Vaticano II, cincuenta años después

José Comblin

Antes del Concilio

La mayoría de los obispos que llegaron al Concilio Vaticano II no entendían para qué habían sido convocados. No tenían proyectos. Como los funcionarios de la curia, pensaban que el Papa podía decidirlo todo en solitario y que no era necesario convocar un concilio. Pero había una minoría consciente de los problemas del pueblo católico, sobre todo el de los países intelectual y pastoralmente más desarrollados. Allí habían vivido episodios dramáticos de la oposición entre las preocupaciones de los sacerdotes más apegados a la realidad del mundo contemporáneo y la administración vaticana. Sabían lo que habían sufrido en el pontificado de Pío XII, quien se opuso a todas las reformas, esperadas por mucha gente. Todos los que buscaban una inserción de la Iglesia en el mundo contemporáneo, motivada por el desarrollo de las ciencias, la tecnología y la nueva economía, así como por el espíritu democrático, se sentían reprimidos. Había una élite de obispos y cardenales que tenían una alta conciencia de las reformas necesarias y quisieron aprovechar la oportunidad ofrecida providencialmente por Juan XXIII. La curia no aceptaba las ideas del nuevo papa y muchos obispos estaban desconcertados, porque el modelo de papa de Juan XXIII era muy diferente al modelo de los Papas Píos, considerado obligatorio desde Pío IX.
Las comisiones preparatorias del Concilio eran claramente conservadoras, y, por eso, el día de la inauguración, las perspectivas de los teólogos y peritos traídos por los obispos más conscientes eran bastante pesimistas. Sin embargo, el discurso de apertura de Juan XXIII rompió decididamente con la tradición de los papas anteriores. Juan XXIII anunció que el Concilio no se había reunido para hacer nuevas condenaciones de herejías, como era costumbre. Habló de presentar al mundo otra figura de la Iglesia, que la haría más comprensible para los contemporáneos. La mayoría de los obispos no entendió y creyó que el Papa no había dicho nada, porque no había mencionado herejía alguna. Para el Papa, no se trataba de aumentar el número de dogmas, sino de hablar en un lenguaje que el mundo moderno pudiera entender. Una minoría recibió el mensaje y sintió que tendría el apoyo del Papa en su lucha contra la curia.
La curia romana tenía una estrategia. Había una manera de anular el Concilio. Las comisiones habían preparado documentos sobre los asuntos anunciados. Esos documentos eran conservadores y no permitían ningún cambio real en la pastoral. Serían entregados a las comisiones conciliares, que los aprobarían, y el Concilio terminaría en pocas semanas con documentos inofensivos que no cambiaban nada. Lo importante era hacer una lista de comisiones integradas por obispos conservadores y explicar al Concilio que lo más práctico sería aceptar las listas ya preparadas por la curia, puesto que los obispos de la asamblea no se conocían.
El primero que descubrió esa estrategia fue Manuel Larraín, obispo de Talca, Chile, y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Tanto él como Hélder Cámara, que eran amigos íntimos y solían trabajar juntos, fueron a avisar a las cabezas del episcopado reformador. La curia había preparado una lista de miembros de las comisiones escogidos de tal manera que se sabía que aprobarían los textos curiales sin mayor problema. Se trataba de rechazar las listas preparadas por la curia y pedir que las comisiones fueran elegidas por el propio Concilio. Líderes como los cardenales Doepfner, de Munich, Alemania; Liénart, de Lille, Francia; Suenens, de Malinas, Bélgica; Montini, de Milán, y otros, tomaron la palabra y pidieron que el Concilio nombrara a los miembros de las comisiones, lo cual fue aprobado por aclamación.
