Comunicación y luchas contrahegemónicas

José Ramón Vidal

El cuestionamiento de dos ideas dominantes

A principios de la década de los noventa del pasado siglo podíamos encontrar dos ideas, aparentemente de orden diferente, muy repetidas en los medios de comunicación y en el pensamiento social. Una de ellas podemos resumirla en la afirmación de que había llegado el “fin de la historia”, y la otra era que nos disponíamos a entrar en la sociedad de la información, de la mano de las nuevas tecnologías.

No ha tardado mucho tiempo para que veamos que ambas ideas entrañaban formulaciones muy absolutas y que, además, guardan nexos entre sí. Ambas forman parte del discurso hegemónico que se enseñoreaba entonces casi en absoluto en el orbe. Un solo mundo era posible: aquel que se entregaba dócil a las fuerzas “ciegas” del mercado. La lógica capitalista llevada a su expresión más fundamentalista, depredadora, deshumanizada. Para edulcorar la realidad, se hacían promesas de mejoramiento. Unas provenían de la idea del “derrame” de las riquezas que serían generadas por el “mercado libre” y otras por la panacea de las nuevas tecnologías.

Sin embargo en esa propia década los movimientos sociales emergieron con fuerza renovada en el escenario mundial. No fue una izquierda rearticulada ni discursos liberadores renovados los que crearon ese surtidor de rebeldía. Fueron, esencialmente, las consecuencias directas de las políticas neoliberales sobre miles de millones de seres humanos las que provocaron ese nuevo “fantasma” que recorre el mundo. Fue el hecho crudo de que el “derrame” de la riqueza nunca llegó ni va a llegar, que el “mercado libre” es cada vez más el predominio de las grandes trasnacionales y la perpetuación del intercambio desigual entre los países desarrollados y los eufemísticamente llamados en vías de desarrollo.

En la América Latina, la contracelebración en 1992 de los quinientos años de la llegada de los europeos fue motivo de articulación y notoriedad pública de los movimientos campesinos, indígenas, afrodescendientes, de los reclamos contra la deuda externa y eterna, de nuevas o renovadas formas de organización de sectores sociales como los movimientos de mujeres, los que defienden la preservación de la naturaleza o los que reivindican el derecho a la diversidad sexual.

Esa contracelebración dejo dividendos organizativos y políticos que se vieron animados con la insurgencia zapatista en Chiapas en 1994. Luego comenzaron a vincularse esos movimientos con los reclamos antineoliberales que aparecían con fuerza en Norteamérica y Europa. Se produjeron las protestas masivas ante las reuniones presidenciales o ministeriales que intentaban consolidar el Consenso de Washington. Seattle, Québec y Nápoles fueron algunos de los escenarios mas visibles de esas protestas.

Sería demasiado prolijo relatar el curso de este movimiento y sus causas, pero es inevitable mencionar la aparición del Foro Social Mundial. Sobre el Foro he escrito en otro lugar: “El Foro ha transitado, en estos seis años de existencia, de un evento a un proceso que ha contribuido y contribuye a erosionar la hegemonía neoliberal y, en cierta medida, la hegemonía capitalista en general. Su propia consiga, aparentemente mínima, ‘Otro mundo es posible’, confirma y estimula otra visión del futuro que es incompatible con el discurso único, que tiende no ya a legitimar, sino a naturalizar el orden establecido.”1

Los movimientos sociales son hoy una fuerza que no puede ser ignorada. Caídas de gobiernos como las ocurridas en Argentina, Ecuador o Bolivia, la oposición al ALCA y a los tratados de libre comercio, el movimiento antibelicista mundial o triunfos electorales como los de Brasil, Uruguay y, más recientemente, Bolivia y Ecuador, dan cuenta de su vitalidad. Su presencia activa en el escenario internacional ha trascendido de las protestas a las propuestas y se aprecia, en un proceso complejo y contradictorio, muestras de madurez y consolidación como sujetos colectivos de peso mundial. Tienen ante sí grandes retos, como el de consolidarse articuladamente en los espacios nacionales, más allá de su sectorialización o regionalización.

