Un cacique kolla en La Habana Entrevista a Agustín Fernández, “El Bocha”

Mario Castillo

No conocí a Agustín Fernández por pura casualidad, sino por una causalidad muy profunda. Desde que nos presentaron en un pabellón de la Feria del Libro de La Habana, reconocimos una energía, un lenguaje y unas motivaciones existenciales comunes. Agustín Fernández, “Don Bocha”, como se le conoce en las comunidades indígenas del norte argentino, forma parte de un nutrido grupo de compañeros, referentes nacionales y regionales del campo popular, que retoman la pulseada histórica por construir otra Argentina.
El diálogo que comenzamos aquella fría tarde de febrero culminó tres semanas después, luego de largas madrugadas en las que analizamos nuestras sociedades, nuestras vidas, sus inmensas diferencias y sus inquietantes similitudes. Cuando llegó el momento de la despedida, comprendimos que algo grande había cambiado nuestra perspectiva.
Pero no sólo a “dar muela” vino a Cuba este indio terco. Llegó con el firme propósito de crear un vínculo de comunicación y entendimiento entre niños indígenas del norte argentino y los pioneros cubanos, a través de un libro único en la historia editorial y docente argentina, Te contamos de nosotros. Por vía de los dibujos y los relatos infantiles, el libro da cuenta del testimonio y la vitalidad de los pueblos originarios de esa sociedad, luego de decenios de exterminio e invisibilización en el marco del Estado nacional argentino.
El intercambio se produjo con los niños y niñas de la escuela primaria Enrique Hart, en el humilde barrio de Coco Solo, Marianao, en Ciudad de La Habana, que con mucho entusiamo enviaron a los niños indígenas de la provincia de Salta cartas y dibujos sobre su vida en Cuba socialista.
La actividad fue seguida por un equipo de jóvenes periodistas de Telesur, que tranmitió un hermoso reportaje a varios países del continente que, lamentablemente, la televisión cubana no trasmitió en su selección diaria “Lo mejor de Telesur”.
Te contamos de nosotros fue escrito por Agustín y sus compañeros de la organización de derechos humanos Cháguar, entre los que se destaca especialmente la maestra salteña Soledad Romero por su sostenido y abnegado trabajo docente. El libro constituye un paso de afianzamiento en el trabajo de construcción y articulacion sociocultural y política de Agustín, que ya había realizado el documental Diablo, familia y propiedad (1999), en el que se analiza la relación histórica entre la política de terrorismo de Estado implementada por la última dictadura militar argentina (1976-1982) y las prácticas de terrorismo y exterminio indígena llevadas a cabo durante siglos por las oligarquías de ese país. El filme intenta, además, explorar los imaginarios indígenas que permitieron que, a pesar de la derrota militar, los indígenas no fueran vencidos moralmente.1
Agustín Fernandez, “Don Bocha”, hijo y representante de los pueblos indígenas del norte argentino, forma parte de un nutrido grupo de compañeros, referentes nacionales y regionales del campo popular, que retoman la pulseada histórica por construir otra Argentina. Entre esos referentes se incluyen nombres como Hebe de Bonafini, de las Madres de la Plaza de Mayo; “El Perro” Santillán, líder popular de la combativa provincia de Jujuy, cuna de los movimientos piqueteros; el asesinado Pocho Lepratti, referente en la recuperación comunitaria de las villas miseria de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe; o un nombre como Zanón, santo y seña de una de las experiencias más sólidas de recuperación productiva sobre bases autogestionarias y obreras en la legendaria provincia de Neuquén.
Todos ellos demuestran que frente a la crisis del capitalismo y los socialismos estatales hay una alternativa en la autogestión obrera y comunitaria. A todos, ¡Hasta la victoria siempre!

¿Como se define a sí mismo Agustín Fernández “El Bocha”?

Cuando me hacen esta pregunta, la primera respuesta que me viene a la mente es que soy un activista político, pero en ciertos contextos puede parecer medio fuerte, así que simplemente digo un militante, un trabajador social que brega por la promoción y la defensa de los derechos humanos.

