Palabras en el acto de otorgamiento del Premio Nacional de Edición 2005

Pablo Pacheco

Estimados compañeras y compañeros:
Estimados amigas y amigos:
Permítanme ante todo expresar mis agradecimientos:

Al auspiciador de este Premio y acto, el Instituto Cubano del Libro, al que estoy unido por un vínculo congénito y visceral. No puede ser de otro modo, porque en él estuve de forma continua desde 1969 hasta 1995, los hermosos veintiséis años que van desde mis veinticuatro hasta la media rueda de los cincuenta.

A la institución o instituciones de la esfera editorial que me nominaron para este premio.
Al jurado, compuesto por amigos, viejos amigos todos, que seguramente me seleccionaron no por serlos, sino por convicción.

A Radamés Giro, por sus palabras, excesivas e inmerecidas, de hermano entrañable, desde los ya lejanos años mozos.

Al compañero Abel Prieto, por lo que ha dicho, y a quien me une una amistad de treinta años, que, como columna dórica, antiquísima y sin adornos, ha resistido las normales contradicciones en el trabajo de dos personas que piensan, hacen, y dicen lo que piensan sin titubear.

A las decenas y decenas de compañeros y amigos de las editoriales, de los diferentes institutos, consejos e instituciones de la cultura, de la UNEAC, del Centro Juan Marinello, del ICAIC, de la infancia y la juventud, de Madruga, mi pueblo, y a mi familia, que me han expresado su muy sincera satisfacción por este premio.

A todos, presentes o ausentes, mi agradecimiento, mi alegría mayor, por el Premio Nacional de Edición 2005, que cubre un amplio espectro emocional de mi vida profesional.
Sin el menor propósito de hacer extensas historias personales, debo decir hoy que mi llegada al mundo editorial, al Instituto Cubano del Libro, en 1969, no fue ni accidental, ni fortuita, ni por designación. Respondió a motivaciones e intereses culturales e intelectuales y, por supuesto, a circunstancias propicias que lo hicieron posible. Aquí hice de todo: investigador histórico en la Editorial de Ciencias Sociales; director de la extinta editorial de libros de arte, la Editorial Ámbito; subdirector de la Editorial Pueblo y Educación; director de la Editorial Arte y Literatura; fundador y director de la Editorial Letras Cubanas y; por un año, simultáneamente, de Científico-Técnica; director de la Empresa Editoriales de Cultura y de Ciencias; y, por último, Presidente del Instituto Cubano del Libro.

Tal como dije en una entrevista reciente, desde que era un niño, un adolescente, siempre tuve gran pasión por la lectura y los libros. En la década del sesenta casi todos estudiábamos, leíamos y veíamos cine, además de sumergirnos activamente en la revolución. Mi generación se vio compelida a leer, a saber, a explicárselo todo. La educación y la cultura eran entonces las vías principales de la distinción y el ascenso social, términos que ya no utilizamos, pero que están presentes, porque forman parte de la psicología y la sociología del comportamiento humano. Los libros, las bibliotecas, las librerías, el cine, y también el teatro, eran para mi grupo generacional, en los fabulosos años sesenta, altares de la cultura a los que rendíamos fervoroso culto.

Aunque no unánime, era bastante masivo –al menos, para un sector importante, muy importante, de la juventud– el criterio de que ser revolucionario implicaba también ser culto, estar informado, tener capacidad de opinión y desenvolvimiento intelectual, a la vez que resultaba inexplicable, incompresible e incluso imperdonable ser culto o creérselo y no ser revolucionario. La apasionante dinámica revolución-cultura-juventud, que constituye en todas las épocas la principal fuerza material y moral de cualquier empeño transformador, debemos continuarla estudiando, desde el sesenta hasta hoy, en su compleja y aleccionadora profundidad y vigencia. “El hombre del mañana será en buena medida fruto de los libros que sepamos hacer hoy”, nos dejó dicho Thomas Mann.

