Iglesia, educación y medio ambiente

Nelson Dávila

Las noticias que se escuchan sobre los problemas ecológicos mundiales son cada vez más alarmantes. Es posible que muchos habitantes de nuestro planeta no tengan la suficiente información o los conocimientos geoambientales necesarios para percatarse de la magnitud de tales desastres. Algunas personas no se interesan por estas cuestiones, porque piensan que nada se puede hacer, que la acción corresponde a científicos y especialistas; mientras que otras, conscientes o no de los graves errores que están cometiendo, continúan saqueando los recursos de la naturaleza para su lucro personal, sin interesarles lo que pudiera suceder en el futuro y sin importarles las consecuencias negativas que tal depredación provoca a la Tierra.
Muchos gobiernos y organizaciones internacionales realizan un esfuerzo meritorio para salvaguardar la vida de nuestro planeta y evitar la degradación de sus sistemas naturales; sin embargo, no se ha difundido toda la información necesaria ni se han implementado suficientes procesos educativos que contribuyan al desarrollo de una verdadera conciencia ecológica. Es preciso, pues, que se continúe trabajando con ahínco en programas que permitan colocar los descubrimientos científicos en un lenguaje comprensible al servicio de la comunidad mundial y que posibiliten una transformación en la manera de relacionarse los seres humanos entre sí y con el planeta. Este sería un paso importante para lograr una educación ecológica que llegue a todos los habitantes del mundo con el propósito de sensibilizarlos y transformarlos en facilitadores activos cuya labor ayude al mejoramiento de la conciencia ciudadana. Urge concertar alianzas y estrategias que permitan fortalecer estos programas en diferentes niveles, de modo que todas las personas pueden hacer algo útil en el mejoramiento de la relación ser humano-naturaleza. Así, y solo así, se podría evitar la crisis ecológica actual.
Un esfuerzo en tal sentido solamente se puede lograr por medio de acciones educativas transformadoras de la conducta ambiental ciudadana, con la intervención responsable del hogar, la escuela, la comunidad, las distintas organizaciones y los medios masivos de comunicación, entre otros. No se puede pasar por alto a las iglesias, que también contribuyen a la educación de sus feligreses en la tremenda responsabilidad de conservar el equilibrio en un planeta como el nuestro, rico, pero frágil.

