Cincuenta años después

Julio de Santa Ana

Introducción

En este año de quincuagésimos aniversarios, Vaticano II es un hito que no podemos obviar. Los artículos que publicamos en este sección han sido puestos a disposición de Caminos, y de todas las revistas latinoamericanas que abordan la teología, por la Comisión Teológica Latinoamericana de la Asociación Ecuménica de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo (ASETT/EATWOT) a manera de minga, mutirão, cumbite, trabajo voluntario de repensarnos a la luz de aquella ventana que abriera Juan XXIII para que entrara el aire fresco en la vida y la reflexión de la Iglesia católica. Muchas fueron las “conversiones a lo humano” que produjeron Vaticano II y su secuela latinoamericana, Medellín. Una de ellas fue la de Samuel Ruiz, el obispo de Chiapas, que nos sigue acompañando ahora desde otro lugar y desde el corazón de quienes lo bautizaron tatic.

Cincuenta años después

El 25 de enero pasado se cumplieron cincuentiún años del momento en el que el antiguo Patriarca de Venecia, que en octubre de 1958 fue elegido Papa por el Colegio de Cardenales de la Iglesia Católica Romana, comunicó su intención de convocar un nuevo concilio ecuménico. El anterior había tenido lugar en 1870 y había terminado bajo la presión de las fuerzas armadas italianas. El anuncio del recién designado pontífice sorprendió a la mayoría de la curia romana, pero fue recibido con palabras de aprecio por parte de teólogos y laicos que deseaban una renovación del pensamiento católico romano. El pensamiento y la cultura europeos se habían visto sometidos a la dolorosa prueba de dos guerras mundiales que sacudieron los fundamentos de Occidente. Entre los protestantes había tomado forma un pensamiento renovador orientado por Karl Barth, Paul Tillich, Reinhold Niebuhr, Joseph Hromadka y Dietrich Bonhoeffer, entre otros. Las iglesias ortodoxas confrontaron la revolución bolchevique, y también la nacionalista turca dirigida por Kemal Atatürk, que promovieron transformaciones, debates y cambios significativos en la manera de pensar. Boulgakov, Berdiaev y Evdokimov fueron algunos intelectuales que contribuyeron a que las iglesias despertaran ante la nueva situación que se vivía. En las filas del catolicismo romano había grandes teólogos y laicos que, a pesar del contexto represivo y autoritario que prevalecía en la Iglesia de Roma en esos años, deseaban que se expresara una renovación necesaria. Era el caso de Karl Rahner, Yves Congar y Henri de Lubac, entre otros.
La curia vaticana, reducto de quienes se adherían a los esquemas de pensamiento legados por el Primer Concilio Vaticano, se sintió sorprendida por las aclaraciones del Papa Roncalli, que adoptó el nombre de Juan XXIII, y sobre todo por algunas de sus decisiones. El 25 de diciembre de 1961, emitió la constitución apostólica Humanae Salutis, por la que intentó orientar las reflexiones conciliares. El Papa Roncalli repetía que el Concilio había sido convocado para que la entrada de bocanadas de aire fresco pudieran cambiar la atmósfera de la Iglesia Católica Romana. Decidió invitar a cristianos no romanos como observadores permanentes. Estos acontecimientos tuvieron lugar en un breve período de tiempo. El Concilio Vaticano II se inauguró el 11 de octubre de l962. Dos días después tuvo lugar la primera sesión de trabajo.
El Concilio suspendió sus debates el 8 de diciembre de l962. Juan XXIII falleció el 3 de junio de 1963. El 21 de ese mismo mes fue elegido en su lugar Giovanni Batista Montini, Pablo VI, que había sido secretario de estado del Vaticano, antes de ocupar el cargo de arzobispo de Milán. El Segundo Concilio Vaticano pudo haber sido disuelto luego de la muerte del Papa que lo convocó.
No obstante, Pablo VI ratificó la iniciativa de Juan XXIII y anunció de inmediato su continuación. Al sector conservador de la curia vaticana no le gustó esa decisión. El 29 de septiembre de 1963, Pablo VI se dirigió a los padres conciliares y enfatizó el carácter pastoral del Concilio, que, en su opinión, debía prestar atención a cuatro objetivos: – Definir mejor la naturaleza de la iglesia y la función de los obispos; – renovar la iglesia; – restaurar la unidad entre todos los cristianos, incluido el pedido de perdón en el caso de las iniciativas católico romanas de separación; – iniciar un diálogo con el mundo contemporáneo.
El Concilio Vaticano II, luego de otras dos sesiones (en l964 y 1965), culminó con su cuarto período. El tercer encuentro de los padres conciliares tuvo lugar entre el 14 de septiembre y el 21 de noviembre de l964. Se trabajó arduamente en el Decreto sobre Ecumenismo (Unitatis Redintegratio), y sobre la Constitución Dogmática de la Iglesia (Lumen Gentium). Ambos documentos fueron aprobados y promulgados por Pablo VI. En la cuarta sesión se aprobó la constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo moderno (Gaudium et Spes), y otros decretos relativos a la actividad misionera de la Iglesia. La importancia que los padres conciliares dieron al ecumenismo fue patentemente expresada cuando tuvo lugar el encuentro entre Pablo VI y el Patriarca de Constantinopla, Athenágoras, que expresó el deseo de que se superara todo aquello que condujo al Gran Cisma de las Iglesias de Oriente y Occidente. Fue un gesto testimonial de la valentía que es propia de la fe que no solo mira al pasado, sino que busca sobre todo plasmarse en proyectos que influyen sobre la historia y su futuro.