Al final, las nuevas comisiones rechazaron todos los documentos preparados por las comisiones preparatorias, lo cual fue una afirmación del episcopado frente a la curia romana. El Papa estaba feliz. Claro, en pocas horas, Manuel Larraín y Hélder Cámara hicieron listas de los obispos latinoamericanos que podían integrar las comisiones (en ese entonces ya Larraín tenía muchos contactos en el mundo), y otros hicieron lo mismo para el resto de los continentes. Desde el inicio quedó claro que el Concilio sería una batalla de hora tras hora contra la curia romana. El Papa no tenía fuerzas para cambiar la curia. Hasta el día de hoy, los papas son sus prisioneros, dependen de ella. Como en muchas naciones, en la Iglesia la administración es más fuerte que el gobernante. La administración puede impedir cualquier cambio solo por su inercia. Ni siquiera Juan Pablo II se atrevió a intervenir en la curia. Impotente en Roma, se fue al mundo, donde fue aclamado triunfalmente.
La mayoría conciliar que el grupo renovador logró conquistar no quería una ruptura. Por eso le dio importancia a la minoría conservadora, que, aunque pequeña, representaba los intereses de la curia. De ahí que muchos textos resultaran ambiguos, porque tras un párrafo reformista seguía un párrafo conservador que decía lo contrario. Se anunciaban temas nuevos y luego se abría espacio para los temas viejos de la tradición de los Papas Píos. Esa ambigüedad perjudicó mucho la aplicación del Concilio.
La minoría conciliar y la curia no se convirtieron. Todavía se oponen a Vaticano II, y encuentran argumentos en los mismos textos conciliares conservadores. Cuando Juan Pablo II citaba los textos de Vaticano II, recurría a los pasajes más conservadores, como si los otros no existieran. Por ejemplo, en la Lumen Gentium, está claro que lo destacado es el lugar que se da al pueblo de Dios; sin embargo, cuando se trata de la jerarquía, el pueblo de Dios desaparece, y todo continúa como siempre. En 1985, a instancias del cardenal Ratzinger, las palabras “pueblo de Dios” fueron eliminadas del vocabulario del Vaticano. Desde entonces, ningún documento romano hace referencia al pueblo de Dios, que era el tema más importante de la Constitución conciliar. El cardenal Ratzinger había descubierto que “pueblo de Dios” era un concepto sociológico, aun cuando el concepto de “pueblo” no se encuentra en los tratados de sociología. Pero el pueblo no existe sociológicamente, es un concepto teológico, bíblico.
Esta situación tendría mucha importancia en la evolución ulterior de Vaticano II en la Iglesia. Desde el comienzo, hubo un partido al que siempre se dio importancia y poder, que luchó contra todas las novedades. En las elecciones pontificias ―que, como siempre, manipulan algunos grupos― el problema de Vaticano II fue decisivo, y los papas se eligen en función de sus restricciones a todo lo que haya de nuevo en los documentos conciliares. El Papa actual puede vivir diez años todavía, o incluso más. Podemos pensar que después de él se elegirá a uno poco comprometido con el Concilio —para usar un eufemismo—, ya que los grupos que defienden esa posición son muy fuertes en la curia y en el colegio de los cardenales, y no hay señales de que los futuros nombramientos traigan cambios de orientación. Los últimos nombramientos en la curia son elocuentes.