¿Qué experiencias te condujeron a concebirte así?

Visualizo al activista como un francotirador, que está ahí, fuera de las instituciones, en el campo popular; que trabaja en la conciencia de la gente con conceptos y valores que han llegado a nuestras manos y que tratamos de compartir en el marco de una experiencia. En ese contexto hubo actividades que me marcaron mucho, actividades con los sectores populares, en los asentamientos, en las ocupaciones de terrenos ociosos en manos privadas, en una relación muy tensa y profunda con esas personas, con actitudes de reciprocidad de ellos hacia mí, hacia aquel sujeto que les decía que los derechos que ellos intentaban reivindicar –el derecho a un techo, salubridad, energía eléctrica– eran legítimos, aunque fueran ilegales. Esa actitud de compartir conceptos, ese discernir acerca del campo de la legalidad y la legitimidad provocaba en ellos una actitud muy diferente, una dignidad que ya estaba ahí y que me reforzaba la idea del compromiso de trabajar sobre la conciencia de la gente, en el sentido de acercarles conceptos que debemos tener para sostener nuestras conductas.
Estamos hablando de trabajar con las comunidades indígenas, que en la provincia de Salta, la región de donde yo vengo, representan casi el 50% del total de las culturas indígenas que quedan en mi país. Nueve culturas indígenas. En esa relación que data de varias décadas, como ya dije, hay una reciprocidad, una suerte de reconocimiento acerca de la legitimidad de compartir esos conceptos.

En la portada de Te contamos de nosotros se aclara que este es un libro de chicos para chicos. ¿Qué lugar ocupa el libro en esa trayectoria tuya? ¿Qué papel desempeña en tu proyecto de vida militante?

Los niños son la expresión de futuro de cualquier sociedad, y si ellos cuentan con la posibilidad, la oportunidad, de tener es sus manos un concepto, una herramienta, un valor, sería mucho más promisorio el futuro. En ese sentido, me refiero a una herramienta que divulgue los hechos que la historia oficial argentina ha negado deliberadamente, que los popularice y acerque al resto del mundo infantil de mi sociedad, para que en algún momento podamos reconocernos como sujetos de derecho, sin que haya excluidos, ni guetos, ni barrios privados. En mi sociedad hay muchos barrios privados, que son los barrios de los grandes burgueses, hay guardia personal y la entrada es casi inaccesible. Pero también hay otros barrios privados. Privados de agua potable, privados de cloacas, privados de energía eléctrica y de una mínima calidad de vida. En una sociedad que observa unas contradicciones tan evidentes, intentamos trabajar sobre la conciencia infantil, acercarle algunas herramientas de discernimiento que estimulen la motivación de los niños, para que cuando sean adultos utilicen ese aporte y lo trasmitan a la próxima generación. Eso sería una pequeña contribución, como decía el comandante Guevara, a que el futuro se vuelva más cercano y más hermoso.

¿Qué efectos ha tenido el libro en los niños aborígenes de tu provincia y en el sistema de educación nacional? ¿Dónde logró insertarse?

El efecto ha sido sumamente positivo. Cuando los niños no indígenas conocieron de la existencia de los niños indígenas, tuvieron una conmoción muy fuerte, que han expresado en las cartas a los niños indígenas. Emocionados de conocer que todavía hay “indios”, y que, como ellos, van a la escuela y comparten el mismo nivel de escolaridad. Aunque la geografía sea diferente, de alta montaña, selvática o de la ciudad, la niñez de mi país está escolarizada y va a los mismos niveles. Y cuando el niño indígena conoce de ese sentimiento reafirma su identidad y eleva mucho su autoestima. Así que por los dos lados, el balance entre los dos grupos metas de este proyecto da superávit, y, en ese sentido, el objetivo se ha cumplido bien, satisfactoriamente.

