El Silvio Rodríguez que yo quiero tener siempre conmigo

Jorge Fuentes

La dedicatoria de este libro me dejó el sabor de nuestra juventud y aquel primer encuentro de amistad que ya cumple cuarentitrés años. En la kashba, es decir, nuestros barrios de San Leopoldo y Los Sitios, las cosas siguen siendo como los boleros de antaño y aún en Gervasio una mujer tiene una peluquería. Al doblar Silvio y yo por San Miguel, un hombre todavía nos mira y nos hace pasar a un recinto de aserrín y madera. También viene María, vestida de uniforme escolar y melancólica, lejana al bullicio y la atmósfera de las calles. Todo está en este libro, incluida la ausencia y los que quedaron en el camino, nostalgia de nosotros, vértigo del tiempo. Están aquellas mujeres prohibidas y sus horas de hombres indecisos, está la casa de Teté1 y su deseo de fundar territorios de amor, la de Pancho el cojo, sin muebles, con un piso igual para aquellos que escuchaban los textos y la música que hoy son un libro. Está la casa de Argelia, como un templo, y aquella mirada que ya sabía cuál iba a ser nuestro destino. Está también, entre las casas, la de 23, privilegio compartido, albergue de todo el que no tuvo un lugar donde amar, crear y vivir. Han quedado atrás los días del espacio encima de la cocina, donde sólo cabían la cama y la guitarra, las incomprensiones, la sensación de apestado que no se deja morir, las canciones contestatarias y la lucha contra los dueños del poder burocrático (aún persistentes): “los delimitadores de la primavera”.2
Ha pasado el tiempo. Un barco de pescadores sobre el Atlántico le cura la enfermedad isleña y le regala una flor hecha de sangre. En el tiempo están Haydée, madre y maestra, y su casa, la de las Américas, donde los nuevos profetas respiran el aire continental y el verdadero de la Revolución, los amigos que experimentaban en grupo en el ICAIC de Alfredo Guevara y los músicos sabios: Brouwer, Smith, Elósegui, Acosta, Vitier,3 que lo eran sobre todo porque entendían el arte como un acto de creación único y no separaban lo que aquellos creadores populares hacían de lo que en su momento hubiera hecho Mozart.
Habían quedado atrás los días de Coppelia4 y aquel grupo generoso de muchachos enamorados, poetas y escritores reunidos en la “Catedral del helado” de L y 23, donde Silvio tomó en serio la literatura. Los días del “traje que vestí mañana”,5 de “por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa”6 y de “el pasado subía como tus dulces pechos y eran las seis de la dulzura con un violento olvido”,7 también aquello de que “una cosa es el amor y otra la cerveza”.8
Pablo Armando Fernández ha dicho con certeza que la generación poética surgida con el triunfo de la Revolución, a diferencia de otras, aprendió de la poesía latinoamericana y creo que es así en lo fundamental, en su arranque inicial y sus mejores influencias, pero vale la pena decir que aunque en sus primeros momentos no tenía la distancia necesaria para apreciar mejor los aportes de la Generación del 50, se impresionó con sus hallazgos y se dejó influir, particularmente, por la obra de Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís, a quienes a veces oponían. Lo mismo sucedió con Tallet, un suceso de verdadero redescubrimiento.
Otro aspecto del mismo asunto es que esa generación literaria en la que Silvio se insertó tenía, sobre todo, una formación política. Cantaron, criticaron a la Revolución y a más de un personaje, pero sobre todo participaban, leían, debatían y tenían una historia de luchas que había comenzado el primero de enero del 59. Hoy todos no estamos en el mismo lado de la carretera, pero Silvio ha sido lúcido no sólo en su peregrinaje poético, también en su compromiso con el pueblo que es su público, y eso se llama coherencia.
La poesía de Silvio no se parece a la de ninguno de los poetas que conoció y con los que hizo una fuerte amistad. No se ha ceñido a una forma concreta o estructura determinada. La elaboración estética de la palabra y su certidumbre en el discurso vienen del tema que trata, al menos así yo lo entiendo. Conoce muy bien a los clásicos españoles, la poesía francesa y anglosajona, pero dedica buena parte de su oído al folklor de Nuestra América y al de origen afroespañol (aunque algunos no lo descubran). Se ha hablado de la influencia de Vallejo en su obra, pero también hay otras, en la misma Latinoamérica, menos visibles. En Silvio lo intimista y lo erótico se funden en el poema épico, otras veces se divorcian, depende de sus propósitos, porque tiene un estilo que lo separa de sus propias influencias.
