Vida y teología

Leonardo Boff

El jueves 11 de julio 1996, los participantes en el Tercer Taller de Formación Socioteológica, celebrado en el CMMLK del 1 al 21 de ese mes, tuvieron la experiencia de escuchar a Leonardo Boff y de ser así testigos excepcionales de una historia llena de amor por la Iglesia, el pueblo y la familia. Sus conflictos y angustias se presentaban ante nosotros en medio de penumbras, velas y relámpagos que eventualmente cruzaban el firmamento, lo que sin mucho esfuerzo podía ser tomado como una suerte de alegoría.
Leonardo Boff, uno de los iniciadores y protagonista destacado de la Teología de la Liberación, no necesita credenciales entre nosotros. Valga no obstante recordar que cursó estudios en Curitiba, Petrópolis y Munich –ciudad en la que se doctoró en Teología– y que ha publicado, entre otras obras, Jesucristo Liberador (1972), Teología de la Liberación y del Cautiverio (1976), Eclesiogénesis (1977), Iglesia, carisma y poder (1981), Una espiritualidad liberadora (1992), Ecología, mundialización y espiritualidad (1994) y Nueva era: la civilización planetaria (1995). Hostigado y silenciado por el Vaticano durante años, abandonó finalmente la orden franciscana en 1992. Hoy es profesor de ética de la Universidad de Río de Janeiro y acompaña desde su reflexión teológica a grupos e iglesias que luchan por la liberación en la América Latina.

Inicios de la Teología de la Liberación

Yo no me doy mucho valor como persona. Soy más bien ladrón de gallinas que teólogo, casi, pero me tocó vivir coyunturas de iglesias, y participar con otros que han movido los poderes eclesiásticos. Gustavo Gutiérrez, Enrique Dussel, Pablo Richard, Ronaldo Muñoz y otros, hicimos tanto, que en menos de una generación el Vaticano tuvo que reaccionar. Si fuimos castigados, es porque de cierta manera lo merecíamos, pues creamos situaciones complicadas para las instituciones eclesiásticas. No lo hicimos sin embargo en función de una moda, o porque nos pareció interesante. A todos nosotros –hay que decirlo con humildad– nos tocó el Espíritu; eso nos llevó a escuchar el grito de los oprimidos, la inmensa opresión de nuestros pueblos. La Teología de la Liberación nace de esa experiencia de Jesús, de tener compasión de esas masas hambrientas, como ovejas sin pastor. Si uno no capta eso, no capta la Teología de la Liberación.
Una vez me llamaron unos militares en Brasil –lo hicieron muy secretamente. Querían citarme para escuchar qué era la Teología de la Liberación de viva voz de un representante para saber qué tipo de represión emprender. Yo acepté. Empecé diciendo: “si ustedes no tienen compasión, les hablo como un budista, no como cristiano, porque para el budismo el sentimiento fundamental, la ética primera, es tener compasión; si uno ve a alguien ahogándose, o siendo asesinado inocentemente, y tú estás ahí y puedes hacer algo y no lo haces, eres un cínico, no tienes compasión, no eres humano”. Les dije además: “la liberación no tiene a Marx, me interesa escuchar al pueblo, ver su drama, y desde ahí sí leer a Marx, ver cómo él ayuda a entender los mecanismos, por qué se reproduce la miseria, por qué existe, un fenómeno que no es de hoy ni de ayer, sino que tiene su historia”.
Tal vez sea interesante saber cómo llegué a la Teología de la Liberación. Creo que un punto importante es la tradición espiritual de donde vengo. Pertenezco a la familia espiritual de los franciscanos. Cuando me preguntan mi profesión de fe, digo: “yo soy un católico franciscano”, no romano; romano es otra cosa. Romano es jurídico, es poder, centralidad. Franciscano, en cambio, es la renuncia a todo poder. Si uno quiere perder su fe, vaya a Roma, al Vaticano; pero si quiere recuperarla tiene que ir a Asís, porque tiene el monte de las bienaventuranzas, el pesebre, la encarnación. Todo menos poder y suntuosidad. Vengo de esa tradición donde el pobre, la pobreza, es una centralidad.
La pobreza no es tanto no tener, sino la capacidad de donar, de ceder al otro. Si uno define a la pobreza como no tener, es una visión capitalista: tener es la referencia, o tener menos y más. Pero hay otra más positiva: la capacidad de abrirse al otro, de ir al encuentro de los condenados de la tierra, dar y dar y otra vez dar. Eso hace a uno vivir la espiritualidad de la pobreza. Mi formación de franciscano viene de esa sensibilidad por toda esa temática. Hélder Câmara es uno de los primeros profetas de esa teología, junto con Larain1 de Chile y otros. Cada país tiene sus profetas.
Siempre dije: “el patrón de la Teología de la Liberación es San Francisco de Asís”. Porque él no ha inventado ninguna obra para los pobres, ningún lazareto, ningún hospital; él simplemente se hizo pobre. No hizo nada por los leprosos: fue a vivir en medio de ellos, y con otro leproso al brazo iba predicando el Evangelio. Ahí está la opción radical por los pobres y desde los pobres.
Tuve otra experiencia de choque. Hice mis estudios de teología en Brasil, en una tradición más bien alemana, crítica, ecuménica de cierta manera, porque estudiábamos ya a Bultmann2 y a esos protestantes raros en los años 60. El profesor que más me animó para seguir los estudios, hoy es el cardenal Arns3 de Sâo Paulo, que enseñaba entonces en Petrópolis, una ciudad vecina de Río, en las montañas. Arns era profesor de patrología y espiritualidad. Era un teólogo curioso. Vivía en medio de los pobres y ahí tenía su pastoral. Pablo VI descubrió que él defendía a los torturados, lo hizo obispo auxiliar e inmediatamente cardenal, el principal de Brasil. Por su labor en materia de derechos humanos, hacía la pastoral de las prisiones. Cuando sospechaba que había tortura, se vestía todo de obispo, con todo eso de rojo y carnavalesco que tienen. Se metía prisión adentro, iba hasta la sala de las torturas y peleaba con los torturadores.
