Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico

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La mentalidad teológica del protestante

El día en que clavó las noventicinco tesis a la entrada del templo de Wittenberg, Martín Lutero llevaba a cabo un acto que estremecería, que revolucionaría a la iglesia y a la sociedad de su tiempo toda, al mundo. Acaso sin imaginar la repercusión que tendría el hecho, aquel joven fraile agustino daba inicio a lo que se conocería como la Reforma protestante, hoy con tantos herederos, con tantos seguidores a escala global. Se trata de un movimiento que debe contemplarse de un modo sereno, profundo, para poder aquilatar su impacto, su significado, sobre todo a partir de las nuevas ópticas que se plantean desde la contemporaneidad.

Hablar del protestantismo es hablar de una manera de pensar y de ser; al abordarlo, más que referirse a principios, hay que referirse a la mentalidad y las acciones derivadas del ser protestante. Existe otro aspecto que debe resaltarse de inmediato: como movimiento, el protestantismo reconoce —de una manera u otra, e inspirado en el espíritu de sus fundadores— la contextualidad histórico-cultural de la verdad del evangelio que, por supuesto, incluye la reflexión, a la luz de la Palabra, sobre las formas de vida del ser humano bajo las demandas de la fe cristiana en un momento y en un contexto determinados.
Quizás motivado por eso fue que el teólogo alemán-estadounidense Paul Tillich definió con claridad qué era, desde su punto de vista, lo distinto o particular del protestantismo. En su libro La era protestante, dado a conocer en la segunda mitad del siglo pasado, Tillich prefería hablar de protestantismo (y no de iglesia protestante) el cual entendía como “una encarnación histórica especial de un principio de importancia universal”. A este principio, el teólogo lo llama “el principio protestante”, y lo define como aquel:

… donde se expresa un lado de la relación divina-humana, que es efectivo en todos los periodos de la historia, que fue pronunciado enérgicamente por los profetas judíos, que se manifiesta en la imagen de Jesús como el Cristo y que ha sido redescubierto en cada momento de la vida de la Iglesia y establecido como fundamento de la Iglesia de la reforma, y que servirá como reto a esta misma Iglesia cada vez que se aleje de su fundamento…

El principio protestante que proviene de la protesta de los protestantes contra las decisiones de la mayoría católica, contiene la protesta divina y humana contra toda pretensión absoluta hecha a favor de una realidad relativa, aunque sea una iglesia protestante la que tiene esa pretensión.

Cualquier búsqueda de la orientación para la cristiana y el cristiano protestantes necesita tener claro este principio, que se constituye como el primer elemento de lo que pudiera denominarse la mentalidad protestante. En esa “realidad relativa” se instituyen ideas y valores que jamás deben entenderse de manera absoluta, válidos para todos los tiempos y lugares. Sin embargo, pueden apuntar a principios de carácter universal, contextualizados en el marco histórico-cultural-político-social en que se dan o, mejor dicho, se aplican. Algo de suma importancia, también, es el hecho de que entre los pilares del protestantismo se encuentran, muchas veces olvidados o mal enfocados, la necesidad de entender la relatividad de todo el pensar y el quehacer humano, incluido el teológico, y la acción de la Iglesia, al mismo tiempo que el respeto al otro y la otra, a la libertad de pensar y actuar acorde al principio básico del evangelio, que es el amor.

Al analizar todos esos aspectos, enseguida viene a la mente una postura que también sirve para ilustrarlos: la de John Wesley, fundador del metodismo. Algunos años después de la Reforma en Europa continental, él se manifestaba en contra del dogmatismo, del sectarismo y la intolerancia de quienes se creían poseedores de la verdad absoluta. Ese gran reformador que fue Wesley planteaba que “pensar y dejar pensar” era uno de los principios del metodismo. Y esto, en realidad, es algo que, de igual modo, puede asumirse como característico del protestantismo y, por supuesto, del presbiterianismo.

