La Reforma protestante y un nuevo mundo posible. Una introducción a su significación

David A. Roldán

Contexto
La Reforma protestante surge en el mundo simbólico medieval. Hacia el siglo XVI, la “síntesis medieval”, una fuerte amalgama entre el cristianismo y el llamado Sacro Imperio Romano Germánico, estaba entrando en crisis. La mayoría de los estudiosos actuales, sean católicos o no, admiten el alto grado de corrupción que padecía la Iglesia Católica Romana de la época. Se habían acuñado una serie de términos que mostraban esta triste realidad: las indulgencias, para la compra del perdón divino, supuestamente acortaban el tiempo que los familiares que ya habían partido pasaban en el “purgatorio”. Se entregaba un certificado “legal”, en papel, a quien hacía la compra de indulgencias. La simonía, en memoria del interés de Simón el Mago por comprar el don divino que poseían los apóstoles, consistía en la compra de cargos religiosos, etc.
En Roma, la acumulación de riqueza obtenida de los países católicos era realmente notoria. A fines del siglo XV se construyó la Capilla Sixtina, y a mediados del XVI aún se estaba decorando. Este tipo de lujos —propios de la lógica medieval de exhibición— eran financiados con dinero proveniente de diversos países.

Lutero y la Reforma
Martín Lutero fue un monje agustino alemán que vivió entre 1483 y 1546. Era un individuo obsesionado con el deber religioso y un estricto observante de las normas del monasterio. Vivía atormentado por la búsqueda de santidad, lo cual constituía una redición de las crisis agustinianas.
La pregunta de Lutero era “¿cómo puedo concebir un Dios misericordioso?” El rostro de Dios que percibía estaba delineado por trazos del Antiguo Testamento. Era un Dios cuya justicia se caracterizaba por la violencia de un Dios justiciero. Dios era justo porque castigaba. Lutero vivía atormentado, porque por sus propias fuerzas siempre fracasaba en el intento de alcanzar la justicia ante Dios. Las vías por las que lo intentaba eran limitadas e ineficaces: penitencias, oraciones, ayunos, abstinencias, etc.: una serie de ejercicios y disposiciones legales que prescribían y castigaban las acciones reprobables de los fieles.
Pero leyendo la carta a los Romanos, Lutero encontró una respuesta a su búsqueda. En Romanos 1,16 Pablo dice que en el evangelio (en el mensaje de novedad que significa Jesucristo) la justicia de Dios se revela “por la fe”. He aquí la clave: la fe es el medio para relacionarse con Dios, y no las obras. Las obras de la ley producen muerte; la fe produce vida. ¿En qué radica el poder de la fe para obtener justicia ante Dios? En la gracia de Dios operada en Jesucristo. Dios entregó a su hijo Jesucristo y, por su sacrificio, se ofrece gratis al ser humano la justificación de su vida ante Dios. No es posible que los seres humanos agraden a Dios por su mero comportamiento; debe haber una relación de fe en la base: fe en la gracia de Dios, que perdona los pecados a quienes se lo piden. Este era el corazón de una de las doctrinas fundamentales de la Reforma: la justificación por la Sola fide, la sola fe en la gracia de Dios.
A través del texto bíblico, Lutero accede a un nuevo mundo que le es propuesto, y acepta el desafío. Observa que en la administración eclesial de su tiempo, lejos de predicarse la justificación por la fe en la gracia de Dios, se predica un evangelio que consiste en el cumplimiento de una serie de obras, méritos que Dios va contabilizando para dispensar su perdón a los que cumplen. Esta disyuntiva es de vital importancia: si se hace énfasis en la gracia, el rol mediador de las instituciones eclesiales pasa a un segundo plano. Si se hace énfasis en las obras, las instituciones eclesiales adquieren protagonismo. He aquí la segunda gran bandera de la Reforma: el sacerdocio universal de todos los creyentes. Esta doctrina afirma que todos los creyentes son sacerdotes, como dice el texto bíblico en 1 Pedro 2,9. Esta doctrina va en contra de la jerarquización eclesial; es decir, en la comunidad evangélica, todos son iguales. No hay privilegiados; nadie puede reclamar prerrogativas especiales; habrá distintas responsabilidades y autoridades, pero en “esencia”, todos y todas somos iguales.
