Palabras inaugurales de la XX Feria Internacional del Libro en Villa Clara

Isaily Pérez

Recuerdo con cierta emoción mi primera Feria. No era el evento internacional que es hoy, sino una modesta aunque excelente feria de provincia. No conservo memoria de si se hacían presentaciones o lecturas porque era mucho más joven que ahora y no sospechaba que el libro llevara más presentación que su cubierta ni más lectura que la que hacía el lector en total intimidad.
Cuando Octavio Paz dice en su bellísima frase que cada poema es único y cada lector busca algo en el poema que no es insólito que encuentre, pues ya lo llevaba dentro, no puedo menos que conmoverme pues lo pienso exactamente así. De otra manera lo expresa Virginia Woolf en una de sus memorables novelas: “La literatura es una transacción secreta, una voz intentando responder a otra voz”. Más o menos esto era lo que yo sentía hacia finales de la década de los ochenta e inicio de los noventa cuando me acercaba a las mesas donde exhibían los libros de aquellas sencillas pero bien recibidas ferias. Cuando sobrevino la crisis y prácticamente ni las grandes editoriales nacionales producían libros, leí en 1992 el poemario Expediente del asesino —segundo título publicado por la editorial villaclareña Capiro—, y sentí algo que no intentaré explicar, y si algún día lo hago tendrá que ser en versos. Los poemas de Frank Abel Dopico eran más que hermosos textos: eran una voz (la suya) intentando responder a mi voz. Es importante para entender esta historia decirles que en toda mi vida no creo haber hablado una sola palabra con Dopico y, sin embargo, conversamos largamente en el difícil año de 1992.
Debo haber sido dichosa en el primer quinquenio de los 90. La ventana de mi habitación quedaba a escasos metros del balcón de Leonardo García y él, que en ese entonces ya era un ser bellísimo, todavía no era el rotundo trovador que es hoy. Pero cantaba el repertorio de Pablo y Silvio hasta bien entrada la noche. Menciono esto porque cantautores como Pablo, Silvio, y Leonardo García no son solamente músicos sino encomiables poetas. Así que este otro diálogo es mucho más interesante porque se establecía entre el poeta que aún no era Leonardo y la que todavía no era yo. Me remito a la frase de Octavio Paz citada antes: lo que se busca en la poesía no es insólito que se encuentre pues ya se lleva dentro. No por gusto la palabra cultura en su raíz latina significa: “cultivar, mejorar, velar sobre alguien o algo”. Silvio y Pablo velaban sobre nosotros y nosotros nos hacíamos mejores incluso en las noches en que era imposible leer.
Si por esa misma época entendí de modo inolvidable la Revolución de Haití, suceso al que también se dedica esta Feria, no fue por un historiador sino por la obra ya universal de un novelista. Obviamente me refiero a Alejo Carpentier. El reino de este mundo, texto que aún se estudia en duodécimo grado, tiene la virtud de no reducirse a explicar la sorprendente revolución que protagonizaron los negros haitianos; más que esto nos devela cómo somos los seres humanos y qué pretendemos en nuestra estancia sobre la tierra. Y luego de ello no puedo evitar la línea argumental que me lleva a Fernando Martínez Heredia, quien no es propiamente un novelista sino un filósofo. Martínez Heredia, a quien con mucha justeza se dedica este evento, el más grande que se realiza en Cuba, ha aportado grandemente a la historia, la politología, y el pensamiento revolucionario nacional. Ya no tengo la cercanía de un balcón que me permita escuchar la trova, pero últimamente me ha iluminado otras oscuridades no menos densas la obra luminosa de Martínez Heredia, quien en 1966 afirmó que el marxismo leninismo debía colocarse a la altura de la Revolución cubana.
En 2011 se cumple el cincuenta aniversario de uno de los sucesos más grandes de nuestra historia, y, de haber podido elegir, yo le habría dedicado esta Feria a la Campaña de Alfabetización. A la contundente imagen de un campesino firmando con la huella de su pulgar se opuso en nuestro imaginario simbólico el rostro de un adolescente enseñando al campesino las primeras letras. El mismo farol chino que acompañó a los brigadistas fue el que se prendió en nuestras casas durante las difíciles noches del período especial.