El no los contó varias veces. A uno lo agarró porque estaba torturando a otro militar. “¡Deja de torturar a un hermano tuyo, porque la justicia de Dios pesa sobre ti y tu familia!” Ese mismo día el torturador volvió a su casa y encontró a su mujer muerta, un infarto fulminante. Eso produjo un efecto mágico entre los torturadores, que decían: “estamos todos condenados, hay que frenar”. Tuvo esa valentía. Cuando el Papa lo supo, dijo: “ese tiene que ser Cardenal”. Y lo hizo inmediatamente Cardenal. Es una persona importante en mi vida, por su anuncio valiente del Evangelio, y me ha apoyado mucho.
Terminé mis estudios en 1965, en Petrópolis, y me enviaron a Alemania; en rigor, fue él quien lo hizo. Me dijo: “tenemos que tener una teología crítica de nivel, un diálogo con los protestantes de Alemania, y con los católicos también, para ayudar a la Iglesia del Brasil, pues vamos a enfrentar grandes problemas”.
Cuando llegué a Alemania, yo quería hacer teología bíblica. Pero me dijeron: “no, no, aquí no hay teología bíblica”. Entonces hice la dogmática, la teología sistemática, con interés bíblico. Trabajé fuertemente en la exégesis. Y como en Munich había dos facultades en la misma universidad –la católica y la protestante–, aproveché mucho la exégesis protestante. Y doy las gracias porque me ayudó mucho. Escuchaba mucho a Von Rad,4 uno de los grandes nombres de la exégesis del Antiguo Testamento. Y a Pannenberg,5 que fue profesor mío de teología sistemática de la parte católica.
Concluí el doctorado en febrero de 1970. Volví a Petrópolis y asumí la cátedra. Un choque existencial me abrió a la Teología de la Liberación. En julio me tocó predicar ejercicios espirituales en Manaos, en la parte amazónica. Me impactó desde la noche en que empezamos. Uno decía: “yo llevo ya quince días viajando por la floresta, tres días a pie, cuatro en barco, después a caballo, finalmente llegué en ómnibus”; otro decía: “hace dos meses que vengo desde la tribu tal”, y así cada uno íbamos a hacer un reciclaje teológico, contar cosas nuevas. Recuerdo que uno preguntó: “¿cómo anunciar la muerte y resurrección de Jesús a indígenas que están siendo exterminados, que están muriendo por enfermedades de los blancos, por la opresión?” Y otro: “¿cómo anunciar la buena noticia a las poblaciones ribereñas, explotadas por los que están abriendo las grandes haciendas de la parte amazónica? ¿Cómo vamos a defenderlos si están siendo expulsados de sus tierras? ¿Qué vamos a decirles como pastores?”. Y otro: “¿cómo hay que organizar?, no funciona la parroquia, son extensiones inmensas, somos sólo cuatro sacerdotes con el obispo: tenemos comunidades de base, y nos hace falta una pequeña articulación para formar cuadros que trabajen a nivel de comunidades de la floresta. ¿Cómo puede ayudarnos pedagógicamente en eso?”.
Yo sabía mucho de teología, incluso de teología política: Moltmann, Metz.6 Pero me percaté de que mi teología allí no funcionaba. Al día siguiente empecé a hablar del Jesús histórico, el Cristo de la fe; pero veía en sus ojos que no les llegaba –eso se percibe inmediatamente. “Eso es teología de ellos, ¿qué tiene que ver con nosotros?”, pensaban. Me acuerdo que entré en una crisis incluso física, se me endureció todo. No alcanzaba a hablar, por nervioso, por no saber lo que iba a hacer o decir.
A medida que se suscitaban los problemas, tratamos de encontrar citas bíblicas adaptadas a estos, para reflexionar juntos. Después se hacía una plenaria sobre lo que ellos traían de los grupos. Ahí sí se podía reflexionar más fácilmente, pues tenía todos los materiales y con cierta ingeniosidad uno acababa por decir algo con sentido. Me di cuenta de que había que hacer una teología en función de esa realidad, que nuestra teología no era ecológica, no estaba adaptada a ese ecosistema religioso-humano; era una teología importada –por más crítica que fuera, por más rodapies que tuviera de rigor epistemológico–, sin sustancia histórica, sin sangre, sin grito, carne, dolor de las personas humanas. Era una teología aséptica.
Me dije que tenía que hacer algo. Empecé dando clases de cristología y las escribía todas. Trabajé mucho para intentar explicar las cosas desde la perspectiva de la liberación. Y también estudié lo de Medellín,7 que se había publicado en 1968 cuando yo estaba en Alemania; me leí los textos y me impactaron muchísimo, como a otros latinoamericanos que ahí estábamos.
En diciembre terminaron las clases. Trabajé hasta enero y en marzo o abril salió Jesucristo liberador, mi primer intento de reacción. No lo escribí pensando en nadie, sino en mí mismo. El destinatario era yo. Era mi crisis, mi búsqueda, cómo iba a arreglarme con mi fe, con esa realidad de opresión, de miseria, y cómo el mensaje cristiano, Jesús, su práctica, su utopía, su sueño reaccionan ante esa realidad.
También empecé a hacer un trabajo pastoral en favelas. Petrópolis es una ciudad burguesa, imperial. Es el lugar donde vive la familia imperial, pero como toda ciudad latinoamericana, tiene a su alrededor favelas, unas cincuentidós. Ahí conocí a Marcia, mi actual esposa. Ella trabajaba en el gran basurero de la ciudad. Alrededor de esa basura enorme hay cerca de doscientas familias viviendo estrictamente de la basura, seleccionando los plásticos, las leñas, las maderas, las latas para luego venderlos. Es una guerra entre cuervos, personas y cerdos, todos mezclados y viviendo de lo mismo. Cuando uno llega recibe un impacto muy grande, porque es una realidad extremadamente inhumana. Ahí empezamos trabajando.
Creamos una comunidad de base, un preescolar, un centro comunitario, una escuela. Al final, incluso hicimos una fábrica de reciclaje de toda la basura. Yo tenía mi base principal en esa favela y atendía otras tres junto a otros estudiantes de teología. De esa manera entré en toda esa problemática.