Resulta significativo examinar, deducir, qué significado tienen hoy, para la mentalidad y la misión de las iglesias, algunos de los enunciados básicos del movimiento protestante reformado, casi convertidos en consignas teológicas y eclesiologías del quehacer protestante.

Solo a Dios la gloria

En muchas ocasiones, los protestantes terminamos nuestros discursos o sermones con esta afirmación: “Solo a Dios la gloria”. Se trata de una afirmación sumamente relevante. Todos los reformadores, de una u otra manera, han acudido a la misma, a la verdad que sin dudas contiene, y la han validado como fundamento de la manera de pensar y de actuar como protestantes.

Para nosotros, Dios es el absoluto dueño de la historia. No solo de la historia humana, sino de la historia de toda la creación. Por tanto, la historia tiene un significado muy particular, puesto que Dios se revela en ella. De ahí se desprende la especial actitud del protestante hacia la historia, que es ante todo la historia de Dios mismo.

Lo que el protestante hace, lo que piensa, lo hace y lo piensa por y para Dios. Si esto es así, su gran pregunta sería: ¿qué quiere Dios que hagamos ahora? No cesa de formulársela una y otra vez. Lo inquieta, de modo esencial, el entender y conocer cuál es la voluntad de Dios. Esta búsqueda, desesperada y agónica en ocasiones, es el modo de encontrar el rumbo que Dios quiere que se tome. Se está aquí porque Él nos puso aquí para algo, y eso es, precisamente, lo que se debe descifrar. Solo tratando de saber lo que Dios hace en la historia, y el papel que destina a cada cual, se puede tomar su rumbo, caminar junto a él, ser su colaborador. Colaboradores del Reino de Dios, como diría el apóstol Pablo. Ser los colaboradores de sus propósitos eternos de redención en el momento y lugar que Él ha decidido.

Tal y como pensaba Juan Calvino, el protestante se halla convencido de que la historia tiene un fin divino y de que, por ende, el ser humano tiene un carácter histórico. Así, siempre trata de tener una actitud positiva ante todos los eventos históricos, por difíciles que sean. Una mentalidad abierta ante los sucesos de la historia, puesto que, según cree, de una manera u otra Dios actúa en la misma, en cada uno de esos sucesos. A sus ojos, Él es el autor y consumador de todo: “Del Señor es la tierra y lo que contiene, el mundo y todos sus habitantes” (Salmo 24,1).

Es relevante percatarse de cómo esta visión es de tal amplitud que incluye al ser humano y a toda la creación de Dios, enfoque olvidado durante mucho tiempo. Por tanto, la acción del protestante está dirigida también a la protección y la preservación de toda la creación de Dios. En algunas ocasiones suelen producirse equivocaciones, al pensar que el centro de la creación es el ser humano. Esto no es más que un antropocentrismo exagerado. La narración del Génesis no termina el sexto día, cuando Dios crea al ser humano, sino el séptimo, momento en el que Dios contempla, disfruta y bendice cuanto ha concebido. Con ello queda claro que el centro de la creación no es el ser humano: es solo Dios. Dios es quien gobierna y rige. Lo que le toca al ser humano es aceptar y confiar en su poder, y actuar en la seguridad de que guarda un propósito amoroso y redentor. Dios es soberano, y esta verdad libra al protestante de frustraciones sobre el sentido de la historia y de la vida. No tiene razón para temer porque “Dios es mi refugio y mi baluarte, mi fortaleza y mi libertad” (Salmo 144,2). Pero tal confianza no se transforma en motivo de pasividad para el protestante. Esta manera de entender a Dios y su grandeza lo convierte en ente activo que trabaja como instrumento de Dios en el mundo, a favor de sus amorosos propósitos. Por eso hará todo lo que esté a su alcance para lograr la justicia y la paz, que son los propósitos para llegar a su Reinado.