Ese interés por los libros y la lectura me condujo inexorablemente al Instituto Cubano del Libro. Yo tenía un gran amigo de mi pueblo, Enrique Vignier, que trabajaba allí y estaba muy vinculado al entonces presidente del Instituto, Rolando Rodríguez, hoy con una obra de investigación histórica muy notable en nuestro país. Se produjo la entrevista con Rolando y se decidió que comenzara a trabajar en el Equipo de Investigaciones Históricas, adjunto a la Editorial de Ciencias Sociales, y en Ediciones Pluma en Ristre. A todo aquello contribuyeron tres compañeros imprescindibles en esos momentos para el ICL. Me refiero a Miguelito Rodríguez, Pedro Juan Rodríguez y Reynaldo Calviac. Para mí, fue un deslumbramiento y un impacto notables el encuentro con la nueva profesión.

En una ocasión como esta, tengo la obligación moral de rendir homenaje a Miguelito, al que todos queríamos porque era una especie de líder natural, desenfadado y auténtico, quien sintetizaba nuestras mejores virtudes y, además, ostentaba una hermosa historia revolucionaria, a la vez que trágica en lo personal.

Miguelito era también un polemista y un conversador inagotable. Poseído de ese raro don de la capacidad política, que tanto necesitamos siempre y faculta a quien posee para el debate continuo, armonizaba la firmeza revolucionaria y la flexibilidad con un principio rector, por el cual, en el ámbito de la política, sólo se logra un efecto perdurable y las ideas se convierten en fuerzas materiales cuando se persuade con argumentos convincentes, respetando lo que el otro piensa.

Quiero también agradecerle a Rolando Rodríguez su confianza, y a Enrique Vignier el impulso que contribuyó al ingreso en mi nueva y perdurable profesión.

Sobre Rolando Rodríguez, fundador y director durante muchos años del Instituto Cubano del Libro, y sobre lo que representan él y aquel grupo gestor del ICL –editores, poligráficos y libreros–, quiero decir algo más. Pero antes deseo recordar, como otras veces, una de las múltiples anécdotas de Isaac Newton. Cuentan que, en cierta ocasión, en la academia inglesa le preguntaron a Newton, no sin reticencia, en qué lugar ubicaba a Nicolás Copérnico en la historia de la ciencia. Dicen que Newton, confundido y atónito, de inmediato respondió: “A Copérnico lo veo todos los días, veo constantemente su cabeza, porque estoy parado sobre sus hombros, que me sostienen.”

Lo mejor que se me ocurre decir de mi amigo Rolando y de los fundadores del ICL, expresando el sentir de los que creemos, sin actitud conservadora ni nihilista, en la continuidad de la historia, de la cultura, de los sistemas institucionales, y sin pretender comparaciones absurdas de ningún tipo, es que siempre pensé –y conmigo todos los compañeros que vinieron después– en lo que al libro cubano respecta, que estamos parados, entre otros muchos, sobre sus hombros.

Permítanme –qué mejor ocasión– compartir con ustedes algunas breves reflexiones que en otras oportunidades hemos debatido sobre el editor como gestor y promotor cultural.
El libro cubano, que ha protagonizado una épica gesta durante cuarentisiete años, constituye con legitimidad el orgullo y la razón de ser de todos los que hemos contribuido a su establecimiento como un valor constante, de plena verticalidad, en el espacio cultural de la nación. Es innegable que Cuba alcanzó un auge editorial sin precedentes y consiguió consolidar un experimentado sistema editorial que ha dado a la luz, para disfrute de toda la población, más de cincuenta mil títulos, cuya cantidad aproximada rebasa los mil millones de ejemplares. Ello significa, sin lugar a dudas, que el libro cubano representa uno de los valores cardinales en nuestro ámbito cultural. Y a su perfil y estabilidad ha contribuido decisivamente el editor, que entrega cada día lo mejor de sí mismo a la tarea de gestar, producir y promover libros.

Según mi apreciación, uno de los aspectos más complejos que tienen por delante todos los que, de un modo u otro, se dedican a la edición y difusión del libro, es lo relativo a los hábitos y las prácticas culturales de la población, especialmente de los jóvenes, así como al papel de la lectura en el contexto de esas prácticas.