En busca del diálogo y el entendimiento mutuo

En este texto deseo referirme a las orientaciones asumidas por algunas tendencias que intentan encaminar al ecumenismo. Desde ya hago notar que al referirme al “ecumenismo” no aludo a un aspecto unívoco de la realidad. Más bien, cabe reconocer que hay más de una concepción del ecumenismo. Incluso, que entre las líneas que tratan de orientar a quienes se involucran en actividades ecuménicas, hay posturas diversas que se desarrollan al mismo tiempo que surgen nuevos aspectos de la realidad histórica. José Oscar Beozzo, refiriéndose a la importancia del Concilio Vaticano II para la Iglesia latinoamericana al celebrarse el vigésimo año de su clausura, recordó lo que el padre René Laurentin (“teólogo y cronista del Concilio”) hacía notar ya en 1966: que una obra como fue el Concilio en algún momento se superaría a sí misma. También recordó palabras del cardenal Lercaro, quien señaló que la fecundidad de los documentos conciliares se haría notar a través de nuevas dimensiones, que darían cuenta de una actualidad insospechada del texto original.1
En el librito organizado por el padre Beozzo, Gustavo Gutiérrez señala tres dimensiones del Concilio que, de modo inevitable, se han visto afectadas por cambios en la historia, y requieren ser renovadas teniendo en cuenta las señales de los tiempos. Ellas son la urgencia de ser actual, el aggiornamento necesario; la perspectiva ecuménica (que Gutiérrez entiende como parte del diálogo interreligioso, no solo entre cristianos que adhieren a confesiones distintas); y la iglesia de los pobres, que no puede ser separada de la historia de los pueblos del Tercer Mundo,2 no solo porque “la iglesia de la otra mitad del mundo”3 es la más inclusiva, social y económicamente, sino porque a los pobres (que son la mayoría de la población de sus países), Jesús les prometió el Reino de Dios (Lc 6,20). Gutiérrez percibió con claridad que los tres aspectos están estrechamente relacionados: hay una cultura moderna que se basa en las vivencias, valores y luchas de los sectores populares. Lamentablemente, durante estos últimos treinta años las iglesias se han atrincherado en el pasado; abandonaron en gran parte la disposición a correr el riesgo de ser solidarias con los pobres, y tozudamente adoptaron la posi-ción de que podían ser pueblo de Dios sin abrirse y vivir con otras comunidades religiosas y culturales.
Gutiérrez entiende pertinentemente que vivir hic et nunc, entrar en un mundo moderno y vivir de acuerdo a las exigencias que plantea, significa mucho más que servirse de la razón instrumental. Las burguesías de todo pelo tienden a hacerlo. Mas el proceso que intenta seguir una cultura mo-derna que es inclusiva le concede la prioridad a la práctica de actitudes solidarias. Empleando conceptos teológicos que indiquen las características de esta manera de ser modernos, podemos decir que las relaciones entre los seres humanos, así como entre estos y el mundo que nos rodea, son relaciones de gracia, de amor.
Lo mismo vale para las otras dos dimensiones señaladas por Gutiérrez: el sentido de lo que llamamos “movimiento ecuménico” y, sobre todo, la iglesia de los pobres. Es decir, que una cultura moderna procura alcanzar a todos, que el ecumenismo es para todos, y que esto se advierte cuando la comunidad de fieles se abre a los excluidos, a quienes históricamente no tienen voz ni vez. La tarea misionera consigue expresarse cuando el propio movimiento de Dios es el que impulsa y alienta los procesos de encarnación. Dios procura siempre el bien de los seres humanos y del mundo (Jn 3,16). Se percibe en el amor de Dios un movimiento que busca servir a la vida, confirmarla. En consecuencia, procurando reafirmar este movimiento de la gracia, el ecumenismo intenta que los pueblos puedan llegar a vivir relaciones de mutuo respeto y solidaridad. Este es un derecho de todos. Por eso, el movimiento ecuménico es de todos. O, para decirlo con otras palabras, todos somos ecuménicos, según nuestro modo de ser propio, sui generis. Esto requiere que el tema de la “iglesia de los pobres” sea entendido como primordial. No es un asunto separado, que pueda llegar a considerarse como un capítulo aparte. Se hace presente en la manera de vivir la Missio Dei, y en la forma de marchar por las sendas del ecumenismo.