El cristiano y la cristiana protestantes trabajan por la felicidad de todos los seres humanos. Por la vida abundante que Dios les ha prometido para todos los seres humanos y toda la creación. Por reconocer que es Dios quien está detrás de todos, impulsando con su Espíritu, y delante de todos, como guía. Por entender que no es otra cosa que un instrumento de Dios para lograr sus propósitos en el mundo y la creación. Es que el protestante, haga lo que haga, siempre lo hará con el convencimiento de que a “Dios sea toda la gloria”.

Solo Jesucristo

Muchas veces no se aprecia el alcance total de esta afirmación, que recoge otro de los presupuestos esenciales de la Reforma protestante. En primer lugar, se refiere al hecho de que somos iguales ante Dios, y a que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los seres humanos, a que no existen jerarquías y a que la relación con Dios es personal. Es decir, la relación se establece no con el individuo, sino con la persona. Al concebir al ser humano como persona, se entiende no solo como individuo, sino también como ser social. Por tanto, ningún cristiano que recibe el credo puede verse como un ser independiente frente a Dios ni frente al prójimo. Sus decisiones son hechas como persona ante Dios y, además, son compartidas y sufridas por toda la comunidad. El ser humano, persona, asume frente a Dios una responsabilidad ante la comunidad que llamamos iglesia pero también ante la comunidad que llamamos humanidad.

El carácter corporativo que de aquí se desprende constituye otro de los cimientos del verdadero protestante y, por tanto, debe ser el fundamento de nuestra práctica social y de nuestra manera de entender la sociedad, la política y la economía. Se trata de lo que llamaron los reformadores “el sacerdocio universal de todos los creyentes”, que reafirma el carácter comunitario de los seres humanos y, como tales, nuestra responsabilidad compartida ante Dios y la sociedad en cada una de sus esferas: en lo económico, lo político y lo social-ecológico. En varias oportunidades he oído decir que el cristiano tiene una doble ciudadanía: la del Reino de Dios y la de la sociedad en la que habita. Esto no es así. En realidad, solo hay una: la que nos otorga Dios de acuerdo al lugar en que nos ha puesto. Es la consecuencia del sacerdocio universal de los creyentes.
¿Cuál es el principio teológico que permite entender esta manera de concebir al ser humano como persona y su relación con la comunidad? Es precisamente el fundamento básico cristiano del Dios trinitario. A lo largo de la teología cristiana, mucho se ha discutido, polemizado y hasta luchado en relación con esta doctrina. Algunos llegan a aceptarla, pero entienden que carece de vigencia. Sin embargo, a mi juicio tiene una importancia fundamental y una actualidad relevante. La doctrina de la Trinidad es la formulación de la unidad y de la diferenciación de Dios. Esta entiende a Dios como un Dios trino, que se constituye a sí mismo como una confraternidad única y perfecta. Un Dios único: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios trino es el Dios comunitario y solidario. Es una comunidad solidaria en sí misma del Espíritu, el Hijo y el Padre. Pero también es una comunidad solidaria hacia afuera.

Este es el sentido de la doctrina de la pericóresis enunciada por Juan Damasceno. En ella, es decir, en el concepto de pericóresis o intercompenetración de Dios, se formula la relación mutua del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y la eterna comunidad que se manifiesta en ellos, la eterna comunidad de las diferentes personas de la Trinidad. Así, en Dios no existe una relación de superioridad y subordinación, de mandato y obediencia, de señor y siervo. En el Dios trino lo que existe es la relación de mutualidad, de reciprocidad y de solidaridad en el amor. Cada una de las tres personas se presenta como es, a partir de su relación con las demás, solo en y desde esta relación con las otras existe de la eternidad a la eternidad como unidad en su diversidad.