No obstante, a pesar de encontrarnos en un país libre de analfabetismo que muestra un escenario cultural superior al de décadas pasadas, puede aseverarse que no solo Cuba, sino el mundo, entero está evidenciando un significativo decrecimiento en los índices de lectura. ¿Entiende la mayoría de nuestros jóvenes que leer es mucho más que juntar las letras que forman las palabras? ¿Leen o alguna vez leerán a Carpentier? ¿Leen más allá de lo que obliga una determinada asignatura? ¿Leen creativamente? ¿Saben que los referentes que aporta la literatura son imprescindibles para interpretar cualquier otro texto, dígase una película, una pieza de teatro, una canción e incluso una obra de la plástica?
Es alarmante que cada vez se lea menos y el libro se vea sustituido no por soportes mejores, sino por TV chatarra y videojuegos, por solo citar dos elocuentes ejemplos. Es importante destacar que en nuestro país tenemos más posibilidades de hacer frente a esta tendencia que un grupo de naciones que no tienen en sus planes políticos ni culturales ni educacionales hacer resistencia a lo que se ha llamado “modelos banalizadores”. Tengamos por cierto que la entronización de estos modelos es parte de un plan muy bien calculado: es el caballo de Troya en cuyo vientre aguarda el capitalismo a que la noche caiga sobre nuestros pueblos.
Hagamos uso entonces de los valores que nos adornan y que Martínez Heredia enumeró brillantemente: la extraordinaria acumulación cultural que posee el país, los altísimos niveles de instrucción general y especializada, la necesidad y el interés de consumir productos culturales de la mayoría de la población, la insólita riqueza de las artes y la capacidad de comunicarnos con otras culturas del mundo. Hagamos, pues, causa común con otro de los grandes acontecimientos a que se dedica la Feria: la primera declaración de la abolición de la esclavitud. Ya rompimos los grilletes visibles, pero el escenario de la esclavitud cambió sus formas y nos encontramos en las puertas de otra esclavitud. Una esclavitud más sutil, porque se plantea desde la cultura y pretende que aceptemos por buenos los valores y el modo de vida capitalistas. Una esclavitud que igual pretende “eliminar nuestras rebeldías e igualar nuestros sueños”.
El libro necesita con urgencia recuperar a sus lectores. No conozco las fórmulas que ayudarían en otros contextos, pero en el país que vivimos se impone dinamizar las condiciones que permitirían un mayor diálogo con la literatura universal; diálogo que quedó trunco en buena medida cuando en la década de los sesenta se dejó de importar libros por el alto costo de los derechos de autor.
Cuando Roberto Fernández Retamar fue al encuentro de Borges para persuadirlo de publicar su obra en Cuba le advirtió que no tenía dinero para pagar sus derechos, y Borges le respondió que no era el dinero lo que le interesaba. Retamar había llegado a la casa de Borges y María Kodama precedido por la aureola de Casa de las Américas y un número de su revista bajo el brazo. Le propuso en lugar de dinero enviarle cuadros y libros antiguos que nunca mandó, pues Borges murió poco tiempo después. Menciono esta anécdota porque el ejemplo de Retamar me parece más que elocuente. Con este gesto memorable y sin tener que erogar las divisas que no teníamos obtuvo para los ávidos lectores cubanos la obra inmortal de Borges, una obra que simplemente no tiene precio.
En este mismo orden de cosas, no me da miedo ser considerada herética por pensar que todos los lectores no tienen el suficiente entrenamiento o competencia intelectual para comprender lo que se considera “alta literatura”. Debemos desplazar la mira también hacia el lector común, ese que si no encuentra los libros o revistas que estén a tono con sus necesidades y capacidades sencilla-mente no podrá leer.
Pudiéramos estar argumentando toda la noche sobre el libro y la lectura pero los espacios de promoción y debate de la vigésima Feria Internacional del Libro, un “proyecto cultural sólido, ecuménico y esencialmente popular”, como ha dicho Zuleika Romay, quedan oficialmente reabiertos a partir de esta noche y hasta el próximo domingo. Permítanme valerme para el cierre de esta fra-se tan solemne. Estamos en Santa Clara, capital cultural, ciudad de escritores y artistas, ciudad letrada, donde no se pide permiso para hacer y nada nunca cierra.

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