Formar para la participación social, un imperativo de estos tiempos

María Isabel Romero y Ania Mirabal

_Son los sueños todavía
Los que tiran de la gente_

Gerardo Alfonso

La crisis de los noventa, derivada del derrumbe de los países socialistas de Europa del Este y el recrudecimiento del bloqueo económico de los Estados Unidos contra Cuba, sus impactos en la economía, en la sociedad y en la vida cotidiana, han producido cambios en la subjetividad individual y social que muestran la emergencia de relaciones sociales caracterizadas por la desigualdad ante el consumo, la implementación de estrategias individuales de sobrevivencia, la visibilización de discriminaciones por razones de raza, género u orientación sexual, la centralidad para la vida de asuntos de orden material en detrimento de los de orden espiritual, el vivir en la inmediatez y, en consecuencia, la desconexión de no pocos grupos de personas del inacabado proceso de construcción del proyecto sociopolítico impulsado por la Revolución desde sus primeros años.
En esta compleja coyuntura, el Estado cubano, a diferencia de otros países en los que el impacto de la globalización y del neoliberalismo provoca la aplicación de paquetes de medidas de ajuste económico que producen serias crisis sociales, mantuvo las conquistas más importantes de la Revolución –seguridad social, canasta básica familiar, salud y educación gratuitas– y se concentró en la búsqueda de caminos alternativos para estimular la economía, no sólo para resistir, sino para seguir adelante. Esto nos colocó ante dos desafíos: por una parte, la inserción de Cuba en un mercado mundial hegemonizado por el capital transnacional, cuya capacidad para penetrar y moldear el imaginario social, la vida cotidiana y los valores que orientan nuestros comportamientos en la sociedad son palpables; por otra, el tipo de sociedad que ha ido emergiendo como resultado de la crisis de estos años.
Pero el análisis de la sociedad emergente requiere no perder de vista las relaciones entre la macrosociedad –el sistema sociopolítico, el Estado y las instituciones a través de las cuales cumple sus funciones como gerente y garante– y la microsociedad –los grupos sociales, las organizaciones, las comunidades, los individuos–; y advertir si esas relaciones, no exentas de contradicciones, se caracterizan por un posicionamiento ético político compartido, por la participación de comunidades, grupos e individuos en la construcción colectiva y en las decisiones que implican los destinos de nuestra nación, todo lo cual contribuiría al fortalecimiento del protagonismo popular, a incrementar los sentidos de pertenencia al proyec-to social en el que estamos inmersos, a una mayor coherencia entre las políticas públicas y las necesidades de los diversos grupos que conforman nuestra sociedad.
Diversos autores/as1 destacan algunas problemáticas presentes en nuestra sociedad a través de estos años, que muestran cómo los asuntos atinentes a la dialéctica individuo-grupo-sociedad pueden convertirse en limitantes para la participación social y derivar en comportamientos y posturas éticas ajenos al proyecto de equidad y justicia social que promueve el socialismo cubano:

—-La penetración inevitable de la cultura del mercado a través de las empresas mixtas, el turismo, los medios masivos de comunicación, el estrechamiento de vínculos con la emigración, así como la inevitable introducción del tema del mercado en la vida familiar provocan el surgimiento de valores que distan de otros legitimados en nuestro proyecto sociopolítico. Esto trae como consecuencia dobles discursos y una distancia entre prácticas y principios.
—-La elección de la estrategia de gestión social ha quedado colocada, bajo el supuesto de mayor efectividad y delegación democrática, en manos de expertos-burócratas (de la política, la planificación, la economía, la dirección, etc.), y el punto de vista de los beneficiarios, que deberían ser también actores de la trasformación, queda en un segundo plano, reservado, en el mejor de los casos, a un nivel consultivo.
—-La conexión entre las dificultades particulares y las políticas generales se excluye del debate de manera apriorística. En esta situación, cuando los planteamientos y aportaciones sobrepasan el nivel en el que ocurren y se refieren a temas generales, se elevan al nivel superior en espera de una respuesta de retorno, lo cual va conformando una cultura implícita de lo prohibido que impide aportar a los marcos instituidos y da lugar a la retórica y al formalismo en todo el proceso de participación social.
—-La pérdida del valor del trabajo como medio de vida, de acceso al bienestar y de satisfacción personal ha traído por consecuencia la distancia entre la remuneración por el trabajo y la adquisición de medios adecuados de satisfacción de las necesidades básicas. Ello ha favorecido el ensanchamiento de desigualdades sociales no asociadas al trabajo y de estrategias de sobrevivencia que legitiman acciones ilegales, semilegales o informales. Ha contribuido al empobrecimiento de amplias franjas poblacionales, a la permanencia de brechas de inequidad, especialmente las que se expresan en desventajas socioeconómicas relacionadas con el género, la raza y el territorio.
—-Las afinidades entre el proyecto político-social en el poder y su oferta de modelo de sociedad, por una parte, y las aspiraciones y expectativas de vida individuales y familiares, por otra, se ha debilitado.
—-La institucionalidad socialista se ve fallida o trunca debido a la burocratización y la ausencia de una vocación real de servicio de las instituciones públicas, de control democrático popular sobre ellas y de una información sistemática, transparente y fidedigna sobre su funcionamiento e impactos reales.