Por eso hoy nadie puede sostener la peregrina idea del fin de la historia, de ese congelamiento perpetuo de los procesos sociales como resultado del “triunfo del capitalismo sobre el socialismo”. La historia ha continuado; como vemos, las fuerzas sociales populares están en plena recuperación de su actividad transformadora, impulsadas por las contradicciones antagónicas generadas por la dominación y su consecuencia más visible, la desigualdad. La historia continúa, lo que es otra historia. ¿Cuáles son sus rasgos más característicos? ¿Cuál es la situación actual y cuáles las previsiones?

En primer término, tenemos ante nuestros ojos una diversidad de resistencias ante una dominación que es múltiple. Junto a los movimientos por los derechos de las mujeres se vigorizan los movimientos por el respeto a la diversidad sexual o los que parten de identidades culturales discriminadas y preteridas (como el movimiento indígena o el de los afrodescendientes), o los de sectores sociales depauperados y excluidos (como los campesinos o los pobladores de zonas periféricas de las grandes ciudades), o los de sectores que ven retroceder derechos conquistados tras largos años de luchas y resistencias (como los obreros y empleados) o los movimientos temáticos (como los que están luchando a favor de la preservación del medio ambiente, contra el flagelo de la deuda externa, contra las bases militares en el exterior u otras formas de militarismo o los que han desplegado una campaña exitosa contra el ALCA en todo el continente), entre otros.
En segundo lugar, podemos identificar que estos movimientos combinan una visión global con una acción local y que tienden a articular sus acciones estructurando redes de intercambio, concertación y movilización, lo que ha dado lugar a la aparición de una agenda intensa de actuación que tiene en los foros sociales quizás su más descollante expresión pública.

La situación actual de estas formas de resistencia y creación de alternativas para un otro mundo posible es de maduración y articulación crecientes, ahora también con gobiernos que han llegado al poder como expresión de esa ola de inconformidad con el status quo y que de alguna forma desafían el llamado Consenso de Washington.

Promesas no cumplidas

Por otra parte, la muy anunciada sociedad de la información se ha ido instalando, en tanto cambios culturales y tecnológicos que han penetrado en amplios estratos de población y diversos sectores de la actividad social. Pero sus promesas de mejoramiento de oportunidades para todos están muy lejos de haberse convertido en realidad. Términos como “brecha digital” o “uso diferenciado de la información” dan cuenta de que los avances tecnológicos no reducen, sino que reproducen y potencian, las desigualdades existentes entre naciones y estratos de población, cuando quedan apresados por la lógica dominante.

El imaginario original de Internet como un espacio plural, democrático e igualitario de intercambio de información ha ido desdibujándose por la creciente mercantilización de los contenidos, la evidente imposibilidad del acceso de la mayor parte de la población mundial por razones económicas y de instrucción y el aprovechamiento desigual que hacen los que tienen acceso a partir de sus niveles diferentes de preparación e inserción en el modelo neoliberal globalizado.
El aprovechamiento de todas las potencialidades que brindan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) para el desarrollo social en campos tan diversos como la educación, la salud, la administración, la información y las artes, entre otros, está sesgado por la creciente inequidad en la distribución de la riqueza mundial. Basta mirar los discursos, resoluciones y acuerdos de las dos etapas de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información para constatar este hecho. Sin embargo, las recetas que emanan de esa Cumbre no difieren de la lógica que provoca la desigualdad, ya que centran su mirada en las facilidades que deben brindarse a las grandes trasnacionales de las telecomunicaciones para invertir en los países menos desarrollados.

La propuesta radica en proponer a esos países que emprendan una carrera tecnológica con la falsa esperanza de que un día alcanzarán a los más avanzados, cuando en realidad lo que necesitan es encontrar vías de utilización más efectiva de las tecnologías que pueden estar a su disposición sin seguir comprometiendo sus abultadas deudas y sus magros programas sociales. Esas vías pasan por el uso con sentido y la apropiación social de las TIC, lo que incluye la capacitación de amplios sectores de la población para que puedan hacer una utilización efectiva de estas e integrar la inversión en tecnologías digitales a programas de desarrollo social y comunitario.