Toda relación que sea análoga a la del Dios trino, que se establezca a imagen y semejanza del Dios que nos creó, tiene que reflejar, por tanto, de forma primaria, la intercompenetración mutua de la pericóresis trinitaria. Es decir, ser personas en el seno de una comunidad de amor y reciprocidad, en la que existe la interrelación, la interdependencia y la colaboración participativa de todos los elementos que la componen. De ahí que el ser humano es persona, porque además de su relación con Dios y su responsabilidad ante Dios, sostiene una relación de interrelación, colaboración y servicio con la comunidad. Solo dentro de este tipo de vínculos con los demás, y también con la naturaleza, puede hacer realidad su condición de ser humano “a imagen y semejanza de Dios”. Este es el otro sentido del sacerdocio universal de los creyentes, que muchas veces se olvida, pero constituye otro pilar del ser protestante.

Solo las Escrituras, solo por la gracia, solo por la fe

¿Cómo se traduciría esta consigna de la Reforma a nuestros tiempos? ¿Qué se desprende de la misma después de que la aceptamos como otro elemento fundamental de nuestro ser protestante? Uno de nuestros problemas es que damos por hechas muchas cosas sin pensar en las implicaciones que tienen para nuestras vidas como cristianos, sin ver qué alcance tienen para la vida cotidiana de la comunidad, que es la iglesia, qué impacto tienen para la misión de la iglesia.

Solo las Escrituras

El haber puesto la Biblia al alcance de todos se halla entre los actos más trascendentes de la Reforma protestante, dentro de sus esfuerzos para sacar el cristianismo del encierro de los muros de los conventos. Lo primero que hizo Lutero fue traducirla (al alemán) y comentarla. Calvino no se cansó de estudiarla y, también, de comentarla: lo realizó con casi todos los libros de las escrituras. Para los reformadores, el continuo acercamiento a la Biblia constituyó algo básico, elemental; estimaban que no se puede ser cristiano si no se conocen los fundamentos de la fe: los fundamentos bíblicos y también los fundamentos teológicos que se desprenden de esos textos y sirven de guía a la misión de la iglesia.

Todo cristiano tiene que dar “razón de la esperanza”, como dice el escritor de la carta de Pedro. Pero esto no se puede lograr si no se conocen los fundamentos bíblicos y teológicos que se desprenden de las escrituras, de la esperanza que proviene de la fe. De ahí la importancia de la enseñanza bíblico-teológica, de la formación, para toda la iglesia. Se necesita una razón bíblico-teológica para actuar y esa es la “razón de la esperanza”. Sin la educación bíblica y teológica, la iglesia andará errante, será vulnerable a los oportunistas manipuladores de la conciencia y la espiritualidad humanas, que se aprovechan de las circunstancias para ganar prestigio personal y hasta dinero. La formación bíblico-teológica resulta indispensable. Puede compararse con una especie de mapa de la fe, pues conduce a la iglesia, a los cristianos, a través del mundo que les ha tocado vivir: un recorrido mediante el cual se trata de ayudar a Dios, que avanza hacia su Reino junto a la humanidad, junto a su humanidad.

La manera de prevenir los fundamentalismos, de enfrentarlos, se halla en primera instancia en la educación, en la formación bíblico-teológica, en hacer que las personas piensen. Dios nos dio la capacidad de pensar y de sentir, y ambas tienen que andar unidas. Pero ello también es un llamado a profundizar en los fundamentos de nuestra identidad protestante, para que nadie se deje confundir sobre lo que significa ser cristiano, ser protestante, y particularmente —no porque seamos mejores, sino porque provenimos de esa tradición—, lo que es y significa serlo desde los fundamentos y los principios del protestantismo.

Solo por la gracia

Creer, como los reformadores, que solo por la gracia somos liberados y salvos, hace que los protestantes tengan y desarrollen un persistente y convencido optimismo. Esto, sin embargo, se produce como parte de un proceso que tal vez, si se contempla desde determinadas perspectivas, puede considerarse una verdadera paradoja. A partir de la sinceridad y la honestidad consigo mismo y con Dios, el protestante se reconoce pecador. Sabe que por sí mismo, por su esfuerzo humano, no podrá obedecer la buena voluntad divina, las exigencias del evangelio; sabe que de ese modo no conseguirá salvarse. Cuando escribe a la comunidad de Roma, Pablo reconoce no poder obrar el bien que se quiere, pues el pecado que habita en el ser humano obra por sí mismo. Entonces, si ello es así, si existe un reconocimiento tácito del ser humano como pecador, ¿cómo es posible que no se caiga en el pesimismo, que se deje de pensar que no existe salida? Es en este punto donde asoma la contradicción o, más bien, la aparente contradicción.