Un panorama de esta naturaleza podría resultar paralizante si no asumimos en la práctica el presupuesto dialéctico de que la realidad está en permanente construcción, es inacabada y, por tanto, perfectible. Nuestra sociedad requiere hoy más que nunca ser pensada y recreada colectivamente en aras de su crecimiento material y espiritual. La participación social es un imperativo de estos tiempos, una necesidad en una sociedad que se asume como proyecto de la colectividad, del pueblo y para el pueblo. Nos favorecen los acumulados de estos años en cuanto a los niveles de instrucción alcanzados, la experiencia organizativa de nuestra sociedad, la creatividad desplegada por individuos y grupos para atenuar los efectos de la crisis de los noventa, que mostró con cuántas potencialidades contamos como sociedad. Sólo cuando las personas se sienten parte y comprometen sus motivaciones y necesidades en los procesos de su vida cotidiana, actúan con responsabilidad social, aportan de modo consciente, propositivo y creativo a las acciones que suponen cambios hacia el desarrollo.
El Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr., organización macroecuménica de inspiración cristiana, ha asumido la opción política, ética y cultural de contribuir a promover y socializar una cultura de participación consciente, organizada y crítica en sujetos diversos de la sociedad cubana para continuar pensando y perfeccionando el socialismo cubano. Hablamos de una contribución que promueva la consolidación de una cultura socialista, una cultura cuyo centro es el ser humano, que incorpora modelos de desarrollo que tributen al crecimiento económico, al bienestar espiritual, a la satisfacción cada vez más plena de las necesidades de individuos y grupos, a partir de sus aportes a la colectividad social.
Desde 1995, la formación para la participación que impulsa el Centro, sustentada en la propuesta de la Educación popular,2 tiene el objetivo de fortalecer un tejido social comprometido con el proyecto socialista cubano mediante la conformación de una red de educadores/as populares integrada por egresados/as insertados en diversos sectores y territorios del país. Entre otros actores sociales, han asistido a esos espacios delegados del Poder Popular, presidentes y vicepresidentes de Consejos Populares, especialistas de los Talleres de Transformación Integral del Barrio, líderes naturales de las comunidades, líderes eclesiales, promotores culturales, de salud, de la agricultura urbana, del extensionismo agrario, de la extensión universitaria, de la prevención del dengue, del VIH y de la educación ambiental, trabajadores sociales, profesores e investigadores que asumen la participación como indispensable en el campo de la cultura comunitaria.
Entre los referentes que sustentan la propuesta creemos que es necesario destacar al pedagogo brasileño Paulo Freire (1921-1997), al filósofo italiano Antonio Gramsci (1891-1937), al psicólogo social argentino Enrique Pichón Riviére (1907-1977) y al comunicador popular uruguayo Mario Kaplún (1923-1998), por sus contribuciones a la conformación de un pensamiento social emancipador, revolucionario y contrahegemónico.
Vale aclarar que se trata de una experiencia modesta, que se ha ido enriqueciendo a lo largo del tiempo, a lo que ha contribuido la constante retroalimentación entre la teoría y la práctica social, la cubanización resultante de las singularidades de nuestro contexto y la inclusión de los aportes de las ciencias sociales, en particular los que resultan afines a nuestra propuesta.
La intencionalidad de desarrollar capacidades para la participación consciente y activa de las personas implicadas en nuestros espacios de formación ha sido una de las finalidades de la Educación popular, a lo que se suma la intención de que se verifiquen los aprendizajes en las prácticas. De ahí que acompañemos experiencias que, de alguna manera, innovan en el campo de la participación y que son conducidas por los propios egresados/as. En ese sentido, trabajamos para fortalecer y consolidar espacios en los que el compromiso ético, el desarrollo de capacidades políticas y organizativas y de habilidades de desempeño social, contribuyan a dinamizar ámbitos de la sociedad cubana.
A partir de los diálogos producidos en los talleres de formación, de las reflexiones del equipo de Educación popular del Centro y de los aciertos y dificultades emanados de las experiencias prácticas conducidas por nuestros/as egresados/as, desarrollaremos las consideraciones que siguen sobre la participación social, en interés de contribuir al debate de asuntos centrales a la propuesta formativa que promovemos, muchos de los cuales constituyen desafíos para continuar pensando y recreando el socialismo cubano.

