialista ha hecho creer a millones que, con un esfuerzo de justicia, el capitalismo no es intrínsecamente “salvaje”. Por ello, desde el punto de vista ideológico, las búsquedas socialistas actuales escasamente se construyen como proyectos anticapitalistas.
Cansado de gritar en el desierto, Díaz-Polanco podría haber buscado refugio en la defensa de la diversidad, al calor de los millones de seres que entonan loas a la diversidad, ese himno a la alegría de nuestro tiempo. Pero tampoco. Díaz-Polanco defiende la diversidad criticando la que “todo el mundo” defiende: la encauzada por el universalismo liberal. “El capitalismo proyecta que el juego de la pluralidad humana devenga en una colosal maquinaria de la ‘diversidad’ alienada”, argumenta.

VII

Este libro contribuye a entender(nos): es un mapa de “distinciones”. Ante el “particularismo [del capitalismo occidental] que se disfraza de universalidad”, Díaz-Polanco defiende otra calidad: el único principio universal es aquel que procure justicia para todos. Piensa, con Žižek, que la “única universalidad a la que tenemos acceso es [a] la universalidad política, que no equivale a cierto sentido idealista abstracto, sino a una solidaridad en la lucha”. El libro distingue: la globalización es una nueva fase del capital y no una fuerza de la naturaleza; la igualdad y la diferencia son programas biunívocos en un horizonte socialista; la ideología del multiculturalismo es el arma de combate de la globalización del capital; la propuesta del liberalismo igualitario –y con él la de una parte de los “progresismos” al uso– refuerza la concepción liberal consagrada a la prioridad absoluta de la libertad sobre la igualdad, y con ello sigue siendo el obstáculo para el despliegue de una sociedad democrática; la expansión de la libertad y la justicia depende de la irrenunciable integralidad de los derechos humanos: civiles y político-sociales; económicos y culturales; individuales y colectivos.
Este es un libro contra el entusiasmo. “El entusiasmo” –escribía Gramsci– “no es más que una externa adoración de fetiches. Reacción necesaria, que debe partir de la inteligencia. El único entusiasmo justificable es el acompañado por una voluntad inteligente, una laboriosidad inteligente, una riqueza inventiva de iniciativas concretas que modifiquen la realidad existente”. Es, sobre todo, un texto contra el entusiasmo que aplaude sin saber la reproducción del status quo capitalista, que piensa con sus categorías y que usa sus conceptos como si estos fuesen producidos en una atmósfera al vacío, y a favor, en cambio, del entusiasmo de los que pretenden, en la lucidez de la conciencia, “tomar el mundo”.

La Habana, 28 de agosto del 2007.

***

La Izquierda Frente a la Identidad

¿Por qué la diversidad y las identidades que ésta implica podrían ser consideradas asunto de las izquierdas? Y en ese caso, ¿de qué diversidad e identidades se trata? Por lo que llevamos recorrido en este ensayo, las respuestas a tales preguntas tienen que ver con la superación de una perspectiva universalista, asumida a menudo acríticamente, lo que no deja lugar al pluralismo.
En cierto modo, debatir sobre diversidad es indagar sobre las condiciones necesarias para la construcción de una sociedad justa, democrática y solidaria. Como espero mostrarlo, en parte la confusión subyacente a las discusiones sobre el punto radica en la idea de que la defensa de la igualdad (propio de la izquierda frente a las variantes de la derecha) se opone al respaldo de la diferencia. Puede agregarse que una debilidad histórica de las izquierdas ha sido no apoyar con igual fuerza a ambos fines que, bien vistos, son en realidad uno. En el pasado, el sustento de la diferencia fue sectorial y problemático, además de esporádico o circunstancial. Considerando la tradición de la izquierda socialista, puede citarse a Marx para el caso de Irlanda; al Lenin de la fuerte defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos y nacionalidades, y entre nosotros, las precursoras reflexiones de Mariátegui sobre el papel de los pueblos indígenas. Pero estos gestos venerables no llegaron a consolidarse como un enfoque compartido por las izquierdas –si descontamos las referencias más rituales que analíticas–; y las políticas derivadas, cuando las hubo, se aplicaron según ciertas circunstancias locales o bien, casi siempre se prefirió ignorar la cuestión por considerar que dividía las filas de los trabajadores.
Cuando se le preguntó a Fredric Jameson, marxista estadounidense, sobre los desafíos que tiene por delante la izquierda, no dudó en afirmar que esta necesita hacer un gran esfuerzo para encontrar nuevas formas de presentar nociones y problemáticas clásicas. En pocas palabras, la izquierda requiere una nueva forma de expresar las cosas, un nuevo lenguaje. “No es suficiente decir la verdad a la gente –expresó Jameson–; hay que encontrar maneras de presentarla de modo excitante, de forma que animen a las personas, las incentiven, las atraigan.”1 Este es un primer desafío para las actuales izquierdas, y no es una cuestión menor. La idea principal que está detrás de este planteamiento es importante: el triunfo ideológico-político alcanzado por la derecha en los últimos lustros (la época del neoliberalismo y la globalización) en parte tiene que ver con una vasta destrucción del lenguaje de la izquierda, cuyas nociones clave perdieron significado en el imaginario social y se convirtieron, para las mayorías, en propuestas y metas “del pasado”, caducas o insustanciales.
Desde luego, esto es sólo el principio. No basta con presentar los viejos problemas con un nuevo lenguaje, por más excitante que este pueda resultar. La política no es sólo cuestión de pasión comunicativa. Se necesita también que las izquierdas presenten nuevas propuestas que reflejen los actuales problemas y se hagan cargo de las nuevas situaciones; que sean capaces de despertar el entusiasmo por los cambios de fondo, radicales, que encarnaba el programa socialista hasta hace apenas unas décadas. Y es aquí donde las izquierdas a escala mundial presentan el más grave déficit. Un segundo desafío, pues, radica en enriquecer la perspectiva teórico-política merced a la integración de numerosas problemáticas ignoradas por el pensamiento clásico o a las cuales se les ha dado un tratamiento francamente insuficiente.
Pueden citarse aquí las cuestiones que tienen que ver con las identidades, la equidad de género, el medio ambiente, entre otras. El inadecuado acercamiento a estos asuntos, o de plano su omisión, ha provocado que sean absorbidos por el pensamiento conservador; o que en otros casos, corrientes que se reclaman de izquierda, los hayan colocado en una perspectiva que, en verdad, no es incompatible con el mantenimiento del capitalismo. De hecho, pues, la innovación teórica requiere que también las antiguas cuestiones sean replanteadas.

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Notas:

1 Cristina Grillo: “Jameson analiza el discurso de la izquierda” (entrevista), Folha de Sâo Paulo, 29 de mayo del 2000.

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