ntre los medios de comunicación masiva, la radio fue y sigue siendo el de mayor cobertura y aceptación en la región latinoamericana. Es difícil encontrar, incluso en el altiplano o en la profundidad de la selva amazónica, un hogar donde no haya un receptor de radio.1
Un estudio realizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile reveló que la radio concentra niveles superiores de recepción respecto a la televisión en ambos sexos y en todos los sectores socioeconómicos. Además, el estudio muestra que el público asigna mayor credibilidad a la radio que a otros medios.2 Investigaciones con resultados semejantes podrían llevarse a cabo en otros países de la región.
Esta gran popularidad del medio radiofónico tiene razones históricas. En la América Latina, con mayor intensidad que en otras regiones, la sociedad no se ha limitado a la categoría de radioescucha y ha buscado diferentes caminos para llegar a ser radiohablante. En nuestros países, la participación de amplios sectores en la programación de las emisoras ha sido una constante. Esta participación va desde complacencias musicales hasta entrevistas callejeras, pasando por uno de los formatos que siempre ha cosechado gran sintonía, especialmente en las zonas rurales y suburbanas, y que se conoce como “servicios sociales”. En estos avisos comunitarios la radio asume un papel subsidiario de teléfono popular.3 Actualmente, con menos zonas de silencio, las emisoras han desarrollado las “defensorías ciudadanas” para tramitar denuncias y reclamos de la audiencia. Lo cierto es que esta servicialidad de la radio –sin duda, el mayor intercomunicador con que ha contado la región– guarda estrecha relación con las preferencias del público, con sus elevadas cuotas de consumo y de credibilidad.
Muchas organizaciones de la sociedad civil latinoamericana no se han conformado con expresar sus necesidades e inquietudes a través del medio, sea en su propia voz o a través del locutor o la locutora. Más allá de radioescuchas y de radiohablantes, estos sectores han querido convertirse en radiodifusores, solicitando para ello una frecuencia que les permita tener su emisora propia. No les basta participar en la programación de otras radios, quieren administrar la suya. Es así como surgen las llamadas radios comunitarias. Y es así como estallan los conflictos con los grupos de poder mediático que, atentando contra la libertad de expresión que es un derecho universal, intentan monopolizar el espectro radioeléctrico.
¿Qué relación ha tenido la radio latinoamericana con el desarrollo? Como hace seis décadas se levantó la primera antena con una finalidad diferente al modelo comercial norteamericano, mencionaré seis aportes del medio radiofónico, uno por década, al desarrollo de nuestra región.
Una escuela sin paredes
Colombia, año 1947. En un pueblito del departamento de Boyacá llamado Sutatenza, el padre José Joaquín Salcedo experimenta con equipos de radioaficionado y comprueba que desde el micrófono puede llegar a más feligreses que desde el púlpito. Las ondas hertzianas galopan más ligero que su caballo Califa.
El 16 de noviembre, con un transmisor de noventa vatios, el joven párroco saca al aire los primeros programas musicales y educativos que son captados por los pobladores de aquella vereda colombiana, unos cinco mil habitantes, en su mayoría analfabetos. A los campesinos se les había dotado previamente con pequeños receptores de pilas.
El padre Salcedo dedicará toda su vida a la comunicación radiofónica. Acción Cultural Popular (ACPO), más conocida como Radio Sutatenza, es la pionera de las experiencias radiofónicas de la iglesia católica latinoamericana y acaso el emprendimiento de educación no formal de la masa rural más grande y complejo del mundo, como dice Luis Ramiro Beltrán.4
El concepto de radio educativa o de escuelas radiofónicas, con actualidad todavía en el continente, se debe, en gran medida, a la audaz iniciativa del padre Salcedo. Hasta entonces, en ninguna parte de la América Latina se habían desarrollado sistemáticamente las potencialidades educativas de la radio.
El modelo Sutatenza combinaba cartillas que se explicaban página a página a través de las clases radiofónicas con monitores presenciales. Los grupos de radioescuchas se reunían cada noche en casa de un vecino y tenían oídos atentos a las explicaciones que salían del receptor (con dial cautivo), mientras sus ojos atendían a la pizarra y al monitor que seguía las instrucciones dadas por los locutores. Igualmente, los programas de salud y nutrición, de aritmética y agricultura, se trabajaban con el apoyo de cartillas escolares que se canjeaban a los alumnos por un huevo. Los programas de evangelización, aun con sus esquemas preconciliares, también fortalecieron a muchas comunidades cristianas y les hicieron descubrir que, si eran hijos e hijas de Dios, todos tenían derechos como seres humanos.
ACPO también desarrolló un periódico, El Campesino, así como innumerables publicaciones para dar lectura a los recién alfabetizados. Hay que mencionar también las escuelas de líderes, los ACPO-móviles, toda una estrategia comunicativa que combinaba el medio masivo con acciones presenciales. Esta novedosa experiencia ayudó al desarrollo sociocultural de miles de campesinos y campesinas de la región de Boyacá y de todo el país, en una época en que el 70% de la población colombiana vivía en áreas rurales.