La educación ambiental vista desde los procesos generales de educación

En un primer momento, analizaremos qué tipo de educación se necesita para lograr individuos con responsabilidad ecológica. Por supuesto que se pueden encontrar muchos criterios, pero me referiré a uno que marcó la entrada al siglo XXI y que llegó desde el Informe Delors1, en el que se establecieron los cuatro pilares del conocimiento que sostendrían la educación del nuevo siglo: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser. Esta propuesta tiene un valor incalculable, toda vez que estimula la formación integral del ser humano, insistiendo en que no basta con adquirir conocimientos y habilidades para usarlos de manera individualista, sino que se aspira a que las personas los compartan con sus semejantes para beneficio del entorno comunal. Ello implica una convivencia armónica y respetuosa, en la que se tenga en cuenta lo personal, pero también lo colectivo, lo que pertenece a todos, lo que está al servicio de todos, lo que es común para todos.
El pilar relacionado con aprender a ser, que no se encuentra aislado, sino que se entrelaza con los otros, adquiere una enorme importancia educativa en medio de un mundo consumista, impulsado cada vez más por la globalización hacia una cultura desmedida e inescrupulosa del tener en detrimento del ser. Aprender a ser nos permite alcanzar la condición de “humanos” de una forma más plena, al tener siempre en cuenta a quienes nos rodean, porque “la otra persona” ya no nos es extraña; por el contrario, es nuestra aliada más cercana, nuestro prójimo. Educar, entonces, en este sentido, significa otorgar al individuo “una carta de ciudadanía humana”2. Esta concepción educativa tiene una relación estrecha con lo comunitario: solo así se podrá convertir en una educación que capacite para el cumplimiento de los deberes ciudadanos, entre ellos, el respeto a la Tierra, porque cualquier agresión a esta amenaza el equilibrio de todo el planeta.
La pregunta sigue en pie: ¿cómo alcanzar una educación que sea capaz de identificarse o reconocer lo ambiental como algo inherente al ser humano?
Un problema grave ocurre cuando en la educación se privilegia únicamente lo memorístico, y las niñas y los niños repiten una y otra vez, sin sentido para sus vidas, los nombres de países, capitales, ríos, montañas, flora y fauna características de cada lugar, sin conocer exactamente lo que está sucediendo en cada rincón del planeta y los daños que se están ocasionando. La belleza y los colores que presenta el globo terráqueo, como medio didáctico, no muestran la verdadera cara del planeta. Se hace necesario, pues, que ayudemos a “alfabetizar ecológicamente”3 a las demás personas.
Los retos actuales nos obligan a hacer todo lo posible para que no existan “analfabetos ecológicos”. Estoy convencido de que si lo ambiental no atraviesa como eje transversal la vida toda de la persona, no se estarán propiciando las experiencias necesarias para alcanzar los valores, las actitudes y el comportamiento que permitan a las niñas y los niños actuar responsablemente en su relación con la naturaleza. Debemos, por tanto, estar conscientes de que toda la educación tiene que ser ambiental y que con una simple clase, trabajo o dibujo sobre el tema no se resuelve el problema, porque la vida del planeta Tierra depende de cómo enfoquemos su cuidado y protección. Ello se logra con una educación que contribuya a la formación de una jerarquía de valores que le ofrezca sentido a la relación ser humano-naturaleza, lo que verdaderamente estimularía aprender a ser.
Por otra parte, en toda educación, incluyendo la ambiental, lo cognitivo tiene que estar íntimamente ligado con lo motivacional-afectivo y lo conductual-volitivo para alcanzar un desarrollo armónico de la personalidad, de manera tal que lo aprendido motive al individuo a practicarlo, a atesorarlo para sí, a hacerlo algo importante e imprescindible para su vida. Esta educación desarrolladora logrará individuos competentes para el diálogo, el debate y la participación por medio del análisis, la crítica y la búsqueda de soluciones, transformada de esta forma su manera de actuar. Si se educa solamente haciendo énfasis o priorizando lo cognitivo en detrimento de los enfoques socioafectivos, no se incitará a los estudiantes a ser mejores ciudadanos, cuyo desarrollo integral les proporcione la posibilidad de intercambiar con sus congéneres, de razonar cuáles son los problemas ecológicos que afectan la calidad de vida en la comunidad. Faltarán motivaciones y creatividad, a la vez que estarán ausentes los proyectos de vida relacionados con el equilibrio ser humano-naturaleza, porque lo aprendido no habrá cobrado sentido para sus vidas.
Los aprendizajes orientados únicamente a lo memorístico provocan el desinterés por parte del alumnado. Si se quiere que los problemas ambientales sean significativos para la educación infanto-juvenil, será necesario comenzar a alfabetizar ecológicamente desde muy temprano, y esta es tarea de todos, fundamentalmente del hogar. Habrá que encontrar alternativas para que las niñas y los niños descubran sus propias agresiones a la naturaleza en las pequeñas acciones de cada día, que atentan contra una vida comunitaria más sana. Se trata de preocuparse por la contaminación del río que pasa cerca del pueblo, por la tala desmedida de árboles y la caza de especies animales vedadas, entre otros perjuicios, y también por la no recogida a tiempo de la basura que daña la salud del vecindario, en fin, de todos. Esta realidad escapa en ocasiones a los pobladores de una zona, porque corresponde a instancias gubernamentales, pero no se puede estar ajeno a ella y debe enfrentarse junto a la niñez, aprovechando el espacio educativo que propicia tal situación. Solo si se tiene conciencia de los problemas que afectan el medio ambiente comunal se podrá ser receptivo a otros más severos que dañan al planeta en su conjunto.
Este tipo de educación ecológica está cargada de un fuerte compromiso ético, al considerarnos en interdependencia con todo lo que existe y, por tanto, responsables de su cuidado. Además, nos capacita para valorar comportamientos ciudadanos irresponsables en relación con el ambiente. Esta forma de contemplar la naturaleza contribuye a analizar, discutir, respetar y valorar las conductas a seguir, con el propósito de mantener el equilibrio en la relación ser humano-naturaleza.