Este libro forma parte de un contexto de transformación institucional y jurídica de las sociedades latinoamericanas que tiene lugar a partir de la década de los noventa, y de implementación de proyectos neoliberales en los que, paradójicamente, emerge como nunca antes en la historia de América de los siglos XIX y XX la figura de los pueblos originarios. En el caso de Argentina, ese proceso de cambio transita, al menos escrituralmente, entre la Constitución de 1853 y la Constitución de 1994. ¿Qué elementos de cambio y continuidad percibes en estos dos documentos de la historia sociopolítica argentina? ¿Qué ha cambiado y que permanece intacto en Argentina respecto a la problemática de los pueblos originarios?

La Constitución de 1853, que funda el Estado nacional argentino, sólo hace una mención, en un artículo sobre las atribuciones del Congreso, a la existencia de los pueblos indígenas. Dice allí textualmente: “Será atribución del Congreso Nacional mantener la paz con los indios y convertirlos al catolicismo”. Ciento cuarentiún años después, en 1994, cuando Carlos Saúl Menem, el inquilino de turno de la Casa Rosada, borracho de poder, decide atornillarse en el sillón del poder ejecutivo, hace un contubernio (el llamado Pacto de Los Olivos) con el jefe del “partido opositor”, Raúl Alfonsín. Entonces se reparten las prebendas del Estado, llaman a una comisión constituyente y reforman la Constitución para posibilitar la relección del poder ejecutivo, impedida por la Constitución anterior. En ese contexto, los pueblos indígenas nos reunimos y enviamos representantes a Santa Fe, lugar donde sesionaba la Convención Constituyente, y estos poco menos que les imponen a los delegados a la Convención la incorporación de los derechos de los pueblos indígenas en el nuevo texto reformado. Así que en 1994, en el artículo 75, inciso 17, se reconoce ante el Estado nacional la prexistencia de los pueblos indígenas y se enumeran sus derechos. No obstante, pienso que este reconocimiento no vino de una lectura crítica de la sociedad argentina acerca de las históricas relaciones que mantuvo con los pueblos indígenas. El reconocimiento sólo llegó porque estaban reunidos los convencionales y allá fuimos los “indios tercos” a ver si nos reconocían.
El ultimo día del invierno de 1983, una multitud que se calcula en cerca de un millón de personas se acercó a la Casa Rosada para entregarle al presidente democrático-posdictadura, Raúl Alfonsín, el informe de la CONADEP (Comisión Nacional de Desaparición de Personas) que se tituló Nunca más. Queríamos que nunca más en la sociedad de los argentinos hubiera desparecidos, terrorismo de estado, etc. La Comisión estaba presidida por un grupo de intelectuales, esos intelectuales gatopardistas que en un momento están con el dictador y en otro con los gobiernos democráticos, como Ernesto Sábato, que nunca hizo una crítica acerca de los elogios que le prodigaba la dictadura militar. Aquella multitud ignoraba que en la sociedad de los argentinos aún continuaran algunos grupos fuera del imaginario colectivo. Estamos nosotros, los indígenas desaparecidos, que no tenemos entidad en el imaginario ni en la memoria histórica de la nación.