Radio Sutatenza tuvo un éxito creciente. Aquella pequeña emisora de Boyacá llegó a tener setecientos kilovatios en antena, distribuidos en cuatro ciudades de Colombia, más la administración de tres ondas cortas, alcanzando cobertura nacional y convirtiéndose en la escuela sin paredes más grande de la América Latina.5
Lo más importante de Sutatenza, sin embargo, fue el impacto que su modelo causó en otros países de la región. Muchos obispados, muchas congregaciones religiosas, se entusiasmaron con la posibilidad de una alfabetización masiva. Obtuvieron frecuencias de AM, habilitaron emisoras, transmitieron programas de educación primaria. En los años sesenta, la iglesia católica llegó a tener varios centenares de emisoras prácticamente en todos los países de la región.6
Por aquellos años, se estrenó una nueva forma de radiodifusión educativa: los centros de producción. Entre estos, destaquemos a SERPAL,7 que logró en pocos años un sorprendente desarrollo regional. Auspiciado por el obispado de München y con fondos de la cooperación alemana, SERPAL, en convenio con la red de radios católicas UNDA-AL, contrató los servicios del uruguayo Mario Kaplún, tal vez el mejor productor y capacitador de programas educativos que ha tenido la América Latina. Kaplún incorporó el lenguaje dramático en sus producciones. Estas series de radioteatros fueron distribuidas gratuitamente a centenares de emisoras cristianas y comerciales.8 Con ellas, se promovió la metodología de los audiodebates, a veces desde las mismas emisoras, combinando la audiencia masiva con la interacción grupal.
Un sindicato sin tribunas
Bolivia, año 1952. La Revolución Nacional emprende la nacionalización de las minas de estaño, la gran riqueza del país. En ese contexto, los sindicatos solicitan y consiguen frecuencias de radio para instalar en los centros mineros sus propias emisoras. Quieren comunicarse con los compañeros que están en pueblos distantes, quieren fortalecer el movimiento obrero y sus reivindicaciones.
A cuatro mil metros de altura, en el distrito minero de Catavi, se funda la Radio 21 de Diciembre. Ya antes, en 1947, se había instalado en el mismo local del sindicato del campamento Siglo XX la que puede considerarse como primera emisora de la clase trabajadora latinoamericana, La Voz del Minero. Como la población no tenía receptores, sus primeras transmisiones se hicieron a través de altoparlantes y los primeros locutores fueron militantes de la Federación.9
A partir de 1952, fueron apareciendo nuevas emisoras en varios distritos mineros. En 1960, se contabilizaban dieciocho radios, todas creadas por los sindicatos y mantenidas con el aporte voluntario de los obreros que entregaban “media mita” (medio jornal) al mes. Las radios eran suyas y podían decidir los programas y la programación que quisieran.
¿Qué buscaban los dirigentes sindicales, los fogosos líderes de la FSTMB, la Federación de Trabajadores Mineros de Bolivia, con la propiedad de las radios? Ampliar su influencia, fortalecer sus organizaciones con una labor de propaganda hecha desde la emisora.
Desde los primeros ensayos, los mineros bolivianos comprobaron que un micrófono convocaba más que mil hojas volantes, que la radio movilizaba más que un mitin en la plaza. Y así, con frecuencias de AM y onda corta, los trabajadores del estaño lograron intercomunicar sus sindicatos, desde Huanuni hasta Animas, desde los campamentos de Corocoro hasta los socavones de Potosí. Durante las sucesivas dictaduras militares, estas emisoras sindicales transmitieron en cadena y mantuvieron la información y el ánimo de la población. Las transcripciones de aquellos programas son un homenaje a los radialistas que expusieron su vida por defender la libertad de expresión y los derechos humanos. Cuando el golpe militar de García Meza en 1980, veinticinco radios mineras formaron la Cadena de la Democracia que siguió funcionando durante cinco días hasta que el ejército sometió a las comunidades y se apoderó de sus radios.10
La experiencia de las radios mineras también creció y se expandió, pero solamente dentro de las fronteras de Bolivia. La Federación mantuvo durante años sus emisoras sindicales ubicadas en los distritos de Potosí y del Complejo Central Sud. Otros sindicatos bolivianos, particularmente los fabriles y los ferroviarios, siguieron su ejemplo y consiguieron sus emisoras. Sin embargo, en otros países latinoamericanos la clase trabajadora no contó con radios propias. Esto se debió, en parte, al control de las frecuencias en manos de gobiernos que favorecían exclusivamente a la empresa privada comercial. Pero también a la poca importancia dada a los medios audiovisuales por los sindicatos y otros organismos gremiales, que preferían comunicarse a través de boletines y periódicos.
El uso de la radio para la movilización popular –aunque no específicamente sindical– corrió como las mechas de pólvora de los mineros bolivianos por otros países de la región. El ejemplo de la Revolución cubana y la Teología de la liberación, así como las experiencias de las radios insurreccionales en Centroamérica –Radio Venceremos y Farabundo Martí en El Salvador, Radio Voz Popular en Guatemala–, inspiraron y comprometieron a muchas emisoras en las inevitables luchas sociales y confrontaciones políticas. Podríamos mencionar decenas de ejemplos heroicos prácticamente en todos los países de la Patria Grande.
Radio Latacunga, junto al volcán Cotopaxi, en Ecuador, se solidarizó con el paro nacional indígena de junio de 1994. Los militares la allanaron, patearon puertas y se llevaron presa a la directora. Los pinochetistas echaron abajo, con bombas, la antena de La Voz de la Costa, en Osorno. En Guatemala, La Voz de Atitlán tiene una historia de martirio durante la sangrienta dictadura del general Ríos Montt. Y a la ISAX, en los años violentos de El Salvador, no sólo la dinamitaron, sino que asesinaron a su mejor locutor, monseñor Oscar Romero.