Es la brecha social la que debe ser atendida con prioridad, y las inversiones en tecnología digital deben contribuir a su reducción y no ser una meta aislada y un fin en sí mismas. Ese fue uno de los reclamos no escuchados de la sociedad civil organizada en esa Cumbre.

Esta idea se entrelaza con la evolución que ha tenido la propia noción de sociedad de la información. De manera creciente, tanto a nivel empresarial como a nivel social general, se ha comprobado que las inversiones en tecnologías y sistemas para el manejo de la información, por sí solas, no mejoran los resultados económicos y sociales, sino que las transformaciones necesarias para lidiar con las exigencias del actual modo de desarrollo deben incluir procesos de aprendizaje inclusivos de amplias capas de la población.

Esto significa que la noción de información como insumo fundamental del modo de desarrollo contemporáneo ha ido quedando atrás para dar paso a la convicción de que ese insumo esencial es el conocimiento, y que como este sólo tiene posibilidad de existencia y valor cuando lo interiorizan y emplean los seres humanos, son estos y no los dispositivos tecnológicos los que determinan el cambio cualitativo anunciado. Así, son las visiones humanistas, y no las centradas en la tecnología, las que comienzan a prevalecer en los enfoques mas avanzados.2

Cultura de liberación versus cultura de dominación

Si bien el discurso hegemónico ha ido perdiendo terreno y las realidades, por una parte, y el accionar de las diversas expresiones contrahegemónicas, por otra, han erosionado la creencia en muchas de sus “verdades”, su presencia, como expresión de las ideas de las fuerzas económicas, políticas y militares dominantes a nivel global es fuerte y ubicua. Por eso, lo que está en el orden del día de las fuerzas que se le oponen es la creación de alternativas conceptuales y prácticas que, en un proceso necesariamente prolongado, vayan abriendo paso a otra cultura: la de la liberación.

Uno de los espacios de disputa cultural más importantes entre pensamiento hegemónico capitalista e ideas liberadoras es el de la comunicación.
Sobre este espacio quiero compartir algunas reflexiones nacidas no sólo del estudio de diversas perspectivas teóricas, sino también de la experiencia práctica que durante los últimos tres años he ido cosechando gracias a la relación solidaria que el Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr. mantiene con diversos movimientos y expresiones contrahegemónicos.

Una de las realidades que debemos reconocer es el predominio de las visiones instrumentales en el seno de la generalidad de estos movimientos cuando se abordan los temas de comunicación y cultura. Con frecuencia comprobamos que en la práctica, más que en las declaraciones, el “frente cultural” es el encargado de hacer un buen uso del arte popular o de expresiones apropiadas popularmente de la “cultura de masas” en función de acciones de movilización y, en menor medida, de concientización, y que los responsables de comunicación son los que aseguran el acceso a los medios masivos o alternativos con similares propósitos. En esta instrumentalización de la comunicación y la cultura, además de viejos hábitos que suelen ser muy difíciles de cambiar, influye un insuficiente debate sobre el carácter estratégico de ambas dimensiones, por demás inseparables, en el alcance de los objetivos que les dan sentido a estos movimientos.

Muchas veces, las urgencias y contingencias de la lucha posponen una y otra vez el necesario espacio para la reflexión y el debate sobre aspectos conceptuales básicos, y seguimos arrastrando aquellos que provienen, justamente, del pensamiento que combatimos. Así, conviven con y en los proyectos y luchas transformadoras las visiones “iluministas” y transmisivas de la cultura y la comunicación. Se continúa repitiendo el esquema de “llevarles la cultura” a las masas, entendiendo por tal algo que las masas no poseen y que es patrimonio de la producción intelectual. Comunicarse con las masas es, entonces, trasmitirles las ideas que los movimientos poseen acerca de cómo transformar sus vidas.