Te contamos de nosotros habla de nuestra vitalidad, y es el aporte que hago como indígena y militante junto a mis compañeros de Cháguar, un organismo no gubernamental de derechos humanos. Allí nos acompañan como socios honorarios algunos intelectuales y músicos populares como Eduardo Galeano, Osvaldo Bayer, Beinusz Szmukler, Gustavo Cordera, el grupo A.N.I.M.A.L, entre otros. Intentamos conjurar esa situación en la que seguimos desaparecidos e invisibilizados los indígenas en Argentina, ante la cercanía del quinientos aniversario del llamado “descubrimiento” de América y del premio Nóbel de la Paz a Rigoberta Menchú, una luchadora indígena guatemalteca de la nacionalidad quiché.
El papa mismo dice “bueno, perdón, perdón” por los aproximadamente ciento veinte millones de aborígenes masacrados aquí en América, explotados vilmente para contribuir al desarrollo de Europa mediante el despojo de nuestros recursos naturales; por los cincuenta millones de africanos esclavizados que se trajeron a América y que fundaron con su cultura la identidad de las sociedades latinoamericanas en muchos aspectos ideológicos y culturales. Decía que el papa intentó remediar, pero nosotros como ONG intentamos aportar herramientas para capitalizar lo que venía produciéndose desde hace algunas décadas: una suerte de nuevo tiempo en el que nuestra vitalidad empieza a visibilizarse y aparecer. Y pasó en Ecuador cuando la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) descendió de las montañas, derrocó al presidente y volvió luego a las montañas. En la Bolivia de hoy, Evo Morales es un kolla como yo. Chávez es un mestizo, uno lo ve y se da cuenta de que sus raíces se hunden en América y de que los pueblos indígenas nunca hemos remplazado nuestros paradigmas culturales con los del capitalismo.
Hemos mantenido nuestra identidad cultural. Felizmente, no hemos sido permeables a ese bombardeo ideológico para ser consumistas, hedonistas. Nuestros valores se sustentan en la solidaridad como estrategia de supervivencia y por eso logramos sobrevivir: siempre lo digo, vamos a sobrevivir colectiva y no individualmente. Todo lo que hemos vivido es favorable a que podamos en algún momento construir esa nación que buscaban Martí, Bolívar, Miranda, Artigas, San Martín, los próceres criollos y nuestros Tupac Amarú, Caupolicán, Nacayá, Taicolú. Una sociedad sin excluidos, sin otros, sin alteridad, en la que no tengamos nosotros que hablar del límite de la alteridad. Dicen los compañeros hermanos allá en Chiapas que se han tenido que enmascarar para que la gente los pueda ver. Nosotros debemos visibilizarnos: es como un imperativo histórico, moral. Lo impone la historia. Debemos recoger el guante y levantar las banderas, que deben ser firmes.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de una violencia histórica estatal en Argentina contra los pueblos originarios?