Para mí resultó de fundamental importancia el trabajo de equipo en Río. Una vez al mes se reunía el grupo de asesores de la Conferencia de Obispos, el Instituto Nacional de Pastoral. Eramos como quince teólogos: todos han pasado por eso y se han encontrado en la liberación. Ahí estaban, entre otros, Libanio,8 Carlos Mesters,9 Hoornaert,10 que venían de varias partes de Brasil una vez al mes. El grupo redactaba los textos de la Conferencia de Obispos, incluso los más duros contra los militares, y se comprometía a hacer investigaciones y presentar en qué estadío estaban, por lo menos una vez al mes. Muchos textos míos que luego se publicaron por ahí, tenían la protección de la Conferencia de Obispos y se producían de hecho en función de esta.
Había otro grupo, la Comisión Teológica de los Religiosos, un grupo muy bueno. Muchos trabajábamos en los dos. Libanio era jesuita, Clodovis,11 siervo de María y yo franciscano. Intentábamos recoger las experiencias enviadas desde todas partes de Brasil, los problemas sobre los que como teólogos debíamos trabajar, estudiar y producir textos. Eso nos ayudó mucho, porque uno ayudaba críticamente al otro; era un espacio de reflexión comunitario, con una visión bíblica, histórica, litúrgica, sistemática, incluso canónica. Funcionó por más de diez años.
Más tarde los militares obligaron a la Conferencia de Obispos a desplazarse a Brasilia. No querían ir, pero tuvieron que hacerlo. Ahí se desmontó todo porque Brasilia es muy burocrática, no pasaba nada. Hubo que cerrar, y lo mismo ocurrió con la Comisión Teológica y Religiosa. Fue un daño grande para la teología de Brasil, porque eran los grupos más articulados, especialmente el eje Río-São Paulo-Belo Horizonte. Así más o menos se cubría la nación. Con diferentes mentalidades y problemas, pero la teología crecía. Y como todos estaban en la enseñanza teológica, eso refluía para la propia enseñanza. Era un espacio de reflexión importante, de modo que nos hicieron mucho daño.
Hay otro pequeño grupo del cual hay que hacer la historia. El padre de ese grupo fue Frei Betto. Era un grupo de reflexión para estudiar las estrategias pastorales de la Iglesia de cara a los militares. Nos encontrábamos una semana dos veces al año para concebir e implementar estrategias. Iban teólogos, sociólogos y politólogos de todo Brasil. La policía nos vigilaba muchísimo, por lo que cada vez tenía que ser en otro lugar. Generalmente en un convento de monjas; decíamos que eran reuniones de liturgia o para estudiar ritos, lo que fuera, para burlar la vigilancia. Y ahí redactamos los principales documentos de las Conferencias de los Obispos.
Había también tres o cuatro rectores de Pontificias Universidades Católicas que estaban dentro del poder eclesiástico. Siempre traíamos dos o tres obispos para palpar su reacción. En verdad todo fue creación de Betto. Después que él salió de la prisión, se dio cuenta de que la Iglesia necesitaba de una masa crítica que por detrás trabajara científica y teológicamente los problemas políticos, y que se produjeran textos. Nosotros éramos los redactores de muchas de las cartas valientes de los obispos. La consigna de Puebla, “Comunión y Liberación”, nació en el grupo donde estaba Arns, porque sabíamos que la temática liberación no iba a pasar en Puebla. Por consiguiente, había que armar una estrategia para que lo hiciera. Había que incluir dos temas: uno más teológico –comunión– y otro más político –participación, “Participación y Comunión”. Pero como no había suficiente participación ni comunión, entonces liberar para la comunión y la participación; ahí entraba, pues, la liberación.
Cuando el Papa hizo el discurso arrasador ese,12 nos reunimos a las cinco de la mañana los del grupo del cardenal Arns. A las ocho los obispos empezaron a analizar el discurso del Papa. Arns pidió la palabra y dijo: “yo tengo una clave de lectura para el discurso del Papa” y presentó el esquema nuestro, que conquistó a los obispos y propuso la consigna que entró en Puebla: “Liberar para la Comunión y la Participación”.
Por detrás había todo un trabajo escondido. Cada uno ayudaba al otro, con una profunda inserción eclesial y a la vez política. Cada uno estaba en una función eclesial, de trabajo pastoral, en la universidad. En aquel tiempo yo era bastante significativo, porque estaba dentro de la máquina de producción de ideologías, la editorial Vozes, la editorial católica más grande de Brasil. Se publicaba como promedio un libro nuevo al día, y con las reediciones como tres libros al día y cinco revistas. Yo dirigía esa zona de la editorial y me correspondía decidir cuáles libros publicar y cuáles no. Era, pues, una figura clave para la ideología de la Iglesia. Todos decían que había que preservarme, porque estaba en un punto estratégico, en la máquina productora de ideas. Publicamos a todos los pensadores condenados, los que estaban en el exilio: Darcy Ribeiro, Fernando Henrique Cardoso, Paulo Freire. Lo hacíamos en Petrópolis, sin ninguna divulgación ni provocación, pero publicándolo todo.
Ese conjunto de cosas ayudó a crear el camino sólido, la consistencia de la pastoral de las diferentes iglesias. Y siempre muy ecuménicos: ahí estaban, entre otros, Rubem Alves y Julio de Santa Ana,13 que cuando venía de Suiza siempre pasaba y participaba; incluso programábamos las reuniones a partir de que Julio venía. Hugo Assmann, entonces en el exilio, cuando venía, participaba.
De ahí también surgió la idea del CESEP14 y los encuentros nacionales de las comunidades eclesiales de base, que siguen aún y son de los más grandes eventos de la Iglesia del Brasil, un verdadero concilio de representantes de comunidades de base. Todo eso nos ayudó a elaborar la Teología de la Liberación.