La asunción de una cultura del diálogo,
la horizontalidad, la construcción colectiva

Saber escuchar, tolerar/aceptar divergencias, reconocer la riqueza de la diversidad, respetar opiniones, explicitar sentimientos, admitir que cada persona puede aportar desde su saber y que la producción colectiva, más que una suma de los aportes individuales, es una síntesis enriquecida por las reflexiones colectivas, son principios distintivos de la participación que promovemos.
Asumimos una concepción y una práctica integral de la participación que necesitan de la formación, porque no se dan de manera espontánea. Trasciende el estar presentes, estar informados/as, ser consultados/as, ejecutar tareas. Nuestra concepción incluye formar parte –sentido de pertenencia–, tener parte –asumir algún rol en aquello de lo que se forma parte– y tomar parte, que implica tomar decisiones, incidir en el curso de los acontecimientos.
Participar es un proceso organizado, colectivo, incluyente, orientado por valores y objetivos compartidos, en el cual se involucran una variedad de actores, y en cuya consecución se producen transformaciones en los niveles individual y social.3

Cambios en la subjetividad individual

Participar requiere modificar actitudes, lo cual conlleva transformaciones en el nivel cognitivo, ya que las personas deben saber qué es participar en el sentido que proponemos; esto es, tener los conocimientos y habilidades precisos para participar; transformarse en el nivel afectivo, pues deben tener una predisposición favorable hacia el diálogo, deben estar motivados/as a construir colectivamente; y transformarse en el nivel comportamental, en el cual se verifican los cambios que han de expresarse en las prácticas concretas.
A su vez, concientizar como individuos que en nuestras prácticas cotidianas asumimos roles autoritarios, paternalistas, no participativos, es un primer paso para el cambio; pero la transformación real se producirá si llevamos a nuestros contextos las nuevas maneras de entender la participación, lo que supone desafíos que hay que estar dispuestos a enfrentar. De ahí que los cambios dependan de la voluntad y la opción de las personas.
Uno de esos desafíos consiste en que las lógicas de funcionamiento social presentes en los espacios en que nos involucramos pueden resultar constrictoras de la individualidad. Al respecto, decía Paulo Freire en una entrevista en el año 2000: “…la única manera de aumentar el mínimo de poder es usar el mínimo de poder… lo que hay es un permanente movimiento contradictorio, en que la conciencia, reconociéndose condicionada, es capaz de intervenir en el condicionante”. 4
Sucede que portamos hábitos y costumbres que se sustentan en juicios estereotipados, en representaciones estrechas sobre las maneras de participar. Con frecuencia se culpa a otros de la “no participación”, cuando en realidad las estructuras organizativas y las instituciones sociales la pueden facilitar si se incorporan los presupuestos que promovemos. Para ello se necesita formar formadores que multipliquen en sus espacios estos aprendizajes.

Un cambio cultural

Al entender la cultura como matriz portadora y productora de valores, hábitos, discursos y relaciones sociales aprehendidos también de manera inconsciente, a través de los diversos canales de socialización, se devela su papel como lugar de reproducción y, a su vez, de transformación de las relaciones sociales. La cultura socialista requiere que pasemos de ser objetos a ser sujetos de los procesos de innovación social, e implica renunciar a métodos bancarios y domesticadores, superar la subestimación de las personas en tanto agentes transformadores de su realidad e incorporar, tanto en la vida cotidiana como en el nivel de toda la sociedad, valores como la solidaridad, la cooperación, la equidad, la diversidad, el compromiso social.
Es cierto que los miembros de una comunidad portan conocimientos provenientes de su cultura y sus tradiciones que pueden ser muy valiosos y respetables, pero que podrían entrar en contradicción con los cambios necesarios para la comunidad. Puede ocurrir que las creencias y costumbres o los valores sostenidos en una comunidad sean el fundamento de ciertas conductas que impliquen peligros, causen formas de exclusión o de maltrato o mantengan la ignorancia respecto a ciertos fenómenos.5
Es ahí donde resulta sustancial el papel de esta propuesta educativa que privilegia el trabajo con la subjetividad y concientiza a las personas respecto a las concepciones del mundo y las ideologías políticas que conviven en su sentido común, entre ellas, la superioridad de unos grupos sociales sobre otros por razones de raza, género u orientación sexual, por sólo citar algunos ejemplos.

Subvertir lógicas en el funcionamiento social

Las relaciones sociales caracterizadas por el verticalismo, el autoritarismo, el burocratismo, el paternalismo, la manipulación, el formalismo resultan cosificantes de las personas que han de ser partícipes de las transformaciones sociales. Se precisa del análisis de las relaciones entre participación y poder si aspiramos a auténticos cambios.
En la introducción al libro Técnicas de participación,6 Alicia Minujin, psicopedagoga argentina, reflexiona sobre las opiniones de algunos autores respecto a esa cuestión: “La participación real supone modificaciones en la estructura de poder, en quién decide y qué decide”, y señala la existencia de complejas representaciones colectivas que la obstaculizan: conservación de ideas deterministas, pervivencia de hábitos voluntaristas, distorsión ideológica al concebirla como patrimonio de una élite o como concesión y no como derecho.
Se trata, entonces, de redistribuir de manera creciente el poder a escala de toda la sociedad, de transformar las lógicas que legitiman que otros/as piensen o decidan por nosotros y de formar sujetos críticos con capacidades para aportar desde una ética humanista, comprometida y responsable en asuntos de orden social decisivos para nuestras vidas.

