¿Zapatistas en La Habana?

Gabriel Caparó

Quizás la ventana mayor que se recuerde desde Cuba, al repasar en voz alta estos diez años de zapatismo, sea la marcha que veinticuatro comandantes zapatistas realizaron desde la Selva Lacandona hasta la misma capital mexicana, en el año 2001. Para muchos cubanos fue la primera vez, el encuentro (o encontronazo) a partir de la cobertura mediática de entonces, y también porque se inauguraron en La Habana las acciones públicas de apoyo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Pero, ¿qué pasaba antes? ¿Y qué pasó después?
El alzamiento del primero de enero de 1994 fue una pedrada en los noticieros de Cuba, una pedrada que levantó ansias y también asombros. Una pedrada que, más allá del noticiero, nos sacudió la esperanza. Pero pocos días después se hizo el silencio, a pesar de que la historia zapatista se desenvolvía con estocadas fabulosas, desde la acción y la palabra.
Claro que la coyuntura de entonces era muy compleja en la isla: comenzaba el que llegaría a ser el peor año de la crisis tras el colapso del socialismo europeo. Nuestro país reactivaba su comercio exterior y el incremento de relaciones económicas con América Latina hizo más visibles –desde los medios– las interacciones con los gobiernos latinoamericanos.
Así que, desde el mismo enero de 1994, el alzamiento zapatista –como tema mediático–, quedó perdido en un lejano recuerdo. Pero no olvidado. Tal vez fueron los propios apetitos de quienes vivimos la perplejidad y las ganas de entender aquello, los responsables de que siguiéramos escudriñando entre viejos números de La Jornada, entre amigos y amigas de México que pasaban por Cuba, por encontrar noticias, opiniones o al menos alguna palabra que aludiera al conflicto.
En el año 1996 conocí a una cubana recién llegada de tierras chiapanecas. Había vivido ella un tiempo en La Realidad y fue una excelente voz por donde entré a la historia de este neo-zapatismo. Y digo excelente voz porque su reflexión provenía de un punto de vista cubano, por ende afín al mío, porque desde pequeña estaba muy vinculada a los movimientos sociales y luchas populares latinoamericanas, y también porque ni me di cuenta de que amanecía, tras horas y horas escuchando sus historias.
Quizás lo más impactante que recuerdo de aquellas historias es la doliente y osada cotidianidad de las comunidades zapatistas, alejada del glamour mediático con que se adornó desde sus comienzos a la primera guerrilla “posmodernista” de América Latina.
Lo cierto es que desde entonces algo cambió en mi percepción del compromiso con las luchas latinoamericanas. Porque el zapatismo se dibujaba como una tentadora trenza donde se fundía el ímpetu rebelde de los pueblos de mi continente y, a la vez, la mirada crítica hacia los proyectos, procesos e intentos precedentes de la izquierda. Así que la bienvenida de la izquierda a este neo-zapatismo debió convivir con la certeza de que no sólo aplausos recibiría de los nuevos rebeldes, sino también una postura crítica, aunque siempre constructiva, alentadora. A la vez, el zapatismo dejó abiertas las puertas no sólo a los aplausos, sino también a la reciprocidad del criterio, a la misma zambullida en el ejercicio del análisis.
Su atrevimiento, al trastocar los referentes tradicionales de la izquierda, dejó a más de uno sumido en la sorpresa; ese “mandar obedeciendo”, ese “mundo donde quepan muchos mundos”, frunció muchos ceños en los palcos (a la izquierda), desde donde se seguía el rumbo inédito de un levantamiento que rápidamente derivó en movimiento respaldado en todos los rincones del mundo. También desde Cuba, con todo y ceños fruncidos.
Recuerdo cuando estudiaba en la universidad que, pese a las pocas noticias, los “ya basta” comenzaron a inundar las paredes de los cuartos, el dedo levantado del sub aparecía en los pulóveres, los pasamontañas se dibujaban en las guitarras. Me preguntaba, no obstante, si aquello no formaría parte del glamour, una especie de romántica respuesta a la magia del zapatismo que sólo se llevara de la piel para afuera. Entonces me propuse hacer una serie de entrevistas a aquellos jóvenes (y “jóvenas”), para tomarle el pulso a la temperatura de sus apoyos.
Las respuestas que recibí me dejaron ante todo con un inmenso regocijo, y después con una perplejidad pariente de las primeras. No sólo por su rotundo trazo de lo que significa el compromiso, sino por el alcance que estaban dispuestos a otorgarle. Sencillamente asombroso, y reconfortante.