De 1965 a 1968

La historia de la recepción de Vaticano II estuvo determinada por un acontecimiento totalmente imprevisto. Mil novecientos sesentiocho es la fecha simbólica que marca la mayor revolución cultural en la historia de Occidente, superior a la Eevolución francesa o la Revolución rusa incluso, porque tocó la totalidad de los valores de la vida y las estructuras sociales. Lo que ocurrió a partir de 1968 fue mucho más que una protesta de estudiantes: fue el comienzo de un nuevo sistema de valores y una nueva interpretación de la vida humana.
Vaticano II respondía a las interrogantes y los desafíos de la sociedad occidental de 1962. Los problemas tratados, las respuestas propuestas, las discusiones sobre las estructuras eclesiales, las ideas sobre una reforma litúrgica, todo eso había sido preparado por teólogos y pastoralistas desde los años treinta en los países de Europa Central, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza y el norte de Italia. Se había reconstruido la sociedad europea destruida por la guerra, y la Iglesia ocupaba un lugar destacado en la sociedad. Formaba el gobierno en Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, y tenía participación en el de Francia. En realidad, la Iglesia había perdido el contacto con la clase obrera, la cual disminuía numéricamente ante la evolución de la economía hacia los servicios. El número de católicos practicantes disminuía, pero no de manera alarmante. La Iglesia tenía un clero fiel, un episcopado bastante ilustrado, aunque poco reformista socialmente, identificado con los partidos demócrata-cristianos. El gran problema de la Iglesia era la tensión entre los sectores más comprometidos con la nueva sociedad y el mundo romano de Pío XII, apoyado por las iglesias de países y regiones menos desarrollados y más tradicionalistas como España, Portugal, Italia —sobre todo al sur de Florencia—, algunos pueblos católicos del sudeste europeo y la América Latina. Los problemas eran estructurales y no alcanzaban ni a los dogmas ni a la moral tradicional.
En 1968 comenzó abruptamente una revolución total que afectaba todos los dogmas y la moral tradicional, todas las estructuras institucionales, tanto de la Iglesia como de la sociedad. Vaticano II hubiera sido imposible ese año, porque nadie o casi nadie habría entendido lo que sucedía. Vaticano II respondió a los problemas de 1962, pero no tenía respuestas para los nuevos desafíos. En 1968, el Concilio habría sido conservador y temeroso ante las transformaciones culturales radicales que tenían lugar.
Las manifestaciones exteriores de la revolución de los estudiantes en todo el mundo occidental desarrollado se reprimieron con facilidad; por eso, muchos pensaron que eran un episodio sin consecuencias importantes. En realidad, constituían el comienzo de una nueva era que aún está en pleno desarrollo. Mil novecientos sesentiocho significó cambios en la política, la educación, los valores morales, la organización de la vida y la economía. Es una fecha simbólica que evoca los grandes acontecimientos que cambiaron el mundo en la década de los sesenta, sobre todo a partir de 1965.
Ese año significó también una crítica radical a todas las instituciones establecidas y a todos los sistemas de autoridad tradicionales. La crítica se dirigía al Estado, a la escuela en todos sus niveles, al ejército, al sistema jurídico, a los hospitales, a todas las autoridades que mandan por la fuerza de las estructuras y hacen de todos los ciudadanos prisioneros de las instituciones. Claro está, la Iglesia católica se incluyó en esa crítica. La Iglesia era el modelo típico de un sistema institucional radicalmente autoritario. Fue atacada inmediatamente y denunciada con vigor. Los cambios conciliares, tan tímidos, no podían convencer a la nueva generación. En otras palabras, Vaticano II era totalmente inofensivo comparado con la revolución cultural que comenzó en 1968.
Ese año se inició la lucha también contra todos los sistemas de pensamiento, lo que alguien llamó “los grandes relatos”. Los sistemas son formas de manipulación del pensamiento, expresiones de la dominación intelectual. No se acepta ningún sistema que tenga la pretensión de ser “la verdad”. Con eso sufren los dogmas y el código moral de la Iglesia católica, toda su pretensión de “magisterio”. Vaticano II no pudo ni siquiera imaginar que tal situación fuera posible. En su seno no tuvo lugar ninguna discusión sobre dogma alguno y nunca se cuestionó el sistema de pensamiento. Ahora la nueva generación protestaba contra el sistema doctrinal de la Iglesia católica porque ese sistema no permite el libre ejercicio del pensamiento. No es que la nueva generación quisiera negar el contenido doctrinal; es que no quería aceptar un sistema sin discutirlo primero, ni aceptarlo en bloque. Estaba decidida a examinar cada elemento, y luego decidir si aceptarlo o no.