Silvio, en la música, viene de muchas partes. El rock que no es sólo el anglosajón, sino el que oyó a algunos compositores e intérpretes cubanos en los finales de los cincuenta y principios de los sesenta; la canción cubana y el filin, que aprendió de los fundadores; la danza cubana de origen francés; la trova tradicional y particularmente Sindo Garay, también Corona; los aires del barroco; la experimentación de los Beatles en su música más de vanguardia y muchas otras que se me escapan. Es un precursor que lentamente entró en la gran corriente de la canción cubana.
Si se tiene en cuenta que era difícil llevar la canción cubana a estadios superiores en el momento en que surge Silvio, se le debe considerar, al lado de Pablo Milanés, con quien comparte el trono, en un precursor-continuador de algo que parecía terminado. Es un excelente intérprete, se atreve a cantar canciones de Maria Greever, pero sobre todo lo es porque no tiene voz. Antes, hace ya muchos años, todavía gritaba. Ya no lo hace, ha aprendido a cantar. Es capaz de colocar la voz como lo desea y de acompañar con segundo o falsete lo mismo a Pablo que a Aute. Canta solo o con orquesta sinfónica, algo que no todos pueden hacer. Su guitarra le debe mucho a las enseñanzas de Leo Brouwer, el genial músico cubano, pero su mano derecha, para mí virtuosa, se la oigo desde que lo conocí.
Valdría la pena agregar que su obra tiene el valor de enriquecer los sentimientos del ser humano, sueña con el ser humano y sus grandes reclamos del futuro. Esa proyección la mantendrá intacta en el tiempo como poesía o como música, que es lo mismo.
Se justificaría el movimiento comenzado por Silvio, Pablito y Nicola en aquel memorable concierto en Casa de las Américas, no sólo por todo lo que aportó y la revolución que provocó en los textos y la experimentación musical de la canción cubana, que como he dicho ya tenía su gloria bien ganada, sino por las nuevas generaciones de compositores e intérpretes que produjo y sigue produciendo. Esa crónica de la sociedad cubana revolucionaria en tiempos y miradas diferentes se les debe a ellos, y a las excelencias estéticas que hoy admiran públicos de todas partes del mundo habrá que sumar el hecho de la vida registrada con vocación trovadoresca, porque no se podrá hacer historia en el futuro sin tener sus obras en cuenta.
Faltan nombres aquí de insistentes trovadores (porque eso de cantautor “me suena hueco”)9 que deben acompañar a Silvio en el día de su libro: Vicente Feliú, Lázaro García, Sara González, Augusto Blanca, Eduardo Ramos, amigos de la canción y de la vida, marinos de la misma tormenta, fundadores de la misma angustia fecunda en la que nos hemos puesto viejos. Porque este libro, dedicado a los cubanos, tiene la rara virtud de incluirnos a todos sin que el tiempo, cobrando en la dimensión de la memoria, excluya a nadie, absolutamente a nadie.
El hecho de que Silvio haya escogido mi pequeña voz para presentar esta obra, habiendo tantas altas voces que lo hubieran hecho muy gustosamente, me permite hacer una anécdota.
Una vez estaba en cama, en casa de un amigo común, enfermo de asma, y Silvio apareció con la guitarra. El quería que me pusiera bien, yo lo sentía, y entonces me pidió que escuchara una canción nueva, que quería mi opinión. La cantó y le dije que esa pieza no sólo la iba a repetir todo el mundo, sino que iba a quedar para siempre. El me dijo: “no jodas”. La canción se llama “La era está pariendo un corazón”. El Silvio Rodríguez que yo quiero tener siempre conmigo no es el que compuso “La era está pariendo un corazón”, sino el que fue a curarme el asma.
Muchas gracias.

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Notas:

1 Teté Vergara.
2 Silvio Rodríguez: “Resumen de noticias”.
3 Leo Brouwer, Federico Smith, Juan Elósegui, Leonardo Acosta, Sergio Vitier.
4 Heladería Coppelia en 23 y L, lugar donde se reunía la peña de poetas, escritores, estudiantes y profesores a la que se incorporó Silvio. Una parte de sus asistentes firmó el manifiesto “Nos pronunciamos” que dio inicio al grupo del Caimán Barbudo, aludiendo a la revista en el que se había publicado.
5 César Vallejo.
6 Pablo Neruda.
7 Juan Gelman.
8 Noé Jitrik.
9 Silvio Rodríguez: “Resumen de noticias”.

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