Durante los largos años de la dictadura de Stroessner, en Paraguay, fue la Radio Ñandutí un baluarte contra la censura. Y cuando los sangrientos sucesos del expresidente paraguayo Raúl Cubas, Radio Trinidad estaba allí, en la calle, transmitiendo en directo en medio de la balacera. En el Perú de Fujimori, a pesar del chantaje económico y las amenazas de todo tipo, muchas emisoras y la Coordinadora Nacional de Radio, CNR, acompañaron al pueblo en la Marcha de los Cuatro Suyos, que precedió la caída del dictador.
Muchas emisoras latinoamericanas han asumido su responsabilidad social y su capacidad de movilización en situaciones extremas en las que se atentaba gravemente contra la democracia. En esta última temporada, no podemos dejar de mencionar a tres emisoras que han desempeñado un papel destacado a favor de la estabilidad de sus respectivos países.
Radio Fe y Alegría fue la única voz independiente en el dial venezolano que desenmascaró la supuesta renuncia del presidente Hugo Chávez el 11 de abril del 2002. El golpe de estado, fraguado con la directa complicidad de los grandes medios de comunicación, se revirtió en apenas cuarentiocho horas gracias a la valiente movilización popular.
Radio Pachamama, en la ciudad de El Alto, Bolivia, transmitió en directo bajo los helicópteros, en medio de la balacera, y jugó un papel protagónico durante la llamada Guerra del Gas, en octubre del 2003, cuando los movimientos sociales expulsaron al presidente genocida Gonzalo Sánchez de Losada.
Más recientemente, en abril del 2005, Radio La Luna acompañó y aglutinó a la población de Quito, Ecuador, indignada ante las arbitrariedades del presidente Lucio Gutiérrez. Los “forajidos” y “forajidas” –así los tildó el gobierno– se lanzaron a las calles de la capital y lograron, después de varios días de resistencia, botar al deslucido presidente.
La cultura de los pueblos
Con frecuencia se cree que la América Latina es un todo homogéneo porque su población habla español o portugués. Sin embargo, sólo en la pequeña Guatemala se hablan veintiséis lenguas diferentes. Atrás de cada lengua hay una cultura, una determinada comprensión del mundo, una manera original de relacionarse con la naturaleza y entre los seres humanos.
En nuestros países se lee poco y se escribe menos. La cultura de nuestros pueblos es, fundamentalmente, oral. Pasa de padres a hijos y de generación en generación. En este sentido, el medio radio es el más adecuado para intercambiar esa cultura y hacerla conocer o reconocer por la gran audiencia.
La historia de muchas emisoras latinoamericanas, especialmente locales, está muy ligada al rescate de ese patrimonio cultural que desaparece frente a las leyes del mercado neoliberal.
Comencemos por los idiomas. La radiodifusión, más que cualquier otro medio, ha ido dando carta de ciudadanía a las lenguas nativas de sus públicos. Las radios de la Federación Guatemalteca de Educación Radiofónica, FGER, casi desde su fundación, transmiten en kiché y ketchí, en chortís, nahualá y mam, en las sonoras lenguas de la sabia cultura maya. En Bolivia, Radio Pío XII, a comienzos de los sesenta, sacó al aire los primeros programas en quechua, lengua inca que todavía habla la mayoría de la población campesina. Y Radio Enriquillo, desde su misma fundación, tuvo un programa en creole, la lengua de los braceros haitianos que cortan caña en suelo dominicano.
La colombiana Radio Eucha, en Tierradentro, transmite en idioma paéz. En el sur de Chile hay emisoras comunitarias con programación mapuche. La red de radios del Instituto Nacional Indigenista saca al aire sus espacios en diferentes idiomas de origen maya y azteca que aún habla un 10% de la población mexicana. En Paraguay, numerosas radios transmiten en guaraní, idioma mayoritario en ese país. El proyecto satelital de la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica, ALER, ha creado una red específica en lengua quechua, vinculando emisoras de Perú, Bolivia y Ecuador. Radio San Gabriel, en La Paz, ha llegado a ser la emisora más escuchada por los dos millones de aymaras que viven en el altiplano. Recientemente, en torno al lago Titicaca ha aparecido un buen número de emisoras pequeñitas, administradas por indígenas y que tienen toda su programación en aymara.
Cultura son los idiomas y también las leyendas y los mitos, la forma de cultivar la tierra, las genealogías, la medicina tradicional y todas las costumbres ancestrales que identifican a un pueblo. Muchas radios latinoamericanas han recogido esta memoria que no está escrita en ningún libro, la han grabado de boca de los abuelos y abuelas, y han devuelto esta sabiduría a la misma gente a través de programas testimoniales.
Cultura es también la música. Frente a las grandes transnacionales, muchas emisoras promueven la música nacional y regional, la que no se encuentra en las casas discográficas porque sus autores no tienen acceso a ese mercado. Durante la programación, junto con los grandes éxitos promovidos por la CBS o Polygram, se pauta esta música popular.
Por el aniversario de la emisora o alguna fecha significativa, se celebran festivales de canciones al aire libre y se transmiten en directo. Así lo hace, desde hace años, Radio Occidente, en Mérida, Venezuela. Así lo hacen las mujeres cusqueñas del programa Warmikuna Ricmanchis con motivo del Día Internacional de la Mujer. El Instituto Nacional Indigenista ha ido recopilando miles de horas de música indígena mexicana y con ellas arma la programación de sus emisoras.