El hecho cierto es que el ejercicio o disfrute de la lectura constituye un acto que presupone un esfuerzo intelectual sin equivalencia en las restantes actividades culturales; de igual modo que ningún otro medio es tan eficaz para forjar una cultura verdadera, debidamente interiorizada y sedimentada. Recordemos a Máximo Gorki, cuando comentó: “Todo lo bueno que hay en mí, se lo debo a los libros”. Sólo la lectura posibilita un diálogo íntimo, cordial y fecundo entre el pensamiento del autor y el lector. Unicamente la lectura nos hace contemporáneos de todos los seres humanos y los ciudadanos de todos los países. No sin razón, San Agustín, con su proverbial misticismo, dijo: “Cuando oramos, hablamos con Dios; mas cuando leemos, es Dios quien habla con nosotros.”

No se trata, por supuesto, de declararle una guerra santa al cine, al video, a la radio, a la televisión, a los espectáculos musicales, al rock, medios y expresiones que, en general, ejercen una mayor influencia que el libro. De lo que se trata es de lograr, en conjunción con la escuela, la familia y estos propios medios masivos de comunicación, que la lectura ocupe el trascendental espacio que le corresponde en la cultura y en la sociedad.

En efecto, “al principio fue el escritor”, pero este sólo logró evidencia e influencia palpable a partir del instante en que apareció el libro en letra de imprenta y, con él, en medio y como consecuencia del auge de la empresa capialista, el editor, para convertirse, junto al primero, en figuras claves del panorama cultural.

Máximo responsable cultural, moral, político e ideológico del libro, el editor es una personalidad que asume un indisoluble compromiso, mediante su gestión, al convertir el hecho individual, aunque profundamente social, que supone el manuscrito de un autor, en un hecho colectivo: el libro en sí, dirigido no sólo al potencial de lectores previsto para cada tirada, sino, implícitamente, capaz de llegar a toda la humanidad. Ese comunicador social de primera línea que es el editor representa, en su doble alcance hacia los creadores –los autores–, en una dirección, y hacia los lectores, en la otra, un auténtico movilizador de las capacidades humanas. De su talento, flexibilidad, responsabilidad moral y su ascendente especialización dependen en grado sumo la dinámica de la obra cultural impresa y la concreción efectiva de los propósitos culturales en los que se sustenta la política editorial que anima su empeño.

El editor es ese especialista que debe ser capaz de elegir y poner en circulación la mejor producción literaria o científica, la más necesaria y actualizada, el mejor texto de consulta o el manual indispensable y, para ello, posee el privilegio y la posibilidad de seleccionar previamente cada una de las obras. Y, lo que es más, de dotarlas en el aspecto cualitativo de todo lo pertinente para su perfeccionamiento y utilidad.

El editor es el primer crítico del autor en el enjuiciamiento de su manuscrito y en un posible trabajo que proporcionará a la obra un máximo de sustancia y calidad.

Todo empeño cultural valedero y perdurable es irrealizable desde un enfoque personalista. Lo hecho y alcanzado en la esfera del libro cubano, en todas las épocas, constituye el fruto mejor de un propósito colectivo, institucional, de una política editorial y, por tanto, resultado de muchos cerebros, corazones y voluntades mancomunadas.

Han sido enormes las experiencias, los momentos notables, las anécdotas inolvidables de estos años, que, por supuesto, no pretendo reseñar abusando de la amistad y la paciencia de ustedes. Baste decir que un editor, en cualquier región de este mundo, se sentiría plenamente realizado, como yo me siento en el día de hoy frente a este auditorio de amigos y compañeros, tanto por el premio que se me otorga como por las satisfacciones que logré obtener de forma permanente en el ejercicio y desenvolvimiento de mi labor y en los momentos cruciales del movimiento editorial cubano desde 1969 hasta hoy.

