Diagnóstico teológico a los cincuenta años de Vaticano II

José María Vigil

Por las características propias de nuestra época, Vaticano II será, sin duda, el Concilio del que más se ha escrito en toda la historia de la Iglesia. Y seguirá escribiéndose. En este aniversario quiero centrarme en hacer un “diagnóstico” de los problemas teológicos fundamentales que se detectan al respecto, de una manera un tanto esquemática y sin pretender abordar su estudio ni su solución. Eso puede ser materia de estudio y de diálogo en las diversas actividades, congresos y publicaciones que se preparan en torno a este amplio aniversario (2012-2015). El “número colectivo de revistas latinoamericanas de teología” que se publica en torno a él, y del que este texto forma parte, es precisamente una iniciativa, al ser servicio de todas esas actividades eclesiales.
Comenzaré por presentar un panorama cronológico de los grandes paradigmas teológicos que han entrado en escena desde Vaticano II (ver), para luego proponer un elenco de lo que podrían ser los problemas teológicos de mayor calado pendientes en este momento (juzgar), y concluir con una síntesis de propuestas operativas (actuar) para el debate.

Ver: panorama diacrónico de evolución teológica

Voy a tratar de enumerar los “grandes núcleos teológicos” que hemos experimentado en el cristianismo en estos cincuenta últimos años.

_Un primer intento de reconciliación, limitada y contradictoria, con la modernidad _

Tras varios siglos de enfrentamiento con el desarrollo de la ciencia y la nueva conciencia de la emancipación de la humanidad frente a la tutela religiosa, el Concilio Vaticano II se puede calificar teológicamente como la reconciliación del cristianismo católico con la primera modernidad, una reconciliación parcial —en cuanto no se aplicaba, por ejemplo, a las estructuras jurídicas mismas de la Iglesia―, y en parte contradictoria ―en cuanto que, para llegar al consenso, hubo que introducir concesiones e incurrir en ambigüedades―. Pero era un buen inicio, un desbloqueo del impasse que se arrastraba, y despertó enorme interés y una desbordante vitalidad.

Mayo del 68: la revolución posmoderna

Los analistas reconocen que después de Vaticano II tuvo lugar la llamada revolución cultural de mayo del 68, una profunda vuelta de tuerca de la modernidad en la sociedad ya globalizada, que planteó cambios hasta entonces inéditos: revolución cultural, sexual y femenina, crítica al poder, al Estado, a la democracia formal, a los valores establecidos.
La Iglesia católica vivió esa revolución cultural con la efervescencia de la primera apertura conciliar y en primera línea, ya sin la defensa de la clásica “separación del mundo” con que hasta entonces se había autoprotegido. Como toda la sociedad, no tuvo la distancia crítica necesaria para entender aquella nueva propuesta cultural. Eso fue razón adicional e imprevista de un gran malestar en el sector conservador de la Iglesia, que le achacó al Concilio mismo la desorientación que produjo en la Iglesia la revolución cultural y desató una fuerte oposición interna.

Una nueva propuesta teológica: la Teología de la Liberación

A continuación, surge en la América Latina toda una nueva propuesta teológica, liderada en principio por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM): la Teología de la Liberación (TL), que pretendía ser una simple aplicación y adaptación de Vaticano II para el continente, pero que vino a ser, además, una relectura del conjunto del cristianismo con la introducción de tres dimensiones hasta entonces olvidadas: la dimensión histórico-escatológica utópica (que dialogaba con la segunda modernidad), el reinocentrismo (que superaba el eclesiocentrismo y el exclusivismo milenarios) y la opción por los pobres (que rompía la milenaria alianza con el poder político y económico, y que fue calificado como “el acontecimiento eclesial más importante desde la Reforma protestante”).
La TL estaba animada por una fuerte vivencia espiritual, y produjo un estilo de teología que se expandiría a partir de entonces al cristianismo universal. La envergadura y la importancia de lo que allí se dio bien habría podido ser materia de un hipotético Vaticano III.
Como un factor decisivo, en inicio ajeno a lo propiamente teológico, hay que reseñar la elección como papa de Karol Wojtyla, que había sido precisamente líder del Coetus minor de los padres conciliares, cuyas propuestas resultaron desechadas en el Concilio. Desde el punto de vista teológico, cabe resaltar el nombramiento de Josepf Ratzinger como encargado de la Congregación de la Doctrina de la Fe, quien con su Informe sobre la fe inició una campaña de reinterpretación involutiva del Concilio, de descalificación de la TL y de persecución de los teólogos más creativos. Podemos decir que a partir de aquel momento entra en escena, de la mano de la oficialidad, una teología conservadora restauradora y altamente beligerante que impone su opinión, sin diálogo, por la vía del “poder magisterial”.