*La educación ambiental como parte de la educación cristiana
*
Hace un tiempo, una niña de ocho años me impresionó enormemente con el dibujo que había realizado. Se trataba de un globo terráqueo con grandes ojos, de los cuales brotaban gruesas lágrimas. Además, se podía observar que todos los territorios estaban llenos de pequeñas cercas. Al pedirle que me comentara sobre su pintura, inmediatamente me explicó que en la escuela dominical le habían enseñado que cuando Dios creó el mundo siempre decía que todo era bueno, pero que ahora la tierra lloraba porque las personas la habían dividido en muchos pedazos y, al estar tan fragmentada, ya todo no era tan bueno como al principio.
Este dibujo me recordó la gran responsabilidad que tenemos todos los educadores cristianos cuando transmitimos las enseñazas bíblicas, pues ello nos reta a encontrar conexiones entre lo que dice la Biblia y la vida. Pero para lograrlo se precisa identificar los problemas que debemos enfrentar en la actualidad. Si el educador no es consciente de la realidad que viven sus educandos, no podrá contextualizar el mensaje bíblico y la buena nueva corre el riesgo de convertirse en una noticia angustiosa y paradójica.
Precisamente, una de las contradicciones existentes es que las iglesias no son conscientes, en ocasiones, de que su función educativa integral en la comunidad debe abarcar todas las dimensiones del ser humano. Prevalece entonces una interpretación dicotómica de la relación existente entre el mundo y la iglesia, que tiende a separar a la persona del lugar donde vive, desestimando así su interacción con el medio sociocultural. Por supuesto, esta manera de interpretar la misión, “puertas adentro”, propicia un distanciamiento con el resto de las agencias educativas.
Lo anterior estimula únicamente el desarrollo de una relación con Dios, en la que se evita todo vínculo con otras personas de inclinaciones diferentes, o con programas relacionados con el bienestar comunitario, evadiendo el compromiso de ayudar a transformar la sociedad para beneficio de todos. Esta forma de practicar el cristianismo se queda únicamente en el discurso bíblico-teológico, sin incidir en la vida de los feligreses, porque no proclama que el cuidado del medio ambiente es una responsabilidad colectiva y, por tanto, es parte también de la misión de la iglesia en nuestra condición de mayordomos o colaboradores de Dios en la misión. El teólogo cubano Reinerio Arce insiste en este asunto cuando expresa:

… no podemos volvernos eclesiocéntricos, es decir, limitar nuestra co-misión hacia dentro de la iglesia… el Reino se construye allá afuera, no entre las paredes de nuestros templos… tenemos que asumir el riesgo del compromiso de construir el Reino en esta tierra, porque Dios nos ha llamado a eso. Además, teniendo una práctica ecológicamente comprometida para salvar la Creación como parte de su Reino…” 4

Por tanto, una verdadera misión educativa de la iglesia tiene que estar insertada en el contexto en el que las personas se desarrollan como seres humanos con sus dificultades, sus aspiraciones, sus proyectos de vida. Esta práctica la define el educador estadounidense Craig Dykstra, como “acompañar a otros en su vulnerabilidad” 5, imagen de educar cristianamente que posibilita el verse igual a los demás, ser solidarios y experimentar la fragilidad en medio de un mundo tan injusto, en el que las riquezas están en manos de unos cuantos, mientras la pobreza abraza a muchos. De la misma manera, convoca a denunciar las injusticias, los dolores, la discriminación, el hambre, la muerte, y otras calamidades que atentan contra el desarrollo de una humanidad más digna, en que se proclame la vida, porque ese es el propósito divino: “En este día pongo al cielo y a la tierra como testigos contra ustedes, de que les he dado a escoger entre la vida y la muerte, y entre la bendición y la maldición. Escojan, pues, la vida, para que vivan ustedes y sus descendientes.” (Deuteronomio 30,19) 6
Por otro lado, merece que se revise la interpretación teológica que se le ha otorgado a algunas de las palabras que son claves en los relatos de la creación. Me refiero a dos textos del Génesis: “que el ser humano tenga potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y las bestias, sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra” (1,26); “…llenad la tierra y sometedla…” (1,28)7. ¿Cómo se han venido analizando las expresiones “tener potestad” y “someter la tierra”? ¿Será que estas palabras, que son de bendición, el ser humano las ha convertido en maldición, si se tienen en cuenta los daños que ha venido causando a la naturaleza? ¿Hasta dónde la cristiandad ha usado estos textos en el sentido correcto de ser “mayordomo” o “ecónomo”, y no como una tendencia a la dominación, el control o una licencia para la explotación?8 La teóloga estadounidense Mary Elizabeth Moore, al tratar este asunto, considera que existe un dilema al conceptuar la creación como algo para ser usado y de cuyos beneficios es posible adueñarse,9 y llama a modificar nuestras actitudes y prácticas hacia la tierra. Por su parte, el teólogo cubano Rafael Cepeda piensa que estos textos del Génesis han sido mal interpretados y desvirtuados, tanto por la primera pareja de seres humanos como por sus descendientes, cuando lo que pretende Dios es el ejercicio de la “economía”, es decir, del cuidado y la distribución correcta de los bienes al alcance de las manos humanas destinados a la alimentación y el bienestar de todos los seres creados.10 Se trata, pues, como expresa el himno Dios nos hizo mayordomos, compuesto por Lois C. Kroehler, del aporte de nuestro trabajo creador para beneficio de todos, criterio que coincide con el de Cepeda y que esclarece nuestra condición de mayordomos o guardianes de la Creación:

Dios nos hizo mayordomos
sobre toda la creación;
he aquí que él nos ha dado
todo para bendición.
Dios nos puso en esta tierra,
dijo que nuestra labor
es llenarla y sojuzgarla
con trabajo creador.11

De la misma forma, se debe propiciar que lo ecológico abarque toda la práctica pastoral, ya que en ocasiones se queda solamente en el conocimiento de los textos bíblicos, sin la acción necesaria para la transformación, y sin formar parte de la vida de los feligreses. Asimismo, se debe descubrir de qué formas se pueden vincular medio ambiente y liturgia como aprendizaje comunitario. Por tanto, en las celebraciones se debería considerar la alabanza por las bendiciones de Dios, pero también se debería dar gracias por las cosechas, por las lluvias, y a su vez, pedir perdón por el daño que se ha causado a la tierra, con el compromiso de responsabilizarse ante Dios como ecónomos, para hacer todo lo que esté a nuestro alcance en su cuidado y protección. Solo si se ama el planeta con el mismo amor con que asumimos otras relaciones, los seres humanos podremos identificarnos con ella plenamente. El salmista profesa ese amor cuando expresa en el Salmo 104 las maravillas que Dios ha puesto en las manos del ser humano: “¡Cuántas cosas has hecho, Señor! Todas las hiciste con sabiduría; ¡la tierra está llena de todo lo que has creado! (v. 24).
En resumen, quisiera insistir una vez más en la responsabilidad que tienen las iglesias con la niñez, la adolescencia y la juventud en el desarrollo de una educación que los capacite para relacionarse con el medio ambiente. Si verdaderamente se quieren lograr personas comprometidas con su entorno, se tiene que contribuir a la modificación de las actitudes y prácticas en cuanto al uso de la tierra y sus recursos. Esto se puede alcanzar únicamente mediante la formación de valores en esas edades tempranas que constituyan las columnas básicas de una educación ambiental. Según nuestra experiencia son tres: responsabilidad cívica, participación ciudadana e identidad social.12 Para lograr este propósito, se debe velar porque las generaciones más jóvenes que asisten a las iglesias sean capaces de protagonizar su propio desarrollo como ciudadanos, ayudándoles a entender que todo buen cristiano tiene que ser también una buena persona, preocupada por todos los problemas ambientales que puedan dañar su comunidad, su país, su planeta. Para ponerlo en práctica, se necesita estar convencido de ello, pues estos valores no pueden ser impuestos de manera autoritaria. Las iglesias tienen que propiciar un diálogo con sus feligreses para destacar la importancia de ser un ciudadano ecológicamente responsable, que defienda a la sociedad de todo comportamiento inescrupuloso que pueda deteriorar su bienestar.
Se entiende por responsabilidad cívica el conocimiento y cumplimiento consciente de deberes y derechos, el cumplimiento concreto de las tareas con sentido de compromiso, la admisión de las consecuencias de actos irresponsables, el respeto a sí mismo, hacia los demás y a la naturaleza, la disciplina, la colaboración y la elaboración de proyectos de vida personales en correspondencia con los proyectos comunitarios. Es evidente que estos indicadores contribuyen a que las niñas y los niños que participan en las comunidades de fe asuman conductas más responsables en la relación ser humano-naturaleza, y que los preparen para ser sujetos sociales creativos capaces de transformar la comunidad para bien de todos.
Por su parte, la participación ciudadana debe coadyuvar a que se coopere activamente en las tareas de la sociedad, al caacitar a los individuos para que tomen decisiones encaminadas a la construcción de comunidades más ambientalistas, dispuestas a la protección de la fauna, la flora, las aguas, la tierra, entre otras. Una participación ciudadana consciente cooperará con el desarrollo sostenible como proceso participativo de transformación local, encaminado al incremento de la calidad de vida en las comunidades13.
Por último, la identidad social convoca a los individuos, con un sentido de pertenencia a su grupo social, a capacitarse para participar en los proyectos personales y colectivos que beneficien lo comunitario, al sentir como suyos los problemas de los demás y estar conscientes de que Dios los llama para trabajar en el mejoramiento del contexto en el cual se desarrollan, y también para pensar en los problemas ambientales que afectan al planeta. La aprehensión de este tercer valor permite al ser humano sentirse parte de la humanidad y saber que dondequiera que ocurra un desastre ecológico se daña la vida, y por consiguiente, las personas cristianas no pueden estar ajenas a ello.
Los valores citados anteriormente pueden contribuir al desarrollo de una educación centrada en la Tierra, lo cual es de vital importancia para el siglo XXI, al propiciar la colaboración activa de las generaciones más jóvenes con el cuidado y la conservación del medio ambiente. Al mismo tiempo, este debe ser un llamado a cada persona para convertirse en un nuevo Noé, para que con la misma pasión del personaje bíblico que asumió la protección de la Tierra y sus habitantes en su época, se comprometa hoy, en cualquier parte del planeta que esté, a participar en la transformación de este mundo en uno mucho mejor.