La formación de un pensamiento crítico

Tanto en el nivel de la conciencia como en el de las prácticas de individuos y grupos existen sentidos comunes portadores de ideologías y valores que refuerzan las relaciones de dominación. Trabajarlos en aras de producir una cultura liberadora de todo tipo de opresiones es una necesidad en nuestra sociedad actual.
Para ello se precisa de la formación de un pensamiento crítico al que se arriba incorporando un pensamiento marxista como teoría crítica de la sociedad capitalista, como concepción materialista de la historia, como una nueva ética revolucionaria basada en la formación de hombres y mujeres nuevos, cuya máxima aspiración ha de ser la emancipación humana, la superación de la alienación.
El proceso de acción-reflexión-acción sobre la práctica social al que nos convida la Educación popular no sólo nos convierte en sujetos críticos, sino también en activos constructores de nuestro proyecto social, incorporando estos presupuestos emancipadores.
Se trata de asumir la crítica y la autocrítica de manera propositiva, como ejercicio de aprendizaje, entendiendo que no somos perfectos/as ni como individuos ni como sociedad, precisamente porque somos parte de procesos sociales en permanente construcción cuya lectura crítica nos permite identificar errores, corregir el rumbo, evitar que los análisis se conviertan en catarsis y propiciar que se generen soluciones construidas de manera colectiva a partir de un pensamiento crítico que incluya la capacidad de discernimiento, es decir, saber qué habría que reemplazar de lo viejo existente, qué de lo nuevo es pertinente.

Partir de las vivencias y las prácticas
de los participantes

Esto presupone que todo lo que nos proponemos abordar –los valores, los prejuicios, las relaciones de poder, las maneras en que nos comunicamos– se vivencie. Así se desarrolla un aprendizaje que vincula naturalmente práctica y teoría, y que evita, entre otras cosas, que las personas –que arriban a los espacios con niveles de instrucción diferentes– se sientan violentadas ante el acto educativo. Por otra parte, trabajar vivencialmente evita la racionalización de visiones que tenemos introyectadas y que sólo por la vía de la vivencia se pueden concientizar. Es imprescindible señalar aquí que los recursos metodológicos que apelan a los afectos y la corporalidad favorecen la concientización.

La organización y la responsabilidad ético-política

Resulta necesario aprender capacidades y habilidades organizativas que favorezcan el trabajo con las personas y la administración de los recursos. Trabajar con las personas requiere organizar los espacios en los que se espera que ellas participen, e implica realizar una buena convocatoria, en la que no sólo se motive a participar, sino que, además, se especifique todo lo relacionado con el asunto a tratar.
Ineludible también es hacerles claro a los participantes los objetivos que se perseguirán y los horarios y el tiempo de duración de la actividad, crear las condiciones para que las personas se sientan cómodas, definir los roles que cada uno asumirá en el proceso, intencionar ejercicios de construcción colectiva de propuestas, evaluar la actividad teniendo en cuenta los criterios de todos/as los/as participantes.
Igualmente, el espacio participativo debe intencionar el cuidado de las personas, la canalización de los conflictos en caso de que emerjan, el diálogo como método de construcción colectiva y la relación de lo que se haga con el proyecto sociopolítico, a fin de tomar en cuenta los aportes para su mejoramiento y fortalecer los sentimientos de pertenencia a este.
La administración de recursos conlleva tener conocimientos y habilidades para intervenir en la captación y manejo de los recursos necesarios para el avance de los procesos colectivos que se desarrollen, los cuales requieren apelar a la experiencia organizativa existente, recrearla desde estos presupuestos e involucrar al mayor número de personas posible.

La relación entre participación y la dialéctica
individuo y grupo

Como se conoce, en los grupos las personas expresan representaciones, valores, actitudes, respecto a los asuntos que se traten. Una propuesta participativa tiene en cuenta la construcción colectiva, pero no desestima los aportes individuales, aunque no formen parte del consenso. Una sola opinión es importante en tanto puede expresar el sentir de los restantes miembros. Desde el aporte individual pertinente, creativo, responsable, se contribuye al funcionamiento de la colectividad.
El trabajo grupal participativo constituye un ensayo, un laboratorio que permite vivir relaciones sociales de nuevo tipo que, a nuestro modo de ver, son sólo posibles en una sociedad socialista. Podemos comprobar en los grupos de formación con los que hemos trabajado que son posibles las relaciones basadas en el servicio, la solidaridad, la corresponsabilidad, el diálogo entre el saber científico y el saber popular, la equidad, el respeto a la diversidad.
Asumir la grupalidad desde estos presupuestos participativos implica que el grupo se constituya en sujeto colectivo, organizado, autorregulado, con capacidades para la autogestión y el análisis crítico propositivo, transformador de la realidad.