A partir de 1970 yo tenía otra inserción, y sigo todavía en eso. Participaba en Concilio, una revista de teología de avanzada, católica, con una perspectiva ecuménica. Eso me ayudaba mucho, porque me protegía de la represión militar. Todos los años pasaba una semana ahí y ellos conscientemente me acompañaban. Ahí están todavía Moltmann, Küng, Schillebeeckx, Ranner,15 los grandes teólogos europeos. De la América Latina, Gustavo Gutiérrez y yo. Era también un espacio para poder plantear la cuestión latinoamericana. Me acuerdo de la primera vez que hicimos un número sobre Teología de la Liberación, ellos no querían. Küng decía: “no, eso no es serio, son cosas de esos teólogos de la América Latina, marxistas que están metidos en pastoral”. En eso Küng es más de centroderecha que otra cosa. Por fin lo permitió bajo la coordinación de un amigo de Gustavo y mío, un cristiano y teólogo francés. En 1975 hicimos el primer número, el que más se vendió. Después creamos una sección y cada dos años hacíamos un número sobre teología del Tercer Mundo. El último me tocó a mí publicarlo y vale la pena leerlo. Es sobre ecología y pobreza, sobre cómo confrontar el discurso ecológico con la pobreza, con la colaboración de teólogos de Africa, Asia, Corea del Sur, Filipinas, La América Latina y Europa; salió en diciembre del año pasado. Era otro campo de diálogo, y también de enfrentamiento con la teología europea, norteamericana, presentes ahí, y que nos ayudaba a reflexionar, porque eran nuestros aliados en las luchas eclesiales.
Seguí intentando articular dos discursos: de un lado, el discurso de la fe, dando clases en la Facultad de Teología y trabajando en la editorial. Y, de otro, la inserción en la realidad social, en las favelas, acompañando el caminar de la Iglesia con ese equipo de la Conferencia de Obispos, encuentros, asesorías y ejercicios espirituales en todo Brasil. Hemos peregrinado por todas partes, en muchos cursos, encuentros, donde hemos aprendido mucho. Cuando se trabaja a nivel popular, uno va como alguien que escucha mucho; sólo habla al final. Son las bases las que conducen su reflexión.
De 1970 a 1992 he intentado hacer una teología articulada; el discurso de la fe con el discurso de la sociedad. A partir de 1975, participé de otro grupo de teólogos de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos. Ahí teníamos, también cuatro veces al año, una semana de encuentros en uno de esos países, Ecuador, Colombia, Uruguay, México, con otros teólogos latinoamericanos, todos de la línea de la Teología de la Liberación.
Simultáneamente incursioné en la producción teológica, y he podido producir relativamente bastante. No por laboriosidad específica, sino porque asumí mucho el estilo alemán de dar clases. El profesor alemán no puede llegar a una clase y hablar sin más, porque los estudiantes le silban inmediatamente. Tiene que escribir toda la clase, prácticamente hacerla por lecciones, leer el texto. Y si no lo lees o acompañas, los estudiantes empiezan a batir los pies y las manos. El profesor no puede llegar, saludar y comenzar, como nos gusta a los latinoamericanos. Eso me obligó a desarrollar la capacidad de escribir y me ayudó mucho en mi producción teológica.

Conflictos con el Vaticano

Desde que publiqué Jesucristo liberador empecé a tener problemas con las instancias doctrinales del Vaticano. En 1972, año de la tercera edición del libro, vinieron las primeras cartas. Después prácticamente censuraban cada libro que escribía. Hasta lo más sencillo que fuera, como Los sacramentos de la vida, una teología narrativa, lo que fuera. A las dos o tres semanas de salir alguna producción mía, ya venían cartas criticando esta frase o la otra. Decían: “esto puede incitar al pueblo a una comprensión errónea”, “esto aquí no es muy correcto”, “aquí es algo herético”, “aquí no es conforme al credo”. Tengo una verdadera biblioteca con las cartas que iban y venían. Creo que daría un libro como de quinientas páginas.
Pero era un diálogo de sordos. A ellos no les interesaba entender nada. Ni te contestaban si habían recibido tus cartas. Solamente te dabas cuenta de que las habían recibido porque te habían mandado otra que decía: “no nos gustó su contestación, hay que aclarar”. Y es propio de la estrategia del Vaticano. Eligen a una persona como una especie de chivo expiatorio y vigilan todo lo que hace, incluso las homilías: “el día tal en la misa de las diez, usted dijo esto y esto en su homilía”. Tienen su red de espías. Es una vergüenza decirlo, pero hay toda una red de espionaje en la Iglesia. Los teólogos percibidos como peligrosos, son vigilados en lo que escriben, en las clases, en las homilías; todo va a Roma, muy informatizado.
Caí en las mallas del Vaticano en 1972. Fueron peleas tremendas hasta que en 1984 publiqué Iglesia: carisma y poder. Ahí dijeron: “con Boff no vale la pena discutir por carta, porque él no tiene fin. Es testarudo, siempre encuentra argumentos y busca en los Padres de la Iglesia la frase tal para justificarse, o a un teólogo raro”. Uno se da cuenta de que lo que interesa al Vaticano no es la verdad, sino la seguridad de la fe. La verdad ellos también la conocen, pero les interesa más lo que es seguro.
A raíz de eso me llamaron y armaron un proceso judicial con todo un procedimiento, todo un ritual. Me convocaron para el 7 de septiembre. Yo les contesté: “no, porque ese día se celebra el Congreso Nacional de las Prostitutas”. Yo era asesor de las prostitutas, y les dije: “como ellas son primeras en el Reino de Dios, tienen la prioridad respecto al Vaticano”. El Cardenal se puso extremadamente furioso. Es una pastoral de la Conferencia de los Obispos acompañar a las prostitutas. No decimos prostituta, sino pastoral para la mujer marginal. Uno de los reclamos de esas mujeres consiste en tener una representante en la Conferencia de Obispos, y digo para mí: “será una tentación entre tantos obispos, tener una mujer así allá”. Si es una pastoral de la Iglesia, ¿por qué no las tenemos allí? Cada uno tiene su representante: los jóvenes, los matrimonios, los sin tierra. Entonces se impone una pregunta: ¿y las prostitutas no pueden? El machismo eclesiástico no se los permite.
Bueno, me llamaron. El Cardenal me dijo: “vamos a seguir un procedimiento jurídico”. Me envió toda la parte que corresponde a un proceso. Fue muy gracioso: “tienes un abogado, pero no puedes conocerlo ni hablar con él”. Como en todo proceso jurídico, le pedí el acceso a las actas de acusación. Me dijo que no. Eso es lo absurdo de los procesos del Vaticano: la misma instancia te acusa, te juzga y también te condena. No hay la separación de los poderes, como en todos los Estados, para preservar lo mínimo del derecho, la justicia; no. La misma instancia hace todo. Y uno está en manos de los esbirros de la Santa Inquisición.