Caminos errados

Cabe reconocer que en los trayectos emprendidos durante estas cinco décadas que siguieron al Concilio Vaticano II, las iglesias se empeñaron en abrir espacios para que se transitaran las tres vías indicadas por Gustavo Gutiérrez. Pero es necesario percibir que no siempre se orientaron de manera correcta. En primer lugar, al tomar en cuenta las culturas modernas de nuestro mundo actual, se observa que la mayoría de las iglesias, sobre todo las que tienen muchos adherentes, han multiplicado en el lapso de las últimos dos o tres decenios sus llamados a mostrarse cautelosos con el mundo moderno. Por ejemplo, basta con recordar muchas admoniciones de Benedicto XVI, del Patriarca Kyril de la Iglesia Ortodoxa Rusa, de varios prelados de la Iglesia de Inglaterra, de iglesias escandinavas, de autoridades del propio Consejo Mundial de Iglesias, de dirigentes de iglesias pentecostales, etc., que reconocen algunos derechos modernos de otras comunidades de fieles que adhieren a creencias no cristianas, al tiempo que (de manera elegante, por cierto) se las condena sin entrar en diálogo con ellas para entender por qué se obstinan en mantener posiciones que resultan escandalosas para muchos cristianos.
En segundo lugar, actitudes semejantes prevalecen también entre instituciones eclesiásticas que han hecho una opción a favor del movimiento ecuménico. Se perciben, por ejemplo, entre las mismas, prácticas ecuménicas que pretenden ser correctas y que, a la vez, exigen que otras comunidades manifiesten la misma corrección de formas. Es el caso de quienes se presentan como “poseedores de la verdad”. Ocurre entonces que muchas veces sus posiciones son intolerantes. En este tipo de situaciones, en las que se hace gala de esta manera de “ser ecu-ménico”, no se llega a percibir que el ecumenismo es una senda, una vereda, por la que nos lanzamos a caminar tratando de ser más fieles a nuestra vocación. Muchas instituciones eclesiásticas no ven que el camino ecuménico es un proceso en el que se puede aprender mediante el encuentro y el diálogo.
El Concilio Vaticano II se lanzó por la vía de dar testimonio de comprensión, apertura y comunión; pero, al mismo tiempo, postuló un camino regresivo para alcanzar la unidad entre los cristianos. ¿Acaso no se puso por título Unitatis Redintegratio al Decreto sobre ecumenismo? Si estamos llamados a reintegrar una unidad perdida, se entiende que el camino que tiene que seguir el movimiento ecuménico ya está definido. Por un lado, tiene que ser reafirmado; por otro, la reintegración de la unidad es volver a encontrar una realidad perdida, lo que conlleva de modo inevitable correcciones de comportamiento.
No es posible desconocer que el llamado al arrepentimiento, la práctica de la metanóia, es un requerimiento radical para dar un mejor sentido a nuestro ser. Es algo que, en uno u otro momento, tenemos que enfrentar. No obstante, cuando se llega a la convicción de que tenemos que vivir ese “cambio de corazón”, esa transformación profunda de nuestro ser, en la gran mayoría de los casos nos afecta solo a nosotros mismos. ¡Tiene que ver con toda una red de relaciones! El cambio que experimentamos muchas veces nos coloca frente a albures y lances azarosos en nuestra existencia. Cuando tenemos ese tipo de experiencias, comprendemos que lo misterioso ocurre en nuestra vida y forma parte de ella. De alguna manera, a través de momentos que nos sorprenden, se puede llegar a vislumbrar el misterio de Dios.
Hay otras rutas en las que perdemos el sentido. Por ejemplo, cuando proclamamos que solo a través de la repetición de actos litúrgicos, de la celebración correcta de la alabanza a Dios, nos es posible decir que vamos caminando hacia la unidad, llegamos a proponer que el diálogo y el encuentro de quienes son diferentes tienen que someterse a la uniformidad del culto. Las formas de adoración, que para algunos son paradigmáticas, pasan a ser más importantes que el encuentro y la comunicación. Esta concepción de la unidad predomina entre algunas de las iglesias ortodoxas, y también en otras en las que son más importantes los ritos que la novedad de vida que pueden aportar los diálogos. Sin embargo, a pesar de que la formalidad de la adoración puede conducir a que nos sintamos muy unidos, no creo que de esta manera hagamos camino para llegar a lo que nos puede unir.

