Mi testimonio: un solo Dios, un solo pueblo, una sola espiritualidad

Gabriel Coderch

Hacia 1982-83, motivado por la inquietud de encontrar métodos de acercamiento a la realidad objetiva y no a aquella que mi grupo eclesial creía, me acerco al movimiento ecuménico, en un primer momento a la Unión Latinoamericana de Juventud Evangélica (ULAJE); pero, para ser honesto, allí no encontré el espacio de formulación para un compromiso, aunque en verdad guardo gratos recuerdos de aquellos tiempos y la admiración por personas como Héctor Méndez y otros hermanos.
Poco a poco me fui acercando al Movimiento Estudiantil Cristiano (MEC). No era extraño, porque en aquellos tiempos había un gran auge del ecumenismo y no pa- saba un mes en que no hubiera una actividad ecuménica, ya fuera de ULAJE, MEC o la Coordinación Obrero Estudiantil Bautista de Cuba (COEBAC).
Recuerdo que me fui involucrando cada vez más en el medio, no sin sentir las miradas de sospecha de algunos de mis hermanos, pero también la comprensión y amistad de personas a quienes me une un gran amor como Nacira, Rodhe y Enmanuel. No sólo me acogieron, sino que apostaron por mí. Recuerdo siempre a Avelino González, siempre con su mano extendida y su corazón abierto para explicarme algunas dudas. Con sus sabias palabras, me acercó a no ser ajeno a la realidad vista.
En ese tiempo de gracia me acerqué al análisis mar-xista, pero siempre desde mi identidad y criticando los dogmas, porque lo que sí estaba claro para mí era que no debía cambiar unos dogmas por otros. Para mí, lo fundamental radicaba en el compromiso cristiano con la justicia. Por supuesto, esta justicia se materializaba en la so- ciedad cubana y, por tanto, mi compromiso no podía ser otro que sociopolítico, pero centrado en la fe.
Mi marco de referencia fueron aquellos talleres en los que íbamos comprendiendo el papel que nos tocaba vivir aquí y ahora, y esto se daba por libre elección, por deseo de emprender este camino, responder a un imperativo ético, ser uno en la diversidad. No se trataba de acompañar, sino de estar donde debíamos estar, fusionados a los otros, fueran ateos o creyentes. La fusión estaba en que unos y otros optáramos por la vida en abundancia, y eso sólo se podía conseguir mediante una sociedad socialista, aun con sus defectos. Y debíamos ser críticos, situados, entonces, en medio de dos aguas, es decir viviendo las tensiones propias del pluralismo que se encuentra en nuestras iglesias y en la propia sociedad. Aprendimos a no ser individualistas, a ver la sociedad como conjunto, a conocer la realidad y analizarla, a saber que existen diferentes estructuras, y que unas responden a la muerte y otras optan por la vida. Y a entender la fe como adherirse a Cristo, es decir, adherirnos a la lucha por el Reino. Se nos explicaba que fe y compromiso político sí tenían que ver, y descubrimos nuevos motivos para la fe, aunque reconocíamos que la fe era mucho más que eso, que es un don.
Lógicamente, me tocó vivir momentos de tensiones muy fuertes con mi iglesia. Mi imagen de Dios y de Jesús habían cambiado, ya no los veía lejanos, sino encarnados, históricos. Pero hubo otra tensión, la de fidelidad a mi iglesia. La teología que hacíamos en el movimiento ecuménico me llevó a no automarginarme, sino a vivir un compromiso desde dentro de la propia estructura eclesial. Estaba claro que la fe es una ideología, ya muchos teólogos nos hablaban de eso, pero lo que tal vez hoy todavía no me queda claro es si nosotros tenemos o no una ideología teológica.
La teología de la liberación me enseñó a asumir a Cristo como símbolo de hombre liberado, pero siempre cuestionador e impulsor de nuestra historia. Ya para mí no ha- bía historias, sino que era una sola, y la historia salvífica no estaba por encima de, sino en medio de. Me enseñó que ni sólo fe, ni sólo compromiso, sino que fe y compromiso estaban ligados como expresión vital.
Creció mi fe y mi compromiso con lecturas de Arce, Boff, Gutiérrez. Comenzó mi amistad con Betto, y fui yo quien motivó el encuentro en que por primera vez Betto habló para el movimiento ecuménico en San Juan de Letrán. Mi amistad con Frei Betto me ayudó a comprender que una revolución es un proceso, que no es el Reino, sino que lo va anunciando, va mostrando caminos, enciende una luz en el caminar histórico.
Aumentaron las tensiones en el seno de mi comunidad eclesial, conflictividad propia de nuestras vidas, pero ya había escuchado que era necesaria una fe concreta que formula una declaración de liberación. Aprendí entonces, por medio de esta teología, que a Dios se le encontraba en la historia, en la salvación del pueblo, en la liberación del pecado de opresión y muerte que es el capitalismo; que la opción de Jesús por el Reino está en la cotidianidad, en dar de comer, de beber, porque el Reino de Dios es histórico, sin dejar de ser trascendente.
Esa teología que heredé de dos generaciones anteriores impulsó mi fe concreta por los pobres, contra los me-canismos de opresión. Fue también el lugar de encuentro con aquellos que, sin fe, habían optado por la liberación. En ese momento vi la importancia del mandamiento del amor, el amar a la persona entera, y de que si no lo practicaba, ¿cómo iba a llegar a gozar de la presencia de Dios después de mi muerte?
¿Qué nos dice hoy esta teología y qué legado nos ha dejado? Primero, nos ha legado el camino para la racionalidad de los procesos sociales y políticos. Segundo, la certidumbre de que el cristiano debe seguirse afanando por comprender metódicamente a Dios actuando en la historia. Tercero, que continuamente cuestionará si su teoría es comprobada o reprobada por la historia. Es por eso que hoy hablamos de teologías que, nutridas por aquella, responden a momentos diferentes de la historia humana, pero, unas y otras, comprometidas con la liberación, impulsarán a las nuevas generaciones a recorrer nuevos caminos acordes con una verdadera humanización. Cuarto, que no nos podemos considerar salvadores de la humanidad y de las iglesias, sino que lo que siempre tenemos que tener es la capacidad de crítica constructiva. Quinto, que los que hemos decidido quedarnos en Cuba debemos vivir la alegría pascual, vivir lo que nos enseñara Camilo Torres: el amor eficaz.

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