Entonces me llamaron por encargo del cardenal Ratzinger.16 Me acompañaron a Roma dos cardenales franciscanos, el cardenal Arns y Lorscheider.17 Cuando llegamos y nos presentaron al cardenal Ratzinger, este se puso furioso: “¿cómo? ¿Llamar a un teólogo a esta instancia oficial en Roma, a este que es una especie de condenación y viene acompañado por Cástor y Pólux, las dos divinidades paganas?” Yo lo corté: “no, nosotros somos cristianos, y vengo acompañado por Cosme y Damián, los ángeles custodios cristianos”. Dijo: “ya ves, Boff, lo politizas todo. Ya empiezas a politizar aquí”.
Arns y Lorscheider querían acompañar el proceso, pero Ratzinger lo negó absolutamente. Entonces fueron al Papa. El cardenal Arns es muy valiente, y le dijo: “Santidad, o nosotros acompañamos o voy a Alemania y denuncio por la televisión cómo se trabaja en Roma. Igual que la Inquisición contra Lutero, Galileo Galilei. Se violan sistemáticamente los derechos fundamentales de la persona. Esta tiene que saber de qué se le acusa, quién le acusa, tener acceso a las actas, etc.” El Papa le respondió: “no, hermano, vamos a hacer lo siguiente: el proceso tendrá dos partes. En la primera el cardenal Ratzinger va a entregar a Boff y en la segunda entrarán los cardenales. Vamos a hacer algo muy católico, el famoso et/et, que es una cosa y otra”.
Efectivamente, así fue. Me habían dicho que tenía que presentarme a las nueve de la mañana. Fue una cosa escandalosa, porque cuando faltaban tres minutos para las nueve llegó un coche oficial del Santo Oficio. Yo estaba con mi hábito franciscano, con el maletín con mi defensa y todo. Ellos saltaron del coche y prácticamente me secuestraron. Fue literalmente así: bajaron, me agarraron, me empujaron dentro del coche y salimos a alta velocidad –la televisión y los periodistas estaban atrás. Incluso en una calle fuimos contra el tráfico, con el riesgo de producir un accidente.
Entramos por detrás de los jardines del Vaticano. Allí hay un portón de hierro con espinos afuera. Pregunté con malicia a los dos que me secuestraron: “¿es aquí la sala de torturas?” Me llevaron hasta un ascensor que tenía dos guardias del Vaticano. A un periodista que logró entrar lo metieron preso como cinco horas. Cuando salió, dijo que su más grande honor como periodista consistía en ser tal vez el único prisionero de la guardia del Vaticano, de unos soldados carnavalescos que allá tienen. Al abrir la puerta del ascensor, estaba el cardenal Ratzinger, vestido oficialmente, con ese manto rojo enorme. Me llevó a atravesar el gran salón, de unos doscientos metros, con unos tapices inmensos llenos de cuadros medievales, hasta una pequeña sala al fondo, donde son juzgados desde Galileo Galilei los llamados del Vaticano.
Me dirigí a él en un dialecto bávaro –porque Ratzinger es de Baviera– con la intención de producir humor, pero él estaba frío. Antes de sentarme en la silla le dije: “tengo el honor de sentarme aquí, donde se sentó el gran Giordano Bruno y Galileo Galilei”. Se puso furioso: “usted no ha venido aquí a sentarse, sino a confrontar su teología con la fe católica”.
Ratzinger fue amigo mío. Me ayudó a publicar mi tesis doctoral, que era muy gruesa. La tesis era La Iglesia como sacramento. La leyó y me concedió una beca de unos trece mil marcos, en aquel tiempo mucho dinero. La publicó y hasta le agradezco mucho. Todo lo que yo escribía se lo mandaba, y de hecho intercambiábamos. La primera vez que me encontré con el Papa, él me llevó personalmente a conocerlo. Me presentó delante de todos: “este es un nuevo teólogo latinoamericano”. Pero cuando empezó el proceso judicial, cambió todo, y ahora no quiere ni saber de mí, porque sigo fustigándolo aquí y allá en mis intervenciones.
Antes de empezar le dije: “mira, Cardenal, nosotros somos cristianos. Por lo menos en la América Latina, momentos así, antes de algo importante, nosotros rezamos”. Empecé rezando y no le quedó más remedio que entrar en oración, pero estaba confuso y descompuesto.
Después empezó el diálogo –que en realidad no lo era. Me dijo: “mira, Boff, yo estoy aquí representando la fe cristiana y no es mi función hablar, sino escuchar, apuntar, ver en qué medida lo que dices y escribes se compagina con el credo cristiano”. Yo le respondí: “Cardenal, ¿bajo qué criterios usted puede determinar si se compagina o no?” Entonces él: “eso no hay que discutirlo. Yo soy la autoridad. Mi función es apuntarlo todo y presentarlo a la comisión de los cardenales con el Papa y ahí decirlo”. Añadió: “hay tres modalidades: tú puedes leer toda la defensa que tienes por escrito, hacer un diálogo abierto o discutir todo el libro el tiempo que quieras”. Entonces le dije: “yo estoy convencido de mis cosas. Yo he redactado el texto, vamos a elegir la lengua”. Él sugirió el alemán –yo también lo hablo porque, como ya saben, estudié en Alemania. Pero soy más fuerte en italiano, porque en mi casa siempre lo he hablado. Entonces le dije: “no, yo prefiero el italiano. No el alemán, porque es tu lengua patria y ahí eres más fuerte que yo”.
Finalmente, lo hicimos en italiano. Yo había redactado mi texto también en italiano. Seleccioné unos puntos fundamentales, y él no preguntó casi nada. Preguntó una vez: “¿qué es una comunidad de base?” El tenía la suposición de que la comunidad de base era una célula marxista, que utilizaba el discurso cristiano para infiltrar la ideología marxista revolucionaria. Yo se lo aclaré todo. Luego preguntó: “cuando tú escribes eso de la lucha popular, ¿qué tipo de armas propones usar?” Digo: “no, Cardenal, lucha popular es la manera como designamos a la resistencia, a la organización”. Ya él estaba pensando en fusiles y metralletas, en la violencia. Entonces mostró admiración: “¡pero por el lenguaje no parece eso, parece violencia, matanza!”.