No está suficientemente arraigada en los que luchan por otro mundo la comprensión de que no hay grupo humano sin cultura, porque esta justamente es un modo de ser y de significar peculiar que identifica a cada grupo humano. Tampoco la idea de que la cultura es un resultado acumulativo (y en continua transformación) de la historia vivida y viviente de cada grupo, comunidad, pueblo o nación y, a la vez, un factor constitutivo de esa historia, en una relación compleja de múltiples vías y densas interconexiones. De igual forma, no es aún patrimonio sólido de los movimientos el reconocimiento de que la comunicación no se agota con la transmisión de los mensajes, sino que su verdadera significación está en las múltiples construcciones de sentido que los sujetos populares hacen a partir de los mensajes que reciben desde todas partes: desde los centros hegemónicos y desde los movimientos contrarios a ellos.

En este punto de comprensión no alcanzado es que se produce la desconexión entre cultura y comunicación, al no poderse identificar cómo la cultura popular es la gran mediadora de los procesos comunicativos que se gestan y acontecen en los sectores populares. Dicho de otro modo, los movimientos sociales institucionalizados muchas veces en su accionar práctico reproducen inconscientemente las representaciones hegemónicas de la cultura y los modelos de la comunicación que le son funcionales a la dominación.

Sin embargo, los movimientos mismos son la prueba de que la cultura popular y los procesos de significación mediados por ella son los enclaves de la resistencia y de los imaginarios de transformación. Desde allí se incuban y emergen las prácticas contrahegemónicas. De la vida cotidiana, de los sufrimientos y carencias, de las frustraciones y desesperanzas, de las alegrías y la riqueza espiritual, de los sueños y anhelos de los sectores populares nacen las energías para las luchas de los movimientos que desafían el orden imperante.

Los movimientos y organizaciones populares libran hoy una decisiva confrontación con un sistema de medios concentrados, globalizados, ubicuos y coherentemente dirigidos a intentar dar legitimidad al orden dominante. No es nueva esa confrontación, pero hoy reviste cualidades distintivas. Ante estas realidades no pueden detenerse en la denuncia, justa pero insuficiente, sino que es necesario avanzar en la construcción de alternativas que nos acerquen a un mundo diferente.
Algunas alternativas que pueden servirnos de pistas para el análisis y las construcciones colectivas son:

. La redefinición del lugar y el papel de la comunicación en las organizaciones o proyectos populares. Comprender la comunicación no desde una perspectiva instrumental, sino desde un pensamiento estratégico.

. La construcción de modelos y prácticas comunicativos que se centren en el diálogo y la participación.

. La apropiación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, junto al descubrimiento de los usos con sentido para los sectores populares y la apropiación social de sus ventajas.

Se trata de ir hacia la construcción de una verdadera alternativa de comunicación, que potencie sus fortalezas y no quede atrapada en sus debilidades.

Lugar y papel de la comunicación

Como apunté antes, se sigue pensando que la esencia del proceso de comunicación radica en la posibilidad de transmitir mensajes. Más allá de las intenciones (de dominación o de liberación) se centra la atención en la posibilidad de tener medios para esa transmisión. Mientras más mensajes transmita, mientras mayor alcance tengan los medios que empleo, mayor éxito tendré en lograr que mi mensaje “llegue”. Esta forma de pensar ha conducido a centrar los esfuerzos en acceder a los grandes medios y en incrementar la frecuencia de los mensajes, lo que conduce, inevitablemente, a una visión instrumental de la comunicación. También esta visión propicia una interpretación muy pesimista y desmovilizadora, al comprobar que los medios al alcance de los sectores populares o de cualquier visión contraria al discurso hegemónico son escasos, y que el predominio de los medios globalizados es enorme.

Hay otra interpretación del proceso de la comunicación que sirve de fundamento a una visión mucho más realista y, sobre todo, que impulsa a actuar en un sentido realmente útil y productivo.