Finalmente, si observamos detenidamente cómo se argumentaron las dos doctrinas anteriores, observaremos que se recurrió únicamente al texto bíblico. Y la tercera gran doctrina de la Reforma es la Sola Scriptura: hay una sola fuente de autoridad, la Biblia, la Palabra de Dios. No como para la Iglesia Católica, que considera en igual plano de autoridad tanto a la Biblia como a los escritos que expide el papa y el llamado magisterio eclesiástico. Para la Reforma protestante, todos los creyentes tienen que poder leer e interpretar la Biblia. Por eso, la Biblia no debe estar escrita solo en latín (Vulgata), sino en los idiomas que habla y lee la gente común. De ahí que se traduzca la Biblia al alemán (Lutero mismo hace la traducción), y Casiodoro de Reina, en el XVI, hage la llamada Biblia del Oso, primera Biblia en castellano. La aparición de la imprenta será determinante para el movimiento de reforma: la Biblia estará disponible para el pueblo, a un precio que pueda pagar y en un idioma que pueda leer.
Recapitulando, Lutero hace énfasis en la fe y en la gracia, en la igualdad de todos los creyentes, y en una única fuente de autoridad, la Biblia, por contraposición al papa, los obispos y el sistema eclesial.
Convencido de estos principios, Lutero emprende una campaña para difundir sus ideas. El primer paso fue llamar la atención en los ámbitos universitarios. Por eso escribe las llamadas noventicinco tesis y las clava en un lugar público de Wittenberg, ciudad donde vivía. Estas tesis son una crítica directa y sin rodeos a los abusos del papado. Allí comienza la travesía. Estas críticas lo llevarán por distintos ámbitos universitarios, disputas, “dietas” (que no tenían que ver con cuestiones gastronómico-alimenticias, sino con procesos legales) y demás.
Las duras críticas a la Iglesia Católica de aquel tiempo, que sin dudas tenía mucho poder, hacen que se prometa una recompensa por la captura de Lutero. En 1520, este escribe tres grandes obras: La carta de la libertad del cristiano (un resumen de sus doctrinas y un énfasis en la diferencia entre el hombre exterior, sometido a las legislaciones civiles, y el hombre interior, libre para abrazar por fe el amor de Jesucristo, sin que nadie pueda obligarlo a creer nada por la fuerza). El otro escrito importante de este año se tituló La cautividad babilónica de la Iglesia. Mediante la metáfora del cautiverio que sufrió el pueblo de Dios en Babilonia, Lutero critica duramente los abusos del papado, que han montado una suerte de “Babilonia” que mantiene cautiva a la verdadera Iglesia. Finalmente, una obra titulada A la nobleza cristiana de la nación alemana, donde Lutero expone sus doctrinas a los nobles alemanes, buscando apoyo en sus críticas a los abusos de Roma, y apelando al nacionalismo alemán.
Aquí intervienen factores que son dignos de aclarar. El “éxito” de la Reforma no obedece pura y exclusivamente a factores “espirituales”. Hubo cuestiones políticas y de nacionalismo que estuvieron involucradas. De hecho, Lutero logra salvar su vida de la persecución gracias a un protector importante: el príncipe elector Federico de Sajonia, cuya intervención fue vital en todo el proceso.