A la par de ese proceso aconteció la explosión de la revolución feminista. El descubrimiento de la píldora que evita la fecundación y que facilita, por tanto, la limitación de la natalidad, despertó un entusiasmo universal entre las mujeres, que tomaron conocimiento de la novedad. Era un elemento básico en su liberación, ya que evitaban así la dependencia de las maternidades repetidas. Para la Iglesia también era una novedad: la Biblia no decía nada sobre esa técnica. Los episcopados de los países de mayor desarrollo social y los teólogos consultados por el Papa manifestaron que no había nada en la moral cristiana que pudiera condenar el uso de la píldora. Pero el Papa se dejó impresionar por el sector más conservador y publicó la encíclica Humanae Vitae, que fue como una bomba. Muchos no creían que el Papa la hubiese firmado. Se produjo una revuelta inmensa entre las mujeres católicas, quienes no aplicaron la prohibición papal y aprendieron la desobediencia. De esa fecha viene la huida de las mujeres. Ahora bien, las mujeres son las que trasmiten la religión. Cuando las mujeres dejaron de enseñar la religión a sus hijos, aparecieron generaciones que ignoran el cristianismo. Muchos obispos quedaron destrozados, pero nada podían hacer, porque el Concilio no había tocado en lo absoluto el ejercicio del primado del Papa. El Papa decide solo, aun contra todos. Era el caso: el Papa concluyó contra los obispos, los teólogos, el clero, los laicos informados. Por desgracia, fue obra del Papa Pablo VI, que por sus muchos méritos en la historia del Concilio parecía un hombre de apertura. ¿Por qué justamente él? De otro papa se habría entendido mejor, aunque el efecto producido habría sido el mismo. Para muchos, Humanae Vitae era como un desmentido a Vaticano II. ¡Nada había cambiado!
Antes de 1968, el consumo se había orientado según las costumbres. Era moderado y limitado. Los ricos no hacían ostentación de su riqueza. El consumo dependía de la regularidad de la vida: comidas regulares y tradicionales, fiestas tradicionales con gastos tradicionales, dentro de un ritmo de vida en el que el trabajo ocupaba el lugar central. A partir de los sesenta, el trabajo dejó de ser el centro de la vida. En lo adelante, ocuparía ese centro la búsqueda de dinero para poder pagar las vacaciones, los fines de semana, las fiestas y el consumo festivo. El trabajo es lo que permite el consumo. El trabajo agrícola desaparece en los países desarrollados y disminuye el trabajo industrial. Las estructuras sociales estimulan el consumo, y los que no pueden consumir se sienten inferiores. La gente gasta lo que no tiene y paga en doce, cuarentiocho, setenta meses. Se puede consumir sin tener que pagar inmediatamente. Se paga años después. Los jóvenes gastan todo lo que pueden.
La supresión de todas las leyes que controlan los movimientos de capitales estimula la carrera hacia la riqueza. Una nueva moral califica a la gente por el dinero que acumula y por la ostentación de su riqueza. En lo adelante, los dueños del capital harán lo que quieran y como quieran, con el riesgo de provocar crisis financieras que afectarán a los más pequeños. Hasta la caída del comunismo en la URSS, el magisterio luchaba contra él y le daba muy poca atención al rápido crecimiento de una nueva forma de capitalismo. En la América Latina, la Iglesia reaccionó tímidamente a la conquista económica de los grandes centros capitalistas mundiales. En la práctica, la Iglesia se olvidaría de Gaudium et Spes 1 y aceptaría la evolución del capitalismo descontrolado. La doctrina social de la Iglesia perdió todo significado profético: no se aplicó a casos concretos en la práctica y el magisterio aceptó el nuevo capitalismo.
Nada de lo anterior fue resultado del Concilio. No se puede atribuir a Vaticano II todo lo sucedido a consecuencia de la gran revolución cultural de Occidente. Esa revolución tuvo inmediatamente repercusiones en la juventud de la Iglesia. Todos sintieron que la institución había sido profundamente cuestionada y desprestigiada, pero ese desprestigio no venía de Vaticano II, sino de la gran crisis cultural. El efecto más visible fue la crisis sacerdotal. Unos ochenta mil sacerdotes dejaron el ministerio y casi todos los seminaristas abandonaron los seminarios. Los adversarios del Concilio lo culparon de ello, pero en realidad no hubo nada en él que pudiera explicar ese hecho ni la huida de millones de católicos laicos. La causa hay que buscarla en la revolución cultural de la juventud.