Esta interpretación radica en comprender que la comunicación no se agota en el acto de transmitir, sino que su finalidad sólo se logra luego de intensos procesos cognoscitivos y afectivos que producen significados nuevos a los mensajes que se recepcionan. Se trata, entonces, no sólo de procesos transmisivos, sino, sobre todo, de procesos de construcción de sentido. A esta interpretación de la comunicación podemos denominarla modelos centrados en el proceso de significación. Aquí se parte de reconocer que las personas no somos recipientes en los que se depositan mensajes, sino actores que participan en el proceso de construcción de sentidos.

Esta manera de comprender la comunicación no es una mera hipótesis teórica, sino un resultado de la práctica histórica. De no ser así, ¿cómo se explica que, no obstante el indudable predominio hegemónico contemporáneo en términos no sólo de medios, sino de discursos y prácticas sociales, se haya logrado levantar un movimiento global de resistencia que comienza a erosionar esa hegemonía? El auge creciente de los movimientos sociales antes analizados da fe de esa aseveración.
Para la práctica comunicativa en las organizaciones y los proyectos populares, esta comprensión debe permitir pasar de una visión instrumental a una visión estratégica de la comunicación. La estrategia comunicativa no es una más, sino la estrategia que atraviesa transversalmente todos los ejes de su accionar.

Centrarse en el diálogo y la participación

Reconocer el carácter activo de los seres humanos en el proceso comunicativo, el valor de los conocimientos y de las experiencias, los sentimientos y valores de los demás, y entender que ninguna persona o grupo monopoliza la verdad, nos conduce, necesariamente, a comprender que sólo con una verdadera participación que propicie y estimule el diálogo podremos comenzar a estructurar procesos de comunicación que no se limiten a la reproducción de la dominación, sino a gestar procesos genuinamente liberadores.

Cuatro ejes recorren la visión estratégica y participativa de la comunicación: el organizativo, el conceptual, el pedagógico y el propiamente comunicacional.3
Una visión estratégica de la comunicación partirá de un eje organizativo que le sirve de sustento y continuidad. La comunicación popular no puede realizarse “en el aire”, sino que tiene que estar afincada en procesos organizativos que unan, integren y articulen a los diferentes actores. El otro eje de esa visión estratégica es el conceptual, es decir, la construcción colectiva de propósitos y objetivos y la determinación de los interlocutores con los que queremos compartir visiones, propósitos, luchas. El tercer eje estratégico es el pedagógico, que nos lleva a la determinación de los aprendizajes colectivos, avances y transformaciones que tendremos que hacer en nosotros mismos y en los demás para llegar a esos propósitos y objetivos. Así estaremos en condiciones, entonces, de determinar qué argumentos, ejemplos, historias, consignas, medios y acciones llevaremos adelante para caminar hacia el alcance de los objetivos y se estará entonces construyendo el eje propiamente comunicativo de la estrategia.
Por supuesto, no todas las acciones que se realicen pueden ser propiamente dialógicas. Será necesario utilizar medios masivos que, en rigor, no permiten un diálogo. Pero aun en esos casos se puede intencionar una comunicación popular que lo favorezca.

Si se habla no de lo que se les ocurra o les parezca pertinente a los comunicadores, sino de aquello que interesa, preocupa y moviliza a los demás; si se hace en su lenguaje, con sus códigos, de manera creativa, atractiva; si no se ofrecen recetas y conclusiones acabadas, sino elementos para la reflexión y el análisis, se estará, entonces, haciendo una comunicación de masas que favorezca el diálogo y no una que intente suplantarlo o entorpecerlo.

La fuerza que brinda una visión estratégica de la comunicación en las organizaciones y movimientos populares radica, en primer término, en que no se limita a una construcción de mensajes desde los comunicadores, sino que estos se convierten en estimuladores, conductores y animadores de un diálogo en el que puede y debe participar la mayor cantidad posible de personas involucradas, interesadas y comprometidas con las transformaciones propuestas y también en la articulación de los diferentes ejes antes apuntados.

Para que se logren desplegar todas las potencialidades es muy importante saber articular coherentemente los diferentes medios con que se cuenta. Desde la conversación de persona a persona, las asambleas, encuentros y reuniones, fiestas populares y otras celebraciones o los medios locales (murales, boletines, radiobases, etc.) hasta las radios comunitarias o no, periódicos, televisoras o redes digitales.