Un estilo de dirección/coordinación democrático

Un estilo de dirección/coordinación democrático es aquel que subraya la participación grupal y la cooperación para el óptimo funcionamiento del grupo. Es copartícipe y corresponsable en la propuesta de trabajo, no impone, llega a acuerdos con el grupo sobre los objetivos y pautas del funcionamiento del trabajo. Aporta sus opiniones y experiencias, pero no como verdades acabadas, y confía en las posibilidades de pensar y hacer de los demás.7
Para alcanzar estos objetivos, sugerimos desde nuestra experiencia conformar equipos de trabajo en los que se comparta la responsabilidad de la coordinación y múltiples miradas enriquezcan el proceso, someter las agendas de las actividades a consulta, tener en cuenta los conocimientos, los sentimientos y los comportamientos de las personas en los diseños de las actividades, aprender a pensar desde la perspectiva de la grupalidad, reconociendo en la misma una filosofía de vida sustentada en relaciones democráticas, horizontales.

Integración entre las estructuras de la macro
y la microsociedad

Para que se tracen políticas públicas que respondan cada vez más a los intereses de las personas hay que partir de diagnósticos de necesidades, reconocer sus saberes, experiencias y prácticas para tomarlos en cuenta, atender sus intereses y su historia personal y colectiva.
Como parte de las acciones emprendidas a propósito de la revolución energética, a las personas que cocinaban con gas de balita, kerosene u otros combustibles les han ido cambiando paulatinamente sus cocinas por un módulo para cocinar con electricidad. No todas las personas, sin embargo, han estado satisfechas con el cambio, en particular, las que cocinaban con gas. Téngase en cuenta que el uso de la electricidad para estos fines implica un cambio cultural respecto a las maneras de cocinar. Para que las personas se sientan sujetos de los cambios se precisa prepararlas. Las actividades educativas pueden ayudar a ello; si no, los viven como una imposición, aunque les beneficien.
La participación puede contribuir a mejorar el funcionamiento institucional si se asumen los principios que la sustentan. Resulta conocido que las instituciones funcionan desde lógicas que, en la mayoría de los casos, son paternalistas, centralizadoras, autoritarias. Consideramos la institucionalidad existente una potencialidad para el desarrollo social siempre que accione desde lógicas participativas en las que exista control popular sobre su funcionamiento, diálogo sistemático intrainstitucional, entre la institución y la comunidad, entre la institución y otras instituciones.
Las instituciones no pueden “desconectarse” de las expectativas y motivaciones del pueblo, pues ellas constituyen razones de su existencia. Hay que continuar pensando cómo dinamizar los canales de participación existentes en aras de que las instituciones respondan cada vez más a los intereses populares.
Otro asunto a señalar en este tópico es que, aun cuando existe la propuesta política de promover la participación popular en los Consejos Populares, no todos funcionan desde esta perspectiva. En el capítulo VI de la ley 91, documento rector del trabajo de los órganos de poder local, se plantea:

Artículo 35: La participación popular, en la actividad del Consejo Popular, constituye la vía fundamental para realizar su labor. Ella está presente desde la identificación de los problemas y necesidades y sus posibles soluciones, hasta la adopción de las decisiones, así como en la planificación, desarrollo y evaluación de las principales acciones que se ejecutan en la demarcación.
Artículo 36. El Consejo Popular promueve la participación masiva de los residentes de la demarcación en la búsqueda de la unidad, el consenso, la identidad y el sentido de pertenencia de los ciudadanos por la comunidad, el territorio y el país.
Artículo 37. El Consejo Popular promueve programas de trabajo que involucren a vecinos y sectores específicos, como son los niños, jóvenes, ancianos, amas de casa y otros, en función de sus necesidades e intereses.

Algunas de las razones que pudieran incidir en que no se funcione de acuerdo con lo legislado es la falta de una formación sistemática de los delegados en una concepción del trabajo comunitario participativo, que los provea de recursos metodológicos que lo faciliten. Por otro lado, las labores de gestión y canalización de las múltiples problemáticas comunitarias les toman gran parte de su tiempo, lo que atenta, lógicamente, contra los tiempos para el trabajo comunitario. Asimismo, los espacios colectivos de diálogo con el pueblo se convierten únicamente en momentos de rendir cuenta de su gestión, cuando podrían ser genuinos espacios de construcción y toma de decisiones colectivas.
A lo anterior hay que añadir que es necesario que las instituciones y los factores que coexisten en las comunidades asuman una filosofía de trabajo coherente con estos postulados. Incorporar los presupuestos éticos, políticos y metodológicos de la Educación popular pudiera contribuir a ello.