Ha sido una relación muy brutal. El terrorismo de estado se implementó contra los pueblos indígenas desde el comienzo. Cuando se funda el Estado nacional se pagaba por orejas el exterminio de los habitantes de la pampa húmeda. Luego, cuando se veía que había indios sin oreja y se comprendía que se dejaban cortar las orejas a condición de que los dejaran vivos, el Estado nacional comenzó a pagar por testículos cortados, con tal de garantizar que no se reprodujeran o que cuando se los amputaran se murieran. Ha sido muy cruel la relación que ha mantenido el Estado argentino con los pueblos indígenas y con los pueblos negros que vinieron de Africa. En los primeros años del siglo XIX, que desembocaron en el grito de libertad del 25 de mayo de 1810, la población negra era muy importante, alcanzaba un porcentaje que era casi de un 30%. Cuando se instala un concepto europeizante en las elites de poder del antiguo virreinato del Río de la Plata, que se nombra al país Argentina, del latín argentum, el sujeto que debía poblar esos territorios debía tener el fenotipo de piel clara, cabellos claros y ojos claros, así que todos los sujetos que no se correspondían con ese modelo debían ser exterminados. Ese fue el caso de los negros. Fueron la carne de cañón de las guerras fraticidas con el Paraguay y las guerras internas que condujeron a la formación del territorio nacional. También fue el caso de los pueblos indios de las culturas pámpidas, ubicadas en los territorios actuales de la capital federal y la provincia de Buenos Aires, que fueron desaparecidos sistemática, metódica y ferozmente. Cuando se instala en el gobierno nacional Julio Argentino Roca, el hombre que había dirigido la conquista de la pampa húmeda en 1876, le encarga a su ministro de guerra, Benjamín Victorica, la conquista del Chaco, una región al noroeste y noreste del país, en la zona fronteriza con Bolivia y Paraguay, que aún estaba en poder de los pueblos indígenas. Se desarrolla una acción punitiva con la tecnología del momento y se conquista militarmente el Chaco, pero no se extermina a las poblaciones indígenas. A partir de ese momento, son utilizadas como mano de obra esclava en las haciendas que se instalaron como pilares de las economías regionales: los ingenios azucareros, las plantaciones de algodón, las explotaciones de la excelente madera del quebracho y de la hierba mate. Así que infinidad de culturas fueron sometidas a la esclavitud con el fin de utilizar a sus miembros como braceros y desarrollar las nuevas oligarquías regionales que se fueron consolidando.
Mocovíes, pilagás, tonocotés, wichís, chorotes, churupíes, tobas, kollas, aymarás, guaraníes, tupí-guaraníes, infinidad de culturas fueron esclavizadas, y hay una leyenda muy hermosa, la leyenda del familiar, que es un hilo central de nuestra película Diablo, familia y propiedad, que aborda la manera en que se construye una contraleyenda, en este caso con el propósito de conjurar el mito que crearon los grandes terratenientes de que el diablo vivía en los sótanos de los ingenios azucareros y salía todas las noches a llevarse a los indios rebeldes y levantiscos de las plantaciones.
En esa contraleyenda que se representa en la película, un cacique indígena se enfrenta toda la noche al diablo y sus poderes de fuego y azufre, y logra arrancarle una oreja. En la mañana se presenta en la oficina del terrateniente y ve que allí sentado en la oficina lo acompaña un hombre gordo y pelirrojo que tiene en la oreja una venda, como si recientemente se la hubieran cortado. La construcción de esa leyenda muestra que fuimos derrotados militarmente, pero no cultural ni moralmente. Esa leyenda nos permitió sobrevivir; por eso mantenemos aún nuestra identidad cultural y nuestra vitalidad.
Las culturas patagónicas del sur no fueron la excepción, porque fueron exterminadas por las haciendas británicas que explotaban el ganado lanar y llevaban las materias primas a sus hilanderías para luego invadir con sus productos el mercado mundial. El aborigen que vivía en la Patagonia no conocía de alambradas ni de límites a su territorio de caza. Ellos vivían de una liebre patagónica muy grande que se llama mara y de una oveja pequeña. Con la llegada de los ingleses siguieron cazando las ovejas que veían en el que había sido su territorio, y esto provocó que los ingleses los cazaran a ellos. Contrataron cazadores de hombres, y así desaparecieron las culturas de los onas, los celnan, los alacanufes, los yámanas. Los mapuches araucanos lograron sobrevivir y tienen una serie de disputas por los títulos de propiedad de la tierra, que están en manos de Bennetton, el mayor hacendado argentino en estos momentos, con millones de cabezas de ganado lanar. El lleva la lana a sus hilanderías en Italia y la vende en el resto del mundo.
Este ha sido un paneo muy general sobre la relación del Estado argentino con las poblaciones indígenas. En nuestros días se ha producido un punto de inflexión en esa relación histórica. El mérito es del gobierno de Néstor Kirchner y de Daniel Filmus, su ministro de educación. El esfuerzo lo puso nuestra organización, mis esforzados y comprometidos compañeros y compañeras, esforzados docentes que están en estos momentos comprometidos en una seria lucha con el gobernador de mi provincia, que ha sido candidato a vicepresidente de Menem, que es un tiranuelo, un kolla desclasado. Dicen los medios de información de Argentina que el origen de su fortuna fue una relación con el narcotráfico que data de su padre.
En estos momentos, los docentes de mi provincia reivindican una mejor calidad educativa frente al poder provincial de Romero, que el primero de abril del 2005 reprimió ferozmente, con balas de goma y palos, a unas maestras que acampaban en la plaza central de la capital de Salta. La policía les desprendió del cráneo sus cueros cabelludos, y muchas de ellas tuvieron que ser hospitalizadas. Este libro forma parte de esas luchas.