Nel mezzo del cammin…

Así comienza Dante Alighieri su Divina comedia. Para muchos, cinco lustros marcan la mitad de la existencia. Hace cincuenta años, el Concilio Vaticano II abría puertas a la esperanza. Parte de ellas comenzaron a despejar espacios y a enriquecer la vida de las comunidades de fieles. Hay otras que quedaron como ilusiones que florecieron y luego se marchitaron. Nuevas sendas, a través de las cuales se manifestó la fuerza de la fe, nos sorprendieron a muchos. Es el caso de lo que Pedro Casaldáliga y otros han llamado macroecumenismo. Philip Potter, quien ocupó el cargo de secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, afirmó que el movimiento ecuménico quiere construir una plataforma donde los pueblos puedan encontrarse y dialogar en situación de igualdad.
No creo que el movimiento ecuménico haya pasado. Está en marcha. Como se escribió cuando tuvo lugar en Lovaina la reunión de Fe y Constitución (1971), eppure se muove. Un movimiento puede ir en una dirección u otra. Puede, como hemos señalado, retroceder. Puede también escaparse hacia las galaxias. Para tratar de no perder el rumbo, pienso que la presencia del Evangelio del Reino en las formas de cultura modernas (que en nuestra época, en la que parecen predominar los pluralismos se manifiestan en fenómenos tan difusos y difíciles de comprender como lo que actualmente llamamos “globalización”) inevitablemente tiene que plantear la promesa (que también es un mandato) de la iglesia de los pobres. Como lo viera Gustavo Gutiérrez, los imperativos de las culturas modernas, el movimiento ecuménico y las comunidades que se ponen al servicio de los pobres van juntos y no cabe desvincularlos.
¿Cómo vivir la tensión que traen consigo estos imperativos? ¿Cómo ser fieles a la visión de Juan XXIII, al espíritu atento y cuidadoso de Pablo VI? Los dos pontífices romanos fueron hombres de la Biblia. Basta con leer sus escritos antes de llegar al papado y durante el tiempo en que fueron obispos de Roma para comprenderlo. Y entiendo que debo situarme en esta posición bíblica para continuar tratando de ser fiel a su visión evangélica, que tuvo su manifestación más clara en la celebración del Concilio Vaticano II. Entiendo que no hay, en la búsqueda de una guía bíblica, el deseo de tener una concepción paradigmática; no se trata de formular un nuevo tipo de fundamentalismo. Veo este hurgar en las Escrituras como el intento de hallar elementos que ayuden a no errar el sentido, a mantener el rumbo que propone vías de entendimiento y comprensión entre los pueblos. Estos elementos no se encuentran solamente en los libros de la memoria judeocristiana; también están en otras tradiciones.
Cuando reflexiono sobre el testimonio de presencia en nuestra realidad cultural, en el movimiento ecuménico y en el desafío de los pobres a las comunidades cristianas, de los seguidores del movimiento de Jesús en nuestro tiempo, hay dos narraciones bíblicas que me impresionan por su pertinencia. La primera es la historia de la torre de Babel (Gen 11,1-9). La otra forma parte del libro de Los Hechos de los Apóstoles, que da cuenta de lo ocurrido en Pentecostés (Hch 2,1-13).
Son dos narraciones que pueden ser abordadas por separado. Pero también pueden ser leídas de manera conjunta. Escojo esta forma porque entiendo que existe una conexión entre ambas. Es esta correlación que me interesa poner de relieve.
La historia de la torre de Babel es narrada inmediatamente después de que se cuenta que los descendientes de Noé (Jafet, Cam y Sem) se establecieron en lugares diferentes, en familias y pueblos que ocupaban territorios distintos. Algunos de los que sucedieron a Jafet fueron pueblos marítimos, que moraban en islas. Los que descendían de Cam y de Sem “se esparcieron en las naciones de la tierra después del diluvio”. Lo que las Escrituras quieren comunicar puede resumirse con palabras sencillas: según lo que se indica en el capítulo 10 del libro del comienzo (Génesis), el orden sociopolítico y cultural después del diluvio mostraba la existencia de familias, pueblos, naciones y culturas diferentes. La narración del capítulo 11 sorprende al lector, pues describe otra realidad: “Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras” (Gen 11,1), afirmación que el Señor confirma al decirse a sí mismo: “He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un mismo lenguaje” (Gen 11,6); y agrega poco después: “Descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de sus compañeros” (11,7).