El paradigma pluralista

Vaticano II abrió tímidamente la puerta hacia el pluralismo cuando, pronunciándose por el inclusivismo, propició la superación del exclusivismo. Al mismo tiempo, en el área de la teología anglosajona, y sobre todo en Asia, donde el cristianismo experimentaba con fuerza una sensación de minoría ante la pluralidad religiosa reinante, surgió el paradigma pluralista, que significó una ruptura aún mayor que la del abandono conciliar del exclusivismo. La América Latina se mantuvo al margen del tema en sus inicios; solo después del 2000 se propuso el “cruzamiento entre la Teología de la Liberación y la del pluralismo religioso”. El mundo mundializado actual ha tomado conciencia de la pluralidad religiosa y del carácter regional de todas las religiones. El diálogo y la reconciliación con esta nueva cultura pluralista implica la “relectura pluralista del cristianismo”, que, a pesar de las condiciones oficiales tan adversas de hoy, continúa su curso sin frenos. No se trata, pues, de un tema sectorial o regional, sino de una forma diferente de autocomprensión cristiana, algo tan grave y tan profundo que bien merecería en tiempos normales todo un nuevo concilio para afrontarlo.

El paradigma feminista

Aunque las raíces del movimiento feminista son históricamente antiguas, su verdadera eclosión ha transcurrido a partir de las últimas décadas del siglo pasado. Aunque procede de la sociedad civil, este paradigma encontró asidero en la teología y caló profundamente en sectores muy amplios de ella y de la base del cristianismo, especialmente en una buene parte de las mujeres cristianas, tanto laicas como religiosas. El paradigma feminista, auxiliado por los estudios de género, muestra hasta qué punto llega la influencia de la ideología del patriarcalismo en el cristianismo tradicional. Eso incluye la marginación y minusvaloración de la dimensión femenina y sus valores en todos los niveles, desde la imagen misma de Dios hasta la organización práctica de la vida cristiana. Se puede decir que, a nivel teórico, sus logros son ya irreversibles, pero es a nivel práctico, en la implementación de sus consecuencias en la práctica cristiana, donde sigue casi todo por hacer. También en este caso, un cambio de paradigma tan profundo como el feminista bien merecería en tiempos normalmente sanos todo un concilio ecuménico que lo acoja con la profundidad y la coherencia necesarias.

El paradigma ecológico

Después de Vaticano II eclosionó también el tema ecológico en la teología. No nos referimos solo a la urgencia de cuidar la ecología ni a la emergencia planetaria que parece situarnos al borde del desastre planetario y de nuestra extinción como especie, sino también a la reinterpretación total del cristianismo fuera de los supuestos (antiecológicos) en los que se creó. Es el caso del antropocentrismo, nuestra desligación de la tierra y de la evolución de la vida, la transcendencia y la separación cósmica de la imagen de theos (ahí fuera, ahí arriba), la concepción de la naturaleza como inferior y/o pecaminosa o de esta vida y como prueba de acceso a un mundo sobrenatural distinto. La ecología llegó a su madurez apenas en los años setenta con el movimiento de la “ecología profunda”, que implica una manera revolucionaria de repensar la realidad y el cosmos y de repensarnos nosotros mismos. Es toda la teología y todo el cristianismo lo que hay que rehacer. Esta temática no solo es urgente por los mismos criterios que mencionamos en torno a otros paradigmas, sino porque todo indica que estamos en los últimos años hábiles para evitar caer por una pendiente sin retorno hacia el cambio climático severo, que puede extinguir todo lo humano y desaparecernos como especie. En todo esto el cristianismo, reputado actualmente como “la más antropocéntrica de las religiones” (Lynn White), ha tenido no poco que ver. Si hay una urgencia y una emergencia que merecen un concilio por sobre todas las demás, es esta.