Como parte de la historia trágica de los pueblos originarios en el seno del Estado argentino está el tema de la manera en que se ha constituido la izquierda y la cultura de izquierda en Argentina y casi todo el continente, y la relación tensa y compleja de esa izquierda con las cosmovisiones e identidades indígenas, el desencuentro histórico que se ha producido entre estos dos mundos. ¿Cuánto ha afectado a la izquierda argentina y americana en general ese desconocimiento de las culturas de los pueblos originarios?

Para mí resulta incomprensible, lamentable, ese desconocimiento. Es una cuestión cultural el hecho de que la izquierda y el campo popular hayan sido víctimas de la negación histórica de la cultura oficial y que, al mismo tiempo, hayan desaparecido de su imaginario los sujetos con los que deben trabajar. Y me parece muy simbólica y emblemática, siempre lo cuento, la experiencia del comandante Guevara cuando llega a Bolivia. En teoría, lo esperaba allí una alianza con el Partido Comunista Boliviano y su líder Mario Monje, quien pretendió erigirse en jefe del movimiento guerrillero. Lo que debió haber hecho el PC boliviano fue conocer la diversidad cultural presente en Bolivia, y, en especial, en el territorio donde el Che iba a actuar. Ese era un dato que se le debía haber facilitado al comandante, pero no lo tuvo, desafortunadamente no lo tuvo. En su diario escribió: “Hoy comenzamos a hablar el quechua para comunicarnos con los nativos”. Lamentablemente, el quechua es el idioma de los kollas, gente que vive en las montañas. El comandante estaba en territorio guaraní. La quebrada donde lo emboscan y capturan finalmente se llama Ñancahuasú, que es una palabra guaraní que quiere decir “quebrada grande”. El comandante no sabía que se encontraba en territorio guaraní, y que podía relacionarse con los guaraníes y su leyenda fundacional.2 Los guaraníes protagonizaron el movimiento religioso migratorio más grande de América; en sucesivas migraciones fueron desde la selva amazónica hasta lo que hoy es el norte de Argentina, en busca del ibi maranii, que quiere decir “la tierra sin mal”. El comandante Guevara podía haberles dicho: “bueno, la tierra sin mal está acá, hay que luchar por ella”, y con su carisma podía haber incorporado a la lucha a miles de guaraníes. Sin embargo, a pesar de no contar con esa información, el Che nunca perdió de vista que la cultura y la identidad son formas de reconocimiento para los que participamos en el mismo grupo social, a la vez que somos testigos de la diversidad cultural presente. Casi toda la izquierda latinoamericana perdió eso de vista. Santucho, el jefe del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejercito Revolucionario Popular, era kolla y editó un periódico en Santiago del Estero, región donde todavía se habla el quechua, el quechua santiagueño que es parte de la región del Kollasuyu.3 No recuerdo cómo se llamaba el periódico, no recuerdo las siglas, pero era algo así como Frente Indoamericano para la Liberación. El editaba en quechua, para los quechuahablantes. Santucho es otro ejemplo de gente que no perdió de vista esa perspectiva, pero son pocos en la historia, al menos en la izquierda argentina.
Durante los años noventa comenzó a crecer con fuerza el movimiento Todos por la Patria, que finalmente fue infiltrado y emboscado en lo que se conoce como el ocupamiento del regimiento La Tablada. Ese movimiento se vinculó con las comunidades indígenas del norte. Yo conozco a un par de caciques generales que tuvieron contactos con la gente que luego pereció allí. Ellos advirtieron la diversidad cultural y trataron de entablar un vínculo, cosa que no han hecho otras organizaciones, partidos políticos muy formados políticamente, pero que no nos perciben culturalmente.
Durante las grandes movilizaciones del 2001, los trotskistas y otras organizaciones de izquierda ponían carteles en las calles que decían “¡Ni minga al FMI!”, algo así como que “ni mierda les vamos a dar”. ¿Y qué es minga? Minga es una palabra de origen quechua que designa una práctica ancestral colectiva de trabajo solidario y no remunerado de los hombres de una comunidad a favor de las mujeres que perdieron a sus esposos. La minga es una institución con una historia de profundo sentido comunitario dentro de las culturas aborígenes andinas y, sin embargo, en el español que se habla en buena parte de Suramérica el término se ha convertido en sinónimo de basura. Esto es simbólico de lo que venimos hablando.
Esa situación de desconocimiento está cambiando, hay una voluntad creciente de adentrarse y generar diálogo. En esa historia hubo un pensador, Mariátegui, que planteó el problema; el subcomandante Marcos lo plantea allá en las comunidades indígenas de Chiapas, en la selva Lacandona, pero fuera de ellos no hay muchas experiencias de que partidos u organizaciones políticas se acerquen a los grupos aborígenes que habitan mayoritariamente determinadas regiones.
Eso sí me parece incoherente desde el punto vista militante: no saber con quién vamos a trabajar. Pero hablamos de organizaciones que históricamente han sido víctimas de la propaganda de la historia oficial. Hay un viejo proverbio africano que dice que cuando las historias de caza sean contadas por los leones, estas dejarán de glorificar al cazador. Esperemos que ese momento llegue más temprano que tarde.