Cultura es también la comida. Radio Cutivalú, en el norte peruano, lleva la unidad móvil hasta el mercado donde están las vivanderas con sus platos típicos. Ellas explican a la audiencia cómo se prepara un seco de chavelo o una chicha de jora.
Todos estos programas buscan afirmar las identidades de nuestros pueblos. No se trata de desconocer ni menos de rechazar las otras identidades, al contrario. Pero se disfruta lo diverso cuando se conoce lo propio.11
Las palabras secuestradas
Fue en aquellos años setenta, cuando florecieron las experiencias de educación popular en casi toda la América Latina. Las experiencias de Paulo Freire en el nordeste brasileño, su propuesta de una pedagogía liberadora, inspiraron a muchos grupos progresistas. La educación, concepto más amplio que la instrucción escolar, debía estar orientada a fortalecer la organización popular y la transformación de la sociedad. Para ello, se necesitaba un método horizontal, sin maestros ni alumnos, aprender desde la práctica, capacitarse en colectivo. En infinidad de talleres y grupos de base se aplicaron estos nuevos principios comunitarios.
También en la radio. Las ideas de la educación popular irrumpieron en muchas emisoras educativas latinoamericanas que habían empleado años y esfuerzos –con éxito, pero también con limitaciones– en la educación formal. También surgieron nuevas emisoras que trabajaban la educación no formal al calor de la nueva y comprometida metodología de la educación popular. Aquí podemos ubicar a la Radio Cultural Campesina de Teocelo, México, a Radio Enriquillo de Tamayo, República Dominicana, y a tantas otras que, al final, acabaron abandonando –por su connotación escolar– la palabra educativa, y se quedaron con el segundo apellido, popular. Este es el origen de la denominada radio popular, que luego se extendió por bastantes países de la región, especialmente los andinos.
¿Qué tipo de programas se producían, y se siguen produciendo, bajo el nuevo concepto de educación? Radiorevistas de agropecuaria, programas de salud, de higiene y nutrición, consultorios jurídicos y laborales, espacios dedicados a la familia para que esta viva mejor y transmita valores humanistas a sus hijos e hijas.
Pero además de estos espacios de educación no formal, aparece ahora un nuevo tipo de programa producido por las organizaciones populares (ligas, clubes, cooperativas, juntas de vecinos) y dirigido a ellas. La palabra clave de estos programas es la participación. La radio se concibe como un elemento dinamizador de la organización social. En esta modalidad, se da una fecunda combinación entre el público masivo al que llega la radio y los grupos presenciales adonde llegan los locutores y promotores de la emisora para grabar y realizar programas desde la base.
A nivel informativo, comienzan a desarrollarse las redes de corresponsales populares. La emisora capacita a un grupo de voluntarios y voluntarias y estos envían pequeños escritos o llaman por teléfono a la radio para dar cuenta de lo que ocurre en sus comunidades. Radio Mam, en Guatemala, trabaja desde hace años con estos reporteros que graban y envían a la radio la voz de sus vecinos. Radio Latacunga, en Ecuador, con el apoyo de CIESPAL, instaló una red de cabinas en los pueblos cercanos donde los indígenas graban sus noticias y envían los casetes a la emisora central.
Las emisoras que emprendieron el camino de la educación popular, como ya dijimos, adoptaron la participación de la audiencia como perfil básico de sus programaciones. Era lógica esta opción, dado que la nueva pedagogía de Freire enseñaba que “sólo el pueblo educa al pueblo”. Había, entonces, que abrir los micrófonos y las cabinas para que la gente viniera y opinara. Más aún: había que sacar la radio a la calle, al mercado, a la parada de buses, a la reunión de la junta de vecinos, a la vida cotidiana de los radioescuchas. Había que experimentar esa radio de doble vía, como soñaba Brecht, donde los radioescuchas fueran también radiohablantes.
Muchas emisoras comprometieron tiempo, personal y mucha gasolina yendo a todos los rincones de su área de cobertura para entrevistar, para hacer hablar a los pobladores, para recoger mitos y leyendas de boca de los ancianos, para grabar canciones con los jóvenes, para hacer sociodramas, sin libreto ni mucha complicación técnica, en las comunidades y barrios. Sea con grabadoras –en diferido– o con unidades móviles –en directo–, estas emisoras permitieron la irrupción de las voces del pueblo en la programación que antes era coto reservado para los locutores y productores profesionales.
Eran voces de protesta y denuncia. Eran partidos de fútbol u otros deportes locales transmitidos a la gran audiencia. Eran canciones grabadas en festivales populares, concursos, complacencias, encuestas, opiniones de todos los sectores sociales y sobre todos los temas. Era la voz de los que sí tenían voz, pero nunca habían podido acceder a los medios masivos de comunicación para expresarla ante un público masivo.
En este proceso de devolverle el habla al pueblo, las radios participativas descubrieron un nivel más profundo de educación: la autoestima.
A través del aparato mágico donde sólo hablaba el presidente Balaguer, donde cantaba Johnny Ventura, donde daba la bendición el obispo Rivas… ¡estaba hablando ella! Menos importante era lo que decía, sino que lo decía. Que hablaba en público. Durante muchos años –toda la vida y todos: el taita, el maestro, el marido, el cura, hasta sus hijos– la mandaron a callar. Las mujeres hablan cuando las gallinas mean, así dicen en este país. Durante muchos años la convencieron de que ella era buena para trabajar, para la cocina y el catre. Pero en silencio, obedeciendo. Ahora, su voz salía por la radio y la estarían escuchando su comadre Hipólita y sus vecinos y todos los suyos. Se sintió importante, se sintió gente.12
Tal vez sea este el aporte educativo más importante que han venido brindando estas emisoras: el valor de la palabra propia y pública. Antes que cualquier mensaje, antes que cualquier consejo o programa de alfabetización, lo más liberador es la palabra. Este es el primer desafío asumido por las radios populares: amplificar la voz del pueblo y, de esta manera, legitimarla socialmente.