¿Cuál fue el mensaje
de paz de la Reforma?
La historia —o mejor, las lecturas críticas de la historia— muestran que hay “dos” Luteros. Uno, el “original”, que escribe sus ideas hasta 1525. Otro, que a partir de esa fecha y de una grave crisis motivada por una revuelta de campesinos, escribe contradiciendo parte de sus doctrinas. Algunos de sus contemporáneos advirtieron esta diferencia y quisieron mantenerse fieles al “primer Lutero”. La historia los conocerá como el movimiento de la Reforma radical. Y nuestra hipótesis aquí —siguiendo a Alejandro Zorzin y otros— es que lo radical de este segundo movimiento (hijo directo de la Reforma) no estriba en una exageración de los principios de la Reforma, sino en una fidelidad a las doctrinas de la primera hora. Los favores del poder, que Lutero recibe en su vida, lo hacen optar por los poderosos en el conflicto con los campesinos.
Para terminar, presentaremos sintéticamente dos modelos que surgen del “primer Lutero” en el seno de la problemática con los campesinos.
Como decía al comienzo, esta historia está enclavada en una cosmovisión medieval. La estructura social medieval descansaba sobre una gran plataforma de productores: los campesinos. Simplificando, ellos eran los únicos que hacían un trabajo productivo, y mantenían así a la clase parasitaria de nobles, guerreros, y clérigos. Estos campesinos estaban siendo sometidos más y más por el sistema feudal de acumulación de riqueza. He aquí la raíz de un conflicto social, político, económico y religioso. Lutero se alía con los poderosos, como el príncipe Federico de Sajonia. Pero los campesinos no estaban solos: Thomas Müntzer y Andrés de Karlstad son dos líderes y teólogos que acompañaron estos procesos.
Thomas Müntzer fue un agitador social que —como la mayoría de sus contemporáneos— interpretaba su mundo a partir del texto bíblico. Consideraba que vivía tiempos escatológicos, “apocalípticos”. Dios hablaba a través de la Biblia, pero también a través de visiones y revelaciones individuales. Müntzer decía haber recibido por revelación que los campesinos debían levantarse en armas, porque estaba cerca la batalla final. Esta agitación social condujo a la batalla de Frankenhausen: en mayo de 1525, miles de campesinos fueron a la batalla —en inferioridad de condiciones— contra el poder imperial. Los campesinos estaban convencidos de que vencerían. La lectura bíblica y teológica de Müntzer les garantizaba que, así como Gedeón venció con solo trescientos hombres, lo harían ellos. El resultado fue una masacre. Los campesinos no contaban con armas de fuego, huyeron por las laderas de las montañas y recibieron la descarga de la pólvora en sus espaldas.
Otro modelo era el de Andrés de Karlstad: un modelo pacifista. Andrés se había quedado en Wittenberg, donde había comenzado todo con las famosas tesis de Lutero. El “hermano Andrés” —como le gustaba que lo llamaran— defendía los derechos de los campesinos, buscaba la paz y la igualdad. Pidió que se sacaran las imágenes de las iglesias porque quitaban protagonismo al único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo. Pero el mensaje teológico y religioso de Andrés no quedaba encerrado en las paredes del templo, sino que tuvo importantes consecuencias sociopolíticas. A partir de la lectura de pasajes bíblicos claves, entendía que si una ciudad o pueblo decía ser cristiana, en dicho lugar no debía haber mendigos. Pero no porque pensara que el mendigar fuera una acción ilegal en sí misma, sino por el siguiente razonamiento: si los habitantes de la ciudad son cristianos, seguramente no habrá mendigos, ya que todos darán de corazón para quienes no tienen.

Conclusiones
Este breve recorrido nos deja varias lecciones:

1. A partir de una nueva lectura del texto bíblico, se puede acceder a un nuevo mundo. Ese acceso está atravesado por las circunstancias históricas, que implican que en un nuevo contexto se descubra la potencialidad que “ya estaba ahí” en el texto bíblico, latente.
2. La gracia de Dios nos abre a un nuevo mundo. El mensaje de la gracia estructura el nuevo mundo que, con la Reforma, se le propone al hombre.

3. La gracia de Dios debe cambiar la vida individual de las personas, pero también las estructuras sociales injustas. En tal sentido, el movimiento iniciado por Lutero exhibe una profundidad mayor en el conjunto de los reformadores radicales que, con mayor independencia de los poderes constituidos, optó por una búsqueda de coherencia que continúa sorprendiéndonos y motivándonos hasta hoy.

4. En el corazón de la Reforma protestante (y recuérdese que lo que hoy llamamos iglesias evangélicas provienen de allí) está la idea de eliminar las jerarquías intraeclesiales. Toda una tarea pendiente para el movimiento evangélico latinoamericano.

5. El camino de la paz siempre es preferible al camino de la violencia en la búsqueda de un nuevo mundo en el que la gracia, el amor, la justicia y el perdón sean la norma y no la excepción. En tal sentido, ciertas afirmaciones y posicionamientos de Lutero deben ser examinados cuidadosamente, difundidos con las adecuadas mediaciones críticas, a fin de evitar reproducir esas tendencias reaccionarias hoy.

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