El protestante no engaña a nadie. Al reconocerse pecador, un pecador accidental, es honesto hasta consigo mismo. Sabe que vive en un orden social en cuyo seno existe el pecado. Pero sabe también que puede luchar contra las fuerzas del pecado, contra las manifestaciones del pecado. Solo debe insistir, trabajar para obedecer la voluntad divina. Ese es el camino. A pesar de ser como es, cuenta con algo a su favor: Dios lo ama y lo incorpora. A través de su Espíritu, Dios le da la oportunidad de luchar contra el pecado. Dios, que es poder, que es todopoderoso y, por eso, soberano. El protestante sabe que puede ser las manos, los brazos y la boca de Dios en el mundo. La solidez de su acción parte de su propia sinceridad y de su fe. De hecho, una de las cosas que más fuerzas le da es reconocer que vive por la gracia de Dios, así como tener plena confianza en el poder de Dios y en el poder final de la verdad. Dios, que lo empodera para que, a través del Espíritu, actúe como su discípulo.

Todo esto le otorga un clima de libertad, de libertad intelectual y libertad de acción. Libertad intelectual ante las ciencias y el desarrollo tecnológico, porque lo hace sentir seguro de que no hay nada que temer del conocimiento humano, si se tiene plena confianza en el poder final de la verdad. Como dice también el apóstol: “nada podemos contra la verdad, sino por la verdad misma”.
La gracia nos convierte en seres humanos optimistas y confiados en el poder de Dios para actuar en el mundo, y en transmisores de la esperanza que de ella se deriva.

Solo por la fe

En la carta a los Hebreos se lee: “la fe es la garantía de lo que se espera”. Y la esperanza, fundada en la fe, como bien se puede deducir de aquí, no es más que “la certeza de lo que no se ve”.

La fe es confianza en Dios, pero también decisión y acto a la vez. Como dice Pablo en Romanos, si la esperanza se viese, no sería esperanza. La fe no puede quedarse en el nivel de las convicciones íntimas, sino que debe llevar a la acción para hacer realidad la esperanza en algo que vendrá o se construirá con esta acción.

No se puede ser cristiano —y menos protestante—, si se carece de esperanza. La esperanza constituye la totalidad de la vida cristiana. De hecho, guía su acción. Se sabe que la fe “es la garantía de lo que se espera”. No se puede ser cristiano si no se es portador de la esperanza para todos los pueblos, en medio de las dificultades e incertidumbres que ensombrecen la existencia en el mundo actual. La vida cristiana es la vida en espera, en espera del hoy y del mañana, que siempre resultará bueno, puesto que el hoy es de Jesucristo y el mañana es de Dios.

Esto no quiere decir que todo sea color de rosa y no se presenten dudas. Existe una relación dialéctica entre la fe y la incredulidad, entre la fe y la duda, que en ocasiones nos envuelve. Pero la fe que es fe, la verdadera fe, vence la duda en un proceso en el que Dios también interviene. Esa misma fe es la que conduce a la acción. A la acción de dejar lo que hemos construido para sentirnos seguros. Así le sucedió a Pedro, que dejó la seguridad de la barca para ir hacia Jesús en medio de la tormenta, asumiendo el reto de la fe. Dios pide que se abandonen las barcas que hemos construido y nos ofrecen total seguridad, para encaminarnos junto a Él en su proyecto salvador-liberador. Esa es la consecuencia de la afirmación “solo por la fe”. La fe ha sido fundamental a lo largo de los siglos: hay innumerables ejemplos. Por la fe dejó Lutero el monasterio y clavó las tesis en Wittenberg. Por la fe dejó Calvino la seguridad de la ciudad de Estrasburgo para ir a Ginebra, y así sucesivamente.