Y esto vale, prioritariamente, para las mujeres. Ellas, que fueron las señoras de la palabra, que enseñaron a hablar a sus callados compañeros, que inventaron el lenguaje articulado, la mayor novedad y la mejor ventaja de la especie humana, fueron luego silenciadas en una sociedad patriarcal, en una cultura machista que manda a callar a la mujer en la casa, en la iglesia, en el partido, en los espacios públicos.
No fueron estas radios “voz de los sin voz”, porque el pueblo no es mudo. Hicieron devolución de una palabra secuestrada, robada desde hace más de quinientos años.
Defensoría ciudadana
Como dijimos, las radios latinoamericanas se caracterizaron por su utilidad. Los servicios sociales eran los programas de máxima sintonía, especialmente en las zonas campesinas. Allí la radio hacía las veces de correo, telégrafo y teléfono. Que la mula se perdió. Que Josefina ya parió un varoncito. Que lleven los sacos de café a la carretera. Estos noticieros familiares han ido pasando a un segundo plano con poblaciones mayoritariamente urbanas y mejor comunicadas.
Sin embargo, la complejidad de la vida moderna revela nuevas y más variadas necesidades ciudadanas. Demasiada gente pasa el día esquivando, o tratando de esquivar, innumerables violaciones –grandes, medianas y pequeñas– de los derechos humanos.
¿A quién recurrir? Buena parte de la población toma la justicia por su mano. Otra recurre a las instituciones correspondientes. Pero en demasiadas ocasiones esta gestión no da ningún resultado por el burocratismo o la corrupción que vicia dichas instituciones. Entonces, el siguiente paso es acudir a los medios de comunicación, a veces más respetados y temidos que las instancias públicas.
¿A quién apelará un ciudadano si en un hospital público no le prestan la debida atención? ¿En dónde protestará si los servidores públicos están coludidos con los infractores privados? ¿En qué espacio denunciará si la justicia no le hace justicia? Los medios de comunicación masiva se han convertido hoy en espacios privilegiados de negociación y resolución de conflictos. La radio, la televisión, la prensa, las revistas, son medios y son mediaciones.13
Así las cosas, muchas emisoras están poniendo en práctica un quinto periodismo –que no excluye los otros cuatro conocidos, información, opinión, interpretación e investigación–, un periodismo que canaliza las denuncias de la ciudadanía y facilita la solución de los casos planteados. Le llamaremos periodismo de intermediación.
Se trata de facilitar los micrófonos para que el reclamo de la ciudadanía llegue a donde debe llegar. De hacer oír la voz de la gente ante las instancias responsables cuando estas se han mostrado irresponsables. Y si la gente no puede hablar directamente con las autoridades, prestamos nuestra voz como periodistas para que escuchen, para hacer valer la denuncia y encontrar una solución justa.
Estos programas de intermediación reciben –por teléfono o en cabina– a ciudadanos y ciudadanas que vienen a presentar sus demandas. El periodista hace de puente, interpela en vivo y en directo a las autoridades correspondientes. El punto culminante de la intermediación consiste en lograr algún tipo de compromiso que permita avanzar en la solución del problema.
El periodismo de intermediación no busca suplantar la responsabilidad del Estado ni tampoco de la ciudadanía. Al contrario, intenta urgir ambas. Antes hablamos de cómo la radio latinoamericana ha sido un elemento decisivo en la devolución de la palabra a una población secularmente silenciada. Estos programas, este ejercicio de intermediación social, busca devolver poder a esa misma ciudadanía que es, en definitiva, la única y verdadera soberana.
Muchas radios locales están experimentando este género periodístico porque han descubierto en él la posibilidad de enfrentar la competencia de las grandes cadenas. ¿Cuál es la ventaja comparativa de una radio local? Exactamente, el hecho de ser local. Por serlo, está tan cerca de los baches de la esquina como los mismos vecinos. Puede denunciar con conocimiento de causa, estar mejor ubicada que cualquier otro medio para ayudar a resolver los mil y un problemas de la vida cotidiana de su audiencia.
La concepción de una radio ciudadana –este concepto gana terreno sobre otros anteriores como educativa, popular o comunitaria– permite pensar globalmente. El ejercicio del periodismo de intermediación lleva a actuar localmente. Y de eso se trata, de una estrategia glocal.
El periodismo de intermediación sirve también para denunciar los abusos del poder mediático. Los medios de comunicación se han erigido como guardianes de las libertades y derechos civiles, como un contrapoder que fiscaliza y critica a los demás poderes del Estado. Los periodistas, vigilantes de la sociedad, están atentos a cualquier violación de los derechos humanos, especialmente las cometidas contra la libertad de expresión. ¿Y quién vigila a los vigilantes? ¿Quién controla a los controladores? Los programas de intermediación social van de la mano con la iniciativa de los observatorios de medios, de ese quinto poder del que nos habla Ignacio Ramonet.
