Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico

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Martin Luther King hoy

Ponencia presentada en el seminario “El legado de esperanza del Dr. Martin Luther King, Jr. ante los desafíos del tercer milenio”, organizado por el Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr. en abril de 1996.

Mi primera reacción cuando me pidieron que participara en este panel fue la de que no era yo la persona indicada: ni soy especialista en el pensamiento de Martin Luther King ni provengo de ninguna de las tradiciones que pudieran legitimar mi intervención en él.
Quiero empezar por explicarles, entonces, por qué al final acepté hacerlo: entendí que podía ser útil la visión de una persona que se asoma al vasto campo del pensamiento de King y del mundo con el cual se relaciona y comienza a encontrar conexiones y relaciones con tradiciones de las que sí provengo: el pensamiento y la acción de José Martí, el desafío y la praxis de la Revolución cubana, el movimiento de la Educación popular latinoamericana inspirado en el pensamiento de Paulo Freire.
De más está decirles que si rescribiera esta intervención a la luz de las preguntas que ya me ha planteado la participación en este seminario, sería distinta. No obstante, quiero compartirla hoy con ustedes tal como está, porque si el legado de Martin Luhter King va a ser relevante ante los desafíos del mundo actual, será porque muchos hombre y mujeres provenientes de muchas tradiciones y disciplinas, de muchos lugares e intereses, de muchos países, colores y credos, seamos capaces de leer esos desafíos y el contenido fundamental del legado de esperanza de King y de Martí, de Ghandi y el Che, de Haydée Santamaría y Amílcar Cabral, de Manuela Sáenz y de Marcos.

El legado de esperanza de Martin Luther King

Se nos ha pedido que hablemos aquí sobre cómo nos interpela hoy, hacia un futuro que se hace cada vez más presente –el siglo XXI, el tercer milenio– el legado del Dr. Martin Luther King, Jr. Como muchos de los que tenemos edad para eso, oí hablar de Martin Luther King por primera vez en los tiempos tremendos de la década del sesenta, esos tiempos llenos de acontecimientos e impresiones: era la primera década de la Revolución cubana, eran los tiempos en que los dos sistemas en los que se basaba el equilibrio bipolar del mundo fueron puestos en cuestionamiento por el pensamiento y la acción de tantos a los que no les bastaban las realidades geopolíticas. Conocí, entonces, por primera vez, de Martin Luther King, cuando me sumaba al torrente de un mundo donde la idea de que se podía, mediante la acción humana concertada, conseguir los cambios que queríamos, era compartida por miles y miles de personas, desde Alabama hasta Argentina, desde México hasta París. En aquellos tiempos, repito, nunca se me hubiera ocurrido que llegaría un momento en el cual la simple frase “Yo tengo un sueño” sería profundamente subversiva. En aquellos tiempos de soñar era inimaginable que esa afirmación estaría tan a contracorriente de estos nuestros tiempos actuales y los que vienen, los más materialistas probablemente que ha conocido la humanidad.
Ese desafío, entonces, nos plantea el tercer milenio: la señal de los tiempos parece ser que no se puede soñar, que es imposible imaginar algo diferente de lo existente, que se han naturalizado tanto las relaciones sociales realmente existentes, que los poderes ciegos que rigen la economía y las relaciones entre las personas, los pueblos y las naciones son tan gigantescos y férreos, que la posibilidad de soñar nos está negada. De modo que un ser humano que se pare y nos interpele diciendo “Yo tengo un sueño” está ejerciendo ya una conmovedora y necesaria labor profética, no sólo para su época, sino sobre todo para el futuro.
Y de repente, al pensar en esto, entendí cómo se emparienta el Dr. Martin Luther King, Jr. con un cubano, José Martí, que dijo hace ya más de un siglo, cuando la resignación de su pueblo a la opresión colonial parecía tan natural como la sujeción y la humillación del pueblo negro de los Estados Unidos hace cinco décadas, que el único hombre práctico era aquel cuyos sueños de hoy serían la realidad de mañana. Tan necesaria nos resulta –e insisto, hoy más que nunca, cuando se quiere negar su existencia misma, cuando es objeto de burla y escarnio– la raza de los soñadores.
No obstante, nunca me felicitaré demasiado de haber tratado de asumir seriamente la tarea que me pidieron, porque me di a leer un libro que reúne lo fundamental de los escritos, discursos y sermones de Martin Luther King, recogidos en un volumen que lleva el hermoso y justo título de Un testamento de esperanza. Y esa lectura me hizo pensar en cuatro rasgos del legado de Martin Luther King que me parecen especialmente relevantes e inspiradores para ayudarnos a comprender mejor y asumir las tareas que nos esperan en el futuro inmediato y mediato, en ese siglo XXI que ya está a las puertas. Son los siguientes, y son los que quiero compartir hoy con ustedes:

Saber leer las señales escondidas de los tiempos

Martin Luther King supo ver las respuestas tremendas que se incubaron durante largo tiempo en el alma del pueblo negro de los Estados Unidos, y prever la maduración de esa fuerza. Los primeros indicios de la resistencia a seguir aceptando un régimen de exclusión no fueron para él signos aislados e individuales, sino que supo hacer a partir de ellos una lectura de la realidad y de lo que ella le demandaba.
Fue singular e irrepetible precisamente porque se ubicó en el centro de ese sentimiento compartido y en la corriente de una forma de oposición enraizada en la tradición del pueblo negro de los Estados Unidos. La no violencia activa como método, la ligazón profunda con la iglesia negra norteamericana, formaban parte de una tradición en la que supo insertar su actividad. No en balde, además de todas las razones de la fuerza del amor que tan bien supo explicar, dijo también: “…pocas o ninguna revolución violenta ha triunfado a menos que la minoría que opta por la violencia haya tenido la simpatía y el apoyo de la mayoría no activamente involucrada. Castro puede haber luchado con sólo unos pocos cubanos en las montañas, pero nunca podría haber derrotado al régimen de Batista si no hubiera contado con la simpatía de la vasta mayoría del pueblo cubano.” Afirmación, por cierto, que denota una comprensión de la verdadera Revolución cubana muy superior a la que tenían en la época muchos observadores de la realidad de la Isla.
El surgimiento de importantes organizaciones y movimientos alentados por la tenaz consecución de mayores niveles educativos en sectores de dicha comunidad negra, que veían en la educación una herramienta eficaz para golpear unas relaciones raciales marcadas por la sujeción de un grupo de norteamericanos por otros; una tradición de resistencia al interior de buena parte de las iglesias negras norteamericanas, que si bien no siempre encontraba formas de acción, esperaba y confiaba en la llegada de un profeta, de un Moisés, y que buscaba en la Biblia como metáfora de su vida la opresión y posterior liberación del pueblo hebreo; y el valor personal de hombres y mujeres negros que comenzaban a decir no, con actos personales o luchas por vías legales contra la segregación, fueron las letras que el joven pastor negro vio escritas en la pared. Parece sencillo, pero preguntémonos cuántas veces por acomodo o timidez aceptamos que lo que existe es lo que siempre será, o volvemos el rostro para no ver lo que se anuncia, porque intuimos que nos exigirá abandonar rutinas, comodidades o certidumbres. Y sin embargo, estos tiempos, cuando se nos llega a decir que acabó la historia, que lo que es será siempre, están necesitados como pocos de palabras proféticas. La de Martin Luther King en su tiempo nos puede servir de inspiración y aliento.

Saber actuar en consecuencia y con consecuencia

Esa palabra me parece de la mayor importancia en la vida de Martin Luther King: consecuencia. Optó por actuar en consecuencia con lo que vio y entendió hasta cuando le resultaba doloroso, hasta cuando ser consecuente significaba no sólo poner en peligro su vida, sino ser malinterpretado por sus compañeros, poner en la línea su prestigio. Nunca es más cercano y entrañable, nunca más revolucionario, que cuando invitado por Clergy and Laity Concerned (Clérigos y laicos preocupados), un año exacto antes de su asesinato, comienza su alocución expresando su angustia. Perdonarán que les haga una cita un tanto larga de ese discurso, pero ella expresa mejor que cualquier análisis su consecuencia no de superhombre sino de ser humano cercano e íntimo y la calidad del verdadero profeta, esto es, uno de entre nosotros que opta por ser consecuente. Cito:

Vengo a esta magnífica mansión de culto esta noche porque mi conciencia no me deja otra opción… Las recientes declaraciones del comité ejecutivo [de Clergy and Laity Concerned] expresan los sentimientos de mi corazón, y concuerdo totalmente con sus primeras palabras: “Llega un momento cuando el silencio se convierte en traición”… La verdad de esas palabras es indudable, pero la misión a la cual nos convoca es extremadamente difícil… Aun cuando presionados por las exigencias de su verdad interna, los hombres no asumen con facilidad la tarea de oponerse a la política de su gobierno, especialmente en tiempo de guerra. Ni se mueve el espíritu humano sin gran dificultad contra toda la apatía del pensamiento conformista que se alberga en nuestro propio seno y en el mundo que nos rodea. Y además, cuando los temas a analizar se prestan a tanta perplejidad como a menudo sucede en relación con este terrible conflicto, siempre estamos a punto de resultar mesmerizados por la incertidumbre; pero tenemos que marchar adelante.