_El paradigma postreligional
_
Prácticamente desconocido en muchas regiones del mundo y escasamente desarrollado, el paradigma postreligional, sin embargo, dista de ser algo nuevo. Se trata de una intuición que nos visita recurrentemente en el tiempo de vida de la actual generación, y que vuelve ahora “en espiral” (más adentro y más abajo), pertrechada de conocimientos auxiliares de antropología cultural que hacen que su desafío sea ya inaplazable. Este paradigma plantea la superación del supuesto según el cual la religión es el cuerpo especial de sabiduría y el medio de realización espiritual, avalado directamente por la Divinidad, revelado, incuestionable. La antropología cultural cree conocer —de un modo medianamente aceptable— las bases humanas de la espiritualidad, el surgimiento de la religión con el advenimiento de la sociedad agraria, los procesos de su elaboración y evolución, así como los mecanismos internos de su funcionamiento epistemológico y la función de los mitos y las creencias. Plantea, además, que esa edad agraria que posibilitó el surgimiento de las religiones mundiales que todavía hoy conocemos, está en su fase terminal, y que, en la sociedad del conocimiento que va a remplazar a aquella sociedad agraria, los mecanismos epistemológicos de la religión agraria serán inviables. El cristianismo (una religión agraria también) es desafiado: o se metamorfosea y deja de ser religión (agraria, neolítica) o desaparece; o continúa adelante como es, más allá de su formato de religión agraria, o desaparece. La crisis actual de la religión es también un “nuevo tiempo axial”, una nueva “gran transformación”, como la que dio origen a la nueva conciencia religiosa que vivimos desde hace dos mil años. Un concilio interreligioso sería tal vez la solución más urgente para que las religiones todas afronten su futuro, en lugar de cerrar los ojos a lo que comienza a aparecer en el horizonte.

El paradigma epistemológico

Durante mucho tiempo el cristianismo se ha instalado en un cómodo “realismo ingenuo” que postula la adaequatio rei et intellectus, una correspondencia directa entre lo que pensamos y expresamos y la realidad. Hasta hace cuatro días, como quien dice, hemos tenido el apoyo milenario de una interpretación literal de las creencias que vehiculan los mitos religiosos, como si estos fueran descriptivos de la realidad, porque en algún momento fueron revelados. El nuevo paradigma epistemológico que se propaga cada vez más por la sociedad es muy consciente de que nuestro conocimiento no describe la realidad, sino que simplemente la modela, y que el conocimiento religioso es también construcción humana, elaborado sobre la base de metáforas aproximativas, que con el tiempo quedan desplazadas, obsoletas, o pueden incluso resultar dañinas en un determinado nuevo contexto cultural. Como otrora reclamara Kant, el nuevo paradigma nos pide “despertar del sueño dogmático religioso”. Desde la visión anterior clásica, suena a “relativismo”, pero es que la aportación más grande del siglo XX en términos de conocimiento ha sido el descubrimiento de los límites del conocimiento. Una revolución epistemológica se viene encima, y urge una reinterpretación de todas las seguridades objetivas y descriptivas de nuestra religiosidad. Es cierto que este paradigma en muchos sectores apenas asoma en el horizonte, pero la teología debe tener claridad y prepararse para afrontarlo.
Esta es, en mi modesta opinión, una radiografía teológica básica de los grandes núcleos o paradigmas que intervienen en el debate ideológico de la conciencia humana actual, que tiene lugar al interior del cristianismo en general, y específicamente en el mundo católico. Mi opinión necesitaría muchos matices y subdivisiones, y se puede plantear de otras muchas maneras, pero creo que así aporta claridad y facilita notablemente el discernimiento de la concurrente complejidad actual.
En todo caso, analizar este campo exclusivamente en los términos generados por el Concilio Vaticano II impide hacerse cargo de lo que realmente estamos viviendo. Un discernimiento actual debe desbordar los marcos estrechos del Concilio Vaticano II, superados por entero hace ya varias décadas.