La otra pregunta era más bien teológica, y ahí peleamos duro. Hay una formulación del Vaticano II que dice: “la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica”. La formulación anterior era: “Ia Iglesia de Cristo es la Iglesia Católico-Romana”. En la discusión con el Vaticano se ha sustituido el es por el subsiste a fin de permitir que haya otras formulaciones eclesiales, también representantes de la Iglesia de Cristo. Y eso yo lo había redactado en Iglesia: carisma y poder. Dijo Ratzinger: “no, eso no es verdad, porque yo fui el teólogo que trabajó en esa cuestión y el subsiste viene de sustancia, y sustancia hay una sola, como el ser humano tiene una sustancia sola, la Iglesia es una sola sustancia y esa solamente es la Iglesia Católico-Romana. Las demás no son iglesias; tienen elementos eclesiales”. “Pero, Cardenal, hay que aclarar eso” –le dije. “Te lo aclaro” –insistió. “Es como una edificación. Los protestantes nos han robado de acá una ventana, una puerta, un mueble; estos son los elementos eclesiales. Pero tienen el deber de devolverlos. La estrategia es que vuelvan a la casa paterna. No podemos negar que las demás iglesias tienen elementos eclesiales como el bautismo, la lectura de la escritura, la oración. Pero no son Iglesia”.
Yo había estudiado las actas del Concilio. Hice toda una investigación como parte de mi tesis. La traía conmigo y se la mostré. No lo aceptó diciendo que el teólogo había sido él. Luego en la segunda parte, cuando vinieron los cardenales y volvimos al tema, Lorscheider le dijo: “no, tú no estabas en la Comisión, quien estaba era Phillips, el teólogo que aclaró eso e hizo la nota famosa de que han cambiado el es por el subsiste para permitir la eclesialidad de otras expresiones”. Y ahí se desmoralizó por completo. El pobre Ratzinger se quedó todo pequeño, porque me había mentido.
Después de unas dos horas hicimos la interrupción. Los temas discutidos no tuvieron significación fundamental, pero es la estrategia del Vaticano para meter miedo y aislar a un teólogo metido en la liberación. Se trataba de discutir el lenguaje de la fe, si puede o no adaptarse, qué elementos vienen de la comunidad primitiva, discusiones de la exégesis moderna. También discutimos la relación del catolicismo con la Iglesia primitiva, qué tipo de continuidad tiene hoy. Yo decía que hay una continuidad de la fe, del evangelio, del testimonio, pero no en las instituciones. El Cardenal insistió mucho en que las instituciones básicas de la Iglesia Católico-Romana eran de la fundación de Jesús, y por eso había que mantenerlas como estaban.
Se puso muy furioso en la interrupción porque los pobres funcionarios del Santo Oficio llegaron con el vino para darme la bendición. Había un cuadro muy grande de San Francisco de Asís transfigurado, con las llagas, y ante él el Papa arrodillado con la tiara al suelo. Le hice una interpretación al Cardenal: “ese San Francisco, que era laico, es la Iglesia de los pobres, y el Papa está de rodillas ante ella, con el poder al suelo”. Yo estaba tratando de aliviar la atmósfera dura, tensa.
Luego llegaron los dos cardenales, e hicimos otro coloquio también muy duro. Hacía tres días que había salido el primer documento contra la Teología de la Liberación. Al sentarse habló el cardenal Arns, excolega de Ratzinger en la Universidad de Munich. Lo primero que dijo fue: “no nos gustó el documento, porque no es verdadero, porque nosotros conocemos a los teólogos. Bautizan, hacen catequesis y teología. ¿Dónde un marxista hace eso? Los acusan con calumnias. Si quiero construir un puente, llamo a un ingeniero que sabe de puentes. Ustedes para construir un puente llaman a un gramático, que de puentes no sabe nada. Por eso es que sale un documento así”.
La pelea fue dura. Ahí hablamos en alemán; Lorscheider y Arns hablan también alemán. “Nosotros no vamos a hacer la acogida del documento mientras no nos prometan hacer otro documento positivo”, dijeron. Propuse reunirnos con cardenales, obispos y teólogos del Tercer Mundo. Podía ser en Brasil, Colombia o cualquier otro país donde hubiera iglesias que trabajaran con el pueblo, en la pastoral popular, de liberación, y ahí entre rezos y reflexiones, junto al pueblo, haríamos un texto bello para la Iglesia, para animar la fe. El pobre Cardenal temblaba todo, humilde, porque éramos tres contra uno. El dijo: “sí, Boff, tú mañana con tu hermano –que está en Roma–, vas a presentar un primer esquema y lo entregarás aquí al Santo Oficio”.
Efectivamente, lo hicimos. En el documento trabajó Gustavo Gutiérrez, que estaba allá. Le dedicamos toda una noche. Al día siguiente lo llevamos a un esquema para un nuevo texto, el cual salió, pero dos años después, mucho más positivo. Pero peleamos mucho sobre esto. En cuanto a la imputación de marxismo, Lorscheider fue muy duro. Argumentó que el marxismo lo asumíamos como análisis que seguía teniendo vigencia, porque Marx desenmascaró la lógica del capital, y también la utilización que se hace de la religión para calmar las conciencias. “Existe en realidad toda una religión de opio” –dijo Lorscheider. “Tenemos que recuperar lo que la tradición patrística ha dicho. Si Marx ha dicho verdad, la verdad no es dicha por Marx, es dicha por el Espíritu Santo mediante la boca de Marx”. Ahí el pobre Cardenal ya no sabía para dónde mirar.
Después entramos en lo de la iglesia popular, a aclarar el concepto de una comunidad de base. Yo le conté a Arns que el cardenal Ratzinger tenía dificultades para entender lo que era una comunidad de base. “Yo se lo expliqué, pero será mejor que ustedes se lo aclaren”. Entonces se lo explicaron todo. El Cardenal pensaba que era un grupo de cristianos militantes marxistas que se reunían. Se le dijo que la comunidad de base no nace así, sino con círculos bíblicos, pequeños grupos leyendo la Biblia. Después se reúnen tres o cuatro, fundan la comunidad y ahí tiene su continuidad.