La reacción de la Iglesia fue la que se podía temer

Los papas y una buena cantidad de obispos aceptaron el argumento —expresado por los conservadores— de que los problemas de la Iglesia venían de Vaticano II. Varios teólogos defensores y promotores de los documentos conciliares, entre ellos el Papa actual, adoptaron la tesis de los conservadores. Dijeron que el Concilio “fue mal interpretado”. Esa fue la razón de que el Papa convocara a un sínodo extraordinario en 1985, en ocasión de los veinte años de la conclusión del Concilio, para luchar contra las falsas interpretaciones y dar una interpretación correcta. En la práctica, la nueva interpretación (la “correcta”) consistía en suprimir todo lo que había de nuevo en los documentos de Vaticano II. Un signo emblemático de esa reacción fue la condena a la expresión “pueblo de Dios“. Se acabó la época de las experiencias, dijo Juan Pablo II. Prácticamente, se repitió lo ocurrido después de la Revolución francesa: se cerraron las puertas y las ventanas para cortar la comunicación con el mundo exterior y se reforzó la disciplina para evitar las huidas. Sin embargo, esto último no se logró. El problema radica en que la Iglesia ya no tiene un inmenso campesinado pobre: en la América Latina los pobres se van a los evangélicos.
Desde entonces se hace referencia al Concilio en el lenguaje oficial, pero su mensaje permanece oculto. El Concilio continúa en la memoria y en la fundamentación de las minorías sensibles a la evolución del mundo, que buscan argumentos en él para exigir cambios y respuestas a los desafíos del mundo actual. La juventud —incluso los nuevos sacerdotes— desconoce Vaticano II, algo que no les ofrece interés alguno. Se interesan más en el catolicismo anterior a Vaticano II, con su seguridad, su belleza litúrgica y la justificación de un autoritarismo clerical que los salva de los problemas.
La reacción de la Iglesia fue la vuelta a la disciplina anterior. El símbolo de esa reacción fue el nuevo código de derecho canónico, en el que se mantiene toda la estructura eclesiástica del código de 1917, a veces con un lenguaje menos autoritario y más florido. El nuevo código cerró las puertas a todos los cambios que pudieran encontrar inspiración en Vaticano II, lo hizo históricamente inoperante.
La prioridad ahora era la lucha contra el comunismo, un comunismo ya en plena decadencia. Eso hizo que la Iglesia aceptara en silencio —los silencios de la doctrina social de la Iglesia, decía el padre Calvez— el capitalismo desenfrenado que se instaló en la década de los setenta. El Vaticano apoyó las dictaduras militares en la América Latina y condenó todos los movimientos de transformación social en nombre de la lucha contra el comunismo. Mantuvo una alianza fiel con los Estados Unidos, desde el gobierno de Reagan hasta la guerra de Irak, que le permitió al Papa abrir los ojos por un momento. Así, la Iglesia se aliaba con los poderosos del mundo y se condenaba a ignorar el mundo de los pobres en su pastoral real. Los nombramientos episcopales fueron altamente significativos.
En la América Latina resultó muy dolorosa la reacción de la Iglesia frente a la revolución cultural del mundo desarrollado.
Para la América Latina, Vaticano II significó un cambio real. Permitió que el episcopado y una buena parte del clero y de los religiosos se convirtieran a favor de los pobres. Si bien con anterioridad ya había sacerdotes, religiosos, laicos y también obispos que optaban por ellos, fue en las jornadas del Concilio en Roma donde se reafirmó esa opción. Con la aprobación de Pablo VI, el CELAM convocó la asamblea de Medellín, que cambió los rumbos de la Iglesia, porque sacó conclusiones prácticas del Concilio. No solo decidió a favor de los desposeídos, sino que abogó por un compromiso para el cambio social radical, y legitimó las comunidades eclesiales de base y la formación de los laicos por la Biblia y la acción política. Las comunidades eclesiales de base fueron una estructura nueva en la que, aunque con limitaciones, los laicos tenían iniciativa y poder reales. En varias regiones no se aceptaron o aplicaron los acuerdos de Medellín, pero en otras cambiaron la Iglesia.
Ahora, Roma atacó sistemáticamente todo ese movimiento con argumentos que proporcionaban los sectores reaccionarios de la América Latina. Desde 1972, por ejemplo, la campaña contra Medellín estuvo dirigida por Alfonso López Trujillo. A pesar de ella, Medellín se salvó en la reunión de Puebla en 1979. Pero en el pontificado de Juan Pablo II la presión aumentó. Las advertencias romanas, los nombramientos episcopales, las expresiones de represión en contra de los obispos más comprometidos con Medellín tuvieron efectos. La condenación de la Teología de la Liberación en 1984 quiso dar el golpe final. La carta del Papa a la Conferencia Episcopal Brasileña (CNBB) el año siguiente limitó un poco el alcance de la condena, pero la Teología de la Liberación todavía es sospechosa.