Podríamos mencionar muchos ejemplos de emisoras que han echado a andar por la senda del periodismo de intermediación –o han retomado el rumbo perdido– y ocupan excelentes posiciones en el rating de su ciudad o localidad. Como “defensorías ciudadanas al aire libre”, estas radios aumentan su audiencia e, incluso, mejoran sus ingresos publicitarios. Pero –y esto es lo más importante– ganan credibilidad y logran una fuerte empatía con sus audiencias.
Un matrimonio tecnológico
En la actualidad, muchísimas emisoras, especialmente locales, asediadas por la competencia de las grandes cadenas y con una evidente falta de personal y de ingresos, producen cada vez menos y se resignan a una oferta musical con algunos segmentos informativos, con diálogos y animación improvisada, muy escasa de contenidos.
Con frecuencia y urgencia hablamos de la batalla legal para democratizar el acceso a las frecuencias radioeléctricas. Esta reivindicación es imprescindible, y más ahora, con las nuevas oportunidades que ofrecen las bandas digitales. Pero es igualmente urgente democratizar el acceso a los contenidos. De poco o nada serviría tener el medio de comunicación si no tenemos un mensaje que comunicar. Sería como tener el arado sin semillas para la siembra.
Una radio, como ya dijimos, puede y debe abrir sus micrófonos para que la población hable y opine y denuncie. Esta participación directa de la audiencia refresca y ennoblece prácticamente a todos los formatos de la programación. Pero también necesitamos contar con otros programas más elaborados, producidos por colegas creativos que tengan tiempo y recursos para ello.
Para enriquecer la programación, podríamos aprovechar lo que algunas emisoras internacionales están produciendo. Podríamos instalar una parabólica y captar informativos satelitales. Para muchas radios locales, sin embargo, esta inversión y el posterior mantenimiento de los equipos resultan caros. Además, hay otro problema. Por la vía satelital recibes, pero no envías. Necesitarías tener un uplink, que es todavía más caro. O despachar tus audios por teléfono, con las limitaciones que esto conlleva.
La clave está en Internet. Y la fórmula no es otra que favorecer un matrimonio tecnológico entre la radio e Internet. Sí, es cierto, a la Internet accede todavía un pequeño segmento de la población.14 La radio, sin embargo, sigue siendo el medio de mayor penetración social. Uno elitista y la otra popular. ¿Y si los casamos? ¿Si fusionamos medios como se fusionan estilos musicales?
Internet permite romper –como nunca antes– el bloqueo de las agencias informativas y de las empresas disqueras, superar distancias y monopolios, intercambiar la producción radiofónica en todos sus formatos y temáticas. La radio, por su parte, difundirá esos contenidos, recibidos vía Internet, a sus audiencias masivas.
La mayoría de las emisoras, incluso las pequeñas, ya cuenta con algún acceso a Internet. En muchas cabinas de transmisión, los periodistas disponen de un monitor conectado a la red para leer directamente, sin imprimir, las informaciones que encuentran en las páginas por donde navegan. Ningún periodista hubiera tenido un sueño tan ambicioso: sin mayor esfuerzo, poder monitorear periódicos, revistas, información caliente, al instante, de todas las esquinas del mundo.
Muchas de estas fuentes están controladas por los pulpos mediáticos que no ocultan su sesgo conservador ni les preocupa ser descubiertos en flagrantes mentiras y manipulaciones, como fue el caso de Fox News o de la misma CNN durante la invasión de los Estados Unidos a Irak. Pero hoy es relativamente fácil saltar el cerco y recibir directamente en el correo electrónico otros servicios noticiosos alternativos.15
Lo cierto es que en el rango informativo disponemos en Internet de una oferta sólida, muy profesional. Estos documentos no suelen ser de audio, sino de texto, y no están formateados para radio. Pero ahí están, a la orden de un periodista con iniciativa. También en el terreno musical hay canciones para dar y tomar, un repertorio inagotable al que podemos acceder a través del sistema P2P.
En otros terrenos, las cosas son un poco distintas. Por ejemplo, el nicho de los programas educativos está prácticamente vacío. ¿Dónde encontrar un buen reportaje radiofónico sobre el agujero de ozono? ¿De dónde bajar un programa dramatizado o narrado que divulgue las oscuras intenciones de los tratados de libre comercio con los Estados Unidos?
El siguiente ejemplo puede mostrar las inmensas posibilidades que se nos abren mediante el matrimonio tecnológico entre la radio e Internet, tanto para la producción como para la distribución e intercambio de los productos. Resulta que en RADIALISTAS16 estábamos trabajando la serie Raíces Vivas.17 Correspondía el libreto sobre la nación aymara. Lo primero, naturalmente, fue buscar los datos en Internet. Concretamente, nos interesaba el mito de origen del lago Titicaca. De inmediato, escribimos por correo electrónico a Elena Crespo, directora de Red-ADA, en La Paz, para asesorarnos sobre la autenticidad de los materiales encontrados. Como necesitábamos voces aymaras para algunos segmentos, le pedimos este servicio a Mauricio Rodríguez, de Radio Pachamama, que transmite desde Puno, y que por FTP18 nos envió las grabaciones. ¿Y la música? Teníamos unos casetes antiguos poco aprovechables. Entonces, Claudio Orós, de la Asociación Pukllasunchis, del Cusco, nos hizo llegar, también por FTP, unas sugestivas zampoñas del altiplano. Otro colega, Joao Luiz de Castro, desde Radio Cidadania, en Minas Gerais, Brasil, tradujo el libreto al portugués. Una vez grabado y editado el programa en Lima, lo despachamos por correo electrónico a una lista de cuatro mil usuarias y usuarios en todos los países de la América Latina y el Caribe, incluyendo programas latinos en Norteamérica y Europa. Por correo electrónico fue solamente el texto con un enlace para bajar el audio, comprimido en MP3, desde la Web. Todo el proceso de elaboración y distribución del programa tomó apenas un par de días. ¿Cuándo hubiéramos imaginado una comodidad así?19
De Internet obtenemos los contenidos, por Internet enviamos y recibimos los programas. Desde la emisora alcanzamos a las grandes audiencias. Y lo mejor del asunto es que Internet nos permite la doble vía. Los radialistas podemos intercambiar información y contenidos a través de la red, sumando fuerzas para que otra radio –solidaria, con responsabilidad social– sea posible. El matrimonio tecnológico puede ser más fecundo de lo que sospechamos.