Pudiéramos, de la misma manera, hacer una contextualización de ese capítulo 11 de la Epístola a los Hebreos a nuestro entorno caribeño. Voy a parafrasear y modificar un escrito del doctor Adolfo Ham, profesor de nuestro Seminario en Matanzas. Diría así:

Por fe, el indio Hatuey encabezó una rebelión de los aborígenes en La Española; por fe, el indio Enriquillo dirigió otra rebelión en La Española durante catorce años; por fe, Miguel, un esclavo, se convirtió en Venezuela en rey de unos cimarrones que fueron invencibles por muchos años; por la fe, el padre Bartolomé de las Casas rehusó sacrificar el bienestar de los indios en beneficio de la codicia de los encomenderos colonialistas del imperio español; por la fe, Toussaint Louverture se alzó contra el dominio colonial francés en Haití y condujo una revolución que fundó la primera nación negra en la América; por la fe, Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos, dejó todas sus riquezas y salió a la manigua a luchar por la independencia de Cuba; por la fe, Ramón Emeterio Betances dio el grito de Lares por la independencia de Puerto Rico en contra del coloniaje español; por la fe, Lolita Rodríguez se enfrento al colonialismo español, escribió la hermosa letra de La Borinqueña, fue desterrada de su amada isla y apoyó a los cubanos en su lucha independentista contra España; por la fe, Mariana Grajales envió a sus hijos Antonio y José Maceo —que se convirtieron después en famosos generales negros del ejército cubano contra los españoles— a la guerra de independencia; por la fe, José Martí organizo y dirigió el Partido Revolucionario Cubano para la independencia de Cuba y Puerto Rico y fue baleado en el combate de Dos Rio para convertirse en el apóstol de Cuba; por la fe, Eugenio María de Hostos luchó por la independencia de Cuba y Puerto Rico y soñó una sola nación del Caribe hispano; por la fe, Augusto César Sandino desafió al ejército de intervención de los Estados Unidos en Nicaragua; por fe, Pedro Albizu Campos soñó y luchó por la independencia de Puerto Rico y soportó once años de prisión, hasta que fue indultado en 1964 para que no muriera en la cárcel; por la fe, Lolita Lebrón llamó la atención al mundo sobre la situación colonial de Puerto Rico, por lo que padeció veinticinco años de cárcel; por la fe, Frank País, hijo de pastor bautista, se rebeló ante los abusos de la dictadura batistiana para caer mortalmente herido a los veintiún años de edad en las calles de Santiago de Cuba. Finalmente, podemos afirmar que, por la fe, Juan Antonio Franco se opuso a la guerra de Vietnam y al apartheid, por la fe luchó por la independencia de Puerto Rico y marchó en demostraciones en contra del uso militar de la isla de Vieques.

Todos estos murieron sin haber conseguido la realización de las promesas, pero a la luz de la fe las vieron y las saludaron de lejos, confesando que no eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Los que así hablan ponen de manifiesto que buscan una patria, que aspiran a una patria mejor. Por eso Dios no se avergüenza de que lo llamen su Dios, porque les preparó una ciudad. Todos ellos, por la fe, sometieron reinos, administraron justicia, consiguieron promesas, cerraron la boca de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon al filo de la espada, superaron la enfermedad, fueron valientes en la guerra, hicieron huir a los ejércitos enemigos y recobraron resucitados a sus difuntos. Unos perecieron bajo las torturas, rechazando la libertad con la esperanza de una resurrección mejor; otros soportaron burlas, azotes, cadenas y prisiones, fueron apedreados, torturados, aserrados, pasados a cuchillo, llevaron una vida errante, desprovistos de todo, perseguidos, maltratados. Aquellos hombres y mujeres de los que el mundo sí era digno andaban errantes por los desiertos, por las montañas, por las cuevas y cavernas de la tierra. Y sin embargo, todos ellos, tan acreditados por su fe, no obtuvieron la promesa, porque Dios, con una providencia más misericordiosa para con nosotros, no quiso que llegaran sin nosotros a la perfección final.