Cómo olvidar la Editorial Arte y Literatura y sus logros al publicar lo mejor de la literatura universal, incluyendo a los desconocidos escritores de Asia y Africa, muchas de cuyas obras fueron traducidas allí por primera vez al español; a la Editorial Letras Cubanas, que en lo personal equivalió a construir un proyecto cultural de ineludible importancia desde los cimientos mismos. Su existencia representó un apoyo esencial al movimiento literario e intelectual cubano, que tuvo en esa editorial –entre otros factores– un soporte medular; el privilegio de trabajar, conversar, discutir y aprender de figuras capitales de la cultura, la ciencia y el pensamiento cubanos y también de otros países, de la segunda mitad del siglo XX; la publicación de los primeros libros de muchos de los principales escritores actuales, que a fines de los sesenta y principios de los setenta eran muy jóvenes y hoy forman parte de la historia de nuestra literatura; haber contribuido a la creación del sistema editorial y comercial del libro cubano, sustentado en una política editorial coherente, de profundo aliento cultural, patriótico y revolucionario; participar en la refundación, a partir de mediados de los ochenta, del Instituto Cubano del Libro, adecuándolo a las nuevas circunstancias culturales, económicas y organizativas.
Hoy siento con agrado que el esfuerzo emprendido por quienes tuvimos que ver con ese proceso no fue en vano y sirvió para respaldar el sistema educacional del país, promover miles y miles de lectores, estimular el movimiento literario nacional, crear una red de librerías y apoyar la red de bibliotecas. Recuerdo también hoy el establecimiento y consolidación de la Feria Internacional del Libro de La Habana y el sistema de concursos y premios como reconocimiento y estímulo a la creación intelectual, así como la fundación de un conjunto de pequeñas editoriales en provincias como factores claves que dieran respuesta a los requerimientos literarios esenciales de cada región.

Fue igualmente importante resistir los momentos más críticos del período especial: sin papel, tinta, planchas, divisas, esquemas, ni poligrafías propias, y comenzar el proceso de despegue gradual, a partir de nuevas concepciones editoriales y económicas; experimentar la solidaridad de los amigos en el exterior –argentinos, mexicanos, venezolanos, colombianos y españoles, entre otros–; ser testigo de la instauración de los esquemas, el apoyo del Fondo de la Cultura, las coediciones y, sobre todo, del ejercicio de voluntad de no dejarnos aplastar por la realidad. Ha sido también extraordinario compartir durante todos estos años con personas excepcionales: editores –entre los que se encuentran compañeros que ostentan el Premio Nacional de Edición–, diseñadores, correctores e ilustradores, profesionales excelentes, dedicados y trabajadores, a pesar de la ingratitud y el anonimato de esta profesión.

Hoy trabajo en la esfera del cine, como inmediatamente antes, durante diez años, lo hice en el ámbito de la investigación científica de la cultura, en un centro cuya experiencia en edición fue excepcional, no porque haya sido mi última actividad editorial, sino por lo que significó para mí, y modestamente diría que también porque es una referencia para la cultura cubana. Ese fue un período muy aleccionador y estimulante, en el que pude hacer una labor directa como editor, en el sentido de construir libros, discutir proyectos, concebir un programa de ediciones que constituyó un logro sin dudas importante, no sólo por el resultado en sí mismo, sino además porque era un área de la actividad editorial casi no tratada, estrechamente asociada a la investigación, la cultura y el pensamiento social cubanos.

Tuve, por supuesto, otras experiencias laborales y profesionales en mi primera juventud, antes de comenzar en el Instituto Cubano del Libro en 1969: contador, económico, administrador en una empresa del Ministerio de Industrias, dirigente del Partido en Madruga y de la Juventud Comunista en el regional Mayabeque, inspector provincial y subdirector regional de Educación en la antigua provincia de La Habana; el resto es la historia que ya ustedes conocen.

Todas las responsabilidades políticas, laborales y profesionales que he desempeñado han tenido una significación personal notable. No puedo negar, sin embargo, que si hipotéticamente existiera la máquina del tiempo y pudiera retornar al pasado para comenzar de nuevo, comenzaría, sin pensarlo dos veces, como editor. Es por esa identificación profunda y plena con el universo editorial por lo que siempre digo, cuando me preguntan, que mi profesión es editor. Me enorgullezco de ello y de proclamar a los cuatro vientos que formo parte del gremio de los editores cubanos, por sus múltiples virtudes, noblezas, bondades y sustanciales aportes a la cultura nacional.

Por gratitud elemental, en un día como hoy, no puedo dejar de mencionar el impulso esencial y el apoyo permanente de Fidel al libro cubano. No debemos olvidar tampoco la labor genitora de hombres como Alejo Carpentier y Herminio Almendros.

Este premio, que fue una grata sorpresa, en tanto expresa que mi labor personal dedicada durante treintiocho años a los libros y a la cultura de mi país ha tenido algún mérito, me emociona, me conmueve y me regocija en lo más hondo de mi ser.

Muchas gracias

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