Ya son miles y miles las emisoras de todo el mundo –también en la América Latina– que vierten su programación en Internet y consiguen, por esta vía, una cobertura a escala mundial. Estas transmisiones están cumpliendo hoy el papel que antes desempeñaba la onda corta, cuyo consumo ha descendido vertiginosamente, especialmente entre la juventud. Al parecer, son los migrantes quienes más uso hacen de esta novedad tecnológica.
Pero tal vez la mayor originalidad que brinda Internet, más que saltar la barrera espacial –cobertura planetaria–, es la superación de la barrera temporal, de estar obligados a oír tal programa a la hora en que se difunde. A la radio ya no se la lleva el viento. Internet permite escuchar los programas que nos interesan en cualquier momento. Es lo que se conoce como radio a la carta.
Igual que en el restaurante, usted escoge los programas de su preferencia viendo el menú y pautando su propia programación. Puede optar por el streaming (escuchar el programa seleccionado mientras se va descargando) o también por el podcasting (grabar el archivo de sonido en su disco duro para oírlo después cuando quiera, sin necesidad de estar conectado a la red).
Ahora bien, cuando decimos radio a la carta siempre pensamos en el consumidor individual. ¿Y si la consumidora fuera otra radio? ¿Por qué no imaginar un centro acopiador de audios, una radio de radios, alimentadora de las programaciones, tantas veces anémicas, de emisoras locales y comunitarias?
Este es el nuevo proyecto en el que se ha embarcado la UNESCO con un grupo de redes e instituciones radiofónicas de la América Latina. Hemos creado un portal de Internet con acceso libre y gratuito, donde radialistas de todas partes puedan encontrar y ofrecer los formatos más elaborados, reportajes, crónicas, dramatizaciones, grandes series de la radio latinoamericana, entrevistas de profundidad, música no comercial, spots, los más variados insumos para dinamizar sus programaciones. Con esta iniciativa esperamos estimular la producción local y favorecer la tan deseada diversidad cultural.
A modo de conclusión
He mencionado –sin afán de exhaustividad– seis aportes de la radio latinoamericana al desarrollo de nuestra región. En estas seis décadas hemos contado con emisoras que han tomado en serio su responsabilidad educativa, que han movilizado a la población, que han defendido las identidades culturales, que han devuelto la autoestima devolviendo la palabra, que han empoderado a la ciudadanía en el reclamos de sus derechos y que han democratizado los contenidos aprovechando las nuevas tecnologías, concretamente Internet.
Los ejemplos mencionados vienen, en su gran mayoría, del ámbito de las radios alternativas, educativas, comunitarias, que es el que más conozco. Pero estos aportes no se agotan en ellas. Muchas radios comerciales con sensibilidad social han contribuido y siguen contribuyendo significativamente al desarrollo en sus diferentes facetas. Actualmente, vivo en el Perú. Y en este país andino, las radios locales, muchas de ellas comerciales, no accedieron al chantaje durante la dictadura de Fujimori ni tampoco ahora se sometieron a la presión de una oligarquía asociada a los grandes medios cuando estos quisieron imponernos “la candidata de los ricos” en las recientes elecciones presidenciales.
No todo es color de rosa en el paisaje de la radio latinoamericana. Nuestras emisoras se ven tentadas –y con demasiada frecuencia ceden a la tentación– de la politiquería, del sensacionalismo, de venderse al mejor postor. Toda persona tiene un precio y toda radio también, dicen algunos. En este artículo, sin embargo, he preferido destacar los logros más que las debilidades. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores, como se leía en una pared de Bogotá.
Confiamos en que los nuevos aires que soplan en la América Latina –aires de una segunda independencia– sean acompañados por una radiodifusión con vocación nacionalista, que asume su responsabilidad social, que sólo emplea la palabra, como decía Martí, para decir la verdad, no para encubrirla.
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Notas:
1—Las estadísticas indican que el 95% de los hogares tiene, al menos, un receptor de radio. Este porcentaje debe estar rondando ya el 98%. Ver G. Ortiz: En el alba del milenio: globalización y medios de comunicación en América Latina, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, 1999.
2—Las cifras de la investigación son elocuentes: como promedio, los chilenos escuchan cerca de cuatro horas en el hogar, una hora y media en el trabajo y casi media hora en automóvil o en transporte colectivo. El 97% de la población oye radio, el 84,1% lo hace a diario y sólo el 2,9% asegura no escucharla. En cuanto a los programas preferidos, la música ocupó el primer lugar con el 98%. Las noticias recibieron el 75,1% superando al deporte, que recibió el 43,5%. Los espacios con animador en vivo recibieron el 51,7%. Ver RadioWorld, volumen 20, n. 19, 18 de septiembre de 1996.