Una buena acción de protesta o una linda celebración comunitaria pueden insertarse en un medio masivo, eso nunca está de más, pero no puede ser ese el fin último de lo que se haga: los fines están determinados por los ejes organizativos, conceptuales o pedagógicos. Una movilización que haya sido silenciada por los medios masivos puede ser exitosa si dejó una huella educativa en los que participaron, si reforzó la conciencia sobre la fuerza de la unidad, si ayudó a comprometer a la gente en nuevas acciones, etc.

La apropiación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación

La introducción del uso de las TIC en los movimientos sociales y otras formas organizativas populares se ha ido produciendo paulatinamente, en un proceso de aprendizaje inconcluso, desigual y no lineal en pugna con los viejos hábitos funcionales, prejuicios, escasez de recursos financieros e insuficientes conocimientos. Sin embargo, su impacto es visible y ampliamente reconocido al interior de los movimientos.4

Ya apunté antes que muchos movimientos sociales y algunas importantes fuerzas políticas afines a estos están estructurados en red, con lo que han dejado atrás, poco a poco, los viejos esquemas verticalistas y autoritarios de organización. Ello es el resultado de la reflexión crítica de la experiencia histórica de estos movimientos y representa una alternativa política de incalculable valor de cara al futuro.

La existencia de redes digitales de comunicación no es, a nuestro modo de ver, la que está sobredeterminando esta tendencia, como expresan muchos analistas, sino que se trata de la respuesta organizativa a un reclamo democratizador y participativo que viene dado como conciencia colectiva que emerge desde el interior de estos movimientos. Sin embargo, las redes digitales le han dado un sesgo específico a la manera, la velocidad, la continuidad y la interactividad logradas en esta reconfiguración de los diversos sectores que desafían el orden mundial vigente. Ellas han hecho posible que en un corto período de tiempo se hayan expresado formas globales de resistencia que actúan articuladamente y no como enclaves aislados. Las redes permiten visualizar las luchas y reclamos de inconformidad y cambio, y hacen posible que quienes están protagonizando esas luchas y reclamos se conozcan, se ayuden solidariamente y compartan experiencias y alternativas, lo que potencia en forma sinérgica toda sus acciones.

Sería impensable la organización de megaeventos como el Foro Social Mundial sin la existencia de un amplio uso de las redes digitales en los movimientos. A través de estas se logra el consenso global acerca de los ejes temáticos, metodologías de trabajo, inscripción de actividades, conformación de los programas y los múltiples aspectos organizativos y logísticos que entraña un evento que puede llegar a reunir más de cien mil personas que participan en miles de talleres, reuniones, seminarios, paneles, mesas de diálogo, marchas, presentaciones culturales, exposiciones, en una ciudad, tan sólo en unos días.

Pero más importante aún es la continua e interactiva comunicación entre actores sociales muy diversos esparcidos por todo el mundo, que permite realizar jornadas de protesta, celebraciones o declaraciones de forma simultánea a nivel global.
La aparición de iniciativas, alternativas, peticiones y expresiones de solidaridad, procesos formativos, entre muchos otros tipos de acciones que realizan cotidianamente las redes sociales a través de las redes digitales muestran las grandes potencialidades de estas, sobre todo si en ellas se logran establecer modelos comunicativos dialógicos. La reconceptualización de Internet no como una red de redes de computadoras, sino como una red de redes humanas que utiliza una plataforma de interconexión digital mediada por computadoras,5 se hace evidente al observar y, mejor aún, al trabajar en estas redes.

Un desafío permanente en la introducción de las tecnologías en los procesos de organización social y popular es el que viene dado por la velocidad misma de los cambios tecnológicos y por los modelos de uso de las tecnologías pautados desde los centros generadores de estas. Esto es válido no sólo para los movimientos sociales, sino para todas las organizaciones de los países “en vías de desarrollo”. Ni se puede seguir la carrera de la innovación tecnológica por razones financieras, principal aunque no exclusivamente, ni nos sirven los modelos de uso privado de la red.