¿Qué papel desempeña en el proceso que contribuyes a impulsar la idea de traer el libro Te contamos de nosotros a una realidad tan distinta y lejana como la de Cuba?

La relación que se puede establecer y que quedó establecida con los talleres que hicimos con los pioneros es la de dos grupos que se encuentran en las antípodas: el sector social inferior de la escala, que es el sector indígena, y que toma contacto con los pioneros cubanos, los cuales están en el extremo opuesto en su sociedad. Esa relación es muy necesaria, es un imperativo histórico poder reconocernos los sujetos que conformamos la sociedad americana, para protegernos en esa diversidad. Siempre lo digo: en un ecosistema, la garantía de vitalidad y existencia parte de la diversidad biológica; cada individuo cumple una función que permite la supervivencia colectiva. En una sociedad, que por demás es multicultural y plurilingüe, la diversidad cultural y su reconocimiento garantizarán la supervivencia de nuestra espiritualidad humana. En el aspecto político, nos ayudará primero a conocernos para luego poder defendernos. Ese el objetivo de Te contamos de nosotros: que no haya ningún grupo de individuos que desde el límite de la alteridad tenga que decirle al resto de la colectividad, “che, te contamos de nosotros”.

¿Qué de positivo puede tener para la sociedad cubana entrar en contacto con esa América profunda que aquí también desconocemos?

Todos los elementos que nos ayuden a reconocernos nos permitirán desarrollar nuestro perfil. Allá en Argentina hay una organización que se llama H.I.J.O.S., que agrupa a la generación de los hijos de desaparecidos. Esas siglas significan: Hijos por la Identidad y la Justicia y contra el Olvido y el Silencio. Claro, esa generación necesita conocer qué fue lo que pasó cuando ellos eran bebés, cuando eran chicos; necesita construir su personalidad como adultos, sin fantasmas. El cuerpo social también necesita saber qué fue lo que pasó en sus comienzos para poder construir sin fantasmas su personalidad, y, en ese sentido, el conocimiento de nuestra historia es un elemento que permitirá construir una identidad cada vez más sólida, fuerte. Y si sirve para construir una sociedad con equidad y justicia, pues bienvenida sea.

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Notas:

1—La repercusión alcanzada por Diablo, familia y propiedad influyó en que el documental fuera selecionado para formar parte de la selecta muestra de cine argentino El siglo XX que supimos hacer, organizada por el Instituto Nacional de Cine de Argentina.
2—Otras fuentes indican que es muy dudoso que el Che no conociera el idioma que se hablaba en ese territorio, ya que en su tropa y entre sus colaboradores, había naturales del país. Lo que es más importante, el Che no se proponía permanecer en ese teatro de operaciones (N. de los E.)
3—Una de las cuatro áreas del Tahuantinsuyu, sistema regional administrativo del imperio incaico.

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