La consecuencia simple, humana, que comparte su miedo pero marcha adelante, porque en buena conciencia esa es la única alternativa, es un legado vivo para cada uno de nosotros en estos tiempos también de incertidumbre acerca de la sobrevivencia misma de la raza humana.

Saber ser radical

De nuevo según la comprensión martiana de la palabra –radical es el que va a la raíz– Martin Luther King fue radical en su definición del amor, radical en saber que el movimiento en el cual participaba y del cual era uno de los inspiradores tenía que ir hasta el final, radical en la definición de los males que buscaba sanar, radical en el proceso de ampliar su visión del mundo hasta ver la interconexión de la raza humana, radical en su identificación de los medios y los fines, radical en el combate contra el racismo y también contra el sectarismo.
Permítanme de nuevo citar sus palabras para ilustrar lo que quiero decir: “Cuando les digo que cuestionen a toda la sociedad, lo que quiero decir en última instancia es comprender que el problema del racismo, el problema de la explotación económica y el problema de la guerra están todos relacionados. Son tres males que se encuentran interrelacionados”. Y también: “En realidad [la cuestión] se reduce a lo siguiente: toda la vida está interrelacionada. Estamos todos atrapados en una inescapable red de mutualidad, insertos en un único destino. Lo que afecta a alguien directamente, nos afecta a todos indirectamente. Estamos obligados a vivir juntos debido a la estructura interrelacionada de la realidad”.
En este sentido, el eco de sus palabras me resuena en la voz de otro profeta de nuestros tiempos, el brasileño Leonardo Boff, que hablando desde la América Latina y la Teología de la liberación hace una crítica profunda de nuestra civilización (y, por cierto, recuerdo que Martin Luther King opuso los términos de civilización y cultura, y habló de su desarrollo asimétrico). Entonces, desde un punto de partida muy semejante, Boff nos dice:

Por proceder de la cultura de la identidad, en la que todo tenía que ser igual, todo tenía que pasar por la circuncisión blanca, todo tenía que volverse cultura blanca y europea, hicimos de nuestra cultura moderna una cultura de la diferencia (la mujer es diferente al hombre; el blanco, el negro, el indígena, la naturaleza son diferentes). Esta cultura se expandió por el mundo entero. Diseminamos la ciencia, la tecnología. Nuestra cultura dominó, le impuso su identidad a todo el mundo, desestructuró las culturas, las eliminó. Avanzamos mucho al aceptar la diferencia, al aceptar al otro. Pero no basta con aceptar al otro. El otro no está ahí porque yo no consiga eliminarlo, sino porque lo necesito, porque él me complementa. Este es el discurso de la complementariedad. Porque juntos, en esta interrelación, vamos construyendo nuestra existencia. Y no sólo en la complementariedad, sino también en la reciprocidad, en la apertura a todos los seres de la creación. Estamos ligados a la realidad por todos los lados: hacia adentro, hacia arriba, hacia abajo.

Martin Luther King supo ser también radical al no cegarse culturalmente. Fue a la India y vio a sus pobres y habló desde ellos después siempre. Y en la cárcel conversó con los carceleros y les explicó por qué deberían estar marchando con los negros en reclamo de sus derechos.

Tener la audacia de creer

Martin Luther King tuvo la audacia de seguir creyendo que venceremos. Me pregunto si tendremos nosotros esa audacia, la de creer que a pesar del materialismo y el mercado, la violencia y el prejuicio, la transnacionalización de la riqueza y la privatización del placer, vale la pena seguir apostando a la gente, al amor inteligente y no tonto y sin hueso, a dejar como única herencia una vida comprometida, a asumir la ardua, angustiosa, magnífica tarea de ser en el mundo, con la gente, en nuestro breve tiempo humano, hombres y mujeres de buena voluntad.

Última modificación: 20 de noviembre de 2012 a las 13:29
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