La integración y articulación de los actores

Aprovechar los equipos de trabajo comunitario donde existan, o crearlos, constituye una demanda de la participación en el ámbito comunitario. Estos equipos de trabajo deben estar integrados por personas que radiquen en la zona y sean sensibles a sus problemáticas, aunque también se puede incorporar otras externas que representen a instituciones u organizaciones que se interesen por su desarrollo.
La misión de esos grupos, conocidos como grupos gestores o grupos comunitarios, es planificar los diferentes momentos del proceso: diagnóstico, propuestas de acciones, ejecución, evaluación. Deben considerar, además, los tiempos, los recursos que se necesitarán, las diversas actividades a desarrollar. La sociedad cubana es una sociedad organizada, pero si cada instancia actúa según objetivos propios, sin articularse al resto, sobre las mismas personas, no se alcanzarán los resultados de integración para la participación. Se hace necesario superar la desconexión existente para avanzar hacia modelos de funcionamiento social cada vez más colectivos.
Un buen punto de partida en la planeación de los procesos de trabajo comunitario de manera participativa es el respeto a las particularidades contextuales de cada comunidad. Son ellas las que determinan las necesidades percibidas por las personas y, por tanto, la orientación del trabajo a realizar.
En el documento de trabajo comunitario integrado que utilizan los delegados del Poder Popular se asume esta práctica como método, como instrumento más que como concepción de trabajo, aun cuando no aparecen las formas de hacerlo. Concebirlo como un método lo lastra, a la vez que impide trabajar los valores y concepciones de la subjetividad individual y social. No obstante, se enfatiza en la necesidad de la integración entre los factores de la comunidad y en la voluntad de resolver tareas y necesidades como uno de los propósitos principales de esos factores.

El respeto a las diferencias

De la misma manera que nos diferenciamos como individuos, lo hacemos según nuestra pertenencia a los diferentes grupos sociales de los que formamos parte. Somos diversos/as, y a ello contribuyen las múltiples identidades que nos conforman como sociedad y como individuos. Sin embargo, eso no nos hace mejores ni peores personas, ni nos coloca en lugares superiores o inferiores para participar. La participación implica asumir la diversidad que somos, pensarnos heterogéneos y proyectarnos de esa manera.

Espacios de debate colectivos

Los asuntos que nos conciernen como nación y que contribuyen a la recreación de nuestro proyecto sociopolítico deben ser debatidos por toda la sociedad. ¿Cómo concebimos al socialismo hoy? ¿Qué entendemos por diversidad? ¿Cómo asumimos la civilidad? Esas son algunas de las cuestiones que requieren pensarse mediante la participación popular.

Criterio de sostenibilidad

Para que los procesos de desarrollo social sean sostenibles es importante dejar instaladas capacidades y habilidades educativas, organizativas, de gestión, de administración de los recursos en las personas participantes, es decir, empoderarlas. Entendemos el empoderamiento como “un proceso o mecanismo a través del cual personas, organizaciones o comunidades adquieren control o dominio sobre los asuntos o temas de interés que les son propios”.8
Más allá de la existencia de proyectos o programas de transformación social, son los aprendizajes que quedan en las comunidades los que garantizan la perdurabilidad de los cambios en el tiempo. De ahí la importancia de la participación para la sostenibilidad.

Contribuciones al contexto cubano actual 9

En el año 2006, el Programa de Educación Popular y Acompañamiento a Experiencias Locales diseñó un encuentro nacional de educadores/ras populares, concebido y desarrollado como un proceso de múltiples eventos territoriales en el que participó un total de 435 egresados/as y se presentaron 71 experiencias que mostraban diversos grados de innovación en las formas de participación.
Los participantes en los encuentros respondieron las siguientes preguntas: ¿Qué nos ha aportado la Educación popular? ¿Cómo ha repercutido esta formación en nuestras prácticas cotidianas y en nosotras/os mismos?
Las respuestas de las personas involucradas en las experiencias de Educación popular registraron significaciones diversas respecto al compromiso político con los valores del proyecto de la Revolución cubana y su ideario socialista. Y esto en medio de las complejas realidades de nuestra sociedad. Estas personas despliegan su modesta contribución, su compromiso, y lo encarnan en medio de las dificultades que enfrenta nuestro pueblo, sus angustias y esperanzas, y también su irrenunciable alegría y la cultura popular que la expresa. Son educadoras y educadores populares que luchan contra “molinos de viento convertidos en gigantes a fuerza de burocratismo”, y se las tienen que ver con estructuras e instituciones con falta de osadía y muy poca iniciativa, más pendientes de lo que viene “de arriba” que de lo que emerge del pueblo.
Resulta curioso que –aun cuando la mayoría de esos encuentros tuvo lugar antes del discurso del compañero Raúl Castro el 26 de julio del 2007–, en muchos casos, como se evidencia en esos planteos, las respuestas estuvieron a tono con las necesidades y reclamos que recoge ese discurso. Se expresaron problemas, insuficiencias, necesidades, urgencias, y el imperativo de una participación activa de la gente en sus soluciones. Críticas y convicciones presentes en las palabras de Raúl, a partir de las cuales se ha convocado a “analizar y hacer propuestas a la dirección de la Revolución, en un ambiente de absoluta libertad y sinceridad”, a la discusión crítica, a pensar y proponer cómo mejorar la calidad de la vida y enfrentar lo que nos lastra como proyecto revolucionario.
En los encuentros se coincidió en que los cambios que ha traído esta formación a nuestras maneras de pensar y hacer se expresan en la resignificación de las relaciones humanas. Los cambios reportados a nivel de la subjetividad individual impactan en los diferentes espacios a los que se vinculan los egresados/as:

—-Con respecto a los valores que les ha afirmado esta propuesta formativa señalan: autorreflexión personal, los valores éticos de solidaridad, amor, coherencia, valentía, humildad, honestidad, humanismo, responsabilidad, tolerancia, compromiso social, optimismo, confianza, autoestima y crecimiento espiritual.
—-Sobre los cambios en las relaciones interpersonales, familiares y organizacionales: mejoramiento de las relaciones interpersonales a partir de la apropiación de maneras de trabajo y relaciones diferentes. Se enfatiza en el desarrollo de capacidades y potencialidades para dialogar, construir identidad desde la diversidad de género, raza, generación. Valorar lo grupal y colectivo desde la cooperación, priorizar la creatividad, atender los ritmos de los procesos y las herramientas de la comunicación.
—-En cuanto a las relaciones de poder: reconocimiento de la presencia de las mismas en todos los ámbitos de la vida humana y comprensión de la necesidad ético-política de que la práctica del ejercicio del poder sea desde la superación de toda forma de dominación; de la centralidad de la participación como derecho y como necesidad humanos; de la búsqueda constante de herramientas para participar efectivamente en la toma de decisiones; de la capacidad de incidencia política, el compromiso con la comunidad, creer en el ser humano, resignificar y reafirmar el compromiso político y el de la fe y una comprensión abarcadora de lo político.
—-Sobre los cambios en las prácticas organizativas: el fortalecimiento de sujetos colectivos en las experiencias que autoconducen; las articulaciones solidarias entre experiencias comunitarias y en la emergencia de formas organizativas que privilegian el trabajo en equipo y valorizan la diversidad como riqueza en los procesos.

Contribuciones desde las experiencias

Las respuestas de los encuentros territoriales a las preguntas ¿En cuál experiencia estás aplicando la concepción y metodología de la Educación popular? ¿Cómo la aplicas? ¿Qué logros (se alcanzaron)? ¿Qué desafíos (restan)?, revelaron que son múltiples las aplicaciones de la formación para la participación social.
Muchas de las experiencias presentadas –fundamentalmente aquellas que tienen objetivos de desarrollo más integrales, cuya realización se concreta en espacios sociales locales– expresan con mayor claridad el sentido político de la participación de los sujetos, es decir, su protagonismo en los mismos, en las decisiones y acciones que se toman para la transformación de la realidad en que trabajan, al tiempo que apuntan a cambios en la subjetividad y en las relaciones sociales de las personas involucradas.
Hay que reconocer que una u otra forma de entender y promover la participación social no depende sólo de la voluntad de los educadores/as populares. Otros factores más complejos influyen en esa decisión. Parafraseando al maestro Paulo Freire, “no siempre hacemos lo que debemos, sino lo que podemos”.
Al analizar por ámbitos algunas de las experiencias donde egresados/as han podido aplicar con mayor coherencia y sistematicidad la concepción y la metodología de la EP, se destaca la comunidad como espacio privilegiado donde se desarrollan experiencias innovadoras en la participación. Como es de esperar, en la ciudad de La Habana un número importante de las experiencias es conducido por educadores populares, en su mayoría mujeres, integrantes de los Talleres de Transformación Integral del Barrio (TTIB).
En cuatro de los encuentros territoriales (Cumanayagua, Jagüey Grande, Guantánamo-Santiago de Cuba y Pinar del Río) se expusieron experiencias participativas que se desarrollan en el sector de la salud, las que abordan con prioridad temas de prevención de enfermedades de transmisión sexual, dengue y adicciones diversas, entre otros problemas.
La valorización del saber campesino y de los productores agrícolas a favor de una agricultura ecológica y sostenible desde la concepción y la práctica de la Educación popular se puso de manifiesto en cuatro experiencias de fomento de la producción agrícola y cafetalera (dos en Cumanayagua, una en La Habana) y una de producción familiar de flores, en Jagüey Grande.
La concepción y la metodología de la Educación popular es un sustrato de la formación socioteológica que realiza el CMMLK. En el ámbito eclesial se reconoció la contribución de la Educación popular al desarrollo, en la organización y funcionamiento, de algunas iglesias en las que la participación de la feligresía y lo grupal adquieren un lugar central (Iglesias bautistas de Marianao, Guanajay y Mariel; cuáqueros en La Habana y en Floro Pérez, Holguín); de varias iniciativas educativas, incluido el ámbito de servicio (diacónico) en Matanzas, Guanajay y San Antonio, y el litúrgico.
En general, los participantes en los eventos territoriales reconocieron la pertinencia de esta propuesta político-pedagógica para el actual contexto cubano. De ahí que se asuma como referente por diversos sectores y programas ramales, territoriales y nacionales. “Ha ido ganando una visión compartida que ha ayudado al país. Nos ha hecho entender lo que es la política. Nos devela nuestra conciencia política. Ha implicado una nueva manera de renovar el socialismo contra el individualismo”.10