3—Esta utilidad se acentúa en situaciones de emergencia o desastres naturales. Radio Esperanza, en Aiquile, Bolivia, se mantuvo en el aire orientando a la población cuando el terremoto de 1997 derribó tres de cada cinco casas de la localidad. Las emisoras hondureñas desempeñaron un papel decisivo durante el huracán Mitch coordinando las ayudas internacionales y, sobre todo, dando ánimos en medio del desastre.
4—Citado por Vicente Brunetti en su texto Radios comunitarias, historia, conceptualización y desafíos, Proyecto UNESCO, Panamá, febrero del 2001.
5—En los años sesenta, surgió en las Islas Canarias un nuevo modelo de educación por radio. La propuesta española resultaba eficaz y atractiva. El monitor presencial y diario, estilo Sutatenza, es sustituido por un corrector que revisa semanalmente los esquemas de clase. El alumno no tiene que desplazarse a casa de un vecino para estudiar en grupo. Le basta con sintonizar Radio ECCA, tener sus esquemas a mano y dejarse teledirigir por los maestros-locutores. Al final de cada semestre, los alumnos hacen sus exámenes. Y al final de sus estudios, si aprueban, obtienen un título oficial. En 1971, Radio Santa María, en República Dominicana, importa el nuevo modelo canario y convoca a miles de alumnos y alumnas, muchos de ellos campesinos que quieren emigrar a Santo Domingo en busca del trabajo que se les niega en los latifundios del Cibao. El sistema ECCA se extendió rápidamente a Costa Rica y Guatemala. Los jesuitas de Fe y Alegría lo adoptaron en Venezuela, Bolivia y Ecuador.
6—Las iglesias protestantes habían optado por otro camino. Más que muchas emisoras de carácter local, prefirieron instalar una muy potente en Quito. En 1931, Homero Crisman y Carl Carlson inician sus trabajos misioneros y sacan al aire el primer programa de HCJB, La Voz de los Andes. La emisora cumple ya setenticinco años de servicio a la comunidad y opera con emisoras y repetidoras locales, nacionales e internacionales, ofreciendo una programación informativa, musical y muy variada. En onda corta, La Voz de los Andes transmite ciento cincuenta horas de programación a través de veinticinco frecuencias internacionales y en trece idiomas. La potencia combinada total de los transmisores de onda corta es de un millón doscientos mil vatios, y cubre toda América y Europa, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Rusia y el norte y centro de Africa, con una cobertura aproximada del 70% del globo terrestre.
7—Servicio Radiofónico para América Latina.
8—Entre las más exitosas, destaquemos Jurado 13 y El padre Vicente, de Mario Kaplún, y la polémica serie Un tal Jesús, de los hermanos López Vigil.
9—Jaime Reyes: Historia, legislación y ética de la radio en Bolivia, Católica Boliviana y ERBOL, 1999. Otra versión refiere que la primera radio apareció en 1947 con el nombre de Radio Sucre, situada en la localidad de Cancañiri, próxima a los distritos de Catavi y Siglo XX.
10—Entre las radios mineras, diferenciemos a Radio Pío XII, fundada en 1959, en el distrito de Llallagua, por misioneros oblatos canadienses. Después de varios años de confrontación con los sindicatos, la emisora católica, sensible a la dramática explotación que sufrían los mineros, se sumó a sus luchas y padeció sus represiones, llegando a recibir la máxima condecoración de la Federación de Mineros, el “guardatojo de plata”, con motivo de sus veinticinco años de transmisiones.
11—La Conferencia General de la UNESCO, en su reunión treintiuno, celebrada el 2 de noviembre del 2001, aprobó por unanimidad la Primera Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural.
12—J. I. López Vigil: Manual urgente para radialistas apasionados, AMARC/ALER/CIESPAL, Quito, 1997, p. 520.
13—Jesús Martín Barbero: De los medios a las mediaciones, Gustavo Gili, México, 1987.
14—En el 2004, la América Latina y el Caribe, con una población de 542 millones de personas, tiene un enorme crecimiento en el uso de Internet (183%). A pesar de ello, apenas el 9,4% de la población accede a la red. Ver http://www.abcdelinternet.com/stats.htm.
15—Indymedia, Adital, Altercom, Noticias Aliadas, Pacificar, Alai, Aler, Púlsar, Minga Informativa, Serpal… La lista de agencias y servicios informativos de carácter progresista es amplísima. Prácticamente todas son gratuitas.
16—Desde el 2001, la Asociación Radialistas Apasionadas y Apasionados, con sede primero en Quito y ahora en Lima, despacha diariamente libretos y audios por correo electrónico a una lista creciente de usuarias y usuarios. La Asociación busca promover con estos insumos la producción local de las emisoras. Estas pueden traducirlos, grabarlos, bajarlos de la red y difundirlos a sus audiencias. No hay derechos reservados, sino compartidos.
17—Catorce programas sobre culturas indígenas de los países andinos con el patrocinio de la UNESCO y el apoyo del Consell Insular de Menorca, España.
18—Protocolo de Transferencia de Archivos. Hay varios programas que permiten esta transferencia a los servidores.
19—El programa se llama “A Orillas del Titicaca”. Hasta la fecha, ha sido bajado (descargas/escuchas) 2 432 veces desde la web de RADIALISTAS. Escúchelo en http://www.radialistas.net/clip.php ?id=1100116.