Es importante que en las iglesias se lleven a cabo lecturas para profundizar en las experiencias de estos y de tantos héroes de la fe. Hay que tratar de ver, sobre todo, cómo la fe los llevó a la acción. Cómo abandonaron la barca de los que creen que sin justicia se puede obtener la paz en el mundo, y que sin justicia y paz se puede obtener el bienestar íntegro del ser humano y de toda la creación. Eso es algo que de modo imperioso se necesita en estos días. Abandonar la barca de los que se aferran al consumismo y se acongojan si no tienen algo deslumbrante que vestir; abandonar la barca de los que necesitan cargos para sentirse realizados a través del ejercicio del poder; abandonar la barca de los que piensan que la lucha es contra personas y no contra sistemas de explotación y las ideologías que los sustentan.

La fe es lo opuesto a la superstición. La fe es sublime, la superstición es ridícula. La fe engendra a un ser humano seguro, valeroso. No elimina los sufrimientos ni las penurias, no elimina que se sienta inseguridad y miedo. Pero siempre, con la ayuda del Espíritu, permite superar los momentos difíciles y a todo cuanto nos acongoja. Jesús se enfrenta a la cruz con valentía. No la enfrenta con un sentimiento supersticioso ante el dolor. No la acepta con beneplácito o con paciencia estoica. Lo hace por obediencia y la sufre como algo necesario. El mismo que dice “Hágase tu voluntad”, luego grita desesperado: “¿Por qué me has abandonado?” La fe engendra una humanidad confiada que solo por eso es valerosa. Una humanidad libre. La fe no quiere ni busca el sacrificio, pero lo acepta si es necesario. Por eso Cristo llama, desde la tempestad de la vida, a abandonar la barca de nuestras seguridades y a seguirlo sin temor. Tendríamos que ver cuáles son las barcas de nuestras seguridades personales en el mundo donde Jesús nos llama constantemente a seguirlo. Dios nos dice ahora, igual que le dijo a Josué: “Levántate y sé valiente”.

La fe conduce inexorablemente a la práctica del amor. Adorar a Dios es amarle, y la única manera de amar a Dios es sirviendo al prójimo. Dios llama a servir. Lo importante es actuar según la fe y tomar las decisiones inspiradas en la fe. “No quiero culto ni sacrificio”, dice el profeta, “quiero misericordia”. Esto no es más que un llamado a la práctica concreta y definitiva del amor. Al sacar el cristianismo de las paredes de los monasterios, la Reforma protestante del siglo XVI, de la que somos herederos, no solo hizo llegar la palabra de Dios a todo el mundo, sino que también sacó a los cristianos de fe para vivir y trabajar en medio de la humanidad —una humanidad que solo pertenece a Dios— para la construcción de su Reinado: un reinado de justicia y paz para todos los seres humanos y para toda la creación.

Por eso la formación bíblico-teológica tiene que incluir necesariamente, como parte indispensable de la misión, la formación diaconal. La misión hay que entenderla también como diaconía. Jesús predicaba el Reino, pero sanaba enfermos y daba de comer a los hambrientos.

A manera de conclusión

Un protestante, una protestante debe ser un ser humano que tenga como principio fundamental su fe en Dios, en el Dios que es Dios, que es soberano de la vida y de la muerte; y en la historia como campo de acción de Dios. Pero, además, tiene que ser honesto, optimista, luchador incansable por la justicia y la paz: confiado y seguro en Dios y respetuoso de la verdad.

Y termino con la idea inicial: un verdadero y convencido protestante tiene que sentir, pensar y hacer todo, absolutamente todo, para la gloria de Dios. ¡Porque solo de Dios es la gloria!

Última modificación: 25 de octubre de 2013 a las 18:55
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