*Lo que queda de Vaticano II
*
Hoy en día las reformas logradas por Vaticano II nos parecen muy tímidas y totalmente inadecuadas por su insuficiencia. Habrá que ir mucho más lejos, porque el mundo ha cambiado más en los últimos cincuenta años que en los dos mil anteriores.
De Vaticano II destacamos lo siguiente, que debe permanecer como una base para las reformas futuras:

– El retorno a la Biblia como referencia permanente de la vida eclesial, por encima de todas las elaboraciones doctrinales, los dogmas y las teologías. – La afirmación del pueblo de Dios como participante activo en la vida de la Iglesia, tanto en el testimonio de la fe como en la organización de la comunidad, con una definición jurídica de derechos, y con derecho a recurso en los casos de opresión por parte de las autoridades. – La afirmación de la iglesia de los pobres.
La afirmación de la Iglesia como servicio al mundo y sin buscar el poder. – La afirmación de un ecumenismo de participación más íntima entre las iglesias cristianas. – La afirmación del encuentro entre todas las religiones, incluidas las opciones no religiosas. – Una reforma litúrgica que use símbolos y palabras comprensibles para los hombres y las mujeres contemporáneos.

Las condiciones de la humanidad actual en estado de radical transformación

¿Cómo entender la fe?

Desde el inicio de la modernidad, muchos cristianos perdieron la fe o pensaron que la habían perdido, porque tenían una idea equivocada de la misma. Actualmente ese fenómeno se multiplica, debido a que la formación intelectual se ha desarrollado y muchos se quedan con una conciencia religiosa infantil o primitiva que luego rechazan o pierden cuando llegan a la adolescencia.
Los pueblos primitivos de cultura oral y los niños creen en los objetos religiosos como en los objetos de su experiencia. Por eso es fácil pensar que la fe es como la experiencia inmediata. Cuando se dan cuenta que ya no pueden creer en los objetos de la religión en esa forma, porque adquieren espíritu crítico, creen que pierden la fe, porque la confunden con su conciencia religiosa infantil.
La fe es diferente a la experiencia inmediata del conocimiento científico o el conocimiento filosófico. El objeto de la fe es Jesucristo, la vida de Jesucristo. Es dar adhesión personal a esa vida y adoptarla como norma de conducta, porque tiene un valor absoluto, porque esa vida es la verdad: es así como debemos ser hombres o mujeres. No es una evidencia que no permite dudas. Es una percepción de verdad que nunca suprime una franja de duda, porque siempre es un acto voluntario, y porque esa verdad no se ve. El creyente no se siente obligado a creer. Es un acto de entrega de vida, la elección de un camino. No hay evidencia de que Jesús viva y esté en nosotros, pero se reconoce porque se siente una presencia que es un llamado repetido, a pesar de todas las dudas.
Hoy en día el Papa condena como relativismo fenómenos propios del ser humano actual, que ya no puede entender la manera tradicional de conocer los objetos de la religión. Estos no son parte de su experiencia de vida. La fe es conocimiento de la vida de Jesús de una manera totalmente especial, sin comparación con las certidumbres que se adquieren en la vida de cada día. Esta condición del ser humano actual supone una profunda revisión de la teología de la fe. En la actualidad se revisa la teología, pero no se divulga, lo que provoca que millones de adolescentes pierdan la fe como nunca antes: no se les explica qué es.