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Notas

1 Ver el capítulo cuatro del Informe de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI de la UNESCO, presidida por Jacques Delors, Santanilla, Ediciones UNESCO, Madrid, 1996, pp. 95-109.
2 Así lo expresa el filósofo cubano José Ramón Fabelo Corzo en su libro Los valores y sus desafíos actuales, Editorial José Martí, La Habana, 2003, p. 279.
3 Término usado por David W. Orr en su libro Ecological Literacy. Education and the Transition to a Postmodern World, State University of New York Press, Nueva Yok, 1992, p. 86.
4 Palabras del teólogo cubano Reinerio Arce Valentín en el estudio bíblico presentando en la Reunión del VI Sínodo de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba, enero de 2007.
5 Este criterio acompaña todo el pensamiento de Craig Dykstra en su libro Growing in the Life of Faith, Geneva Press, Louisville, 1999, p. 161.
6 Versión Dios habla hoy, 1979.
7 Versión Reina-Valera, 1995.
8 El cambio climático acelerado: prueba de nuestra fe, documento de estudio del Consejo Mundial de Iglesias, Unidad de trabajo III “Justicia, paz y creación”, Suiza, 1994, p.33.
9 En el capítulo dos su libro Ministering with the Earth (Chalice Press, St. Louis, 1998, p. 31), Mary Elizabeth Moore ofrece una serie de dilemas relacionados con el uso de la tierra.
10 Rafael Cepeda: Naturaleza y fe. Imágenes y símbolos ecológicos en los textos bíblicos, Centro de Estudios del Consejo de Iglesias de Cuba, La Habana, 1995, p. 29.
11 Himnario Toda la Iglesia canta, Consejo Ecuménico de Cuba, La Habana, 1989, p. 145.
12 Estos valores del comportamiento ciudadano son trabajados por la pedagoga Regla Silva Hernández en el curso sobre Ética y Sociedad de la Universidad de La Habana, 2005. El autor los asume en su tesis de maestría en Educación, titulada “La contribución a la formación ciudadana: desafío actual de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba”, Universidad Pedagógica de La Habana, 2005.
13 Boletín del Programa de Desarrollo Sostenible del Consejo de Iglesias de Cuba, diciembre del 2006, p. 3.

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