Pese a lo que siguió siendo durante muchos años el “nudo gordiano” del tema –encontrar información–, aún desconociendo los encuentros, comunicados, consultas y acciones mundiales de apoyo, la voluntad desde Cuba se mantuvo implacable. Como si dijera: esto también es internacionalismo, este apoyo es la respuesta a los principios de solidaridad con que hemos crecido, pero no sólo respuesta, sino necesidad de contar con un movimiento diferente, capaz de arrojar luces sobre nuestro proceso, y en el cual es posible una alimentación mutua.
Por eso, la marcha zapatista del año 2001 fue tan bien recibida en nuestros medios, por eso hubo tantos aplausos, por eso hubo vigilias de apoyo, por eso el concierto zapatista en el parque Lennon, justo cuando la caravana estaba a las puertas del DF, lista para su estocada final: el extraordinario asalto al Congreso de la Unión, vedado hasta entonces para las voces de los de abajo, para las voces de los que son más y hablan menos.
Entonces se supo la voz zapatista desde este lado del espejo.
Comenzaron a publicarse textos en numerosas revistas cubanas, y en los medios académicos, universitarios, su palabra se hizo palabra aplaudida y estudiada. Claro que mucho antes ya eran conocidos otros intentos: desde el año 1995 la revista Caminos, del Centro Memorial Martin Luther King, Jr., publicó aquel magistral texto: “Ponencia a 7 voces 7”, del sub Marcos, y desde entonces se mantuvo como una de las únicas tribunas por donde se nos “colaba” el pensamiento zapatista, número tras número.
Por eso no sorprende que desde esta misma tribuna se conjurara el disco Ansias del Alba, de Santiago y Vicente Feliú, que constituye un rotundo homenaje-saludo-propuesta a la rebelión chapaneca. De este empeño nacería –compartiendo el mismo título– un documental de la joven realizadora cubana Lily Suárez, y una compilación de textos zapatistas. También conocimos de numerosas tesis de grado y maestrías que, desde múltiples facultades a lo largo de todo el país, analizaban el zapatismo a través de las más disímiles aristas.
Pero no hay dudas de que el año 2001 constituye el comienzo de la fiesta, la cortina descorrida, el animal suelto. Desde entonces, la historia es también nuestra. Pero no sólo para gozarla, sino también para cumplir con los deberes izados en aquella bienvenida inicial, la de reflexionarlos y reflexionarnos desde la palabra crítica, la de entender la diversidad que nos acompaña y al final nos convoca. Este movimiento nacido en el sureste mexicano ha trascendido su geografía para tornarse referente en el pensaminto cultural de América y el mundo; y asimismo, un sector cubano –mayoritariamente joven– reconoce en el movimiento esa genuina canalización cultural que es a la vez memoria y propuesta.
Hoy, cuando se cumplen diez años de este zapatismo en voz alta, la mitad de su vida como zapatistas desde que se alzaron y alzaron su voz; hoy, la coyuntura latinoamericana rescata “a todo tren” la palabra Cuba. El año 2003 ha atestiguado el nacimiento de alternativas que, desde los gobiernos, miran a la izquierda, en el arduo empeño de encontrar opciones en otro sentido que no sea el fracasado neoliberalismo. En todo el proceso interno de reflexión y análisis de esa coyuntura, junto a las voces de Argentina, de Brasil, de Venezuela, de Paraguay, de la insurrecta Bolivia, del Ecuador del Pachakutik, hemos escuchado también la voz zapatista, abierta y rotunda, bienvenida y nueva. Ahora es nuestro turno, el de escudriñarle su pensamiento y colocarlo como uno de los tantos faroles que siempre serán necesarios en el arduo camino de inventar, a cada paso, el socialismo que queremos.
Así que aquí va este homenaje que no aspira a ser recuento, pero que siente regocijo reviviendo el camino. Han sido también diez años de este lado del espejo y no sólo con el aplauso, sino además con las armas del criterio, del análisis, del acompañamiento crítico. Si se incorporan al debate nacional será doble la fiesta, será como si se crecieran y multiplicaran los afiches, los pulóveres, las guitarras, la palabra y, en fin, los y las zapatistas en La Habana. Como si nuestro compromiso con los hermanos y hermanas del lado de allá del espejo comenzara, también, a vivir en el mundo donde caben muchos mundos.

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