Lo que Dios dispuso fue en contra de la decisión de quienes, al encontrar una llanura en Sinar, optaron por establecerse allí y construir una ciudad segura con una torre que llegara hasta el cielo. Lo que esos hombres decidieron era lo que muchos que participan en el ecumenismo contemporáneo desean: que exista orden en el mundo. Procuraban dejar una marca clara de su participación en el proceso histórico. Para conseguirlo no tenían que dispersarse por los cuatro puntos cardinales.
Esta búsqueda de orden y de unidad es lo que parece ser propio del movimiento ecuménico. Cuando previamente recordé el título del Decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II (Unitatis Redintegratio) tenía en cuenta cómo se entiende a menudo la unidad: es una propuesta que ya define el orden que la hace posible. Siguiendo esa línea de pensamiento, se afirma que el orden es imprescindible para mantener a los seres humanos unidos, porque solo si hay orden puede haber unidad. Es evidente la orientación autoritaria y conservadora de este tipo de pensamiento. Tengo la convicción de que gran parte de lo que se entiende por ecumenismo se orienta según esta tendencia.
Si la narración de la torre de Babel fuera la única que cuenta como base del ecumenismo, es muy claro que no hay elementos evangélicos para sustentar el valor de este tipo de unidad. Se trata de un planteo que permite solamente una enunciación de lo que es verdadero. Es la forma que ha tomado la inquisición en todas sus expresiones.
Pero la comprensión del movimiento ecuménico cambia cuando percibimos que no puede existir un sentido de diálogo, un encuentro entre seres diferentes, sin libertad. Es lo que se intuye a partir de la narración que se hace de la historia de Pentecostés en el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Los seguidores de Jesús de Nazaret, que oraban y compartían la fe en el Señor, experimentaron la presencia del Espíritu de Dios. Despojándose de lo que podía ser un cierto temor, o timidez, fueron todos “llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch 2,4). Es una narración que tiene un sentido similar al de la historia de la torre de Babel: los seres humanos pertenecen a familias, pueblos y naciones diferentes. Uno de los rasgos del proceso de globalización que vivimos radica en que quienes poseen mayor poder en el mismo quieren imponer su visión del mundo y de la historia. Es lo que describen como “el pensamiento único”. No obstante, hay quienes resisten y dan la cara a esta voluntad de dominación. Hay muchas cosas en sus existencias que son diferentes. Pero llegan a experimentar la fuerza de la libertad: en otras palabras, aspiran a ser libres. Algunos de manera consciente, muchos inconscientemente, en algún momento se empeñan por plasmar la libertad. Es cuando, sorprendente y misteriosamente, el Espíritu del Señor, el Espíritu de Jesús, los une y los lleva a vivir libremente: porque como escribió el apóstol Pablo, “el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor 3,17).
Entonces, el movimiento ecuménico es aliento, fuerza animadora de los libres. El camino que propone no es solo para quienes creen en el Señor. Es camino que, como escribió el poeta Antonio Machado, solo se hace al andar “golpe a golpe, verso a verso”. No es camino que intenta imponer un orden ni un modo de ser. Es camino que se orienta hacia la libertad.
Cuando pienso en lo que significa el Concilio Vaticano II, estas son las cosas que vienen a mi mente.
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Notas
1 José Oscar Beozzo : O Vaticano II e a Igreja Latino-Americana, Eds. Paulinas, São Paulo, agosto de 1985, p. 5.
2 Op. cit., p. 6. Cita del libro de G. Barauna: A Sagrada Liturgia renovada pelo Concílio, Vozes, Petrópolis, 1964, p. 7.
3 Julio de Santa Ana: L’Eglise de l’autre moitié du monde, Eds. Favre, Lausanne, 1982.

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