La religión

Nuestros contemporáneos abandonan los actos litúrgicos oficiales de la Iglesia, porque los encuentran aburridos. La repetición de lo mismo es aburrida. La repetición de “domingos del año” durante tantas semanas es aburrida. El lenguaje litúrgico es peor, porque se hace en lengua popular. Cuando la liturgia era en latín, era mejor, porque no se entendía. Una vez que se entiende, se nota que el estilo es insoportable. Usa un lenguaje pomposo, formalista, lenguaje de corte: “humildemente pedimos…”. Nadie habla hoy así. “Asociamos nuestra voz a la voz de los ángeles”…, fórmula convencional que no responde a nada en la vida. Hay cientos de formulas semejantes. Los carismáticos salvan la situación, pero su liturgia está lejos de ser una introducción al misterio de Jesús.

La moral

Nuestros contemporáneos no aceptan códigos de moral, ni que se les imponga o prohíba conductas porque están en el código. Quieren entender el valor de los preceptos o de las prohibiciones. O sea, descubren la conciencia moral, que hace descubrir el valor de los actos. No aceptan la voz de una conciencia que no es nada más que la voz del superego. Antes, la base de la moral cristiana era la obediencia a la autoridad. Había que hacerlo o no hacerlo porque la Iglesia lo mandaba o lo prohibía. Por eso, tantas veces los laicos preguntaban: ¿esto se puede hacer? Si el sacerdote decía que sí, el problema moral estaba solucionado. Eso pertenece al pasado.

La comunidad

El cristianismo es comunitario. Pero las formas tradicionales de comunidad tienden a debilitarse. La misma familia perdió mucho de su importancia porque sus miembros se encuentran menos. La parroquia actual perdió el sentido de comunidad. Aparecen nuevas formas de pequeñas comunidades basadas sobre la libre elección. Esas comunidades tendrán la capacidad de celebrar la eucaristía, lo que supone una persona apta para presidirla en cada grupo de unas cincuenta personas. No hay ninguna dificultad doctrinal para ello, porque esa era la situación en los primeros siglos y no hubo problemas. Esto es fundamental, porque una comunidad que no se una en la eucaristía no es realmente una comunidad cristiana. Los sacerdotes a tiempo completo deben estar alrededor del obispo de cada ciudad importante para evangelizar a todos los sectores de la sociedad urbana.
Claro está que no sabemos cuándo o cómo llegará lo anterior. Es poco probable que un concilio que reúna únicamente obispos pueda descubrir las respuestas a los desafíos de los tiempos. Las respuestas no vendrán de la jerarquía ni del clero, sino de laicos que viven el evangelio en medio de un mundo que entienden. Por eso tenemos que estimular la formación de grupos de laicos comprometidos con el Evangelio y con la sociedad humana en la que al mismo tiempo trabajan.
Vaticano II quedará en la historia como una tentativa de reforma de la Iglesia al final de una época histórica de quince siglos. Su único defecto es que llegó demasiado tarde. Tres años después de su clausura caía en la mayor revolución cultural de Occidente. Sus detractores lo acusaron de todos los problemas surgidos de esa revolución, y así lo mataron. Pero Vaticano II permanece como una señal profética. En medio de una Iglesia prisionera de un pasado que no sabe superar, es una voz evangélica. No pudo reformar la Iglesia como quería, pero fue un llamado a mirar el porvenir. Aún hay movimientos poderosos que predican la vuelta al pasado. Tenemos que protestar. Cuando personas que nada entienden sobre la evolución del mundo contemporáneo quieren refugiarse en un pasado sin apertura hacia el futuro, tenemos que denunciar. Para nosotros, Vaticano II es Medellín. También quisieron matar Medellín. Medellín permanece como el faro que nos muestra el camino.
Una última reflexión: el porvenir de la Iglesia católica está naciendo en Asia y en Africa. Será muy diferente. A los jóvenes hay que decirles: ¡aprendan chino!

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