En respuesta a ese desafío han surgidos conceptos y prácticas que brindan alternativas viables y adecuadas para nuestros países, como los de “uso con sentido” y “apropiación social” de las TIC.6

El primero se refiere a no centrarse en las posibilidades que anuncian los vendedores de las tecnologías, sino en las necesidades específicas de la organización para, a partir de estas, determinar la dotación tecnológica y los cambios organizativos y funcionales que se desprenden de la utilización de las tecnologías digitales. El segundo hace referencia a que en nuestros países hay que trascender el modelo de uso privado o individual de las TIC para pasar a formas de acceso masivas como la experiencia de los telecentros, clubes de computación y otras que han ido apareciendo en diversas partes de la América Latina, y sobre todo, a la organización de proyectos de utilización de las TIC en beneficio de quienes no están conectados a las redes digitales, de forma que se combinen estas redes con otros medios de comunicación de uso generalizado como la radio, la televisión, la prensa y otros que se insertan en procesos organizativos específicos.

Las redes, por su carácter potencialmente interactivo, pueden acercar visiones y contribuir a compartir experiencias y concertar acciones. Pero sólo se aprovecharán todas sus potencialidades si se les da uso con un sentido específico para cada comunidad, organización y movimiento, y si se logra, gracias a la complementación de medios, llevar sus contenidos hasta los que nunca se han sentado frente a una computadora, es decir, si se logra una apropiación social de sus contenidos.

Cuando hablamos de apropiación de las tecnologías no nos referimos sólo a tener o no computadoras, acceso a redes, etc. Tales adquisiciones serían el comienzo de un proceso de apropiación que debe continuar con la capacitación en el manejo de esos dispositivos y en la creación de habilidades para encontrar, seleccionar y utilizar la información, y luego con una determinación colectiva de los usos específicos que para cada comunidad, proyecto, organización o grupo pueden tener los recursos disponibles en la red.

Sin embargo, las pautas de uso establecidas desde las empresas comercializadoras son contrarias a esta tendencia. Vemos cómo, cada vez más, los contenidos más valiosos de la red son una mercancía sólo al alcance de quienes pueden pagarla. El simple acceso a las redes no determina una disminución de las desigualdades, sino más bien un incremento de estas, al poder unos acceder a informaciones valiosas para el desarrollo social y personal mientras que otros sólo consumen información de entretenimiento o portadora de una construcción de la realidad coherente con el discurso hegemónico.

En 1970, el Public Opinion Quarterly publicó el artículo titulado “Mass Media and Differential Growth in Knowledge”, de Phillip J. Tichenor, George A. Donohue y Clarice N. Olien, todos profesores e investigadores de la Universidad de Minnesota, en el que expresaban que “a diferencia de lo que puede pensarse a simple vista , el incremento de los medios y de los volúmenes de información que circulan en las sociedades desarrolladas no tiende a igualar el conocimiento entre todos los integrantes de esas sociedades, sino que, por el contrario, cuando la introducción de la información de los medios de comunicación de masas en un sistema social se incrementa, los segmentos con un estatus socioeconómico alto tienden a adquirir esta información de una manera más amplia que los segmentos socioeconómicos bajos”.7

Por tanto, sólo si intencionamos usos pautados por las necesidades propias de las comunidades y grupos y a partir de ahí organizamos procesos comunicativos con sentido educativo estaremos aprovechando las potencialidades de las nuevas tecnologías.

Esta nueva mirada contextualizada a las TIC potencia su uso y sus resultados socialmente significativos. La relación entre práctica y reflexión acerca de las TIC debe continuar acompañándonos para fortalecer la inserción de las tecnologías digitales no como moda o corriente “propia de la época”, sino como una verdadera apropiación de estas para contribuir al desarrollo social y a los cambios que necesita la humanidad en su conjunto.

Monterrey, México, 8 de mayo del 2006

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