Una iglesia que camina junto al pueblo

Esther Quintero

Aun cuando hay grandes cuestionamientos respecto a la primera parte del título de este panel, porque son muchos los que piensan o pensamos que no existe una teología cubana –y hay varias razones para sostenerlo–, le dejamos esa misión al teólogo Arce. Me limitaré sólo a la segunda cuestión.
A mi generación le tocó vivir una época bien oscura, yo diría tenebrosa. Me refiero a la década del cincuenta, antes del triunfo de la Revolución. Fue una etapa en la que el suelo amado de la patria se regó con la sangre generosa de lo más puro y generoso de sus hijos. La tiranía de Ba-tista no perdonaba a nadie ni nada. Recordemos que los miembros de esa generación no rebasaban los treinta años; creo que ninguno llegaba a esa edad. Ante tales hechos, fueron muchos los cristianos que no permanecieron impasibles y, como parte del pueblo, respondieron a la voz de Dios como lo hiciera Moisés. Ante la opresión que sufría su pueblo, decidieron unirse a la lucha por la liberación junto a los que habían decidido ser héroes o mártires.
El triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959, irrumpió en la historia como un torrente que arrasa a su paso con todo un andamiaje que era sostén y apoyo de una sociedad que simbolizaba la muerte, la dominación y la esclavitud. Lógicamente, los cristianos, especialmente los que ya estaban inmersos en el proceso liberador que vivía el pueblo cubano, se sintieron comprometidos, felices de aquella alborada de esperanza. Su incorporación en esos momentos iniciales se hizo desde una perspectiva de amor a la patria, y de descubrir que el proceso revolucionario llevaba implícito los valores del Evangelio.
Está claro que no había una sólida formación teológica para ello, debido al predominio de una teología muy conservadora, importada y, en algunos casos, fundamentalista, pietista, que nada tenía en común con nuestra rea- lidad. Recordemos algunos conceptos que se manejaban: Dios está “arriba”, el mundo es “demoníaco”, la Iglesia es “apolítica”, la fe, la evangelización, el papel de la mujer, la obra del espíritu, etc.
En ese contexto, y con esos antecedentes, llegó el año 1961, la invasión mercenaria a Playa Girón, y se declara socialista la Revolución. Los sectores más conservadores del gran abanico religioso de la isla reaccionaron con virulencia. Sin embargo, el momento llevó a esa generación de cristianos –dispuestos a luchar y echar su suerte con su pueblo, al lado de los humildes y por los humildes– a replantearse la integración a una sociedad con una realidad totalmente nueva, desde una perspectiva de fe. Es cierto que en esa época se produjeron posiciones que iban desde la moderación hasta la radicalidad, y eso a veces se critica, pero hay que situarse en el tiempo.
Y vaya paradoja: en ocasiones esa radicalización hizo más fuerte la actitud de algunas estructuras eclesiales. Se botaron pastores; otros fueron obligados a tomar decisiones dolorosas. Por otro lado, se recibían “palos” de algunos revolucionarios, que por razones históricas veían la Iglesia como una amenaza.
En ese contexto se hace fuerte el movimiento ecuménico y se continúa con mayor ímpetu la formación de lí-deres. Los cristianos se nucleaban en torno a una nueva forma de hacer teología. No podemos decir que había una teología académica, sistematizada, pero sí se reflexionaba sobre aquellos temas que abrían el camino hacia una teología de la vida y la esperanza.
Teníamos la suerte de contar con buenos maestros que fueron dejando su huella profunda en toda aquella generación. ¿Quién no recuerda aquella frase, que creo que era de Arce?: “Al lado de quién está Dios, ¿de los poderosos o de los humildes? Así de sencillo”.
Se estudió el Magnificat, los mensajes proféticos, la li-beración de Egipto, a la luz de una situación nueva. La fe no era mágica, sino comprometida, encarnada. Se fue con-solidando el movimiento ecuménico. Tal vez hoy parecen fantasmas, pero es justo recordar, por ejemplo, al Movimiento Estudiantil Cristiano (MEC) y su labor concientizadora, al Seminario Evangélico de Teología (SET), que celebraba talleres de formación de líderes, al Centro de Estudio del Consejo de Iglesias de Cuba (CIC) y su trabajo de formación desde las bases. Había todo un movimiento a nivel de base que desempeñó un papel importante en esos momentos.
Esto es sólo un recuento histórico, y por el poco tiempo es difícil profundizar en el análisis. Pero sí queda el tes-timonio y la experiencia, la verdad de una época que marcó la historia del pensamiento teológico cubano, y que, si bien no está estructurado o sistematizado o recogido, existe en la memoria histórica de los que aún soñamos y no hemos torcido el camino.
La generación de hoy tiene la suerte de que exista una brecha, un trillo abierto por el que avanzar y aportar para el presente y el futuro. Sin embargo, cabe la preocupación sobre cuáles son los peligros que enfrenta la Iglesia hoy.
Con toda la nueva tecnología, el “enemigo, que anda como león rugiente, buscando a quien devorar” (1P 5,8), utiliza métodos muy sutiles para penetrar la conciencia. Ahí tenemos lo que para todos es conocido: esas nuevas corrientes seudoteológicas de la super fe, el evangelismo explosivo, el carismatismo extremo que hace de algo tan bello como el derramamiento del Espíritu motivo de desa-rraigo y no de una celebración de liberación que conduzca a una praxis de la fe como obra salvífica integradora del Dios de la vida.
Los retos son, precisamente, enfrentar esos peligros; primero, con una verdadera y genuina vocación; segundo, con una sólida formación bíblico-teológica capaz de desenmascarar a los lobos rapaces que vienen a matar y destruir. Ejemplos hay muchos: desde profetas apocalípticos hasta apóstoles “ungidos”. Tercero, rescatar la imagen de una iglesia que camina junto al pueblo, como Jesús, en sus horas tristes y en sus alegrías. Una iglesia que no es señora del mundo, sino servidora. Una iglesia que no es refugio, sino campo abierto de posibilidades. Y, por último, formar y desarrollar un liderazgo que se base en los principios de integridad, austeridad y consagración al servicio al prójimo, sin esperar nada a cambio.

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