El proceso duró todo 1984. Yo pensaba que para 1985 el resultado estaría listo. Un día, de una manera muy solemne, pero de total sorpresa, llegó al Convento el Nuncio Apostólico de Brasil con el Obispo. Me entregaron un texto, un libro de veinticuatro páginas que yo debía leer entre cuarenticinco minutos y una hora y reaccionar ante él. Era mi condena, ya impresa por la editorial oficial del Vaticano. Lo leí en media hora y, al cabo, volví para decirles: “yo lo acepto, porque yo también condeno todo esto”. Preguntaron: “¿cómo? ¿Es realmente esta tu posición?” “No, no es mi posición”. “¿Pero aceptas el documento?” “Sí, lo acepto”. “Gracias a Dios” –dijo el Nuncio. “¿Por qué gracias a Dios?” –pregunté. “Porque si tú hicieras lo de Hans Küng, que no aceptó el documento, yo tendría que llamar inmediatamente al Vaticano e imponerte las penas canónicas que ya están todas previstas”, contestó.
Las penas las tenía en otro sobre que iba a darme a leer si no aceptaba. No podía celebrar como sacerdote, ni enseñar —todo eso que han hecho con Küng. Pero como acepté, estaban felices. Me agradecieron, incluso llamaron a mi superior para agradecerle. Yo pensaba que con eso ya todo estaba listo, pero me dijeron: “tú no puedes contestar el documento”. “¿Y no puedo reaccionar por escrito?” –pregunté. “No. Sólo escribir unas cinco líneas para decir que lo aceptas en espíritu de humildad y obediencia”. Y se marcharon.
Eso fue en marzo. Unos meses después, exactamente el primero de mayo, yo estaba designado para celebrar la misa con los obreros. Me llamaron del Vaticano: “mira, Boff, ya tenemos listo el documento de tu condena. Tienes que callarte por lo menos un año. Suspensión de cátedra, deposición de la editorial. No puedes dar charlas, ni hablar, ni viajar, nada. Tienes que quedarte recluido en tu convento”. Yo dije: “muy bien, no voy a aceptar”. Y me han dicho: “tienes que aceptarlo inmediatamente”. Argumenté: “no, yo hago la interpretación jurídica. Mientras no reciba el documento por escrito, no acepto”.
La documentación me llegó después de unos diez días. Entonces tuve que someterme. Mientras tanto yo había alertado a la Conferencia de Obispos. Lorscheider y Arns me dijeron: “Boff, aquí hay toda una estrategia. Quieren golpearte a ti, afectar a la Conferencia. Tienes que trabajar muy estratégicamente y articulado con nosotros. De lo que se trata es de salvar el proyecto de las comunidades de base y la Teología de la Liberación. Es mejor que encuentres una fórmula de aceptación. Nosotros vamos a trabajar con el Papa por otros caminos, ya que como cardenales tenemos acceso directo al Papa, para cambiar la situación”.
Entonces formulé la frase: “prefiero caminar con la Iglesia que caminar solo con mi teología”. Y lo acepté, pero lo hice en ese espíritu, en el de preservar cosas más importantes que mi biografía, mi propia teología. Al someterme, hubo una protesta enorme en todas partes del mundo. Recibí más de cinco mil cartas de apoyo, desde los lugares más lejanos. Incluso un monje de Siberia me mandó una carta de apoyo. Yo actué siempre así: hacía copias de cada mensaje, mandaba una a la Conferencia de Obispos y otra a Ratzinger en Roma, que al final ya estaba aburridísimo y se preguntaba: “¿cuándo se terminará esta desgracia de cartas que van y vienen, estos sacos y kilos de cartas?”.
Küng organizó todo un grupo de protesta. Se mostró muy solidario, porque antes que yo, él fue condenado. Me decía por teléfono: “Boff, tienes que tener huesos más duros, tienes que pelear con Roma”. Yo le decía: “Küng, tú tienes por detrás sólo una biblioteca; yo en Brasil tengo todo un episcopado, toda una Iglesia que hay que saber manejar. A mí no me interesa tener una lucha personal con el Vaticano”. El se disgustó mucho con que yo aceptara la condenación. Es evidente que se trata de situaciones eclesiales bien distintas.
En fin, el propio cardenal Arns recolectó las cartas y las llevó personalmente al Papa. “Mire, Santidad, qué escándalo ha producido esto. La Iglesia del Brasil ha luchado veinte años contra la dictadura militar en función de la libertad de expresión, y Vuestra Santidad y Ratzinger han utilizado el método de los militares: cerrar la boca de un teólogo. Eso para nosotros es un escándalo”. Dicen que el Papa empezó a llorar: “ahora Boff es la gran víctima, el héroe, yo el villano. Vamos a perdonarlo y a tratar de cambiarlo todo”. La desgracia es que estaba en Roma el cardenal Sales18, que dijo: “no, Santidad, el pueblo va a decir que el Papa no tiene autoridad, que no es serio, que dice una cosa y luego otra”.
Para Navidad yo sería liberado. Era la noche de Pascuas, exactamente media noche. Cuando estaba celebrando, me llamó por teléfono el secretario de Estado, el cardenal Casaroli, que en nombre del Papa me decía: “tú tienes tu aleluya, tu pascua, estás liberado”. Entonces yo hice la homilía de media noche de pascua, y se terminó esa pelea que llevé durante 1985.
A pesar de todo el Vaticano me siguió. Un día me llamaron: “Boff, tenemos la orden de una instancia superior –no la querían mencionar– diciendo que no puedes enseñar más teología. Ni escribir, ni hablar. Tienes que someterte ahora absolutamente”. Pregunté: “¿pero cómo? Me sometí en 1985, acepté el obsequioso silencio, lo acepté todo. Puedo ser humilde, pero no acepto la humillación. Eso es pecado”. “No, ahora una vez sometido, puedes elegir cualquier convento que quieras en el mundo entero. Nos gustaría mucho que fueras a Filipinas o a Corea del Sur, porque allí hay una situación pastoral parecida a la de Brasil”. Pregunté: “y si yo voy a Filipinas o Corea del Sur, ¿puedo hablar y escribir?” Dijeron: “tienes que someterte a estar tranquilo”. “Pues no voy”. Y me dijeron: “sométete, porque después de la muerte del Papa, te harán Cardenal”. “No –contesté. Yo tengo sólo una vida para vivir, no siete como un gato. No lo acepto”.