A modo de conclusiones

La participación desde la Educación popular implica la formación de sujetos críticos creativos que, inmersos en la amalgama social, contribuyan activa, consciente y responsablemente a los procesos de cambio. Al propiciar un cambio cultural, supone la deconstrución de visiones y prácticas y la apropiación de aprendizajes individuales y sociales que afirman esta concepción de las relaciones sociales, coherente con el socialismo por los valores que encarna. Se necesita de procesos formativos para el fortalecimiento de la participación en la sociedad cubana; se requiere de herramientas y conocimientos que les posibiliten a los actores sociales adquirir las habilidades y los saberes necesarios para propiciar el protagonismo popular en los diferentes contextos en los que trabajan.
Para continuar avanzando como sociedad es imprescindible lograr un proyecto social que se ajuste a las necesidades y realidades de los cubanos y cubanas, que parta de sus intereses, expectativas, sueños, aspiraciones, lo que supone incorporar la subjetividad como parte importante de los procesos de cambio. Respetar las particularidades de los contextos implica implementar estrategias de desarrollo social desde la heterogeneidad y superar concepciones que accionan desde fórmulas, recetas, generalizaciones, descuidando lo peculiar, lo autóctono de los diferentes espacios sociales.
Para promover transformaciones sociales hay que partir de las experiencias y prácticas de las comunidades, de sus capacidades organizativas, de gestión y administración de recursos. Hay que asumir estilos de coordinación/dirección que propicien el diálogo y la construcción colectiva, y avanzar hacia la necesaria integración de los diferentes actores que participan en los cambios.
El camino aún es largo, pero la necesidad de desarrollo “desde adentro” se ha impuesto como base de una verdadera construcción humana. Contribuyamos a ello desde nuestras experiencias.

Notas:

1 Ver Mayra Espina: “Mirar a Cuba hoy: cuatro supuestos para la observación y seis problemas-nudos” (versión posterior del texto presentado por la autora en el seminario Por una cultura revolucionaria de la política, organizado por la presidencia del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, en noviembre del 2007, y en el panel del jurado de ensayo del Premio Casa de las Américas, en enero del 2008); Ovidio D´Angelo Hernández: “Relaciones entre la política, la subjetividad social y una ética emancipatoria para el desarrollo humano”, en C. Linares, P. E. Morales Puig y B. Rivero (comps.): La participación. Diálogo y debate en el contexto cubano, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2004; Patricia Arés Muzio: “Familia, ética y valores en la realidad cubana actual”, en Selección de lecturas de concepción y metodología de la Educación popular, t. 1, Editorial Caminos, La Habana, 2004.
2 La Educación popular es una concepción político pedagógica que surgió en el Brasil de los años sesenta del siglo XX. Su principal precursor fue el pedagogo y filósofo brasileño Paulo Freire. Critica los modelos pedagógicos tradicionales, en los cuales el educador/a “ilumina”, “lleva el saber” a los educandos asumiéndolos como “recipientes vacíos” que deben ser llenados de contenidos. Freire la llamó Pedagogía del Oprimido, Pedagogía Liberadora, por su fuerte compromiso con la emancipación de los marginados y excluidos sociales.
3 Maritza Montero: Introducción a la psicología comunitaria. Desarrollos, conceptos y procesos, Paidós, Buenos Aires, 2004.
4 Paulo Freire: Constructor de sueños, Cátedra Paulo Freire-ITESO, Guadalajara, febrero del 2000.
5 Maritza Montero: op. cit.
6 Técnicas de participación, Colección Educación Popular n. 7, Editorial Caminos, La Habana, 1999.
7 Ver Martha Alejandro: “La coordinación: una íntima y especial pluralidad”, en Selección de lecturas de trabajo grupal y coordinación, Editorial Caminos, La Habana, 2005.
8 Alipio Sánchez Vidal: Psicología comunitaria: bases conceptuales y métodos de intervención, Barcelona, EUB, 1996, p. 160.
9 Tomado de “Las contribuciones de la EP en el contexto cubano actual”, síntesis de las memorias de los encuentros territoriales de educadores y educadoras populares, equipo EPAEL del CMMLK.
10 Encuentro de Jagüey Grande, Matanzas.

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