Juzgar: problemas teológicos implicados

A la vista de este panorama, echemos mano a unos pocos criterios iluminadores que puedan ayudarnos a juzgar.

– Nos guste o no, Vaticano II no ha logrado ser un concilio de feliz memoria ni de -recepciónr pacífica, más allá de la acogida inmediata y entusiasta que recibió y de la vitalidad desbordante que suscitó en su primera etapa en la base del pueblo de Dios. Pronto surgió el miedo y la oposición declarada. No se pudieron implementar mediaciones concretas para la aplicación de sus directrices a la propia Iglesia, a su reforma democrática y participativa, a temas como celibato, sexualidad, colegialidad, primado, y a la reinterpretación de puntos centrales de especial implicación epistemológica (historicidad, desdogmatización, superación de la helenización del cristianismo, relativización de la metafísica). Sobrevino más bien el invierno eclesiali (Rahner), la vuelta a la gran disciplina” (J.B. Libânio), la “restauración eclesial” (J.C. Zízola), la “noche oscura” eclesial o “el pontificado del miedo” (J.I. González Faus).

– Pero la situación se complicó después, porque en estos cincuenta años no han cesado de aparecer nuevos desafíos desde la cultura, a los que se respondió con las actitudes involutivas anticonciliares, cada vez más distantes de las nuevas propuestas. El efecto es conocido: el autoexilio de muchos cristianos, el diálogo de sordos entre la teología y la doctrina oficial, la distancia abismal entre la Iglesia y la vanguardia cultural de la sociedad, la contradicción entre el discurso oficial y la práctica moral real de los fieles, el abandono de la Iglesia por parte de millones de fieles europeos, la vuelta de las apostasías y la pérdida masiva de fieles también en la América Latina. Esa parece ser la situación actual.

– No obstante, la problemática es aun más honda, de otro nivel. Cada vez, más analistas concuerdan con que no estamos ya en una “época de cambios profundos y acelerados”, como insistió varias veces el Concilio en sus documentos, ni siquiera en un “cambio de época”, como dijo el retruécano que se hizo célebre a principios de los años noventa, sino en un “cambio cultural” de dimensiones epocales, una “metamorfosis” radical, un auténtico tsunami cultural, o como muchos están diciendo, un nuevo “tiempo axial”. Discutir ahora si el Concilio Vaticano significó “una ruptura o una continuidad” es como discutir “si son galgos o podencos” (como en El Quijote).

– Así como Mayo del 68 saltó por encima y desbordó la problemática que había planteado el Concilio, el tsunami cultural actual salta por encima de todas nuestras polémicas, y nos hallamos, para colmo, en un estado de extrema debilidad, producto de la involución, el conflicto de interpretaciones y la demora-bloqueo del discernimiento de los nuevos desafíos acumulados desde entonces.

– Parece que la conclusión obvia es una interrogante inmensa: ¿Es posible imaginar a corto plazo siquiera un afrontamiento (no digamos una superación) de los problemas pendientes? ¿Qué habrá de pasar para que se pueda dar un cambio de actitud en la Iglesia? ¿Y qué pueden/deben hacer, mientras, los cristianos/las cristianas que creen estar interpretando de este modo lo que pasa, y no quieren renunciar a su derecho fundamental primario a ser personas de su tiempo y a vivir según su conciencia? El discernimiento queda pendiente.

*Actuar: propuestas interpretativas y operativas de acción *

A manera de proposiciones para el debate:

– El Concilio Vaticano II ha sido el acontecimiento más importante y positivo del cristianismo católico del siglo XX. Introdujo a la Iglesia en una nueva época y la llenó de entusiasmo y creatividad. – El Concilio no creó los problemas, simplemente los reconoció, y con ello posibilitó su afrontamiento. – El Concilio, no obstante, llegó muy tarde, pero no tuvo responsabilidad en la demora de varios siglos del establecimiento del diálogo con la modernidad. No podemos continuar demorando el discernimiento de los problemas actuales, con o sin un nuevo concilio. – El Concilio se vio desbordado por una revolución cultural, la de Mayo del 68, cuando apenas iniciaba su andadura como proceso. No hubo manera de discernir las nuevas propuestas de la posmodernidad. Esto añadió complejidad a la conmoción que se vivió, y explica, aunque no justifica, la reacción de las fuerzas conservadoras contra el propio Concilio. – El segundo gran acontecimiento histórico de la Iglesia del siglo XX fue la aplicación del Concilio a la América Latina, que llevó el diálogo iniciado con el mundo al campo de la segunda Ilustración: en lo social y en lo político, en el encuentro con los pobres y en la praxis histórica de transformación social. La teología y la espiritualidad de la liberación, hijas en definitiva del Concilio, desataron también una explosión de vitalidad y de mística, cuya manifestación mayor fue la multitud de comunidades de base y una pléyade de mártires literalmente “jesuánicos”, según el modelo de Jesús. – La Iglesia está viviendo una situación paradójica, por cuanto la posición minoritaria derrotada democráticamente en el proceso de discernimiento conciliar ha accedido al poder y lo utiliza abiertamente para imponer la visión descalificada con anterioridad. La política autoritaria de nombramientos, utilizada en ese mismo sentido, ha logrado expulsar de la jerarquía a cualquier otro pensamiento y lo ha convertido en un “pensamiento único”, monogámico, incapacitado para el diálogo. – Vivimos así una situación insuperable de conflicto de interpretaciones. Quienes vivieron el Concilio en el propio momento, a corazón abierto, con toda la sintonía de la Iglesia universal, no pueden (con imposibilidad epistemológica) negar lo que vivieron simplemente frente a nuevas interpretaciones impuestas por decretos autoritarios posteriores. Millones de cristianos que abandonan la Iglesia desde hace años testimonian la gravedad de la situación. – Con los años, la situación ha cambiado tanto y tan rápidamente, que el conflicto de interpretaciones sobre el Concilio se hace insignificante ante la magnitud de los nuevos desafíos aparecidos, que se acumulan hasta parecer inabarcables. – Ante esta situación, una responsabilidad grande para encontrar salida la tiene la teología: no puede dejar de plantear esos nuevos problemas no atendidos, y debe elaborar nuevas respuestas, aunque no encuentren un ambiente sano de diálogo abierto y discernimiento comunitario, sino persecución institucional, como en los mejores tiempos de la Inquisición contra Galileo. Es obvio que puede resultar heroico mantenerse fiel al carisma teológico cuando las circunstancias eclesiásticas parecen exigir también que sea también un carisma martirial… pero es mucha la porción del pueblo de Dios que necesita la “caridad intelectual” (Rosmini, Bertone) de la teología consciente de su función profética. – Si se quisiera entrar en un nivel más específico de diagnóstico sobre esta difícil hora histórica, la “posconciliar”, debemos preguntarnos: – (El diagnóstico mismo) ¿Cuál es el factor determinante, la estructura decisiva que mantiene a la Iglesia Católica en este impasse? ¿Cómo sanar la estructura patológicamente vertical y absolutista que la paraliza? ¿Cómo superar la epistemología imperial del “poder sobre la verdad”, el infalibilismo irreformable ahistórico? ¿Cómo llegar a reconocer que el debate, el diálogo y el discernimiento conciliares son la única forma actual de encontrar comunitariamente la verdad, sin utilizar falsos atajos de asistencias revelatorias particulares? Estos son, en realidad, los temas pendientes que no pudo acometer la Iglesia al quedar bloqueada la recepción de Vaticano II. – (La prospectiva) ¿Hacia dónde estamos yendo mientras no se corrija este rumbo? ¿Estamos viviendo de algún modo un “final del cristianismo”? ¿Cómo vamos a estar dentro de otros cincuenta años, si continuamos en esta dirección? Es un momento más que oportuno para discernir entre las varias hipótesis ya conocidas: ¿final, disolución, sublimación, transformación, postcristianismo…? – (La praxis prioritaria) Como en el budismo (el sendero medio), necesitaríamos distinguir entre lo que no necesitamos saber, o lo que al menos puede esperar, y lo que es urgente e inaplazable, aquello en lo que nos estamos jugando el futuro, o incluso la supervivencia como Iglesia, como cristianos, como especie.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>