Entonces acordamos que yo saldría cuando empezaran las clases; eso fue allá por julio, y en agosto empezaban. Tenía unos veinte días para alertar a los amigos sobre mi decisión. Unos días después me llamó un periodista de Sâo Paulo: “Boff, sé que vas a salir en agosto. La noticia saldrá mañana en la primera página del periódico”. Me daba la oportunidad de escribir una carta. Eso fue a las once de la noche: tenía que mandársela antes de la una de la madrugada, hora de cierre del periódico.
Me puse en ese apuro a las once, a escribir esa carta, en rigor una despedida a los amigos, un mensaje a mantener la esperanza, a caminar junto al pueblo. Fue muy bien acogida. La escribí bajo una gran tensión porque no era lo que yo quería. Hice los dos procesos, mandé los papeles de mi desvinculación de la orden franciscana y del ministerio del culto. Lo encaminé todo, pero hasta hoy no me han contestado. Jurídicamente soy un sacerdote como cualquier otro. Puedo ir a la Catedral y oficiar una misa, un matrimonio, y todo sería jurídicamente correcto, porque no me han respondido. Sospecho que tienen cargo de conciencia, saben que me han exigido demasiado y que no se puede tratar así a una persona.
Mientras, seguí mi camino. Hice concurso para una cátedra en la Universidad de Río para profesor de ética y filosofía de la religión. Y sigo igual. Continúo impartiendo teología, acompañando comunidades y grupos de base, escribiendo mis cosas y aceptando muchas invitaciones. Eso en el contexto de Brasil, donde la iglesia de base es muy fuerte y autónoma, y la parte institucional no muy decisiva. Siempre que las comunidades me lo piden, celebro la misa, hago muchos bautizos y casi demasiados matrimonios. Prácticamente todos los sábados tengo matrimonios que oficiar. Los hago con mucho ritual, muy creativos, invento ritos que agradan mucho a las personas. De todas partes me llegan invitaciones para hacer matrimonios. Cuando puedo las acepto, porque es un servicio a esa dimensión de pueblo, de comunidad.
He recibido invitaciones de varias facultades de teología para dar clases: Londres, Suiza, California. No acepté ninguna, porque no quiero alejarme de mi país. Incluso en los Estados Unidos me ofrecían diez mil dólares al mes, demasiado para uno que vive en el Tercer Mundo. Y no lo acepté. Mi compromiso es con la Iglesia, con las comunidades, con una teología que se hace en contacto con ellos.

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Notas

1—Manuel Larain. Obispo del ala progresista, portavoz del episcopado latinoamericano. Propuso al papa Pablo VI reunir a la Segunda Conferencia General del Episcopado del continente en 1968 (Medellín).
2—Rudolf Bultmann. Teólogo y biblista alemán que revolucionó la interpretación bíblica de comienzos de siglo. Se caracterizó por su escepticismo histórico.
3—Paulo Evaristo Arns. Cardenal brasileño progresista, dificultado en su trabajo por la acción del Vaticano que dividió su diócesis en cuatro y nombró otros tantos obispos conservadores.
4—Gergard Von Rad. Biblista alemán, autor de numerosas y excelentes obras sobre teología del Antiguo y el Nuevo Testamento.
5—Wolfgang Pannenberg. Teólogo alemán. Sostiene, entre otras cosas, que la proclamación del kerygma se centra en la resurrección universal. Profundizó en el tema del Reino de Dios.
6—Jurgen Moltmann y Johannes Baptist Metz. Teólogos alemanes iniciadores de la denominada Teología Política. El primero se dedica actualmente al tema de la ecoteología.
7—Se refiere a la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en 1968 en la ciudad colombiana homónima. Los documentos allí aprobados se caracterizaron por fuertes críticas al sistema político-económico vigente en la América Latina y por respaldar el trabajo de la Iglesia con los marginados y en busca de su liberación.
8—Joâo Batista Libanio. Teólogo de la liberación brasileño. Autor, entre otras obras, de Discernimiento y política, Escatología cristiana, Utopía y esperanza cristiana.
9—Carlos Mesters. Biblista holandés residente en Brasil, donde comenzó el movimiento de Relectura Popular de la Biblia.
10—Enrique Hoornaert. Teólogo belga residente en Brasil, donde se destacó por su producción teológica de la liberación.
11—Clodovís Boff. Religioso y teólogo brasileño. Entre sus obras se destacan Teología y práctica, Opción por los pobres, Cómo hacer Teología de la Liberación, Cartas teológicas sobre el socialismo.
12—Se refiere al discurso inaugural en la Tercera Conferencia del Episcopado Latinoamericano.
13—Rubem Alves y Julio de Santa Ana. Teólogos protestantes brasileño y uruguayo, respectivamente. Iniciadores del pensamiento liberador en la teología latinoamericana a principios de los años setenta.
14—CESEP. Centro Ecuménico de Servicios a la Evangelización y la Educación Popular, que ofrece en Brasil un amplio programa de formación bíblico-socioteológica para líderes laicos y religiosos del continente.
15—Hans Küng. Teólogo católico nacido en Suiza. Actualmente suspendido por el Vaticano. Edward Schillebeeckx. Teólogo católico perteneciente a la orden de los dominicos. Se especializó en Eclesiología, Cristología y Teología Dogmática, especialista en las obras de Santo Tomás de Aquino. Karl Ranner: Uno de los teólogos católicos contemporáneos más importantes.
16—Josef Ratzinger. Teólogo católico alemán. Fue cardenal y responsable de la Sagrada Congregación para la Defensa de la Fe. Actualmente es el papa Benedicto XVI.
17—Aloisio Lorscheider. Cardenal brasileño perteneciente a la orden franciscana.
18—Obispo de Rio de Janeiro, conocido por sus posiciones conservadoras.

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